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Presentación
- Pedro Lemebel nació en Santiago de Chile a mediados de la década del 50. Es
escritor, artista visual y cronista, y cada fase (o actuación) de su identidad
creadora (o performativa) está trazada sobre el paisaje de la cultura chilena de
la resistencia desde una distinta transformación vital suya. Como Pedro Mardones
(su nombre paterno) había obtenido el primer premio del Concurso nacional de
cuento Javier Carrera en 1982, y su primer libro de relatos, Los incontables, es
de 1986. En una entrevista, ha reconstruído esa primera transformación: "El
Lemebel es un gesto de alianza con lo femenino, inscribir un apellido materno,
reconocer a mi madre huacha desde la ilegalidad homosexual y travesti (97).
La transitoriedad del género como protocolo discursivo subrayará, como un flujo
de investigación poética, la otra escena, la del género como sexualidad
transgenérica, fluída y antiprotocolar. En efecto, en los años 80, cuando la
literatura había sido marginalizada por los aparatos de la dictadura (un período
que según Carmen Berenguer hace volver a la palabra oral, al recital, a los
nuevos recintos de una comunicación posible), Pedro Lemebel y Francisco Casas
fundan el colectivo de arte "Yeguas del Apocalipsis" (1987). En una actividad
que fue a la vez paródica y sediciosa, estos escritores convertidos en actores
de su propio texto, en agentes de una textualidad en devenir (ni dada ni por
hacerse, pura transición burlesca), desencadenaron desde los márgenes (desde la
homosexualidad pero también desde el bochorno irreverente) una interrupción de
los discursos institucionales, un breve escándalo público en el umbral de la
política y las artes de lo nuevo. Su trabajo cruzó la performance, el
travestismo, la fotografía, el video y la instalación; pero también los reclamos
de la memoria, los derechos humanos y la sexualidad, asi como la demanda de un
lugar en el diálogo por la democracia. "Quizás esa primera experimentación con
la plástica, la acción de arte...fue decisiva en la mudanza del cuento a la
crónica. Es posible que esa exposición corporal en un marco político fuera
evaporando la receta genérica del cuento...el intemporal cuento se hizo urgencia
crónica...," recuenta Lemebel. Entre 1987 y 1995, "Yeguas del Apocalipsis"
realizaron por lo menos quince eventos públicos. Ese último año, Lemebel publica
su primer libro de crónicas, La esquina es mi corazón.
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Esta nueva transformación del artista/escritor no será, sin embargo, un mero proceso de alguien en busca de su mejor expresión o su voz más personal. Esa mitología lírica no se aviene con el caso de una figura hecha en cada instancia de su actuación tanto por su medio como por su público. Lemebel ha radicalizado la "metamorfosis" del artista romántico en el "travestismo" de identidades del artista postmoderno. Por lo mismo, no nos extraña ya que el deslumbrante barroquismo del hombre de la esquina roja (el paseante de paseo escandilazado) se transfigure, en su siguiente libro, Loco afán, Crónicas del Sidario (1996), en un relato ensayístico crítico y festivo, entre la anotación de filósofo volteriano (Pedro por su casa) y el humor carnavalesco que no deja piedra sobre piedra (Pedro desfundante). En ese proceso performativo de la escritura intersticial (hecha entre géneros, entre medios, entre públicos) las crónicas más recientes de Lemebel están dictadas por el tiempo y la voz suscintas de la radio (tiene a su cargo el programa de crónicas "Cancionero" en Radio Tierra).
Lo más patente es el caracter posmoderno del
quehacer (o quedeshacer) de Pedro Lemebel, empezando por su radical
cuestionamiento de la sociedad neoliberal, donde se reproduce una ideología
represiva; y siguiendo con su práctica desbasadora de los dualismos
estructurantes de la normalidad excluyente. Pero lo más original de su trabajo
está en la vehemencia de su ejercicio de la diferencia. Esto es, en su
formidable capacidad y talento para generar la hibridez. Quizá el travestismo
que baraja identidades operativas, el carnaval que canjea escenarios
equivalentes, los géneros que se ceden la palabra gozosa, la performance que es
una ocupación de espacios monológicos y la sexualidad espectacular que no se
ahorra ninguno de sus nombres, se configuran en esa hibridez, que es el eje de
la escritura misma. Un escritura de registro tan metafórico como literal, tan
hiperbólico como social, y cuya fusión (o fruición) es de una aguda poética
emotiva. Guadalupe Santa Cruz ha dicho que Lemebel escribe con "la espléndida
tinta de la mala leche." Escribe con desamparada ternura; o sea, con minuciosa
ferocidad.
Lo notorio de esta escritura es el barroquismo. O su variante lúdica, que Severo
Sarduy llamaba, con autoironía, lo pompeyano. Porque se trata aquí no de un
barroco de la proliferación de lo inmanente, donde el objeto es generador de la
abundancia; sino de una gestualidad barroquizante, cuya traza viene y va de la
oralidad. El barroco es, por ello, la forma elocuente del coloquio, como si la
realidad sólo pudiese ser comunicada en su reelaboración, ligeramente absurda o
cómica, vista con la distancia irónica que merecen los espectáculos de íntima
discordia. Aunque Lemebel ha dicho que detesta a los profesores de filosofía
("Me cargaba su postura doctrinaria sobre el saber, sobre los rotos, los indios,
los pobres, las locas"), la conversación a que nos concita no está exenta del
filosofar de la época, hecho desde las afueras, en los límites institucionales;
en ese "borde con encaje," que reconoce como la cornisa de su arte.
Foucault anota en su Historia de la sexualidad que un interlocutor le protesta a
Sócrates traer a la conversación ejemplos extremos. Aún más extremado, Lemebel
podría haberle provisto a Foucault de mejores ejemplos sobre la indiferenciación
genérica, que ya entretuvo a Lezama Lima en su Paradiso a propósito de la
androginia original platónica. Ejemplos que, en el barroquismo reflexivo y el
sincretismo oral del chileno, desafían a la taxonomía sexual; ya que en estas
crónicas des-urbanizadoras se nos habla de locas, colizas, maricas, maricones,
homosexuales, transgenéricos, travestis, pero todos ellos/ellas son equivalentes
en la nomenclatura "gay," la que rehúsa la normatividad modernamente impuesta
como diferenciación sexual.
Pero lejos de cualquier complacencia en la generalización de las diferencias
(que las convierte en mera acusación, por ejemplo, en las por otra parte
estremecedoras memorias póstumas de Reinaldo Arenas), Lemebel desarrolla en su
barroquismo de sobretono popular una certera resistencia al rigor taxonómico,
que así como cartografía el espacio de la sexualidad, busca imponer un lenguaje
de la contabilidad. En la crónica chilena del fin de siglo, este filósofo
natural nos dice que las estadísticas son otro lenguaje de la burguesía
modélica, del capitalismo como programa único y del triunfalismo economicista.
Ese discurso es una ocupación y un vaciado del futuro; o sea, una negación de
los más jóvenes, de los muchachos pobres que recorren la esquina: "Herencia
neoliberal o futuro despegue capitalista en la economía de esta "demosgracia."
Un futuro inalcanzable para estos chicos...Por cierto irrecuperables, por cierto
hacinados en el lumperío crepuscular del modernismo... Oscurecidos para violar,
robar, colgar si ya no se tiene nada que perder y cualquier día lo encontrarán
con el costillar al aire... Nublado futuro para estos chicos expuestos al
crimen, como desecho sudamericano que no alcanzó a tener un pasar digno.
Irremediablemente perdidos en el itinerario apocalíptico..."("La esquina es mi
corazón").
Por eso, en "Censo y conquista" Lemebel propone una subversión popular no contra
el poder establecido sino contra su funcionalismo mecánico, el censo. Escribe:
"Hay que ponerse la peor ropa, conseguir tres guaguas lloronas y envolverse en
un abanico de moscas como rompefilas, para evitar los trámites del sufragio."
Como siempre, el fluir cotidiano se le torna hipérbole, espectáculo,
apocalipsis, en un proceso de inducciones (lógica socrática y sobremesa
metódica): "De esta manera, las minorías hacen visible su tráfica existencia,
burlando la enumeración piadosa de las faltas. Los listados de necesidades que
el empadronamiento despliega a lo largo de Chile, como serpiente computacional
que deglute los índices económicos de la población, para procesarlos de acuerdo
a los enjuagues políticos... Una radiografía del intestino flaco chileno
expuesta a su mejor perfil neoliberal, como ortopedia de desarrollo. Un boceto
social que no se traduce en sus hilados más finos, que traza rasante las líneas
gruesas del cálculo sobre los bajos fondos que las sustentan, de las
imbricaciones clandestinas que van alterando el proyecto determinante de la
democracia."
La crítica, por lo tanto, se sostiene en la puesta en duda que reinicia una
práctica popular de resistencias. La matemática de la marginalidad, nos dice el
cronista, no sirve a la pobreza, sino todo lo contrario. Y de esa premisa, como
si leyera en el texto natural de su tiempo permanentemente travestido, concluye
con una pragmática latinoamericanista, de remoto origen nietzcheano y cierta
entonación deleuziana: "Acaso herencia prehispánica que aflora en los bordes
excedentes, como estrategias de contención frente al recolonizaje por la ficha.
Acaso micropolíticas de sobrevivencia que trabajan con el subtexto de sus vidas,
escamoteando los mecanismos del control ciudadano. Un desdoblaje que le sonríe a
la cámara del censo y lo despide en la puerta de tablas con la parodia educada
de la mueca, con un hasta luego de traición que se multiplica en ceros a la
izquierda, como prelenguaje tribal que clausura hermético el sello de la
inobediencia."
En verdad, si el mundo incaico fue burocrático y decimal, el mapuche no fue ni
federal ni frentista, para evitar que el estado le exigiera reciclarse y no
demorar más la modernidad; por añadidura, y aunque nuestros países están llenos
de conservadores que no tienen nada que conservar, el mercado como espacio de
libertad se torna irrisorio para quienes no tienen nada que vender o comprar. Y,
en fin, las estadísticas demuestran con sus promedios que en el papel siempre
somos menos pobres de lo que en realidad somos. De cualquier modo, quizás los
pueblos marginales (los flujos de migrantes, de excluídos, de jóvenes expulsados
del sistema) sean ya indocumentables, apenas un cálculo proyectivo entre los que
nacen y los que mueren, esa contabilidad del mapa neoliberal.

Así, como si fuera ya tarde para las taxonomías y los censos, Lemebel acude al
barroquismo en un gesto característicamente latinoamericano: la cultura de la
resistencia responde no con la economía de la nominación puritana sino con el
exceso de la renominación metafórica; no con la simetría apolínea de la forma
armónica, sino con la hibridez informalista y el "salto por el ojo de la aguja"
(propuesto por Vallejo, retomado por Lemebel). Responde también con el
sobredecorado, el rizado, la voluta. Pero no solamente resiste y responde,
también reapropia con apetito y crea con hambre. Como el último "filósofo
autodidacta" (que en la carencia humana aprende a leer la escritura de su
tiempo, asi como el viejo filósofo aprendía a leer en la naturaleza la escritura
divina), Pedro Lemebel nos enseña a reconocer también la fuerza de esas
reapropiaciones y de esas hambres. Desde ellas, piensa el presente como un
proceso irresuelto, hecho en las restas de la violencia pero así mismo en las
sumas de la pasión.
Todavía en su última transformación, Pedro Lemebel se nos aparece convertido
ahora en cronista anti-criollista (porque el criollismo latinoamericano es una
apoteosis del lugar común, una representación complaciente y acrítica, que en
Chile y en Perú lo asume ahora el entretenimiento televisivo). Y ha sido aún más
explícito al descartar los teletones populacheros entregados a preparar el
hot-dog o la empanada más grandes del mundo con el propósito deportivo de
ingresar al disparate de los récords, el Guinness. Con el mismo espíritu crítico
con que refuta el censo, rebate ahora la competencia nacionalista del
super-sandwich como metáfora de un Chile del primer mundo. Como Carlos
Monsiváis, que en los tiempos del gobierno de Carlos Salinas denunció los costos
de la retórica primermundista para un país que se precipitaba, más bien, en las
evidencias; Pedro Lemebel fustiga directamente la implicancia política de esta
patética apuesta triunfalista. Escribe: "Había que demostrar el "milagro
económico" chileno en las veinte mil piruetas del Libro de Guinnes. El despertar
de un país que se levanta con orgullo de garrapata triunfal y que dejó atrás al
Tercer Mundo. Una fonda del extremo sur que renovó su escabeche tricolor por el
pollo rost beef y las hamburguesas sintéticas de los mall, pub, shopping, donde
se remata el hambre consumista. Una hilacha de país que mira sobre el hombro a
sus vecinos pobres. La Meca dollar del continente que habla de tú a tú con el
Mercado Común Europeo. El ejemplo neoliberal para los indios piojosos de
Latinoamérica... Por eso se hizo el "completo" más largo, que medía veinte
kilómteros de tula alemana por la carretera. Casi de mar a cordillera, el
hot-dog gigante dividió al país entre chucrut y ketchup. Y se necesitaron tantos
huevos para la mayonesa, que se llevaron camionadas de gallinas a
Investigaciones donde las picanearon con electricidad para que pusieran más
rápido..."
"Para no ser menos, otra aldea famosa por los dulces empolvados se inscribió con
un alfajor monumental donde se ocupó todo el azúcar que necesita una población
para endulzar su mísero desayuno de un mes... "
"Para justificar los aires fanfarrones de estas competencias, se dice que la
venta del producto va en ayuda de alguna Teletón, un hogar de huérfanos, algún
asilo de ancianos, que reciben las cuatro chauchas de esta limosna publicitaria.
Todo se va vendiendo, trozado, repartido y consumido por el apetito grosero que
proclama su eructo populista de amor a la patria." ("Un país de récords," en
Punto final, Santiago, octubre de 1997).
Pero cito esta crónica en extenso para ilustrar no sólo la vehemencia satírica
sino algo más importante del trabajo del autor: la disputa por el lugar de la
cultura popular. En efecto, esas ceremonias de pantagruelismo municipal, que en
los Estados Unidos son una práctica semirural regionalista (las ferias compiten
por el cerdo de más peso, el zapallo más gigantesco, etc.), parecen más bien una
manipulación mediática de la cultura de la plaza pública; y el derroche que
exhiben resulta un ritual no sólo dispendioso sino vacío. Reveladoramente, el
cronista acera su sarcasmo porque ya no se trata solamente del espectáculo y la
trashumancia; se trata ahora del espacio de la cultura popular, de por sí
marginalizado, de pronto ocupado por estas ceremonias de contrasentido.
No es casual, entonces, que esta crónica chilena apuntale una economía simbólica
de la preservación cultural (que asegura la función nutritiva de la memoria
popular) y de la comunicación horizontal (que gesta el diálogo democratizador de
la plaza pública, de su versión callejera). Tampoco es casual que coincida en
ello con gestos paralelos de Carlos Monsiváis y Edgardo Rodriguez Juliá, los
otros grandes cronistas de la postmodernidad latinoamericana, que Jean Franco
sumó, con justicia, a Lemebel, el tercio incluído de este triunvirato de
elocuencia y bravura.
Estas puestas en duda de las clasificaciones de la estadística y del gigantismo
banal de la competencia, son más que simples críticas al archivo estatal y su
programa; son verdaderas disputas por la construcción de la objetividad. Su
valor político está situado en lo cotidiano específico, su valor cultural
afirmado en el espacio abierto de la plaza pública, su persuasión moral
planteada como transparencia crítica. Estas adhesiones y pertenencias vienen de
lejos, reverberan en estos gestos ligeramente pintureros, y siguen de largo en
pos del lector.
Dicho de otro modo, Pedro Lemebel es un escritor que, extraordinariamente, dice
lo que piensa.
Dice más, claro, porque la marginalidad herida aduce también lo suyo en estas
crónicas de desamor. Su segundo libro, Loco afán, Crónicas de Sidario (1996) es
aún más inquisitivo, y si bien abandona el barroquismo preciosista del epíteto y
la hipérbole, gana en inmediatez y familiaridad. Se trata, ahora, de la urgencia
del deseo (que construye una vida alterna a la normatividad) y de la muerte por
sida (que borra la inmunidad como si tachara al lenguaje mismo). Entre el
espectáculo del deseo y la ceremonia de la muerte, buena parte de estas crónicas
registran la lucha por sostener el lugar desde donde tanto el placer como la
agonía puedan ser vistos de frente, procesados por un diálogo afectivo y maduro.
Pero si ello forma parte de la estrategia proposicional de la crónica (donde el
agente del relato convoca otra temporalidad, hecha en la duración del
espectáculo), lo que no podríamos prever es el humor con que el cronista sería
capaz de rizarle el rizo a la Parca.
Así, en esta apoteosis del deseo (de "loco afán") emergen dos otros rasgos de la
escritura de Lemebel: primero, su capacidad para el grotesco; y, segundo, su
búsqueda de un exceso expresivo, capaz de exorcisar la densidad semántica y
privilegiar el acuerdo elemental sobre los hechos. Como Luis Rafael Sánchez,
Lemebel hace del grotesco una "épica descalza," es decir, una lírica con calle.
Como en la prosa porosa del puertorriqueño, varias hablas orales se interpolan
en la crónica del chileno: el eros tiene esa vehemencia de voces henchidas,
escanciadas y silabeadas, que cruzan en voz alta su arrebato tenso, su juego
retórico y tentativo. Ese juego demanda el exceso, fractura la mesura, arriesga
los límites. Recorriendo, así, lo patético pero también lo cómico, el lenguaje
abre lo público en lo privado, y viceversa; porque la crónica es el género de
los entrecruzamientos (analogías de lo diferente), de la hibridez (antítesis de
lo semejante), de la mezcla (travestismo de lo uno en lo otro). Contra la
normatividad burguesa que territorializa los espacios cerrados contra los
abiertos, los privados fuera de los públicos, la apoteosis lemebeliana es
carnavalesca (rebajadora), relativista (escéptica) y celebratoria (religadora).
En "Los mil nombres de María Camaleón" (un nombre de por sí emblemático del
poeta de los mil colores y ninguno), leemos lo siguiente: "Así, el asunto de los
nombres, no se arregla solamente con el femenino de Carlos; existe una gran
alegoría barroca que empluma, enfiesta, traviste, disfraza, teatraliza o castiga
la identidad a través del sobrenombre. Toda una narrativa popular del loquerío
que elige seudónimos en el firmamento estelar del cine. "
Y luego: "En fin, para todo existe una metáfora que ridiculiza embelleciendo la
falla, la hace propia, única."
Todo lo cual sugiere que el nombre multiplicado dirime en el cuerpo del lenguaje
la probibición del cuerpo transgresivo: contra la reducción del habla que lo
condena, sanciona, persigue y victimiza, este derroche nominal transfiere este
cuerpo a la zona acrecentada de significación permutante, donde la identidad es
una máscara y el sujeto una mascarada. Las palabras que sobredicen le dan una
ruta sustitutiva, no sólo compensatoria, donde hasta lo grotesco es decorado y
mejorado. La cultura del margen se acrece en ese trabajo restitutivo.
Otra crónica, "El último beso de Loba Lamar" narra la muerte de una loca sidosa,
y para alarma del lector se trata de una de las muertes más comicas de la
literatura más trágica. Las amigas peleando con el rigor mortis para que la cara
de la difunta venza a la muerte con el gesto de un beso, suma el grotesco, el
exceso y la comedia. Esto es, el barroquismo festivo de Pedro Lemebel renombra a
la muerte desde el eros nomádico.
Fuente:
letras.s5.com
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"Culo
y corazón nunca me han faltado"
Pedro Lemebel, "escritor, cronista y performer" y
sus escritos sobre ciudades sin calma.
El cronista chileno anticipa fragmentos de Eres mío niña, que leyó en el II
Encuentro de Pensamiento Urbano (2006), produciendo un revuelo en la sala
atestada y reivindicando la definición de Roberto Bolaño, quien lo señaló como
"El mejor poeta de mi generación".
Por Julián Gorodischer
La corte de seguidores no lo apabulla: aunque se queje de no tener traductores
locales y no haya fecha, todavía, para la edición local de sus crónicas de Adiós
mariquita linda, el chileno Pedro Lemebel acredita una multitud de fanáticos en
Buenos Aires, que esta vez le reclaman la firmita sobre una novela de Roberto
Arlt (¿?), un pañuelo de papel, su propia novela Tengo miedo, torero y su libro
Loco afán. "Escritor, cronista y performer" lo define el programa del II
Encuentro de Pensamiento Urbano del gobierno porteño, que lo invitó a
conferenciar en el Teatro San Martín sobre "cronistas de lo ajeno". La
refundación de la crónica –quedará claro después– necesita cerrar filas: aquí se
dejará afuera al periodista de pelotón, ese cronista beige que –dirá Lemebel–
"tiene que dar cinco vueltas sobre sí mismo" para absorber un aroma cualquiera.
Si como afirma la escritora María Moreno (a cargo de las presentaciones), "la
crónica, ese género más o menos vituperado en pos de la gran investigación y el
periodismo escrache, vuelve a estar de moda", Lemebel es el padre de esta
flamante generación de narradores: ni cronista zumbón ni pequeño héroe de los
suburbios, enemigo de la crónica como espejo de la realidad e involucrado en la
cruzada por la visibilidad de travestis y "maricones" sin reservarse ni un
rinconcito de intimidad, como quedará claro después de su lectura de la crónica
inédita en la Argentina Eres mío niña.
El mercado local de la crónica –si lo hay– parece más interesado en la no
ficción angloparlante (desde Robert Greenfield viajando con los Rolling Stones a
las entrevistas-performance de Chuck Palahniuk) que en las descarnadas historias
de sidarios y prostíbulos de un cronista que logró canibalizar –según Moreno–
todos los estilos latinoamericanos. La opción es escucharlo interpretar,
acompasado por la música de rap a tono con su relato de "intercambio de fluidos"
entre el narrador y un joven rapper chileno, como si lo estuviera viviendo en el
recuerdo y celebrado con tres ovaciones inducidas por su amigo y guía porteño,
el poeta Fernando Noy, desde la platea y al grito reiterado de ¡Qué diva!.
"Error de género, verdad del deseo", da el pie María Moreno para que comience el
show de Eres mío niña (de la cual se anticipan aquí algunos fragmentos):
Casi al alba lo tropecé, Alameda abajo, orilleando la cuneta de un bostezo.
Agachado en el suelo, buscaba cortas de cigarrillos, esos filtros a medio
consumir que arrojan los fumadores cuando suben a un micro. De lejos era un
chico hip hop con la pretina del ancho jean bailándole en sus estrechas
caderas... ¿En qué andas a esta hora?, dije al azar, mirando el lomo
cordillerano recortado por el amanecer. Aquí ando, cagándome de frío, buscando
money y camita caliente, murmuró evaporando las letras de su entumido fumar.
¿Cuánto me cobras? ¿Por qué?, preguntó, bajando la cabeza rapada con cintillo NY
que coronaba sus ilusiones. Por acostarte conmigo....
Las crónicas del nuevo libro de Lemebel, continuidad perfecta de sus anteriores
relatos de Loco afán y De perlas y cicatrices, trazan una geografía de los
márgenes: discotecas, callejones sin salida, prostíbulos, sexo oral a punta de
navaja, masturbación al perro, redadas y resistencias a la dictadura
pinochetista, enfrentamiento y sumisión a la agresión callejera, encantos y
frivolidad del agrupamiento en un gay town... Pero las de Adiós mariquita linda
podrían ser un grupo aparte que "hace sistema –categoriza en diálogo con
Página/12– con un peregrinar inmigrante hacia Santiago, que es como la capital
del dinero, como la Babel. Tenemos mucha música peruana, mucho deseo peruano,
mucha comida peruana. Y le hace bien a mi ciudad esa inmigrancia; la transforma
en un deseo plural... Quién más que yo para protagonizar las crónicas... Culo y
corazón nunca me hanfaltado". Y así se hará: el cronista se atribuye los vicios,
pecados y virtudes de las faunas de sus relatos.
–Escribirlas fue sacarme esa espina de la migrancia, porque yo también estuve
acá en Buenos Aires de inmigrante en otro tiempo, vendiendo chucherías y
pañuelos gatito aquí afuera en la puerta del San Martín. He pasado aquí mucho
tiempo, y nadie me cogió. Por fea he tenido que pagar impuesto en esta ciudad de
los hombres tan lindos. Después he tenido mi revancha, un poquito.
Mientras se zampaba el único pan añejo que habían dejado los ratones antes de
marcharse, lo escuché tararear una frase musical que acompañaba con un chasquido
de dedos. Y luego sacó de su mochila un arsenal de casetes que puso en el
equipo, y allí comenzó la pesadilla del rap concert... Parecía un muñeco
fracturado en el vaivén elástico de su breakdance. Por el show no te voy a
cobrar, va de regalo. Es fácil, ¿querís aprender? No creo que pueda, ya estoy un
poco vieja, ya no bailo... me baila, agregué con algo de pudor. EeEeeeeeepa, jua
jua jua, no creo que este pedazo te baile sonrió tocándose la entrepierna, otra
vez dura... Eres mío, niña, creí escuchar en el ensamble apasionado de su
acezar. Eso parece una letra de rap, dije interrumpiendo el concentrado balance.
Pero él ya no me oía, estaba en éxtasis, ametrallándome con la catarata seminal
de su eléctrico punzón.
La ciudad de Eres mío niña, o de cualquier otra crónica de Lemebel, no se filtra
como escenario de la acción, sino como entidad autónoma. "Santiago, ciudad que
cambia permanentemente –dice– para parecerse a Manhattan, pero como de telgopor,
como una escenografía. En esa ciudad no se habla del aborto, y la Ley del
Divorcio salió con fórceps. Los maricones tenemos un barrio... Allá sobra la
plata; es una ciudad triunfal. Y yo vivía en unos bloques periféricos de las
afueras de Santiago. Cuando me llegó la fama, me fui al gay town."
¿Barroco?, le preguntan interceptándolo en un pasillo, única forma de capturar
su atención por segundos. "Agrégale caca, marihuana y un poco de deseo
homoerótico." ¿Y sobre Buenos Aires? ¿Qué narraría? "Siempre voy a volver. Pero
ya no es por la estética de los machos; son los afectos", dice rodeado de
festejantes. "Tengo una historia animaleja con un perro, que ni San Francisco de
Asís lo pensó. Se llama Noche Coyote, y cuenta la masturbación que le hice a un
perro, pobrecillo, que estaba ahí tirado a la noche como yo. Por qué no le iba a
dar un placer al pobre perro muerto de frío. Fogwill, el escritor argentino, me
dijo: Y solamente una paja le hiciste a ese pobre perro, ¡mezquino!"
–¿Pero eso ocurrió en Buenos Aires?
–No, en Santiago.
–Le preguntaba por Buenos Aires...
–Bueno, contaría historias de la avenida Santa Fe. O de la zona de los taxi
boys. No hay un lugar concentrado porque está todo más estallado. En cada barrio
hay pequeños gay towns. Cada casita es un pequeño gay town, con sus florcitas...
Lo dejé ir sabiendo que la libertad del péndex era su equipaje, su más preciado
tesoro... Alguna convivencia gay y burguesa se veía venir, y los dos nos
aterramos de ese futuro. Por eso, después de un tiempo de Penélope esperante,
guardé su letra de rap, sus dibujos graffiteros y, noctámbula como siempre,
regresé al callejón insomne de las marilobas. Y ahí, en esa penumbra estoy
ahora, como perra canosa, rastreando los rincones orinados por si percibo en el
rosal del aire la huella herida de su bamboleante caminar.
Como si la prosa leída ilustrara el sonido del hip hop en el ambiente, la
lectura de Eres mío niña lo consagra como un "inspirado", según le dedica la
escritora Matilde Sánchez (ver aparte). El suyo es el contraste entre "los
lugares sitiados por la dictadura –define María Moreno– y los marcados por la
resistencia... En una parte, drama y destrucción; en otra, un maná estético". El
termina su crónica leída dando prueba de aquella definición que le regaló el
escritor Roberto Bolaño, su compatriota: "El mejor poeta de mi generación", lo
llamó.
Fuente: Página/12, 31/08/06
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Pedro
Lemebel, en su mejor momento
Mi hombría no la recibí del partido
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"Viviré acá cuando autoricen el casamiento homosexual"
Fuente: Peru21
http://peru.indymedia.org
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Los
diamantes son eternos
(Frívolas, cadavéricas y ambulantes)
...En el ghetto homosexual siempre se sabe quién es VIH positivo, los rumores
corren rápido, las carteras que se abren de improviso, los papeles y remedios
tirados por el suelo. Y no falta la intrusa que ayuda a recoger preguntando: ¿Y
ese certificado médico y pastillas?. ¿Y estas jeringas niña?. No me digas que
eres adicta.
En estos lugares, donde anida fugaz la juerga coliza: organizaciones para la
prevención, movimientos políticos reivindicativos, eventos culturales, desfiles
de modas, peluquerías y discotheques, nunca falta la indirecta, la talla, el
conchazo que vocea alaraco la palidez repentina de la amiga que viene entrando.
¡Te queda regio el sarcoma linda!, Así, los enfermos se confunden con los sanos
y el estigma sidático pasa por una cotidianeidad de club, por una familiaridad
compinche que frivoliza el drama. Y esta forma de enfrentar la epidemia,
pareciera ser el mejor antídoto para la depresión y la soledad, que en última
instancia es lo que termina por destruir al infectado.
En uno de estos lugares, al calor delirante de la farra marucha, es fácil
encontrar una loca positiva que acceda a contestar algunas preguntas sobre el
tema, sin la mascarada cristiana de la entrevista televisiva, sin ese tono
masculino que adoptan los enfermos frente a las cámaras, para no ser segregados
doblemente. Más bien jugando un poco con el aura star de la epidemia, así,
revertir el testimonio, el indigno interrogatorio que siempre coloca en el
banquillo de los acusados al homosexual portador.
¿Por qué portador?
- Tiene que ver con puerta.
¿Cómo es eso?
- La mía es una reja, pero no de cárcel ni de encierro. Es una reja de jardín
llena de florcitas y pájaros.
¿Barroca?
- No sé lo que es eso, pero puede ser, una verja llena de cardenales.
¿Y donde conduce?
- Al jardín del amor.
¿Se abre?
- Siempre está abierta de par en par.
¿Y qué hay en el jardín?
- Un asiento también de fierro, igual que la reja llena de...
Pájaros y florcitas
- Y también corazones.
¿Partidos?
- Bueno un poquito, alguna trizadura por aquí, otra por acá, pero sin flechas.
Eso del angelito cupido es cuento hétero, en vez de flechas, jeringas.
¡Huy qué heavy!
- ¿Qué tanto? Si los pinchazos ahora me excitan.
Bueno, estábamos en el amor. El jardín portador del amor. ¿No crees que te
corres del tema?
- Siempre, nunca tienen que saber lo que estás pensando.
¿En qué estás pensando?
- Yo no pienso, soy una muñeca parlante. Como esas Barbys que dicen I love you.
¿Hablas inglés?
- El SIDA habla inglés.
¿Cómo es eso?
- Tu dices Darling, I must die, y no lo sientes, no sientes lo que dices, no te
duele, repites la propaganda gringa. A ellos les duele.
¿Y a tí?
- Casi nada, hay muchas cosas por las que vivir. El mismo SIDA es una razón para
vivir. Yo tengo Sida y eso es una razón para amar la vida. La gente sana no
tiene por qué amar la vida, y cada minuto se les escapa como una cañería rota.
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Homoeróticas
urbanas
(o apuntes prófugos de un pétalo coliflor)
..........De escrituras urbanas y grafías corpóreas que en su agitado
desplazamiento discurren su manuscrito. La ciudad testifica estos recorridos en
el apunte peatonal que altera las rutas con la pulsión dionisiaca del desvío. La
ciudad redobla su imaginario civil en el culebreo alocado que hurga en los
rincones del deseo proscrito. La ciudad estática se duplica móvil en la
voltereta cola del rito paseante que al homosexual aventurero convoca. La calle
sudaca y sus relumbros arribistas de neón neoyorkino, se hermana en la fiebre
homoerótica que en su zigzagueo voluptuoso replantea el destino de su continuo
güeviar. La maricada gitanea la vereda y deviene gesto, deviene beso, deviene
ave, aletear de pestaña, ojeada nerviosa por el causeo de cuerpos masculinos,
expuestos, marmoleados por la rigidez del sexo en la mezclilla que contiene sus
presas. La ciudad, si no existe, la inventa el bambolear homosexuado que en el
flirteo del amor erecto amapola su vicio. El plano de la city puede ser su
página, su bitácora ardiente que en el callejear acezante se hace texto,
testimonio documental, apunte iletrado que el tráfago consume. Más bien lo
plagia, y lo despide en el disparate coliza de ir quebrando mundos, como huevos,
en el plateado asfalto del entumido anochecer.
..........Acaso tal despliegue de energía no se place sólo en el amancebado
culeo del pretérito encuentro. La flama busquilla de la marica relampaguea
siempre en presente y equivoca su captura en el espejo cambiante de su sombra.
La ciudad se lo perdona, la ciudad se lo permite, la ciudad la resbala en el
taconeo suelto que pifia la identidad con la errancia de su crónica rosa. Una
escritura vivencial del cuerpo deseante, que en su oleaje temperado, palpa, roza
y esquiva los gestos sedentarios en los ríos de la urbe que no van a ningún mar.
Un carreteo violáceo del patinaje, la yirada, el vitrineo o el cambiarse de
local en cada vuelta de esquina, y este despiste, esta mariguancia teatrera, es
el viso tornasol que dificulta su fichaje, su cosmética prófuga siempre
dispuesta a traicionar el empadronamiento oficial que pestañea al compas de los
semáforos dirigiendo el control ciudad-ano.
..........La vida en la city moderna, traiciona el avatar sorpresivo del
instante con las sendas planificadasde su calendarizado tedio. Para la loca, el
mañana es un cuento demasiado literario que la sumerge en un bostezo aburrido.
El minuto futuro que hace correr al oficinista para ver el noticiario, es un
aguachento después que ella sabe, conoce su olor reiterado que la detiene a
pensar-se, a darse cuenta de lo que es, a sentar cabeza como le decía su padre.
Una depre que estanca su intensidad movediza y la fija al territorio de la
ideología sujetándola a la cínica civilidad, como un insecto pegado a un papel
matamoscas. Quizás, la ideología tenga que ver con la búsqueda de la piedra
filosofal, la joya auténtica, o ese fulgor de lucidez por el que los hombres
venden hasta su madre. Pero a estas alturas del siglo, "los diamantes ya no son
eternos", y el príncipe no era tan valiente, era pura pantalla su lucha utópica
con el dragón de la injusticia, era puro bluf su cuento de la defensa del débil,
y al final terminó enredado en las sábanas neoliberales del "gigante egoista".
Al final, la princesa tuvo que apechugar con las causas perdidas. Y de pérdida
en pérdida, siguió machacando sola la ruindad burguesa que enmugrece las calles.
Huérfana de norte y sueños sureños, la loca desprecia la brújula. Su destino
engalana el deseo y lo hierve acalorado en las púas del eriazo. La marica, allí,
cree que lo encuentra y lo mama, lo atraca y lo deja partir apenas archivado en
su abanico manoteado de abrazos.
.........El despiste arrebata su huella del mapa vigilante, la desaparece el
rápido volaje del "casi no me acuerdo" que repite apurada. El mismo casi recién
de esa escena olvidada en el chupeteo glande llenándole la boca. Esa boca loca
del placer lenguado que sorbe pero no traga. Esa boca nómade que garabatea las
vocales de un sexo urbano con la baba de la beba sodomita. Así, de falo en falo,
la acrobacia de la loca salta de trapecio en trapecio. Apenas cebado un hombre,
lo suelta para repetirse incansable "no al amor, sí al casi ni me acuerdo". La
memoria maricola es tan frágil en el cristal de su copa vacía, su vaga historia
salpica la ciudad y se evapora en la lujuria cancionera de su pentagrama
transeúnte.
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Tengo miedo torero
Al entrar, escuchó la aguja del pic-up chirriando sorda al final del disco, y
más allá, tirado como un largo riel sobre los almohadones, Carlos roncaba
profundamente por los fuertes ventoleros de su boca abierta. Una de sus piernas
se estiraba en el arqueo leve del reposo y la otra, colgando del diván, ofrecía
el epicentro abultado de su paquetón tenso por el brillo del cierre eclair, a
medio abrir, a medio descorrer en ese ojal ribeteado por los dientes de bronce
del marrueco, donde se podía ver la pretina elástica de un calzoncillo coronado
por los rizos negros de la pendejada varonil. Sólo un pequeño fragmento de
estómago latía apretado por la hebilla del cinturón, una mínima isla de piel
sombreada por el matorral del pubis en el mar cobalto del drapeado blujin. Tuvo
que sentarse ahogada por el éxtasis de la escena, tuvo que tomar aire para no
sucumbir al vacío del desmayo frente a esa estética erotisada por la embriaguez.
Allí estaba, desprotegido, pavorosamente expuesto en su dulce letargo infantil,
ese cuerpo amado, esa carne inalcanzable tantas veces esfumándose en la vigilia
de su arrebato amoroso. Ahí lo tenía, al alcance de la mano para su entera
contemplación, para recorrerle centímetro a centímetro con sus ojos de vieja
oruga reptando sedosa por el nervio aceituno del cuello plegado como una cinta.
Ahí se le entregaba borracho como una puta de puerto para que las yemas
legañosas de su mirar lo acariciaran a la distancia, en ese tacto de ojos, en
ese aliento de ojos vaporizando el beso intangible en sus tetillas quiltras,
violáceas, húmedas, bajo la transparencia camisera del algodón. Ahí, a sólo un
metro, podía verlo abierto de piernas, macizo en la estilizada corcova de la
ingle arrojándole su muñón veinteañero, ofreciéndole ese saurio enguantado por
la mezclilla áspera que enfundaba sus muslos. Parece un dios indio, arrullado,
por las palmas de la selva, pensó. Un guerrero soñador que se da descanso en el
combate, una tentación inevitable para una loca sedienta de sexo tierno como
ella, hipnotizada, enloquecida por esa atmósfera rancia de pecado y pasión. No
lo pensaba, ni lo sentía cuando su manogaviota alisó el aire que la separaba de
ese manjar, su mano mariposa que la dejó flotar ingrávida sobre el estrecho
territorio de las caderas, sus dedos avispas posándose levísimos en el carro
metálico del cierre eclair para bajarlo, para descorrerlo sin ruido con la
suavidad de quien deshilacha una tela sin despertar al arácnido. No lo pensaba,
ni siquiera cabía el nerviosismo en ese oficio de relojero, aflojando con el
roce de un pétalo la envoltura apretada de ese lagarto somnotiento. Ni lo
pensaba, dejándose arrastrar abismo abajo, marrueco abajo hasta liberar de
ataduras ese tronco blando que moldeaba su anatomía de perno carnal bajo la alba
mortaja del calzoncillo. Y ahí estaba por fin, a sólo unos centímetros de su
nariz ese bebé en pañales rezumando a detergente. Ese músculo tan deseado de
Carlos durmiendo tan inocente, estremecido a ratos por el amasijo delicado de su
miembro yerto. En su cabeza de loca dudosa no cabía la culpa, este era un oficio
de amor que alivianaba a esa momia de sus vendas. Con infinita dulzura deslizó
la mano entre el estómago y el elástico del slip, hasta tomar como una porcelana
el cuerpo tibio de ese nene en reposo. Apenas lo acunó en su palma y lo extrajo
a la luz tenue de la pieza, se desenrolló en toda su extensión la crecida
guagua-boa, que al salir de la bolsa, se soltó como un látigo. Tal longitud,
excedía con creces lo imaginado y a pesar de lo lánguido, el guarapo exhibía la
robustez de un trofeo de guerra, un grueso dedo sin uña que pedía a gritos una
boca que anillara su amoratado glande. Y la loca así lo hizo, secándose la placa
de dientes, se mojó los labios con saliva para resbalar sin trabas ese péndulo
que campaneó en sus encías huecas. En la concavidad húmeda lo sintió chapotear,
moverse, despertar, corcoveando agradecido de ese franeleo lingual. Es un
trabajo de amor, reflexionaba al escuchar la respiración agitada de Carlos en la
inconciencia etítica. No podría ser otra cosa, pensó, al sentir en el paladar el
pálpito de ese animalito huacho recobrando la vida. Con la finura de una geisha,
lo empuñó extrayéndolo de su boca, lo miró erguirse frente a su cara, y con la
lengua afilada en una flecha, dibujó con un cosquilleo baboso el aro mora de la
calva reluciente. Es un arte de amor, se repetía incansable, oliendo los vapores
de macho etrusco que exhalaba ese hongo lunar. Las mujeres no saben de esto,
supuso, ellas lo chupan, en cambio las locas elaboran un bordado cantante en la
sinfonía de su mamar. Las mujeres succionan nada más, en tanto la boca loca
primero aureola de vaho el ajuar del gesto. La boca loca degusta, y luego trina
su catadura lírica por el micrófono carnal que expande su radiofónica libación.
Es como cantar concluyó, interpretarle a Carlos un himno de amor directo al
corazón. Pero él nunca lo sabrá, le confidenció con tristeza al muñeco erecto
que apretaba en su mano, mirándola tiernamente con su ojo de cíclope tuerto.
Carlos tan borracho y dormido, nunca se va a enterar de su mejor regalo de
cumpleaños, le dijo al títere moreno besando con terciopela suavidad el pequeño
agujero de su boquita japonesa. Y en respuesta el mono solidario, le brindó una
gran lágrima de vidrio para lubricar el canto reseco de su incomprendida
soledad. "ANSIEDAD DE TENERTE EN MIS BRAZOS MUSITANDO PALABRAS DE AMOR ANSIEDAD
DE TENER TUS ENCANTOS Y EN LA BOCA VOLVERTE A BESAR".
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Manifiesto (hablo por mi diferencia )
No soy Passolini pidiendo explicaciones
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como el barco del General Ibañez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeandonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted
que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice :
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Super-buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrilazo de la CNI
lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseño la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y esa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subersvo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.
[Este texto fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en
Septiembre de 1986, en Santiago de Chile.]
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El
incesto cultural del familión chileno o las
erres y las zetas de un paisaje feliz
Como si el reloj de la historia hubiera retrocedido a los años de empingorotada
alcurnia, por allá cerca del cuarenta. Cuando la capital era un revoloteo de
familias rancias, emparentadas todas entre sí por las zetas y erres del apellido
paltón.
Y era costumbre preguntar ¿Usted pertenece a los Anguita de Aculeo o a los
Aninat de Polpaico? Porque en ese Santiago de reaccionario provincianismo, la
fetidez incestuosa de la burguesía, hermanaba en espiral de cola de chancho a la
clase política, la nata cultural y el ocio platudo de ese ghetto chilensis que
se miraba narciso en las páginas del Zig-Zag, donde los aristogatos satisfacían
su ombliguismo social.
Actualmente esa misma decadente descendencia se pavonea en el entablado público
de esta enclenque democracia, porque las redes de comunicación masiva están en
poder de la garra de una derecha económica que excede su "Agarra Aguirre" hasta
el "Agarra Larraín" o "Agarra Edwards", multiplicando el sermón putifrunci del
abolengo familiar, que cada domingo en El Mercurio, luce su nariz respingada en
la foto del cóctel de la vida social. El escenario público donde el país se
reconcilia con una copa de champaña en la mano mordiendo un canapé tricolor.
Allí, en este álbum de monitos con derecho a voz y opinión en el Chile
democrático, es posible encontrarse con esta fauna político cultural que
empapela el día a día de la tele magazine y las revistas pituzas. El puñado de
rostros blancuchentos, refinados por la cosmética de la compostura, o por el
aclarado de mechas e ideas que sutilmente blanquean el acontecer nacional. Ahí,
en la franja estético-atontada del Chile público, hace nata el familión paltón
que opina de todo, el familión chileno, que en su incesto patrio produce de
todo: políticos, músicos, curas, modelos, escritores, viejas solteronas, y hasta
un mariposuelo camuflado bajo corbata varonil de estos tiempos cursis. Como la
familia Chadwick, la familia Aylwin, la familia Frei, la familia Alessandri, la
familia Gumucio, o la familia Piñera, tan prolífica y numerosa como un panfleto
anti aborto, pero en papel couché y auspiciado por la beca Andes.
La familia Piñera, una de las pocas con derecho a reproducir la moral liberal a
través del variado espectro político del que se jacta poseer sentado en la mesa
del almuerzo dominguero. Desde la extrema derecha economista (remember
Pinochet), pasando a Woodstock made in Arrayán del Miguelito, hasta un candidato
presidencial que engordó sus arcas en los mejores años de la mordaza y el
horror. Tenemos de todas las tendencias políticas, repiten a coro desde su
mediagua cachagüina, cuando todos sabemos que lo más de izquierda que tiene la
familia Piñera, es un demócrata cristiano con cara de hostia.
Así, los conceptos patria, orden y resguardo familiar, les llenan la boca a los
propagandistas de esta carbonada parentela que aliña sus complicidades en la
vitrina sofisticada del cóctel, del seminario, de la exposición de pintura de la
CTC, no importa que sea de Guayasamín, Balmes o Matta, porque allí reunido el
compadrazgo chilensis, al resplandor de los flashes, da lo mismo codearse con la
milicada facista, con el socialismo reciclado, con el exilio perfumado a ciénaga
parisina, y ver respirando el mismo aire, los mismos humos, al presidente Lagos,
a Hortensia Bussi, y a Lucía Pinochet H., que muy cocoroca cree que puede estar
en todas las galas del arte, incluso en la de Matta, porque en el gobierno de su
papi se ganó ese derecho cultural.
Quizás, luego de revoluciones populares, dictaduras fachas y transiciones con
faja militar, en estos encuentros que avalan el arte y la cultura, se mezclan
memoria y amnesia en el mismo trago amargo que sirven los mozos del evento. Tal
vez de esta misma forma, la tradición familiona recrudece en la recomendación
apitutada de los apellidos. Y para comprender mejor este mapa político-cultural
del acomodo y la nominación laboral por estatus, hay que saber que ese connotado
escritor vanguardista, es hijo de Julita Astaburuaga, una dama larga y cerosa
como vela de misa pascual, star top de la risa con puchero mezquino que babea
las revistas cuicas, y su único merito, aparte de ser finísima de pelo largo, es
haber sido casada con un diplomático y que a su vez, ese señor de derecha,
evidente, "si pos ñato", es tío de un ex mirista, que por los años sesenta,
avergonzó a su regia parentela al sumarse al ardor revolucionario del Mir, esa
escalada guerrillera que embruja a las ovejas rojas de la realeza nacional. Y
fueron muchos los estudiantes universitarios, artistas, hippies de la high
society, que descarrilaron su futuro acomodado por el enamoramiento del cambio
social. Sin duda, los sesenta produjo un revoltijo de clases en la apuesta
generosa de estos chicos patricios que transaron su perfumado estatus por el
hedor de la pobla. De esa desprejuiciada entrega política, quedaron muertes,
rostros desaparecidos en las fotos del linaje tradicional. Apellidos ilustres,
estampados dolorosamente en el informe Rettig, no son muchos, apenas un puñado
de zetas y erres reivindicadas en el arreo colectivo de la raza proletaria
aniquilada en la matanza. Quizás hoy, habría que preguntarse: ¿Qué lugar ocupan
éstas víctimas en el álbum familiar de la derecha? ¿Cómo la burguesía chilena
reconstruye su árbol genealógico teniendo, a su pesar, estos vacíos del crimen y
la desaparición? Es posible que algunos de estos casos sean doblemente
desaparecidos, innombrables paréntesis mudos en la animada charla de la mesa
dominical de los Jarpas, Larraines, Alessandris y Ortúzares. Huecos legales,
olvidados a presión, ocultos por el qué diran, negados por la complicidad
ricachona con el fascismo de la dictadura militar.
Así, la foto pública de la familia nacional, estampa el acontecer con su
protagonismo estelar. Los elegidos, los clanes de papis, tíos, sobrinos y
madrinas que arman su genealogía pública, estirada y oportunista. El resto de
país, puede podrirse en el anonimato de sus sueños. El resto de país puede
seguir hipnotizado por la farsa comunicacional de la tele y su esquizofrénica
actualidad de consumo. Mientras sea así, mientras se crea que el concepto de
progreso-familia y futuro son un paraíso, una Polla Gol, o un Kino millonario
manejado por el zapping, el resto de país puede seguir siendo un resto, un
rastro, un rostro difuso clavado en el pecho de un familiar de detenido
desaparecido, que a tantos años de golpear puertas de juzgados y tribunales, se
convirtió en el retrato huérfano de la gran familia chilena. La parentela
chilena que ronronea cautiva el incesto avergonzado de su convivencia.
Fuente:
Rocinante, Junio 2000.
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Caupolicán
(o la virilidad empalada del alma araucana)
Despelucada por la historia, la leyenda del toqui pareciera confundirse en el
ramaje difuso de una Biblia patria, de una bitácora testimonial donde impuso su
verdad el puño del alfabeto castizo. Entonces, relatar un nombre o desterrar a
un personaje autenticado a medias, relatado a la distancia por la crónica
oportunista del lego español, supone articular esa distancia y relativizar las
versiones que han hecho de su existencia un mito, una fugaz presencia entre el
humo, los alaridos y la espesa vegetación donde se dió la Guerra de Arauco.
Supone quizás, dudar de las estampas literarias que sólo lo autentican por su
valentía y arrojo "cabalgando de capa roja en el potro blanco de Pedro de
Valdivia, con la ropa interior del conquistador en la punta de la lanza,
aseguraba que él le había dado muerte" al centauro de lata y por eso las prendas
íntimas de Peyuco eran su botín con olor a pata, peo, poto y verijas del
extranjero; relata Encina, sugiriendo algo más que la relación de conquistador a
conquistado. Tal vez, reiterando el cuento de dioses blancos vestidos de sedas,
cueros y metales que deslumbraron al rotoso pueblo araucano.
Es difícil hacer una crónica de este personaje sin contaminarse de la imprecisa
narrativa que corre sobre Caupolicán, la suma de supuestos, imposibles de
verificar, o la vocería popular del chisme donde se reconstruyen cientos de
caupolicanes que orillan la caricatura, el drama o el chiste. Y en último caso,
el sospechosos argumento que cuenta Ercilla, el autor de "La Araucana", el Poema
de Chile, que metaforiza empalagosamente la bravura y el ingenio viril del
pueblo mapuche. Pero el lírico Alonso solo estuvo de paso por estos peladeros,
tiempo insuficiente para bordar su admirado tapíz épico en que se fundamentaban
casi todas las versiones oficiales que historizan la derrota de un pueblo
arrasado por la conquista. Y pareciera que esta poética reconstrucción de la
masacre fuera el mejor argumento europeo para mirar literariamente la historia.
Pareciera que la historia que se enseña en los colegios acentuara el hilado
estético que suaviza los hechos y ponderara como en un cómic didáctico, "la
gallardía, y la masculinidad tan recia y reacia del alma araucana" (Ercilla).
Actualmente, es difícil imaginar al toqui guerrero sin estropear su nublado
perfil con las alabanzas de los cronistas de la Conquista que redoblan su propio
narciso al ponderar mariconamente la hombría mapuche. Según Encina: "La
sicología reciamente varonil, movió al araucano a admirar a los soldados
españoles que sobresalían por su intrepidez y empuje". Con estas citas se podrá
escribir una versión gay de la Historia de Chile, digo gay porque me refiero a
esa homosexualidad que se da entre machos: el gallito, ese juego tan popular que
traviste en ejrcicio de fuerza la excusa para cogerse las manos (E. Muñoz). Pero
este baile del guapo a guapo, tangueando la conquista y que nos enseñaron en el
colegio, escribe solamente un tratado hombruno de la historia, un espejo de
machos obcecados rivalizando un territorio, peleando la administración del mapa
americano. Un territorio como una cancha de fútbol o chueca donde la mujer
mapuche sólo aparece mencionada en saqueos y violaciones o en la cruza mestiza
del urgimiento boludo del fauno español.
Quizás resulta complejo adentrarse documentadamente en el triste relato de
Caupolicán, alabado por los laureles maruchos de Ercilla, y por lo mismo,
castigado por la caricatura del empalamiento que lo atraviesa enculado por la
pica del coño en la violencia del tormento que todos conocemos. Tal vez, es
irónico pensar que por este castigo los vientos orales lo recuperan y lo
transforman en una versión de San Sebastián chileno sodomizado por terquedad.
"Están tan emperrados con este mal indio de Caupolicán, que otro día envió a
decirme que, aunque fuese con tres indios, me había de matar; y aun desafiándome
en forma como si fuera hombre de gran punto". (Carta al rey por García Hurtado
de Mendoza). Tal vez, cualquier suplicio, común en esos días, no hubiera bastado
para trasladar la epopeya del toqui hasta nuestro tiempo. Y tuvo que ser el
empalamiento, el cuento morboso que lo traslada humillado en lo más íntimo. En
lo más resguardado del macho, la gruta anal donde sintió hondo la pica rajándole
el orto, la entraña y la intestina. Sin exclamar ni un ay, sin decir agua va,
sin mover un músculo, el valiente indio soportó el suplicio. Se dice, se cree. Y
pareciera que de este calvario sin llanto, se valen los cronistas y frailes
copuchentos, para ensalzar la caradura del indio... o mejor dicho, su rajadura.
Puede ser peligroso componer una estampa del héroe de Millarahue, el
generalísimo Caupolicán, luego de tanta leyenda sobre una minoría étnica que no
le dio entrevistas a la historia. Y que con respecto al gran toqui, su popular y
conocido retrato, la escultura que está en el cerro Santa Lucia, fue una copia
de un souvenir vendido en París y que en ese entonces representaba al último
mohicano. Así, si no existe una versión mapuche de su propia historia, y solo la
oralidad de su lengua lo guarda y encapulla con el celo de su atávico secreto,
¿desde dónde extraer su autoría? ¿Desde qué memoria se podría reafirmar o
desmitificar la cárcel extrema sobre la virilidad semental que acuña el escrito
castellano? ¿Desde qué retazo, mestizado por cierto, habría que nombrarlo hoy?
Quizás para esto, deba acudir a mi propia biografía colihue o colipán y
actualizar la memoria desde mis juegos eróticos con hijos de panaderos en la
lejana adolescencia de mi india población. Es posible que desde esas relaciones
íntimas y secretas que tuve con mi pueblo y que permanecieron calladas y
clausuradas en su mutismo ancestral. Pero ese es otro capítulo privado, tal vez
necesario para ahondar un poco más sobre la actual masculinidad de nuevos
caupolicanes, más altos, más claros, con jeans y personal stereo que se llaman
Boris, Walter, Gonzalo o Matías y que bajan la voz cuando dicen su apellido
mapuche, escondiendo timidamente las cenizas castigadas de su brava estirpe.
[Fragmento del libro NEFANDO, Crónicas de un pecado]
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Las joyas del golpe
..... Ocurrió en un sencillo país colgado de la cordillera, con un balcón con
vista al ancho mar. Un país dibujado como una hilacha en el mapa, como una
aletargada culebra de sal, que despertó un día con una matraca en la frente,
escuchando bandos gangosos que repetían: "Todos los ciudadanos deben guardarse
temprano al toque de queda y no exponerse a la mansalva terrorista". Sucedió los
primeros meses después del once, en los jolgorios victoriosos del aletazo
golpista, cuando los vencidos andaban huyendo y ocultando gente y llevando gente
y salvando gente. A una cabeza uniformada se le ocurrió organizar una campaña de
donativos para ayudar al gobierno. La idea, seguramente, copiada de "Lo que el
viento se llevó" o de algún panfleto fascista, convocaba al pueblo a recuperar
las arcas fiscales colaborando con joyas para reconstruir el patrimonio
nacional, arrasado por la "farra upelienta", decían las damas rubias en sus
té-canastas, organizando rifas y kermeses para ayudar a Augusto, para sacarlo
adelante en su heroica gestión. Para demostrarle al mundo entero que el golpe
sólo había sido una palmada eléctrica en la nalga de un niño mañoso. El resto
eran calumnias del marxismo internacional, que envidiaban a Augusto y a los
miembros de la junta, porque supieron ponerse los pantalones y terminar de un
guaracazo con esa orgía de rotos. Por eso, si usted apoyó el pronunciamiento
militar, vaya pronunciándose con algo, vaya poniéndose con un anillito, con un
collar, lo que sea. Vaya donando un prendedor o la alhaja de su abuela, decía la
Mimí Barrenechea, la emperifollada esposa de un almirante, la promotora más
entusiasta con la campaña de regalos en oro y platino que recibía en el Palacio
de Bellas Artes, en la gala organizada por las damas de celeste, verde y rosa
que corrían como gallinas cluecas recibiendo los obsequios. A cambio, el
gobierno militar entregaba una piocha de lata, fabricada en la Casa de Moneda,
por la histórica cooperación. Porque con el gasto de tropas y balas, para
recuperar la libertad, el país se quedó en la ruina, agregaba la Mimí para
convencer a las mujeres ricachas que entregaban sus argollas matrimoniales a
cambio de un anillo de cobre, de Chuquicamata, que en poco tiempo les dejaba el
dedo verde como un mohoso recuerdo de su patriota generosidad.
..... En aquella gala estaba toda la prensa, aunque sólo bastaba con "El
Mercurio" y Televisión Nacional mostrando a los famosos que hacían cola para
entregar el collar de brillantes que la familia guardó por generaciones como
cáliz sagrado, le herencia patrimonial que la Mimí Barrenechea recibía
emocionada, diciéndoles a sus amigas aristócratas: "Esto es hacer patria,
chiquillas". Les gritaba eufórica a las mismas veterrugas de pelo ceniza que la
habían acompañado a tocar cacerolas frente a los regimientos, las mismas que la
ayudaban en los cócteles de la Escuela Militar, en el Club de la Unión o en la
misma casa de la Mimí, juntando la millonaria limosna para el ejército. Por eso,
por aquí Consuelo, por acá Pía Ignacia, repiqueteaba la señora Barrenechea
llenando las canastillas timbradas con el escudo nacional, y a su paso simpático
y paltón caían las zarandajas de oro, platino, rubíes y esmeraldas. Con su
conocido humor encopetado pero dicharachero, imitaba a Eva Perón arrancando las
joyas de los cuellos de aquellas amigas que no las querían soltar. Ay, Pochy,
¿no te gustó el pronunciamiento? ¿No aplaudías tomando champán el once? Entonces
venga para acá ese anillito que a ti se te ve como una verruga en el dedo
artrítico. Venga ese collar de perlas, querida, ese mismo que escondes bajo la
blusa, Pelusa Larraín, entrégalo a la causa.
..... Entonces, la Pelusa Larraín picada, tocándose el desnudo cuello, que había
perdido el collar finísimo que le gustaba tanto, le contestó a la Mimí: Y tú
linda, ¿con qué te vas a poner? La Mimí la miró, descolocada viendo que todos
los ojos estaban fijos en ella. Ay, Pelu, es que en el apuro por sacar adelante
esta campaña, ¿me vas a creer que se me había olvidado? Entonces da el ejemplo
con este valioso prendedor de zafiros, le dijo la Pelusa, arrancándoselo del
escote. Recuerda que la caridad empieza por casa. Y la Mimí Barrenechea vio con
horror chispear su enorme zafiro azul, regalo de su abuelita porque hacía juego
con sus ojos. Lo vio caer en la canasta de donativos y hasta ahí le duró el
ánimo de su voluntarioso nacionalismo. Cayó en depresión, viendo alejarse la
cesta con las alhajas, preguntándose por primera vez, ¿qué harán con tantas
joyas? ¿A nombre de quien está la cuenta en el banco? ¿Cuándo y dónde sería el
remate para rescatar su zafiro? Pero ni siquiera su marido almirante pudo
responderle. La miró con dureza, preguntándole si acaso tenía dudas del honor
del ejército. El caso fue que la Mimí se quedó con sus dudas, porque nunca hubo
cuenta ni cuánto se recaudó en aquella enjoyada colecta de la Reconstrucción
Nacional.
..... Años más tarde, su marido la llevó a Washington por razones de trabajo y
fueron invitados a la recepción en la embajada chilena por la recién nombrada
embajadora del gobierno militar ante la OEA.
..... La Mimí, de traje largo y guantes, entró del brazo de su almirante al gran
salón lleno de uniformes que relampagueaban con medallas y flecos dorados y
condecoraciones tintineando como árboles de Pascua. Entre todo ese brillo de
galardones y perchas de oro, lo único que vio fue un relámpago azul en el cogote
de la embajadora. Y se quedó tiesa en la escalera de mármol, tironeada por su
marido que le decía entre dientes, sonriendo, en voz baja, ¿qué te pasa, tonta?
Camina que todos nos están mirando. Mi-za, mi-zafí, mi-zafifi, decía la Mimí
tartamuda, mirando el cuello de la embajadora que se acercaba sonriendo a darles
la bienvenida. Reacciona, estúpida, qué te pasa, le murmuraba su marido,
pellizcándola para que saludara a esa mujer que se veía gloriosa vestida de raso
azulino con la diadema temblándole al pescuezo. Mi-za, mi-zafí, mi-zafifi,
repetía la Mimí a punto de desmayarse. ¿Qué cosa?, preguntó la embajadora sin
entender el balbuceo angustiado de la Mimí, hipnotizada por el brillo de la
joya. Es su prendedor, que a mi mujer la ha gustado mucho, le contestó el
almirante sacando a la Mimí del apuro. Ah, sí, es precioso, es un obsequio del
comandante en jefe que tiene tan buen gusto. Me lo regaló con el dolor de su
alma porque es un recuerdo de familia, dijo emocionada la diplomática antes de
seguir saludando a los invitados.
..... La Mimí Barrenechea nunca pudo reponerse de ese shock. Esa noche se lo
tomó todo, hasta los conchos de las copas que recogían los mozos. Y su marido,
avergonzado, se la tuvo que llevar a la rastra, porque para la Mimí era
necesario embriagarse para resistir el dolor. Era urgente curarse como una rota
para morderse la lengua y no decir ni una palabra, no hacer ningún comentario,
mientras veía -nublados por el alcohol- los resplandores de su perdida joya
multiplicando los fulgores del golpe
Fuente:
Revista Punto Final, 2 de enero de 1998
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Bésame
otra vez forastero
.......... Ahí está garabateada en el muro de su noche, con sombrero de punto,
tacos y cartera roja; sola y hambrienta teje su telaraña azul lado a lado de
esta calle de notarías y oficinas, a cinco cuadras de mi barrio. Oscura y
delicada saca un cigarrillo; la vieja no fuma, por eso no lo prende, espera la
figura del joven, que desde el fondo de la calle avanza al ritmo elástico de las
zapatillas, lo piensa mientras se acerca, olfatea el aire roído de la noche
buscando ese olor fresco, con los ojos semicerrados por el deleite y el
alquitrán de sus pestañas, se pasa la lengua por el descolorido bigote y sueña y
pasa borrosa por su entelado cerebro la historia imprecisa de sus quince años.
Es la vieja, la madonna con enaguas de franela esperando a los corceles que
vengan a comer de su mano; guachito venga les susurra, ya pues mijito les grita,
oye cabro cómo tenís el pajarito. Así vocifera la nonagenaria, bien sujeta en
las piernas enclenques; venga un ratito mijo, está muy vieja señora, aquí
detrasito escóndase conmigo, está muy oscuro señora, siéntese aquí mijo lindo a
verse la suerte con esta pobre vieja, aquí en esta escalera helada y sáquese la
pichulita, no le tenga miedo a esta anciana leprosa, a este ángel azul, la dulce
compañía de los liceanos vírgenes, que llegan solitarios a ofrecerme la fina
piel de su sexo; aquí está la abuela milagrosa, que acaricia con su garra de
seda el pálpito de la sangre en los prepucios, la vieja de guardia, niñera
impúdica lamiendo los penes infantiles, la gallina que empolla quinceañeros, que
los arrastra a su cueva de sábanas con mentholatum, hasta la fauce de su útero
desdentado; bésame repite acezando, bésame por favor, mi muchacho, mi niño
hermoso, que veo alejarse por las membranas rotas de mis cuencas, de mis ojos
que te persiguen mientras cruzas la calle, que se rebalsan de agua ligosa y la
enorme lágrima la despierta y por un momento mueve la boca sin sonido, baja el
escalón, guachito no se vaya, mijito venga, taconea unos acrobáticos pasos y lo
pierde en la carrera alérgica del muchacho al doblar la esquina. Entonces vuelve
cansada a su peldaño y mira con ojos de agua turbia, tratando de buscar el sol
en su tremenda noche. Es la misma señora que riega cardenales en el piso de
enfrente, sólo diez metros de aire separan mi ventana de la suya. Durante el
día, enmarcada en el alfeizar, teje y espera paciente que el sol se ponga de
luto, va hilando los últimos destellos que enreda en su cabeza blanca para verse
más hermosa. Escucho oculto en la sombra el "Para Elisa" de su caja de música,
me llega distorsionado por los años el timbre de su voz lunática, puedo ver, con
los ojos cerrados, el espejo y su cara blanca en la luna dorada de azogue; canta
y ríe, se mancha la boca de crayón, se da vueltas lentamente, entonces tengo
miedo, miedo de abrir los ojos, miedo de asomarme a la ventana,miedo que me
mire, miedo que sus ojos de gallina enferma, rodando calle abajo, alcancen al
niño que huye en bicicleta, que desaparece en la perspectiva ruinosa del barrio,
porque tuvo asco y al mismo tiempo deseos de subir la escalera de enfrente, de
ver de cerca el ojo sumergido que le guiñaba la vieja, quiere ir lejos sobre los
pedales porque llegó a tocar la manilla de bronce y se introdujo en la pieza
fresca de aspidistras y cortinas de hilo, subió hace un rato la escalera,
sucumbiendo al deseo del ojo desvelado llamándolo desde el balconcito, ella le
mostró la pierna, bajándose la media de lana entre los cardenales, hizo
revolotear sus manos incoloras en el aire indicándole que cruzara; y ya es muy
tarde para que el jugoso muchacho se arrepienta, porque descubrió en el baño su
pelaje genital, entonces el balconcito es un desafío, y el ojo de la vieja, que
cuelga en mitad de la noche, lo hace perder la cabeza; y va y viene, entrando y
saliendo de la ventana -¿Qué le pasa que no se sienta?- Es la edad del pavo
mujer, no te fijas que pegó el estirón de pronto-. Poca más y se nos casa, poco
más un poquito más le pide la vieja y él acepta y se baja los pantalones y le
dice toma vieja, cómetelo, mámatelo, así sin dientes, boquita de guagua, mamita,
sigue no más, vieja de mierda, así suavecito, más rápido, cuidado que viene,
viene un río espeso a inundarte la pieza, una corriente de cloro que me baja del
cerebro, borrándome la imagen del espejo, donde la vieja ternera hunde su cabeza
entre mis piernas y se aprovecha de ese momento para besarme, clava su lengua
con rabia en mi boca y en el paladar me deja, por muchos años, el gusto rancio
del pasado.
..... Al paso de los años, se fue juntando el tiempo que dejó la calle desierta;
neblinosa, como una película sin argumento, y calendarios gastados por la
obsesión del mancebo, el otoño y sus tacos pisando hojas, aguas nubosas y
veredas calientes, retumbando en mis oídos su taconeo suelto en el baile de la
amanecida. El barrio se hizo viejo y ella observó con sus redomas de suero la
sucesión de todas las generaciones; de la abuela muerta al padre anciano,
también muerto, al nieto adulto padre de otros niños, también crecidos al ritmo
lúgubre de los años, el fatigoso descenso de los ataúdes por las escaleras, tan
estrechas, que debían bajar con sogas desde las ventanas, los llantos a
medianoche, el gangoso ronquido de los viejos, en fin todos los ocasos fueron
presididos desde su ventana; desde aquel tiempo hasta aquí, hablando con temor
ahora, porque estoy hablando de mí, rodeado de cruces, en este sillón frente a
la ventana, abandonado de todo lo que fui, solamente me da ánimo saber que
pronto escucharé su caminar por la calle, porque así regresa todavía; la veo
claramente azul rengueando la madrugada, con un resabio a semen en la boca,
borrosmente azul cruza el pórtico del edificio y se hunde en el hueco de la
escalera, adivino su olor a trapos sucios, la veo abrir cansada la puerta y
sentarse en la banqueta tapizada de felpa, la diviso demente meciéndose en la
medialuna del espejo, sacándose el sombrero de punto, batiendo el cabello cano y
transparente, como una medusa loca, estacionaria en su vicio. Aún ahora, que
hace mucho el balcón permanenece cerrado, a los geranios lacres se los fue
comiendo el polvo, una tarde fue la última vez que se escuchó su taconeo
imparejo camino a la esquina, su pollera de herbario se cerró para siempre en un
secreto, mucho hace que su sombra de lagarto no se enrosca en el pilar de la
esquina; hace mucho del último recuerdo...
..... Solamente yo tuve conciencia de la resurrección de su cara en mi espejo,
el dorado espejo de azogue que rescaté de los despojos cuando la vieja fue
sacada sólida y putrefacta, tres meses después de su muerte.
[En Andar Con Cuentos -
Nueva Narrativa Chilena
Diego Muñoz Valenzuela - Ramón Díaz Eterovic,
Mosquito Editores,
1992]
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La
propaganda oficial
(o la poética del optimismo cubana)
Del aeropuerto José Martí, que cumple con sencillez el arribo a Cuba, las
carreteras del país nos llevan por una serpentina de emociones y expectativad
tratando de mirar a través de los vidrios empañados del bus el anochecido
paisaje habanero. En el camino casi no hay avisos publicitarios o los típicos
luminosos que enmarcan las rutas que en otros países llevan del aeropuerto a la
ciudad. En su reemplazo, los slogans de la revolución escriben el paisaje
sombrío de la bienvenida, cuando los focos de los vehículos iluminan su alfabeto
romántico y panfletero. "AQUÍ LOS NIÑOS BESAN Y LA GENTE SONRÍE". Frases, leídas
con la distancia prejuiciada del visitante, arengan la conciencia política, como
si en cada recodo, en cada sitio eriazo, en cada muro deslavado, una voz oficial
tuviera que refrescar continuamente la memoria gallarda del proceso cubano.
"A PESAR DE TODO, Y POR TODOS SEGUIREMOS SIENDO LIBRES". Acompañando la llegada,
los graffiti gubernamentales parecieran un empuje de optimismo que intenta
levantar la moral de este país hecho leyenda en su porfía. "RESISTENCIA CON
INTELIGENCIA Y CORAZÓN". La ciudad de La Habana parece dormir en medio del
apagón de racionamiento, y lo único que resplandece al flashazo de las luces del
bus, es el carteleo que machaca de versos y poemas la oscura llegada. "USTED
ELIGE, CUBA LO SATISFACE". Es extraño, pero frente a esta cinta pobre que
exagera el nacionalismo, se experimenta la sensación de acoso, leyendo y
releyendo la enamorada política de su reiteración. "SOMOS ASÍ Y QUE". Elverde
negruzco de la foresta se adivina en la calurosa resaca nocturna, las palmas y
platanales recortan el cielo tropical, y en las murallas, los escritos bordan de
aguante la jodida permanencia de un pueblo que eligió su destino.
"EL AMOR Y LA SOLIDARIDAD NO SE BLOQUEAN". En la carretera casi no hay autos, y
los pocos que se ven parecen sacados de un film de Doris Day con Rock Hudson:
largos Oldsmobiles, Alfa Romeos y Cadillacs, aparecen y desaparecen como
fantasmas de una historia feliz, de una película de amor con luna y palmeras,
narrada por los graffiti que acordonan el camino. "DESDE LAS CUADRAS CRECE UN
PAÍS. A la rápida, en un pestañeo de viraje caminero, salta desde las sombras un
verso de Martí, el poeta de la revolución. Con la misma rapidez viene otro de
Nicolás Guillén, pero repiquetea majadero el siempre y nunca de la escritura
oficial. "CUANTO HICE HASTA HOY Y HARÉ ES PARA ESO".
Algunas luces nos acercan a esta mítica ciudad que pasó de cabaret yanqui a la
metáfora latinoamericana de la izquierda. El chofer del bus habla poco, contesta
con aburrimiento nuestras observaciones. Y no es por que no pueda hablar, está
cansado de responder lo mismo a la ingenuidad turista que acarrea en su micro
(que allá le llaman guagua). Él, un achocolatado habanero, tiene esa
displicencia de llevar y traer ojos copuchentos a su isla, adivinando los
recelos, cachando las sospechas y la doble intención del interrogatorio
extranjero. Por eso sus respuestas son cortantes, simples y codificadas como la
propaganda publicitaria que bordea la ruta. "SOY CUBANO, NO PUEDO SER
DIFERENTE". Sería fácil calificar esta bienvenida de panfleto castrista, o de
exagerado populismo naciuonal que intenta acallar con optimismo el bullado
naufragio de la gesta cubana. Sería apresurado emitir juicios sobre el carteleo
insistente que vocea los avances del proceso.
Uno recién llega, con los ojos nublados por el ron y algún extraviado sueño. Uno
es visita, y si quiere, puede leer más allá de las consignas. Con un poco de
generosidad puede descubrir los materiales pobres usados en esta campaña.
Materiales que en chile ocupa la Brigada Chacón. Materiales artesanales que
jamás usarían las grandes propagandas del mercado. Papel craff, papeles de
envolver, de ese color café que e usó en los panfletos y publicaciones
antidictadura. Estos de acá son carteles escritos a mano, con el agregado cursi
de la florcita en el punto de la "i". Frases coloridas, rematadas con un corazón
en vez del punto final. Letras dispares, que en su caligrafía apresurada, bailan
una danza de palabras, como si fueran carteles escolares de alguna recordada
kermesse o baile de máscaras. "A FIDEL NO LO DEJAMOS SOLO". En cada muro, en
cada calle, la oratoria política del esfuerzo, mantiene la utopía a puro pulso,
con las patas y el buche, con algo de irrenunciable ilusión los carteles
desfilan y pasan a morir en nuestras espaldas. Sus vocales de carnaval
revolucionario, se despegan un momento del cartel y quedan grabadas campaneando
la ardiente sombra de la noche cubana...y luego, regresan al muro, al rayado
antidepresivo de la propaganda. "LA DIGNIDAD DE MIRAR LIBRES". En el aire se
escucha un canto de rumba y sus notas dibujan la ciudad de La Habana que se abre
como ua caja de música, como una concha antigua que reparte generosa los encajes
negros de su sentimental son.
De "Cartas de amor a La Habana"
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El
malentendido del unicornio
De "Zanjón de la aguada", Seix Barral.
Fuente: Diario Clarín, Buenos Aires, 16/11/02
Y por entonces, todos queríamos salir de Chile, respirar aire fresco más allá de
las fronteras alambradas que tenía este suelo por esos mortíferos años ochenta.
Aunque fuera la Argentina la hermana nación que venía despertando de la
dictadura y acogía a sus vecinos patipelados arrancando del fascismo. Y esos
perejiles temblorosos éramos nosotros, algunas locas chilenas, que al cruzar la
cordillera, gritábamos en el bus el incansable: "Y va a caer", con lágrimas en
los ojos y una vocecita de opereta izquierdilla. El destino final era Buenos
Aires, la gran metrópolis porteña, la enorme capital que nos esperaba al cruzar
la pampa, y nos abría el mundo recibiéndonos con sus grandes cartelones de
espectáculos donde brillaban las estrellas del cancionero latinoamericano
censuradas en el Chile milico. Por la ventanila del pullman pasaban los nombres
de Mercedes Sosa, León Gieco, Chico Buarque, Zitarrosa, y pronto, por primera
vez en la República Argentina, directamente desde Cuba, Pablo Milanés y Silvio
Rodríguez anunciados a todo gas por la prensa bonaerense. Ay Silvio, le susurré
en secreto a la amiga marica que me acompañaba en ese tour de libertad
trasandina. ¿Será tierno como sus canciones?, pensé en voz alta. No nos podemos
perder esta ocasión de verlo cantar en vivo, me contestó la loca con los ojos
entornados, evocando el repertorio del cantante que corría en casetes piratas,
de mano en mano por las peñas clandestinas en el Santiago nazi de los setenta.
Ay Silvio, suspiró a coro conmigo, pensando en todos los unicornios azules, más
bien en todos los chicos celestes que se le habían escapado a su garra marica.
¿Quién será el unicornio de Silvio?, le preguntó al viento, embriagada por el
recuerdo de la canción. Pregúntaselo a él pos niña, le contesté al descuido,
mirando la ciudad de Buenos Aires que pasaba altanera con su garbo europeo por
la ventana del bus. ¿Y será muy difícil llegar hasta él?, porque aquí es la
súper estrella. Ni tanto le dije. Hay que averiguarse el hotel donde está y
pedirle una entrevista. Acuérdate que somos chilenos, y Silvio ha sido tan
solidario con nosotros, no puede negarse, sería una contradicción ideológica del
cantor guerrillero. ¿No crees tú?
Y así fue, tan fácil como llamarlo y concertar una cita en el hall del hotel
mediopelo donde se hospedaba, donde había tantas chicas argentinas de izquierda
que querían ser su "mujer con sombrero", tantas nenas rubias, alborotadas en sus
faldas hiposas y pañuelitos hindúes amarrados al cuello, tantas como chilenos
que lo esperaban a la salida del ascensor, conteniendo la respiración, probando
las grabadoras, atorados por ver de cerca al cantautor cubano. Y mientras
esperábamos en ese tumulto nervioso a la estrella, pasó por nuestro lado Pablo
Milanés, tan lindo, tan sencillo, tan accesible, pero nadie le dio pelotas
hipnotizados en la puerta donde iba a aparecer Silvio. Y Pablito intercambió
algunas palabras con nosotros, y me dejó un cálido beso con olor a copete en mi
mejilla. Cuando apareció Silvio, todos se abalanzaron en tropel sobre la figura,
y él, con mucha calma nos invitó a sentarnos en el vestíbulo y procedió a
contestar las preguntas sobre el canto político, el destino de la utopía y todos
los clises que atragantaban la ansiosa pregunta y respuesta del encuentro. Está
un poco pelado, le dije a mi amiga atontada por su presencia. Pero igual es
lindo, me contestó, tímidamente achunchada por la seguridad y el tono macho del
cantante. Ya pos, hácele la pregunta del unicornio, le insistí para callarlo. Y
la loca, roja de vergüenza, me hizo callar con un shit de represión. Entonces,
como siempre, tuve que aumir la típica pregunta sobre la homosexualidad y la
izquierda. Silvio, le dije con mi voz afectada que llamo la atención de los
presentes. Mi amigo y yo somos chilenos que admiramos tu poesía, y en Chile
nosotros los homosexuales hemos hecho nuestra la canción del Unicornio Azul,
pensando que se refiere a un amor perdido e imposible. (Pausa para arreglarme el
pelo). También quiero aprovechar la ocasión para preguntarte qué piensas tú
sobre la homosexualidad y la revolución ¿Me podrías contestar estas preguntas
por favor? Muchas gracias. Creo que en ese momento alguien abrió la puerta
porque se coló una ráfaga de viento frío que congeló la escena. La cara del
cantante se puso azul como el unicornio y una cortina de rabia alteró la mueca
amable de su sonrisa. Mira, me dijo. Lamento mucho que tú y tu amigo piensen
eso. Pero más lamento esta confusión de temas porque la historia de esa canción
corresponde a un padre que perdió a su hijo en la guerrilla nicaragüense.
Además, a ustedes les debe quedar claro, que sobre el tema de la homosexualidad
hemos sido muy precisos. Con la revolución todo, sin la revolución nada. Y nos
dejó mudas a mi amiga y a mí, que sentimos como, de un plumazo, Silvio nos había
arrebatado nuestro rosado unicornio. Después, cuando insistimos con la canción
"¿Te molesta mi amor?", fue demasiado y el cantante optó seriamente por la
indiferencia y no tomarnos más en cuenta. Tiene razón, le dije a mi amiga
tratando de consolarla cuando salimos del hotel y nos envolvió la zalagarda de
fans que gritaban: "Silvio amigo, el pueblo está contigo". Tal vez tenga razón,
me contestó con un dejo de tristeza, pero pudo ser más amable, casi nos ladró y
nosotros no queríamos molestarlo.
A pesar de este bochorno, fuimos a su recital y aplaudimos como yeguas cada
canción, especificamente la interpretación solitaria de su pianista que era una
joya de músico. Pero Silvio se sintió incómodo viendo que el pianista se estaba
arrancando con los tarros robándose el show, y lo interrumpió con los sones del
unicornio azul. Ahí, mi amiga y yo nos miramos, y como de un acuerdo abandonamos
el estadio, pensando que ése ya no era nuestro tema, que mejor íbamos a tratar
de encontrar el unicornio perdido en los baños públicos y parques de la ciudad,
donde no nos alcanzara la mirada rabiosa de Silvio, ni su aparatosa militancia
que quizás nunca lo dejó jugar.
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