Lo que es moda no incomoda

Qué hay detrás de los códigos de vestimenta

Por Sonia Santoro

Una escuela intenta prohibir que las chicas usen pollera porque provoca “tentación”. La foto de las jugadoras argentinas de handball de playa en culotte despierta tantas miradas libidinosas como críticas. Una mujer musulmana no puede entrar en burkini a una terma porque el reglamento, que aplica sólo para mujeres, lo prohíbe. Lo mismo le pasa a otra joven, que pretende entrar con un short como el que llevan todos los hombres del centro termal. La sucesión de hechos de las últimas semanas pone en evidencia que el cuerpo y la elección de vestimenta de las mujeres sigue siendo un territorio en cuestión, sobre el que siempre se puede opinar, disponer y hasta prohibir. ¿Cómo ha sido la relación de las mujeres con el vestir, cuánto ha dictado la moda y cuánto sometimiento hay en esa moda? ¿Cuánto juegan en la elección de vestimenta los estereotipos de belleza? ¿Qué pasa con los varones, hubo códigos de vestimenta para ellos? Son algunas de las preguntas que se intenta responder aquí.

A mediados de octubre se supo que el colegio religioso San José de Pilar quiere prohibir el uso de polleras en el uniforme a partir del año que viene para “evitar tentaciones”. Las alumnas denunciaron que empezaron a medir las faldas para corroborar que el largo es el estipulado por el centro educativo, práctica que seguramente no sorprende a quien haya ido a una escuela católica. Las reglas de vestimenta en los colegios tienen su historia (ver aparte, La dictadura desnuda) y en los últimos años se han visto muchos reclamos de estudiantes para modificarlas.

Esta práctica pone en evidencia tal vez uno de los nudos centrales de la discusión que se instaló en estos días: el cuerpo de las mujeres sería capaz de desatar todo tipo de reacciones sexuales en los varones, que no podrían refrenar sus impulsos. Es decir, el cuerpo de las mujeres como objeto pasivo ante el deseo de los demás. Lo que subyace además en esta noción es que las mujeres no pueden desear y que los varones no pueden ser objetos de deseo tampoco.

También a mediados de octubre, Las Kamikazes, jugadoras argentinas de beach handball, que ganaron la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Juventud, salieron a dar explicaciones sobre por qué elegían usar culotte y top, mientras que otros equipos femeninos llevaban prendas con mayor centímetros de tela. ¿Por qué tuvieron que justificar su vestimenta? Porque algunos medios se lo preguntaron (“Las balonmanistas en top y culotte elegidas las mejor vestidas en los JJ.OO. de la Juventud”, tituló un diario; otro, “Detrás de los culottes de las Kamikazes: las eligieron como las mejor vestidas del mundo”) o decidieron ilustrar sus notas con la foto de todos los hermosos culos juveniles en un abrazo. Las Kamikazes explicaron que esa ropa les queda más cómoda y es su decisión. Lo cual parece ser difícil de digerir todavía para algunos. Este caso “nos invita a interrogarnos sobre cómo ciertos discursos moralizantes han operado históricamente en función de construir al cuerpo femenino como un cuerpo peligroso que tienta la mirada y el deseo masculino. En suma, la noción del recato femenino sigue siendo uno de los legados y bastiones del siglo XIX y que actualmente se están poniendo en crisis”, apunta la doctora Laura Zambrini, socióloga, investigadora del Conicet, profesora titular de Sociología en la Carrera de Diseño de Indumentaria y Textil de la UBA (ver aparte).

Por otro lado, hay otra pregunta que trasciende a Las Kamikazes y que traza una línea con muchas situaciones similares donde las mujeres responden a cierto parámetro de belleza dominante: ¿por qué siempre el cuerpo de las mujeres se muestra más, por qué la ropa es más ajustada o escotada? (ver aparte, Belleza y poder).

 

En realidad pareciera que no importa cuán tapadas o no están las mujeres porque nunca se dará con la medida justa. Dice Daniela Lucena, socióloga de la UBA e investigadora del Conicet, que son las mujeres “quienes lidian cotidianamente con miradas prejuiciosas que asocian su indumentaria a sus elecciones o prácticas sexuales. En el caso de las jugadoras de handball, vemos una mirada social que condena el uso de ciertas prendas porque las considera inadecuadas para esa situación social, pese a que fueron las propias jugadoras quienes las eligieron. Es decir, se sigue legislando sobre el cuerpo de las mujeres en nombre de una interpretación arbitraria que indica cuál debe ser la apariencia deseable”.

En las Termas de Cacheuta, Mendoza, tienen un código de vestimenta sólo para mujeres que dice que ellas pueden entrar sólo en bikini o malla. El año pasado, una joven musulmana quiso acceder a las piletas con burkini y no la dejaron. Y este año, como reveló PáginaI12, otra mujer quiso entrar con un short de baño y tampoco pudo. Lo logró cuando compró un pantalón corto de lycra que le marcaba todas las curvas. Como se ve, el código no es inocente. Para los varones, se aclara, no hay reglas.

Y aunque parezcan prácticas antiquísimas, en las empresas de acá y más allá también sobreviven códigos de vestimenta vetustos y discriminatorios. En España, por caso, Nicola Thorp trabajaba en una agencia de secretarias y recepcionistas y fue despedida este año por negarse a usar tacos de entre cinco y diez centímetros de alto, tal como exigía la etiqueta laboral de su empresa. El Corte Inglés fue denunciado en 2008 por la Federación de Trabajadores de Comercio, Hostelería, Turismo y Juego de la UGT Catalunya por obligar a sus empleadas a ir maquilladas y porque la empresa les daba uniformes a las mujeres mientras que a los hombres les facilitaba dinero para que compraran sus trajes. Ellas iban idénticas, ellos con un traje elegido a su gusto.

Sin embargo, no es que no haya reglas de vestimenta para varones. De hecho sí las hay, la más evidente es la del uso del traje y la corbata para ciertos ámbitos, aun cuando haga muchísimo calor. Pero lo cierto es que las reglas más represivas han estado y están puestas sobre el vestir de las mujeres. Lucena explica que el punto de inflexión en la historia de la moda se llamó “la gran renuncia masculina”: “Se da a lo largo del siglo XVIII en Europa, de la mano del ascenso de la clase burguesa, cuando el centro de la moda se desplaza a París y el hombre renuncia a su coquetería en el vestir. El hombre burgués rechaza los trajes ostentosos, las pelucas y los maquillajes recargados que usaban en las cortes tanto hombres como mujeres y elige prendas más sencillas y menos coloridas. Adopta el traje de tres piezas, con su estilo sobrio y sin adornos, que le permite comunicar los valores del trabajo, la mesura, la utilidad y la racionalidad que su clase erige como estandartes”.

Andar en lolas en una manifestación es un símbolo de autonomía que nació hace algunas décadas. En los años 60 el corpiño fue denunciado por las feministas por considerarlo una prenda opresora y hasta instrumento de tortura. En septiembre de 1968, se produjeron protestas contra la elección de miss América en EE.UU. y uno de los medios para expresar el enojo fue la quema de revistas “de chicas” o pornográficas, pestañas postizas, zapatos de taco alto y corpiños.

Por esos años, Monique Alstchull, directora ejecutiva de Mujeres en Igualdad, daba clases en una universidad de ese país, donde un reglamento decía que las mujeres no podían fumar ni usar pantalones. “Le contesté (a la profesora que se lo había dicho) que entonces cómo era que fumaban. Me contestó que todo el mundo se había acostumbrado. Respondí que puesto que yo no fumaba les canjeaba el cigarrillo por los pantalones.A la semana, todas las profesoras daban clase con pantalones!!!!”, cuenta. Incluso hubo mujeres que fueron presas a principios de 1900 por atreverse a llevar esa prenda esencialmente masculina.

“La gran renuncia masculina conlleva un sistema masculinista de la moda que a través de la asignación de prendas específicas (pantalón para los hombres, faldas para las mujeres) potencia la desigualdad entre los géneros y jerarquiza una vez más las diferencias sexuales, otorgándole a la mujer un lugar subordinado. En este sentido, la investigadora Christine Bard ha demostrado, a través de su historia política del pantalón, cómo esta prenda símbolo de hombría y poder se ha transformado en los dos últimos siglos en el marcador sexo/género más importante”, dice Lucena.

Por otro lado, agrega que “el acto del vestir es un hecho social: un modo de hacer que ejerce sobre el individuo una coacción exterior y que, si bien puede ser general en una sociedad, tiene una existencia propia más allá de sus manifestaciones individuales”.

Así las cosas, con reglamentaciones vetustas que se desempolvan para esgrimir sobre las mujeres cuando se las ve demasiado libres o con normas no escritas que nunca se fueron, no sorprende que algunas prendas sigan provocando reacciones virulentas. Tampoco que una de las principales consignas de los feminismos, por ejemplo en el movimiento contra el acoso callejero, que disputa del espacio público donde los cuerpos y el vestir circulan, sea “mi cuerpo es mío”.

“Mi cuerpo y mi ropa no te incumben” dice el cartel de una adolescente, con atuendo de inocente conejita de playboy, posando ante un grupo de fotógrafos arrodillado a sus pies, en una imagen que recorre internet. Los códigos de la vestimenta están más vivos de lo que se cree.

 

La dictadura desnuda

Daniela Lucena, socióloga e investigadora del Conicet, estudió los códigos de vestimenta del Colegio Nacional de Buenos Aires durante la última dictadura. La investigadora recuerda una resolución del Colegio de 1976, firmada por el rector Eduardo Aníbal Rómulo Maniglia, que ilustra “uno de los tantos modos en que operaba la represión en las escuelas secundarias en aquella época”. En ese documento, “las prácticas vestimentarias se consideraban algo más que una mera elección estética”. Como ejemplo cita: “la vestimenta y aspecto exterior son también un medio de comunicación anunciador de la íntima estructura espiritual, del ambiente formador del individuo y de los estímulos primordiales a los cuales responde”.

También dice que “se atribuía a las prendas la capacidad de transmitir los valores morales (y políticos) de quien las vestía: ‘la dignidad, pulcritud y corrección del atuendo –independientemente de la modestia o el lujo de las prendas– proclama con su sola presencia los propósitos limpios y honestos del que lo exhibe, y predispone a los espíritus a la consecución de tales propósitos’.”

Por todo esto, una de las principales preocupaciones de las autoridades del colegio era “la indumentaria desaliñada, el aspecto hirsuto, la palabra y el gesto procaz, la falta de respeto y cortesía” que promovían la destrucción institucional y eran sinónimo de “la vulneración de los valores morales argentinos” y “la cercanía cada vez más evidente de la depravación y los fines siniestros de la antipatria”. Por eso, dice la experta, la necesidad de reglamentar las normas de presentación y la apariencia de los estudiantes de la institución. Las alumnas tenían que llevar “pollera gris hasta la rodilla; saco azul oscuro liso, blusa blanca o celeste; zapatos bajos negros o marrones; medias enteras o tres cuartos de color azul; cabello peinado y tomado con vincha azul o negra; ninguna clase de maquillaje en el rostro ni alhajas o similares” y los alumnos “pantalón gris; saco azul oscuro liso; camisa blanca o celeste; corbata oscura lisa; zapatos bajos negros o marrones; cabello corto a dos dedos por encima del cuello de la camisa; rostro afeitado; patillas hasta la mitad del lóbulo de la oreja”.

“Si la vestimenta desaliñada aparecía como sinónimo de depravación moral y antipatriotismo, resultaba indispensable regular qué tipo de prendas y adornos podían usarse y cómo, de modo de uniformar el aspecto y los comportamientos, con el consiguiente castigo a quienes no se amoldaban a esas exigencias”, analiza Lucena.

 

Historia del vestido

Las identidades sexuales y la ropa

 

 

El rey Luis XV de Francia

“La historia del vestir en Occidente está íntimamente relacionada con la historia de la sexualidad y con los usos sociales del cuerpo. La sexualidad femenina ha sido mucho más cuestionada y reprimida. Esta es una de las razones principales por la que mediante la indumentaria se ha tratado de regular la sexualidad de las mujeres a partir de estereotipos machistas”, dice Laura Zambrini. Socióloga, investigadora del Conicet y profesora titular de Sociología en Diseño de Indumentaria y Textil de la UBA, profundiza sobre la moda, los uniformes y los códigos de vestimenta en la historia.

–¿Cómo han sido históricamente los códigos de vestimenta en las escuelas? ¿Hubo discriminación por género?

–La historia de la vestimenta en las escuelas nos remite al concepto de uniforme. Es decir, aquella indumentaria que por definición es lo opuesto al sistema de la moda. Por ejemplo, el guardapolvo blanco fue una de las expresiones de las sociedades disciplinarias en pos de homogeneizar las identidades sociales en el ámbito educativo. Es decir, diluir al individuo en el grupo. Las mujeres usaban delantales que se abrochaban por la espalda y los de los varones se abrochaban por delante. Con el tiempo eso fue cambiando, no obstante, dependiendo de si los botones estaban del lado derecho o izquierdo eran usados por niños o niñas. Es decir, a pesar de ser una prenda que buscaba la uniformidad (de ahí luego el término uniforme), la cuestión de género ha estado y está aún presente en los ámbitos de socialización primaria.

–¿Y la relación de las mujeres con el vestir? ¿Cuánto ha dictado la moda y cuánto sometimiento hubo?

–Desde el Renacimiento, las demarcaciones de lo femenino y masculino forman parte de la indumentaria, pero con mucho más énfasis lo fueron a partir de la modernidad industrial. O sea, el momento histórico en el que se afianzó el pensamiento binario y la definición de los géneros como opuestos complementarios. Esa noción fue una construcción ideológica de finales del siglo XVIII, cuyos enlaces con los discursos científicos e higienistas decimonónicos lograron legitimar lo que Michel Foucault denominó “el dispositivo de la sexualidad”. Básicamente, se refirió a la caracterización de las prácticas e identidades sexuales como normales y patológicas, estableciendo como norma principal a la heterosexualidad reproductiva. En ese contexto ideológico, el binarismo femenino/masculino también operó como un discurso que implicaba jerarquías en detrimento de lo femenino apelando a la biología como fundamento último. En especial, la asociación de los varones con el poder, lo racional, la fuerza y la política en oposición a las mujeres asociadas a la maternidad, la debilidad y el hogar.

–¿Hubo códigos de vestimenta para varones? ¿Cuáles son las diferencias con los códigos para mujeres?

–Ese modelo social patriarcal del siglo XIX tuvo implicancias en casi todos los ámbitos sociales e inclusive tuvo su correlato en la vestimenta a partir del establecimiento de modas con códigos moralistas. De este modo, la moda fue asociada al adorno y a la coquetería femenina (la falda, el corsé, los tacones, el maquillaje, por ejemplo); en cambio, los modos de vestir masculinos, se asociaron al traje burgués, la funcionalidad, la sobriedad, formalidad (traje y corbata, por ejemplo). De hecho, hasta el presente la moda interpela mucho más a las mujeres como consumidoras de imperativos de belleza que a los varones. ¿Por qué sucede esto? Porque la historia del vestir en Occidente está íntimamente relacionada con la historia de la sexualidad y con los usos sociales del cuerpo. En ese marco, la sexualidad femenina ha sido mucho más cuestionada y reprimida. Esta es una de las razones principales por la que mediante la indumentaria se ha tratado de regular la sexualidad de las mujeres a partir de estereotipos machistas. Esto es, la naturalización de discursos y representaciones que asociaron la decencia o la deshonra de las mujeres según las prendas de vestir que utilicen. A su vez, el tema del cuerpo es fundamental, pues en este mismo sentido, el cuerpo femenino ha sido y sigue siendo un tema de debate público aborto, amamantar en público, las cirugías estéticas, la presión de belleza y juventud, por citar algunos temas).

04/11/18 P/12

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