Las Ruindades Circulares

La historia pendular revela que «el tiempo no para», como canta el brasileño Cazuza. Y cuando uno ve «al futuro repetir al pasado», recuerda que, cada vez que los líderes populares abandonan la lucha, es el Pueblo el que paga con su sangre.

Por Carlos Caramello*

«Eu vejo o futuro
repetir o pasado»

Cazuza

No hay ninguna carta. Ni nota, ni misiva, ni ningún otro registro que confirme la hipótesis. Pero algunos historiadores, post Pepe Rosa, insisten en que la felonía de Justo José de Urquiza en la batalla de Pavón (probablemente el combate que signó la historia de nuestro país hasta la fecha) debe atribuirse a que el General estaba más preocupado por su propio destino que por el de la Patria. Su destino económico, claro, porque el político se lo rifaba haciendo caracolear el caballo y retirándose al paso de una pelea que había ganado.

Hacendado, propietario de saladeros, inversor en empresas navieras y en un ferrocarril, Urquiza poseía, entre otras cosas, un «cuantioso patrimonio personal», según la historiadora Ana María Barreto Constantin. Era lo que hoy llamaríamos un millonario (quien haya tenido la oportunidad de visitar el Palacio San José, sabrá de lo que hablo) y, como tal, probablemente haya tenido una empatía mayor con sus enemigos que con los gauchos del ejército federal.

El revisionismo más cerril habla de una reunión secreta de Urquiza con Mitre, (gestionada por un norteamericano de apellido Yateman o Itman) que se llevó a cabo a cielo abierto, bajo la luz de la estrellas. Otros, sencillamente atribuyen el resultado de la batalla a un acuerdo al que se arribó en lo que la masonería denominó la «Tenida de la Unidad Nacional» del 21 de julio de 1860, en la que el entrerriano recibió el Grado 33 (máximo en la escala masónica) junto al entonces presidente Santiago Derqui, Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento.

Sea por estos o por otros motivos, todo parece indicar que Justo José de Urquiza, primer presidente constitucional de la Confederación Argentina; el hombre que le sacó la Capital Federal a la ciudad de Buenos Aires para trasladarla a Paraná; el autor de la frase (siempre mal usada y peor comprendida) «ni vencedores ni vencidos», pensó más en sí mismo que en la patria y entregó Pavón sin más ni más… con los consabidos resultados que alcanzan, a nuestra patria y a nuestro pueblo, hasta el presente.


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La Historia ¿vuelve a repetirse?

Argentina atraviesa hoy un momento político-social que, bien mirado, exhibe algunos paralelismos con aquel país de 1860: una nueva batalla de Cepeda (antecedente de Pavón) acaba de pelearse en las urnas de octubre de 2019 y los unitarios perdieron… una vez más. Sin embargo, el partido porteño, en componendas con la oligarquía agrario-judicial-periodística, el empresariado prebendario y un puñado de pobres de derecha que nunca faltan, insiste en resistirse a la voluntad popular y continúa prepoteando, avasallando instituciones, burlándose de la justicia y alardeando de una impunidad cuasi despótica: todo para enrostrarle al Gobierno y al Pueblo que, el Poder (sí, ESE poder) continúa siendo Ellos.

Frente a estas y otras provocaciones, la reacción gubernamental está haciéndose esperar. Y la naturaleza misma de la alianza que llevó a Alberto Fernández al gobierno permite suponer que, difícilmente llegue. La buena voluntad de cerrar una grieta en la que, de un lado hacemos ingentes esfuerzos y concesiones para empujar hacia el centro pero, del otro, sólo tiran y tiran hacia la Derecha (tanto que ya empiezan a encontrarse con el trotskismo Christian Dior) permite pensar que estamos ante un pujo fútil. Además, la presencia de funcionarios lábiles al macrismo en cargos destacados sumada a la incorporación al Ejecutivo de hombres y mujeres sin ninguna experiencia política ni de gobierno, provoca zozobra entre las huestes peronistas que acompañaron al Frente de Todos con su voto… y con su esperanza.

Y no tanto porque los funcionarios funcionen (o no), sino porque varios se muestran funcionales a otros intereses. Otros, que se han integrado el gobierno con buenas intenciones y pensando en cambiar las cosas, dicen su desaliento por lo bajo: «hay muchos más preocupados por su futuro cuando se vayan del gobierno que por el presente de la Argentina»… casi como Urquiza.

Sin ser borgeano ni devoto del Mito de Sísifo, establezco paralelismos porque, el resultado de la apostasía de Pavón no sólo determinó los últimos 160 años de historia de nuestro país sino que, además, produjo una colosal masacre que, claro, no ha sido rotundamente descripta en los anales dado que fue precisamente Bartolomé Mitre quien la mandó a ejecutar.

Luego de la «victoria», el vencedor de Pavón se encuentra varado en la estancia de Palacios y sin caballada para moverse. Es entonces que recibe una misiva de Domingo Faustino Sarmiento. Dice: «No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos«. La cita no es al voleo: está guardada en el Archivo Mitre, Tomo IX, página 363, según ha dejado sentado José María Rosa.

El ejército federal, por su parte, aguarda que Urquiza vuelva de su «malestar» a «tomar el mando»: trece provincias, de Rosario al Norte, vibran al grito de ¡Viva Urquiza! en un claro desafío a los porteños: todos llevan prendida al pecho la divisa federal rojo punzó con el lema «Defendemos la ley federal jurada. Son traidores quienes la combaten«. Pero Urquiza no está enfermo; está cómodo. Sigue como gobernador de Entre Ríos, manejando sus empresas y contando sus miles de cabezas de ganado.

Políticamente acuciado, Mitre envía a media docena de oficiales unitarios -todos extranjeros-, a arrasar el interior del país, con la consigna de que, a todo aquel que crucen luciendo la divisa federal, lo asesinen. La mayor matanza es la de Cañada de Gómez, en donde un grupo de mercenarios sicilianos, al mando de Venancio Flores Barrios -que había sido presidente de Uruguay-, pasan a degüello a una parte importante del ejército federal mientras duerme. La conjura había sido completada.

Corsi e ricorsi: la historia pendular revela que «el tiempo no para», como canta el brasileño Cazuza. Y cuando uno ve «al futuro repetir al pasado», recuerda que, cada vez que los líderes populares abandonan la lucha, es el Pueblo el que paga con su sangre. Disciplinar es el mandato. Y a menudo lo logran.

Buenos Aires, 9 de noviembre de 2020.

*Licenciado en Letras, escritor y autor junto a Aníbal Fernández de los libros «Zonceras argentinas al sol» y «Zonceras argentinas y otras yerbas», y «Los profetas del odio». Su último libro editado es «Zonceras del Cambio, o delicias del medio pelo argentino».

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política
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