Liberales de casco y bastón

Por Sebastián Fernández (Rinconet)

Imagen: el diputado José Luis Espert- con casco- reprime a estudiantes que hacen política en la universidad en lugar de estudiar (cortesía Fundación LED para el desarrollo de la Fundación LED)

El 25 de octubre de 2017, tres días después de la victoria de Cambiemos en las elecciones de medio término, la Cámara de Diputados votó el desafuero del diputado Julio de Vido, quien fue encarcelado preventivamente por orden de los jueces Luis Rodríguez y Claudio Bonadio. Pablo Tonelli, el entonces presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Cámara, aseguró que «es indispensable» que Julio de Vido vaya a prisión para evitar que «obstaculice» las investigaciones sobre las causas que lo involucran. Según el legislador de Cambiemos, De Vido era «el autor de la más compleja y efectiva trama de corrupción que se haya visto alguna vez en Argentina».

Varios diputados del actual oficialismo votaron el desafuero pese a saber que los jueces podían investigarlo sin necesidad de hacerle perder su banca y mandarlo preso. Ocurre que no se trataba de justicia sino de disciplinamiento. En aquella época lejana, los ex funcionarios disponían de un enorme poder residual que les permitía interferir en las causas que los involucraban, según la doctrina Lorenzetti-Irurzun. Hoy, en cambio, el ex presidente Mauricio Macri no sólo no padece la cárcel preventiva ni debe llevar una incómoda tobillera electrónica pese a estar procesado en varias causas, sino que puede viajar por el mundo a jugar al bridge o a tomar una cerveza con Donald Trump. Se ve que no dispone del enorme poder residual que sí tenían De Vido o Roberto Baratta, su ex Subsecretario de Coordinación y Control de Gestión, quien también estuvo preso por la misma causa.

Como Dólar Futuro, Memorándum con Irán o los Cuadernos quemados y desquemados, la causa que nos dejó sin un diputado se desvanece: el juez Julián Ercolini sobreseyó a De Vido, Baratta y CFK.

Al fiscal Nisman no lo mataron, Máximo Kirchner y Nilda Garré no tenían cuentas en el exterior, Aníbal Fernández no era La Morsa y CFK no tenía un PBI o dos enterrados en la Patagonia. Pero Macri ganó las elecciones del 2015, redujo sueldos y jubilaciones, empeoró la distribución del ingreso y nos volvió a amarrar al FMI por décadas. Digamos todo.

Desde que la policía de la Ciudad de Buenos Aires reprimió la protesta de los trabajadores del cine frente al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, nuestros medios serios se indignaron al unísono contra los trabajadores y contra el INCAA por lo que consideraron un enfrentamiento con la policía. Un enfrentamiento entre cabezas y palos.

Como ocurrió con el CONICET durante el gobierno de Cambiemos, cuando los medios serios y el oficialismo macrista (dos colectivos que costaba diferenciar) consideraban que había demasiados investigadores, hoy descubrimos que la Argentina produce demasiadas películas y tiene demasiados directores, camarógrafos, vestuaristas, actores o guionistas.

Baby Etchecopar, el cinéfilo menos pensado, eructó: «que los pelotudos aprendan a producir independientemente y junten platita laburando.» Si entendemos bien, los y las trabajadoras de la industria del cine nacional que percibe fondos de la venta de las entradas serían menos laburantes que los periodistas serios que, como Etchecopar, reciben pauta del Estado. Es un tema bien complejo.

En todo caso, a la vez que nuestros medios serios se extasían con el cine europeo, inviable sin el apoyo del Estado, también exigen terminar con el financiamiento del cine nacional con el noble fin de utilizar esos fondos para reducir la pobreza. Algo así como terminar con Fútbol Para Todos nos iba a permitir construir un montón de jardines de infantes imaginarios. Como la curación por las gemas, es sólo cuestión de fe.

Luego de las escenas de pugilato entre agrupaciones de izquierda en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA, el diputado José Luis Espert -un muchacho que se autopercibe liberal- pidió que se prohíba la actividad política en la universidad. Nuestros liberales imaginarios nunca dejan de exigir prohibiciones, sea la política en la universidad, el lenguaje inclusivo o el ministerio de la Mujer.

Son liberales del general Onganía.

El Destape