Literatura y valentía

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Ilustración: Tullio Pericoli

Me interesaba en el presente artículo ensayar algunas hipótesis e desarrollar ciertas ideas acerca del modo en que determinados creadores y creadoras tomaron la decisión de afrontar mediante la palabra el desafío de la prohibición, el tabú o la persecución en sus distintas variantes. Tanto en tiempo presente como retrospectivamente. Me referiré estrictamente a casos argentinos en los cuales la variable está asociada a la la sexualidad y el género, a la política y la Historia o a ambos casos conjugados.

Recuerdo una entrevista que le realicé a la escritora argentina Alicia Steimberg hacia los 2000. En un momento de ella abordamos el caso de su novela erótica «Amatista» (1989), sobre la que yo tenía unas cuantas preguntas que formularle. Había (lo recuerdo) leído con atención la novela y realizado una lectura detallada sobre sus procedimientos y contenidos Pero lo cierto es que la conversación siguió sinuosas caminos hasta desembocar en un punto mucho más significativo para mí. Le pregunté qué había significado para ella presentar a un concurso de literatura erótica de la colección La Sonrisa Vertical de Editorial Tusquets de España un libro de estas características. La novela salió finalista del XI Premio de esa colección y consiste en nueve sesiones amatorias, que por momentos adoptan matices surrealistas, en otros de un raro extrañamiento, que Amatista le imparte a un misterioso «doctor». En ocasiones intervienen otros personajes. Pero el punto es que en ese pasaje en concreto de la entrevista, la interrogué acerca de cómo se había animado a publicar en 1989 una novela de semejante nivel exposición. Hablamos de los permisos y los tabúes en su casa, de una madre persecutoria y de la pacatería que solía reinar en ciertos sectores de la sociedad, no solo la argentina. Me dijo que sentía que había enviado un libro a tantos miles de kilómetros de distancia que sentía que eso le confería un cierto anonimato (aunque eso no fuera tan así). Hasta que , lo recuerdo como si fuera hoy, ella literalmente pronunció las siguientes palabras: «Si un escritor siente que tiene que escribir sobre un determinado tema, lo va a hacer». Esa frase, que Alicia Steimberg dijo seguramente para ella al pasar y que no habría sido significativa para ella, en mí en cambio surtió un shock tal que literalmente me paralizó. La entrevista siguió pero yo no lograba salir de esa frase que Steimberg dijera y que surtiera sobre mí un efecto tan abrumador. Naturalmente por algo eso había sucedido. Y creo que lo comprendí muchos años más tarde.

Yo había escrito y publicado a lo largo de mi vida sobre temas cómodos, incómodos, perturbadores y seguramente otros neutrales para muchos o para los lectores que seguían o leían por causalidad mis artículos, cuentos o poemas, produciendo distintas clases de efecto. Pero estaba al tanto de que algunos habían irritado o, como mínimo, habían provocado reticencias, resistencias o reparos hacia esos textos, hacia esos contenidos o formas o incluso hacia mí, naturalmente. De hecho en un par de casos hubo más o menos sutiles actos de censura que se disfrazaron de contrapropuesta para publicar textos alternativos.

Aún así, había tenido sentido escribirlos y presentarlos porque yo había cobrado consciencia del efecto que pueden tener en el orden de lo real ciertas palabras. Y pensé (lo pienso ahora en voz alta) que la verdadera literatura, como dice Susan Sontag, es «la que pone nerviosa a la gente». No necesariamente la que la agravia o la ofende (lo que no es lo mismo ni me interesa, además de ser irrespetuoso y ofensivo). Pero sí estoy de acuerdo en varios puntos con Alicia Steimberg. En primer lugar con que se hubiera metido con un tema tabú (porque si la novela era de 1989 para la sociedad argentina el tema era aún un escándalo dado el tema de «Amatista», en especial por cómo lo aborda) y, por otro lado, de tomar el toro por las astas y no esquivarle a los silencios a los que aspira de nosotros el poder. Toda clase de poder. Pero en el caso de los escritores el que pretende hacernos hacernos decir ciertas cosas, que no digamos otras o bien brutalmente acallarnos.

En efecto, Alicia Steimberg no había sido hipócrita (sabiendo que en la sociedad la sexualidad estos temas en muchos casos se manejaba de un modo inmoral, por no decir deleznable) y sí a mi juicio había tenido coraje. Ser valiente no es ser ni un héroe, ni un mesías ni necesariamente un mártir (si bien esto puede, con matices, suceder). Es simplemente decir ciertas cosas necesarias o imprescindibles en el momento adecuado a quienes consideramos deben escucharlas con la intención de poner en evidencia comportamientos ilegítimos o que abusan contra la dignidad humana. Esto es: dar cuenta de un estado de cosas y hacerlo público mediante determinadas la construcción de determinadas representaciones. Hay circunstancias, naturalmente, en que el escritor o la escritora, lo sabemos, corren riesgo de muerte. Pero aún así hay zonas de incertidumbre que podrán ser introducidas a través de sus libros o inducir un determinado efecto. Esas zonas que provoquen extrañamiento, ambigüedad, inquietud son valiosísimas a mi juicio ¿Cuántos poemas han dicho o sin decir? ¿no recordamos acaso ciertas frases de algunos libros que lo dicen todo sin enunciar explícitamente lo que verdaderamente pueden o quieren significar? ¿no resuenan de modo vibrante los versos de poetas que aún después de fallecidos se siguen escuchando como si los dijeran delante nuestro? ¿no existen velados mensajes íntimos que remueven nuestra identidad al ser leídos provocando un cambio en puntos de vista o modos de pensar? Se encubren tras máscaras inofensivas y sin embargo sus efectos son letales. Y hay ideas o imágenes tan sugestivas que pasan encima de la ignorancia de los censores. Porque los censores (de cualquier índole), esto es, la policía de la cultura, aún en sistemas democráticos, buscan lo que quieren ver. Y por lo tanto buscan lo obvio. Lo que resalta pero no son capaces de profundizar el sentido, en la zona más compleja (y de más infinita riqueza), del arte.

La literatura, la poética es, lo sabemos, un discurso polisémico por excelencia. Un discurso que, particularmente en el caso de la poesía, dice muchísimas cosas a la vez sin decir ninguna en particular. La poesía es el género, a mi juicio, polisémico por excelencia y es por eso que fue en el que los formalistas rusos, esos teóricos de la poética de comienzos del siglo XX acentuaron de modo singular sus cavilaciones. «Decir sin decir» es la consigna de los creadores más diestros en tiempo oscuros, en tiempos violentos, en tiempos de mordaza, en tiempos en los que la palabra debe ser callada porque de otro modo los cuerpos también pueden verse comprometidos por sustracción de presencia y llegada de ausencia de modo agresivo. Cuando ya cunde el sistema del terror y por lo tanto el riego es mortal. Ni siquiera puedo imaginar el pánico que deben haber experimentado los autores censurados en épocas dictatoriales, no solo en Argentina.

Para ir al caso de la literatura infantil argentina, sin ir más lejos, los libros «Jacinto» (1977) de Gabriela Cabal y «La torre de cubos» (1966) de Laura Devetach, este último de carácter emblemático, adoptaron formas de la resistencia tan ambiguas, en algunos casos como subterránea, particularmente significativas. En una conmovedora y agradecida dedicatoria a la edición de «La torre de cubos» de 2016 escribe Laura Devetch: «A todas las maestras y todos los maestros que hicieron rodar estos cuentos cuando no se podía, ¡muchas gracias!». En esta frase Laura Devetach condensa muchos significados y sentidos respecto de la cultura literatura, los saberes, la educación y la censura. En primer lugar el espacio de cómo el espacio del poder impide la libre circulación de ciertos discursos. En segundo lugar cómo pese a esa circunstancia comienzan sin embargo a hacerlo gracias al arrojo y los aportes, en este caso, de ciertos docentes, esto es, a mediadores entre el discurso literario y un lectorado infantil que se está iniciando y formando para y por la libertad. Enseñar esos cuentos, esto es, que «rodaran», que circularan fueron un acto de resistencia mayúsculo contra el poder carnívoro de la dictadura militar. Porque esa circulación consolidó un pacto. Configuró una alianza. Fue la garantía de que pese a la voluntad de acallar a los escritores y escritoras no todos los trabajadores de la cultura estaban dispuestos a que se atropellara a los creadores en un patoterismo y una prepotencia intolerables sino a legitimarlos y restituirles su dignidad a la talla que merecían, aún corriendo riesgos altos. Y porque los niños merecen tener acceso a la conducta ejemplar de personas que pese a la prohibición aún así practican lo que predican: un desacuerdo de modo absoluto y rebelde contra esa misma prohibición que no admiten cunda en sus aulas. En este caso Laura Devetach había dicho lo que no se quería escuchar. Lo que aún así debía ser dicho. Y, por último, los maestros se habían hecho eco de la voz maravillosa de esa escritura virtuosa. Su trabajo constructivo para la libertad, en conjunción, constituía el fundamento de la producción de sentidos que fundamentaba todas esas prácticas. El argumento sustantivo, por otra parte, que las articulaba, las volvía solidarias y tendía puentes en tiempos de frío y oscuridad.

Porque vuelvo a la frase de Alicia Seimberg: «Si un escritor siente que tiene que escribir sobre un determinado tema, lo va escribir». Laura Devetach lo hizo en su momento. Rodolfo Walsh lo hizo abiertamente, brutalmente, me atrevería a decir en otro, arriesgando su propio cuerpo. Y así la lista se engrosa. En sus diversos matices, están los que más veladamente o más explícitamente lo han realizado. No obstante, la insurrección en todos los casos está presente, al igual que el desacuerdo. En tanto el poder aspira a la imponer lo unívoco estos autores y autoras suprimen esa consigna, la neutralizan con un discurso y con prácticas de la insumisión, en palabras de María Negroni. Y están quienes han recuperado esas experiencias de destitución de significados por parte de totalitarismos desde la experiencia del dolor.

Porque luego queda la memoria del sufrimiento. Pensaba en, entre muchos otros casos, el libro libro «En estado de memoria» (1996) de Tununa Mercado. No solo un libro sobre el exilio, esto me gustaría dejarlo en claro. Hay muchos contrapuntos en él. Un libro sobre la precariedad de la subjetividad y del cuerpo, de la vulnerabilidad y la provisoriedad (también de los manuscritos). Pero asimismo sobre la valentía que supone afrontar ciertos acontecimientos dramáticos de la existencia atravesada por la Historia incluso aún después regresar del exilio. En ocasión del duelo. Del sentimiento de pérdida. En el que la letra que se encuentra debe decidir si escribe y en ese caso qué escribirá. Si escribirá y enunciará su propia letra o se tratará de un palimpsesto a partir de ese estremecimiento y ese temblor producto de la definición evidentemente dilemática en la que debe optar y confesarse a sí misma, casi en una paradoja, si lo hará, si escribirá o no. Si se escribirá a sí misma o no. Si escribirá el sufrimiento para por fin salir de él. Y eso tendrá lugar luego de todos los actos de resistencia y de intervención que habían demandado de su presencia urgente, sobre todo en México, durante el exilio. Capítulos negros que de modo evidente habían ocupado su tiempo en prácticas, temas, actividades mucho más necesarios para el caso de lo que, para ella, en ese momento era la escritura. Ahora, con la mente más serena, el espíritu más aquietado, un espíritu bajo un estado de aparente calma (pero ¿había calma o aún convulsión?), con el estado de derecho que ha regresado a una patria a la que ella misma ha regresado, la escritura podía ser pensada, afrontada y el horror narrado. Pero para eso hacía falta también valentía. Una patria y una ciudad en la que sin embargo encuentra fantasmas por todas las calles por las que circula, revisitando departamentos y circulando por veredas en los que asiste a rostros que no están, como el de Rodolfo Walsh, cuya casa visitaba. Imaginando escenas persecutorias. Hasta que el sujeto de la enunciación con coraje por fin escribe, escribe, escribe el exilio. La vulnerabilidad y ese conjunto de tensiones de ansiedad angustiosa producto de una una serie emociones encontradas. Entre lo que dejó al partir, lo que padeció tanto por haber perdido, lo que le pertenecía como un derecho, lo que le fue arrebatado con el furor brutal de una violencia ilegítima hasta lo que recupera, parcialmente, con una mutilación sin embargo irremediable, ahora que está de regreso en su patria pero donde sin embargo encuentra momentos inevitables del dolor. La invasión dramática de un insecto/vampiro enorme en su casa mientras tiende la ropa y la revancha luego de escribir con su letra sobre otra letra, el nombre, casi burlón en ese contexto aún dramático, de «Gregorio Samsa», en la superficie del afiche de difusión de la fumigación que tendrá lugar en su edificio de su departamento. Lo cierto es que el sujeto de la enunciación escribe no sé si lo prohibido, diría más bien lo temido. Lo persecutorio, como dije. No sé si ese es el punto. Escribe más bien lo que estaba guardado, macerándose en estado de latencia sufriente y emerge con arrojo y hasta cierto arrebato en la escritura, que sin embargo se revela armónica y sin arrebatos. Y emerge a la escritura. «Escribe lo que una escritura siente que debe escribir», con el matiz, diría yo, de que en este caso la escritura se politiza, se carga de un altísimo voltaje histórico. Porque escribir sobre el exilio supone hacerlo sobre golpes de estado, gobiernos de facto, militares que usurpan gobiernos democráticos legítimos, la expulsión compulsiva de patria (en su caso en dos oportunidades), el extrañamiento frente a dos culturas ajenas, la inmersión en una lengua extranjera, o a una variedad del español distinta, a nuevos vínculos en una cadena asociativa de características atroces e intolerables para el sujeto de la enunciación. En fin, el comienzo de una vida completamente inesperada para una mujer cuando la que llevaba con su esposo e hijos daba la impresión de estabilidad (si bien sabemos este punto siempre es tornadizo). Volver a nacer en un volver a existir, en un volver a escribir en este caso sobre temas que conectan lo político con lo que afecta a la subjetividad en el orden del malestar. Pero también de un sacudimiento brutal del orden de lo reparatorio..

En «El beso de la mujer araña» (tan luego publicada en 1976) o bien en otras de sus novelas como «The Buenos Aires Affaire (1973) Manuel Puig debió tolerar de modo descarado amenazas de la Triple A o bien integrar listas negras producto de que sus libros fueran considerados inmorales. Aún así no calló. Las novelas fueron escritas en este caso en contrapunto contra una homofobia y un sistema patriarcal que no solo no admitía sino que hostigaba y hasta agraviaba a la identidad en su caso gay. De modo que Puig, entre muchos otros autores y autoras (pienso en ciertos libros paradigmáticos de Reina Roffe y Sylvia Molloy, en otros sentidos), también se vieron objeto de repudio, todos con sus matices pero producto de la misma matriz que persigue la exclusión.

Lo cierto es que a través del tabú, a través de la tragedia política (capítulos muy distintos en una vida), tanto contemporáneo como retrospectivo las experiencias de la prohibición, del tabú, de la persecución no hacen sucumbir a los escritores frente al poder de decir, de escribir, de simbolizar lo que son y por lo tanto lo sienten y por lo tanto lo que crean. A la capacidad de expresar experiencias trágicas y tamizarlas traducidas por la escritura en orden a la elaboración de una poética. Una poética contra el silencio. Contra el silenciamiento. Contra el poder que pretende paralizar. Contra la brutalidad de la que pretende hacernos víctimas la autocensura producto de tabúes o bien productos de arrasadores e invasivos motivos políticos tanto contemporáneas como retrospectivos. Los que incluso los sumen en decisiones culminantes respecto de su vocación.

Soy un convencido de que la verdadera literatura, la que perdura, las poéticas inolvidables son las realizadas por gente valiente. ¿Les parece que recordemos entonces a Ana Frank como ejemplo paradigmático? Esto indudablemente tiene un costo. La discriminación, las listas negras, el cotilleo de vergonzoso de conventillo, la persecución, en muchos casos el exilio (como dije), en otros, incluso, el homicidio. Pero sin embargo, y pese a todo a todas estas calamidades atroces, todo ese dolor, deja la herencia de un triunfo. El costo ha sido alto. Lo sabemos. No obstante, a esto llamo yo el triunfo literatura de una literatura de la verdad.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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