Los hombres

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Griselda Gambaro

Cacé uno ayer, cazaré otro hoy. El tiempo pasa; no solo aumenta el número de los días sino también el de los pájaros que guardo. Mantengo exactamente mil quinientos ochenta y cinco en jaulas separadas. La mayoría son jilgueros, con sus collares blancos y sus colas negras y blancas. También guardo una especie propia del campo, de color amarillo verdoso, de verdoso ocre, en jaulas diminutas como cajas de fósforos; necesitan este espacio reducido para cantar. Si uno tiene la generosidad de aumentarles el tamaño de la jaula, enmudecen, se aterrorizan.

La atención de los pájaros me insume muchas horas. Sin embargo, a pesar de esto, mueren fácilmente; suelo encontrarlos rígidos, con las patas hacia arriba. Los cuido con cariño, pero el día, descuéntese el tiempo que me ocupa el cazarlos, no me alcanza. Y así, me resulta imposible llenarles las cubetas con agua, controlar los alimentos que esperan piando débilmente con los pequeños picos entreabiertos. Se mueren, sí, con excesiva prontitud, también esto conspira contra mí; suelen morirse quince o veinte por mes, a veces más. De este modo avanzo muy lentamente en mi colección. Si alguien me ayudara…

Mi mujer comparte mi entusiasmo, lo comparte de acuerdo con su naturaleza, tibia y refractaria a toda pasión. Por eso, su actitud, su entusiasmo, es más bien pasivo; se limita a admirar algún ejemplar delicado, con un pincelito les peina las plumas. No mucho más. También peina a los muertos; yo no los retiro de las jaulas, me da pena enterrarlos; no tengo tanta tierra tampoco. Uno no puede aplicar con ellos el mismo criterio que con las personas, ¿hasta dónde quedan muertos los pájaros? No voy a tirar yo la primera piedra, no voy a lapidarlos. Por otra parte, apenas si despiden olor, un olor perfectamente soportable.

Mi vida está dedicada a los pájaros, consumida por los pájaros de un modo dichoso. He renunciado, sin pesar alguno, a todas aquellas subdivisiones en las que desgajamos la vida: la vida amorosa, la vida amistosa, la vida radiosa. A los pájaros les repugna la carne; apenas olían en mí la carne se apartaban. ¿Qué decir entonces cuando permanecían en mí olores de carne ajena? Las mujeres huelen más que los pájaros muertos, de otro modo desgraciadamente. Tuve que decidirme por el ascetismo, la abstinencia; debí subrayar la entera soledad de la carne para conseguir mis fines: cazar y cuidar a los pájaros.

Mi mujer lo comprendió en seguida. La Biblia escupe a los tibios. Creo que hasta los pájaros comparten este repudio, el rechazo a la reticencia como forma de vida. La necesidad de quemarse en una gran pasión, no ya para vivir, sino para subsistir y morir. Digo que lo comparten porque sucedió lo siguiente: ayer cacé un pájaro en su jaula.

No me produjo asombro. Aceptando que no estaba destinado a la libertad y al vuelo, en una decisión de ser más plenamente, había incorporado la jaula a su naturaleza. Así había nacido, rodeado de hilos de alambre, una armazón cerrada que ya no le significaba cautiverio. Del mismo modo, en un tiempo lejano había cubierto su cuerpo de plumas y nosotros nos habíamos puesto la piel sobre los músculos y dibujado un rostro, una estatura erguida. Para concentrar y definir lo que queríamos ser o adelantarnos, como el pájaro, a lo que resultaba inevitable que fuésemos.
Busqué una escalera y recogí la jaula en la cornisa. La jaula era común, como las que se amontonan en mi casa, con débiles hilos de alambre. Suficiente para el pájaro que se estaba quieto, las piedras duras y redondas de los ojos mirándome imperturbables.

Mi mujer, con un gesto suyo, amable y desvaído, se admiró y condescendió incluso en llenar unas cubetas de agua para los otros, que habían sido olvidados. Tenían hambre, pero de esto ya no quiso ocuparse, fuera de la cuestión que se molestara llevándoles comida, unos granos de alpiste. No pude obligarla y francamente yo me sentía incapaz de apartarme, siquiera por un momento, de ese «pájaro con jaula» como el título de un cuadro.

El pájaro no se sentía desdichado ni ajeno a su metamorfosis porque cantaba, repetía dos notas con un trinar ligeramente agudo. Me sentí arrobado, en éxtasis, justificadas todas mis horas, desde las desamparadas que siguen al nacimiento hasta las enloquecidas o rutinarias que preceden a un amor que no practico.

Miré a mi mujer; tenía los codos apoyados sobre la mesa y los ojos claros, rientes y asombrados como los de un niño que juega con el misterio de una puerta. Advertí ahora su callada excitación por lo sucedido, me di cuenta de que, por primera vez, nos pertenecíamos enteramente, sin interferencias ni necesidades extrañas; no condescendería nunca a realizar los trabajos menores de la atención a los pájaros, pero en el aspecto lírico de la cuestión, por así llamarlo, nos pertenecíamos enteramente. La prueba: nos comprendimos sin hablar. Mientras observábamos el pájaro nacido con su jaula, surgió en nosotros el mismo pensamiento, el mismo deseo. No nos movimos, masticamos algo sin apartarnos de la jaula. Los restantes pájaros piaban débilmente, algunos con exigencia, piando más fuerte, chocando contra los barrotes, intentaban una última coacción para salvar sus vidas. Lo lamenté por ellos, pero ni yo podía atenderlos ni podía obligar a mi mujer, que si antes había rechazado esa tarea ahora la rechazaría con más razón.
No nos movimos en toda la noche. Ansiosos del día siguiente, dormitando a ratos, tomados de la mano, esperamos con pasión lo que nos traería el día siguiente.

Mi mujer lloraba de alegría, ella, que solo se apasionaba, y contadas veces, en el acto sexual, la tibia, la indiferente. Yo contuve mi emoción, aunque mi deseo —y el de ella— se había cumplido y ahora podíamos morirnos en paz, tan felices éramos que ni siquiera necesitábamos vivir.

Pero vayamos por partes.

Primero pensé que no sucedería nada, salí al amanecer como de costumbre y observé el patio, la calle, dos plátanos verdes llenos de bichos canasto. Y luego, quizás me distraje, quizás no, descubrí en la misma cornisa una jaula idéntica a la del día anterior. Apoyé la escalera en el muro y subí. Levanté la jaula, sin observar casi su contenido porque la inminencia del deseo cumplido me provocaba una especie de pánico, y la llevé a casa como un objeto frágil, con toda la atención precavida de quien sostiene un bebé. Fue entonces cuando mi mujer se acercó, tomó la jaula entre las manos, la apretó contra su pecho y lloró de alegría.

Los dos no damos abasto ahora; recogemos los pájaros y los llevamos a casa. La casa está abarrotada y vivimos al borde de la extenuación, pero la alegría nos presta nuevas fuerzas. La ciudad, no solo nuestra calle sino las calles vecinas, los barrios distantes, los suburbios incluso, el mundo entero supongo está lleno de pájaros nacidos con su jaula. Y lo más maravilloso, lo que ha sido cumplimiento de mi deseo más íntimo y me ha hecho olvidar los mil quinientos ochenta y cinco pájaros que coleccioné dificultosamente, pájaros nacidos y muertos en su jaula.

(De Relatos reunidos, 2016)

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