Los devoran los de afuera

Una lectura cruzada de las cartas de «albertistas» y «cristinistas»

Por Eduardo Blaustein

Hay un cierto desfasaje entre el valor de las cartas que se intercambiaron referentes culturales del seudo albertismo y el seudo cristinismo y lo que sucede en la dirigencia del Frente de Todos. Las cartas, además de contener riqueza polémica, cuidan las formas. Mientras que arriba están rompiendo el futuro.

Hoy, martes 22, me disponía a escribir alguna cosa sobre el intercambio epistolar de eso que Página/12, un poco al pedo, apurando y simplificando, dividió en dos campos: intelectuales albertistas e intelectuales kirchneristas. Debate –bienvenido- inaugurado tras el tratamiento y sanción del acuerdo con el FMI. Abrí los diarios, fui a los «recuerdos» de Facebook y me encontré con este posteo que hice hace (auch) seis años, el 22 de marzo de 2016.

«Habrá sido por la impotencia o la tristeza que da ver más de 700 ‘compartidos’ en el posteo de alguien querido, que hoy recibió el telegrama de despido en la Biblioteca Nacional (y tengo otros afectos despedidos allí), que se me da por murmurar: con compartidos y megusteos no vamos a ningún lado. No tengo la más pálida idea de si esto termina mal o no (o sí: termina muy mal aunque no sé cómo se sale de ese mal), pero algo, ya es seguro, todo deberá reconfigurarse. Los amigos que creen que esto se pelea sólo desde el kirchnerismo residual o cómo-se-llame-lo-que-queda acaso estén equivocados».

El despedido querido de la Biblioteca Nacional era, claro, Marcos Mayer, fundador de Socompa, ya fallecido, que atravesó en soledad una malaria económica del orto tras ese despido.

Tengo mucha más convicción sobre la vigencia de aquel posteo que sobre lo que pueda aportar sobre la polémica señalada al principio. 1) Porque el posteo, mediante un solo pantallazo de lo muchísimo de malo que sucedió, expresa el nivel de destrucción causado por la gestión macrista. El dolor, la impotencia y la amargura. 2) Porque si discutimos en abstracto (sin aquel pasado) y solo re calientes con el presente mediato e inmediato, la coyuntura, corremos el riesgo de perder memoria y los beneficios de la experiencia, la dimensión real de la tragedia desatada por el macrismo. 3) Porque la idea de que para que surgiera una alternativa exitosa que le ganara al macrismo todo debería reconfigurarse estaba más o menos bien rumbeada. Luego vendría aquello de «Con Cristina no alcanza y sin Cristina no se puede». Cristina ungió a Alberto sabiendo de su moderación y hoy no alcanza ni con uno, ni con la otra, ni con la suma de ambos. 4) Porque, triste o llamativamente, la noción de «el kirchnerismo residual o cómo-se-llame-lo-que-queda» tiene su vigencia y la tiene en la polémica entre dos grupos de referentes culturales e intelectuales a la que no se puede enfocar desde la perspectiva más o menos bélica de un enfrentamiento. 5) Porque «como-se-llame-lo-que-queda» es una alusión a las cosas que el kirchnerismo puro debió hacer bastante mal (ni institucionalizó todas sus reformas ni mucho menos empoderó a la sociedad) de manera tal que Macri arrasó fácil con todo y la tuvo muy fácil para arrasar, con solo el recuerdo de las primeras concentraciones que lideró Axel Kicillof y aquellos largos y tristes días de Resistir con aguante, más la CGT postergando infinitamente paros y movilizaciones. Resistencia que terminó siendo más retórica y gritada que real. «Como-se-llame-lo-que-queda» puede aplicarse también al estado de cosas del kírchnerocristinismo actual, a sus límites serios.


Hasta dónde (cuándo) bancar a un gobierno

Para decirlo pronto, mal y en chiste el que escribe podría perfectamente suscribir párrafos gruesos de las dos cartas. De hecho, la primera refiere a la célebre noción nestoriana de «la síntesis de las verdades de todos». Confesión: cuando Página –eso hay que reconocerlo, al fin (¡al fin!) deja de ocultar las internas del albertokirchnerismo y más o menos expresarlas- publicó la segunda carta, la reacción del que escribe fue algo paranoica. Me pregunté, antes de leer e históricamente molesto por los vanos excesos de épica del kircherismo: ¿van a gritar más fuerte? ¿Qué cuadros habrán firmado? ¿Tendrán la suficiente inteligencia para responder bonito? Spoiler: la segunda carta me pareció más consistente de lo que había anticipado y más consistente que la primera. Pero eso ocurrió también –como a los firmantes «kirchneristas», por supuesto- porque llevo ya mucho tiempo esperando el despliegue final del gobierno de Alberto.

Lo banqué hasta hace poco entendiendo las inmensas dificultades que enfrentó desde el principio –y que habrá que contabilizar siempre en el futuro-, lo banqué ironizando sobre las autopercepciones casi revolucionarias que tiene el kírchnerocristinismo sobre sí mismo, lo banqué por una cuestión de edad, de horrores acumulados y de prudencia.

Fui tomando –siempre prudente- distancia escribiendo en Socompa de problemas de potencia, de identidad, de agotamiento de la vía moderada. Fui escribiendo cada vez menos por no saber qué decir, qué opinar, o no tener nada nuevo bajo el sol de lo que hablar y entonces para qué bajonear a los lectores. Si se trataba de la posibilidad de más crítica, no lo hice. Por inseguridad y cuidado.

Hasta hoy mismo, no sé qué demonios hubiera votado en torno del fiero acuerdo con el FMI de haber sido legislador. Ventajas del periodista, y de cualquier sujeto que no sea senador o diputado. Algunos incluso buenos periodistas aprovechan esa libertad para hacerse los malísimos, entendiendo absurdamente que periodismo equivale única y exclusivamente a crítica y oposición (la frase que dice que no es periodismo aquello que no cuestione al poder es bonita y heroica pero simplista y no alcanza).

Fueron pasando los días, nos fuimos poniendo viejos. El gobierno de Alberto terminó siendo hasta hoy un gobierno de futuros e infinitos días lunes. El lunes más grande: ya van a ver cuando acabe la pandemia. Todos los lunes, es como si anunciara Alberto, ya van a ver. Anuncios, proezas, hazañas y pedidos moderados para que todos entiendan y asuman, muy especialmente los muy hijos de puta. Junto con políticas acertadas, algo silenciadas, mucho anuncio repetido y fallido, algún grito y de vuelta a la moderación (palabra y valor eje de la polémica armada con ambas cartas, palabra-valor con la que en principio el que escribe no guarda enemistad rabiosa) y luego algún otro grito más, empujado un poco por Cristina. Pérdida de la identidad, debilitamiento progresivo (con alguna ayuda kírchnerocristinista), mala perspectiva electoral y ahora «guerra contra la inflación» luego de un acuerdo con el FMI que parece de dudosísimo cumplimiento y con horizonte algo espantoso. En las últimas semanas oí de lejos a Alberto, una de esas veces en un taxi, ya sin ganas de escucharlo. Fue más doloroso que eso: fue como si hablara cualquier abogado devenido en presidente, uno más que pasa por ahí, casi como si hablara al pedo De la Rúa. Reitero: no digo esto ni con ironía ni con saña: fue y es doloroso, jamás usaría la palabra traidor.


Unidad o radicalización

El primer documento, el de los seudoalbertistas, comienza con algo inspirado en palabras repetidas por Álvaro García Linera: «Estamos en una época donde toda estabilidad se vuelve precaria y provisoria (…) En el inicio de aquel ascenso de la derecha hubo quienes postularon que sólo con una radicalización equivalente el campo popular podía volver a construir mayorías. Sin embargo, hasta ahora ningún proyecto de esas características pudo triunfar ni en Europa ni en América Latina». De modo más o menos explícito la carta opone el valor de la unidad (corroborada con la elección de Boric en Chile) al de la radicalización. Allí donde no prevalezca la unidad, dice la carta, habrá fragmentación y cuando eso ocurra «habrá un camino expedito para el retorno del neoliberalismo, seguramente en una versión acentuada y con mayor potencia destructiva».

Más adelante el texto desarrolla una idea en la que cree mucho el que escribe y sobre la que se dio bastante a la hora de hacer bardo contra la solemnidad política inconducente. Memoria: cuando al kirchnerismo le iba bien hablaba de «pueblo» y cuando no maldecía a «la gente» y las clases medias. El eje: la idealización de la palabra pueblo. Lo que viene puede haber sido escrito por Jorge Alemán y Ricardo Forster (aclarando acá que no interesa hacer nombres propios, excepto por curiosidad): no todo pasa por las intenciones de un gobierno o las dirigencias sino por lo que suceda con y en la sociedad: «Es la sociedad, con sus creencias, sus organizaciones, sus disputas culturales, la que establece posibilidades y límites de esos procesos, tanto en términos económicos como políticos. Los pueblos no son entidades metafísicas. Constituyen experiencias históricas concretas, hechas con personas de carne y hueso, que sufren el impacto de los dispositivos de la dominación, las enormes dificultades de un tiempo de incertidumbres y precariedad. Los ‘otros’ también juegan y lo hacen con una mezcla de astucia, poder de fuego inmenso y capacidad de construir sentido común».

Más adelante, retorno al valor de la unidad. «Unidad para defender la democracia y los derechos humanos. Unidad para repudiar la persecución política contra líderes populares y, ahora mismo, contra la violencia inusitada contra nuestra vicepresidenta en el Congreso. Unidad para construir la transformación material progresiva sobre la cual se despliegue el día a día de los trabajadores y sus familias. Unidad para fortalecer a nuestro gobierno y a nuestro Presidente».

Receta de recitado fácil e implementación ardua: «Ante los propios deseos, intenso diálogo con los sectores populares. Ante los propios errores, reparación. Nadie es dueño, como le gustaba decir a Néstor Kirchner, de la verdad absoluta. En la diversidad, en las discrepancias, en los acuerdos, en ‘las verdades relativas’ y en la voluntad de tensionar creativamente la unidad está nuestra fuerza allí donde compartimos un ideal emancipador común».

Este párrafo que viene le gustó mucho al que escribe: «Si se preservan identidades para otra etapa quizás se encuentren con un futuro catastrófico que hoy no es fácil imaginar pero que acecha en el horizonte si nos resignamos a descuidar lo que hoy tenemos». Apunta al entendible llamado a la radicalización del kírchnerocristinismo y al riesgo cada vez más palpable de que ese sector se abra, se quede pataleando solito, contemplando la catástrofe inminente con una frase suficiente: «Nosotros avisamos». Puede que el kírchnerocristinismo crea que su lectura de la realidad sea archiconocida por 40 y pico de millones de argentinos y que eso sea premiado a futuro a todo trapo. El que escribe lo duda muchísimo y, en cambio, se pregunta por la soledad futura de ese sector político que es mucho más un conjunto de dirigentes y funcionarios que pueblo en armas.

Finalmente, sobre la moderación, dice la primera carta: «La moderación no es buena o mala en sí misma. Quizás en países híper estables la moderación puede ser hasta una identidad. En América Latina no. Es una opción táctica en una etapa específica. Hay momentos en la historia en los cuales la moderación puede ser transformadora y la radicalización impotente».

Acá llega un punto en el que la idea de moderación –como dirá la segunda carta- se vuelve a abstracta. La moderación, en esta coyuntura. Cristina eligió a un moderado. La sociedad eligió a un moderado (el que escribe se cansó de aclararlo). De acuerdo, la moderación, puede que se hayan dicho firmantes de un lado y del otro. Llegó la moderación. ¿Pero cuánta? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde?


La segunda carta

Se rompieron bien el que te jedi los organizadores de la segunda carta para sumar firmas, como esos acomodadores que meten gente empujándola dentro del subte en Japón. ¿Importa el nivel de conocimiento de cada uno? ¿Las calidades y saberes de los que firmaron? Al asunto conviene dejarlo en un tercer o cuarto plano. Puede que la pluma o la mayor influencia del escrito provenga de un tipo copado: Eduardo Rinesi (quién te dice no intervino Cristina, Máximo seguro). La segunda carta contiene una bendición inicial, no hay gritos sino este encabezamiento: «Bienvenido el debate en el campo nacional y popular. Bienvenida la discusión entre compañeros y compañeras». Y esta bendición final:

«Se sale con más política y no con más encierro.

Se sale compartiendo con el pueblo el conocimiento de las dificultades: enfrentándolas y no eludiéndolas.

Se sale convocándonos todos y todas a un proceso de discusión pública fecundo y fraterno».

Solo que el que escribe tiene una duda seria acerca de quién se está encerrando más. Si es en términos de ciclos históricos, el kírchnerocristinismo hizo de la endogamia un culto.

La segunda carta es mucho más extensa y compleja que la primera. Casi como si hablara Cristina en uno de sus días luminosos. Al grano de movida con el concepto de unidad: «¿Queremos la unidad? Por supuesto que sí. Unidad como concepto estratégico».

Hasta ahí estamos de acuerdo, dicen. Pero:

«Para que sea posible, es necesario dotarla de sentido; dejar que aparezca lo que ha estado y sigue estando por fuera de ella: las políticas que le dieron origen; la memoria histórica que la habilita. Es necesario polemizar con una operación que despolitiza: aquella que sustituye la discusión de las políticas que estructuraron la unidad por la apelación aislada a la palabra unidad».

«La unidad no se mantiene porque se la nombre. Se mantiene si continúan activas las políticas que le dieron origen. Es desde el exterior de sí misma que la palabra unidad toma sentido. Hay unidad porque hay otra cosa que justifica que la unidad exista. Esa otra cosa son las políticas que la estructuraron. La negación de ese exterior constitutivo de la unidad despolitiza la discusión de las tensiones de la unidad».

Luego una chicana estúpida acerca de lo que no dice la primera carta: «Los términos ‘Macri’, ‘macrismo’, ‘Juntos por el Cambio’, ‘sistema financiero’, ‘precarización’, ‘concentración’, ‘desigualdad’ no son utilizados en el documento citado. No hay oponente concreto».

Es como decir de manera innecesaria: la tenemos más larga, siempre. Vicio repetido del kirchnerismo.

Ahora comienza lo más fuerte y válido: «Mientras tanto, la política gubernamental ha llegado a su punto más trágico: la preparación de escenarios de anuncios donde no se realizan anuncios. Es la práctica fallida de anticipar políticas que no se concretan: el mismo gobierno genera las expectativas y la defraudación de las expectativas. Allí irrumpen los instantes crueles en donde la moderación se transforma en impotencia (…) Proponen ir despacio pero terminan inmóviles. Pretenden hablar suave pero se vuelven inaudibles. Todo lo que se presenta moderado termina siendo débil y sin capacidad transformadora. Es necesario recordarlo: los gobiernos no se evalúan por sus intenciones, sino por sus realizaciones».

É vero.


Alberto caca

La carta acusa luego al nonato o medio mal nacido albertismo de repetir la experiencia cambiemita de construir legitimación haciendo de Cristina un referente de maldad. No solo que parece medio falso, o exagerado, o falaz, sino que también parece de un cristinocentrismo espantoso ese párrafo. Cristinocentrismo es una variante extrema de la endogamia. Porque le fue mal con la endogamia (y le sigue yendo mal en términos electorales) es que «la Jefa» debió acudir a Alberto Fernández. Lo conoció muy bien. Lo conoció como fundador del Grupo Calafate (Año del Señor: 1998). Lo conoció como jefe de campaña en las elecciones que llevaron a Néstor Kirchner a la presidencia. AF fue jefe de gabinete durante toda la presidencia de Néstor Kirchner y seis meses más. Cristina lo conoció también como opositor relativamente sacado. Aun así, ella lo eligió.

Hay una segunda acusación contra el propio hombre ungido por Cristina: la de no haber tenido «la decisión de describir con nitidez las ruinas que dejó» el macrismo, «una doble renuncia al origen: a la constitución de la frontera con el macrismo, por un lado, y a la defensa del lazo representativo con los sectores afectados por ese proyecto neoliberal, por el otro».

Suena a nueva exageración y a una apelación a la eficacia de la mera discursividad más que discutible. De nuevo: como si putear repetidamente a Macri obrara efectos mágicos sobre el propio discurso y sobre lo que vaya a entender o asumir la sociedad. Hay ahí una enfermedad infantil de izquierdismo, a su vez no corroborado en las gestiones del kirchnerismo, que fueron reformistas y de apuesta a un capitalismo menos sorete y aun así los mejores gobiernos que tuvimos en democracia.

El que escribe coincide con lo que sigue: «La unidad por arriba puede continuar desorganizando la unidad por abajo. Por eso, no se puede pensar la unidad desvinculada de las políticas que esa unidad expresa en términos de políticas públicas (…) La «Unidad» del Frente de Todos se rompió en noviembre de 2021 cuando más de cuatro millones de electores que lo acompañaron en el 2019, ya no lo hicieron en las elecciones de medio mandato. Reconstruirla es el objetivo».

Luego la crítica al gobierno de Alberto es más puntual, «objetiva» y poco discutible, de políticas económicas: «en el último trimestre de 2020, con la centralización de la estrategia económica en torno a los lineamientos del FMI, comenzó un camino de ajuste relativo. Esta política económica se extendió hasta las elecciones PASO de 2021 (sólo comenzó a corregirse en el último trimestre de ese año). Si bien la crisis global producida por la pandemia sanitaria explica parte de la debacle electoral en las elecciones legislativas de 2021, no es el único factor. A ello hay que sumarle las políticas de ajuste implementadas por nuestro propio gobierno». Consecuencia: pérdidas para la clase trabajadora, transferencia de recursos del trabajo hacia el capital, caída del 8% del salario real, excedente empresario sin mejor distribución. Y luego, socorro, el acuerdo con el FMI, con sus ya mencionados horizontes horrorosos. Mención de rigor a dichos históricos de Néstor Kirchner y su época, claro que era otra: «Todos hablan del consenso, de todos juntos. Sí, todos juntos, pero ¿para qué? ¿Todos juntos para hacer un acuerdo de espaldas a la gente para mantener la burocracia política? No».

Como cerrando un trayecto discursivo, la segunda carta, con cambios de registro en la escritura según quien haya intervenido, vuelve al asunto de la moderación: «La correlación de fuerzas no es una foto. Es una construcción social, un devenir dinámico y endógeno (…) La lógica de la moderación y la correlación de fuerzas negativa nos lleva a una paradoja circular: si los gobiernos toman medidas ‘moderadas’, entonces ganarían en gobernabilidad frente al poder real. El problema es que la moderación deja a los dos sectores en pugna –el poder real y los sectores populares- en situación de descontento: las elites de derecha y el establishment leen la moderación como debilidad de los gobiernos populares y, en vez de reducir la presión política, la incrementan. A la vez, los movimientos sociales, los partidos políticos y los sectores populares sienten y viven –en el caso de los más vulnerables- la situación de que la vida cotidiana no les ha mejorado sustancialmente desde la llegada de un gobierno popular al poder».

Está bien, son párrafos correctos. Con algunos problemas: ¿el albertismo presunto se mandó solo en estos años? ¿Cristina y los funcionarios cristinistas no sabían nada de lo que hacía el Presidente? Cristina podrá decir: «Me reuní con él en tal y tal fecha y le dije». No parece alcanzar. No parece del todo creíble que la amenaza de ruptura, o al menos de creciente distanciamiento público, se maneje cuando ya se da por cierto un escenario de futura derrota electoral, un distanciamiento o ruptura que, además de peligroso (escenario de mayor fragmentación en la catástrofe) suena algo oportunista. Radicalización, apelación a la sociedad y movilización, piden desde la segunda carta. Está muy bien. Pero no es que aquellos discursos de CFK solita en los balcones de La Rosada para orgasmo de los pibes de La Cámpora implicaran ni fortalecimiento de la tropa propia, ni mayor raigambre social, ni mucho menos empoderamiento de la sociedad. No se construyó ni poder social ni mucho menos poder sindical.

En una sobreactuación más de endogamia, hace ya unos cuantos días Andrés Larroque, secretario general de La Cámpora, mandó aquel tuit que decía «Aturden el silencio y la parsimonia del gobierno frente al ataque al despacho de la Vicepresidenta». En los gloriosos días de los pibes para la liberación y 6,7,8 aturdía también la falta de construcción política con la sociedad y los trabajadores. La Cámpora terminó convirtiéndose en una SRL de cuadros y funcionarios, no de masas ni de barrios, ni de fábricas y talleres.

El último artículo de Horacio Verbitsky en El Cohete a la Luna cierra con un párrafo que –por tratarse de semejante periodista- no parece tener articulación del todo lógica con el amplio desarrollo de la nota. Verbitsky, con la CTA y otros actores, tiende a impugnar y señalar con muy buenos datos los peligros del acuerdo con el FMI. Pero hacia el final remarca que cuando se reestructuró la deuda en tiempos de Néstor el acreedor no era el FMI (remember: se le pagó guita además), sino acreedores privados. Da a entender así de manera algo sinuosa, o al menos confusa, que el fantasma del default es distinto según sea el caso (o mucho más siniestro si se trata del FMI). Remata su artículo diciendo: «Esto pone de relieve lo empinado del camino que enfrentan quienes impugnan la negociación con el Fondo Monetario en los términos en que la llevó Martín Guzmán».

Traducido a lo que propone esta nota: esto pone de relieve lo empinado del camino que están eligiendo (o inerciando) de un lado y otro de la dirigencia albertokirchnerista a la hora de llegar a lo peor lo más juntos que se pueda. El futuro, en caso contrario, será bien de derecha, peor que lo que vivimos, con un peronismo de mierda y partido acaso en varios cachos, con el kírchnerocristinismo convertido en un no sé qué solitario e impotente, seguramente satisfecho de sí mismo.

Socompa