Los años intoxicados

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Mariana Henriquez

1989

Ese verano se cortaba la electricidad en turnos de seis horas, una orden del gobierno porque el país ya no tenía energía, y nosotras no entendíamos muy bien qué significaba eso. Nuestros padres decían que el ministro de Obras Públicas había anunciado las medidas necesarias para evitar un apagón generalizado en una sala iluminada apenas por un sol de noche: como en un campamento, repetían. ¿Qué sería un apagón generalizado? ¿Quería decir que íbamos a estar a oscuras para siempre? La posibilidad era increíble, estúpida, ridícula. Inútiles, los adultos, pensábamos, qué inútiles. Nuestras madres lloraban en la cocina porque no tenían plata o no tenían luz o no podían pagar el alquiler o la inflación les había mordido el sueldo hasta que no alcanzaba más que para pan y carne barata, pero a nosotras no nos daba lástima, nos parecían cosas tan estúpidas y ridículas como la falta de electricidad.

Teníamos una camioneta, mientras tanto. Era del novio de Andrea, la más linda de nosotras, la que sabía cortar los jeans para convertirlos en shorts fabulosos y usaba tops de encaje que compraba con plata que le robaba a su madre. El nombre del novio no importa, tenía una camioneta que usaba durante la semana para repartir mercadería, pero los fines de semana era toda nuestra. Fumábamos una marihuana venenosa traída de Paraguay que cuando estaba seca olía a orina y plaguicidas pero era barata y efectiva. Fumábamos entre las tres y después, cuando ya estábamos totalmente locas, nos subíamos a la parte de atrás de la camioneta, que no tenía ventanas ni luz alguna porque no estaba pensada para personas, estaba pensada para cargar latas de garbanzos y arvejas. Le pedíamos al novio de Andrea que manejara muy rápido, que frenara, que girara varias veces alrededor de la rotonda de entrada a la ciudad, le pedíamos que acelerara en las esquinas y que nos hiciera saltar en los lomos del burro; y él hacía todo porque estaba enamorado de Andrea y tenía la esperanza de que alguna vez ella lo quisiera también.

Nosotras gritábamos y nos caíamos una encima de la otra; era mejor que la montaña rusa y que el alcohol. Despatarradas en la oscuridad, sentíamos que cada golpe en la cabeza podía ser el último y a veces, cuando el novio de Andrea tenía que parar porque lo detenía alguna luz roja, nos buscábamos en la oscuridad para comprobar si todavía estábamos vivas. Y nos reíamos a los gritos, transpiradas, a veces ensangrentadas, el interior de la camioneta olía a estómagos vacíos y cebolla, a veces también al champú de manzana que compartíamos. Compartíamos muchas cosas: la ropa, el secador de pelo, la cera para depilarnos; la gente decía que éramos parecidas, físicamente parecidas, pero se trataba nada más que de una ilusión óptica porque nos copiábamos los gestos y la forma de hablar. Andrea era hermosa, alta, tenía las piernas delgadas y separadas; Paula era demasiado rubia y, cuando estaba mucho tiempo al sol, se ponía horriblemente colorada y yo no conseguía tener la panza chata ni que mis muslos dejaran de rozarse –e irritarse– al caminar.

El novio de Andrea nos hacía bajar después de una hora, cuando ya se aburría o tenía miedo de que la policía detuviera la camioneta y pensara que a lo mejor llevaba chicas secuestradas. A veces nos dejaba en la puerta de la casa de alguna de nosotras, a veces en la plaza Italia, donde les comprábamos a los hippies de la feria artesanal esa marihuana venenosa que se llamaba Punto Rojo. También tomábamos clericó que uno de los hippies hacía en una lata de tomates de cinco litros, con pedazos de fruta grandísimos porque era perezoso y siempre estaba demasiado borracho como para cortar las bananas, naranjas y manzanas en trozos prolijos. Una vez encontramos un pomelo entero y una de nosotras se lo puso en la boca, como un lechón navideño, y corrió entre los puestos; ya era de noche y las artesanías se iluminaban con un generador que compartían todos los feriantes.

Volvíamos a casa muy tarde, muchas horas después de que la feria cerrara; nadie nos prestaba atención ese verano. La duración de los cortes de electricidad no se respetaba así que pasábamos las noches más largas de nuestras vidas muertas de calor en patios y veredas escuchando la radio, usando pilas y baterías que parecían perder la carga cada vez más rápido a medida que pasaban los días.

1990

El presidente había tenido que entregar el mando antes del final de su período y a nadie le gustaba demasiado el nuevo aunque había ganado las elecciones por una mayoría impresionante. La resignación apestaba en el aire y en las bocas torcidas de la gente amargada y de los padres quejosos, a quienes despreciábamos más que nunca. Pero el nuevo presidente había prometido que el teléfono no iba a tardar años en llegar una vez que se hacía el pedido: la empresa de comunicaciones era tan ineficiente que algunos de nuestros vecinos esperaban el aparato desde hacía una década y a veces, cuando llegaban los técnicos y lo instalaban, había fiestas espontáneas. Nunca avisaban cuándo iban a venir. Nosotras teníamos teléfono, todas, de pura suerte, y pasábamos horas hablando hasta que nuestros padres nos cortaban gritando. Paula decidió, en una de esas conversaciones por teléfono, una tarde de domingo, que teníamos que empezar a ir a Buenos Aires, que podíamos mentir y decir que salíamos de noche en nuestra ciudad, pero en realidad nos tomaríamos el ómnibus que salía los sábados temprano y pasaríamos la noche allá, y de madrugada ya otra vez a la estación y a la mañana en casa; nuestros padres nunca se enterarían.

Nunca se enteraron.

Yo me enamoré del mozo de un bar que se llamaba Bolivia; me rechazó, soy puto reputo, me dijo, a mí qué me importa, le grité, y me tomé casi un litro de ginebra y si me acosté con alguien esa noche no me acuerdo. Desperté en el ómnibus de vuelta, ya de día, con la remera sucia de vómito. Tuve que pasar por la casa de Andrea para lavarme antes de volver a la mía. En la casa de Andrea nadie hacía preguntas: su padre estaba siempre borracho y ella tenía llave de su habitación para evitar que él se le metiera de noche. Cuando la visitábamos, era mejor quedarse en la cocina, el padre solamente entraba ahí a buscar más hielo para el vino.

En esa cocina juramos que nunca tendríamos novios. Juramos con sangre, cortándonos apenas, y con besos, en la oscuridad porque la electricidad no existía otra vez. Juramos pensando en el padre borracho, en qué íbamos a hacer si entraba y nos encontraba sangrando abrazadas; era alto y fuerte, pero siempre caminaba tambaleándose, debía ser muy fácil darle un empujón. Andrea no quería dárselo, era débil con los hombres; yo prometí nunca volver a enamorarme y Paula dijo que nunca se iba a dejar tocar por un varón.

Una noche, cuando volvíamos de Buenos Aires más temprano de lo normal, una chica se levantó de uno de los asientos adelante de nosotras, se acercó al chofer y le pidió bajar. El chofer frenó sorprendido y le dijo que no tenía parada ahí. Estábamos atravesando el parque Pereyra. A mitad de camino entre Buenos Aires y nuestra ciudad está ese parque enorme que alguna vez fue una estancia de más de diez mil hectáreas y que Perón expropió a sus millonarios dueños; ahora es una reserva ecológica que parece un bosque algo siniestro, húmedo, en el que apenas entra el sol. El asfalto lo divide por la mitad. La chica insistió. Muchos pasajeros se despertaron; un hombre dijo: «Pero adónde querés ir a esta hora, querida.» La chica, que era de nuestra edad y tenía el pelo atado en una cola de caballo, lo miró con un odio horrible que lo dejó mudo. Lo miró como una bruja, como una asesina, como si tuviera poderes. El chofer la dejó bajar y ella corrió hacia los árboles; desapareció en una nube de tierra cuando el ómnibus volvió a arrancar. Una señora se quejó en voz alta, «cómo la dejan sola a esta hora, le pueden hacer cualquier cosa». Ella y el chofer discutieron casi hasta que llegamos a la estación.

Nunca nos olvidamos de esa mirada y de esa chica. Nadie le iba a hacer daño, de eso estábamos seguras: si alguien podía ser dañino, era ella. No llevaba bolso ni mochila. Estaba vestida con ropa demasiado veraniega para el fresco de la noche de otoño. Una vez fuimos a buscarla: el novio de Andrea, el de la camioneta, no existía más en nuestras vidas, pero había otro chico, el hermano de Paula, que ya manejaba el auto de su padre. No sabíamos exactamente dónde había bajado la chica, pero no era tan lejos del molino –el parque tiene un molino estilo holandés que no produce nada, es una chocolatería para los turistas–. Caminando entre los árboles descubrimos senderos y también la casa que alguna vez había sido parte de la estancia. Ahora está recuperada, se puede visitar como museo y hasta se hacen fiestas de casamiento exclusivas, pero entonces nada más la cuidaba el guardaparque y parecía contener la respiración entre los pinos, secreta y vacía.

A lo mejor es la hija del guardaparque, nos dijo el hermano de Paula, y nos trajo de vuelta a casa riéndose de nosotras, las nenas bobas que habían creído ver un fantasma.

Pero yo sé que no era la hija de nadie esa chica.

1991

El colegio secundario no se terminaba nunca y empezamos a ir con petacas de whisky escondidas en la mochila. Tomábamos en el baño y le robábamos Emotival a mi mamá. Emotival era una pastilla que ella tomaba porque estaba deprimida y etcétera. No nos provocaba nada particular, solamente un sueño espantoso y un cansancio que nos hacía dormir con la boca abierta y roncar en clase. Llamaron a nuestros padres, pero ellos creyeron que, como nos acostábamos muy tarde, la causa de nuestros comas matinales era la falta de sueño nocturno. Seguían tan estúpidos como siempre aunque ahora estaban menos nerviosos por la inflación y la falta de dinero: la nueva ley monetaria establecía que un peso valía un dólar y aunque nadie se lo creía del todo escuchar dólar, dólar, dólar los llenaba de alegría, a mis padres y a todos los adultos.

Igual, seguíamos siendo bastante pobres. Mi familia alquilaba. La de Paula tenía una casa a medio terminar, con habitaciones viejas comunicadas, era un asco, sus hermanos ya eran grandes y, para ir al baño, ella tenía que atravesar sus cuartos y a veces los encontraba masturbándose. El departamento de Andrea era de su familia, pero nunca podían pagar las cuentas a tiempo y cuando no les cortaban la luz, les cortaban el teléfono; su madre no conseguía trabajo más que como enfermera de viejos y el padre borracho seguía gastando en vino y cigarrillos.

Nosotras creíamos, igual, que podíamos ser ricas. Que ser rico era algo que quedaba en el futuro. Hasta que conocimos a Ximena. Era una compañera nueva, venía de la Patagonia, sus padres tenían algo que ver con el petróleo. Cuando nos invitó a su casa, dábamos vueltas sobre nosotras mismas tratando de verlo todo, nos chocábamos con los rincones, queríamos sacar fotos. Tenía un pequeño puente dentro de la casa, en el living, un lago bajo techo con plantas flotantes, nenúfares, algas. Ninguna de las habitaciones tenía piso de baldosas, todos eran de madera, y en las paredes, blancas, había cuadros; el fondo, con piscina, tenía rosales y caminos de piedras blancas. La casa, desde afuera, no parecía demasiado linda, pero adentro era una locura, los detalles, el olor a perfume en el ambiente, los sillones de pana colorados y algunas alfombras que no estaban deshilachadas ni gastadas. Enseguida detestamos a Ximena. Ella era fea, tenía una cicatriz vertical en el mentón y en el colegio le decían Cara de Culo por eso. La convencimos de que le robara plata a su mamá, ¡era tan fácil para ella!, y comprara drogas. A veces, pastillas en la farmacia: ahora son muy estrictos, pero entonces, si una le decía al farmacéutico que tenía un hermano autista o un padre psicótico, le vendían medicación sin receta. Sabíamos los nombres de algunos medicamentos para los locos porque anotábamos cuando alguien los mencionaba. Cuando tomamos las pastillas azules que después evitamos para siempre, la pobre Ximena se trastornó tanto que quiso incendiar el piso de madera finísimo de su habitación y hablaba de ojos que flotaban por toda la casa. A nosotras no nos impresionó porque uno de los hippies de la feria artesanal había terminado internado el año anterior después de comer demasiados hongos: decía que unos hombrecitos de centímetros de altura le tiraban flechitas al cuello. Tanto se quiso arrancar las supuestas flechitas que se rascó el cogote hasta casi abrirse la yugular con las uñas. Lo llevaron al instituto psiquiátrico de Romero y no se supo nada más de él. Quería ser novio de Paula, la llamaba mi compañera espiritual. Paula le robaba ácidos para tomar en los cumpleaños. Tenía pocos dientes y sus amigos le decían Jeremías.
A Ximena le tuvieron que lavar el estómago y nos culparon a nosotras. No nos importó, salvo por la plata. Entonces empezamos a odiar a los ricos.

1992

Por suerte apareció Roxana, la vecina nueva, en nuestra calle. Tenía dieciocho y vivía sola. Su casa quedaba al final de un pasillo y nosotras estábamos tan flacas que podíamos entrar por entre las rejas de la puerta si alguien cerraba con llave. Roxana nunca tenía comida en la casa, las alacenas vacías recorridas por bichos muertos de hambre en busca de migas inexistentes, la heladera enfriando una Coca-Cola y algunos huevos. La falta de comida era buena: nos habíamos prometido comer lo menos posible. Queríamos ser livianas y pálidas como chicas muertas. No queremos dejar huellas en la nieve, decíamos, aunque en nuestra ciudad jamás nevaba.

Una vez, entramos en la casa de Roxana y vimos, sobre la mesa de la cocina y al lado de la pava –eso sí tenía siempre: yerba para el mate–, lo que nos pareció una enorme lámpara blanca, del estilo de las que usan las adivinas, una bola mágica, un espejo del futuro. Pero no: era cocaína, de uno de sus amigos. Antes de venderla, quería quedarse con una parte y creía que los compradores no iban a darse cuenta del faltante.

Nos dejó raspar la bola mágica con una gillette y nos enseñó a tomar calentando un plato de loza con un encendedor; así no se humedecía, explicaba, no quedaba pegada al plato y bajaba genial. Era genial y nosotras éramos geniales con la luz blanca en la cabeza y la lengua dormida. Tomábamos en la mesa y también en el espejo de la habitación de Roxana: ella lo ponía justo en el centro y nosotras nos sentábamos alrededor, como si el espejo fuera un lago donde hundíamos la cabeza para beber, las paredes manchadas con la pintura desprendiéndose eran nuestro bosque. Tomábamos cuando salíamos y guardábamos la cocaína en papeles plateados de cigarrillos y a veces en bolsitas de polietileno. Yo prefería las lapiceras, Paula tenía su propio canuto de metal, Andrea prefería fumar marihuana porque no se aguantaba la taquicardia y Roxana usaba rollos de billetes y contaba mentiras. Decía que su primo se había perdido explorando las líneas de Nazca en México. Ninguna de nosotras le aclaraba que las líneas quedaban en Perú. Decía que había estado en un parque de diversiones donde cada puerta, cuando se abría, llevaba a una habitación diferente hasta que se encontraba la correcta y que podían ser cientos de habitaciones, que el juego ocupaba hectáreas. No le decíamos que habíamos leído algo parecido en un libro para chicos que se llamaba El museo de los sueños. Decía que en el parque Pereyra se reunían brujas y que hacían rituales alabando a un hombre hecho de paja y, aunque nos sobresaltaba escuchar sobre ritos en el parque, no le decíamos que lo que describía se parecía mucho a una película que habíamos visto en televisión un sábado a la tarde, una película de terror buenísima donde mataban chicas para que volviera la fertilidad a una isla inglesa.

A veces no tomábamos cocaína y preferíamos un poco de ácido con alcohol. Apagábamos las luces y jugábamos en la oscuridad con inciensos encendidos; parecían luciérnagas y a mí me hacían llorar, me hacían acordar a una casa de tejas con parque lejos de la ciudad, una casa con estanque donde jugaban los sapos y volaban las luciérnagas entre los árboles.

Una tarde, cuando jugábamos con el incienso, pusimos un disco, Ummagumma, de Pink Floyd, y sentimos que nos perseguía algo por la casa, un toro quizá, o un cerdo salvaje, con dientescuernos, y corrimos, nos chocamos, nos lastimamos. Fue como estar en la camioneta otra vez, pero dentro de una pesadilla.

1993

En nuestro último año de colegio Andrea conoció a su nuevo novio, que cantaba en una banda punk. Cambió. Se puso un collar de perro en el cuello, se tatuó los brazos con estrellas y calaveras y ya no pasaba los viernes a la noche con nosotras.

Yo me di cuenta de que se había acostado con él. Andrea olía diferente y a veces nos miraba con desprecio y sonrisas. Le dije que era una traidora. Le recordé a Celina, una compañera de colegio –un poco más grande que nosotras– que había muerto después de su cuarto aborto, desangrada en la calle, cuando intentaba llegar al hospital. Eran ilegales los abortos y las mujeres que los hacían enseguida arrojaban a las chicas a la calle; en los consultorios había perros, decían que los animales se comían los fetos para no dejar rastros. Ella nos miró enojada y dijo que no le importaba morirse. La dejamos llorando en la plaza.

Paula y yo estábamos furiosas y decidimos tomar el ómnibus hasta el parque Pereyra. Volvíamos para buscar otra vez a la chica del bosque. ¿Podía ser la tercera amiga si Andrea nos abandonaba? Ya habían construido la autopista, así que por el parque circulaban los peores ómnibus, los que tenían mugre vieja pegada en los asientos, olor a nafta y sudor, el suelo pegajoso de gaseosa derramada y posiblemente orina. Nos bajamos en el parque al atardecer. A esa hora había familias todavía, chicos corriendo sobre el pasto, algunos jugando al fútbol. Qué peste, dijo Paula, y nos sentamos bajo un pino a esperar la noche. Pasó un cuidador con su linterna y nos preguntó si ya nos íbamos.

Sí, le dijimos.

El próximo ómnibus pasa en media hora, dijo él, es mejor si se acercan a la ruta.

Ya vamos, le dijimos, y le sonreí. Paula no sonreía porque estaba tan delgada que cuando los dientes se le asomaban parecía una calavera.

Tengan mucho cuidado con los alacranes, dijo. Si sienten una picadura, griten, las voy a escuchar.

Más sonrisa.

Ese septiembre, excepcionalmente caluroso, hubo una invasión de escorpiones. Yo pensé que a lo mejor podía dejar que alguno me picara y morir. Así capaz nos recordaban, como a Celina muerta en la calle con su feto sangrando entre las piernas. Me acosté sobre el pasto y pensé en el veneno. Paula, mientras tanto, caminaba entre los árboles y preguntaba, en voz baja: «¿Estás ahí?» Me vino a buscar cuando escuchó un roce entre los árboles, cuando vio una sombra blanca. Las sombras no son blancas, le dije. Ésta era blanca, me aseguró. Caminamos hasta quedar agotadas. La falta de energía era el peor efecto de dejar de comer. Valía la pena, salvo en este caso, cuando queríamos encontrar a nuestra amiga, la chica que miraba con odio.

No la encontramos. Tampoco nos perdimos: la luz de la luna iluminaba lo suficiente para distinguir los caminos que llevaban a la ruta. Paula descubrió una cinta blanca que, creía, podía ser de nuestra amiga del parque Pereyra. A lo mejor nos la dejó como un mensaje, me dijo. No creo, pensé, seguro se le perdió a alguno de los que hacían pícnic en el parque, pero no le dije nada porque la vi convencida, contenta con su amuleto, segura de que era un mensaje. Sentí una punzada en la pierna, pero no era el aguijón ni la muerte, era una ortiga que me quemó la pierna y la cubrió de puntos rojos ensangrentados.

1994

Paula festejó su cumpleaños en la casa de Roxana. Para la fiesta conseguimos un ácido que, según nos habían dicho, recién había llegado de Holanda. Le decían Dragoncito. ¿Era más fuerte el ácido importado? Como no sabíamos, por las dudas, tomamos menos de lo habitual, apenas un cuarto. Pusimos un disco de Led Zeppelin. Sabíamos que al novio de Andrea le iba a molestar y eso queríamos, molestarlo. Llegó cuando el disco estaba terminando. Escuchábamos vinilos todavía, en esa época, aunque podíamos comprar CD. Eran baratas las cosas electrónicas, los televisores y los equipos de música, las videograbadoras y las cámaras. No podía durar mucho, decían mis padres, no puede ser cierto que un peso argentino tenga el mismo valor que un dólar, pero estábamos tan hartas de lo que decían ellos, mis padres, los otros padres, siempre anunciando el fin, la catástrofe, la vuelta de los cortes de luz, todos los males patéticos. Ahora ya no lloraban por la inflación: lloraban porque no tenían trabajo. Lloraban como si ellos no tuvieran la culpa de nada. Nosotras odiábamos a la gente inocente.

Cuando llegaron Andrea y su novio punk justo sonaba la más hippie de las canciones del disco, la de irse a California y encontrar una chica con flores en el pelo, y el novio de Andrea frunció la cara y dijo qué embole, qué viejos chotos. El hermano de Paula, que siempre era amigable, le convidó un poco de ácido, un cuartito nada más porque no quería desperdiciar en el punk. El ácido también es muy hippie, le dijo el hermano de Paula y el punk contestó que sí, pero, como era algo químico y artificial, le gustaba. Prefería todo lo químico, dijo, los jugos en polvo, las pastillas, el nailon.

Estábamos en la habitación de Roxana. El espejo colgaba de la pared: había bastante gente en la casa, muchos desconocidos, como suele pasar en las casas de drogas, esas caras entrevistas en sueños que sacan cerveza de la heladera y vomitan en el inodoro y a veces se roban la llave o tienen un gesto de generosidad y compran más bebida cuando la fiesta está por terminar. El ácido era como una descarga eléctrica muy delicada. Nos temblaban los dedos, nos poníamos las manos frente a los ojos y las uñas parecían azules. Andrea estaba de vuelta con nosotras y cuando pusimos Led Zeppelin III quiso bailar, gritaba sobre las tierras de hielo y nieve y sobre el martillo de los dioses, y recién en «Since I’ve Been Loving You», a lo mejor porque era un blues de amor, se dio vuelta a mirar a su novio punk. Él estaba sentado en un rincón y parecía muerto de miedo. Señalaba algo con el dedo índice y repetía no sé qué porque la música estaba demasiado alta. A mí me causó gracia, no le quedaba nada del labio torcido arrogante y se había sacado los anteojos, tenía los ojos casi negros de tan dilatadas las pupilas.

Me acerqué a él caminando despacio y traté de imitar la mirada de odio de la chica del parque Pereyra. La electricidad me erizaba el pelo, sentía que se había convertido en cables o que estaba demasiado liviano, como cuando un televisor recién se apaga y la estática atrapa el cabello, que queda pegado sobre la pantalla.

¿Tenés miedo?, le pregunté, y me contestó con una mirada confundida. Era lindo, por eso Andrea nos abandonaba. Era lindo y era inocente. Le agarré el mentón y con la otra mano le pegué en la cabeza, un golpe de puño cerca de la sien. El pelo, tan bien acomodado por el gel, se volvió un montón sin sentido sobre su frente. Paula, desde atrás, riéndose, le tiró con las tijeras que habíamos usado para cortar los cartones de ácido. Recién entonces me di cuenta de que se había puesto la cinta blanca de la chica del bosque en el pelo. De pura mala suerte, la tijera le pegó al novio punk sobre la ceja, esa parte de la cara que sangra mucho, nosotras lo sabíamos porque alguna vez nos habíamos cortado la frente adentro de la camioneta después de alguna frenada violenta. Él se asustó, el punk, se asustó mucho cuando la sangre le goteó sobre la remera blanca y seguramente vio lo mismo que nosotras, o algo parecido distorsionado por el ácido: sus manos llenas de sangre, las paredes manchadas, nosotras con cuchillos a su alrededor. Quiso salir corriendo de la casa, pero no encontraba la puerta. Andrea lo siguió, trataba de hablarle, pero él no le entendía. Cuando salió al patio, el novio punk se llevó por delante una maceta y en el piso empezó a temblar, no sé si de miedo o si serían convulsiones. El disco se terminó, pero no hubo silencio: escuchamos algunos gritos y risas, alguien estaba alucinando con escorpiones o a lo mejor los bichos habían invadido de verdad la casa.

Paradas, rodeamos al novio punk. En el suelo, con los ojos entrecerrados y la sangre en el pecho, parecía insignificante.
No se movía. Paula se guardó en el bolsillo del jean un cuchillo casi de juguete, un cuchillito para untar jalea sobre el pan. No lo vamos a necesitar, dijo.

¿Está muerto?, preguntó Andrea, y le brillaron los ojos.

Alguien volvió a poner música, allá, en la casa, que parecía tan lejos. Paula se sacó la cinta del pelo y se la ató en la muñeca. Volvimos a la casa, a bailar. Esperábamos que Andrea abandonara al chico en el suelo y volviera a nosotras, otra vez las tres con nuestras uñas azules, intoxicadas, bailando frente al espejo que no reflejaba a nadie más.

(De Las cosas que perdimos en el fuego, Anagrana, 2016)



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