NOTAS EN ESTA SECCION
Presentación  |  Pedro Lemebel en su mejor momento, Carlos Monsiváis, 2001  |  "Viviré acá cuando autoricen el casamiento homosexual"
Fragmento de Los diamantes son eternos  |  Homoeróticas urbanas  |  Fragmento de Tengo miedo torero  |  Manifiesto (hablo por mi diferencia)
El Incesto Cultural del Familión Chileno o las Erres y las Zetas de un Paisaje Feliz  |  Caupolicán  |  Las joyas del golpe  |  Bésame otra vez forastero
Las propaganda oficial  |  El malentendido del unicornio


NOTA RELACIONADA
Pedro Lemebel - Loco afán

ENLACES RELACIONADOS
Loco afán, más poderoso que la muerte, Página|12, 01/02/15
"Sobre esta Petra se derrumbará tu iglesia", Página|12, 21/12/12 
http://www.lemebel.blogspot.com



 

¿Van a dejarnos bordar de pájaros las banderas de la patria libre? 
 

Pedro Lemebel nació en Santiago de Chile a mediados de la década del 50. Es escritor, artista visual y cronista, y cada fase de su identidad creadora está trazada sobre el paisaje de la cultura chilena de la resistencia desde una distinta transformación vital. Como Pedro Mardones, su nombre paterno, había obtenido el primer premio del Concurso nacional de cuento Javier Carrera en 1982, y su primer libro de relatos, Los incontables, es de 1986. En una entrevista, ha reconstruido esa primera transformación: "El Lemebel es un gesto de alianza con lo femenino, inscribir un apellido materno, reconocer a mi madre huacha desde la ilegalidad homosexual y travesti" (1997).

La transitoriedad del género como protocolo discursivo subrayará, como un flujo de investigación poética, la otra escena, la del género como sexualidad transgenérica, fluida y anti protocolar. En efecto, en los años 80, cuando la literatura había sido marginalizada por los aparatos de la dictadura (un período que según Carmen Berenguer hace volver a la palabra oral, al recital, a los nuevos recintos de una comunicación posible), Pedro Lemebel y Francisco Casas fundan el colectivo de arte "Yeguas del Apocalipsis" (1987). En una actividad que fue a la vez paródica y sediciosa, estos escritores convertidos en actores de su propio texto, en agentes de una textualidad en devenir (ni dada ni por hacerse, pura transición burlesca), desencadenaron desde los márgenes (desde la homosexualidad pero también desde el bochorno irreverente) una interrupción de los discursos institucionales, un breve escándalo público en el umbral de la política y las artes de lo nuevo. Su trabajo cruzó la performance, el travestismo, la fotografía, el video y la instalación; pero también los reclamos de la memoria, los derechos humanos y la sexualidad, asi como la demanda de un lugar en el diálogo por la democracia. "Quizás esa primera experimentación con la plástica, la acción de arte...fue decisiva en la mudanza del cuento a la crónica. Es posible que esa exposición corporal en un marco político fuera evaporando la receta genérica del cuento...el intemporal cuento se hizo urgencia crónica...," recuenta Lemebel. Entre 1987 y 1995, "Yeguas del Apocalipsis" realizaron por lo menos quince eventos públicos. Ese último año, Lemebel publica su primer libro de crónicas, La esquina es mi corazón.

Esta nueva transformación del artista/escritor no será, sin embargo, un mero proceso de alguien en busca de su mejor expresión o su voz más personal. Esa mitología lírica no se aviene con el caso de una figura hecha en cada instancia de su actuación tanto por su medio como por su público. Lemebel ha radicalizado la "metamorfosis" del artista romántico en el "travestismo" de identidades del artista postmoderno. Por lo mismo, no nos extraña ya que el deslumbrante barroquismo del hombre de la esquina roja (el paseante de paseo escandilazado) se transfigure, en su siguiente libro, Loco afán, Crónicas del Sidario (1996), en un relato ensayístico crítico y festivo, entre la anotación de filósofo volteriano (Pedro por su casa) y el humor carnavalesco que no deja piedra sobre piedra (Pedro desfundante). En ese proceso performativo de la escritura intersticial (hecha entre géneros, entre medios, entre públicos) las crónicas más recientes de Lemebel están dictadas por el tiempo y la voz suscintas de la radio (tiene a su cargo el programa de crónicas "Cancionero" en Radio Tierra).

Lo más patente es el caracter posmoderno del quehacer (o quedeshacer) de Pedro Lemebel, empezando por su radical cuestionamiento de la sociedad neoliberal, donde se reproduce una ideología represiva; y siguiendo con su práctica desbasadora de los dualismos estructurantes de la normalidad excluyente. Pero lo más original de su trabajo está en la vehemencia de su ejercicio de la diferencia. Esto es, en su formidable capacidad y talento para generar la hibridez. Quizá el travestismo que baraja identidades operativas, el carnaval que canjea escenarios equivalentes, los géneros que se ceden la palabra gozosa, la performance que es una ocupación de espacios monológicos y la sexualidad espectacular que no se ahorra ninguno de sus nombres, se configuran en esa hibridez, que es el eje de la escritura misma. Un escritura de registro tan metafórico como literal, tan hiperbólico como social, y cuya fusión (o fruición) es de una aguda poética emotiva. Guadalupe Santa Cruz ha dicho que Lemebel escribe con "la espléndida tinta de la mala leche." Escribe con desamparada ternura; o sea, con minuciosa ferocidad.


Pedro Lemebel - Homenaje Derechos Humanos

Lo notorio de esta escritura es el barroquismo. O su variante lúdica, que Severo Sarduy llamaba, con autoironía, lo pompeyano. Porque se trata aquí no de un barroco de la proliferación de lo inmanente, donde el objeto es generador de la abundancia; sino de una gestualidad barroquizante, cuya traza viene y va de la oralidad. El barroco es, por ello, la forma elocuente del coloquio, como si la realidad sólo pudiese ser comunicada en su reelaboración, ligeramente absurda o cómica, vista con la distancia irónica que merecen los espectáculos de íntima discordia. Aunque Lemebel ha dicho que detesta a los profesores de filosofía ("Me cargaba su postura doctrinaria sobre el saber, sobre los rotos, los indios, los pobres, las locas"), la conversación a que nos concita no está exenta del filosofar de la época, hecho desde las afueras, en los límites institucionales; en ese "borde con encaje," que reconoce como la cornisa de su arte.

Foucault anota en su Historia de la sexualidad que un interlocutor le protesta a Sócrates traer a la conversación ejemplos extremos. Aún más extremado, Lemebel podría haberle provisto a Foucault de mejores ejemplos sobre la indiferenciación genérica, que ya entretuvo a Lezama Lima en su Paradiso a propósito de la androginia original platónica. Ejemplos que, en el barroquismo reflexivo y el sincretismo oral del chileno, desafían a la taxonomía sexual; ya que en estas crónicas des-urbanizadoras se nos habla de locas, colizas, maricas, maricones, homosexuales, transgenéricos, travestis, pero todos ellos/ellas son equivalentes en la nomenclatura "gay," la que rehúsa la normatividad modernamente impuesta como diferenciación sexual.

Pero lejos de cualquier complacencia en la generalización de las diferencias (que las convierte en mera acusación, por ejemplo, en las por otra parte estremecedoras memorias póstumas de Reinaldo Arenas), Lemebel desarrolla en su barroquismo de sobretono popular una certera resistencia al rigor taxonómico, que así como cartografía el espacio de la sexualidad, busca imponer un lenguaje de la contabilidad. En la crónica chilena del fin de siglo, este filósofo natural nos dice que las estadísticas son otro lenguaje de la burguesía modélica, del capitalismo como programa único y del triunfalismo economicista. Ese discurso es una ocupación y un vaciado del futuro; o sea, una negación de los más jóvenes, de los muchachos pobres que recorren la esquina: "Herencia neoliberal o futuro despegue capitalista en la economía de esta "demosgracia." Un futuro inalcanzable para estos chicos...Por cierto irrecuperables, por cierto hacinados en el lumperío crepuscular del modernismo... Oscurecidos para violar, robar, colgar si ya no se tiene nada que perder y cualquier día lo encontrarán con el costillar al aire... Nublado futuro para estos chicos expuestos al crimen, como desecho sudamericano que no alcanzó a tener un pasar digno. Irremediablemente perdidos en el itinerario apocalíptico..."("La esquina es mi corazón").


Homenaje a Pedro Lemebel. Producción: Programa Radial Vuelvo al Sur (Chile). Fuente: Radioteca.net

Por eso, en "Censo y conquista" Lemebel propone una subversión popular no contra el poder establecido sino contra su funcionalismo mecánico, el censo. Escribe: "Hay que ponerse la peor ropa, conseguir tres guaguas lloronas y envolverse en un abanico de moscas como rompefilas, para evitar los trámites del sufragio."

Como siempre, el fluir cotidiano se le torna hipérbole, espectáculo, apocalipsis, en un proceso de inducciones (lógica socrática y sobremesa metódica): "De esta manera, las minorías hacen visible su tráfica existencia, burlando la enumeración piadosa de las faltas. Los listados de necesidades que el empadronamiento despliega a lo largo de Chile, como serpiente computacional que deglute los índices económicos de la población, para procesarlos de acuerdo a los enjuagues políticos... Una radiografía del intestino flaco chileno expuesta a su mejor perfil neoliberal, como ortopedia de desarrollo. Un boceto social que no se traduce en sus hilados más finos, que traza rasante las líneas gruesas del cálculo sobre los bajos fondos que las sustentan, de las imbricaciones clandestinas que van alterando el proyecto determinante de la democracia."

La crítica, por lo tanto, se sostiene en la puesta en duda que reinicia una práctica popular de resistencias. La matemática de la marginalidad, nos dice el cronista, no sirve a la pobreza, sino todo lo contrario. Y de esa premisa, como si leyera en el texto natural de su tiempo permanentemente travestido, concluye con una pragmática latinoamericanista, de remoto origen nietzcheano y cierta entonación deleuziana: "Acaso herencia prehispánica que aflora en los bordes excedentes, como estrategias de contención frente al recolonizaje por la ficha. Acaso micropolíticas de sobrevivencia que trabajan con el subtexto de sus vidas, escamoteando los mecanismos del control ciudadano. Un desdoblaje que le sonríe a la cámara del censo y lo despide en la puerta de tablas con la parodia educada de la mueca, con un hasta luego de traición que se multiplica en ceros a la izquierda, como prelenguaje tribal que clausura hermético el sello de la inobediencia."

 
Intervención de Pedro Lemebel en la 7º Feria del Libro Usado, San Antonio 2006, Chile, leyendo una de sus crónicas con escenario Llolleo y el Rio Maipo.

En verdad, si el mundo incaico fue burocrático y decimal, el mapuche no fue ni federal ni frentista, para evitar que el estado le exigiera reciclarse y no demorar más la modernidad; por añadidura, y aunque nuestros países están llenos de conservadores que no tienen nada que conservar, el mercado como espacio de libertad se torna irrisorio para quienes no tienen nada que vender o comprar. Y, en fin, las estadísticas demuestran con sus promedios que en el papel siempre somos menos pobres de lo que en realidad somos. De cualquier modo, quizás los pueblos marginales (los flujos de migrantes, de excluídos, de jóvenes expulsados del sistema) sean ya indocumentables, apenas un cálculo proyectivo entre los que nacen y los que mueren, esa contabilidad del mapa neoliberal.

Así, como si fuera ya tarde para las taxonomías y los censos, Lemebel acude al barroquismo en un gesto característicamente latinoamericano: la cultura de la resistencia responde no con la economía de la nominación puritana sino con el exceso de la renominación metafórica; no con la simetría apolínea de la forma armónica, sino con la hibridez informalista y el "salto por el ojo de la aguja" (propuesto por Vallejo, retomado por Lemebel). Responde también con el sobredecorado, el rizado, la voluta. Pero no solamente resiste y responde, también reapropia con apetito y crea con hambre. Como el último "filósofo autodidacta" (que en la carencia humana aprende a leer la escritura de su tiempo, asi como el viejo filósofo aprendía a leer en la naturaleza la escritura divina), Pedro Lemebel nos enseña a reconocer también la fuerza de esas reapropiaciones y de esas hambres. Desde ellas, piensa el presente como un proceso irresuelto, hecho en las restas de la violencia pero así mismo en las sumas de la pasión.

Todavía en su última transformación, Pedro Lemebel se nos aparece convertido ahora en cronista anti-criollista (porque el criollismo latinoamericano es una apoteosis del lugar común, una representación complaciente y acrítica, que en Chile y en Perú lo asume ahora el entretenimiento televisivo). Y ha sido aún más explícito al descartar los teletones populacheros entregados a preparar el hot-dog o la empanada más grandes del mundo con el propósito deportivo de ingresar al disparate de los récords, el Guinness. Con el mismo espíritu crítico con que refuta el censo, rebate ahora la competencia nacionalista del super-sandwich como metáfora de un Chile del primer mundo. Como Carlos Monsiváis, que en los tiempos del gobierno de Carlos Salinas denunció los costos de la retórica primermundista para un país que se precipitaba, más bien, en las evidencias; Pedro Lemebel fustiga directamente la implicancia política de esta patética apuesta triunfalista. Escribe: "Había que demostrar el "milagro económico" chileno en las veinte mil piruetas del Libro de Guinnes. El despertar de un país que se levanta con orgullo de garrapata triunfal y que dejó atrás al Tercer Mundo. Una fonda del extremo sur que renovó su escabeche tricolor por el pollo rost beef y las hamburguesas sintéticas de los mall, pub, shopping, donde se remata el hambre consumista. Una hilacha de país que mira sobre el hombro a sus vecinos pobres. La Meca dollar del continente que habla de tú a tú con el Mercado Común Europeo. El ejemplo neoliberal para los indios piojosos de Latinoamérica... Por eso se hizo el "completo" más largo, que medía veinte kilómteros de tula alemana por la carretera. Casi de mar a cordillera, el hot-dog gigante dividió al país entre chucrut y ketchup. Y se necesitaron tantos huevos para la mayonesa, que se llevaron camionadas de gallinas a Investigaciones donde las picanearon con electricidad para que pusieran más rápido..."

"Para no ser menos, otra aldea famosa por los dulces empolvados se inscribió con un alfajor monumental donde se ocupó todo el azúcar que necesita una población para endulzar su mísero desayuno de un mes... "

"Para justificar los aires fanfarrones de estas competencias, se dice que la venta del producto va en ayuda de alguna Teletón, un hogar de huérfanos, algún asilo de ancianos, que reciben las cuatro chauchas de esta limosna publicitaria. Todo se va vendiendo, trozado, repartido y consumido por el apetito grosero que proclama su eructo populista de amor a la patria." ("Un país de récords," en Punto final, Santiago, octubre de 1997).

Pero cito esta crónica en extenso para ilustrar no sólo la vehemencia satírica sino algo más importante del trabajo del autor: la disputa por el lugar de la cultura popular. En efecto, esas ceremonias de pantagruelismo municipal, que en los Estados Unidos son una práctica semirural regionalista (las ferias compiten por el cerdo de más peso, el zapallo más gigantesco, etc.), parecen más bien una manipulación mediática de la cultura de la plaza pública; y el derroche que exhiben resulta un ritual no sólo dispendioso sino vacío. Reveladoramente, el cronista acera su sarcasmo porque ya no se trata solamente del espectáculo y la trashumancia; se trata ahora del espacio de la cultura popular, de por sí marginalizado, de pronto ocupado por estas ceremonias de contrasentido.

No es casual, entonces, que esta crónica chilena apuntale una economía simbólica de la preservación cultural (que asegura la función nutritiva de la memoria popular) y de la comunicación horizontal (que gesta el diálogo democratizador de la plaza pública, de su versión callejera). Tampoco es casual que coincida en ello con gestos paralelos de Carlos Monsiváis y Edgardo Rodriguez Juliá, los otros grandes cronistas de la postmodernidad latinoamericana, que Jean Franco sumó, con justicia, a Lemebel, el tercio incluído de este triunvirato de elocuencia y bravura.

Estas puestas en duda de las clasificaciones de la estadística y del gigantismo banal de la competencia, son más que simples críticas al archivo estatal y su programa; son verdaderas disputas por la construcción de la objetividad. Su valor político está situado en lo cotidiano específico, su valor cultural afirmado en el espacio abierto de la plaza pública, su persuasión moral planteada como transparencia crítica. Estas adhesiones y pertenencias vienen de lejos, reverberan en estos gestos ligeramente pintureros, y siguen de largo en pos del lector.

Dicho de otro modo, Pedro Lemebel es un escritor que, extraordinariamente, dice lo que piensa.

Dice más, claro, porque la marginalidad herida aduce también lo suyo en estas crónicas de desamor. Su segundo libro, Loco afán, Crónicas de Sidario (1996) es aún más inquisitivo, y si bien abandona el barroquismo preciosista del epíteto y la hipérbole, gana en inmediatez y familiaridad. Se trata, ahora, de la urgencia del deseo (que construye una vida alterna a la normatividad) y de la muerte por sida (que borra la inmunidad como si tachara al lenguaje mismo). Entre el espectáculo del deseo y la ceremonia de la muerte, buena parte de estas crónicas registran la lucha por sostener el lugar desde donde tanto el placer como la agonía puedan ser vistos de frente, procesados por un diálogo afectivo y maduro. Pero si ello forma parte de la estrategia proposicional de la crónica (donde el agente del relato convoca otra temporalidad, hecha en la duración del espectáculo), lo que no podríamos prever es el humor con que el cronista sería capaz de rizarle el rizo a la Parca.

Así, en esta apoteosis del deseo (de "loco afán") emergen dos otros rasgos de la escritura de Lemebel: primero, su capacidad para el grotesco; y, segundo, su búsqueda de un exceso expresivo, capaz de exorcisar la densidad semántica y privilegiar el acuerdo elemental sobre los hechos. Como Luis Rafael Sánchez, Lemebel hace del grotesco una "épica descalza," es decir, una lírica con calle. Como en la prosa porosa del puertorriqueño, varias hablas orales se interpolan en la crónica del chileno: el eros tiene esa vehemencia de voces henchidas, escanciadas y silabeadas, que cruzan en voz alta su arrebato tenso, su juego retórico y tentativo. Ese juego demanda el exceso, fractura la mesura, arriesga los límites. Recorriendo, así, lo patético pero también lo cómico, el lenguaje abre lo público en lo privado, y viceversa; porque la crónica es el género de los entrecruzamientos (analogías de lo diferente), de la hibridez (antítesis de lo semejante), de la mezcla (travestismo de lo uno en lo otro). Contra la normatividad burguesa que territorializa los espacios cerrados contra los abiertos, los privados fuera de los públicos, la apoteosis lemebeliana es carnavalesca (rebajadora), relativista (escéptica) y celebratoria (religadora).

En "Los mil nombres de María Camaleón" (un nombre de por sí emblemático del poeta de los mil colores y ninguno), leemos lo siguiente: "Así, el asunto de los nombres, no se arregla solamente con el femenino de Carlos; existe una gran alegoría barroca que empluma, enfiesta, traviste, disfraza, teatraliza o castiga la identidad a través del sobrenombre. Toda una narrativa popular del loquerío que elige seudónimos en el firmamento estelar del cine. "

Y luego: "En fin, para todo existe una metáfora que ridiculiza embelleciendo la falla, la hace propia, única."

Todo lo cual sugiere que el nombre multiplicado dirime en el cuerpo del lenguaje la probibición del cuerpo transgresivo: contra la reducción del habla que lo condena, sanciona, persigue y victimiza, este derroche nominal transfiere este cuerpo a la zona acrecentada de significación permutante, donde la identidad es una máscara y el sujeto una mascarada. Las palabras que sobredicen le dan una ruta sustitutiva, no sólo compensatoria, donde hasta lo grotesco es decorado y mejorado. La cultura del margen se acrece en ese trabajo restitutivo.

Otra crónica, "El último beso de Loba Lamar" narra la muerte de una loca sidosa, y para alarma del lector se trata de una de las muertes más comicas de la literatura más trágica. Las amigas peleando con el rigor mortis para que la cara de la difunta venza a la muerte con el gesto de un beso, suma el grotesco, el exceso y la comedia. Esto es, el barroquismo festivo de Pedro Lemebel renombra a la muerte desde el eros nomádico.

Fuente: letras.s5.com

 
Corazón en fuga, documental parte 1

 
Corazón en fuga, documental parte 2

 
Corazón en fuga, documental parte 3

 
Corazón en fuga, documental parte 4


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"Culo y corazón nunca me han faltado"

Pedro Lemebel, "escritor, cronista y performer" y sus escritos sobre ciudades sin calma.

El cronista chileno anticipa fragmentos de Eres mío niña, que leyó en el II Encuentro de Pensamiento Urbano (2006), produciendo un revuelo en la sala atestada y reivindicando la definición de Roberto Bolaño, quien lo señaló como "El mejor poeta de mi generación".

Por Julián Gorodischer

La corte de seguidores no lo apabulla: aunque se queje de no tener traductores locales y no haya fecha, todavía, para la edición local de sus crónicas de Adiós mariquita linda, el chileno Pedro Lemebel acredita una multitud de fanáticos en Buenos Aires, que esta vez le reclaman la firmita sobre una novela de Roberto Arlt (¿?), un pañuelo de papel, su propia novela Tengo miedo, torero y su libro Loco afán. "Escritor, cronista y performer" lo define el programa del II Encuentro de Pensamiento Urbano del gobierno porteño, que lo invitó a conferenciar en el Teatro San Martín sobre "cronistas de lo ajeno". La refundación de la crónica –quedará claro después– necesita cerrar filas: aquí se dejará afuera al periodista de pelotón, ese cronista beige que –dirá Lemebel– "tiene que dar cinco vueltas sobre sí mismo" para absorber un aroma cualquiera.

Si como afirma la escritora María Moreno (a cargo de las presentaciones), "la crónica, ese género más o menos vituperado en pos de la gran investigación y el periodismo escrache, vuelve a estar de moda", Lemebel es el padre de esta flamante generación de narradores: ni cronista zumbón ni pequeño héroe de los suburbios, enemigo de la crónica como espejo de la realidad e involucrado en la cruzada por la visibilidad de travestis y "maricones" sin reservarse ni un rinconcito de intimidad, como quedará claro después de su lectura de la crónica inédita en la Argentina Eres mío niña.

El mercado local de la crónica –si lo hay– parece más interesado en la no ficción angloparlante (desde Robert Greenfield viajando con los Rolling Stones a las entrevistas-performance de Chuck Palahniuk) que en las descarnadas historias de sidarios y prostíbulos de un cronista que logró canibalizar –según Moreno– todos los estilos latinoamericanos. La opción es escucharlo interpretar, acompasado por la música de rap a tono con su relato de "intercambio de fluidos" entre el narrador y un joven rapper chileno, como si lo estuviera viviendo en el recuerdo y celebrado con tres ovaciones inducidas por su amigo y guía porteño, el poeta Fernando Noy, desde la platea y al grito reiterado de ¡Qué diva!. "Error de género, verdad del deseo", da el pie María Moreno para que comience el show de Eres mío niña (de la cual se anticipan aquí algunos fragmentos):

Casi al alba lo tropecé, Alameda abajo, orilleando la cuneta de un bostezo. Agachado en el suelo, buscaba cortas de cigarrillos, esos filtros a medio consumir que arrojan los fumadores cuando suben a un micro. De lejos era un chico hip hop con la pretina del ancho jean bailándole en sus estrechas caderas... ¿En qué andas a esta hora?, dije al azar, mirando el lomo cordillerano recortado por el amanecer. Aquí ando, cagándome de frío, buscando money y camita caliente, murmuró evaporando las letras de su entumido fumar. ¿Cuánto me cobras? ¿Por qué?, preguntó, bajando la cabeza rapada con cintillo NY que coronaba sus ilusiones. Por acostarte conmigo....

Las crónicas del nuevo libro de Lemebel, continuidad perfecta de sus anteriores relatos de Loco afán y De perlas y cicatrices, trazan una geografía de los márgenes: discotecas, callejones sin salida, prostíbulos, sexo oral a punta de navaja, masturbación al perro, redadas y resistencias a la dictadura pinochetista, enfrentamiento y sumisión a la agresión callejera, encantos y frivolidad del agrupamiento en un gay town... Pero las de Adiós mariquita linda podrían ser un grupo aparte que "hace sistema –categoriza en diálogo con Página/12– con un peregrinar inmigrante hacia Santiago, que es como la capital del dinero, como la Babel. Tenemos mucha música peruana, mucho deseo peruano, mucha comida peruana. Y le hace bien a mi ciudad esa inmigrancia; la transforma en un deseo plural... Quién más que yo para protagonizar las crónicas... Culo y corazón nunca me hanfaltado". Y así se hará: el cronista se atribuye los vicios, pecados y virtudes de las faunas de sus relatos.

–Escribirlas fue sacarme esa espina de la migrancia, porque yo también estuve acá en Buenos Aires de inmigrante en otro tiempo, vendiendo chucherías y pañuelos gatito aquí afuera en la puerta del San Martín. He pasado aquí mucho tiempo, y nadie me cogió. Por fea he tenido que pagar impuesto en esta ciudad de los hombres tan lindos. Después he tenido mi revancha, un poquito.

Mientras se zampaba el único pan añejo que habían dejado los ratones antes de marcharse, lo escuché tararear una frase musical que acompañaba con un chasquido de dedos. Y luego sacó de su mochila un arsenal de casetes que puso en el equipo, y allí comenzó la pesadilla del rap concert... Parecía un muñeco fracturado en el vaivén elástico de su breakdance. Por el show no te voy a cobrar, va de regalo. Es fácil, ¿querís aprender? No creo que pueda, ya estoy un poco vieja, ya no bailo... me baila, agregué con algo de pudor. EeEeeeeeepa, jua jua jua, no creo que este pedazo te baile sonrió tocándose la entrepierna, otra vez dura... Eres mío, niña, creí escuchar en el ensamble apasionado de su acezar. Eso parece una letra de rap, dije interrumpiendo el concentrado balance. Pero él ya no me oía, estaba en éxtasis, ametrallándome con la catarata seminal de su eléctrico punzón.

La ciudad de Eres mío niña, o de cualquier otra crónica de Lemebel, no se filtra como escenario de la acción, sino como entidad autónoma. "Santiago, ciudad que cambia permanentemente –dice– para parecerse a Manhattan, pero como de telgopor, como una escenografía. En esa ciudad no se habla del aborto, y la Ley del Divorcio salió con fórceps. Los maricones tenemos un barrio... Allá sobra la plata; es una ciudad triunfal. Y yo vivía en unos bloques periféricos de las afueras de Santiago. Cuando me llegó la fama, me fui al gay town."

¿Barroco?, le preguntan interceptándolo en un pasillo, única forma de capturar su atención por segundos. "Agrégale caca, marihuana y un poco de deseo homoerótico." ¿Y sobre Buenos Aires? ¿Qué narraría? "Siempre voy a volver. Pero ya no es por la estética de los machos; son los afectos", dice rodeado de festejantes. "Tengo una historia animaleja con un perro, que ni San Francisco de Asís lo pensó. Se llama Noche Coyote, y cuenta la masturbación que le hice a un perro, pobrecillo, que estaba ahí tirado a la noche como yo. Por qué no le iba a dar un placer al pobre perro muerto de frío. Fogwill, el escritor argentino, me dijo: Y solamente una paja le hiciste a ese pobre perro, ¡mezquino!"

–¿Pero eso ocurrió en Buenos Aires?

–No, en Santiago.

–Le preguntaba por Buenos Aires...

–Bueno, contaría historias de la avenida Santa Fe. O de la zona de los taxi boys. No hay un lugar concentrado porque está todo más estallado. En cada barrio hay pequeños gay towns. Cada casita es un pequeño gay town, con sus florcitas...

Lo dejé ir sabiendo que la libertad del péndex era su equipaje, su más preciado tesoro... Alguna convivencia gay y burguesa se veía venir, y los dos nos aterramos de ese futuro. Por eso, después de un tiempo de Penélope esperante, guardé su letra de rap, sus dibujos graffiteros y, noctámbula como siempre, regresé al callejón insomne de las marilobas. Y ahí, en esa penumbra estoy ahora, como perra canosa, rastreando los rincones orinados por si percibo en el rosal del aire la huella herida de su bamboleante caminar.

Como si la prosa leída ilustrara el sonido del hip hop en el ambiente, la lectura de Eres mío niña lo consagra como un "inspirado", según le dedica la escritora Matilde Sánchez (ver aparte). El suyo es el contraste entre "los lugares sitiados por la dictadura –define María Moreno– y los marcados por la resistencia... En una parte, drama y destrucción; en otra, un maná estético". El termina su crónica leída dando prueba de aquella definición que le regaló el escritor Roberto Bolaño, su compatriota: "El mejor poeta de mi generación", lo llamó.

Fuente: Página/12, 31/08/06


Pedro Lemebel, en su mejor momento

El amargo, relamido y brillante frenesí

Por Carlos Monsiváis

..... Pedro Lemebel es un fenómeno de la literatura latinoamericana de este tiempo. Uso el término fenómeno en su doble acepción: es un escritor original y un prosista notable y, para sus lectores, es un freak, alguien que llama la atención desde el aspecto y rechaza la normalización ofrecida. Un escritor y un freak indisolublemente unidos, los que están fuera, en la desolación y la energía de los que sólo se integran a su modo, en los márgenes que ya no tienen el peso arrasador de antaño. (Si algo, la obra de Lemebel es un rechazo del determinismo homófobo). A Lemebel le ponen sitio las miradas (las lecturas) de la admiración, el morbo, el regocijo de "los turistas de lo inconveniente", la extrañeza, la solidaridad, la normalidad de los que están al tanto de la globalización cultural, esa que para los gays se inició dramáticamente con los juicios de Oscar Wilde en 1895 y jubilosa y organizativamente con la revuelta de Stonewall en 1969.

..... Desde que se dio a conocer dentro y fuera de Chile con sus textos y las performances de las Yeguas del Apocalipsis, Lemebel se ha mostrado irreductible. ¿Qué le pueden argumentar de nuevo, qué le pueden decir que él no se haya dicho? ¿Cómo sorprender al que ha examinado con metáforas y "descaro" a una sociedad que sólo admitió la diversidad al sometérsele a la peor uniformidad? Al incapaz de engaño no se le vence con injurias y menos aún con expulsiones del Sancta Sanctorum de la decencia, que para Lemebel nada más es una institución patética del autoengaño. Muy probablemente diría: si creen que despreciando a los diferentes mejoran sus vidas, muy su gusto, si creen que marginando a los que no son como ustedes se incluyen en la primera fila, muy su ilusión. Él responde a los criterios estéticos y los comportamientos legales y legítimos de las minorías latinoamericanas emergentes que al ejercer sus derechos (civiles, humanos, sexuales) revisan de paso las prácticas y el sentido de la opresión y van a fondo: sólo secundariamente se les reprime por ser distintos; en primerísimo lugar se les acosa, maltrata, humilla e incluso asesina para que los verdugos conozcan la triste fábula de su importancia. (La crónica de Lemebel, sobre el incendio criminal de la discoteca en Valparaíso es excelente.)

Nuevos criterios estéticos...

..... Pienso ahora entre otros en el argentino Néstor Perlongher, el mexicano Joaquín Hurtado y, un tanto más a distancia, los cubanos Severo Sarduy y Reinaldo Arenas y el argentino Manuel Puig. Se trata de una literatura de la ira reinvidicatoria (Perlongher, Arenas, Hurtado), de la experimentación radical (Sarduy), de la incorporación festiva y victoriosa de la sensibilidad proscrita (Puig). En todos ellos lo gay no es la identidad artística, sino la actitud que al abordar con valor, insistencia y calidad un tema se deja ver como el movimiento de las conciencias que por valores compartidos y acumulación de obras dibuja una tendencia cultural. No hay literatura gay, sino una sensibilidad proscrita que ha de persistir mientras continúe la homofobia, y estos autores al asumir con talento y vehemencia sus voces únicas, le añaden una dimensión cultural y social a la América Latina.

Un poeta muy apreciado por Lemebel, Néstor Perlongher, describe el gueto:

Novedades de noche: satín terciopelo, modelando con flecos la moldura del anca, flatulencia de flujo, oscuro brillo. Resplandor respingado, caracoles de nylon que le esmaltaban de lamé el flaco de las orlas... Perdida en burlas, de macramé, lo que pendía en esas naderías, ruleros colibrí, lábil orzuelo, era el revuelvo de un codazo artero, en las calcomanías del satín, comido (masticación de flutes, de bollidos) . En Poemas completos, Seix Barral, 1997.

..... Estas mismas atmósferas lezamianas, transmitidas por Lemebel, son algo similar y muy opuesto. En Lemebel la intencionalidad barroca es menos drástica, menos enamorada de sus propios laberintos, igualmente vitriólica y compleja, igualmente abominadora del vacío, pero menos centrada en el deslumbramiento del vocabulario que en la forma exhaustiva. Así, Lemebel describe la intromisión del gueto en la ciudad, las reverberaciones de lo prohibido en lo permitido exactamente en momento en que los absolutos se desintegran:

"La calle sudaca y sus relumbres derribistas de neón neoyorquino se hermanan en la fiebre homoerótica que en su zigzagueo voluptuoso replantea el destino de su continuo güeviar. La maricada gitanea la vereda y deviene gesto, deviene beso, deviene ave, aletear de pestaña, ojeada nerviosa por el causeo de cuerpos masculinos, expuestos, marmoleados por la rigidez del sexo en la mezclilla que contiene sus presas. La ciudad, si no existe, la inventa el bambolear homosexuado que en el flirteo del amor erecto amapola su vicio. El plano de la city puede ser su página, su bitácora ardiente que en el callejear acezante se hace texto, testimonio documental, apunte iletrado que el tráfago consume" (de Loco afán).

..... En cada uno de sus textos, Lemebel se arriesga en el filo de la navaja entre el exceso gratuito y la cursilería y la genuina prosa poética y el exceso necesario. Sale indemne porque su oído literario de primer orden y porque su barroquismo, como en otro orden de cosas el de Perlongher, se desprenden orgánicamente del punto de vista otro, de la sensibilidad que atestigua las realidades sobre las que no le habían permitido opiniones o juicios. Esto es parte de lo que significa salir del clóset, asumir la condena que las palabras encierran (maricón, puto, pájaro, carne de sidario) e ir a su encuentro para desactivarlas, proclamar "las verdades de un amor verdadero" y, por si hiciera falta, probar lo fundamental: la carga exterminadora de las voces de la homofobia es la síntesis de la metamorfosis incesante; el dogma religioso se vuelve el prejuicio familiar y personal, el prejuicio se convierte en plataforma de la superioridad instantánea, la jactancia de ser más hombre (más ser humano, si queremos incluir la homofobia de las mujeres) deviene las sentencias prácticas y verbales que se abaten contra los que ni siquiera hablan desde el género debido.

..... Antes de señalar la militancia ostensible de la literatura de Lemebel, me detiene la reflexión de siempre: ¿se puede ser escritor y militante? En el caso de Lemebel, la respuesta viene del hecho prosístico: su militancia es indistinguible de la forma en que la expresa, no sólo es "comer rabia para no matar a todo el mundo", sino escuchar lo que él mismo va escribiendo, captar las melodías verbales con gran cuidado y cerciorarse de la relación profunda entre las ideas y las palabras que las describen con exactitud, entre las ideas y la libertad del cuerpo en el acto sexual, en las fiestas del deseo y el látex, de los baños de vapor y los registros sensibles de la oscuridad.

..... En "Incontables", "La esquina de mi corazón", "De perlas y cicatrices" y "Loco afán", Pedro Lemebel expresa, en la forma inaugural de la tendencia a la que pertenece, lo que vive, lo que ve, lo que siente. A lo largo de la dictadura chilena, Lemebel mantuvo la mayor coherencia: fue exactamente como era, le añadió libertades a la comunidad con el solo recurso de ejercerlas. En su texto clásico "Manifiesto (Hablo por mi diferencia)", de septiembre de 1986, leído en un acto de izquierda en Santiago de Chile, Lemebel es muy claro:

Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer.

..... "Mi hombría es aceptarme diferente". Como por vez primera, Lemebel abandona el clóset (ese miedo a ser descubierto por los que de cualquier manera ya lo saben, ese continuo ajustarse a las posibilidades de resistencia, que cambian en cada persona) en la etapa marcada por el sida, en los años en que el VIH se revela como la gran prisión de la conducta, el despobladero de amigos y conocidos (y de los desconocidos que la solidaridad convierte en amigos íntimos). La paga del deseo es muerte. Como muchos otros escritores, como Paul Monette, el Severo Sarduy de "Pájaros en la playa", y el Reinaldo Arenas de "Antes que anochezca", Lemebel ve en el sida la formación de la mirada esencial de la especie condenada. Luego del sida no se vivirá como antes, porque el Antes, normado por la indiferencia o la inconsciencia, equivale a la pérdida de los sentidos. En su recreación del mundo del VIH, Lemebel se adentra en las crónicas modernistas y posmodernistas como un Julián del Casal o un Amado Nervo o un Enrique Gómez Carrillo que un siglo después, todavía atenido al culto de la prosodia y de la escritura cuidada y acicalada, está dispuesto a llamar las cosas por su nombre. Y desde esa conciencia del tema, de los condones como regalo de cumpleaños y del velorio que hay en todo carnaval (y a la inversa), Lemebel se adentra en los delirios del sida, la enfermedad que ha convocado el prejuicio y la madurez social como ningún otro.

..... El punto de partida de Lemebel es el lenguaje autodenigratorio que le va representando al lector un espejo de restauraciones (un marica resulta con frecuencia un ser épico, un enfermo de sida puede ser la metáfora hermosa de la devastación y la dignidad); Lemebel cuenta historias funerarias. Así, en uno de sus homenajes a los derruidos por la pandemia, "El último beso de Loba Lamar (Crespones de seda en mi despedida... por favor)", Lemebel regala la apariencia ruinosa y la presenta transfigurada.

"Para nosotros, las locas que compartíamos la pieza, la Loba tenía pacto con Satanás. ¿Cómo va a durar tanto? ¡Cómo se ve bonita a pesar que se deshoja de costras! ¿Cómo, cómo, cómo? Sin AZT, a puro pulso la linda, a puro ánimo la cola resiste tanto. Era el sol, el buen tiempo, el calor..."

..... Ir a fondo en la denigración de sí, verse en los términos que los demás utilizan. A partir de ese desafío, que La esquina de mi corazón inicia de modo deslumbrante, Lemebel acomoda sus jerarquías (los ejercicios de crítica y sinceridad a los que ajustar su visión del mundo), donde la franqueza sólo tiene sentido si el autor no contemporiza consigo mismo, y la hipocresía es siempre un daño moral y escritural. En la América Latina globalizada hasta donde es posible, los marginados, aisladamente o en conjunto, trazan otro mapa de lo real, ni opuesto ni complementario, que surge del nuevo gran proyecto: la unidad de lo diverso.

..... De Augusto D'Halmar a Salvador Novo, de César Moro a Xavier Villaurrutia, de Adolfo Caminho a Manuel Mujica Laínez, de José Lezama Lima a Virgilio Piñera, de Gastón Baquero a Elías Nandino, de Antón Arrufat a Luis Zapata, la literatura con temas y subtemas homofílicos se presenta como la heteredoxia sin moralejas. En esa movilización, con tanta frecuencia influida por el barroco, Pedro Lemebel es una de las voces más poderosas y menos sujetas a las disipaciones de la moda.

FICHA

EL MEXICANO CARLOS MONSIVÁIS. Es uno de los intelectuales latinoamericanos de mayor prestigio en la actualidad y uno de los invitados más importantes de la presente versión de la Feria del Libro. Se ha destacado como cronista, ensayista e historiador de las mentalidades y se considera como una autoridad indiscutida en cultura popular mexicana. Ha sido distinguido en diversas universidades y merecido muchos premios en México y el extranjero. Una de sus últimas distinciones fue el premio Anagrama de ensayo por su libro "Aires de Familia" . El 1 de noviembre se lanzará en esta feria su libro "Nuevo Catecismo para indios remisos" y al día siguiente el propio Monsiváis oficiará como presentador de la reedición de "La esquina es mi corazón" de Pedro Lemebel, cuyo prólogo reproducimos en esta oportunidad.

Fuente: El Mercurio, domingo 28 de octubre 2001



 

"Viviré acá cuando autoricen el casamiento homosexual"

La plaza San Martín fue el lugar escogido por Pedro Lemebel para su entrevista con el periodista de Perú21. Instalados en un bar, donde 'rolear un huiro' en la mesa no atrae miradas, se inicia la conversación comentando que -a propósito de lo peligroso que es el amor-, en la mayoría de historias, como El beso de la mujer araña, "la loca siempre termina muerta".

¿Cómo calificaría esa literatura?
No es literatura homosexual. Puede hablarse de una aspiración castigada, pero no de un corpus literario. La escritura homosexual -no la literatura- debería ser una fuga del canon.

En sus textos usted es muy detallista.
Pulcro. No en el sentido higiénico, sino en que 'ojo de loca no se equivoca' (risas). Mentira, se equivoca también, pero la equivocación es un lugar interesante para hablar. El desvío, el viraje. Cuando tú recorres siempre el mismo camino del periódico a la casa, un día doblas por una esquina desconocida. Ahí empieza la escritura.

¿El escritor debe tener una vida diferente a la de los demás?
Por supuesto. Yo no ficciono; odio la ficción. Antes, en plena dictadura de Pinochet, escribía cuentos. Y me resultó tan falso hacerlos, que me decidí por este 'género bastardo', que es la crónica, que me quedó como anillo al dedo.

En Chile, Jaime Baily es admirado. Él no parece homosexual...
No creo que sea homosexual sino que juega a eso, porque le da plata. Él es como Gloria Estefan, una vieja aburrida. Y creo que él es demasiado liberal para un país pobre como este, pues lo agrede con su facha, su estilo, sus vicios. Siempre me dicen 'ay, Pedro, ¿tú qué tanto hablas de los pobres?'. Yo sé de los pobres y hablo de ellos porque me acuesto y sudo con ellos. Yo no sé si Baily habrá venido aquí, a la plaza San Martín, a levantar un putín.

¿Y cómo maneja el Sida?
Con condón, pues. ¿Cómo más? La última vez que me hice el examen fue hace dos semanas y le dije a la enfermera que viera el resultado, porque yo quería morirme. Ella sacó el sobre, lo leyó y me dijo: 'Siga concursando'. (Risas).

¿Siempre tiene relaciones tan directas y peligrosas con la realidad?
El poeta argentino Néstor Perlongher decía que equivocar el camino es conocer. En ese sentido, yo no voy a las ciudades a ver los paisajes. Yo voy a ver amigos y amores. Yo no vengo al Callao si no es para ver a mi amor chalaco...

¿Por qué no vive acá?
Solo cuando autoricen el casamiento homosexual...

¿Qué opina de eso?
Me parece atroz. O sea, volver a las convenciones. Eso tiene que ver con el manual gay y yo no lo soy. Pero como me decía un amigo hace poco, es bueno aquello de la militancia homosexual.

El poder quiere institucionalizar...
Pero hay un lugar ganado. Los procesos sociales no retroceden. Nunca más se le negará a la mujer el voto, ni a los jóvenes se les perseguirá por el pelo largo. La historia es progresiva, aunque vengan las dictaduras. Hace poco, con un amigo del MHOL, hemos andado juntos por la plaza San Martín con el deseo abierto como una amapola en flor, una flor carnívora, deseante; que venga el burro. Tú le tienes miedo a la homosexualidad. Tu trato conmigo es como si trataras con un raro insecto.

Es un trato de periodista...
No me trates de usted. Cuando Perlongher ingresó a la izquierda dijo que no quería ser entendido sino que lo cojan... Qué me importa que me entiendas tú. Yo vengo acá y lo hago con chicos de 20 años, como el que viste hace poco. ¿Y? ¿Quién me va a decir algo, si es amor?

¿El amor es algo tan fugaz?
El amor es un milagro: dura un segundo, como un jale, un 'snif'. De ahí me voy y, después, escribo.

¿Y eso no genera soledad?
Mucha... Pero un escritor la necesita.

Fuente: Peru21
http://peru.indymedia.org


 

Los diamantes son eternos

(Frívolas, cadavéricas y ambulantes)

...En el ghetto homosexual siempre se sabe quién es VIH positivo, los rumores corren rápido, las carteras que se abren de improviso, los papeles y remedios tirados por el suelo. Y no falta la intrusa que ayuda a recoger preguntando: ¿Y ese certificado médico y pastillas?. ¿Y estas jeringas niña?. No me digas que eres adicta.

En estos lugares, donde anida fugaz la juerga coliza: organizaciones para la prevención, movimientos políticos reivindicativos, eventos culturales, desfiles de modas, peluquerías y discotheques, nunca falta la indirecta, la talla, el conchazo que vocea alaraco la palidez repentina de la amiga que viene entrando. ¡Te queda regio el sarcoma linda!, Así, los enfermos se confunden con los sanos y el estigma sidático pasa por una cotidianeidad de club, por una familiaridad compinche que frivoliza el drama. Y esta forma de enfrentar la epidemia, pareciera ser el mejor antídoto para la depresión y la soledad, que en última instancia es lo que termina por destruir al infectado.

En uno de estos lugares, al calor delirante de la farra marucha, es fácil encontrar una loca positiva que acceda a contestar algunas preguntas sobre el tema, sin la mascarada cristiana de la entrevista televisiva, sin ese tono masculino que adoptan los enfermos frente a las cámaras, para no ser segregados doblemente. Más bien jugando un poco con el aura star de la epidemia, así, revertir el testimonio, el indigno interrogatorio que siempre coloca en el banquillo de los acusados al homosexual portador.

¿Por qué portador?

- Tiene que ver con puerta.

¿Cómo es eso?

- La mía es una reja, pero no de cárcel ni de encierro. Es una reja de jardín llena de florcitas y pájaros.

¿Barroca?

- No sé lo que es eso, pero puede ser, una verja llena de cardenales.

¿Y donde conduce?


- Al jardín del amor.

¿Se abre?

- Siempre está abierta de par en par.

¿Y qué hay en el jardín?

- Un asiento también de fierro, igual que la reja llena de...

Pájaros y florcitas

- Y también corazones.

¿Partidos?

- Bueno un poquito, alguna trizadura por aquí, otra por acá, pero sin flechas. Eso del angelito cupido es cuento hétero, en vez de flechas, jeringas.

¡Huy qué heavy!

- ¿Qué tanto? Si los pinchazos ahora me excitan.

Bueno, estábamos en el amor. El jardín portador del amor. ¿No crees que te corres del tema?

- Siempre, nunca tienen que saber lo que estás pensando.

¿En qué estás pensando?

- Yo no pienso, soy una muñeca parlante. Como esas Barbys que dicen I love you.

¿Hablas inglés?

- El SIDA habla inglés.

¿Cómo es eso?

- Tu dices Darling, I must die, y no lo sientes, no sientes lo que dices, no te duele, repites la propaganda gringa. A ellos les duele.

¿Y a tí?

- Casi nada, hay muchas cosas por las que vivir. El mismo SIDA es una razón para vivir. Yo tengo Sida y eso es una razón para amar la vida. La gente sana no tiene por qué amar la vida, y cada minuto se les escapa como una cañería rota.



 

Homoeróticas urbanas

(o apuntes prófugos de un pétalo coliflor)

..........De escrituras urbanas y grafías corpóreas que en su agitado desplazamiento discurren su manuscrito. La ciudad testifica estos recorridos en el apunte peatonal que altera las rutas con la pulsión dionisiaca del desvío. La ciudad redobla su imaginario civil en el culebreo alocado que hurga en los rincones del deseo proscrito. La ciudad estática se duplica móvil en la voltereta cola del rito paseante que al homosexual aventurero convoca. La calle sudaca y sus relumbros arribistas de neón neoyorkino, se hermana en la fiebre homoerótica que en su zigzagueo voluptuoso replantea el destino de su continuo güeviar. La maricada gitanea la vereda y deviene gesto, deviene beso, deviene ave, aletear de pestaña, ojeada nerviosa por el causeo de cuerpos masculinos, expuestos, marmoleados por la rigidez del sexo en la mezclilla que contiene sus presas. La ciudad, si no existe, la inventa el bambolear homosexuado que en el flirteo del amor erecto amapola su vicio. El plano de la city puede ser su página, su bitácora ardiente que en el callejear acezante se hace texto, testimonio documental, apunte iletrado que el tráfago consume. Más bien lo plagia, y lo despide en el disparate coliza de ir quebrando mundos, como huevos, en el plateado asfalto del entumido anochecer.

..........Acaso tal despliegue de energía no se place sólo en el amancebado culeo del pretérito encuentro. La flama busquilla de la marica relampaguea siempre en presente y equivoca su captura en el espejo cambiante de su sombra. La ciudad se lo perdona, la ciudad se lo permite, la ciudad la resbala en el taconeo suelto que pifia la identidad con la errancia de su crónica rosa. Una escritura vivencial del cuerpo deseante, que en su oleaje temperado, palpa, roza y esquiva los gestos sedentarios en los ríos de la urbe que no van a ningún mar. Un carreteo violáceo del patinaje, la yirada, el vitrineo o el cambiarse de local en cada vuelta de esquina, y este despiste, esta mariguancia teatrera, es el viso tornasol que dificulta su fichaje, su cosmética prófuga siempre dispuesta a traicionar el empadronamiento oficial que pestañea al compas de los semáforos dirigiendo el control ciudad-ano.

..........La vida en la city moderna, traiciona el avatar sorpresivo del instante con las sendas planificadasde su calendarizado tedio. Para la loca, el mañana es un cuento demasiado literario que la sumerge en un bostezo aburrido. El minuto futuro que hace correr al oficinista para ver el noticiario, es un aguachento después que ella sabe, conoce su olor reiterado que la detiene a pensar-se, a darse cuenta de lo que es, a sentar cabeza como le decía su padre. Una depre que estanca su intensidad movediza y la fija al territorio de la ideología sujetándola a la cínica civilidad, como un insecto pegado a un papel matamoscas. Quizás, la ideología tenga que ver con la búsqueda de la piedra filosofal, la joya auténtica, o ese fulgor de lucidez por el que los hombres venden hasta su madre. Pero a estas alturas del siglo, "los diamantes ya no son eternos", y el príncipe no era tan valiente, era pura pantalla su lucha utópica con el dragón de la injusticia, era puro bluf su cuento de la defensa del débil, y al final terminó enredado en las sábanas neoliberales del "gigante egoista". Al final, la princesa tuvo que apechugar con las causas perdidas. Y de pérdida en pérdida, siguió machacando sola la ruindad burguesa que enmugrece las calles. Huérfana de norte y sueños sureños, la loca desprecia la brújula. Su destino engalana el deseo y lo hierve acalorado en las púas del eriazo. La marica, allí, cree que lo encuentra y lo mama, lo atraca y lo deja partir apenas archivado en su abanico manoteado de abrazos.

.........El despiste arrebata su huella del mapa vigilante, la desaparece el rápido volaje del "casi no me acuerdo" que repite apurada. El mismo casi recién de esa escena olvidada en el chupeteo glande llenándole la boca. Esa boca loca del placer lenguado que sorbe pero no traga. Esa boca nómade que garabatea las vocales de un sexo urbano con la baba de la beba sodomita. Así, de falo en falo, la acrobacia de la loca salta de trapecio en trapecio. Apenas cebado un hombre, lo suelta para repetirse incansable "no al amor, sí al casi ni me acuerdo". La memoria maricola es tan frágil en el cristal de su copa vacía, su vaga historia salpica la ciudad y se evapora en la lujuria cancionera de su pentagrama transeúnte.



 

Tengo miedo torero

Al entrar, escuchó la aguja del pic-up chirriando sorda al final del disco, y más allá, tirado como un largo riel sobre los almohadones, Carlos roncaba profundamente por los fuertes ventoleros de su boca abierta. Una de sus piernas se estiraba en el arqueo leve del reposo y la otra, colgando del diván, ofrecía el epicentro abultado de su paquetón tenso por el brillo del cierre eclair, a medio abrir, a medio descorrer en ese ojal ribeteado por los dientes de bronce del marrueco, donde se podía ver la pretina elástica de un calzoncillo coronado por los rizos negros de la pendejada varonil. Sólo un pequeño fragmento de estómago latía apretado por la hebilla del cinturón, una mínima isla de piel sombreada por el matorral del pubis en el mar cobalto del drapeado blujin. Tuvo que sentarse ahogada por el éxtasis de la escena, tuvo que tomar aire para no sucumbir al vacío del desmayo frente a esa estética erotisada por la embriaguez. Allí estaba, desprotegido, pavorosamente expuesto en su dulce letargo infantil, ese cuerpo amado, esa carne inalcanzable tantas veces esfumándose en la vigilia de su arrebato amoroso. Ahí lo tenía, al alcance de la mano para su entera contemplación, para recorrerle centímetro a centímetro con sus ojos de vieja oruga reptando sedosa por el nervio aceituno del cuello plegado como una cinta. Ahí se le entregaba borracho como una puta de puerto para que las yemas legañosas de su mirar lo acariciaran a la distancia, en ese tacto de ojos, en ese aliento de ojos vaporizando el beso intangible en sus tetillas quiltras, violáceas, húmedas, bajo la transparencia camisera del algodón. Ahí, a sólo un metro, podía verlo abierto de piernas, macizo en la estilizada corcova de la ingle arrojándole su muñón veinteañero, ofreciéndole ese saurio enguantado por la mezclilla áspera que enfundaba sus muslos. Parece un dios indio, arrullado, por las palmas de la selva, pensó. Un guerrero soñador que se da descanso en el combate, una tentación inevitable para una loca sedienta de sexo tierno como ella, hipnotizada, enloquecida por esa atmósfera rancia de pecado y pasión. No lo pensaba, ni lo sentía cuando su manogaviota alisó el aire que la separaba de ese manjar, su mano mariposa que la dejó flotar ingrávida sobre el estrecho territorio de las caderas, sus dedos avispas posándose levísimos en el carro metálico del cierre eclair para bajarlo, para descorrerlo sin ruido con la suavidad de quien deshilacha una tela sin despertar al arácnido. No lo pensaba, ni siquiera cabía el nerviosismo en ese oficio de relojero, aflojando con el roce de un pétalo la envoltura apretada de ese lagarto somnotiento. Ni lo pensaba, dejándose arrastrar abismo abajo, marrueco abajo hasta liberar de ataduras ese tronco blando que moldeaba su anatomía de perno carnal bajo la alba mortaja del calzoncillo. Y ahí estaba por fin, a sólo unos centímetros de su nariz ese bebé en pañales rezumando a detergente. Ese músculo tan deseado de Carlos durmiendo tan inocente, estremecido a ratos por el amasijo delicado de su miembro yerto. En su cabeza de loca dudosa no cabía la culpa, este era un oficio de amor que alivianaba a esa momia de sus vendas. Con infinita dulzura deslizó la mano entre el estómago y el elástico del slip, hasta tomar como una porcelana el cuerpo tibio de ese nene en reposo. Apenas lo acunó en su palma y lo extrajo a la luz tenue de la pieza, se desenrolló en toda su extensión la crecida guagua-boa, que al salir de la bolsa, se soltó como un látigo. Tal longitud, excedía con creces lo imaginado y a pesar de lo lánguido, el guarapo exhibía la robustez de un trofeo de guerra, un grueso dedo sin uña que pedía a gritos una boca que anillara su amoratado glande. Y la loca así lo hizo, secándose la placa de dientes, se mojó los labios con saliva para resbalar sin trabas ese péndulo que campaneó en sus encías huecas. En la concavidad húmeda lo sintió chapotear, moverse, despertar, corcoveando agradecido de ese franeleo lingual. Es un trabajo de amor, reflexionaba al escuchar la respiración agitada de Carlos en la inconciencia etítica. No podría ser otra cosa, pensó, al sentir en el paladar el pálpito de ese animalito huacho recobrando la vida. Con la finura de una geisha, lo empuñó extrayéndolo de su boca, lo miró erguirse frente a su cara, y con la lengua afilada en una flecha, dibujó con un cosquilleo baboso el aro mora de la calva reluciente. Es un arte de amor, se repetía incansable, oliendo los vapores de macho etrusco que exhalaba ese hongo lunar. Las mujeres no saben de esto, supuso, ellas lo chupan, en cambio las locas elaboran un bordado cantante en la sinfonía de su mamar. Las mujeres succionan nada más, en tanto la boca loca primero aureola de vaho el ajuar del gesto. La boca loca degusta, y luego trina su catadura lírica por el micrófono carnal que expande su radiofónica libación. Es como cantar concluyó, interpretarle a Carlos un himno de amor directo al corazón. Pero él nunca lo sabrá, le confidenció con tristeza al muñeco erecto que apretaba en su mano, mirándola tiernamente con su ojo de cíclope tuerto. Carlos tan borracho y dormido, nunca se va a enterar de su mejor regalo de cumpleaños, le dijo al títere moreno besando con terciopela suavidad el pequeño agujero de su boquita japonesa. Y en respuesta el mono solidario, le brindó una gran lágrima de vidrio para lubricar el canto reseco de su incomprendida soledad. "ANSIEDAD DE TENERTE EN MIS BRAZOS MUSITANDO PALABRAS DE AMOR ANSIEDAD DE TENER TUS ENCANTOS Y EN LA BOCA VOLVERTE A BESAR".



 

Manifiesto (hablo por mi diferencia)

No soy Passolini pidiendo explicaciones
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como el barco del General Ibañez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeandonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted
que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice :
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Super-buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrilazo de la CNI
lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseño la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y esa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subersvo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.


[Texto leído como intervención en un acto político, septiembre de 1986, Santiago de Chile.]



 

El incesto cultural del familión chileno o las erres y las zetas de un paisaje feliz

Como si el reloj de la historia hubiera retrocedido a los años de empingorotada alcurnia, por allá cerca del cuarenta. Cuando la capital era un revoloteo de familias rancias, emparentadas todas entre sí por las zetas y erres del apellido paltón.

Y era costumbre preguntar ¿Usted pertenece a los Anguita de Aculeo o a los Aninat de Polpaico? Porque en ese Santiago de reaccionario provincianismo, la fetidez incestuosa de la burguesía, hermanaba en espiral de cola de chancho a la clase política, la nata cultural y el ocio platudo de ese ghetto chilensis que se miraba narciso en las páginas del Zig-Zag, donde los aristogatos satisfacían su ombliguismo social.

Actualmente esa misma decadente descendencia se pavonea en el entablado público de esta enclenque democracia, porque las redes de comunicación masiva están en poder de la garra de una derecha económica que excede su "Agarra Aguirre" hasta el "Agarra Larraín" o "Agarra Edwards", multiplicando el sermón putifrunci del abolengo familiar, que cada domingo en El Mercurio, luce su nariz respingada en la foto del cóctel de la vida social. El escenario público donde el país se reconcilia con una copa de champaña en la mano mordiendo un canapé tricolor. Allí, en este álbum de monitos con derecho a voz y opinión en el Chile democrático, es posible encontrarse con esta fauna político cultural que empapela el día a día de la tele magazine y las revistas pituzas. El puñado de rostros blancuchentos, refinados por la cosmética de la compostura, o por el aclarado de mechas e ideas que sutilmente blanquean el acontecer nacional. Ahí, en la franja estético-atontada del Chile público, hace nata el familión paltón que opina de todo, el familión chileno, que en su incesto patrio produce de todo: políticos, músicos, curas, modelos, escritores, viejas solteronas, y hasta un mariposuelo camuflado bajo corbata varonil de estos tiempos cursis. Como la familia Chadwick, la familia Aylwin, la familia Frei, la familia Alessandri, la familia Gumucio, o la familia Piñera, tan prolífica y numerosa como un panfleto anti aborto, pero en papel couché y auspiciado por la beca Andes.

La familia Piñera, una de las pocas con derecho a reproducir la moral liberal a través del variado espectro político del que se jacta poseer sentado en la mesa del almuerzo dominguero. Desde la extrema derecha economista (remember Pinochet), pasando a Woodstock made in Arrayán del Miguelito, hasta un candidato presidencial que engordó sus arcas en los mejores años de la mordaza y el horror. Tenemos de todas las tendencias políticas, repiten a coro desde su mediagua cachagüina, cuando todos sabemos que lo más de izquierda que tiene la familia Piñera, es un demócrata cristiano con cara de hostia.

Así, los conceptos patria, orden y resguardo familiar, les llenan la boca a los propagandistas de esta carbonada parentela que aliña sus complicidades en la vitrina sofisticada del cóctel, del seminario, de la exposición de pintura de la CTC, no importa que sea de Guayasamín, Balmes o Matta, porque allí reunido el compadrazgo chilensis, al resplandor de los flashes, da lo mismo codearse con la milicada facista, con el socialismo reciclado, con el exilio perfumado a ciénaga parisina, y ver respirando el mismo aire, los mismos humos, al presidente Lagos, a Hortensia Bussi, y a Lucía Pinochet H., que muy cocoroca cree que puede estar en todas las galas del arte, incluso en la de Matta, porque en el gobierno de su papi se ganó ese derecho cultural.

Quizás, luego de revoluciones populares, dictaduras fachas y transiciones con faja militar, en estos encuentros que avalan el arte y la cultura, se mezclan memoria y amnesia en el mismo trago amargo que sirven los mozos del evento. Tal vez de esta misma forma, la tradición familiona recrudece en la recomendación apitutada de los apellidos. Y para comprender mejor este mapa político-cultural del acomodo y la nominación laboral por estatus, hay que saber que ese connotado escritor vanguardista, es hijo de Julita Astaburuaga, una dama larga y cerosa como vela de misa pascual, star top de la risa con puchero mezquino que babea las revistas cuicas, y su único merito, aparte de ser finísima de pelo largo, es haber sido casada con un diplomático y que a su vez, ese señor de derecha, evidente, "si pos ñato", es tío de un ex mirista, que por los años sesenta, avergonzó a su regia parentela al sumarse al ardor revolucionario del Mir, esa escalada guerrillera que embruja a las ovejas rojas de la realeza nacional. Y fueron muchos los estudiantes universitarios, artistas, hippies de la high society, que descarrilaron su futuro acomodado por el enamoramiento del cambio social. Sin duda, los sesenta produjo un revoltijo de clases en la apuesta generosa de estos chicos patricios que transaron su perfumado estatus por el hedor de la pobla. De esa desprejuiciada entrega política, quedaron muertes, rostros desaparecidos en las fotos del linaje tradicional. Apellidos ilustres, estampados dolorosamente en el informe Rettig, no son muchos, apenas un puñado de zetas y erres reivindicadas en el arreo colectivo de la raza proletaria aniquilada en la matanza. Quizás hoy, habría que preguntarse: ¿Qué lugar ocupan éstas víctimas en el álbum familiar de la derecha? ¿Cómo la burguesía chilena reconstruye su árbol genealógico teniendo, a su pesar, estos vacíos del crimen y la desaparición? Es posible que algunos de estos casos sean doblemente desaparecidos, innombrables paréntesis mudos en la animada charla de la mesa dominical de los Jarpas, Larraines, Alessandris y Ortúzares. Huecos legales, olvidados a presión, ocultos por el qué diran, negados por la complicidad ricachona con el fascismo de la dictadura militar.

Así, la foto pública de la familia nacional, estampa el acontecer con su protagonismo estelar. Los elegidos, los clanes de papis, tíos, sobrinos y madrinas que arman su genealogía pública, estirada y oportunista. El resto de país, puede podrirse en el anonimato de sus sueños. El resto de país puede seguir hipnotizado por la farsa comunicacional de la tele y su esquizofrénica actualidad de consumo. Mientras sea así, mientras se crea que el concepto de progreso-familia y futuro son un paraíso, una Polla Gol, o un Kino millonario manejado por el zapping, el resto de país puede seguir siendo un resto, un rastro, un rostro difuso clavado en el pecho de un familiar de detenido desaparecido, que a tantos años de golpear puertas de juzgados y tribunales, se convirtió en el retrato huérfano de la gran familia chilena. La parentela chilena que ronronea cautiva el incesto avergonzado de su convivencia.

Fuente: Rocinante, Junio 2000.



 

Caupolicán

(o la virilidad empalada del alma araucana)

Despelucada por la historia, la leyenda del toqui pareciera confundirse en el ramaje difuso de una Biblia patria, de una bitácora testimonial donde impuso su verdad el puño del alfabeto castizo. Entonces, relatar un nombre o desterrar a un personaje autenticado a medias, relatado a la distancia por la crónica oportunista del lego español, supone articular esa distancia y relativizar las versiones que han hecho de su existencia un mito, una fugaz presencia entre el humo, los alaridos y la espesa vegetación donde se dió la Guerra de Arauco. Supone quizás, dudar de las estampas literarias que sólo lo autentican por su valentía y arrojo "cabalgando de capa roja en el potro blanco de Pedro de Valdivia, con la ropa interior del conquistador en la punta de la lanza, aseguraba que él le había dado muerte" al centauro de lata y por eso las prendas íntimas de Peyuco eran su botín con olor a pata, peo, poto y verijas del extranjero; relata Encina, sugiriendo algo más que la relación de conquistador a conquistado. Tal vez, reiterando el cuento de dioses blancos vestidos de sedas, cueros y metales que deslumbraron al rotoso pueblo araucano.

Es difícil hacer una crónica de este personaje sin contaminarse de la imprecisa narrativa que corre sobre Caupolicán, la suma de supuestos, imposibles de verificar, o la vocería popular del chisme donde se reconstruyen cientos de caupolicanes que orillan la caricatura, el drama o el chiste. Y en último caso, el sospechosos argumento que cuenta Ercilla, el autor de "La Araucana", el Poema de Chile, que metaforiza empalagosamente la bravura y el ingenio viril del pueblo mapuche. Pero el lírico Alonso solo estuvo de paso por estos peladeros, tiempo insuficiente para bordar su admirado tapíz épico en que se fundamentaban casi todas las versiones oficiales que historizan la derrota de un pueblo arrasado por la conquista. Y pareciera que esta poética reconstrucción de la masacre fuera el mejor argumento europeo para mirar literariamente la historia. Pareciera que la historia que se enseña en los colegios acentuara el hilado estético que suaviza los hechos y ponderara como en un cómic didáctico, "la gallardía, y la masculinidad tan recia y reacia del alma araucana" (Ercilla).

Actualmente, es difícil imaginar al toqui guerrero sin estropear su nublado perfil con las alabanzas de los cronistas de la Conquista que redoblan su propio narciso al ponderar mariconamente la hombría mapuche. Según Encina: "La sicología reciamente varonil, movió al araucano a admirar a los soldados españoles que sobresalían por su intrepidez y empuje". Con estas citas se podrá escribir una versión gay de la Historia de Chile, digo gay porque me refiero a esa homosexualidad que se da entre machos: el gallito, ese juego tan popular que traviste en ejrcicio de fuerza la excusa para cogerse las manos (E. Muñoz). Pero este baile del guapo a guapo, tangueando la conquista y que nos enseñaron en el colegio, escribe solamente un tratado hombruno de la historia, un espejo de machos obcecados rivalizando un territorio, peleando la administración del mapa americano. Un territorio como una cancha de fútbol o chueca donde la mujer mapuche sólo aparece mencionada en saqueos y violaciones o en la cruza mestiza del urgimiento boludo del fauno español.

Quizás resulta complejo adentrarse documentadamente en el triste relato de Caupolicán, alabado por los laureles maruchos de Ercilla, y por lo mismo, castigado por la caricatura del empalamiento que lo atraviesa enculado por la pica del coño en la violencia del tormento que todos conocemos. Tal vez, es irónico pensar que por este castigo los vientos orales lo recuperan y lo transforman en una versión de San Sebastián chileno sodomizado por terquedad. "Están tan emperrados con este mal indio de Caupolicán, que otro día envió a decirme que, aunque fuese con tres indios, me había de matar; y aun desafiándome en forma como si fuera hombre de gran punto". (Carta al rey por García Hurtado de Mendoza). Tal vez, cualquier suplicio, común en esos días, no hubiera bastado para trasladar la epopeya del toqui hasta nuestro tiempo. Y tuvo que ser el empalamiento, el cuento morboso que lo traslada humillado en lo más íntimo. En lo más resguardado del macho, la gruta anal donde sintió hondo la pica rajándole el orto, la entraña y la intestina. Sin exclamar ni un ay, sin decir agua va, sin mover un músculo, el valiente indio soportó el suplicio. Se dice, se cree. Y pareciera que de este calvario sin llanto, se valen los cronistas y frailes copuchentos, para ensalzar la caradura del indio... o mejor dicho, su rajadura.

Puede ser peligroso componer una estampa del héroe de Millarahue, el generalísimo Caupolicán, luego de tanta leyenda sobre una minoría étnica que no le dio entrevistas a la historia. Y que con respecto al gran toqui, su popular y conocido retrato, la escultura que está en el cerro Santa Lucia, fue una copia de un souvenir vendido en París y que en ese entonces representaba al último mohicano. Así, si no existe una versión mapuche de su propia historia, y solo la oralidad de su lengua lo guarda y encapulla con el celo de su atávico secreto, ¿desde dónde extraer su autoría? ¿Desde qué memoria se podría reafirmar o desmitificar la cárcel extrema sobre la virilidad semental que acuña el escrito castellano? ¿Desde qué retazo, mestizado por cierto, habría que nombrarlo hoy? Quizás para esto, deba acudir a mi propia biografía colihue o colipán y actualizar la memoria desde mis juegos eróticos con hijos de panaderos en la lejana adolescencia de mi india población. Es posible que desde esas relaciones íntimas y secretas que tuve con mi pueblo y que permanecieron calladas y clausuradas en su mutismo ancestral. Pero ese es otro capítulo privado, tal vez necesario para ahondar un poco más sobre la actual masculinidad de nuevos caupolicanes, más altos, más claros, con jeans y personal stereo que se llaman Boris, Walter, Gonzalo o Matías y que bajan la voz cuando dicen su apellido mapuche, escondiendo timidamente las cenizas castigadas de su brava estirpe.

[Fragmento del libro NEFANDO, Crónicas de un pecado]



 

Las joyas del golpe

..... Ocurrió en un sencillo país colgado de la cordillera, con un balcón con vista al ancho mar. Un país dibujado como una hilacha en el mapa, como una aletargada culebra de sal, que despertó un día con una matraca en la frente, escuchando bandos gangosos que repetían: "Todos los ciudadanos deben guardarse temprano al toque de queda y no exponerse a la mansalva terrorista". Sucedió los primeros meses después del once, en los jolgorios victoriosos del aletazo golpista, cuando los vencidos andaban huyendo y ocultando gente y llevando gente y salvando gente. A una cabeza uniformada se le ocurrió organizar una campaña de donativos para ayudar al gobierno. La idea, seguramente, copiada de "Lo que el viento se llevó" o de algún panfleto fascista, convocaba al pueblo a recuperar las arcas fiscales colaborando con joyas para reconstruir el patrimonio nacional, arrasado por la "farra upelienta", decían las damas rubias en sus té-canastas, organizando rifas y kermeses para ayudar a Augusto, para sacarlo adelante en su heroica gestión. Para demostrarle al mundo entero que el golpe sólo había sido una palmada eléctrica en la nalga de un niño mañoso. El resto eran calumnias del marxismo internacional, que envidiaban a Augusto y a los miembros de la junta, porque supieron ponerse los pantalones y terminar de un guaracazo con esa orgía de rotos. Por eso, si usted apoyó el pronunciamiento militar, vaya pronunciándose con algo, vaya poniéndose con un anillito, con un collar, lo que sea. Vaya donando un prendedor o la alhaja de su abuela, decía la Mimí Barrenechea, la emperifollada esposa de un almirante, la promotora más entusiasta con la campaña de regalos en oro y platino que recibía en el Palacio de Bellas Artes, en la gala organizada por las damas de celeste, verde y rosa que corrían como gallinas cluecas recibiendo los obsequios. A cambio, el gobierno militar entregaba una piocha de lata, fabricada en la Casa de Moneda, por la histórica cooperación. Porque con el gasto de tropas y balas, para recuperar la libertad, el país se quedó en la ruina, agregaba la Mimí para convencer a las mujeres ricachas que entregaban sus argollas matrimoniales a cambio de un anillo de cobre, de Chuquicamata, que en poco tiempo les dejaba el dedo verde como un mohoso recuerdo de su patriota generosidad.

..... En aquella gala estaba toda la prensa, aunque sólo bastaba con "El Mercurio" y Televisión Nacional mostrando a los famosos que hacían cola para entregar el collar de brillantes que la familia guardó por generaciones como cáliz sagrado, le herencia patrimonial que la Mimí Barrenechea recibía emocionada, diciéndoles a sus amigas aristócratas: "Esto es hacer patria, chiquillas". Les gritaba eufórica a las mismas veterrugas de pelo ceniza que la habían acompañado a tocar cacerolas frente a los regimientos, las mismas que la ayudaban en los cócteles de la Escuela Militar, en el Club de la Unión o en la misma casa de la Mimí, juntando la millonaria limosna para el ejército. Por eso, por aquí Consuelo, por acá Pía Ignacia, repiqueteaba la señora Barrenechea llenando las canastillas timbradas con el escudo nacional, y a su paso simpático y paltón caían las zarandajas de oro, platino, rubíes y esmeraldas. Con su conocido humor encopetado pero dicharachero, imitaba a Eva Perón arrancando las joyas de los cuellos de aquellas amigas que no las querían soltar. Ay, Pochy, ¿no te gustó el pronunciamiento? ¿No aplaudías tomando champán el once? Entonces venga para acá ese anillito que a ti se te ve como una verruga en el dedo artrítico. Venga ese collar de perlas, querida, ese mismo que escondes bajo la blusa, Pelusa Larraín, entrégalo a la causa.

..... Entonces, la Pelusa Larraín picada, tocándose el desnudo cuello, que había perdido el collar finísimo que le gustaba tanto, le contestó a la Mimí: Y tú linda, ¿con qué te vas a poner? La Mimí la miró, descolocada viendo que todos los ojos estaban fijos en ella. Ay, Pelu, es que en el apuro por sacar adelante esta campaña, ¿me vas a creer que se me había olvidado? Entonces da el ejemplo con este valioso prendedor de zafiros, le dijo la Pelusa, arrancándoselo del escote. Recuerda que la caridad empieza por casa. Y la Mimí Barrenechea vio con horror chispear su enorme zafiro azul, regalo de su abuelita porque hacía juego con sus ojos. Lo vio caer en la canasta de donativos y hasta ahí le duró el ánimo de su voluntarioso nacionalismo. Cayó en depresión, viendo alejarse la cesta con las alhajas, preguntándose por primera vez, ¿qué harán con tantas joyas? ¿A nombre de quien está la cuenta en el banco? ¿Cuándo y dónde sería el remate para rescatar su zafiro? Pero ni siquiera su marido almirante pudo responderle. La miró con dureza, preguntándole si acaso tenía dudas del honor del ejército. El caso fue que la Mimí se quedó con sus dudas, porque nunca hubo cuenta ni cuánto se recaudó en aquella enjoyada colecta de la Reconstrucción Nacional.

..... Años más tarde, su marido la llevó a Washington por razones de trabajo y fueron invitados a la recepción en la embajada chilena por la recién nombrada embajadora del gobierno militar ante la OEA.

..... La Mimí, de traje largo y guantes, entró del brazo de su almirante al gran salón lleno de uniformes que relampagueaban con medallas y flecos dorados y condecoraciones tintineando como árboles de Pascua. Entre todo ese brillo de galardones y perchas de oro, lo único que vio fue un relámpago azul en el cogote de la embajadora. Y se quedó tiesa en la escalera de mármol, tironeada por su marido que le decía entre dientes, sonriendo, en voz baja, ¿qué te pasa, tonta? Camina que todos nos están mirando. Mi-za, mi-zafí, mi-zafifi, decía la Mimí tartamuda, mirando el cuello de la embajadora que se acercaba sonriendo a darles la bienvenida. Reacciona, estúpida, qué te pasa, le murmuraba su marido, pellizcándola para que saludara a esa mujer que se veía gloriosa vestida de raso azulino con la diadema temblándole al pescuezo. Mi-za, mi-zafí, mi-zafifi, repetía la Mimí a punto de desmayarse. ¿Qué cosa?, preguntó la embajadora sin entender el balbuceo angustiado de la Mimí, hipnotizada por el brillo de la joya. Es su prendedor, que a mi mujer la ha gustado mucho, le contestó el almirante sacando a la Mimí del apuro. Ah, sí, es precioso, es un obsequio del comandante en jefe que tiene tan buen gusto. Me lo regaló con el dolor de su alma porque es un recuerdo de familia, dijo emocionada la diplomática antes de seguir saludando a los invitados.

..... La Mimí Barrenechea nunca pudo reponerse de ese shock. Esa noche se lo tomó todo, hasta los conchos de las copas que recogían los mozos. Y su marido, avergonzado, se la tuvo que llevar a la rastra, porque para la Mimí era necesario embriagarse para resistir el dolor. Era urgente curarse como una rota para morderse la lengua y no decir ni una palabra, no hacer ningún comentario, mientras veía -nublados por el alcohol- los resplandores de su perdida joya multiplicando los fulgores del golpe

Fuente: Revista Punto Final, 2 de enero de 1998



 

Bésame otra vez forastero

.......... Ahí está garabateada en el muro de su noche, con sombrero de punto, tacos y cartera roja; sola y hambrienta teje su telaraña azul lado a lado de esta calle de notarías y oficinas, a cinco cuadras de mi barrio. Oscura y delicada saca un cigarrillo; la vieja no fuma, por eso no lo prende, espera la figura del joven, que desde el fondo de la calle avanza al ritmo elástico de las zapatillas, lo piensa mientras se acerca, olfatea el aire roído de la noche buscando ese olor fresco, con los ojos semicerrados por el deleite y el alquitrán de sus pestañas, se pasa la lengua por el descolorido bigote y sueña y pasa borrosa por su entelado cerebro la historia imprecisa de sus quince años. Es la vieja, la madonna con enaguas de franela esperando a los corceles que vengan a comer de su mano; guachito venga les susurra, ya pues mijito les grita, oye cabro cómo tenís el pajarito. Así vocifera la nonagenaria, bien sujeta en las piernas enclenques; venga un ratito mijo, está muy vieja señora, aquí detrasito escóndase conmigo, está muy oscuro señora, siéntese aquí mijo lindo a verse la suerte con esta pobre vieja, aquí en esta escalera helada y sáquese la pichulita, no le tenga miedo a esta anciana leprosa, a este ángel azul, la dulce compañía de los liceanos vírgenes, que llegan solitarios a ofrecerme la fina piel de su sexo; aquí está la abuela milagrosa, que acaricia con su garra de seda el pálpito de la sangre en los prepucios, la vieja de guardia, niñera impúdica lamiendo los penes infantiles, la gallina que empolla quinceañeros, que los arrastra a su cueva de sábanas con mentholatum, hasta la fauce de su útero desdentado; bésame repite acezando, bésame por favor, mi muchacho, mi niño hermoso, que veo alejarse por las membranas rotas de mis cuencas, de mis ojos que te persiguen mientras cruzas la calle, que se rebalsan de agua ligosa y la enorme lágrima la despierta y por un momento mueve la boca sin sonido, baja el escalón, guachito no se vaya, mijito venga, taconea unos acrobáticos pasos y lo pierde en la carrera alérgica del muchacho al doblar la esquina. Entonces vuelve cansada a su peldaño y mira con ojos de agua turbia, tratando de buscar el sol en su tremenda noche. Es la misma señora que riega cardenales en el piso de enfrente, sólo diez metros de aire separan mi ventana de la suya. Durante el día, enmarcada en el alfeizar, teje y espera paciente que el sol se ponga de luto, va hilando los últimos destellos que enreda en su cabeza blanca para verse más hermosa. Escucho oculto en la sombra el "Para Elisa" de su caja de música, me llega distorsionado por los años el timbre de su voz lunática, puedo ver, con los ojos cerrados, el espejo y su cara blanca en la luna dorada de azogue; canta y ríe, se mancha la boca de crayón, se da vueltas lentamente, entonces tengo miedo, miedo de abrir los ojos, miedo de asomarme a la ventana,miedo que me mire, miedo que sus ojos de gallina enferma, rodando calle abajo, alcancen al niño que huye en bicicleta, que desaparece en la perspectiva ruinosa del barrio, porque tuvo asco y al mismo tiempo deseos de subir la escalera de enfrente, de ver de cerca el ojo sumergido que le guiñaba la vieja, quiere ir lejos sobre los pedales porque llegó a tocar la manilla de bronce y se introdujo en la pieza fresca de aspidistras y cortinas de hilo, subió hace un rato la escalera, sucumbiendo al deseo del ojo desvelado llamándolo desde el balconcito, ella le mostró la pierna, bajándose la media de lana entre los cardenales, hizo revolotear sus manos incoloras en el aire indicándole que cruzara; y ya es muy tarde para que el jugoso muchacho se arrepienta, porque descubrió en el baño su pelaje genital, entonces el balconcito es un desafío, y el ojo de la vieja, que cuelga en mitad de la noche, lo hace perder la cabeza; y va y viene, entrando y saliendo de la ventana -¿Qué le pasa que no se sienta?- Es la edad del pavo mujer, no te fijas que pegó el estirón de pronto-. Poca más y se nos casa, poco más un poquito más le pide la vieja y él acepta y se baja los pantalones y le dice toma vieja, cómetelo, mámatelo, así sin dientes, boquita de guagua, mamita, sigue no más, vieja de mierda, así suavecito, más rápido, cuidado que viene, viene un río espeso a inundarte la pieza, una corriente de cloro que me baja del cerebro, borrándome la imagen del espejo, donde la vieja ternera hunde su cabeza entre mis piernas y se aprovecha de ese momento para besarme, clava su lengua con rabia en mi boca y en el paladar me deja, por muchos años, el gusto rancio del pasado.
..... Al paso de los años, se fue juntando el tiempo que dejó la calle desierta; neblinosa, como una película sin argumento, y calendarios gastados por la obsesión del mancebo, el otoño y sus tacos pisando hojas, aguas nubosas y veredas calientes, retumbando en mis oídos su taconeo suelto en el baile de la amanecida. El barrio se hizo viejo y ella observó con sus redomas de suero la sucesión de todas las generaciones; de la abuela muerta al padre anciano, también muerto, al nieto adulto padre de otros niños, también crecidos al ritmo lúgubre de los años, el fatigoso descenso de los ataúdes por las escaleras, tan estrechas, que debían bajar con sogas desde las ventanas, los llantos a medianoche, el gangoso ronquido de los viejos, en fin todos los ocasos fueron presididos desde su ventana; desde aquel tiempo hasta aquí, hablando con temor ahora, porque estoy hablando de mí, rodeado de cruces, en este sillón frente a la ventana, abandonado de todo lo que fui, solamente me da ánimo saber que pronto escucharé su caminar por la calle, porque así regresa todavía; la veo claramente azul rengueando la madrugada, con un resabio a semen en la boca, borrosmente azul cruza el pórtico del edificio y se hunde en el hueco de la escalera, adivino su olor a trapos sucios, la veo abrir cansada la puerta y sentarse en la banqueta tapizada de felpa, la diviso demente meciéndose en la medialuna del espejo, sacándose el sombrero de punto, batiendo el cabello cano y transparente, como una medusa loca, estacionaria en su vicio. Aún ahora, que hace mucho el balcón permanenece cerrado, a los geranios lacres se los fue comiendo el polvo, una tarde fue la última vez que se escuchó su taconeo imparejo camino a la esquina, su pollera de herbario se cerró para siempre en un secreto, mucho hace que su sombra de lagarto no se enrosca en el pilar de la esquina; hace mucho del último recuerdo...
..... Solamente yo tuve conciencia de la resurrección de su cara en mi espejo, el dorado espejo de azogue que rescaté de los despojos cuando la vieja fue sacada sólida y putrefacta, tres meses después de su muerte.

[En Andar Con Cuentos - Nueva Narrativa Chilena
Diego Muñoz Valenzuela - Ramón Díaz Eterovic, Mosquito Editores, 1992]



 

La propaganda oficial

(o la poética del optimismo cubana)

Del aeropuerto José Martí, que cumple con sencillez el arribo a Cuba, las carreteras del país nos llevan por una serpentina de emociones y expectativad tratando de mirar a través de los vidrios empañados del bus el anochecido paisaje habanero. En el camino casi no hay avisos publicitarios o los típicos luminosos que enmarcan las rutas que en otros países llevan del aeropuerto a la ciudad. En su reemplazo, los slogans de la revolución escriben el paisaje sombrío de la bienvenida, cuando los focos de los vehículos iluminan su alfabeto romántico y panfletero. "AQUÍ LOS NIÑOS BESAN Y LA GENTE SONRÍE". Frases, leídas con la distancia prejuiciada del visitante, arengan la conciencia política, como si en cada recodo, en cada sitio eriazo, en cada muro deslavado, una voz oficial tuviera que refrescar continuamente la memoria gallarda del proceso cubano.
"A PESAR DE TODO, Y POR TODOS SEGUIREMOS SIENDO LIBRES". Acompañando la llegada, los graffiti gubernamentales parecieran un empuje de optimismo que intenta levantar la moral de este país hecho leyenda en su porfía. "RESISTENCIA CON INTELIGENCIA Y CORAZÓN". La ciudad de La Habana parece dormir en medio del apagón de racionamiento, y lo único que resplandece al flashazo de las luces del bus, es el carteleo que machaca de versos y poemas la oscura llegada. "USTED ELIGE, CUBA LO SATISFACE". Es extraño, pero frente a esta cinta pobre que exagera el nacionalismo, se experimenta la sensación de acoso, leyendo y releyendo la enamorada política de su reiteración. "SOMOS ASÍ Y QUE". Elverde negruzco de la foresta se adivina en la calurosa resaca nocturna, las palmas y platanales recortan el cielo tropical, y en las murallas, los escritos bordan de aguante la jodida permanencia de un pueblo que eligió su destino.
"EL AMOR Y LA SOLIDARIDAD NO SE BLOQUEAN". En la carretera casi no hay autos, y los pocos que se ven parecen sacados de un film de Doris Day con Rock Hudson: largos Oldsmobiles, Alfa Romeos y Cadillacs, aparecen y desaparecen como fantasmas de una historia feliz, de una película de amor con luna y palmeras, narrada por los graffiti que acordonan el camino. "DESDE LAS CUADRAS CRECE UN PAÍS. A la rápida, en un pestañeo de viraje caminero, salta desde las sombras un verso de Martí, el poeta de la revolución. Con la misma rapidez viene otro de Nicolás Guillén, pero repiquetea majadero el siempre y nunca de la escritura oficial. "CUANTO HICE HASTA HOY Y HARÉ ES PARA ESO".
Algunas luces nos acercan a esta mítica ciudad que pasó de cabaret yanqui a la metáfora latinoamericana de la izquierda. El chofer del bus habla poco, contesta con aburrimiento nuestras observaciones. Y no es por que no pueda hablar, está cansado de responder lo mismo a la ingenuidad turista que acarrea en su micro (que allá le llaman guagua). Él, un achocolatado habanero, tiene esa displicencia de llevar y traer ojos copuchentos a su isla, adivinando los recelos, cachando las sospechas y la doble intención del interrogatorio extranjero. Por eso sus respuestas son cortantes, simples y codificadas como la propaganda publicitaria que bordea la ruta. "SOY CUBANO, NO PUEDO SER DIFERENTE". Sería fácil calificar esta bienvenida de panfleto castrista, o de exagerado populismo naciuonal que intenta acallar con optimismo el bullado naufragio de la gesta cubana. Sería apresurado emitir juicios sobre el carteleo insistente que vocea los avances del proceso.
Uno recién llega, con los ojos nublados por el ron y algún extraviado sueño. Uno es visita, y si quiere, puede leer más allá de las consignas. Con un poco de generosidad puede descubrir los materiales pobres usados en esta campaña. Materiales que en chile ocupa la Brigada Chacón. Materiales artesanales que jamás usarían las grandes propagandas del mercado. Papel craff, papeles de envolver, de ese color café que e usó en los panfletos y publicaciones antidictadura. Estos de acá son carteles escritos a mano, con el agregado cursi de la florcita en el punto de la "i". Frases coloridas, rematadas con un corazón en vez del punto final. Letras dispares, que en su caligrafía apresurada, bailan una danza de palabras, como si fueran carteles escolares de alguna recordada kermesse o baile de máscaras. "A FIDEL NO LO DEJAMOS SOLO". En cada muro, en cada calle, la oratoria política del esfuerzo, mantiene la utopía a puro pulso, con las patas y el buche, con algo de irrenunciable ilusión los carteles desfilan y pasan a morir en nuestras espaldas. Sus vocales de carnaval revolucionario, se despegan un momento del cartel y quedan grabadas campaneando la ardiente sombra de la noche cubana...y luego, regresan al muro, al rayado antidepresivo de la propaganda. "LA DIGNIDAD DE MIRAR LIBRES". En el aire se escucha un canto de rumba y sus notas dibujan la ciudad de La Habana que se abre como ua caja de música, como una concha antigua que reparte generosa los encajes negros de su sentimental son.

De "Cartas de amor a La Habana"



 

El malentendido del unicornio

Y por entonces, todos queríamos salir de Chile, respirar aire fresco más allá de las fronteras alambradas que tenía este suelo por esos mortíferos años ochenta. Aunque fuera la Argentina la hermana nación que venía despertando de la dictadura y acogía a sus vecinos patipelados arrancando del fascismo. Y esos perejiles temblorosos éramos nosotros, algunas locas chilenas, que al cruzar la cordillera, gritábamos en el bus el incansable: "Y va a caer", con lágrimas en los ojos y una vocecita de opereta izquierdilla. El destino final era Buenos Aires, la gran metrópolis porteña, la enorme capital que nos esperaba al cruzar la pampa, y nos abría el mundo recibiéndonos con sus grandes cartelones de espectáculos donde brillaban las estrellas del cancionero latinoamericano censuradas en el Chile milico. Por la ventanila del pullman pasaban los nombres de Mercedes Sosa, León Gieco, Chico Buarque, Zitarrosa, y pronto, por primera vez en la República Argentina, directamente desde Cuba, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez anunciados a todo gas por la prensa bonaerense. Ay Silvio, le susurré en secreto a la amiga marica que me acompañaba en ese tour de libertad trasandina. ¿Será tierno como sus canciones?, pensé en voz alta. No nos podemos perder esta ocasión de verlo cantar en vivo, me contestó la loca con los ojos entornados, evocando el repertorio del cantante que corría en casetes piratas, de mano en mano por las peñas clandestinas en el Santiago nazi de los setenta. Ay Silvio, suspiró a coro conmigo, pensando en todos los unicornios azules, más bien en todos los chicos celestes que se le habían escapado a su garra marica. ¿Quién será el unicornio de Silvio?, le preguntó al viento, embriagada por el recuerdo de la canción. Pregúntaselo a él pos niña, le contesté al descuido, mirando la ciudad de Buenos Aires que pasaba altanera con su garbo europeo por la ventana del bus. ¿Y será muy difícil llegar hasta él?, porque aquí es la súper estrella. Ni tanto le dije. Hay que averiguarse el hotel donde está y pedirle una entrevista. Acuérdate que somos chilenos, y Silvio ha sido tan solidario con nosotros, no puede negarse, sería una contradicción ideológica del cantor guerrillero. ¿No crees tú?

Y así fue, tan fácil como llamarlo y concertar una cita en el hall del hotel mediopelo donde se hospedaba, donde había tantas chicas argentinas de izquierda que querían ser su "mujer con sombrero", tantas nenas rubias, alborotadas en sus faldas hiposas y pañuelitos hindúes amarrados al cuello, tantas como chilenos que lo esperaban a la salida del ascensor, conteniendo la respiración, probando las grabadoras, atorados por ver de cerca al cantautor cubano. Y mientras esperábamos en ese tumulto nervioso a la estrella, pasó por nuestro lado Pablo Milanés, tan lindo, tan sencillo, tan accesible, pero nadie le dio pelotas hipnotizados en la puerta donde iba a aparecer Silvio. Y Pablito intercambió algunas palabras con nosotros, y me dejó un cálido beso con olor a copete en mi mejilla. Cuando apareció Silvio, todos se abalanzaron en tropel sobre la figura, y él, con mucha calma nos invitó a sentarnos en el vestíbulo y procedió a contestar las preguntas sobre el canto político, el destino de la utopía y todos los clises que atragantaban la ansiosa pregunta y respuesta del encuentro. Está un poco pelado, le dije a mi amiga atontada por su presencia. Pero igual es lindo, me contestó, tímidamente achunchada por la seguridad y el tono macho del cantante. Ya pos, hácele la pregunta del unicornio, le insistí para callarlo. Y la loca, roja de vergüenza, me hizo callar con un shit de represión. Entonces, como siempre, tuve que aumir la típica pregunta sobre la homosexualidad y la izquierda. Silvio, le dije con mi voz afectada que llamo la atención de los presentes. Mi amigo y yo somos chilenos que admiramos tu poesía, y en Chile nosotros los homosexuales hemos hecho nuestra la canción del Unicornio Azul, pensando que se refiere a un amor perdido e imposible. (Pausa para arreglarme el pelo). También quiero aprovechar la ocasión para preguntarte qué piensas tú sobre la homosexualidad y la revolución ¿Me podrías contestar estas preguntas por favor? Muchas gracias. Creo que en ese momento alguien abrió la puerta porque se coló una ráfaga de viento frío que congeló la escena. La cara del cantante se puso azul como el unicornio y una cortina de rabia alteró la mueca amable de su sonrisa. Mira, me dijo. Lamento mucho que tú y tu amigo piensen eso. Pero más lamento esta confusión de temas porque la historia de esa canción corresponde a un padre que perdió a su hijo en la guerrilla nicaragüense. Además, a ustedes les debe quedar claro, que sobre el tema de la homosexualidad hemos sido muy precisos. Con la revolución todo, sin la revolución nada. Y nos dejó mudas a mi amiga y a mí, que sentimos como, de un plumazo, Silvio nos había arrebatado nuestro rosado unicornio. Después, cuando insistimos con la canción "¿Te molesta mi amor?", fue demasiado y el cantante optó seriamente por la indiferencia y no tomarnos más en cuenta. Tiene razón, le dije a mi amiga tratando de consolarla cuando salimos del hotel y nos envolvió la zalagarda de fans que gritaban: "Silvio amigo, el pueblo está contigo". Tal vez tenga razón, me contestó con un dejo de tristeza, pero pudo ser más amable, casi nos ladró y nosotros no queríamos molestarlo.

A pesar de este bochorno, fuimos a su recital y aplaudimos como yeguas cada canción, especificamente la interpretación solitaria de su pianista que era una joya de músico. Pero Silvio se sintió incómodo viendo que el pianista se estaba arrancando con los tarros robándose el show, y lo interrumpió con los sones del unicornio azul. Ahí, mi amiga y yo nos miramos, y como de un acuerdo abandonamos el estadio, pensando que ése ya no era nuestro tema, que mejor íbamos a tratar de encontrar el unicornio perdido en los baños públicos y parques de la ciudad, donde no nos alcanzara la mirada rabiosa de Silvio, ni su aparatosa militancia que quizás nunca lo dejó jugar.

De "Zanjón de la aguada", Seix Barral. Fuente: Diario Clarín, Buenos Aires, 16/11/02
 

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