Lengua foránea

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Marina Perezagua

Olga W. viajaba en un Boeing transatlántico cuando una gran lengua lamió el cristal de la ventanilla donde tenía apoyada la frente. Olga W. se despertó, con un ligero dolor de cuello, y se retiró unos centímetros del vidrio para incorporarse en el asiento. Tenía la boca seca y bebió un poco de agua de la botella que llevaba en el bolso de mano. Miró a ambos lados. Era un vuelo nocturno y a su izquierda la opacidad de la noche limitaba su vista. A su derecha viajaba un señor pequeño y enclenque, con una protuberancia exagerada en el pecho. Todavía adormilada, Olga W. pensó en un hombre pájaro, acordándose de un cuadro alemán de los años veinte, donde un personaje excesivamente blanco presenta al espectador un tórax semejante al buche de un pichón, por la deformidad de unas costillas prominentes. Olga W. imaginó la génesis de aquel bulto y le vino a la cabeza la figura del pasajero atragantado con un hueso de ave, tosiendo en una lucha que acabó con el golpe en la espalda de una mano amiga. En su intento por salvarle de la asfixia la mano tuvo que aporrearle hasta que la joroba se le salió por el otro lado. Así, con su joroba desplazada hacia el esternón, dormitaba su triste compañero de viaje.

Olga W. encendió la lamparita situada sobre su asiento, y ya totalmente despierta se disponía a leer cuando le pareció ver de soslayo que algo se había destacado en la noche, allá afuera del avión. Miró por la ventanilla y no pudo ver nada, la uniformidad del vacío la tranquilizó. Miró de nuevo al hombre pájaro y esta vez fijó la atención en su nariz aguileña. Temió que en una de sus cabezadas le clavara aquel garfio en el hombro. Olga W. todavía no se había dado cuenta de que del otro lado, y por tercera vez, la lengua había lamido el cristal de su ventanilla y llevaba algunos minutos allí pegada.

La mayoría de los pasajeros dormía, solo algunas lucecitas permanecían encendidas en el avión, y aquel silencio motivó a Olga W. a iniciar su lectura. Olga W. iba leyendo, pero el pelo le molestaba en la cara y dejó el libro abierto sobre sus rodillas para recogérselo en una cola de caballo. Fue en el momento en que quiso mirar su reflejo en el cristal cuando advirtió la presencia de la gran lengua.

Al principio Olga W. no pudo apreciar la naturaleza del órgano pegado al cristal. En los primeros segundos solo pudo advertir una masa rojiza que permanecía a la altura de su cabeza. Se giró hacia el señor de la joroba desplazada para comentar el incidente, pero seguía dormido, y se fijó en que tenía la cuenca de los ojos tan profunda como la de la boca, cuyos labios parecían verterse hacia el interior de su garganta, separándole del mundo. Olga W. volvió a mirar afuera y entonces pudo apreciar con horror que lo que estaba a pocos centímetros de su cara era una lengua separada de su boca, y de su cabeza y de su cuerpo, una lengua suelta y solitaria. Para tratar de medirla extendió su mano con los dedos pulgar y meñique separados. En comparación con la lengua su mano resultaba pequeña, y necesitó algo más de un palmo para abarcarla. A Olga W. le vino entonces a la boca un sabor a hiel y temió que el miedo lo supurara como olor y lo propagara por todo el avión. Para evitarlo contrajo su cuerpo, agarrotó las manos, el vientre, los muslos, en un afán de contenerse a sí misma, y volvió a mirar hacia la ventanilla.

Aunque era una lengua muy grande, Olga W. no dudó en ningún momento de que se trataba de una lengua humana. Se acercó hasta tocar el cristal con la nariz y pudo ver el tamaño de las papilas, y el color más blanquecino de la parte superior del músculo, que contrastaba con el rojo vivo de la punta. Durante los siguientes minutos, mientras estuvo observando la lengua, Olga W. tuvo tiempo de familiarizarse con ella, superar la angustia inicial y considerarla como un compañero de viaje más atractivo que el que yacía a su derecha. Al menos parecía una lengua joven, pensó, que seguro que aventajaba en movilidad a aquella otra lengua que ella se imaginó acartonada desde que, hacía un rato, el señor había abierto la boca en un gesto de trepanación. En ese instante Olga W. sintió que no había cristal entre su cara y la lengua de afuera. Como las manos del mimo que aparentan buscar una salida desesperada en un gran vidrio inexistente, la lengua había comprendido la falacia del cristal y se había situado junto a la cara de Olga W. Desapareció el carácter aséptico que antes le confería la separación hermética de la ventanilla, y ahora la presencia física de la lengua se desplegaba acompañada de su propio aliento.

Olga W. comprobó que el hombre pájaro seguía dormido. Tenía los brazos encogidos y los puños cerrados y situados simétricamente sobre sus piernas, a modo de gallina en palo de corral. En un lado de la cara de Olga W. se arremolinaba el vaho que desprendía aquella lengua poderosa; desde el otro lado, le llegaba el olor del cuerpo yermo de su compañero de avión. A Olga W. le bastó este contraste para consentir que, en un santiamén, la lengua se le colara por la falda, le bajara un poco las medias y se le acomodara entre sus muslos. Ambas, lengua y mujer, permanecieron quietas unos instantes, al cabo de los cuales el músculo reanudó su movimiento y, sustituyendo la superficie del cristal de la ventanilla por el sexo de Olga W., prosiguió con sus lamidos.

(De: Criaturas abisales, Los libros del lince, 2011)