Las personitas simpáticas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Kurt Vonnegut

Era una día cálido, seco y cegador de julio que hacía sentir a Lowell Swift como si cada microbio y pecado de su cuerpo se estuviera recociendo definitivamente. Había salido de los grandes almacenes donde trabajaba de vendedor de linóleo y volvía a casa en autobús. Bajo el brazo, llevaba una caja larga y verde, llena de rosas rojas, porque aquel día marcaba el final de su séptimo año de matrimonio con Madelaine, que tenía el coche y que, de hecho, era su propietaria.

El autobús estaba abarrotado, pero como no había ninguna mujer de pie, Lowell tenía la conciencia tranquila; se recostó en su asiento y chasqueó los nudillos distraídamente, pensando cosas agradables sobre su esposa.

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Era un hombre alto y estirado, con un bigote fino de color rubio rojizo, y el anhelo de ser un coronel británico. En la distancia, daba la impresión de que su anhelo se había satisfecho en todos los sentidos, con excepción del uniforme; parecía distinguido y resuelto. Sin embargo, sus ojos eran los de un pordiosero nostálgico, perdido, perplejo y desmesuradamente simpático. Gozaba de buena salud y era inteligente, pero también decente hasta un punto que lo incapacitaba para ser señor de su casa o acumulador de riquezas.

En cierta ocasión, Madelaine lo había descrito como un hombre que estaba en la orilla de la corriente de la vida, sonriendo y diciendo «discúlpeme», «usted primero» y «no, gracias».

Madelaine era agente inmobiliario y ganaba mucho más dinero que Lowell. A veces le tomaba el pelo al respecto; él se limitaba a sonreír afablemente y a decir que, por lo menos, nunca se había ganado enemigos y que, a fin de cuentas, no dejaba de ser tan producto de Dios como ella misma… un producto al que, supuestamente, había reservado un final feliz.

Madelaine era una mujer preciosa y el único amor de Lowell; sin ella, habría estado perdido. Algunos días, cuando volvía a casa en el autobús, se sentía aburrido, incapaz y cansado y le asaltaba el temor de que Madelaine lo abandonara; de hecho, no le habría echado en cara que sintiera ese deseo.

Pero aquel día no era uno de esos. Se sentía maravillosamente bien. Además de ser su aniversario de bodas, estaba sazonado de misterio. Y por lo que sabía, no era un misterio ominoso sino lo suficientemente desconcertante como para que se creyera envuelto en una pequeña aventura, que les concedería a Madelaine y a él unos minutos de estimulante especulación: mientras esperaba al autobús, alguien le había arrojado un abrecartas.

En su momento, pensó que lo habían lanzado desde un coche que pasaba o desde algún despacho del edificio del otro lado de la calle. No lo vio hasta que llegó tintineando a la acera y se detuvo ante las puntas negras y afiladas de sus zapatos. Rápidamente, echó un vistazo a su alrededor; no pudo averiguar de dónde procedía. Lo recogió con cautela y resultó estar caliente y ser sorprendentemente ligero. Era de color plata azulado, de corte transversal ovalado y con un diseño muy moderno; parecía hueco y estaba hecho de una sola pieza de metal, puntiaguda en un extremo y mocha en el contrario, sin más elemento que diferenciara la empuñadura y la hoja que una especie de piedra pequeña, como una perla, en el medio.

Lowell lo reconoció al instante como un abrecartas porque había visto muchas veces algo parecido en el escaparate de una cuchillería ante la que pasaba diariamente cuando iba o volvía de la parada del autobús. Lo blandió sobre su cabeza, mirando de coche en coche y de cristalera en cristalera, en un esfuerzo por localizar a su dueño; pero nadie lo miró con intención de reclamar su propiedad, de modo que se lo guardó en el bolsillo.

Se asomó por la ventanilla del autobús y vio que el vehículo descendía por el bulevar tranquilo y sombreado por olmos donde Madelaine y él vivían; aunque las habían dividido en pisos caros, las mansiones que lo flanqueaban seguían siendo mansiones magníficas por fuera. Sin los ingresos de Madelaine, Lowell jamás habría podido vivir en un lugar como aquél.

La parada siguiente era la suya, la del edificio colonial blanco con columnata. Madelaine habría visto la llegada del autobús porque estaría mirando desde el piso de la tercera planta que en el pasado había sido un salón de baile.

Tan lleno de alborozo como un adolescente enamorado, tiró del cordón de llamada y buscó la cara de su mujer entre la hiedra verde y lustrosa que crecía alrededor del hastial. No la vio allí, pero supuso alegremente que estaría preparando los cócteles de su aniversario.

«Lowell —decía la nota que encontró en el espejo del vestíbulo—, he salido a comer con un cliente que está interesado en la propiedad de los Finletter. Cruza los dedos. Madelaine».

Sonriendo con añoranza, Lowell dejó las rosas sobre la mesa y cruzó los dedos.

El piso estaba desordenado y muy silencioso; al parecer, Madelaine se había marchado con prisas.

Cogió el periódico de la tarde, que estaba tirado en el suelo junto con el pegamento y el álbum de recortes, y leyó los trozos que Madelaine había dejado enteros porque no contenían nada referente al mercado inmobiliario.

Desde su bolsillo le llegó un siseo rápido, como el sonido de un beso superficial o la apertura de un paquete de café envasado al vacío.

Lowell metió la mano en el bolsillo y sacó el abrecartas. La piedrecilla de en medio se debía de haber soltado de su engaste, porque sólo había un agujero redondo.

Puso el abrecartas en el cojín del sofá, a su lado, y registró el bolsillo en busca del adorno perdido. Cuando lo encontró, se sintió decepcionado al ver que no era una perla en absoluto, sino una semiesfera hueca que le pareció de plástico.

Volvió a mirar el cuchillo y sintió un acceso de asco. Un insecto negro, de unos seis milímetros de longitud, estaba saliendo por el agujero. Después apareció un segundo, un tercero y así hasta llegar a seis. Los insectos se apiñaron en una hendidura del sofá y se movieron junto al codo de Lowell de forma lenta y carente de fluidez, como si estuvieran mareados y aturdidos. A continuación, parecieron quedarse dormidos en su poco profundo refugio.

Lowell alcanzó una revista de la mesa de centro, la enrolló y se dispuso a aplastar a las criaturillas repugnantes antes de que pudieran poner huevos e infestar el piso de Madelaine.

Fue entonces cuando vio que los insectos eran tres hombres y tres mujeres, de proporciones perfectas y vestidos con mallas negras, refulgentes.

En la mesa del teléfono del vestíbulo, Madelaine había dejado una lista de números: los de su despacho, su jefe (Bud Stafford), su abogado, su corredor de bolsa, su médico, su dentista, su peluquero, la policía, el departamento de bomberos y los almacenes donde Lowell trabajaba.

Ya había pasado diez veces el dedo por encima de la lista, buscando el número de la persona adecuada para informar sobre la llegada de seis personas diminutas de unos seis milímetros de alto, cuando marcó el de la policía con vacilación. Deseó que Madelaine volviera a casa.

—Comisaría del distrito siete. Sargento Cahoon al habla.

La voz era tosca, y Lowell se sintió horrorizado por la imagen de Cahoon que apareció en su mente: gordo, desgarbado, de pies planos y con espacio para cincuenta personitas en cada uno de los orificios gigantescos de la recámara de su revólver de servicio.

Colgó el auricular sin decir una sola palabra. Cahoon no era su hombre.

De repente, todas las cosas del mundo le parecían ridiculamente grandes y brutales. Arrastró el descomunal listín telefónico y lo abrió por «Gobierno de los Estados Unidos». Ministerio de Agricultura, Ministerio de Justicia, Departamento del Tesoro… todo sonaba a gigantes estrepitosos, y Lowell cerró el listín con sensación de impotencia.

Se preguntó cuándo volvería Madelaine a casa.

Miró nerviosamente hacia el sofá y vio que las personitas, que habían permanecido inmóviles durante media hora, empezaban a moverse y a explorar el terreno brillante de color ciruela y la flora de matas de hilos de los cojines. Su avance se detuvo en seco de inmediato, cuando se toparon con unas paredes de cristal: las del fanal que Lowell quitó del reloj antiguo de Madelaine, que estaba en la repisa de la chimenea, y usó para encerrarlos.

«Bravo, bravo, diablillos» —dijo con asombro. Lowell se felicitó a sí mismo por mantener la calma y ser razonable con ellos. No se había dejado dominar por el pánico; no los había matado ni había pedido ayuda. Dudó que mucha gente hubiera demostrado la imaginación necesaria para admitir que las personitas eran verdaderos exploradores de otro mundo, y que el supuesto cuchillo era realmente una nave espacial.

«Parece que habéis venido a ver al hombre adecuado —les murmuró a cierta distancia—, pero que me aspen si sé lo que voy a hacer con vosotros. Si la noticia de vuestra existencia se extiende, habrá una masacre». Lowell imaginó el pánico y la muchedumbre frente a su piso.

Mientras se acercaba a las personitas para echarles otro vistazo, caminando silenciosamente por la alfombra, oyó un tintín procedente del fanal. Uno de los hombres daba vueltas y más vueltas por su interior y golpeaba las paredes con algún tipo de herramienta, buscando una abertura; los demás estaban absortos con una hebra de tabaco que habían sacado de entre los hilos.

Lowell levantó el fanal. «Hola», dijo suavemente.

Las personitas chillaron con sonidos similares a los tonos agudos de una caja de música, y salieron a la carrera hacia la hendidura del lugar donde el cojín se unía al respaldo del sofá.

«No, no, no, no —dijo Lowell—, no tengáis miedo, personitas». Extendió un dedo con intención de detener a una de las mujeres. Para su horror, de su dedo salió una chispa que la alcanzó y la dejó convertida en un montoncillo del tamaño de una semilla de dondiego.

Los otros se arrojaron a la hendidura para esconderse detrás del cojín.

«Dios mío, ¿qué he hecho? ¿Qué he hecho?» —dijo Lowell, desconsolado.

Corrió a alcanzar una lupa de la mesa de Madelaine e inspeccionó con ella el cuerpo inmóvil y diminuto. «Ay, ay, ay», murmuró.

Se entristeció mucho más cuando vio lo bella que era. Tenía un parecido leve con una chica a la que había tratado antes de conocer a Madelaine.

Los párpados de la mujer temblaron y se abrieron. «Gracias al cielo», dijo él. Ella lo miró con horror.

«Bueno, eso está mejor —continuó Lowell, con brío—. Soy tu amigo; no quiero hacerte daño. Dios sabe que no. —Sonrió y se frotó las manos—. Organizaremos un banquete de bienvenida a la Tierra. ¿Qué te apetece? ¿Qué come la gente pequeña, eh? Encontraré algo».

Se dirigió rápidamente a la cocina, cuyas encimeras estaban abarrotadas de platos y cubiertos sucios. Se rió para sus adentros cuando cargó una bandeja con botellas, tarros y latas que ahora le parecían enormes; en sentido literal, toda una montaña de comida.

Silbando con aire festivo, llevó la bandeja al salón y la dejó en la mesa de centro. La mujercita ya no se encontraba en el cojín.

«¿Dónde os habéis metido ahora? —dijo con alegría—. Bueno, sabré dónde encontraros cuando todo esté dispuesto. ¡Ajá! He aquí un banquete digno de reyes y reinas. Ni más ni menos».

Con la punta del dedo, dibujó un círculo de gotas pequeñas alrededor del centro de un platillo, dejando montículos de mantequilla de cacahuete, mahonesa, margarina, jamón picado, queso cremoso, salsa de tomate, paté de hígado, mermelada de uva y azúcar humedecido. En el interior del círculo puso gotas separadas de leche, cerveza, agua y zumo de naranja.

A continuación, levantó el cojín.

«Salid a comer o lo tiraré al suelo —amenazó—. Pero ¿dónde estáis? Os encontraré, ya os encontraré…». En la esquina del sofá, en el lugar que antes había ocupado el cojín, había una moneda de veinticinco centavos y otra de diez, una cerilla de cartón y una vitola de puro, una de la marca que fumaba el jefe de Madelaine.

«Aquí estáis» —dijo Lowell. Varios pares de pies minúsculos sobresalían bajo la pila de desechos.

Cogió las monedas y las seis personitas quedaron a la vista, apiñadas y temblorosas. Posó una mano ante ellos, con la palma hacia arriba, y declaró: «Venga, subid a bordo de una vez. Tengo una sorpresa para vosotros».

Como no se movieron, a Lowell no le quedó más opción que espantarlos hacia su mano con la punta de un lápiz. Después, los llevó por los aires y los vertió en el borde del platillo como si fueran semillas de alcaravea.

«Os ofrezco el mayor smörgasbord de la historia», anunció. Las gotas eran más altas que los invitados al banquete.

Tras varios minutos, las personitas recobraron el valor suficiente para volver a explorar. Pronto, el aire de alrededor del platillo se llenó de gritos aflautados de placer, a medida que descubrían filón tras filón.

Lowell los observó con la lupa, encantado. Sus caras se volvían hacia él, iluminadas con una gratitud de labios que se relamían y miradas de asombro.

«Probad la cerveza. ¿Habéis probado la cerveza?» —preguntó Lowell. Ahora, cuando hablaba, las personitas ya no gritaban como antes; lo escuchaban con atención, intentando comprender.

Señaló la gota de color ámbar y los seis la probaron con diligencia. Fingieron que les gustaba, pero no pudieron ocultar su desagrado.

—Gusto adquirido —dijo Lowell—. «Ya aprenderéis. Ya…».

La frase se quedó sin terminar. Un coche había aparcado fuera, y la voz de Madelaine flotó en la tarde de verano.

Cuando Lowell volvió de la ventana, después de ver que Madelaine besaba a su jefe, las personitas se habían arrodillado hacia él y cantaban algo que llegó a sus oídos con un sonido dulce y apenas perceptible.

«Eh, ¿a qué viene esto? —dijo, sonriendo—. No ha sido nada… nada en absoluto. Miradme bien, sólo soy un tipo normal y corriente, tan común como la tierra del suelo. No habréis pensado que yo…». La idea le pareció tan absurda que rompió a reír.

La salmodia continuó, ferviente, suplicante, adoradora.

Miró deprisa a su alrededor y vio el abrecartas, la nave espacial. La dejó junto al platillo y los empujó nuevamente con la punta del lápiz. «Vamos, volved un rato a vuestro sitio».

Los seis desaparecieron en el agujero. Lowell acababa de colocar el adorno nacarado cuando Madelaine entró.

—Hola —dijo, muy animada. Madelaine vio el platillo—. ¿Te has estado divirtiendo?

—En cierta forma —contestó—. ¿Y tú?

—Cualquiera diría que has metido ratones en la casa.

—No, es que a veces me siento solo, como todo el mundo —dijo Lowell.

Madelaine se ruborizó.

—Siento lo del aniversario, Lowell.

—No pasa nada.

—No me acordé hasta que volvía a casa, hace unos minutos. Ha sido como si me tiraran una tonelada de cascotes.

—Lo importante es que hayas cerrado el trato… —afirmó con simpatía.

—Sí, sí… lo he cerrado. —Estaba inquieta, y le costó sonreír cuando descubrió las rosas en la mesa del vestíbulo—. Qué bonitas son.

—Eso me parecieron.

—¿Tienes un cuchillo nuevo?

—¿Te refieres a esto? Lo encontré de camino a casa.

—¿Lo necesitamos?

—Me he encaprichado con él. ¿Te importa?

—No… ni mucho menos. —Madelaine miró el abrecartas con nerviosismo—. Nos has visto, ¿verdad?

—¿A quién? ¿Qué?

—Me acabas de ver besando a Bud.

—Sí, pero no creo que eso sea tu perdición…

—Me ha pedido que me case con él, Lowell.

—¿Cómo? ¿Y qué has dicho…?

—He dicho que sí.

—Vaya, no sabía que pudiera ser tan sencillo.

—Lo amo, Lowell. Quiero casarme con él. ¿Es necesario que te golpees la palma de la mano con ese cuchillo?

—Lo siento. No me había dado cuenta.

—¿Y bien? —preguntó dócilmente, tras un silencio largo.

—Creo que casi todo lo que se debía decir, ya se ha dicho.

—Lowell, lo siento terriblemente…

—¿Lo sientes por mí? ¡Tonterías! A mí se me ha abierto todo un mundo nuevo. —Caminó hacia ella despacio y le pasó un brazo a su alrededor—. Pero tardaré en acostumbrarme, Madelaine. ¿Un beso? ¿Un beso de despedida, Madelaine?

—Lowell, por favor… —Giró la cabeza hacia un lado e intentó apartarlo con suavidad.

Él la abrazó con más fuerza.

—Lowell… no. Basta ya, Lowell. Lowell, me estás haciendo daño. ¡Por favor! —Le golpeó en el pecho y se alejó un poco—. ¡No puedo soportarlo! —gritó con amargura.

La nave espacial emitió un zumbido y se puso caliente. Después, tembló y salió impulsada con su propia energía desde la mano de Lowell, directa al corazón de Madelaine.

Lowell no tuvo que buscar el número de la policía. Madelaine lo había dejado en la mesa del teléfono.

—Comisaría del distrito siete. Sargento Cahoon al habla.

—Sargento —dijo Lowell—, quiero informar de un accidente… una muerte.

—¿Homicidio? —preguntó Cahoon.

—No sé cómo lo llamarían ustedes. Hay mucho que explicar.

Cuando la policía llegó, Lowell les contó la historia con calma, desde el hallazgo de la nave espacial hasta el final.

—En cierto sentido, ha sido culpa mía —dijo—. Las personitas creyeron que yo era Dios.

(De: Mire al pajarito, 2009. Traducción: Jesús Gómez Gutiérrez)

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