Las palabras perfectas

Cuando la persona indicada conjura el texto adecuado, esa forma pura puede transformar la realidad

Por Marcelo Figueras

Existen pocas nociones más absolutas, más irreductibles, que la de la perfección. Una cosa perfecta no admite medias tintas: es la expresión excelsa y por ende inmodificable de una realidad, o bien de una idea. Por eso no forman parte de nuestro menú lingüístico formulaciones como medio perfecto, bastante perfecto o incluso más que perfecto: porque en sí misma la palabra es terminante y no acepta grises.

Una de las sorpresas que deparó Cristina en la Feria, durante la presentación del libro Sinceramente, fue que hablase desde un lugar inusual, por lo nuevo: aquel de autora. Muchos de sus comentarios revelaron hasta qué punto se había tomado en serio la tarea. El descubrimiento, por ejemplo, de que una cosa es lo que unx se propone al sentarse a escribir y otra muy distinta lo que termina ocurriendo. Un relato —ya sea ficcional o testimonial, como en este caso— es el fruto de un proceso orgánico: el autor o la autora lo ponen en marcha, pero nuestro control de la situación es relativo. Lo que resulta de ese proceso es apenas lo que pudimos hacer con lo que ocurrió. En algún sentido se parece a la vida, donde también hay diferencia entre lo que intentamos hacer y lo que nos sale. (“Entre el movimiento y el acto / Cabe la Sombra”, dice T. S. Eliot en Los hombres huecos.) Pero la ventaja del proceso creativo es que nos permite volver sobre nuestros pasos una y otra vez. Escribir es, ante todo, reescribir. La vida es pura transmisión en vivo y en directo: todo lo que pasa imprime, tanto aquello que nos salió bien como el error. El acto creativo, en cambio, nos permite poner pausa, dar un paso hacia atrás para contemplar lo hecho y corregirlo de ser necesario, hasta donde nos lo permita nuestro mix de talento y capacidad autocrítica.

 

 

Esta característica del proceso le regaló a Cristina un propósito que la experiencia en el mundo real tiende a dificultar: el de aspirar a la perfección. Escribir un texto largo supuso “la posibilidad de (perseguir) la palabra perfecta”, dijo. Si tomamos por cierta la definición de la política como arte de lo posible, la escritura se le opondría por completo, en tanto arte de (pretender la perfección, y por ende) lo imposible. Escribir es crear una interfase entre lo real y el mundo de la pura abstracción: una forma pura, una representación que sin embargo cuestiona nuestro modo de ser en el mundo. Una de las palabras que repitió durante su discurso es la que subraya esta característica de la escritura: la de interpelar a cada lector/a, de enfrentarlx a un espejo virtual que le permita verse y ver si da con la talla que soñó cuando imaginaba su mejor versión.

En la cabeza de muchos de nosotros, el 9 de mayo se anticipaba como una velada perfecta: el reencuentro de la más notable política argentina de este tiempo con su gente, al calor del fenómeno editorial disparado por su libro, en el marco icónico del predio usurpado por una aristocracia que la considera su enemiga. Pero ya en horas tempranas el curso del día comenzó a torcerse. Primero fue el hecho de violencia en las inmediaciones del Congreso, sobre el cual los medios de lo que Rodolfo Walsh llamaba la cadena de desinformación se abalanzaron, felices de tener una excusa para hablar de algo que no fuese lo inevitable. Después fue la tormenta, que a la hora de la convocatoria había adquirido el carácter destemplado del aguacero. El taxista que me llevó hasta allí me dijo que la presentación se había suspendido, en signo de respeto ante el crimen del asesor del diputado. No sé si me lo dijo porque estaba mal informado o por mala leche, aunque me inclino a pensar que ambas opciones se habían organizado en combo. (Si hubiese tenido buena leche, me lo habría dicho cuando le indiqué el destino y no a una cuadra de Plaza Italia.) Alrededor de la Feria pululaban los vendedores, que se habían apurado a convertir la emergencia en oportunidad. Además de revitalizar la industria editorial por sí sola, Cristina le daba un espaldarazo a aquellxs que viven de los paraguas y los pilotines.

La cita era en la Sala Jorge Luis Borges; otra ironía deliciosa, que Cristina capitalizaría durante su alocución al convertir el clasismo del escritor en una bandera y transformar el insulto —Borges sostenía que los peronistas no eran ni buenos ni malos, sino incorregibles— en un mimo a sus seguidorxs. (¿Miraremos esa escena desde el futuro como el momento en que descubrimos que ya no nos alcanzaba con ser cabecitas negras, descamisados y choriplaneros y por eso nos colgamos la cucarda —estábamos en la Rural, después de todo— de incorregibles? ¿O acaso no suena, Los Incorregibles, como el nombre perfecto para una agrupación nueva u otro millar de unidades básicas?) Adentro, los salpicados concurrentes éramos la expresión viviente de la amplitud de la convocatoria: legisladorxs, intendentxs, gobernadorxs, gremialistas, artistas, periodistas, Madres y Abuelas, académicxs, economistas, empresarios… Para ingresar a la sala había que atravesar la cortina de agua que se desprendía del alero sobre la entrada, un improvisado rito bautismal.

El deseo que circulaba era claro: todo el mundo ansiaba que Cristina anunciase su candidatura con palabras flamígeras, que arengase al pueblo sublevado que había acudido a verla y que nos condujese a la Rosada desde la Rural, como la Libertad de Delacroix. Pero por supuesto, eso no ocurriría. Cristina es demasiado inteligente — es la única estadista con que contamos. Tenía claro que lo mejor que podía hacer era desafiar las expectativas de propios y ajenos, y a la manera de las valijitas Juliana con que mis hijas jugaban durante los ’80 (Juliana Doctora, Juliana Periodista, Juliana Veterinaria — por aquel entonces no sabíamos de Juliana Dueña de Talleres Clandestinos), probarse la piel de un nuevo personaje: Cristina Escritora.

La de la perfección es una noción absoluta, que no conoce compromisos. Por eso tendemos a olvidar cuán relativo es su valor: para que algo que parecía ordinario resulte perfecto, lo único que hace falta es que se verifique en el lugar, la circunstancia y el momento adecuados. Porque cada instante demanda una perfección diferente. Y a todas luces, Cristina Escritora entendió qué perfección demandaba esa hora —la hora de publicar su libro, la hora de presentarlo— mejor que nadie.

Por eso no hizo lo que todos, tanto amigos como enemigos, esperaban que hiciera. No retorció compulsivamente el micrófono, no alzó la voz, no dijo lo que se pretendía que dijese con las palabras que querían poner en su boca y no dio un discurso prolongado. Más bien actuó con la calma y deliberación de quien ya ha escrito (y reescrito) esa escena en su cabeza, desde la más fina comprensión del arco del personaje.

Lo que Cristina hizo fue proponer un código nuevo, otra forma de lectura. Donde no sólo importa lo que en efecto dice —como suele ocurrir en materia política, que tiende al subrayado del panfleto—, sino también cómo lo dice y hasta lo que calla. (Lo que los escritores definimos como estilo.) Y a medida que la oía entendí que en efecto estaba planteando todo lo que había que plantear —todo lo que cabía decir—, sólo que a partir de la aparente ambigüedad que caracteriza a la literatura.

Fíjense lo que hizo. A quién mencionó, aceptándolo dentro del redil. El modo en que demolió la imagen pública del oficialismo como Gran Inquisidor de los Planeros, demostrando que nadie depende de los planes más que ellos y del peor modo: convirtiendo a la población a la que han dejado a la intemperie en adicta a sus limosnas. (La ministra Stanley es lo más parecido que conozco a la Susanita de Quino en versión adulta. Esa que soñaba con banquetes en los que habría “pollo y pavo y lechón y todo eso”, con los cuales recaudar fondos para “comprar a los pobres harina y sémola y fideos y esas porquerías que comen ellos”.) Presten atención al rescate que hizo del empresario Ber Gelbard, que murió en el ’77 y sobre quien tantos argentinos lo desconocían todo. (Desde esa noche hasta hoy, si googleás la palabra José el sistema te tira como primera opción Ber Gelbard, lo cual revela que la inteligencia artificial responde a la frecuencia de las búsquedas sobre esa persona.)

Pero, ante todo, lo esencial fue la mención al Perón del 12 de junio del ’74. Sobre la cual volvió de forma deliberada, para subrayar que no se refería al Perón del 12 de junio por la tarde, aquel que recordamos a partir de su mención a la más maravillosa música, sino al Perón claro y concreto de la mañana, durante la cual había planteado un ultimátum. (Cristina Escritora remitía, como hacemos todos los que creamos libros, a otros textos que proporcionan la clave adecuada de lectura.)

Me refiero a aquel discurso en el que Perón dijo: “No hay que olvidar que los enemigos están preocupados por nuestras conquistas, no por nuestros problemas. Ellos se dan cuenta de que hemos nacionalizado los resortes básicos de la economía y que seguiremos en esa tarea sin fobia, pero hasta no dejar ningún engranaje decisivo en manos extranjeras”. Aquel en que denunció que algunos de los firmantes del acuerdo que se había refrendado poco tiempo atrás entre “los trabajadores, los empresarios y el Estado” no estaban cumpliendo con su compromiso. Aquel en el que dijo que “el 80 ó 90 por ciento de las cosas que se andan diciendo por ahí son inventadas por los profesionales de la acción psicológica”. Pero, ante todo, aquel durante el cual dijo: “Cuando acepté gobernar, lo hice pensando en que podría ser útil al país, aunque ello me implicaba un gran sacrificio personal. Pero si llego a percibir el menor indicio que haga inútil ese sacrificio, no titubearé un instante en dejar este lugar”.

Y ahí entendí todo. Mediante un flashback. Que me remitió al ’73. Mi memoria es más porosa que un colador, pero el recuerdo de esa escena es fotográfico: estábamos en el living de la casa del Turco Silva, mi tío postizo, a quien todavía adoro. La televisión sonaba en algún lado, los adultos hablaban de la situación nacional —en aquel tiempo, a mis once años, yo tenía menos feeling por la política que Pedrito Rico—, y entonces mi vieja pasó delante del espejo oval yendo o viniendo de la cocina y pronunció la frase que se me quedó grabada. Hablo de mi vieja, sí, gorila e hija y hermana y prima y sobrina de gorilas, que al considerar el inminente regreso al país del tipo de casi 80 después del largo exilio europeo, se cuestionó sinceramente: ¿Para qué va a volver, si no es porque pretende hacer las cosas bien?

La que habló desde la Sala Borges de la Feria del Libro fue la Cristina Escritora que procesó sus influencias y sus lecturas y reescribió su papel para producir el eco adecuado, la intertextualidad necesaria. Por eso invocó a aquel otro estadista que aceptó volver al ruedo con “gran sacrificio personal” y consiguió borronear la frontera entre peronistas y gorilas para ganar las elecciones con el 62 % —el 62%— de los votos. Parafraseando los Evangelios, la peli de Mignogna sobre Evita y la canción de Nebbia: quien quiera oír y leer, que oiga y lea.

Por eso me fui contento. Porque me convencí de que Cristina Escritora había pronunciado, en efecto, las palabras perfectas. (Perfectas para este momento. Perfectas para esta circunstancia.) Porque entendí que cuando la persona indicada conjura el texto adecuado —el texto escrito y publicado, el texto dicho, el texto rescatado del olvido, como el mencionado discurso de Perón—, esa forma pura interpela al mundo real y lo empuja en dirección a la perfección anhelada, demandándole lo imposible.

Y también porque confirmó, dicho sea de paso, lo que vengo diciendo hace rato, tanto a través de textos como por la radio: en este mundo de hoy los mejores escritores, tanto afuera (pienso en Jennifer Egan, en Lorrie Moore, en Rachel Kushner, en Karen Russell, en Dana Spiotta, en Karen Atkinson — por mencionar apenas seis entre miles) como acá (pienso en Enríquez, Schweblin, Piñeiro, Cabezón Cámara, Guerriero y seguirían las firmas hasta el amanecer), son escritoras, che.

Y están cambiando el mundo para mejor, de a un libro por vez. Sinceramente.

El Cohete a la Luna

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