Los deformadores de precios

Por Adrián Stoppelman

Los fabricantes de productos dicen que ellos no son formadores de precios. Que es como que Hannibal Lecter se declare vegano.

Los productores de materia prima niegan toda relación con la formación de precios. Que es como que el Coyote niegue querer cazar al Correcaminos.

Los supermercados niegan ser formadores de precios. Que es como que Drácula diga que ve sangre y le da rechazo.

Los exportadores niegan 3 veces ser formadores de precios. No hace falta que diga como quien.

Si creyésemos en todos ellos (incluidos Lecter, el Coyote, Drácula y el otro), la conclusión lógica sería que los precios se generan y aumentan por si solos, sin la mediación de ser humano alguno. Son entes con vida propia que viajan como Alien por la galaxia de las Góndolas.

Otras teorías económicas más recientes sugieren que los aumentos podrían deberse a un hackeo masivo de pistolas remarcadoras por parte de comandos iraníes venezolanos entrenados en las catacumbas del equipo de ciberataques del Instituto Gamaleya. El otro razonamiento posible para entender por qué aumenta todo es que alguno de los antedichos miente más que fondo buitre cuando se proclama “inversor”.

Pero salgamos de la teoría “macro” (aclaro que no hablo del mayorista homónimo) y vamos a la micro (aclaro que no hablo de los medios de transporte). En la esquina de mi casa, en un supermercado de barrio, un paquete de galletitas está valuado en 90 pesos, 60 metros más allá, en otro establecimiento de similares características, pero un poco más desprolijo (léase “roñosito”), está marcado a 70 pesos. El proveedor de esas galletitas, -el mismo para ambos establecimientos-, ¿cobra 20 pesos cada 60 metros recorridos? ¡Quiero ese trabajo!

Pero eso no es todo: el mismo paquete de galletitas en un hipermercado que dice que me conoce cotiza a 115 pesos. Sin embargo, la distancia entre el primer supermercado y el hipermercado medida con Google Maps es de 545 metros. O sea que mi teoría de los 20 pesos por cada 60 metros tampoco funciona. ¿Qué conclusión puedo sacar? Que el híper es un lugar mucho más peligroso que los supermercados de mi cuadra.

Ahora bien: Las mismas galletitas son ofrecidas por el hipermercado en ofertas de “llevando 2,70% de descuento en la segunda unidad”. O sea: llevando dos, estaría abonando 74,75 pesos cada paquete, con oferta y todo, ¡más caro que el súper que está a 60 metros!

“Son deformaciones endémicas de la economía argentina” dicen los “explicators” que se hicieron famosos por deformar endémicamente a la economía argentina. No, mis estimados (pero no mucho) explicators: Son los deformadores de precios. Unos, como el fabricante, que manda listas con aumentos por razones de público conocimiento: porque se le canta. Otros, como el súper de la esquina, que remarca “por las dudas”, y otro, el híper, que juega con los números en las góndolas y convierte a la compra familiar en una tómbola.

Son la versión moderna del mercado persa. La diferencia es que aquí no podés regatear. El costo del regateo viene incluido en el precio. Uno paga más caro, pero se ahorra el tiempo de andar regateando. Ya sé que me dirán que este no es un análisis económico serio. No lo es y a la vez, lo es.

También sé que me dirán que los precios son el resultado de una cadena de valor. Efectivamente, es una cadena del Gordo Valor. Y dirán que para que se normalice la situación hay que sentar a todos los jugadores a una mesa. No concibo imagen más peligrosamente timbera que jugadores con mucha plata alrededor de una mesa. Y yo me permito agregar que deberíamos tener asociaciones de consumidores con mayor poder y menos egos personales. Y educación, desde el colegio primario, para el consumo responsable. Y que las galletitas la voy a comprar al súper que las tiene a 70… antes que las remarquen.

Télam