Las Categorías invertidas

Por Ricardo Aronskind

En el reportaje que esta semana le realizó el editorialista de La Nación Joaquín Morales Solá al candidato presidencial Alberto Fernández, el relato predominante diría que un periodista democrático y liberal entrevistó a un político populista, sospechoso de estar bajo el influjo de la autoritaria Cristina Kirchner.

Pero cuando se observa con detenimiento el contenido del debate entre ambos –distó de ser un reportaje sin objetivos políticos precisos—, quien resulta ser un demócrata apegado al Estado de Derecho es el político populista, mientras que quien debiera ser el espadachín liberal de las garantías constitucionales es un vulgar justificador de la persecución política, torpemente disfrazada de cruzada anticorrupción.

Alberto Fernández trató de defender de muy buenas maneras la importancia de las garantías que nos asisten para no perder la libertad por caprichos de jueces venales, pero se estrelló con la cruzada encarceladora militante de uno de los periodistas más reputados de la Argentina.

Si miramos con atención, veremos que este entrecruzamiento de roles políticos y económicos, de etiquetas que se supone explican la realidad, aparece reiteradamente y no parece ser casual.

Comunismo capitalista

La grotesca descalificación de Miguel Pichetto a Axel Kicillof (“marxista”), reforzada por las declaraciones de Guillermo Nielsen, hablan de la disposición de la derecha local a apelar a cualquier distracción para no discutir en serio sobre las cuestiones importantes. La realidad es que hoy palabras como comunista o marxista tienen poco impacto en la opinión pública, salvo en la gente mayor. Se nota la lejanía de la época de la guerra fría, y esos sellos no interpelan, por sí mismos, a una amplia mayoría. Si hay que explicarlos, lo cual requiere una argumentación extensa, ya pierden eficacia descalificadora.

Lo cierto es que Cristina Kirchner decidió tomar ese mote presuntamente infamante, para afirmar que lo que rememoraba las imágenes de los países de la órbita soviética –el desabastecimiento en las tiendas, tópico muy trabajado por la propaganda occidental—, eran los supermercados de la era macrista.

Con esa operación, sacaba el debate del ámbito de la discusión sobre las ideas que eventualmente podría tener en la cabeza el popular candidato a gobernador de la Provincia de Buenos Aires y lo colocaba en el de los resultados concretos de las políticas económicas de Cambiemos, el espacio político de Pichetto. Cristina volvía sobre su tradicional argumento en cuanto a las posibilidades de consumo masivo que se abrieron durante su gestión, y sobre el grave retroceso que se verificó durante los años macristas. Lo notable es que este argumento de una líder popular tiene un fuerte tono economicista, mientras que desde el campo de Cambiemos la pésima situación económica es soslayada para hacer énfasis… ¡en los valores! Estaría en discusión “el alma de la Argentina”, según Marcos Peña.

La inversión de categorías aquí aparece en forma extraordinaria: la “líder del chavismo” local pone énfasis en la importancia económica del consumo de masas, mientras que uno de los ideólogos y dirigentes claves de una Alianza que gobernó para el 10% más rico de la población, y que sólo prioriza la acumulación privada de riqueza, habla de los valores. Para la gente espiritual, con inquietudes más elevadas y trascendentes (por ahora, un significante vacío que tendrían que llenar los intelectuales macristas), quedaría el voto a Cambiemos. Para los brutos e ignorantes que sólo piensan en comer y comprar, la opción sería Fernández-Fernández.

Capitalismo que extermina consumidores

Cristina señaló también que “esto no es capitalismo, capitalismo era cuando estaba Axel, que la gente compraba y consumía”. El gobierno de Cambiemos es otra forma de capitalismo, e incluso se diría que representa con más fidelidad algunas de las peores tendencias predominantes en el capitalismo global.

El capitalismo de posguerra, el que conocimos en la Argentina hasta 1976, reposaba en todo el mundo sobre la expansión constante de la producción de riqueza real. El consumo de masas era central porque permitía vender esa producción siempre en crecimiento. Fueron el peronismo y otros gobiernos sucesivos en Argentina, los republicanos y demócratas en Estados Unidos, los Laboristas en el Reino Unido, los Socialistas pero también Gaullistas en Francia, la Democracia Cristiana y los Socialistas italianos, quienes comprendían cómo funcionaba la economía capitalista: una economía mixta, con importantes roles complementarios para el Estado y el mercado.

Pero luego del quiebre de los años ’80 el capitalismo global asumió nuevas características, crecientemente alejadas del capitalismo “benévolo” de la posguerra.

La trasnacionalización de la producción y la apertura de los mercados financieros fueron la nueva norma. Pero para que se reafirmara la tendencia a la desregulación generalizada, y al descontrol de los mercados, fue crucial la desaparición de la Unión Soviética y el campo de países aliados. Ahora el capitalismo podía permitirse crisis y desequilibrios múltiples, sin el temor a una nueva expansión del comunismo. Los ’90 fueron un momento de optimismo del capitalismo contemporáneo, porque desaparecía un contendiente ideológico que mal o bien mostraba una forma de organización social alternativa y viable, y un factor de poder real y un contrapeso en la escena mundial a la hegemonía norteamericana.

Sin embargo, el capitalismo feliz de los años ’90 no fue capaz de cumplir las promesas lanzadas en ese momento de euforia: prosperidad, consumo, oportunidades para todos, de la mano de la aplicación de la tecnología y de las innovaciones financieras que promoverían el crecimiento y el bienestar.

El crecimiento mundial se desaceleró, la financiarización y la liberalización provocaron sucesivas burbujas y crisis financieras y empezó a ser mucho más rentable el negocio de la compra y venta de activos reales o imaginarios a lo largo y ancho del planeta –incluidas las privatizaciones en todas partes— que la generación de nueva riqueza.

El capitalismo global actual muestra una tendencia universal a la concentración del ingreso en reducidas minorías sociales (el 1% en Estados Unidos), y en determinadas regiones dinámicas del planeta. No sólo es incapaz de ofrecer progreso masivo en la periferia latinoamericana, sino que en los propios países centrales se manifiesta el malestar con la promesa incumplida de la globalización neoliberal. La potencia electoral de Trump no sólo se asienta en el programa pro-empresario del partido republicano, sino en la percepción de muchísimos norteamericanos de a pie de que la globalización no los tomaba en cuenta.

Este capitalismo actual se muestra sumamente agresivo frente a todo intento distributivo y descree de toda consideración social, descalificando como populistas y peligrosos a quienes conciben alguna forma benévola de capitalismo. La actual moda libertaria es otra manifestación ideológica de un capitalismo impiadoso, que se ha sacado de encima al “estado de bienestar” de la guerra fría, y que avanza hacia la construcción de un mundo sumamente desigual, similar al de fines del siglo XIX.

A pesar de la ya prolongada ofensiva contra el mundo del trabajo y los derechos de las mayorías, el capitalismo liberado de sus compromisos con las clases subalternas no logra resolver un tema fundamental: ¿a quién le venderá la multiplicidad de bienes que hoy es capaz de producir el aparato productivo mundial? ¿Fabricarán robots consumidores, para reemplazar a los humanos descartados?

Los viejos negocios de los innovadores

Si esa es la tendencia universal, no resulta difícil pensar qué ocurrió en la Argentina, que no se caracterizaba por contar con numerosos empresarios innovadores, ni emprendedores, ni competitivos. En nuestro país prosperaron otro tipo de capitalistas, que acudieron sistemáticamente al Estado para garantizar sus ganancias y proteger sus negocios, rechazando con creciente convicción todo horizonte de desarrollo colectivo.

De ese tipo de liderazgos surgió un gobierno como el actual, que llevó al país a una situación de crisis completamente innecesaria. Este es, sin duda, el tipo de gobierno y el tipo de capitalismo que les gusta mayoritariamente a los grandes empresarios. El capitalismo kirchnerista, redistributivo, de moderada intervención estatal, de ampliación del mercado interno, de promoción del consumo de masas, parece no satisfacer la idea que los grandes hombres de negocios tienen sobre cómo debe funcionar la economía nacional.

Apelaron, para cuestionar el modelo inclusivo, a diversos argumentos. Algunos técnicos, atendibles, sobre los desequilibrios que implicaban las políticas distributivas. En realidad, la respuesta al argumento de los desequilibrios económicos que surgieron a lo largo de los 12 años de kirchnerismo es que debería realizarse una transformación estatal hacia una gestión más eficaz, inteligente y previsora de ese tipo de situaciones, capaz de impulsar cambios necesarios en las estructuras productivas.

Pero los argumentos técnicos no parecen ser el campo donde sobresale este sector del poder. Mucho mejor le resulta la parafernalia discursiva que desplegó el macrismo, mezcla de apelaciones morales y republicanas y alusiones a un capitalismo mundial tan pujante como inexistente, soslayando la discusión sobre el modelo productivo, distributivo, científico y de inserción internacional, que como se puede ver por los resultados macristas, no es su fuerte.

Si se recorre la experiencia macrista, con un aparato estatal promotor de negocios puntuales para una serie de sectores seleccionados, se ve que retoman una vieja tradición oligárquica, muy presente las últimas décadas del siglo XIX, de usar al Estado como garante de última instancia de los rentables negocios de una minoría.

Anarco liberalismo a favor del monopolio corporativo

Pero hay más categorías invertidas. Una de las que más impresionan es la de los liberales promotores de monopolios. Tendencia ideológico-cultural que se inició en los ’80, la hostilidad del capital al Estado llegó a un punto completamente irracional en nuestra región, en la que los empresarios se empeñan en destruir a su único guardaespaldas en el ámbito internacional, para ir después desarmados y desarticulados a la batalla de la globalización.

En la actualidad, la hostilidad ideológica al Estado (que en los países centrales se limita a las políticas sociales) es un santo y seña de un empresariado que se auto-debilita, y que se dispone progresivamente a ser comprado por las grandes corporaciones globales. Además utiliza su predominancia en los medios de comunicación para educar a la sociedad contra el Estado, ideología que no tiene resultados políticos neutros en un mundo en plena disputa de poderes económicos y políticos.

El debilitamiento de las capacidades regulatorias del Estado no es otra cosa que el fortalecimiento del poder de las corporaciones. En el caso de la periferia latinoamericana, es el fortalecimiento del poder del capital extranjero sobre los principales resortes económicos de nuestros países. La prédica anti estatista no es entonces la liberación de un poder tiránico “que asfixia la economía”, sino la eliminación del único contrapeso político realmente existente al poder corporativo. Y es también una ideología neocolonial, que tiende a liquidar la ya relativa autonomía económica nacional.

Modernizaciones retrogradantes

Otra categoría invertida es la de quienes se entusiasman con los supuestos efectos modernizantes de los experimentos neoliberales. Esta semana el historiador Luis Alberto Romero ponderó a Cambiemos por sus supuestos efectos modernizantes. La teoría de la modernización hace ya tiempo que sido cuestionada en las ciencias sociales, por sus debilidades conceptuales y empíricas. Pero suponiendo que fuera cierta, es imposible sostener que los experimentos neoliberales que hemos sufrido en Argentina tienen efectos modernizantes. Por el contrario, han tenido evidentes impactos subdesarrollantes, de retrogradación de las capacidades productivas y tecnológicas públicas y privadas, y de empobrecimiento de la estructura social, con una clara involución hacia lo peor del Tercer Mundo.

Salvo que se interprete por “modernización” a las novedades tecnológicas importadas, incluidas los nuevos instrumentos de manipulación de la opinión pública, o de jaqueo a los resultados electorales. O a la adopción imitativa de nuevos estilos de consumo provenientes del centro. Importar novedades no requiere ninguna cualidad, ni siquiera dinero. El resto del planeta siempre está dispuesto a financiar –y a endeudar— a los países sin rumbo que confunden importaciones con modernizaciones.

Las categorías invertidas que hemos listado son la expresión de mutaciones en el orden global y local, que descolocan las formas en que entendemos el mundo y trastocan el significado de las palabras. Pero poco le importa al bloque de poder dominante en nuestro país bastardear las palabras, confundir las categorías, distorsionar los sentidos, empeñado como está en retener de cualquier forma el control sobre la sociedad argentina.

Precisamente del poder, quiéranlo o no, estarán hablando las argentinas y los argentinos en estas próximas semanas.

El Cohete a la Luna

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