Ligero y tibio, como un sueño

ZONA LITERARIA | EL TEXTO SEMANAL

Por Héctor Tizón

Prefirió apearse del camión un poco antes de la entrada del pueblito y echar a caminar por entre aquellos sauces gruesos, viejos, coposos, que inclinaban sus ramas cubiertas de follaje sobre la acequia del costado. A poco andar distinguió entre los yuyos, sobre el terraplén, la negra estructura de la alcantarilla de hierro; caminó hacia ella, trepando la barranca llegó hasta el borde y allí decidió sentarse, con las piernas colgando.

El sol se perdía; ya sólo alumbraba el borde de los cerros del oeste, oscuros de maraña. Agustín siguió recorriendo el paisaje con la mirada: más allá, apenas insinuadas, las cumbres blancas, azules, tenues, lejanas; hacia el fondo, el rastro del camino de tierra, ascendiendo en leves curvas. Después miró el agua, en ese tiempo muy mermada, del arroyo debajo de la alcantarilla; en él, los pequeños renacuajos nadaban y se escondían súbitamente debajo de las piedras del fondo. Agustín arrojó el cigarro a medio fumar, que murió con un pequeño ruido al apagarse en el agua. Sus Recuerdos eran muy nítidos en este momento. Se veía veinte años atrás recorriendo el bosque, trepado a los árboles para arrancar intactos los nidos de horneros, pescando luego. Pescaba con aparejo de varilla de guaranguay, un hilo y un alfiler doblado en la punta, o también con cancana, enhebrando las lombrices hasta hacer una pelota con ellas en el extremo de la línea. Con la cancana era mejor pescar luego de las tormentas, cuando el agua se enturbiaba y había que tener muy alerta la mano, pues al primer pique se debía tirar; las yuscas caían entonces sobre la orilla y no se perdía tiempo en quitarles el anzuelo del buche, a veces tragado tan profundamente que era menester destrozarles la boca; también se evitaba así cambiar o arreglar la carnada a cada pique.

Cuando por fin decidió seguir andando para entrar al pueblo, casi era de noche; algunos de los faroles a querosén ya habían sido colgados de los palos.

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Agustín entró al boliche y se sentó sobre un cajón vacío. Alrededor de un farol que apenas iluminaba el ambiente se habían juntado cientos de bichos de luz y cascarudos, que luego de quemarse contra el vidrio caían al suelo crujiendo levemente. Los dos borrachos que estaban adentro no se molestaban por ello.

Agustín golpeó el mostrador con los nudillos; al poco rato acudió una sombra:

—¿No me conocés? —dijo el recién llegado.
—¡Agustín! —exclamó el hombre detrás del mostrador. Enseguida su rostro ensombrecido por la mala luz y la barba descuidada apareció en el círculo semiiluminado. No podía creerlo.

Volvió a repetir su nombre varias veces al tiempo que daba vueltas para mirarlo más de cerca y golpearle los brazos en señal afectiva.

—¿Cuánto tiempo? —dijo por fin el bolichero.
—Varios años —dijo Agustín.
—¡Tomate una copa, hombre! ¿Cómo has vuelto?
—Quería ver esto. Tenía mis dudas o no sé qué cosas y quería verlo de nuevo.

El bolichero se había apresurado a buscar una botella y luego de un segundo de vacilación, tomó una de ginebra apenas empezada y le sirvió una copa. Mientras hacía esto no dejaba de mirarlo.

Después, con el trapo que llevaba sobre un hombro limpió el pedazo de mostrador donde asentara la copa, tal vez sólo por costumbre, mecánicamente.

Agustín miró el interior con mayor detenimiento. Ahora lo veía demasiado pequeño y bajo, casi sofocante de tan pequeño. Junto a una de las paredes se elevaba una estantería hecha de maderas de cajones de embalar; cerca del mostrador, dentro de una fiambrera —¿quizás aquella misma de antes?— un queso solo se refugiaba de las moscas; las otras dos paredes casi ni se veían por la mala luz de la lámpara, parecían cubiertas de cajones que contenían botellas de vino o envases vacíos; en la cuarta pared se abría la pequeña puerta de entrada con el umbral demasiado alto. El piso era de tierra apisonada, como antes. Agustín, mientras iba recorriendo con la vista el interior del boliche, lo comparaba con aquello que había dejado de ver hacía veinte años. Estaba todo, salvo que ahora las cosas le parecían más pequeñas, más pobres. El negocio tenía entonces un gran letrero blanco con el nombre pintado de negro: se llamaba “Almacén de González” y, en el sitio en el que ahora estaba esa pila de cajones, antes hubo otro estante con toda clase de mercaderías. Allí, precisamente, Agustín había descubierto el pequeño cuchillo con vaina de cuero; varios días estuvo yendo al boliche para mirar el cuchillo desde la puerta, hasta que al fin González le dijo: “Vale 1.20. Pero mañana me llega una carga de mercadería, si me ayudás con los cajones es tuyo”. Él no durmió esa noche y al amanecer, no pudiendo aguantar más la cama, se levantó antes que nadie y fue casi hasta el puente, para desde allí, sentado en una barranca, contemplar cómo salía el sol, en espera del tren. El tren no llegó hasta las diez. Después trabajó toda la tarde; al anochecer los cajones estaban apilados en el patio interior del boliche y González dio a cada uno lo suyo: una botella de vino a los hombres, y a él, el cuchillo prometido. Pero al día siguiente, cuando fue al río a pescar, como todas las tardes, perdió el cuchillo. Fue inútil la búsqueda que duró más de cuatro horas. Al fin la abandonó y no tuvo más remedio que llorar; y así permaneció en la playa, junto a una gran piedra, llorando y mirando el río, hasta que la soledad y su propio llanto lo asustaron y volvió.

Ahora, de regreso, miraba aquel mismo estante donde una vez —¿realmente había sucedido aquello?— descubriera el cuchillo.

—¿Quiénes son los que quedan? —preguntó.
—¿Los que quedan? —dijo el bolichero—. Creo que nadie. Para vos no queda nadie. Muchos han muerto, sí. Los demás, seguimos tirando. Pero aquellos veintitantos años han muerto, salvo que yo no vi cómo se fueron porque nunca descubrimos cómo nos hacemos viejos.

El bolichero se empinó un vaso de ginebra y después volvió a decir:

—¿Y vos, qué hacés?

Él sonrió. No supo qué responder. Le pareció muy difícil y también lo avergonzó un poco contestar. Prefirió él también empinarse la ginebra y sonreír.

El bolichero parecía alegre, y así resultaba no del todo igual a la idea que Agustín había conservado de él.

El viento silbaba por momentos entre las ramas de los eucaliptos. Agustín regresaba caminando lentamente por un sendero que corría junto al terraplén de las vías del ferrocarril. Hacía fresco, pero él lo sentía agradable. Por momentos, en medio de aquellas cosas, de ese color violáceo de los cerros no muy distantes, de algún olor vegetal que súbitamente había creído reconocer, del cielo azul, creyó que algún milagro del tiempo se producía; pero sólo fue un instante.

Casi al final del sendero, flanqueado de moreras, estaba la casa de la vieja maestra. Agustín había ido hasta ella y al trasponer el umbral, el portón crujió; dos o tres perros ladraron y enseguida una figura gris, silenciosa, sin movimientos, apareció en la galería. Era ella. Estaba igual, pálida, silenciosa. Lo invitó luego a conversar debajo de unos naranjos, junto al pozo de agua, donde muchos años atrás él se asomaba para ver el ojo oscuro, misterioso del agua.

La maestra lo escuchaba hablar contemplándolo como a un aparecido. Agustín pensó por un momento que ella seguía siendo bella, pero ahora un bozo leve le sombreaba el labio y el gesto de la boca se acentuaba cuando sonreía.

—Muchas veces pensé en volver, hasta decidirme. Pensaba que había que mirar esto de nuevo. Quisiera morirme aquí —dijo Agustín al final.
—No es tiempo —dijo la maestra—. No es tiempo aún. Todo a su turno.

Agustín la escuchaba y sentía aquellas palabras como una prolongación extraña, como algo que ya había oído desde siempre. No sabía qué decir, pero se daba cuenta de que tenía necesidad de estarse ahí, sintiendo la brisa, mirando los árboles de la huerta y las montañas azules a lo lejos.

—Antes, digo, cuando estaba lejos —dijo él— pensé muchas veces en esto. Pero fue inútil, ahora comprendo que fue inútil. No podía descubrirlo. A veces sí, creía captarlo en sueños, pero eran cosas fugaces. Ahora todo eso me parece tonto. Creo que nunca descubriremos la realidad pensando.
—Hace falta el amor —dijo la maestra—. Es verdad; al fin nos damos cuenta de que pensar de nada sirve.

Mientras hablaban, dejándose estar en las palabras como si la absurda presencia de algo les dificultara la conversación, Agustín descubrió a míster Dreier. Trabajaba en los fondos de la huerta, entre los naranjos, y los había ignorado. Tenía los cabellos blancos. Después la maestra le contó que estaba completamente sordo por causa de un cartucho de dinamita que le estallara a una distancia suficiente como para romperle los tímpanos. Ahora, de cerca, Agustín tan sólo veía la cabeza blanca y la camisa de míster Dreier y miraba también, recortada contra el atardecer, la figura de la maestra, con su gesto burlón y el asomo de bozo sobre el labio. Recién advertía cuántas veces había pensado en ellos, los había visto en el fondo de la memoria y los había escuchado hablar y decir cosas extrañas. Los veía, por ejemplo, cuando eran jóvenes y cuando ambos, ella y aquel hombre de cabeza blanca que trabajaba en el fondo de la huerta huían, para regresar, todo en una sola secuencia, con dos pequeñas hijas, aquellas que él había conocido. Y después también la recordaba sirviéndoles los quesillos con zarzamora a los tres: a sus dos hijas y a él. Y también recordaba cuando un enorme sapo saltó del balde del aljibe.

Ahora regresaba, caminando por aquel sendero a un costado de las vías y todo le parecía irreal.

—No soy rico, pero tengo mis pesos. No hay mejor forma de hacerse unos pesos que quedándose firme en un sitio —dijo el bolichero—. Tu padre fue un buen hombre, lo reconozco, pero no supo quedarse en su sitio. Había que esperar lo del puente —agregó. Después explicó—: Cuando vinieron los gringos a construirlo estaba yo solo porque sabía hablarles, y a ellos les gustaba eso. Entonces les vendí lo que precisaban para el campamento, durante todo el tiempo. Yo hablo inglés. Lo aprendí allá, manejando camiones. Algunos de ellos creyeron que yo había nacido allá, pero no; yo hablo en tejano, en inglés de Inglaterra, en inglés judío y en inglés negro. Pero estos cabrones al oírme hablar en su propio tono me estimaron. Y sólo porque tengo fino el oído, porque antes de vender cosas yo he sido violinista.

—¿Y Ana? —preguntó Agustín.

El bolichero tomó un cuchillo enorme y comenzó a cortar el pan en pedazos muy pequeños.

—Vive todavía —dijo—. Está vieja y pobre. Ya enterró a todos sus hijos pero sigue de luto.

Era verdad. Ana había perdido a sus hijos, uno tras otro, casi al nacer. Fueron catorce. Ahora Agustín la había encontrado. Era una sombra negra y cubierta de arrugas. Ella trató de simular que lo conocía. Pero todo había muerto. Por fin había enviudado, mientras guardaba luto por la muerte de su último hijo.

—Está lloviendo en el cerro —dijo el bolichero—. Tendremos mosquitos.

Mi primer recuerdo consciente es el de la toma de una fotografía. Mis zapatillas oscuras, un día luminoso, tal vez como el de hoy, los vibrantes, alegres colores del mundo y mis zapatillas caminando por un costado de los rieles ferroviarios, donde crecía el pasto verde y todavía mojado por el rocío. Mi hermana iba a mi lado y trataba de animarme, de convencerme de que sonriera cuando me sacaran la fotografía. Yo iba temeroso y, seguramente por eso, sentía que el trayecto andado era tan largo.

Al final nos ubicamos en medio de un jardín, donde los rosales crecían más arriba de mi cabeza. Pero no quise sonreír; mi hermana me hacía cosquillas en el cuello, la dama que deseaba fotografiarme hacía piruetas detrás de la máquina y me alentaba, pero terminé defraudando a todos y creo que huí a esconderme entre los helechos y las flores.
Después hay muchas lagunas en mi memoria. Sin embargo, recuerdo cómo nuestra pequeña casa temblaba al paso del tren.

Presentíamos su llegada por un leve temblor, imperceptible para el que no tenía ese hábito, seguramente. Entonces yo salía hasta las vías y apoyaba un oído sobre un riel. Allí lo confirmaba y regresaba corriendo a mi casa, dando alaridos de alegría; enseguida me subía a la tapia y recién al cabo de un tiempo asomaba el humo oscuro en el cielo, para aparecer luego la negra figura de la locomotora. Después pasaba el tren, haciendo sonar estridentemente el pito de la máquina. Yo lo saludaba estirando los brazos y gritando. Al cabo, cuando el tren se había perdido nuevamente en la curva, nuestra casa cesaba de vibrar.

Creo que casi todo lo aprendí al lado de las vías ferroviarias: la espera, la alegría eufórica, la impaciencia. Amaba a esa gente que pasaba a mi lado mirando a través de las ventanillas y a las que yo saludaba feliz. A esa gente que todas las semanas de todos los meses del año iba y volvía y me miraba a través de las ventanillas.

También me gustaba esperar los trenes desde el río; y desde allí, debajo del puente de hierro, estirado de espaldas sobre la arena, aterrorizado, lo miraba pasar encima de mí, observaba esas entrañas de monstruo, a toda velocidad, despidiendo ascuas y ceniza.

Después quedaba el cielo, arriba, oscuro, encerrado entre los gruesos barrotes de los durmientes del puente. Al rato, solamente el murmullo del río y el canto de algunos chalchaleros entre los árboles de la ribera.

Él fue hasta la ventana para cerrarla. La lluvia caía con más fuerza y un sonido lejano anunciaba la llegada de un tren a toda máquina.
Creo que serán varios —dijo mi padre—. No sé cuántos —agregó—, pero serán varios.

Para mi madre la guerra era algo así como el Dragón de San Jorge, una cosa monstruosa, horrible, pero asimismo lejana, ajena, posible sólo para otras pobres gentes, pero remota, imposible para nosotros; o algo así como un terremoto en la Luna. Y ahora la guerra, el fruto de esa guerra pasaría frente a nosotros, tocándonos casi; nosotros la veríamos, sentiríamos su olor y le miraríamos la tremenda cara.

Aquellos convoyes de tropas derrotadas que el Paraguay devolvía a Bolivia vía La Quiaca constituían además, para mi padre, un trabajo extra, realmente inusitado, y que venía a romper la monotonía constituida por el paso de un único tren semanal durante años.

Mi padre, arropado con su grueso sobretodo de servicio, esperaba el primer tren, que entró en la pequeña estación haciéndola temblar, como un monstruo, pero no se detuvo; el temblor duró sólo unos segundos y luego escuchamos, a lo lejos, el pito de la locomotora que comenzaba a repechar la cuesta para al fin perderse quebrada adentro. Mi madre me abrazó.

—Era largo —dijo mi padre, quitándose el raído sobretodo de servicio—. Extraño —dijo también—. Pasó demasiado rápido, en mi opinión.

La noche era clara, fría y el cielo cubierto de estrellas. Soplaba un viento seco, cortante, desde el río, que hacía crujir las ramas de los grandes eucaliptos que estaban junto al andén de la estación.

—Mamá, ¿qué es la guerra? —pregunté.

Ella me miró, pero no contestó.

—¿Qué es? —insistí.

Mi madre, sin mirarme, dijo:

—Que te lo diga tu padre. Pero ahora dormí ya.

Mi padre no estaba entonces en la habitación y no pudo explicármelo.

Al otro día.

—Ésa es la guerra —dijo el carnicero.

En la carnicería conversaban el carnicero y don Carlos. Alrededor de ellos estaba la gente, muda, esperando que los despacharan, pero atentos. El sol comenzaba a animarse y con sus rayos iba fundiendo el pequeño manto de escarcha casi invisible que la noche había acumulado sobre las hojas de las plantas y los pastitos.

Yo estaba atento a todo esto, sentado en un viejo tronco muerto a un costado de la puerta, mirando hacia el interior.

—El tren no paró aquí porque tiene órdenes —dijo don Carlos.

El carnicero dijo:

—Sí.
—Iban todos enfermos.
—Ésa es la guerra —dijo el carnicero.
—Es que son unos roñosos —dijo don Carlos—. Estos bolivianos son así —agregó—, traen las pestes.
—Roñosos o no —dijo el español—, eso es lo que nos hace falta.
—¿El qué? —preguntó don Carlos.
—¡Pues el qué! ¡Una guerra! Así todos estos vagos irán de soldados.

El carnicero asintió.

Las mujeres y los hombres escuchaban la conversación sin intervenir, esperando que el carnicero despachase. Yo escuchaba atentamente.

Llegó y lo vi.

El segundo tren llegó. De pronto se detuvo. Tal vez le había sucedido algo. Estaba iluminado y vi los uniformes rotosos, las cabezas, las manos, las caras vendadas; vi a uno de ellos que masticaba un pedazo de pan, como un perro; después vi los largos fusiles con las bayonetas caladas de los que los custodiaban, e inmediatamente distinguí la horrible carcajada de un soldado, mostrando la boca como un pozo, desdentada y sucia. Alguien bajó del tren, no recuerdo esto con nitidez, pero bajó y vino corriendo hacia el lugar desde donde yo observaba, junto al robinete del agua. Entonces salí corriendo, dando alaridos de terror, gritando: “¡Mamá! ¡Mamá! ¡La guerra! ¡He visto la guerra!”, llorando desconsoladamente hasta que mi madre me cubrió con sus brazos. Casi enseguida el tren arrancó.

Desde allí se escuchaba con mayor nitidez el rumor del río. De nuevo crujía la puerta.

—¿Sos vos, Agustín? —dijo la maestra, apenas asomando por una ventana.

Agustín entró.

—No tenés por qué llamar a esta puerta, Agustín; hacé como siempre.

Agustín sonrió.

—Sí —dijo—, era sólo por los perros.

Al fondo, en la huerta, quemaban yuyos. Agustín lo percibió por el olor, también sintió el de los azahares y vio de pronto las suaves curvas de los limones verdes. Entonces se sentó en un banco, junto a dos viejos sauces, y esperó. Una catita comenzó a dar voces. Agustín se adormecía con el silencio, pero también con el ruido de las aguas del río.

Sólo cuando estamos de regreso descubrimos y comprendemos la importancia de todo aquello que habíamos ignorado hasta entonces: la tenue luz del sol sobre el tejado, la hierba que crece a nuestro pie, el monótono cantar de un gallo en la siesta abandonada; escuchamos el ruido de una acequia y vemos pasar con ternura de hermano o de hijo a ese campesino con la azada al hombro. Estamos solos, deseando comprender el lenguaje del silencio, sumergirnos en esa eternidad del mundo, en intento de náufrago; queremos ser humildes, congraciarnos con esa flor silvestre, con esa piedra, con esta tierra siempre igual a sí misma que hasta entonces habíamos pisoteado; porque ahora, después de todo, nos sentimos definitivamente solos frente a toda esta armonía elemental y sin memoria, que nunca muere o que está naciendo cada día.

Primero fue el olor del pan tierno, cociéndose en el horno, y después la siesta ubérrima y sonora, quieta, densamente presente y silenciosa.

Hacia el atardecer el aire se puso fresco y transparente. Agustín le preguntó y la maestra dijo:

—Hace mucho que se casó.
—Lo sabía —dijo a su vez él, luego de un momento.

Agustín no volvió a decir nada; simplemente miraba cómo se mecían las ramas de los grandes sauces llorones que se inclinaban sobre la acequia.

—Está en Rosario, desde que se casó —dijo la maestra.

Agustín está en silencio; la mira y vuelve a mirar los sauces.

—La vida es una cosa seria, Agustín —dice ella.
—Sí —dice él.
—Los que no quieren entenderlo se quedan solos.

Ahora es ella la que se queda mirando en silencio a lo lejos, a través del alambrado hasta el confín de la quinta. Luego se vuelve y casi con brusquedad dice:

—Hablemos claro, Agustín. Me hubiera gustado tenerte como hijo.

Él la mira. Ahora el viento ya es más fresco y comienza nuevamente a silbar por entre los eucaliptos.

—Sí, creo que lo sabía… Quién sabe —dijo él.

Pero la maestra se había sentado y no lo miraba. Permanecía en silencio. Y ese silencio era riesgoso, incurable.

Por fin, Agustín dijo:

—Ahora me voy, los perros romperán la puerta si no llego.

(De: A un costado de los rieles, 1960)

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