Las puertas de la percepción

Ginsberg esencial, un compilado de escritos de Allen Ginsberg

Por Fernando Bogado

Allen Ginsberg es uno de esos poetas tan metidos en la médula de la cultura popular (o, mejor dicho, la “cultura pop”) que pasa con él y su obra algo así como un efecto similar a nuestro Martín Fierro: todo el mundo parece saber de él, todo el mundo puede recitar alguna que otra parte de alguno que otro de sus poemas, pero no son tantos los que lo han leído. Así funcionan los clásicos, ya lo había escrito Borges: un clásico es ese libro que todo el mundo dice conocer, pero cuyas páginas nunca fueron estrictamente transitadas. Eso, claro, podemos verlo desde el lugar pesimista de “ya nadie lee a…”; pero, quizás, nos podemos permitir el otro lado de la cuestión: ése que indica, básicamente, que la obra de Ginsberg es tan importante, tan fuertemente propia dentro del mundo occidental, y quizás de la humanidad en su totalidad, que lo que ha escrito desborda los límites del libro para integrarse en la vida, para ser uno con la respiración de todo lo viviente. Él, al menos, lo hubiese querido así.

La reciente edición por parte de Anagrama de una antología que reúne varios de sus poemas, de sus canciones, de sus ensayos, de fragmentos de su diario y hasta de ciertas entrevistas que otorgó a diversos medios, permite meterse un poco más en la mente de un artista que siempre fue desafiante, que hizo del gesto de oposición algo más que una mera jactancia intelectual (como el ámbito francés nos tiene acostumbrados), sino que luchó con toda la honestidad que pudo para instalar una nueva forma de vida. Ginsberg esencial, entonces, habría que leerlo menos como una ordenada recopilación de su obra, y más como una especie de tímido intento de manual de vida. ¿O no es “Aullido”, su poema más citado, más conocido, más importante, un grito abierto, desesperado, pero también cargado de una risa festiva, para dejar lo que sea que estemos haciendo y ponernos en acción, de una vez por todas?

La propia vida de Ginsberg (1926-1997) parece marcada por este llamado a la vida. En poemas, pero también en diversas interlocuciones, ya sea con un periodista o con un miembro del poder judicial o legislativo, vuelve sobre situaciones puntuales que lo abrieron a la experiencia de sentir un mundo, un universo en movimiento. Sucede así con la llamada “Blake Vision”, esa suerte de éxtasis cuasi-religioso que lo llevó a descubrir la fibra misma de lo que lo rodeaba, a saltar de sus penas cotidianas para abrazar una búsqueda que desbordase, sin dejar de incluir, cualquier inquietud del día a día. A partir de la lectura de un poema del escritor romántico inglés William Blake, “Ah, Sun-Flower!”, lo que antes era un joven relacionado con la posvanguardia beat, que no perdía su vínculo con las preocupaciones políticas más inmediatas, se transforma en un individuo vuelto de cuerpo entero a la indagación psíquica, a la ampliación de la conciencia y a la búsqueda, con todos los medios disponibles, de aquello que la humanidad ha perdido en el contexto de consumo, violencia y guerra en el que se encontraba sumergido a mediados del siglo XX y, bien podemos decir, hasta hoy mismo. ¿Suena todo muy hippie? Sí, claro. Ginsberg es la fuente de la cual todos los movimientos contraculturales norteamericanos, que explotarían a finales de la década del ‘60, han bebido. No debe sorprendernos, por caso, que en ese videoclip pionero de la canción de Dylan “Subterranean Homesick Blues”, filmado en 1965 pero estrenado en 1967 como parte de la película de D.A. Pennebaker Don’t Look Back, de fondo, charlando con Bob Neuwirth, mientras un joven Bob va pasando los míticos carteles con fragmentos del tema, está el mismísimo Ginsberg. La imagen lo dice todo: el antecedente que mira cómo la nueva generación se apodera y lleva todavía más a fondo sus propias ideas.
Un problema nacional

Ginsberg, por más inspirado que nos resulte, es también parte de una tradición literaria que siempre buscó ir más allá de la institución para poder transformar la vida misma en obra. Como si hubiese una necesidad constante de las letras del país del norte por partir de la naturaleza para volver a ella, reclamando siempre dos cosas: la posibilidad de pasar por una experiencia radical de manera individual, pero no por eso menos vinculado a una comunidad de individuos que aspire a lo mismo; y la necesidad de trascender los mismos límites de lo que se considera la realidad. En una declaración hecha frente a miembros del Senado norteamericano con el fin de interceder favorablemente en el caso de una legislación sobre el consumo de LSD, afirma sin tapujos que lo que se estaban discutiendo eran las bases mismas dispuestas por los Padres Fundadores de Estados Unidos. Walt Whitman, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau: tres nombres que muestran cómo la poesía y la filosofía norteamericana siempre han bogado por la vida en la naturaleza, por el volcarse del individuo hacia las plantas, los árboles, todo lo que lo envuelve, y también a llevar este viaje según su deseo más personal, según su más rabiosa individualidad.

El lado oscuro del sueño de esos pensadores, bien podemos decir ahora, nosotros, desde estas costas, es que pueden llevar también al expansionismo nacionalista (sobre todo, hacia el lado más florido del continente, que para ellos siempre ha sido el sur) y el individualismo propio de la sociedad de consumo. Pero contra eso también ha estado atento Ginsberg. La idea misma de la exploración supone también siempre el peligro del regreso desafortunado, del volver al mundo que se quería dejar atrás con la conciencia tranquila de haber intentado transformarlo, en su momento (como sucedió con los “hippies” que ahora resultan jefes o empresarios). El poema “América” (1956) está hablando precisamente de eso, de las contradicciones del sueño americano, que aspira tanto a la trascendencia como al dominio y la guerra, y que se la aparece a la mente de Ginsberg como un amante que no corresponde de la misma manera los sentimientos hacia él volcados: “América te lo he dado todo y ahora no soy nada”.

Los así llamados “Beatniks” también pasaron, como grupo, por el predicamento de ser miembros de una sociedad paradójica. En On The Road de Jack Kerouac está vivo el mandato de viajar, de huir, por eso el protagonista toma el auto y se entrega a la velocidad como un modo de ir más allá de los límites en este planeta, en esa parte del planeta, mejor, con sus amplias carreteras disponibles para desplazarse para cualquier lado. Pero, también, son un camino obligatorio para huir de algo, quizás, de ese mismo ambiente: no por nada, el viaje comienza con una separación y apunta, de algún modo, a cruzar la frontera con México para perderse en la inmensidad del Otro Mundo, el latino. En William Burroughs hay un intento similar de huida, aunque en una clave un poco más paranoica: la técnica de corte, del “cut-up”, eso de disponer las palabras a modo de un collage azaroso, deja colar otra realidad en cada línea de separación, como si se pudiera descubrir la realidad detrás de la realidad cortando y modificando lo dado. Cortar para poder ver “detrás del velo”, eso que tanto Kerouac, como Burroughs, como Ginsberg buscaban con sus obras. El viaje en Kerouac, el corte en Burroughs y la visión trascendental (la intuición que se evoca) en Ginsberg son modos de entender ese mandato patrio del ir más allá de los límites. Quizás por eso, como contraparte de estos sueños, la pesadilla demencial norteamericana que, a su propia literatura de movimiento y huida, cada tanto, le quiera colocar un muro.
Raros poemas nuevos

Si Neal Cassady era el verdadero artista de la Beat Generation, poco lo podemos negar o afirmar, ya que es más sensible su mirada sobre el mundo a partir de la obra que dejaron sus asociados antes que por sus propios textos. Lo interesante en Cassady es que realizó el programa experimental de los Beat, de los Padres Fundadores, de una manera tan radical que casi, casi no deja obra. Porque lo importante, como sabemos por Ginsberg, es la vida, y para vivir la vida, poco hay que escribirla. Por eso Ginsberg medita todo el tiempo sobre el verdadero uso de la palabra: habría que pensarla, entonces, como una llave que abre la puerta de la experiencia, antes que como una forma de dejarla documentada. Las palabras son apenas un medio para la trascendencia, pero se puede leer perfectamente en las páginas de Ginsberg esencial esa suerte de amor-odio con respecto al lenguaje. Kerouac lo sintetizó bien porque, hablando del encuentro entre Dean Moriarty y Carlo Marx (los nombres que evocaban al de sus amigos Neal y Ginsberg), escribe en On the Road: “Y cuando Dean conoció a Carlo Marx pasó algo tremendo. Eran dos mentes agudas y se adaptaron el uno al otro como un guante a la mano. Dos ojos penetrantes se miraron en dos ojos penetrantes: el tipo santo de mente resplandeciente, y el tipo melancólico y poético de mente sombría que es Carlo Marx”.

La vida, entonces, desde la melancolía. Por eso los poemas de Ginsberg están tan salpicados de ese ir y venir, entre este mundo y el otro, entre la alegría y la melancolía. Por eso, de todos los mencionados, es el más atento a la métrica: porque, precisamente, busca transformarla desde adentro, imponiendo nuevos patrones que, como bien dice, son en realidad patrones ya presentes en la tradición occidental. Esa revisión de formas sigue el mandato de Ezra Pound, el nombre que faltaba entre los escritores del siglo XIX y los de mitad del XX, el eslabón perdido que también mostró el peligroso reverso de los sueños de trascendencia, el fascismo. Pound supo decir como regla, entonces, una frase que está siempre pendiente en cada uno de los textos reunidos en este libro: “Make It New”. Antes que la necesidad de la novedad de consumo, la interpretación que tiene Ginsberg de la frase es la de un llamado a la búsqueda de nuevos mundos vitales que se alejen de la burocracia, la estandarización y la lógica de la masificación. Mundos íntimos, personales, a los que se pueden llegar probando, en principio, sus poemas.

Ginsberg esencial, Allen Ginsberg, Anagrama 512 páginas.

Algunos fragmentos de Ginsberg esencial

Por Fernando Bogado

Las drogas y la opinión pública

(“Declaración de Allen Ginsberg, poeta, en la audiencia de la ciudad
de Nueva York frente a un subcomité especial del poder judicial del
senado de los Estados Unidos”)

Estoy aquí porque deseo relatarles mi propia experiencia y me preocupa que sin un reconocimiento y una empatía por la experiencia personal suficientes se acaben aprobando al final unas leyes tan rígidas que provoquen más daños que el nuevo LSD que se intenta legislar. Pero con un poco de empatía y también, a ser posible, amabilidad y comprensión, tal vez nos resulte posible poner las cosas en común y trabajar juntos para resolver este acertijo del LSD tal y como se le ha planteado a nuestra sociedad.

En estos momentos tengo 40 años, soy poeta y este año tengo también el estatus de becario de la Fundación Guggenheim. Tal vez les parezca curioso que me haya graduado en Columbia College y haya tenido una carrera práctica en el mercado antes de dedicarme a tiempo completo a la escritura. Cuando tenía 22 años tuve una experiencia crucial –lo que se denomina una experiencia visionaria o “estética”– sin drogas, que enriqueció mi vida. El clásico de la literatura norteamericana, Las variedades de la experiencia religiosa de William James describe algunas experiencias parecidas en la conciencia de las personas. Lo que sucedió me llenó de asombro —me dio la sensación de que el universo entero despertaba y estaba lleno de inteligencia y sentimiento.

[…] Les he hablado de mi mismo y les he relatado mi experiencia directa con las drogas psicodélicas en distintas situaciones, en casa de mi familia, en un contexto de investigación formal, en las ceremonias tradicionales indígenas de Sudamérica y en soledad junto al océano. Por mi parte es evidente para mis sentidos que después de haber empleado las drogas psicodélicas como catalizadores he tenido una visión más profunda del mundo. Y eso me ha hecho más pacífico.

Ahora me gustaría ofrecer cierta información para calmar la ansiedad que ha provocado la opinión de que el LSD es una especie de amenaza monstruosa que retuerce la mente y que debe ser mantenida oculta y bajo control. Son tres las ideas que me gustaría aclarar frente a este comité:

1.La prensa ha provocado un pánico exagerado con respecto a los peligros del LSD.

2.Si nos ceñimos a las estadísticas que tenemos el peligro que el LSD puede provocar a una persona sana es casi insignificante y muy pequeño en el caso de los enfermos mentales.

3.Las investigaciones han demostrado la posibilidad de tener experiencias religiosas, trascendentales o de una alegría profunda a través de las drogas psicodélicas y en ese sentido los responsables del gobierno deberían ser lo bastante sabios como para tratar al LSD con la debida humanidad y respeto.
La realidad, ese velo

(“El temblor del velo”, Paterson, agosto de 1948.
Texto recogido en Empty Mirror, libro que contiene
sus poemas tempranos)

Hoy tras la ventana
los árboles parecían organismos
vivientes en la luna.

Cada rama extendida hacia arriba
cubierta de hojas en su extremo
norte, como una verde

protuberancia peluda. Vi asomos
de brotes escarlata y rosa
de hojas ondear

delicadamente bajo la luz del sol,
soplados por la brisa,
todos los brazos de los árboles

se tensan y se doblan
hacia abajo, cuando el viento
los empuja.
La verdadera revolución

(“Contribución en prosa a la revolución cubana”,
16 de octubre de 1961)

¿Qué hacer con Cuba? ¿Puede ser mejorada la realidad del mundo (tal y como la conocemos a través de la consciencia controlada por el córtex cerebral)? No se trata del problema del socialismo, sino del hombre. ¿Se puede fundar una buena sociedad, del mismo modo que han fracasado todas las demás, sobre la base de la antigua conciencia humana? ¿Cómo se puede evitar ese control centralizado de la realidad que ejercen los pocos que pueden y quieren tomar el poder y decidir en esa red?

Hasta donde alcanzo a entender, el gobierno revolucionario de Cuba está ocupado en los inmediatos problemas prácticos y está orgulloso de ello, de su resistencia heroica, del drama, del estímulo, de leer y enseñar la lengua, y todavía desocupado en la exploración psíquica tal y como la acabo de describir. Me doy cuenta también de que no hay evidencias de que haya habido una revolución técnica en la última poesía cubana – aún emplea las técnicas, los mecanismos, la vieja sintaxis. Parece evidente por tanto que todas, TODAS las mediocres tentativas cuyo fin es censurar el lenguaje, la dicción o exploración psíquica, repiten el mismo sempiterno error de todas las estúpidas Academias de Rusia y Estados Unidos. Hasta donde alcanzo a entender los argumentos que se refieren a las necesidades prácticas inmediatas son incluso desde lejos el mismo engaño perpetrado por la misma gente sin inspiración que no sabe en qué consiste el problema de la escritura y que no tiene ni idea de los problemas de la consciencia que he estado comentando.

NO estoy en contra ni de los cubanos ni de su revolución pero es importante dejar en claro por anticipado, antes que nada, lo que siento sobre la vida. Todas esas grandes declaraciones de Viva Fidel son / serían un sinsentido y una mera política bidimensional.
Descripción de la “Blake Vision”

(Entrevista de Thomas Clark a Allen Ginsberg,
The Paris Review, 6 de octubre de 1965)

Me sentía muy solo, en una especie de noche oscura del alma, leyendo a san Juan de la Cruz, toda la gente a la que conocía se había marchado, Burroughs estaba en México, Jack estaba en Long Island más o menos recluido, ya no nos veíamos, y durante los últimos años habíamos estado muy unidos. La cosa era que últimamente había estado acostándome con Neil Cassady. Me llegó una carta suya en la que me decía: Mira, Allen, tenemos que explorar nuevos territorios. Para mí aquello supuso un golpe mortal a mis expectativas más tiernas.¡Pensé que jamás en la vida iba a poder encontrar ningún tipo de diamantina satisfacción psicoespiritual para mi polla! Me sentí como si me hubiesen arrancado de algo que yo había idealizado de una forma romántica.

En aquel estado de desesperanza, en aquel callejón sin salida o cambio de etapa, mientras trataba de crecer para encontrar un equilibrio, un equilibrio psíquico o mental de algún tipo, sin Nueva Visión ni Suprema Realidad, sin nada más que el mundo que tenía frente a mí y sin saber qué hacer con todo aquello… Se produjo un extraño equilibrio de tensión en todas las direcciones. Después de correrme con un libro de Blake en mi regazo, dejé vagar la mirada sobre una página que decía “¡Ah, girasol!”, y de pronto sucedió, de pronto comprendí que aquel poema hablaba de mí. “¡Ah, girasol! Hastiado del tiempo, / has contado los pasos del sol; / en busca del clima dulce y dorado / donde acaba el rumbo del viajero”. Empecé a comprender el poema mientras lo miraba hasta que de pronto, y de forma simultánea a mi comprensión, escuché una voz profunda y arcillosa en la habitación que supuse de inmediato, no lo pensé dos veces, se trataba de la voz de Blake; no era la voz de nadie conocido.

Con la mirada puesta en la página, y de forma simultánea, se produjo una alucinación auditiva, o como se diga, la aparición de esa voz me llevó a una comprensión mucho más profunda del poema porque se trataba de una voz absolutamente tierna y hermosa… antigua. Como la voz de la Antigüedad. Y junto a la voz había también una emoción que se alzaba en mi alma respondiendo a la voz y una súbita materialización visual de ese mismo fenómeno extraordinario. Lo que sucedió fue que al mirar por la ventana, a través de la ventana y hacia el cielo, me dio la súbita sensación de que estaba contemplando las profundidades del universo contemplando aquel cielo antiguo. El cielo me pareció súbitamente muy antiguo. Yo había nacido para experimentar ese momento preciso, para entender de qué iba todo… en resumen, que yo había nacido para experimentar aquel momento.

En fin, mi primer pensamiento fue el de que había nacido para eso y mi segundo pensamiento fue… Nunca lo olvides, nunca lo olvides, nunca reniegues, nunca lo rechaces. Nunca rechaces la voz: no, nunca la olvides, no te pierdas mentalmente vagando en otros mundos espirituales o Americanos o en mundos de trabajo o en mundos de anuncios o en mundos de guerra o en mundos terrenales. Yo había nacido solo para comprender el espíritu del universo.

22/07/18 P/12



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