Los animales saben mejor que uno

Por Hermann Bellinghausen

Sueño con apariciones y luego tiemblo atado a un potro que corre mil llanuras y quinientos suplicios.

Triste como la libertad, me enciendo en el cobalto de unos cuantos cielos serios.

Busco apariciones, señales, mensajes ultraterrenos, y sólo caen, si acaso, terrones secos, astillas de hielo, polvo oscuro.

Un día sé que nunca he dormido, y otro día descubro que jamás despierto.

No distingo las fronteras de la vigilia, sin otro ni lo mismo la mente vaga desprevenida.

Yo ya no soy. Para eso está mi olvido. Lo que queda es un fantasma largo, una silueta amplificada, una sombra de Murnau contra un muro corroído.

Lo que vaga son los ojos por abandonados caminos de extravío. Los hallazgos que hago son inciertos. En las bifurcaciones enloquezco.

Por la frente hiervo, por las plantas muerdo, por la boca leo, por las uñas tiemblo.

Persigo las horas buscando una que sea inmóvil, un respiro a orillas de la brecha o de los ríos.

El mar cansa la duración de la piedra pero le toma siglos, areniscas, huracanes, hundimientos.

El viento esculpe con los dedos inmediatos de la urgencia y nunca terminan de tallar montañas y dunas. Es muda la materia inorgánica, ajena a su propia temperatura.

Las aves son el único remedio. Las que se desprenden del agua en un suspiro. Las que se desentienden del suelo en un segundo. Las que corren y dan de brincos. Las que pican troncos y las que agolondrinan sus nidos. Las que vuelan y no descienden hasta caer muertas porque se quedaron dormidas, ellas que nunca dormían. El inmóvil frenesí de los picaflores. El telar de los cantos matinales. La afilada escarcha negra de los zanates chirriándole al crepúsculo. El ulular inmenso de la lechuza. La puntería del martín pescador. La vanidad del tucán exhibicionista.

Para conocer el fondo del océano y sus pescaditos, sus animales pétreos, sus monstruos ciegos, acudí a los acuarios. Tiburones, mantarrayas, pececillos de mil diseños y colores, o pintados de pura sombra.

Sólo a las ballenas jorobadas y las orcas las monté en vivo. No fui Jonás, no peleaba con su dios, yo no les interesaba en absoluto.

Los animales salvajes son mi espectáculo favorito. Se comportan desde otro mundo, sus apetitos van en orden sin caprichos, sus instintos son rarísimos y únicamente suyos.

El reojo del ciervo. La coartada del coatí. La falsa torpeza de los dantos. La impredecible reacción de los gatos monteses. La mayestática estupidez de los faisanes. La numerosa velocidad del águila. La sabiduría geométrica de los pelícanos. Las elegantes mañas de un coyote presumido. El difícil y monumental despegue de un cóndor en las laderas de los Andes. La cómica agilidad del teporingo.

No necesito quimeras ni serpientes emplumadas. Con la hibridación del mulo tengo, la incesante rotación del ajolote, el preciso salto de la rana verde al concluir su ser definitivo.

No creo en dios pero si existe está en los animales, no en nosotros, gracias a lo cual no me preocupo.

Los acuarios me gustan más que los zoológicos. Prefiero ahogarme en un vaso de agua que ver una pantera en cautiverio. Pero voy a los zoológicos y contemplo con John Berger y Rilke los lemures, monos y perros de la pradera.

El agua verdadera ha sido hostil conmigo. Los caudales del río Amacuzac me sacaron del mundo en un remolino. Intenté nadar el Mar Rojo armado de mis brazos y un esnórquel buscando colores hundidos para casi ahogarme tontamente.

En Isla Mujeres de chamaco paseé a solas en lanchas transparentes sobre los corales y si no vi más fue por estar borroso del cerebro.

Por poco me muero en una playa del Golfo llamada El Paraíso y ya mero me tragan las mareas altas del Pacífico en un acantilado bañado de espuma y furia. Mi primer tiburón agonizaba en una playa desierta. De susto en susto no tuve tiempo, ojos ni suerte para los pescaditos.

En el mar las aguamalas son invisibles enemigos. En los acuarios dan un espectáculo glorioso de alucinaciones retráctiles y esponjosas iluminadas a propósito, como en el teatro, danzan delicadamente.

Del mismo modo que prefiero el poema al poeta o la almeja al cenicero, me quedo con la cosa y no con el cosero, con la parvada y el cardumen y no con el coreógrafo, con hermosos peces inútiles y no con el atún rebanado en aceite.

Lo que sueño es tan inquietante como lo que veo, lo que pienso tan absurdo como lo que ocurre. Lo que escucho es mucho mejor que lo que digo.

Quisiera flotar como el lagarto que espera con lenta sangre fría los resultados de un instante por ahora detenido.

La Jornada