Liliana Bodoc: la portentosa imaginación libertaria

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Cuando falleció el 6 de febrero de 2018 la escritora Liliana Bodoc el mundo se detuvo. Un duelo inesperado se produjo de inmediato en su familia, entre sus colegas decentes, entre sus lectoras y lectores, entre todos quienes la habían conocido. Fue como si un silencio respetuoso hubiera tenido lugar. Un silencio al que siguió otro silencio: el del dolor por sustracción de presencia y llegada de ausencia de una figura que se recortaba en la cultura argentina por su integridad y que había destacado por un talento colosal pero del que no hacía alardes Una pérdida crucial acababa aba de tener lugar y esa pérdida se agravaba más aún, porque se trataba de alguien que escribía según los mismos principios éticos con los que pensaba y vivía. Esto es: literalmente se trataba de un ser humano en el que eran congruente el pensar, el escribir y el actuar.

Esta experiencia sobre la muerte de un semejante convengamos que no resulta habitual. Y he sido en contadas ocasiones testigo en el panorama de la literatura argentina de caso desolador idéntico. Este había sido excepcional. Por ese entonces el dolor se expandió más aún porque a quien eso le acontecía resultaba inconcebible que alguna vez le fuera a ocurrir. En sus libros había una visión tan perfecta del arte que por detrás adivinábamos una figura que era imposible fuera vulnerable en ese flanco de la existencia humana. Precisamente uno se olvidaba de la muerte cuando pensaba en ella o la leía Quien atravesaba por esa circunstancia era de un virtuosismo ético y profesional intachables. En efecto, hubo en Liliana Bodoc un respeto aleccionador hacia el semejante, un nivel de tolerancia, pluralismo, comprensión hacia la diversidad y la diferencia, una apertura ideológica y un nivel de consideración que sin embargo no estuvo jamás reñido ni en su poética ni en su vida con la propuesta a un debate abierto de cuestiones de fondo en torno de la conflictividad de fenómenos polémicos. Pero jamás fue una personalidad agresiva ni menos aún de conspirar. Hubo en ella un llamado a la acción y el orden del pensamiento en conjunto que no registra precedentes al menos en lo que a mi memoria atañe en el mundo de las letras argentinas. Considero que Liliana Bodoc deja muchísimas lecciones por aprender y prejuicios por revisar a fondo. Y muy en especial a todos sus colegas. Precisamente en esos términos definiría a Liliana Bodoc: una personalidad ejemplar, que, sin idealizarla, intervino de modo potente con toda la voluntad de desmantelar prejuicios y realizar fuertes señalamientos contra perjuicios ocasiones hacia comunidades o personas afectadas por el dolor.

Una voz con el tono justo. Esencialmente lírica, sin perder por ello, no obstante, un ápice del encanto vertiginoso de la fábula y el dinamismo de la narración. Ella solía afirmar que abrevaba en su cuidadoso rigor por la prosa en los grandes poetas de todos los tiempos, especialmente en los de lengua española a los que, en sus palabras, regresaba una y otra vez. Curioso en una escritora de fantasía épica declarar que ponía el acento en lo más recóndito de sus lecturas en ese género y no en el de los representantes más paradigmáticos de su propia singularidad estética. Pero, ahora que lo pienso, ¿por qué no habría de hacerlo? Este que doy por supuesto consiste en un lugar común o un prejuicio que ella también vino a desmantelar. Tengo la hipótesis de que Liliana Bodoc encubría en lo más profundo de su experiencia sensible, a una poeta con ropajes de narradora. He sido testigo de casos similares.

Se había nutrido de las remotas sagas y de la épica fantástica de autores fundamentales de los siglos XX y XXI de Occidente. Reconocía deudas con J.R.R.Tolkien naturalmente, a cuyo magisterio objetaba sin embargo su eurocentrismo y su carácter patriarcal (como vemos, ya estamos frente a una inteligencia crítica, capaz de discernir con sagacidad manipulaciones ideológicas así como la de tener la valentía para contender contra figuras poderosas, canónicas, que detentan espacios simbólicos consagrados dentro del sistema literario). Pero también se alimentó de los mundos de Ursula K. Le Guin (quien acababa justo de partir también hacía poco tiempo), de quien recogía principios como el pacifismo, el ecologismo y el feminismo. Hubo muchos otros escritores y escritoras de fantasía y ciencia ficción a los que se refirió. Deslizó por allí el nombre de Borges en una entrevista que le realicé por escrito vía correo electrónico y también el de Lewis Carroll.

La saga de los confines, una trilogía de novelas de fantasía épica integrada por «Los días del venado» (2000), «Los días de la sombra» (2002) y «Los días del fuego» (2004) en la cual (según sus palabras literales) se había inspirado en el sustrato de los pueblos aborígenes de América Latina como referente para sus obras, fue la que la dio a conocer como una revelación Se trató de la irrupción en la literatura argentina de la presencia de una escritora de una radical originalidad en el panorama de todos los tiempos. Me atrevería a ampliar a ello que incluso a América Latina o al género en lengua española. Y sus aportes alcanzan quizás el paisaje mundial. Su ficción consistía en una síntesis perfecta de (como dije) épica fantástica, mundo americano y un espacio en el cual las mujeres ocupaban un lugar caudaloso como protagonistas de hazañas sin necesariamente acudir a la violencia sino más bien a una posición activa y participativa o de agentes cumpliendo roles o protagonizando sucesos no siempre atribuidos a ellas por mandato histórico. Y Bodoc asignaba en sus ficciones una centralidad a esas mujeres que abría el juego para que ciertas reivindicaciones de género (sin excesos ni fundamentalismos) tuvieran lugar. En la entrevista ante mi observación de ese punto fue de una vehemencia tal que me resultó sorprendente cómo defendió ese principio ideológico y lo indicó como deliberado. Como si hubiera en ella una convicción tal y una posición tomada que la hicieron no dejar pasar ese punto como si fuera uno más de la entrevista sino uno que consideraba sustantivo.

Cultivó los géneros, desde la perspectiva de los públicos, infantil, juvenil y para adultos, y, desde los contenidos no sólo el fantástico. Su talento, diestramente era ejercido por igual para cada uno de los lectorados con sentido de oportunidad y pertinencia. También, tal circunstancia, no hace sino confirmarla en su plasticidad para interpelar (y sentirse interpelada) por todos los miembros de la comunidad. Leyéndola, uno siente, intensamente, que una escritora se dirige a nosotros como personas íntegras (ya ven, regreso a esta palabra). Y que esa escritora nos habla como si fuéramos personas completas y complejas, sin subestimarnos jamás. Tampoco fue despectiva ni peyorativa con figuras de etapas o personalidades negras, pero sí las desenmascaró y la puso en cuestión. Por otra parte, los mundos que concebía, de tan alternativos al real, abrían puertas y pasajes hacia formas de concebir el orden del pensamiento, de repensar, de sentir y de actuar de un modo superador respecto del que ha cundido hasta el momento, incluso en los contextos más progresistas. Sus ficciones proponen una sociedad humanizada, humanista, equitativa y, sobre todo, de una hermandad entre niños, adultos y ancianos preservando cada uno de ellos su identidad en armonía pero al mismo tiempo narrando conflictos que pueden desestabilizar armonías. Contra esa paz social o la preservación de una hermandad firme podía haber enemigos. Y de hecho los había. Ella no eludió hablar de ellos, de su circunstancia ni tampoco de deslegitimar improcedencias. Y si es tan firme tanto en las categorías de edad como las de género esa circunstancia tiene que ver precisamente con la capacidad de inclusión de la ficción de Bodoc y de su persona para todos los grupos sociales concibiendo el mundo bajo la forma de una totalidad en la cual no existen las diferencias en lo esencial (o, mejor dicho, no deberían existir, lo que es distinto). La solidaridad, la paridad y la igualdad. No obstante, está presente en Bodoc el relato de la rebelión frente a la tiranía y los atropellos, Igualmente frente a ciertas ideologías del desorden que aspiran a instalar discursos y prácticas unívocos o totalitarios. Cuya voz no admite réplicas.

Además de esa fantasía desbordante que no se parecía tampoco a ninguno de sus antecedentes ni referentes (sencillamente porque Argentina no los conocía en carácter sustantivo salvo el caso de Angélica Gorodischer hacia la década del ’80 y otros aislados pero no tan nítidos), escribió relatos y novelas más breves sobre temas que excedían lo estrictamente fantástico. Uno de ellos es «El perro del peregrino», de 2014, nouvelle en la que refería parte de la vida de Cristo a partir de su juventud hasta su muerte. Su recreación histórica de esos episodios es perfecta y no es ni planfletaria ni edificante ni aspira a la persuasión de una para reclutar a una feligresía sino es motivo de una posición creativa que (ella lo sabía) había movilizado los grandes relatos de las civilizaciones de todos los tiempos, motivo por el cual debía actuar con cautela pero también con una ética de la sinceridad según sus principios. Menos aún Bodoc idealizaba ni a los personajes ni a las situaciones que narraba. Esa novela daba la primera persona del singular narrativa a un perro, Miga de León, precisamente a quien Cristo salvaba de una muerte aparentemente segura arrojado en una bolsa a las aguas del lago Tiberíades junto a sus hermanos sacrificado en una bolsa por un inescrupuloso. Lo bautizaba con ese nombre porque era pequeño como una miga de pan y del color del pelaje del imponente felino africano. Las apariencias, suelen engañar, como veremos. El perro fielmente lo seguía, refiriendo en una suerte de monólogo interior, interpelando de modo directo a los lectores, con una letra que se dispersa sobre el papel en cursiva para no ser confundida con el discurso del relato central, las andanzas de su amo. Un amo por quien sentía devoción pero experimentaba también las intuiciones amenazantes del riesgo. En la breve novela hay otros personajes que tampoco idealiza precisamente la historia: un eunuco, que recibe el castigo brutal de la castración por parte de un visir producto de su infidelidad con una de las esposas de su harén. La escena de la castración resulta singularmente sanguinaria y estremecedora pero no hay regodeo del orden de lo que pueda cautivar desde espectacular. Otro personaje, como se recordará es el de una prostituta. Y su madre que aparece apenas en pocas ocasiones en el libro, dice por ahí: «Son muchos los que lo aman pero pocos los que lo cuidan». El final resulta conmovedor. Estando Jesús en la cruz una serie de chismes de pueblo adoptando la forma de un sistema de versiones o hipótesis que conjeturan acerca de qué ha hecho y quién es ese hombre que ha sido sacrificado. A su lado, entre el dolor irreparable y el respeto reverencial, se encuentran su madre y la citada prostituta, ambas junto a la cruz. Puede decirse que el papel que hacen los varones en la novela no está demasiado a la talla, en especial en ese momento. Y me parece que aquí Bodoc se jugó entera. Sabía que, narrando esta fábula, tendría a media humanidad evaluando su libro. Adoptando la forma de censores varios de ellos. Juzgando su dimensión ética e ideológica vinculada al orden del dogma. Fue respetuosa pero no cobarde. Se atrevió a revisar el relato codificado por la religión católica en los Evangelios buscando en él menos el mensaje moral o aleccionador que asistiendo a él desde su dimensión inventiva. Y lo hizo desde una voz de mujer.

Otra de sus novelas breves, «El rastro de la canela», una breve novela histórica, llega justo a tiempo para conmemorar el bicentenario de la Revolución de Mayo de nuestro país. En efecto, fue publicada en 2010 y narra una relación amorosa prohibida entre un mulato y una señorita de sociedad que sin embargo rompe con todas las reglas de clase y roles de género. Esa joven ha sido criada en Brasil, rodeada de los frutos de la tierra, trepada a los árboles, del modo más libre, audaz pero también armónico que se pueda imaginar. Esa narración, que podría perfectamente haber devenido folletín o, peor aún, patética novela rosa por su nivel de cursilería, es una verdadera historia de amor, sin rasgos estereotípicos ni clichés. Utilizando formas narrativas atractivas y renovadoras, como el modo de organizar la discursividad (recurso habitual en Bodoc) así como el uso del género incidental de las cartas ficcionales que intercambian clandestinamente los personajes, son una fuente riquísima en la variedad de su carácter expresivo tanto como reflexivo pero también articula los contenidos de carácter revelador de la trama. «El rastro de la canela» lleva ese título porque cuando el protagonista, Tobías, es capturado por las fuerzas realistas por sedición contra el Virrey Cisneros, Amanda, su amante y la nana de ésta, María, realizan un ritual pagano en la tumba de la madre de Tobías con canela. En efecto, María le dice a Amanda que las madres no abandonan a sus hijos ni aun cuando mueren y que la negra Veridiana, si realizan una ofrenda, lo auxiliará. Pero hace falta una sustancia muy pura para tal fin. La canela es la apropiada. Así lo hacen y esto despierta también la evocación sensual del padre de Tobías, que se encuentra en las cercanías, el amo de esa estancia, quien ha mantenido las relaciones infieles que dieron lugar al nacimiento de Tobías. Tampoco la novela se convierte en otra vertiente factible: ser vehículo pedagógico de referir las hazañas de la independencia con afán reivindicativo sino, por el contrario, en todo caso, de carácter descriptivo de un contexto que tampoco se puede eludir. Axiológicamente marcada, si bien es cierto que insiste en el valor y los principios de la libertad de un país, no lo hace bajo la forma de buscar la adhesión por una causa sino más bien la alienta un afán de pintar, con los colores inesperados de un óleo, seres protagonistas de esa gesta que no le resulta menor. Toda circunstancia libertaria, como se puede apreciar en su producción, alimentada por ideales independentistas, interesó siempre a Bodoc. Nuevamente, también, se comprometerá con la causa americana desde una perspectiva nacional.

La novela corta «La entrevista» (2012) narra las distintas dimensiones de la tarea escolar impartidas por una docente de Lengua y literatura en un colegio secundario a un grupo de adolescentes. En efecto, ese grupo de alumnos (son cuatro, dos mujeres y dos varones) debe realizar una entrevista a un personaje distinguido de la comunidad. Eligen, luego de varios avatares, tentativas y descartes, a un actor de teatro. Su historia, su vida, la entrevista, en la que el actor pondrá en escena mediante parlamentos de obras de Shakespeare, los invitará a que se disfracen, a que repitan fragmentos de ciertas piezas del autor isabelino y el actor ejecutará una interpretación de una anciana, un gesto tan transgresor como desconcertante para un grupo de adolescente, en el otro extremo de la vida. Todo ello serán episodios que marquen a este grupo y sus vidas despreocupadas y más o menos ligeras. Igual perplejidad tendrá lugar en la vida de la docente, reproduciendo el efecto anterior. En efecto, Pedro Montiel se dirigirá a ella en primera persona a través de una grabación y la interpelará (dato que ya pone en evidencia el trabajo inacabado, pero a la vez lo constituye una prueba concreta de su realización) siendo tan comprensivo como aleccionador y rebelde acerca de la consigna. Ellos no concluirán la tarea que se les había solicitado. Pero cuando le dejen la grabación a la docente (demasiado académica y rígida para lo que lo son hoy en día), escuchará el eco de voces de poetas. La sombra de Ibsen junto con la de Shakespeare recorrerá la obra y, entre el discurso narrativo y su cruce con el de la dramaturgia, incluidas las didascalias (o acotaciones escénicas), la novela se volverá un híbrido textual notable que subvertirá códigos y convenciones. De modo que esa estabilidad de géneros tan frecuentes Bodoc viene a echarlas por tierra de modo sumamente transgresor, leitmotiv que regresa a su poética de modo recurrente. Entre la narrativa y la dramaturgia, Bodoc elabora entonces un discurso literario nuevamente complejo que articula y desarticula la ficción según es concebida en el marco de la tradición narrativa. Ese mismo procedimiento que Bodoc emplearía, en un sentido muy distinto, de mezcla de códigos, entre lo visual y las viñetas (el cómic) y lo escrito en «Diciembre, Súper Álbum» (2003) o bien código visual de la plástica en «Sucedió en colores» (2004), un libro de cuentos infantiles en el que en cada uno de ellos predomina un cromatismo, por un lado. Por el otro un léxico directamente asociado a él. A lo que sumo un universo ficcional que, precisamente por esa presencia y hegemonía sensible de carácter visual, adopta una cierta clave. Así, su universo semiótico pone en diálogo a ambos códigos. El verbal y el visual.

Un fuerte compromiso con la defensa de DDHH sin estridencias que supo inmediatamente conjugar con su poética acompañó desde sus narraciones más tempranas todo el desarrollo de las ficciones de Bodoc. No hace falta sino echar una ojeada a cualquiera de sus libros para comprobarlo en su concepción sobre la infancia, en su concepción sobre la mujer y en su concepción sobre la xenofobia u otros vínculos sobre la convivencia entre individuo y sociedad de un altísimo voltaje de violencia en ocasiones.

Liliana Bodoc comprendía la poética como una forma esencialmente libertaria de plantarse frente al mundo, reparadora del dolor y del sufrimiento. Que llegaba para subvertir los valores más conservadores, pacatos y nocivos que hacían colapsar el progreso humano de una sociedad, derribar las utopías y resulta, por inferencia, natural que cada una de sus obras esté alimentada por esos principios. «El espejo africano» (2008) y «Presagio de carnaval» (2008), que no descuidan en momento alguno la belleza, son dos historias paradigmáticas en tal sentido. Y son dos parábolas del dolor que narran, muy en particular la primera, los avatares que los poderosos hacen correr a destinos desprotegidos y castigados, en ese caso, de otro continente igualmente de destino tan infeliz como el latnoamericano. También un continente del que poco o nada sabemos. Bodoc entonces procede a una invención de voces acalladas o inexistentes en el panorama de la ficción argentina e incluso que se viene a sumar a otras mundiales, si bien ella lo hace desde la imaginación pero también de la reivindicación. No obstante, en ese libro la redención llega pese a las instancias del dolor que naturalmente resultan inevitables. Por otra parte, abordó frontalmente las prácticas de la discriminación en numerosos aspectos de la vida en sociedad, viniendo a instalar temas ya transitados desde aproximaciones notablemente novedosas y con una prosa de un nivel de perfección llamativa. Y es que probablemente sea esa la gran virtud de la buena literatura. Mediante la antelación o bien a través de una narrativa de reflexión en torno de ejes polémicos instalar en la sociedad temas sin demasiadas vueltas tomando partida y dejando en claro que hay valores y principios que son de naturaleza universal que además corresponde sean respetados hasta sus últimas consecuencias. Bodoc propone salidas a dilemas y salidas a conflictos. Pero también rebeliones frente al poder.

No me extenderé más en estas líneas. Sería un gesto grandilocuente y, en un punto, pomposo que Liliana Bodoc conjeturo seguramente hubiera desaprobado haciéndomelo notar de modo gentil por su carácter modesto y con modales. Pero sí me gustaría decir que deja un legado inmenso. La profunda convicción de que la lengua española puede ser vehículo de historias fabulosas con un estilo sutil y sin didactismos, poniendo en cuestión los dogmatismos. Que corresponde cuestionar a los referentes literarios y a los modelos de los que en principios no hemos nutrido y tomar de ellos solo lo que nos interesa desviando mediante operaciones inteligentes esos vértices en ocasiones vergonzosos. Que nuestras ficciones son capaces de devenir portadoras de ideas, de puntos de vista firmes e inclaudicables, claros y transparentes al mismo tiempo si somos buenos escritores. En tanto narrar mundos prodigiosos constituye una de las formas de la insurgencia. No puedo concebir legado mayor.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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