Los cuatro jinetes del apocalipsis macrista

Por: Ricardo Ragendorfer
@Ragendorfer

El sujeto que acababa de votar en una escuela de San Isidro huía por una calle arbolada con pasitos cortos y veloces. A sus espaldas le gritaban: «¡Santiago Maldonado, presente!». Su novio, un tipo de porte atlético y barba entrecana, se interponía entre él y los escrachadores, volteándose cada tanto para chillar «¡Está ahogado!», mientras el otro apuraba aún más el tranco. Era nada menos que Pablo Noceti, quien por entonces aún era ladero de Patricia Bullrich en el Ministerio de Seguridad. De tal modo sobrellevó la jornada electoral del 26 de octubre de 2019. Aquella fue su última aparición pública.

Ahora, cuando acaba de cumplirse el quinto aniversario del asesinato de Maldonado, no está de más reparar en él, ya que fue uno de sus instigadores. Al respecto cabe también mencionar a los exfuncionarios Gonzalo Cané, Daniel Barberis y Fernando Soto, quienes se encargaron del encubrimiento.

En este punto es necesario retroceder al 13 de diciembre de 2016. Hasta ese martes, Noceti era un tipo de hábitos casi espartanos y bajo perfil. Por eso fue paradójico que, tras exactamente un año de silencioso trabajo en la función pública, su nombre haya quedado al descubierto por un jolgorioso desliz de la inefable Patricia.

«¡Este hijo de puta buen mozo es mi jefe de Gabinete!», exclamó aquella noche a viva voz y con dicción incierta, durante un festejo por el fin de año en la sede ministerial. «¡Todas andan locas por él!», volvió a vociferar. Junto a ella, el aludido forzaba una sonrisa incómoda. Un video del asunto se viralizó.

Hasta entonces Noceti supo circular como un fantasma por los pasillos del poder macrista, consciente de que su desempeño como abogado de viejos represores y apologista de la última dictadura le podría jugar en contra.

En este punto hay que remontarse al atardecer del 31 de julio de 2017, cuando comenzó su propia Campaña del Desierto.

Ese lunes, en representación de la ministra, Noceti convocó en un salón del hotel Cacique Inkayal, de Bariloche, a jefes de todas las fuerzas federales y provinciales con asiento en Río Negro y Chubut; entre ellos, los titulares de los Escuadrones 35 y 36, además de sus secretarios de Seguridad. Ese selecto auditorio asimiló su arranque no sin un gran azoro: «Si violan a mi mamá, voy a actuar». Así nomás, con la voz en falsete, resumió su plan de «provocar» una situación de «flagrancia» en el territorio mapuche de Cushamen para embestir contra sus pobladores sin la burocrática intermediación de un juez. El tipo se exhibía fanatizado y torpe. Se tropezaba con las palabras. Es muy posible que algunos de los asistentes del cónclave advirtieran en sus dichos el germen de un acto irreparable. De hecho, los funcionarios provinciales y los jefes de sus policías se desmarcaron del desequilibrio de Noceti al punto de esquivarlo a partir de entonces, además de no participar en ningún operativo. Pero ese no fue el caso de los jerarcas de la Gendarmería.

A primera hora del martes, Noceti partió de Bariloche en una camioneta blanca con una tira de lucecitas led en la trompa. Al llegar al Pu Lof ocurrió el violentísimo ingreso de la Gendarmería.

Ya se sabe que en tales circunstancias Maldonado quedó acorralado en la orilla del río por los uniformados. Y que nunca más se lo vio con vida.

Lo cierto es que así comenzó para la ministra su gran crisis de gestión. Una crisis que condujo al lugar de los hechos a otros dos protagonistas de esta trama: Cané y Barberis. El primero era subsecretario de Cooperación con los Poderes Judiciales. Y el otro, director de Violencia Institucional. Por su parte, Soto fue el último en ingresar a la escena.

Ya en la tarde del 2 de agosto, Bullrich se torturaba con los dientes el labio inferior, durante una vidriosa reunión con representantes de organismos de Derechos Humanos para tratar la desaparición forzada (todavía en curso) de Maldonado.

De pronto, José Schulman, de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH) fue hacia el baño. Allí fue increpado por dos septuagenarios que acababan de orinar.

– ¡Ustedes están defendiendo a un guerrillero! –disparó uno de ellos.

Y el otro amplió:

– El chico participó en una operación de la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche), y fue apuñalado por un puestero…

Quien habló primero era Cané. Y quien redondeó el mensaje, Barberis. Ambos tuvieron un rol primordial en la intoxicación de esa pesquisa.

Aquella era una de las funciones de Cané; la otra, controlar el desarrollo del expediente judicial. A tal efecto pasó a ser el «interventor» gubernamental en el despacho de Guido Otranto (el primer juez de la causa). Su presencia en Esquel ya era parte del paisaje. De modo que este sujeto obeso, desaliñado y jactancioso se había convertido en su sombra. En los bares y restaurantes que frecuentaba, cualquier persona podía acceder a los más delicados secretos de Estado con sólo sentarse a metros de su mesa. Él no dejaba de vociferar toda clase de datos a sus ocasionales interlocutores.

Cuando Otranto fue apartado del caso, él regresó a Buenos Aires.

Cabe destacar que Cané tampoco fue ajeno al espionaje realizado sobre familiares y amigos de Maldonado.

Luego optó por renunciar al ministerio con el propósito de preservarse.

Barberis, a su vez, tuvo la misión de «coordinar» los falsos testimonios de los gendarmes que participaron en el operativo.

La historia de este ex funcionario es notable.

La única experiencia que tenía en el asunto de la seguridad es su pasado de secuestrador extorsivo. Los casos del empresario Julio Kancepolski (1977) y César Cohen, un niño de apenas 12 años (1985), lo atestiguan. Por aquellos hechos residió siete años en la cárcel de Villa Devoto. Su resurrección civil comenzó en la era menemista al amparo de Carlos Grosso y Carlos Ruckauf. Previamente había fundado una ONG para ayudar a presos. Después –y hasta su debut en la función pública macrista– regenteó dos fundaciones: el Instituto Latinoamericano para la Paz y la Ciudadanía (ILAPyC) y la Fundación Más Paz Menos Sida. Luego, ya enfundado en su traje ministerial, sus compinches de antaño lo tildaban de «tumbero que se hizo amigo de la gorra».

En su trabajo de desligar a los gendarmes del caso Maldonado, les dijo a cuatro de ellos: «Si no podemos salir juntos de este barco, se encalla. Porque en este barco están ustedes y nosotros».

Mientras tanto, la renuncia de Cané propició el ascenso de Soto como director de Ordenamiento y Adecuación Normativa de las Fuerzas Policiales.

Era la reinvención de un hombre que hasta entonces únicamente había descollado en la esfera pública por sus insistentes visitas a programas de TV, en los cuales abogaba por «limpiar el honor» (y devolver al servicio activo) a policías procesados por homicidios y torturas. De hecho, en la esfera privada, este doctor en Derecho los tiene por clientela.

Lo cierto es que su intervención en la causa Maldonado fue más eficaz que la de Cané. Porque él no fue ajeno a que el juez federal Gustavo Lleral llegara a la conclusión de que Santiago había muerto por «una sumatoria de incidencias», y que las mismas «no constituyen un delito».

Tanto él, como Noceti, Cané y Barberis, no merecen ser olvidados.

Tiempo Argentino