Lo que queda en el aire

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Valeria Correa Fiz

Foto: Lourdes De Vicente

Los veranos de mi infancia transcurrieron en el campo, en la casona de mis abuelos.

Sé que imaginarán una vieja casa estilo Tudor con la fachada de enredadera, un piar amable de pájaros y el olor a pan recién horneado por la mañana. Y también: leche fresca, quizá una abuelita con agujas en un sillón de orejas y, al pie de la chimenea apagada, un labrador manso. Al salir por la puerta trasera, habrá un par de bicicletas tumbadas en la hierba cerca de la huerta. La savia, el olor a libertad del verano, sé que imaginarán todo eso pero les advierto: no lo hagan.

Imaginen, más bien, una casa ruinosa en la que los gorriones anidaban en los huecos de las persianas y ensuciaban los vidrios de excrementos. En su interior, los muebles eran de segunda mano y de los otros, de los que nadie querría: sillas desvencijadas o cojas, y un sofá que mostraba las vísceras de resortes y plumas. En las paredes, las acuarelas de perdices que pintaba la tía Ada incansablemente. Las cortinas de cretona tenían un polvo casi bíblico y era imposible saber cuál había sido su color original. El piar de los pájaros, eso sí imagínenlo, era la música de fondo. Pero no era, en ningún caso, amable. Al gallo, ni mi primo Tomás ni yo lo oímos nunca, pero los gorriones comenzaban a cantar alrededor de las seis de la mañana –los pichones exigían el desayuno– y el piar reverberaba por toda la casa. No exagero: ya dije que anidaban en los huecos de las persianas y que ensuciaban las ventanas de excrementos.

Pero sobre todo, lo más importante, es que imaginen la heladera. ¿Qué heladera? Una cuyo motor hacía vibrar todas las ollas de cobre. El concierto metálico musicalizaba la cocina en un desconcertante fa menor. La heladera era una SIAM pintada de blanco que mostraba el óxido por los bordes. La manija de metal para abrir la puerta era del largo de una espada medieval. Es que la heladera era enorme. No miento: cabían los dos cerdos que se horneaban en Navidad en la casa de mis abuelos, que tenían pocos dientes pero comer sí que comían y mucho. Mis abuelos tampoco tenían las manos suaves, ni la sonrisa ingenua de los abuelitos de los cuentos pero nos besuqueaban y apretaban –igual que a los cerdos justo antes de sacrificarlos– dos veces al año, cuando nos bajábamos del coche y justo antes de subirnos para regresar a la ciudad.

Así terminaba el verano.

Pero ahora el verano estaba en sus comienzos y abundaban las mariposas rojas. Nuestros padres se marchaban. Regresaban a sus trabajos, a la ciudad, a sus vidas sin nosotros, su lastre, y de ellos nos quedaría solo la polvareda del coche mientras se alejaban hacia el sol en el horizonte anaranjado, más allá de la tranquera y las vías. Teníamos por delante dos meses en la casa en el campo de nuestros abuelos, cuyas fisonomías coincidían con la de los ogros de cualquier cuento de los Grimm, esos hermanitos tan románticos.

En el campo se era niño a tiempo parcial. Es que había mucho por hacer, qué duda cabe. Había que desmalezar la huerta, recoger los huevos del corral, ordeñar las vacas y las cabras, alimentar los animales, limpiar sus pocilgas y cuando uno creía haber tenido su dosis de boñiga anual, aún quedaban por enjabonar los cristales de la casa. Malditos gorriones. Pero también había tiempo para bañarse en la laguna, pescar ranas, cazar mariposas rojo sangre y juntar caracoles luego de las lluvias, andar a caballo o en bicicleta y comer muchas ciruelas calientes mientras apedreábamos ratones desde lo alto, sentados a horcajadas en la rama más gruesa del ciruelo.

–¿Ves? Creo que le di a uno; ahí va otra piedra, Tomás. Por las dudas.

Todo se podía hacer luego de trabajar y antes o después de la siesta, se entiende.

Porque ahora toca imaginarse dentro de esa casa en ruinas a dos criaturas de siete años. De las dos a las cinco de la tarde los dejaremos allí, con las persianas bajas.

En penumbra y en silencio.

Las tres horas de la siesta olímpica de los abuelos cuando afuera el calor apretaba, mi primo Tomás y yo las pasábamos en nuestro cuarto. Una hora la dormíamos y las otras dos éramos como dos colibríes en una cisterna. No. Como una hormiga negra y una colorada en un terrario. Tampoco. Como dos locos en un incendio y sin nadie a quien pedirle ayuda. Eso es: auxilio es una palabra que se me quedó atorada en la garganta de la infancia.

No se podía salir a jugar. No se podía hablar en voz alta, mucho menos canturrear marchas militares, ni silbar cuando jugábamos a los soldados. No se podían cambiar los muebles del cuarto de lugar para hacer trincheras, ni correr carreras de embolsados dentro de los pantalones de la tía Ada –casi cien kilos de pura voluntad empleados en pintar escorzos de perdices–. Pero sobre todas las cosas, no se podía tocar la heladera. Aunque te murieras de hambre o de sed. Porque si no tenías las botas de goma, si no la abrías empuñando la manija por el costado exacto, a la altura en la que el óxido dibujaba la costa de Galicia –ese sitio preciso que se sabía el abuelo de memoria y más que nadie–, te daba una descarga eléctrica. Doscientos veinte voltios al cuerpo. Como si la gravedad perdiera el compromiso con la noche y te lanzara una estrella o un anillo de Saturno en el centro de la carne. Adiós, corazón: patitieso y a la tumba.

–La nevera, niños, por Dios que no se toca –decía la abuela apenas entrábamos en su casa.

Te podía costar una semana sin bicicleta. O la prohibición de ir a pescar ranas después de la tormenta. Tocar la heladera te podía valer el peor de los castigos: pasarte todas las siestas del resto del verano en la cama matrimonial, en medio de los abuelos. Lo más parecido a hibernar entre monstruos mitológicos que un niño puede concebir. ¿Por qué los veíamos así, si ellos, nuestros abuelos, nos querían tanto? Sé que fui una niña hace tiempo, tanto hace que ya no recuerdo el cómo o el porqué de lo qué pensaba. ¿Qué me preocupaba entonces? No lo sé. Pero le temía, en este orden, a las tormentas eléctricas que parecían doblegar hasta los árboles más robustos, al gallo negro –y por eso era mi primo Tomás el que entraba en el corral todas las mañanas– y al castigo descomunal que me aplicarían si tocaba la famosa heladera.

Imaginen ahora esas tardes de siesta azogadas, mientras afuera se desplegaban las mariposas en hélices imposibles. Eran tardes vividas en sordina, por el temor a que uno de los ogros –la abuela, seguro que la abuela porque el abuelo ya era bastante sordo a esas alturas– despertase. Eran siestas aburridísimas, como las tablas de multiplicar o las perdices mal dibujadas de la tía Ada. Como la lluvia, la sopa, las clases de ballet, siempre el pas de deux que me tocaba con Griselda y su rodete inmenso perfectamente redondo tejido debajo de la redecilla negra, igual a un nido en la cabeza, y entonces, ¡pum!, desde lo alto hasta el alféizar de la ventana cuyos cristales nos tocaría limpiar más tarde, cayó Sherry.

–No lo toquen –nos advirtió el abuelo.

Pero ya era tarde. Tomás lo tenía en el hueco de las manos y el abuelo ladeó la cabeza presagiando lo peor. Aunque si había suerte, nos tendríamos que hacer cargo de él hasta que aprendiese a volar.

–No se hagan muchas ilusiones. Es casi seguro que se les muere el pajarraco.

Sherry era un gorrión de unos pocos días, un trapito gris deshilachado de escasos cuatro centímetros. Mi primo Tomás se había apresurado a recogerlo.

–Al tocarlo lo hiciste huérfano –fueron las palabras del abuelo–, que los gorriones no son gallinas y repudian hasta sus hijos, si tienen olor a hombre.

Así que mi primo Tomás era un hombre… ¿desde cuándo?

Le pusimos Sherry porque era rojo, del mismo color del guindado que el inglés del campo de al lado le vendía al abuelo. Tomás me pasó a Sherry. Lo puse en el hueco de la mano y me estremecí al ver cómo temblaba. Tenía el pico abierto de par en par en un pitido.

–Si vive tres días y todas sus noches –el abuelo sonrió mostrando las encías blancas y desdentadas–, lo tendrán que cuidar todo el verano. Se necesitan un par de meses para que un gorrión eche todas las plumas y aprenda a volar.

Había esperanza. Medía unos cuatro centímetros de largo, tenía el pico amarillo abierto de par en par y los ojos muy cerrados. Y, como a toda esperanza, a Sherry había que alimentarlo.

El abuelo, quién si no, abrió la heladera y preparó una papilla de semillas y leche. Con un palillo nos mostró cómo alimentarlo hasta que se le llenara el buche, ¿ven? El buche era eso. También nos dio una caja de cartón y la abuela, un poco de su lana amarilla y papeles de diario. Al nido postizo –pactamos con mi primo– lo pondríamos en nuestro cuarto y sobre la mesita de noche, equidistante, eso sí, de nuestras camas.

–Es importante que esté tapado a todas horas –insistió el abuelo–. Sin plumas y sin su madre, estos bichos se mueren de frío.

Nos dio algodón para que le pusiéramos por arriba y por debajo.

–Hagan con él un sándwich cuando lo quieran tener en las manos. No abusen, es un ave silvestre, no una mascota.

Entre el ruido metálico de las ollas en la cocina, oí la voz pálida del abuelo que decía a la abuela que lo más probable era que tuviera heridas internas, hemorragias por la caída.

–Quién sabe si pasará la noche.

–¿Hay tomates maduros en la huerta? –Fue la respuesta de la abuela y en seguida nos llamó a comer.

–Niños, pongan la mesa.

La cena estaba casi lista y Sherry también tenía hambre.

Había que darle de comer a todas horas y él, por las dudas, nos lo recordaba siempre con los ojos muy cerrados y el pico desencajado, el piar agudo.

Ese mismo día hicimos un esquema de turnos. Acordamos que le daríamos de comer una vez cada uno. Ese era el arreglo, pero esa noche le di de comer a Sherry tres veces seguidas mientras mi primo Tomás dormía. No se lo dije; si era tan hombre, que se diera cuenta solo.

Amanecimos con la esperanza crecida.

Quedaban dos noches más, en palabras del abuelo, para ver si Sherry sobreviviría.

–Ojalá lo veamos echar plumas y volar –dije.

–Le están dando de comer muy bien –aseguró el abuelo–, y nos preparó más mejunje en un vasito.

No queríamos desmalezar la huerta, ni recoger los huevos, ni llenarnos las botas de goma de boñiga, pero tampoco apedrear ratones ni cazar mariposas rojo sangre, porque podíamos tener entre las manos ese sándwich tembloroso de algodones –que tuviera los ojos siempre cerrados y el pico tan abierto nos daba risa–. Al final, mojamos a los cerdos sin fregarlos, cortamos unas lechugas no maduras de la huerta y Tomás rompió tres huevos.

–Será mejor que se vayan a cuidar al pájaro –ordenó la abuela.

Mi primo dijo que le tocaba a él darle de comer:

–Le diste tres veces seguidas. ¿Te creés que no te vi anoche?

Se había dado cuenta, un poco hombre sí que era. Le pasé a Sherry, ese sándwich de algodones, con dosis idénticas de rabia y de cuidado.

De Sherry, no supimos casi nada, excepto que tenía hambre a todas horas y que, si había que esperar para alimentarlo porque la papilla se había acabado, estaba más tranquilo conmigo. Es cierto, no me lo invento.

–Tenelo vos que llora menos –dijo Tomás–, pero ojo que todavía me toca darle de comer a mí.

Era la tercera vez –y última–, esa mañana, que le daba de comer mi primo para compensar todas las veces que yo lo había alimentado durante la noche.

Después vino la hora de la siesta.

Yo estaba agotada. Sherry me había despertado cada tres horas la noche anterior. Ni bien acomodamos su caja nido en el centro exacto de la mesita de noche, me quedé dormida. No sé cuánto habré dormido. Mi primo me despertó diciendo que Sherry tenía hambre.

–Te toca a vos; no hay comida.

No lo habíamos previsto.

Deberíamos haberle pedido al abuelo que nos dejara alimento preparado para la hora de la siesta. ¿Qué podíamos hacer ahora? ¿Despertar al abuelo para pedirle más menjunje y arriesgarnos a un castigo, o abrir la heladera para preparar la papilla y adjudicarnos un castigo peor? Yo descarté rápidamente la primera opción y mi primo, la segunda. Decidimos darle un poco de agua y esperar. Sherry tenía los ojos cerrados pero no era tonto. Las primeras gotas de agua lo silenciaron, pero luego advirtió el engaño y se puso a reclamar comida con más fuerza. Mi primo trajo miel de la despensa. No quise dársela. No sabíamos si podía comer dulce. Tomás se dio por vencido. Se tumbó en su cama y se puso por delante a Sandokán, un ejército de villanos y toda la Malasia. Yo lo saqué de la caja y me tumbé boca arriba en la cama.

Me puse a Sherry en el pecho –todavía me arrepiento–.

Lo sentía latir como un segundo corazón. Con el meñique le acariciaba la cabeza suave y lampiña. Los pitidos de hambre se fueron haciendo más espaciados hasta calmarse, hasta el sueño.

Desperté de lado, con el sándwich de algodones vacío a la altura del cuello y Sherry, sin vida, debajo del hombro. ¿Por qué me quedé dormida esa tarde otra vez y con el pichón entre las manos?

Lloramos mucho, estuvimos insoportables.

Mi primo no volvió a hablarme en casi todo el verano. Los abuelos quisieron enviarnos de regreso a la ciudad, pero nuestros padres estaban muy ocupados en sus vidas urbanas y sin hijos. Llegó tía Ada para darles una mano. Trajo unos soldaditos de plomo a mi primo y pintó para mí una acuarela. Tía Ada dijo que era Sherry pero ni siquiera se parecía a un gorrión. En realidad, era un escorzo de un ave emplumado con el ojo muy abierto. Igual a todas sus perdices pero más pequeño: nunca entendemos el dolor del otro sino en la parte que se parece al propio.

Todo el verano lloré a Sherry.

El viento arrancó la cruz de palitos que pusimos cerca de la huerta en el lugar exacto donde lo enterramos. Ya no tenía dónde llorarlo así que lo lloraba siempre y por todas partes. De día, lo lloraba entre los tomates. Luego de las lluvias, en los charcos donde el sol caía a pique y, por las noches, en todos los sueños.

Aún muchos años después algo en mí se estremecía y se curvaba cuando lo recordaba o cuando mi primo, para provocarme o reírse de mí, me llamaba la «Matapájaros». Y siempre la misma pregunta: ¿por qué tuvo que morirse? Por qué, preguntaba mirando el cielo. El silencio del cielo, aún el más celeste y límpido del verano, te puede aplastar, ¿saben?

Durante el invierno, lejos del campo, se declaraba en mí una amnesia bondadosa hecha a base de deberes y clases de ballet –sin Griselda, la del rodete de nido, que se mudó y abandonó la Academia– pero, apenas comenzaba el buen tiempo, el aire me evocaba las alas que no fueron.

Sherry, un latido de algodones posado sobre mi pecho. Con cuánta tenacidad regresan los fantasmas y las preguntas de los niños.

–Abuelo, ¿qué es la muerte y cuándo llega? Abuela, ¿por qué se muere uno y cuándo?

Los abuelos –los cuchillos de degollar en las manos y un balde con sal para recoger la sangre y hacer morcillas– besaban a los cerdos y jamás respondían. Desde fuera oíamos llorar a los animales.

–Abuelos, ¿con qué se sujetaban los días unos a otros?

Una tarde, dos veranos después de la muerte de Sherry –el último verano de mi infancia en la casona de mis abuelos–, el abuelo se sentó en su mecedora junto a los tomates, como siempre, a mirar el sol frágil del poniente.

Es como si lo estuviera viendo aún hoy.

Las chicharras anunciaban el calor detrás de los galpones, más allá de los senderos del huerto. Los pájaros del crepúsculo se disolvían naranjas en el aire. Las astas de las vacas se llenaban de luces y eran cirios encendidos. Las sábanas extendidas en la soga se oscurecían y exhalaban el último vapor de agua de la tarde.

Era el momento del día en que el abuelo se hacía más viejo tan cerca de los jazmines.

Una mariposa rojo sangre se acercó. Comenzó a revolotearle a la altura de las orejas peludas. Era una pequeña ráfaga de aire, solo alas. El movimiento grácil hacía parecer más torpe al abuelo que la espantaba pausadamente. Las manos eran un desganado abanico de carne: de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. Pero la mariposa insistía en acercar sus alas de tul. Se diría que bailaba con él un pas de deux; no, un pas de trois, pas de quatre, porque ahora eran tres las mariposas rojas que buscaban la figura del abuelo, cada vez más lento en la mecedora.

Un juego, una hélice, una letanía de alas hasta que el abuelo dejó caer sus manos en el regazo. Se detuvo en un suspiro la mecedora y el horizonte se tragó el último pájaro.

Una de las mariposas –la más roja– se posó unos segundos sobre la frente pálida. Cerró las alas y fue un brillo idéntico a un hilo de sangre.

El abuelo no pudo o no supo espantarla.

Sus ojos se abrieron blancos como huevos. Las chicharras se callaron. La mariposa levantó vuelo y eso fue dolorosamente todo.

Imaginen ahora esa última tarde en el campo del día en que murió mi abuelo. Todo caía –el sol, la humedad sobre las cabezas de los animales, las aves en el reposo de sus nidos–, todo, menos la pregunta para siempre suspendida en el aire:

–Abuela, ¿cómo se sujeta un día con otro? ¿Por qué los días dejaron de sucederse para el abuelo?

Imaginen el silencio del cielo a esa hora confusa de la tarde, sin sol ni luna, en la que el cielo vira del naranja al violeta hasta que el azul de la noche se va llenando de insectos y estrellas.

(De: La condición animal, Páginas de Espuma, 2016)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.