Lo que no explican los cuadernos Gloria

Dinero y política

Por Julio Burdman

Ilustración Juan Soto

Como la Biblia o el Popol Vuh, los cuadernos Gloria narran hechos pero no explican todas las causas. Si el sistema que describe el chofer en sus diarios de viaje existió tal como lo cuenta, ¿cuál era su verdadero fin? Hay tres opciones: el enriquecimiento personal de presidentes, la creación de un nuevo capitalismo nacional o el financiamiento de la “política profesional”. Pasemos de lo moral a lo legal, escribe Julio Burdman.

“He hecho cosas terribles: mi vida ha sido una monstruosa corrupción“. Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray.

Los hechos

Al fiscal Carlos Stornelli, a través del periodista de La Nación Diego Cabot, le hicieron llegar una suerte Popol Vuh de la “corrupción k”, en la forma de una bolsa con ocho cuadernos Gloria prolijamente redactados a mano. El Popol Vuh es considerado el libro fundamental del pueblo maya de Guatemala, que nos cuenta la historia del mundo, de su creación y de sus dioses responsables. Pero resulta que ese libro fue redactado por un sacerdote español de Chichicastenango, el fray Francisco Jiménez en el siglo XVIII. Cuenta el fray que ese libro alguna vez existió, luego su original se destruyó y luego fue memorizado durante siglos por los ancianos que lo recitaban. Hasta que el último anciano memorioso se lo recitó a él, para que lo escribiera y lo publicara.

El Popol Vuh es una obra muy prestigiosa y se la conoce como la “Biblia maya”. La comparación con el libro del judeocristianismo tiene más de un sentido: al igual que ocurre con el Popol Vuh, nadie sabe exactamente quién escribió la Biblia. Los historiadores suponen que hubo una redacción secuencial de la que participaron varias manos. Y tampoco tenemos su texto original. Como los cuadernos Gloria de la corrupción k, tal vez el papiro original de las sagradas escrituras del monoteísmo se quemó en una parrilla. Lo que importa es el relato contenido, y lo que éste implica. La interpretación y la demostración de lo que nos dice la Biblia ya no depende del texto escrito por quién sabe cuántos agentes, que nos reconstruye una historia de otra manera fragmentada. Depende de nuestras creencias y, en el mejor de los casos, del trabajo de los arqueólogos.

Esto es similar. A esta hora, todos los circunstanciales protagonistas del Popol Vuh del kirchnerismo -el suboficial jardinero Oscar Centeno, el remisero ex policía Jorge Bacigalupo, el periodista Diego Cabot- comenzaron a entrar en el olvido. Ellos fueron, como Miguel Strogoff, correos del zar. Tal como explicó el fiscal Carlos Stornelli en una entrevista brindada al propio Cabot para La Nación, la investigación no va a tomar a los cuadernos como prueba, sino que va a tratar de probar si lo que cuentan esos cuadernos es o no es cierto. Y hay material para rato: nombres, domicilios, patentes, fechas, horas. Todas las pistas para ir a buscar dentro una realidad vigilada por cámaras de seguridad, telefonía celular y servidores de internet. ¿Importa entonces si el fray escribió o no escribió el Popol Vuh?

Las causas

Hace años y años que se viene hablando de sobreprecios y sobornos en los contratos de obra pública durante los años del kirchnerismo. Que vendría a ser un capítulo más de la historia de la obra pública en Argentina. O en el mundo en general. Jorge Asís, que publicó un primer libro sobre el asunto en 2006, se fastidia cada vez que Alejandro Fantino le pregunta por el mismo en el show de los viernes a la madrugada. “Ya está todo escrito, déjeme cambiar de tema”, protesta. Jorge Lanata, tal vez el periodista que más y mejor relató la “corrupción k”, cuyas investigaciones sobre “la morsa”, “la rosadita”, “las bóvedas” y “los bolsos” facilitaron el triunfo de Cambiemos, ya no muestra entusiasmo al tratar otra vez el mismo asunto en su programa de los domingos. No debe quedar ningún votante argentino que no conozca al dedillo todas esas historias. Por lo tanto, parece dudoso que la opinión pública votante sufra demasiados cambios en su parecer. Es claro que esto no ayuda al kirchnerismo, que se venía recuperando en las encuestas al mismo tiempo que Cambiemos y el presidente declinaban.

Cabe preguntarse, entonces, por qué estas acusaciones tan graves contra Néstor y Cristina Kirchner, y contra sus gobiernos en general, no lograron que el apoyo al kirchnerismo desapareciese. Una primera explicación, que está respaldada por los estudios de opinión pública, es sencilla: hay una parte importante de la sociedad que no cree. Percibe que algo raro ocurrió, fue saturada por las investigaciones periodísticas y la espiral del silencio, pero también percibe que las acusaciones y denuncias están políticamente motivadas. Que quienes las llevan adelante no son jueces neutrales sino enemigos políticos del kirchnerismo. Una polarización que rompió las reglas del juego.

Pero tal vez ocurre algo más con la efectividad de la historia de la “corrupción k”. Tal vez, falta explicar la causa. Se dice que la cifra aproximada de lo recaudado durante todos esos años se encuentra en algún punto entre lo hallado en los bolsos monásticos de José López -que pudo haber sido lo confiscado, o tal vez más- y un PBI completo. ¿Por qué los Kirchner, que ya tenían todo el poder político, y bastante dinero, iban a embarcarse en semejante proyecto de recaudación? ¿Para qué?

Es cierto que ni el Popol Vuh ni la Biblia explican el porqué del mundo. No pidamos tanto, entonces, a los cuadernos Gloria. Pero esa historia si requiere un final. Supongamos tres motivos posibles.

En el primero de ellos, unos codiciosos presidentes querían ser multimillonarios hasta lo indecible. Pero ahí faltan los yates en el Mar Adriático, los palacios de oro, los tigres de bengala en el jardín. El uso opulento del dinero de los invencibles. ¿Qué clase de supervillano junta tanto poder y, al mismo tiempo, entierra millones de billetes para juntar moho? Ya que estamos, especulemos un poco más: un matrimonio de presidentes con millones en billetes a disposición, ¿estaría tan fácilmente a tiro de un puñado de periodistas y fiscales insobornables? Solo sería posible en un mundo en que esos infinitos billetes no tienen valor más que para los acumuladores seriales.

Un segundo motivo de la “corrupción” podría estar implícito en la enigmática promesa de Néstor Kirchner en su discurso de asunción del 25 de mayo de 2003: “construir un capitalismo nacional”. Una frase que nunca fue desgranada a fondo. ¿Acaso un Kirchner ambicioso y transformador, con las ínfulas de un Vladimir Putin, se proponía substituir a los grandes empresarios de la Argentina por otros? ¿Quedarse él, junto a un grupo de amigos, testaferros y leales, con el control de las grandes empresas de energía, comunicaciones, finanzas y construcción? Eso sí hubiera sido muy audaz y, desde ya, profundamente inaceptable para aquellos a quienes planeaba desplazar. Pero en ese caso, la temeraria tarea de liderar una asociación ilícita de sobreprecios en la obra pública para la obtención de grandes rentas ilícitas sería acorde a los objetivos trazados. El problema sería lo precario de la operatoria. Con bolsos de efectivo, sobreprecios en hoteles, remiseros y la complicidad de unas monjas octogenarias no se refunda un capitalismo. Sería como la saga del Padrino en tracción reversa. No: la historia de un matrimonio presidencial inserto en la política global y con ambiciones hegemónicas que junta bolsos de billetes en el armario del dormitorio podrá tener tintes humanos, pero es inverosímil.

Queda una tercera opción, más verosímil. Los presidentes argentinos no son monarcas absolutos con delirios faraónicos, ni capos de la mafia que llegan a la Rosada para robarse pebeíes, pero sí políticos profesionales en la cumbre de un régimen democrático que se mueve a fuerza de dinero. La política es cara y el Estado tiene muchos recursos: una combinación fatal. En todos los eslabones de la cadena, desde el último hasta el primero -y, sobre todo, en el primero- se mueve dinero. Para financiar el alto costo de las campañas -que son permanentes y siempre están en rojo- y para pagar extras (incentivos, premios, sobresueldos, sobres) a todos aquellos que trabajan de sol a sol en esta noble actividad. Y que pretenden ganar algo más de lo que perciben en blanco. Este sistema es claramente peligroso para la moralidad pública, porque requiere que se constituyan fondos (o “pozos”, en jerga más antigua) para poner la plata a circular. Y esos fondos no controlados logran que personas a cargo de ellos se sientan tentadas de meter la mano en una lata que, para empezar, había arrancado mal. Cada tanto, el sistema desbarranca.

La cuestión del dinero que mueve a la política reviste muchas formas. ¿Sabrá la gente que lee esto que muchas veces los lugares en las listas se “compran”? Cuando no hay plata para solventar el costo de la política, es frecuente que quien esté dispuesto a ponerla pida lugares. Por eso es tan habitual que los dirigentes políticos tengan más plata que los votantes. Suelen llegar a ocupar lugares destacados en la política gracias a que tenían dinero de antes. Podemos mirar el vaso medio vacío o el vaso medio lleno. Lo malo es que la democracia es menos competitiva y menos abierta de lo que dice ser. Lo bueno es que sigue habiendo más gente dispuesta a servir a la política que a servirse de ella.

Habrá que ver cómo evoluciona esta historia de coimas, pozos, bolsos y sobres. Vamos a ver escenas chocantes para la sensibilidad del espectador bienpensante. Probablemente, episodios en los que las cosas se salieron de madre, y atorrantes que se llevaron mucho dinero a la casa. Sin embargo, conviene tomar conciencia de que el relato contenido en los cuadernos Gloria es un lado obscuro de un sistema extendido. Así es como se desacredita al adversario: exponiéndolo. Si se ponen cámaras ocultas en baños o dormitorios, abusando de los ángulos más elocuentes, se logran imágenes demoledoras de cualquiera. Acá no se salva nadie. Si quiero dejar a alguien afuera de la carrera destruyendo su reputación, en política nada mejor que mostrar el circuito de la plata que todos conocen y nadie quiere ver. Pero el motivo para esta exposición del kirchnerismo (y, como actores secundario, de algunos empresarios poco comprometidos) es otro.

El problema de la relación entre dinero y política es bien conocido por todos, y también sus soluciones: reconocer su existencia, diseñar y sostener mecanismos e instituciones acordes, y defender el ideal del servicio público y la política austera. No se trata de hacer política con la moral: hay que legalizar el dinero en política. Querer hacer de la competencia democrática una lucha de los buenos contra los malos es hipócrita, improductivo e intelectualmente empobrecedor.

Revista Anfibia



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *