Lluvia ligera

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Thomas Pynchon

En el exterior, el terreno de la compañía se asaba lentamente bajo el sol. El aire estaba inmóvil, saturado de humedad. El sol arrancaba destellos amarillos de la arena alrededor del barracón que albergaba el Servicio de Transmisiones de la compañía. Dentro no había nadie, salvo un asistente soñoliento que fumaba apoyado en la pared y una figura inerte con uniforme de faena que, tendida en un camastro, leía un libro de bolsillo. El asistente bostezó y escupió hacia la arena ardiente, y la figura del camastro, que se llamaba Levine, pasó una página y volvió a arreglar la almohada bajo su cabeza. En alguna parte un mosquito grande zumbaba y arremetía contra el cristal de una ventana, y en otro lugar sonaba una radio, sintonizada con una emisora de rock and roll de Leesville. Afuera, los ruidosos jeeps y vehículos de doscientos cincuenta caballos iban y venían constantemente. Aquello era Fort Roach, Louisiana, hacia mediados de julio de 1957. Nathan «Culón» Levine, especialista de tercera clase, llevaba trece meses, casi catorce, destinado en el mismo batallón, la misma compañía, el mismo camastro. Dado el tipo de instalación que era Roach, esa circunstancia podría haber llevado a hombres más normales al borde del suicidio o, como mínimo, de la locura, como sucedía a menudo, según ciertas estadísticas militares más o menos ocultas. Pero Levine no era exactamente normal, sino uno de los pocos hombres, aparte de los que ponían todo su empeño en lograr que los destinaran a la sección octava, a quien Fort Roach le gustaba de veras. Tranquila y discretamente se había convertido en un nativo: los filos angulosos de su acento del Bronx se habían embotado y ablandado, modificándose en un habla lenta y pesada, había descubierto que el whisky de fabricación casera, que solía tomar a palo seco o mezclado con cualquier cosa que saliera de la máquina automática de la compañía, era a su manera tan agradable como el escocés con hielo, y ahora escuchaba a los grupos de hillbilly en los bares de los pueblos vecinos con el mismo arrobamiento con que en otro tiempo apreciaba a Lester Young o Gerry Mulligan en Birdland. Medía más de metro ochenta y era ágil de movimientos pero su físico de yuntero, en opinión de sus antiguos condiscípulos, enjuto y de músculos tensos, se había vuelto fofo al cabo de tres años dedicados a evitar la asignación de tareas. Ahora tenía una buena panza de bebedor de cerveza, de la que estaba un tanto orgulloso, y un gran trasero del que lo estaba menos y que le había valido su apodo.

—Mira quién viene —dijo el asistente, arrojando la colilla a la arena.

—Si es el general, dile que estoy durmiendo —replicó Levine. Encendió un cigarrillo y bostezó.

—No, es Piesligeros —le informó el asistente, el cual volvió a apoyarse en la pared y cerró los ojos.

Se oyó un ruido de pasitos en el porche y una voz con acento de Virginia que dijo:

—Capucci, cabrón inútil. El asistente abrió los ojos.

—Que te jodan —respondió.

«Piesligeros» Dugan, el administrativo de la compañía, entró y se acercó a Levine con un frunce malévolo en los labios.

—¿Quién va a leer ese libro de putas después de ti, Levine? —le preguntó.

El aludido, que estaba usando el casco como cenicero, sacudió la ceniza de su cigarrillo.

—Los reclutas supongo —respondió sonriente. El frunce de labios del otro se convirtió en una fina línea.

—El teniente quiere verte —le dijo Dugan—, así que levanta tu culo seboso y preséntate en la oficina. —Levine pasó otra página y reanudó la lectura—. ¿Has oído? —añadió el administrativo, y Levine sonrió vagamente.

Dugan era un recluta. No había pasado del segundo curso en la Universidad de Virginia y, como tantos administrativos militares, tenía una vena sádica. Ese no era su único encanto. Tenía por verdades manifiestas que el NAACP 2 era una camarilla comunista dedicada por entero a la mezcla de las razas blancas y negra mediante matrimonios mixtos, y que el caballero de Virginia era en realidad el Übermensch por fin advenido, al cual no le había sido posible cumplir con su elevado destino a causa de la maquinación malévola de los judíos de Nueva York. Debido a estos últimos, sobre todo, él y Levine no se llevaban muy bien.

—El teniente quiere verme —dijo Levine—. No me digas que ya tienes los papeles de mi permiso. Ey… —consultó su reloj— son poco más de las once. Felicidades, Dugan. Cinco horas y media antes de lo previsto.

Meneó la cabeza con una expresión admirativa, y Dugan sonrió afectadamente.

—Creo que no se trata de tu permiso… Quizá tengas que esperar un poco más para conseguirlo.

Levine dejó el libro y apagó el cigarrillo aplastándolo contra el casco. Alzó la vista al techo.

—Vaya por Dios —dijo en voz baja—. ¿Qué habré hecho ahora? No me digas que van a meterme en chirona. Otra vez no.

—Tu último sumario fue hace sólo dos semanas, ¿no es cierto? —replicó el administrativo. Levine conocía la táctica. Imaginaba que tiempo atrás Dugan había decidido abandonar sus deseos de hacerle sudar, pero suponía que los tipos de su clase jamás arrojaban la toalla—. Así que fuera del camastro, no te digo más — añadió Dugan, con una pronunciación de las vocales que irritó a Levine, el cual cogió el libro y se puso a leer.

—Muy bien —le dijo, haciendo un saludo militar—. Vete por donde has venido, hombre blanco.

Dugan le dirigió una mirada iracunda y finalmente se marchó. Antes de salir tropezó, al parecer, con el M1 del asistente, porque se oyó un estrépito y Capucci dijo:
—Dios santo, eres un cabrón descoordinado.

Levine cerró la novela, la dobló por la mitad, se volvió a un lado y la metió en el bolsillo trasero del pantalón. Permaneció tendido unos instantes, absorto en la contemplación de una cucaracha que avanzaba por algún laberinto particular en el suelo. Finalmente bostezó y se levantó del camastro, arrojó al suelo las colillas y la ceniza acumuladas dentro del casco y se lo puso, ladeado sobre los ojos. Al salir restregó la cabeza del asistente.

—¿Qué pasa? —le preguntó Capucci.

Levine entrecerró los ojos mientras salía a la atmósfera pesada y brillante.

—Nada, el Pentágono otra vez —respondió—. Es que no pueden dejarme en paz. Caminó por la arena arrastrando los pies, notando ya la intensidad del sol a través
del forro de su casco, hacia el edificio donde estaba la oficina. Una franja verde lo rodeaba, la única hierba en todo el terreno ocupado por la compañía. Delante de él, a su izquierda, vio la cola para el rancho que se estaba formando al lado del comedor. Dobló por el sendero de grava que conducía a la oficina. Esperaba ver a Dugan afuera o, por lo menos, ante una ventana, esperándole, pero cuando entró en la oficina vio al administrativo en su mesa del fondo, escribiendo afanosamente a máquina. Levine se inclinó sobre la barandilla ante la mesa del sargento primero.

—Qué hay, sargento —le dijo. El suboficial alzó la vista.

—¿Dónde diablos estabas? —le preguntó—. ¿Leyendo un libro de putas?

—Así es, sargento —replicó Levine—. Estaba estudiando para sargento. El suboficial frunció el ceño.

—El teniente quiere verte —le anunció.

—Eso he oído decir. ¿Dónde está?

—En la sala, con los demás hombres —le indicó el sargento primero.

—¿Qué ocurre, sargento, algo especial?

—Entra ahí y averígualo —dijo el suboficial de mal humor—. Por Dios, Levine, a estas alturas ya deberías saber que nadie me dice nada jamás.

Levine salió de la oficina y rodeó el edificio hasta llegar a la sala. A través de la puerta de tela metálica oyó la voz del teniente. Abrió la puerta. El teniente y alrededor de una docena de soldados de primera y especialistas de la compañía Bravo estaban sentados o en pie alrededor de una mesa, mirando un mapa manchado por los redondeles que habían dejado las tazas de café.

—Di Grandi y Siegel —decía el teniente—. Rizzo y Baxter… —alzó la vista y vio a Levine—. Tú irás con Picnic, Levine. —Dobló el mapa con cuidado y se lo
guardó en el bolsillo trasero—. ¿Está bien claro? —Los reunidos asintieron—. Muy bien, entonces eso es todo hasta la una. A esa hora sacáis los camiones del parque y os ponéis en marcha. Nos veremos en Lake Charles.

El teniente se puso la gorra y salió, haciendo que la puerta mosquitera golpeara ruidosamente tras él.

—Es la hora de la Coca —dijo Rizzo—. ¿Alguien tiene un pitillo? Levine se sentó sobre una mesa.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Ah, qué puñeta —dijo Baxter, un campesino menudo y rubio de Pennsylvania

—. Son esos condenados cajuns 3 otra vez. Claro, ponen toda clase de letreros. Prohibido pisar la hierba, a los perros y al personal militar y cosas por el estilo, pero en cuanto tienen el más pequeño problema, ¿a quién acuden llorando?

—Al batallón de transmisiones 131, claro —respondió Rizzo.

—¿Adónde tenemos que ir a la una? —preguntó Levine.

Picnic se levantó de su asiento y se encaminó a la máquina de refrescos.

—A no sé que sitio cerca de Lake Charles —le informó—. Parece ser que ha habido una tormenta y las comunicaciones no funcionan. —Metió una moneda en la máquina y, como de costumbre, no ocurrió nada—. La compañía Bravo va a rescatarles. —Su voz se hizo suave, acariciante—. Vamos, pequeña —le dijo a la máquina, y la emprendió a puntapiés con ella. La máquina continuó impasible.

—Ten cuidado, no vayas a volcarla —dijo Baxter.

Picnic golpeó la máquina en ciertos lugares cuidadosamente seleccionados. Se oyó un chasquido y empezaron a fluir dos chorros, uno de agua carbónica y otro de jarabe de Coca-Cola. Antes de que cesaran, cayó una taza vacía y su exterior quedó recubierto de jarabe.

—Mira qué lista eres —dijo Picnic.

—Está neurótica —comentó Rizzo—. El calor la ha enloquecido.

Estuvieron charlando un rato, haciendo especulaciones y maldiciendo a los cajuns y al ejército mientras fumaban y bebían Coca-Cola, hasta que Levine se levantó y se metió las manos en los bolsillos, sin molestarse en disimular la prominencia de su vientre.

—Bueno, creo que iré a preparar mis cosas —anunció.

—Espera un momento —dijo Picnic—. Te acompaño.

Cruzaron la puerta mosquitera y regresaron por el sendero de grava a la zona arenosa frente al barracón de transmisiones. Avanzaron pesadamente por la arena, empapados de sudor en la atmósfera quieta y bajo el sol implacable.

—Ya lo ves, Benny —dijo Levine—. Ni un solo momento aburrido.

—Qué puñeta —replicó Picnic.

Entraron en el barracón arrastrando los pies como si llevaran grilletes y, cuando Capucci les preguntó qué ocurría le respondieron con un gesto obsceno, simultáneamente y con precisión, como un dúo de vodevil.

Levine sacó su bolsa de lavandería y empezó a meter en ella trajes de faena, ropa interior y calcetines. Encima de todo ello depositó el estuche con los trastos del afeitado y luego, como si hubiera tenido una última ocurrencia, introdujo una vieja gorra azul de béisbol, empujándola por el lado, entre la ropa y la bolsa. Permaneció un rato inmóvil, con el ceño fruncido.

—Oye, Picnic —dijo al fin.

—Qué —respondió su compañero desde el otro extremo del barracón.

—No puedo hacer este servicio. Tengo permiso y empieza a las cuatro y media.

—¿Entonces para qué has hecho el equipaje?

—¿Sabes qué voy a hacer? Iré a ver a Pierce y le hablaré del asunto.

—Lo más probable es que esté comiendo.

—Bueno, también nosotros tenemos que comer. Vamos.

De nuevo recorrieron lenta y pesadamente la arena bajo el sol y entraron en el comedor por la puerta trasera. El teniente Pierce estaba solo en una mesa, cerca de la zona de servicio. Levine fue hacia él.

—He estado pensando… —empezó a decir. El teniente alzó la vista.

—¿Algún problema con los camiones? —le preguntó. Levine se rascó el vientre e inclinó el casco hacia atrás.

—No, no es eso, pero mi permiso empieza a las cuatro v media y pensaba…

Pierce soltó el tenedor que sostenía, el cual produjo un fuerte ruido al golpear la bandeja.

—No, Levine, tendrás que esperar un poco para disfrutar de ese permiso.

Una ancha sonrisa apareció en los labios de Levine, una sonrisa de idiota que, estaba seguro de ello, ponía nervioso al teniente.

—Caramba, ¿desde cuándo soy tan indispensable para la compañía? —inquirió. Pierce suspiró, claramente irritado.

—Escucha, conoces la situación de esta compañía tan bien como cualquiera, y la orden pide especialistas, técnicos de primera. Por desgracia, no contamos con ninguno, pero tendrás que servir, porque sólo disponemos de patanes como tú.

Pierce pertenecía al ROTC 4 y se había graduado en el Instituto de Tecnología de Massachusetts. Acababan de ascenderle a teniente primero y hacía grandes esfuerzos para evitar que el poder se le subiera a la cabeza. Hablaba con un acento preciso y seco de locutor.

—Usted ha sido joven, teniente —le dijo Levine—. En Nueva Orleans me espera una chica. Deje que la juventud se divierta. Hay cientos de especialistas mejores que yo.
El teniente sonrió sin abandonar su expresión inflexible. Cada vez que se planteaba un problema de esa clase, se producía un mutuo e implícito reconocimiento de valía entre los dos. Externamente se detestaban, pero cada uno tenía la vaga sensación de que eran más parecidos de lo que cualquiera de ellos estaría dispuesto a admitir, tal vez hermanos en el fondo. Cuando Pierce llegó a Roach y conoció el historial de Levine, intentó hablarle. «Te estás echando a perder, Levine», le decía.

«Eres universitario, con el coeficiente intelectual más alto de todo el maldito batallón, ¿y qué estás haciendo? Sentado en el agujero infecto más apestoso de las fuerzas armadas, sobre un culo que cada mes está más gordo. ¿Por qué no ingresas en la OCS? 5 Si quisieras, incluso es probable que pudieras ingresar en West Point. En fin,
¿por qué se te ocurrió meterte en el ejército?» Y Levine, con una sonrisa vacilante, que no era por entero de disculpa ni totalmente desdeñosa, respondía: «Supongo que me pareció bien reengancharme y vivir de ello». Al principio el teniente se irritaba al escuchar esas palabras, se enfurecía tanto que sus respuestas eran incoherentes. Más tarde optaba por dar media vuelta y marcharse, y al final abandonó toda esperanza y dejó de hablar a Levine.

—Estás en el ejército, Levine —le dijo— y el permiso no es un derecho sino un privilegio.

Levine se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón.

—Ah, bueno, de acuerdo —replicó.

Se dio la vuelta y, con las manos en los bolsillos, se dirigió lentamente al estante de las bandejas. Cogió una y los cubiertos, y pasó por la zona de servicio. Había otra vez cocido. El jueves parecía ser el día del cocido. Se acercó a Picnic, que ya estaba comiendo, y, sentándose ante él, le dijo:

—A ver si lo adivinas.

—Me lo imaginaba —replicó Picnic.

Terminada la comida, salieron de la sala y caminaron unos dos kilómetros, a ratos por arena y a ratos por cemento, arrastrando los pies en silencio, mientras el sol les calentaba los cascos, se abría paso entre el cabello y les alcanzaba el cráneo. Era la una menos cuarto cuando llegaron al parque de vehículos, donde estaba ya la mayoría de los otros, con los camiones de setecientos cincuenta kilos y los equipos de radio en las cajas. Levine y Picnic subieron a un camión, el segundo se puso al volante y siguieron a los demás camiones hasta llegar a la compañía. Recogieron sus bolsas en los barracones y las cargaron.

Se pusieron en marcha hacia el sudoeste, entre marismas y tierras de labor. Cuando se aproximaban a la ciudad de De Ridder, vieron nubes en el sur.

—¿Va a llover? —preguntó Levine—. Qué puñeta.

Levine se había puesto gafas de sol y volvía a leer su libro, que se titulaba La chica del pantano.

—Cuanto más pienso en ello —dijo perezosamente— más me parece que algún día voy a atizarle a ese teniente un puñetazo en los morros.

—Sí, es un tipo desagradable —convino Picnic. Levine se colocó el libro abierto sobre el estómago.

—Quiero decir que a veces casi desearía estar de nuevo en la ciudad, y eso es malo.

—¿Por qué es malo? —replicó Picnic—. Yo preferiría volver a la academia en vez de hacer esta mierda.

—No, uno no vuelve —dijo Levine, cejijunto—. Si mal no recuerdo, sólo volví una vez, y fue para vivir con una tía. Eso también salió mal.

—Sí, ya me lo contaste. Deberías haberte quedado. Ojalá pudiera volver, aunque sólo fuese al cuartel, e irme a dormir.

—Puedes dormir en cualquier parte —dijo Levine—. Yo puedo hacerlo.

Al llegar a De Ridder giraron hacia el sur. Las nubes se amontonaban, grises y amenazadoras, delante de ellos. A su alrededor se extendía la marisma, gris, musgosa y hedionda, y pronto cedió el paso a una tierra de labor de aspecto árido.

—¿Quieres leer esto cuando lo haya terminado? —preguntó Levine a su acompañante—. Es muy bueno. Trata de las marismas y de esa chica que vive en ellas.

—¿De veras? —respondió Picnic, mirando ceñudamente al camión de delante—. Ojalá encontrara una tía en estos pantanos. Me haría una choza en medio de uno de ellos, donde el Tío Sam no me encontrara jamás.

—Seguro que harías eso —dijo Levine.

—Estoy convencido de que tú sí que lo harías.

—Quizás, hasta que me cansara —puntualizó Levine.

—¿Por qué no sientas la cabeza, Nathan? Búscate una chica guapa y simpática y vete a vivir al norte.

—Mi amor es el ejército —afirmó Levine.

—Los tipos de treinta años sois todos iguales. ¿Aún se cree Pierce toda esa mierda sobre el reenganche?

—No sé, pero me parece que no. ¿Por qué habría de creérselo? Claro que muy bien podría estar diciendo la verdad. En fin, voy a limitarme a esperar y ver, cuando llegue el momento…

Así avanzaron durante un par de horas, dejando vehículos por el camino para que colocaran los relevadores y establecieran comunicación con Roach, hasta que ya en las proximidades de Lake Charles sólo quedaban dos camiones. Rizzo, que viajaba con Baxter en el camión de delante, hizo una seña a Levine y Picnic para que bajaran. El cielo estaba completamente cubierto y soplaba vientecillo, gélido al contacto con sus uniformes de faena húmedos.

—Busquemos un bar —propuso Rizzo—. Esperaremos a que llegue el teniente. Rizzo era sargento y, además, el intelectual de la companía. Se tendía en su litera para leer cosas como El ser y la nada y Forma y valor en la poesía moderna, y desdeñaba las novelas del Oeste, pornográficas y policíacas que sus compañeros intentaban prestarle. A menudo sostenía con Picnic y Levine largas conversaciones nocturnas en el almacén o la cafetería, y en general era Rizzo el que más hablaba. Entraron en el pueblo y encontraron un bar tranquilo al lado de un instituto. No había más que un par de colegialas sentadas a la barra. Ocuparon una mesa del fondo y Rizzo fue al lavabo. Baxter se encaminó a la puerta.

—Voy a comprar el periódico, vuelvo ahora mismo —les dijo.

Levine, caviloso, tomaba cerveza. Con frecuencia practicaba el hábito de fruncir los labios como Marlon Brando v rascarse el sobaco. A veces, según su estado de ánimo, hacía tenues ruidos simiescos.

—Despierta, Picnic —dijo al fin—. Viene el general.

—Que le den por el saco —replicó Picnic.

—Estás amargado —comentó Rizzo, que regresaba en aquel momento—. Deberías ser como yo, o como Culón. Un despreocupado.

Baxter entró apresuradamente, con el periódico en la mano y lleno de excitación.

—Eh, hemos salido en titulares —les dijo. Tenía un periódico de Lake Charles y, cuando lo puso sobre la mesa sus compañeros leyeron el titular a toda plana: 250
DESAPARECIDOS A CAUSA DEL HURACÁN.

—¿Huracán? —dijo Picnic—. ¿Quién diablos ha dicho algo acerca de un huracán?

—Tal vez la armada no puede enviar un avión y quieren que nosotros encontremos el ojo del huracán o algo por el estilo —sugirió Rizzo.

—No sé, pero me pregunto qué estará pasando ahí —dijo Baxter, pensativamente

—. Diablos, las cosas deben de irles mal si no les funcionan las comunicaciones.

Resultó que el huracán había aniquilado por completo un pueblecito llamado Creole, situado en una isla, o una zona bastante alta, en la región de canalizos a lo largo del Golfo, a unos treinta kilómetros de Lake Charles. No había duda de que el Servicio Meteorológico había sufrido una confusión: el miércoles por la tarde, cuando los habitantes empezaron a evacuar el pueblo, el Servicio emitió un comunicado diciendo que el huracán no llegaría hasta el jueves por la noche y les instó a que no congestionaran las carreteras, pues había tiempo más que suficiente. El huracán se presentó en algún momento entre la medianoche y las tres de la madrugada del jueves, concentrándose en Creole. El artículo seguía diciendo que la Guardia Nacional estaba en camino, así como la Cruz Roja, el ejército y la armada. Estaban intentando despegar desde la base aérea de Biloxi, pero las condiciones eran muy malas para volar. Una de las grandes compañías petrolíferas colaboraba con un par de remolcadores para ayudar en las operaciones de rescate. Probablemente Creole sería declarada zona catastrófica. Y así sucesivamente. Tomaron unas cervezas más, hablaron del huracán, todos estuvieron de acuerdo en que durante los próximos días probablemente tendrían que trabajar como condenados, lo que condujo a varias afirmaciones, obscenas y desleales, sobre la naturaleza del ejército de Estados Unidos.

—Reengánchate —dijo Rizzo—, todavía estás a tiempo, aún eres aceptable. Me quedan trescientos ochenta y dos malditos días. Dios mío, nunca llegaré al final.

—Venga, hombre —replicó Levine, sonriente—. Estás resentido, eso es todo. Cuando salieron del bar estaba lloviendo y hacía más frío. Subieron a los camiones y volvieron a cruzar el pueblo, chapoteando en los charcos, para acudir a la cita en el lugar indicado por el teniente Pierce. Este aún no había llegado. Aparcaron y Levine y Picnic permanecieron sentados en la cabina, oyendo el tamborileo de la lluvia en el techo. Levine se sacó del bolsillo La chica del pantano y se enfrascó en la lectura.

Al cabo de un rato, Rizzo se acercó y dio unos golpes en la ventanilla.

—Se acerca el general —les dijo, señalando la carretera.

A través de la lluvia distinguieron un jeep conducido por una figura borrosa con uniforme caqui. El vehículo se detuvo al lado del camión de Rizzo y el conductor bajó y corrió tambaleándose hacia Rizzo. Tenía los ojos enrojecidos y estaba sin afeitar, el uniforme caqui sucio y con desgarrones, y cuando habló había en su voz un ligero temblor.

—¿Sois de la Guardia Nacional, muchachos? —les preguntó en un tono más alto de lo necesario.

—¡Ja! —replicó Rizzo con brusquedad—. No, por Dios. Puede que lo parezcamos, pero no lo somos.

—Ah. —El hombre se volvió y Levine observó con cierta sorpresa que lucía dos galones plateados en cada hombro. Sacudió la cabeza y murmuró—: Allá las cosas están un poco complicadas. —Se dispuso a subir de nuevo al jeep.

—Lo lamento, señor —le dijo Levine, y entonces añadió en voz baja—: Dios mío, Rizzo, ¿has visto eso?

Su compañero se echó a reír.

—La guerra es un infierno —dijo con displicencia.

Permanecieron sentados media hora más, hasta que por fin apareció el teniente. Le hablaron del capitán que andaba buscando a la Guardia Nacional y le contaron lo que decía el periódico acerca del huracán.

—Bien, pongámonos en marcha —dijo Pierce—. Están en un buen aprieto, sin comunicaciones.

Resultó que el ejército había instalado su base de operaciones en el colegio
universitario McNeese, y ya había oscurecido cuando los dos camiones entraron por una de las tranquilas calles del campus y se detuvieron en un enorme patio cubierto de hierba.

—¡Eh! —gritó Picnic a Baxter—. Hagamos una carrera, a ver quién termina primero.

Instalaron las antenas de doce metros y Baxter y Rizzo ganaron.

—Qué diablos —dijo Levine—. Cuando toda esta chatarra esté montada, os invitamos a una cerveza.

Picnic se puso a trabajar en el TCC-3 y Levine empezó a instalar un AN/GRC-10. Hacia la medianoche tenían comunicaciones.

Baxter asomó la cabeza por la trasera del camión.

—Bueno, chicos, nos debéis una cerveza —les recordó.

—¿Tienes idea de dónde hay un bar por aquí? —le preguntó Levine.

—Tú eres el universitario del grupo —replicó Baxter—. Tú y Rizzo. Deberíais ser capaces de localizar uno enseguida.

—Sí, Nathan —terció Picnic en tono amable, alzando la vista del TCC-3—. Deberías sentirte como un antiguo alumno.

—Claro, claro —dijo Levine—. Es la semana del regreso al hogar. No sé por qué no os doy un puñetazo en los morros.

—Anda, invítanos a una cerveza —dijo Baxter.

Encontraron un pequeño bar de ambiente estudiantil a unas manzanas de distancia. En McNeese se estaba impartiendo un cursillo de verano y en el local algunas parejas bailaban el rhythm and blues que emitía el tocadiscos. En una estantería había una hilera de jarras de cerveza, con el nombre de alguien en cada una de ellas.
Era esa clase de local.

—En fin —dijo Baxter alegremente—, la cerveza es la cerveza.

—Cantemos esas cosas que entonan los estudiantes cuando empinan el codo —propuso Rizzo. Levine le miró.

—¿Lo dices en serio?

—Personalmente, nunca me ha gustado esa basura estudiantil —dijo Baxter—. A mi modo de ver, no hay nada como la experiencia.

—Eres un patán —replicó Rizzo— Estás en presencia de tres de los intelectuales de primera clase con que cuenta el ejército.

—A mí no me metáis en el grupo —dijo Levine en voz baja—. Soy un profesional, un hombre de carrera.

—Hombre, Nathan, a eso mismo me refiero —replicó Baxter— Tienes un título universitario y todavía no estás mejor situado que yo, que nunca pasé del bachillerato.
—El problema de Levine —intervino Rizzo— es que es por lo menos el cabrón más perezoso del ejército. No quiere trabajar, y por eso teme echar raíces. Es una
semilla que se deja caer en sitios rocosos, sin ningún espesor de tierra.

Levine sonrió.

—Y cuando sale el sol, me achicharra y me marchito. ¿Por qué diablos creéis que me paso tanto tiempo dentro del cuartel?

—Rizzo tiene razón —dijo Baxter—. No hay sitios más rocosos que Fort Roach, Louisiana.

—Ni sitios donde el sol caliente más, sin duda —añadió Picnic.

Siguieron bebiendo y charlando hasta las tres de la madrugada. De regreso al camión, Picnic comentó:

—Chico, ese Rizzo habla mucho.

Levine enlazó las manos sobre el estómago y bostezó.

—Supongo que alguien tiene que hacerlo —replicó.

Rompía el alba cuando un gran ruido despertó a Levine, un estrépito aturdidor en medio del patio.

—¡Aaag! —exhaló, llevándose las manos a la cabeza—. ¿Qué diablos es eso? Había cesado de llover y Picnic estaba en el exterior.

—Míralos —le dijo. Levine asomó la cabeza y echó un vistazo.

A un centenar de metros, uno tras otro, como insectos gigantescos, despegaban unos helicópteros militares para ver lo que quedaba de Creole.

—Que me aspen —dijo Picnic—. Anoche ya estaban aquí. Levine cerró los ojos y volvió a acomodarse.

—Aquí las noches son muy oscuras —comentó, y se abandonó de nuevo al sueño. Despertó a mediodía, hambriento y con dolorosas pulsaciones en las sienes.

—Picnic —gruñó—. ¿Dónde demonios se come en estos alrededores? —Su compañero roncaba—. ¡Eh! —dijo Levine, sacudiéndole la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Picnic.

—Quisiera saber si hay cocinas de campaña o lo que sea en alguna parte. Rizzo bajó de su camión y se les acercó.

—Joder, tíos, mira que sois gandules —les dijo—. Nosotros estamos en pie desde las diez.

En el enorme patio los helicópteros despegaban y aterrizaban con supervivientes. Las ambulancias y un enjambre de médicos y sanitarios estaban allí, preparados para ocuparse de ellos. Camionetas y jeeps estaban aparcados por doquier y pululaba toda clase de personal militar, en su mayoría con uniforme de faena y, de vez en cuando, un atisbo de color caqui y un destello de galones.

—Cielo santo —dijo Levine—. ¿Qué ha pasado aquí?

—También hay reporteros, fotógrafos de Life y seguramente un par de cámaras de telediario. Oficialmente esto es ahora una zona catastrófica.

—¿Pero qué ven mis ojos? —dijo Picnic, parpadeando—. Chicos, mirad qué monadas.

Aunque allí impartían tan sólo un cursillo de verano, no eran pocas las alumnas atractivas que iban de un lado a otro entre la horda de monótono color verde oliva. Baxter estaba alborozado.

—Sabía que si me quedaba en Roach el tiempo suficiente, sucedería algo bueno —comentó Baxter.

—Como la calle del Aguardiente en día de paga —dijo Rizzo.

—No me lo recuerdes —replicó Levine, y entonces, como si acabara de cruzar por su mente un nuevo pensamiento, añadió—: De todos modos esto es Nueva Orleans, qué diablos. —Vio un camión de doscientos cincuenta caballos a unos veinte metros de distancia con la señal del batallón 131 en un lado. Le faltaba un guardabarros y tenía diversas abolladuras—. ¡Eh, Douglas! —gritó.

Un larguirucho pelirrojo, sentado al pie de una de las ruedas delanteras, alzó la vista.

—Hombre, por fin —respondió—. ¿Por qué habéis tardado tanto? Levine se le acercó.

—¿Cuándo habéis llegado? —le preguntó.

—Anoche intentaron enviarnos a mí y a Steele, poco después del desastre, pero el maldito huracán sacó de la carretera a este viejo trasto.

Levine miró el camión.

—¿Cómo andan las cosas ahí abajo?

—Es difícil decirlo —respondió Douglas—. El único puente que hay ha sido destruido. Los ingenieros están deslomándose para tender un puente de pontones. Por lo que be oído decir, el pueblo está en una situación infernal, bajo unos dos metros de agua, y lo único que permanece en pie es el edificio del juzgado, gracias a su cemento armado. Y fiambres… chico, emplean unos remolcadores para recogerlos y apilarlos como leña. Huele bastante mal.

—No seas cabrón, hombre —le dijo Levine—. Aún no he desayunado.

—Pues vas a tener que conformarte con bocadillos y café durante algún tiempo —comentó Douglas—. Hay muchas chicas que van por ahí ofreciéndotelo… Me refiero a bocadillos y café. No he visto ninguna de las otras, todavía no.

—No te preocupes —replicó Levine—, ya las verás. Tú y todos nosotros. Esto va a mejorar, porque yo no me pierdo un permiso por nada.

Regresó al camión. Picnic y Rizzo estaban sentados en los guardabarros, comiendo bocadillos y tomando café.

—¿De dónde habéis sacado eso? —les preguntó.

—Vino una tía y nos lo dio —respondió Rizzo.

—No te joroba —dijo Levine—. Por una vez ese tabernario ha dicho la verdad.

—Quédate aquí y ya vendrá alguna —le sugirió Rizzo.

—No sé… —dijo Levine—. Podría morirme de hambre. A veces tengo esa mala suerte. —Señaló con la cabeza a un grupo de alumnas y, al percibir una curiosa sintonía con Rizzo, que llevaba una temporada latente, le dijo a éste—: Sin duda ha pasado largo tiempo desde la última vez.

Rizzo soltó una risa hueca.

—¿Qué te pasa? ¿Estás nostálgico o qué? Levine meneó la cabeza.

—No, no es eso. Me refiero a algo así como un cortocircuito cerrado. Todo el mundo está en la misma frecuencia y, al cabo de un tiempo, te olvidas del resto del espectro y empiezas a creer que ésta es la única frecuencia que cuenta o es real, mientras que en el exterior, por todas partes, hay todos esos colores maravillosos, rayos X y ultravioletas.

—¿No crees que Roach también es un circuito cerrado? —le preguntó Rizzo—. McNeese no es el mundo, pero en Roach tampoco está el espectro.

Levine volvió a menear la cabeza.

—Vosotros, los reclutas, sois todos iguales —sentenció.

—Lo sé, lo sé. Ejército regular hasta el fin. ¿Pero qué fin?

Se les acercó una muchacha rubia con un cesto lleno de bocadillos y vasos de papel con café.

—Llegas a tiempo, cariño —le dijo Levine—. Me has salvado de una muerte segura.

Ella le sonrió.

—Bueno, no pareces estar tan mal.

Levine cogió dos o tres bocadillos y un vaso de café.

—Tú tampoco —dijo él, mirándola maliciosamente—. Veo que ahora los San Bernardo son mucho más lindos que antes.

—Como cumplido es dudoso —replicó ella—, pero de mejor gusto que cualquiera de los que me han dicho hoy.

—Dime cómo te llamas, por si vuelvo a tener hambre —le dijo Levine.

—Me llaman «Botoncito de oro» —respondió la chica, riendo.

—Una comedianta —dijo Levine—. Te entenderías bien con Rizzo. Es universitario. Podríais jugar a «adivina de quién es esta cita» o algo por el estilo.

—No le hagas caso —intervino Rizzo—. Sólo entiende de arados. Ella se animó.

—¿Y te gusta arar? —le preguntó.

—Más tarde —respondió Levine, y tomó un sorbo de café.

—Más tarde, claro —dijo ella—. Nos veremos en el patio.

Rizzo cantaba La alumna Betty como un tenor desafinado, con una sonrisa sesgada en el rostro.

—Calla —le ordenó Levine—. No tiene gracia.

—Chico, te estás peleando con tu situación, ¿eh? —dijo Rizzo.

—¿Quién se está peleando? —replicó Levine.

—¡Eh! —gritó Douglas—. Voy a ir con un jeep al embarcadero. ¿Alguien quiere venir?

—Voy a quedarme junto al circuito —respondió Picnic.

—Anda, vete —dijo Baxter—. Prefiero quedarme donde hay tías. Rizzo se echó a reír.

—Vigilaré al muchacho; podría perder la virginidad. Baxter frunció el ceño y replicó:

—El próximo que eches será el primero.

Levine se sentó al lado de Douglas en uno de los jeeps del batallón, y el traqueteante vehículo cruzó el campus, en el borde del cual entraron en una carretera asfaltada cuya superficie degeneraba incesantemente a medida que se aproximaban al Golfo. Apenas había indicios de que el huracán hubiera pasado por allí, sólo algunos árboles y señales de tráfico derribadas, unas pocas tejas y tablas diseminadas por el suelo. Douglas se había embarcado en un comentario continuo, consistente sobre todo en datos estadísticos de segunda mano, y Levine asentía distraído. Empezaba a tener una vaga idea de que, al fin y al cabo, tal vez Rizzo no era un «estudiante universitario perpetuo», de que, en ocasiones, el pequeño sargento lograba tener un atisbo de la verdad. Además, estaba empezando a preocuparse, a prever, quizás, algún cambio radical al cabo de tres años de arena, cemento armado y sol. Tal vez se debía tan sólo a que aquél era el primer campus universitario que pisaba desde que se graduó en el City College de Nueva York pero, por otro lado, quizás era el momento apropiado para un cambio. Ausentarse sin permiso cuando regresara a Roach o emborracharse durante tres días le ayudaría tal vez a aliviar lo que estaba empezando a reconocer como monotonía.

El embarcadero estaba tan lleno de gente como lo había estado el patio del colegio universitario, pero el ritmo era más lento y el orden más evidente. Los remolcadores de la compañía petrolera traían un montón de cadáveres, los soldados procedían a la descarga, los sanitarios los rociaban con fluido embalsamador para evitar que se descompusieran y otro equipo de soldados los cargaban en camiones que se los llevaban de allí.

—Los almacenan en el gimnasio del instituto —informó Douglas a Levine—. Todo el local está lleno de hielo. Tienen grandes dificultades para identificarlos, pues parece ser que el agua les estropea la cara.

Flotaba en el aire un olor a putrefacción que a Levine le recordó el del vermut después de que uno se haya pasado toda la noche bebiéndolo. El equipo de la muerte trabajaba con precisión y eficacia, como una cadena de montaje. De vez en cuando, uno de los descargadores se apartaba para vomitar, pero sin que ello interrumpiera la fluidez del trabajo. Levine y Douglas se sentaron a contemplarles mientras el cielo se oscurecía, iba perdiendo aquel sol en el que nadie podía fijarse. Un viejo sargento mayor se les acercó y, apoyado en el jeep, charló un rato con ellos.

—Estuve en Corea —les informó después de que uno de los cadáveres se hubiera desintegrado a causa de la torpeza con que lo manejaban—. Comprendo que los hombres se tiroteen, que se maten unos a otros, pero esto… —sacudió la cabeza y concluyó—: Dios mío.

Varios oficiales iban de un lado a otro, pero ninguno de ellos se dirigió a Levine o Douglas. A pesar de su eficiencia mecánica, la operación tenía cierto aire de informalidad: casi nadie llevaba la gorra puesta, y un coronel o un comandante se detenía a charlar con los sanitarios.

—Es como en combate —dijo el sargento—. Todas las reglas están en suspenso, pero qué más da, al fin y al cabo no hacen ninguna falta.

Permanecieron allí hasta las cinco y media y entonces ingresaron.

—¿Dónde habrá una ducha? —preguntó Levine—. ¿O eso será pedir demasiado? El soldado sonrió.

—Anoche un amigo mío se duchó en un club de alumnas —le informó—. Creo que hay duchas por todas partes.

Cuando regresaron a los camiones, Levine hizo una visita a Picnic.

—Desconecta —le dijo—. Si encuentras una ducha en alguna parte, házmelo saber.

—Caramba, tienes razón. Se nota que estamos en julio.

Levine ocupó el lugar de su compañero junto al equipo de radio y escuchó el circuito durante un rato: no sucedía gran cosa. Al cabo de media hora volvió Picnic.

—Qué diablos, Rizzo está allí, a la escucha —le dijo—. Quiere cumplir con su deber, ¿para qué vamos a deslomarnos nosotros? Mira, caminas más o menos una manzana, hasta pasada la capilla, y ahí hay un dormitorio. No tiene pérdida, hay mucha gente que entra y sale.

—Gracias —le dijo Levine—. Volveré dentro de cinco minutos e iremos a tomar una cerveza o lo que sea.

Sacó de la bolsa de lavandería una muda de ropa interior, un uniforme de faena limpio y el estuche del afeitado, y salió a la oscuridad cálida y pesada. Los helicópteros seguían aterrizando y despegando, y con sus luces en la cabina y la cola parecían salidos de una película de ciencia ficción. Levine encontró el dormitorio, entró, se duchó y cambió de ropa. Cuando regresó, Picnic estaba leyendo La chica del pantano. Salieron y encontraron otro bar, más ruidoso, atestado de público como cada noche de viernes.
Vieron fugazmente a Baxter, que intentaba seducir a una chica cuyo acompañante ya estaba demasiado borracho para intentar oponerse a puñetazos.
—Dios mío —dijo Levine. Picnic le miró.

—No quiero parecerme a Rizzo, pero ¿qué te ocurre, Nathan? ¿Qué se ha hecho de nuestro buen sargento Bilko 6 particular, a quien tanto quisimos? ¿Empieza a cercarte el pasado, estás a punto de sufrir una crisis intelectual o qué?

Levine se encogió de hombros.

—Lo más probable es que sólo se trate de mi estómago —respondió—. Después de tanto tiempo dedicado a desarrollar y cuidar este vientre de bebedor de cerveza, se cruza en mi camino una cosa como esos fiambres y me lo descompone.

—Mal asunto, supongo.

—Sí —convino Levine—. Hablemos de otra cosa.

Permanecieron sentados mirando a los estudiantes. Todos intentaban aparentar que no ocurría nada anormal, como si la catástrofe no les afectara ni pudiera afectarles jamás. La rubia que había dicho llamarse Botoncito de oro se acercó y le dijo:

—A ver si adivinas esta cita.

—Conozco un juego mejor —replicó Levine. La rubia se echó a reír y tomó asiento.

—El chico con quien salgo se ha puesto enfermo —les explicó—. Ha tenido que irse a casa.

—«Allá va, a no ser por la gracia de Dios…» —citó Picnic.

—¿Habéis trabajado duro? —les preguntó Botoncito de oro con una sonrisa radiante.

Levine se inclinó hacia atrás y echó un brazo alrededor de los hombros de la chica con la mayor naturalidad.

—Yo sólo trabajo cuando el objetivo lo merece —le dijo, y ambos intentaron sostener sus miradas respectivas durante un rato, hasta que él sonrió como si hubiera conseguido un pequeño triunfo y añadió—: O es alcanzable.

Ella enarcó las cejas y comentó:

—Puede que ni siquiera entonces tengas que trabajar tan duro.

—¿Qué haces mañana por la noche? —le preguntó Levine—. Lo averiguaremos. Un sureño de aspecto adolescente vestido con una chaqueta de pana se les acercó
tambaleándose y rodeó con el brazo el cuello de la muchacha, volcando de paso la cerveza de Picnic.

—Oh, cielos, ¿has vuelto? —dijo la chica.

Picnic miró con semblante entristecido su uniforme de faena empapado.

—Qué magnífica excusa para una pelea. ¿Vamos allá, Nathan? Baxter les había escuchado disimuladamente.

—Sí —respondió—. Ahora hablas como es debido, amigo Benny.

Y el soldado lanzó un violento gancho largo dirigido a nadie en particular pero que alcanzó a Picnic en un lado de la cabeza y le derribó de la silla.

—Dios mío —dijo Levine, mirando a su compañero caído—. ¿Estás bien, Benny?

—Picnic no respondió y Levine se encogió de hombros.

—Vamos, Baxter, nos lo llevaremos de aquí. Disculpa, Botoncito de oro. Recogieron a Picnic y lo llevaron de regreso al camión.

Al día siguiente, Levine se despertó a las siete. Deambuló un rato por el campus, buscando una taza de café, y después del desayuno tomó una de esas decisiones instantáneas sobre cuyos motivos siempre es divertido reflexionar luego.

—Eh, Rizzo —llamó al sargento, y le zarandeó—. Si alguien viene y pregunta por mí, no importa que sea el general o el ministro de Defensa, dices que estoy ocupado, ¿de acuerdo?

Rizzo musitó algo, quizás una obscenidad, y volvió a dormirse.

Levine pidió que le dejaran subir a un jeep del batallón que se dirigía al embarcadero y permaneció allí algún tiempo, observando los barcos que traían cadáveres.
Finalmente, cuando uno de los remolcadores casi había sido descargado, bajó al muelle y saltó a bordo. Nadie pareció reparar en él. Había media docena de militares y otros tantos civiles, sentados o de pie, todos ellos silenciosos, fumando o mirando la grisácea marisma que parecía deslizarse por el costado del barco. Dejaron atrás el puente de pontones que los ingenieros casi habían completado y avanzaron entre pecios y árboles arrancados de cuajo. Cruzaron despacio por Creole, deslizándose junto a los pisos superiores del edificio del juzgado, y prosiguieron hacia las granjas distantes que seguían en pie y aún no habían sido registradas. De vez en cuando, un helicóptero atronaba en el cielo. Se levantó el sol, débil a través de la delgada capa nubosa, y calentó el aire inmóvil y fétido sobre la marisma.

Eso sería sobre todo lo que Levine recordaría más tarde: el peculiar efecto atmosférico del sol gris en la marisma gris, el olor del aire y la sensación que producía.
Navegaron durante diez horas buscando cadáveres. A uno lo desengancharon de una valla de alambre espinoso, de la que colgaba como un globo absurdo, un travestido, hasta que al tocarlo crujió secamente, emitió un siseo y se vino abajo. Recogieron muertos de los tejados y los árboles, los encontraron flotando o confundidos con los escombros de las casas. Levine trabajaba en silencio como los demás, el sol le calentaba el cuello y la cara, llegaba hasta sus pulmones el hedor de la marisma y los cadáveres, y vivía la situación con objetividad, no exactamente reacio a pensar en ello ni del todo incapaz de hacerlo, pero de alguna manera comprendía que no le hacía falta pensar ni racionalizar nada. Estaba recogiendo fiambres, ni más ni menos. Alrededor de las seis, cuando el remolcador atracó para descargar los cuerpos, Levine bajó con tanta despreocupación como había subido a bordo. Saltó a la caja de una camioneta y regresó al patio del colegio universitario, sucio, extenuado y mareado por el hedor que él mismo despedía. Sacó ropa limpia del camión, sin hacer caso de Picnic, que casi había terminado de leer La chica del pantano y empezó a decirle algo, pero lo dejó correr, fue al dormitorio y estuvo largo rato bajo la ducha, imaginando que era lluvia, una lluvia de primavera y verano, todas las veces que le había llovido encima, y, cuando salió del dormitorio con un uniforme limpio, vio que había vuelto a oscurecer.

Una vez en el camión, sacó de su bolsa la gorra azul de béisbol y se la puso.

—Vaya, te vistes de etiqueta —comentó Picnic—. ¿Qué ocurre?

—Tengo una cita —respondió Levine.

—Magnífico. Me gusta ver juntarse a los jóvenes. Es excitante de veras. Levine le miró completamente serio.

—No, no —replicó—. Me parece más adecuado decir que es «un puro impulso». Subió al camión de Rizzo, el cual parecía dormido, y le birló un paquete de
tabaco y un cigarro De Nobili. Cuando se disponía a salir, el sargento abrió un ojo.

—Hombre, pero si es el viejo Nathan, tan bueno y digno de confianza.

—Vuelve a dormirte, Rizzo —le dijo Levine.

Echó a andar, con las manos en los bolsillos y silbando, en la dirección aproximada del bar donde estuvo la noche anterior. No había estrellas en el cielo y flotaba en el aire una premonición de lluvia. Caminó entre las sombras de los grandes y feos pinos que arrojaban las luces de las farolas, oyendo voces de muchachas y el ronroneo de los automóviles, y se preguntó qué diablos hacía allí cuando debería estar en Roach, si bien tenía la razonable seguridad de que cuando estuviera en Roach empezaría a preguntarse qué diablos hacía allí y, probablemente, en lo sucesivo se preguntaría lo mismo dondequiera que estuviese. Tuvo una visión momentánea y ridicula de sí mismo: Culón Levine, el Judío Errante, discutiendo con otros judíos errantes durante las noches de los días laborables y en extrañas ciudades sin nombre los problemas esenciales de la identidad, no tanto la del yo como una identidad de lugar y del derecho auténtico que tiene uno a estar en cualquier lugar. Localizó el bar y al entrar vio que Botoncito de oro le estaba esperando.

—He conseguido un coche —le dijo la muchacha sonriente. El se dio cuenta enseguida de que tenía un leve acento sureño.

—Eh, ¿qué estás bebiendo?

—Tom Collins —respondió ella. Levine pidió whisky escocés. La chica le miró con una expresión seria—. ¿Es grave lo de ahí afuera?

—Bastante.

Ella volvió a sonreír alegremente.

—Por lo menos no ha causado ningún daño al colegio.

—Creole no ha salido tan bien parado.

—Ya… Creole —dijo ella. Levine la miró.

—Quieres decir que es mejor que hayan sido ellos y no el colegio.

—Hombre, claro —confirmó ella, sin dejar de sonreír. Levine tamborileó con los dedos sobre la mesa.

—A ver, di out —le pidió.

—Oot —dijo la chica.

—Me lo temía.

Bebieron y charlaron durante un rato, en general de cuestiones estudiantiles, hasta que finalmente Levine expresó su deseo de ver qué aspecto tenía la región de los canalizos bajo un cielo sin estrellas. Salieron del bar y él condujo el coche en dirección al Golfo, inmersos en la noche callada. Ella se le arrimaba, excitada, impaciente, tocándole. El permaneció en silencio hasta que la chica le indicó un camino de tierra que conducía al interior de la marisma.

—Ahí —le susurró ella—. Hay una cabaña.

—Estaba empezando a preguntarme… —dijo Levine.

A su alrededor, millares de ranas cantaban para ellas mismas con una serie inexplicable de cambios de acorde a la gloria de ciertos principios ambiguos. Los manglares y el musgo les cercaban. Avanzaron un par de kilómetros hasta llegar a un edificio ruinoso en el quinto pino. Resultó que en el interior había un colchón.

—No es mucho —dijo ella con el aliento entrecortado—, pero es acogedor.

Se estremeció contra él en la oscuridad. Levine sacó el cigarro barato de Rizzo y lo encendió. La cara de la muchacha temblaba a la luz de la llama y sus ojos reflejaban algo que podría ser el consternado y tardío reconocimiento de que al yuntero que tenía delante le impulsaba a aventurarse algo más profundo que cualquier problema de cambio estacional o dudosa fertilidad, precisamente porque él había reconocido antes que la capacidad de entrega de la chica no implicaba nada más allá de la lista de artículos corrientes: tijeras, relojes, cuchillos, cintas, encajes; y, en consecuencia, sentía por ella la misma lástima despreocupada que sentía por las heroínas de las novelas eróticas o el extenuado pero impotente buen ranchero de los relatos del Oeste. Dejó que se desvistiera apartada de él, hasta que, allí de pie, sin nada más que la camiseta y la gorra de béisbol, aspirando plácidamente el humo del cigarro, la oyó gemir en el colchón.

A su alrededor, las ranas entonaban un coro salvaje que, en su estado espasmódico, les parecía gradual, cegados pero todavía curiosamente consciente de ello como poco más que un entrelazamiento de dedos, un leve entrechocar de jarras de cerveza, el compañerismo de unos personajes de revista cursi, y aquel sonido se transformaba en el de un contrabajo que acompañaba al dúo virtuoso de jadeos y grititos; él chupando de vez en cuando el cigarro, la gorra de béisbol ladeada con despreocupación, mientras ella evocaba una sensación improvisadamente protectora, una Pasífae nunca violada del todo. Hasta que al fin, ya aquietados, asaltados todavía por los estúpidos gritos de las ranas, permanecieron tendidos sin tocarse.

—En medio de la gran muerte, la pequeña muerte —dijo Levine, y poco después añadió—: Ja, parece un titular de Life. En medio de Life… Estamos rodeados de muerte, Dios mío.

Emprendieron el regreso y, cuando llegaron al camión, Levine dijo a la chica:

—Te veré en el patio. Ella sonrió levemente.

—Ven y hazme una visita cuando salgas —replicó, y se alejó en el coche. Picnic y Baxter estaban jugando a la veintiuna bajo los faros.

—Eh, Levine —dijo Baxter—. Anoche me dieron un revolcón.

—Ah, felicidades —dijo Levine.

Al día siguiente se presentó el teniente.

—Si quieres, puedes irte de permiso, Levine —le dijo—. Ya está todo arreglado y no hace falta que sigas aquí. Levine se encogió de hombros.

—De acuerdo —respondió.

Estaba lloviendo. Cuando regresó al camión, Picnic comentó:

—Cómo detesto la lluvia, Dios mío.

—Tú y Hemingway —dijo Rizzo—. Es curioso, ¿no? En cambio a T.S. Eliot le gusta la lluvia.

Levine se colgó la bolsa del hombro.

—Esa lluvia es bastante rara —les dijo—. Puede avivar las raíces débiles, rasgarlas, llevárselas. Pensaré en vosotros, muchachos, cuando esté tomando el sol allá en Nueva Orleans y vosotros sigáis aquí con el agua hasta el culo.

—Anda, vete —le instó Picnic—. Lárgate ya.

—Por cierto —dijo Rizzo—. Ayer Pierce quería verte, pero justifiqué tu ausencia diciéndole que habías ido a buscar una pieza para el TCC. Me costó bastante descubrir dónde estabas.

—Vaya, ponme también al corriente de ese descubrimiento —replicó tranquilamente Levine.

Rizzo sonrió.

—La verdad es que aún estoy intentando averiguarlo.

—Hasta la vista, muchachos —dijo Levine.

Pidió que le dejaran subir a una camioneta que regresaba a Roach. A tres o cuatro kilómetros del pueblo, el soldado que iba al volante comentó:

—Puñeta, casi es un alivio volver allá.

—¿Volver? —replicó Levine—. Ah, sí, supongo que sí.

Se quedó absorto en la contemplación de los limpiaparabrisas que apartaban el agua, escuchando el ruido de la lluvia en el techo, y poco después se quedó dormido.

(De: Un lento aprendizaje, Tusquets, 1992. Traducción: Jordi Fibla)



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