Los inundados

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Mateo Booz

1

Don Dolores Gaitán, nombrado comúnmente don Dolorcito, tenía su rancho de tablas y latas en la Boca del Tigre, terreno abierto como un abanico a la entrada del puente carretero que, sobre el río Salado, enlaza a Santa Fe con las poblaciones de la otra orilla.

Subvenía don Dolorcito a las necesidades mínimas de su familia —una mujer y cuatro chiquilines— de modos distintos e intermitentes. Una veces con el producido de la pesca que llevaba a algún puesto del mercado, otras trabajando a jornal en la carga o descarga de vapores y, más frecuentemente, sirviendo por días en la limpieza de alfombras, encerado de suelos y lavado de vidrios en algunas casas de familias antiguas, donde eran muy apreciadas sus dotes para ese quehacer y muy conocida su inclinación a empinarse las botellas, si las hallaba a mano.

Pero sobre todas esas ocupaciones estimaba la de encargado de algún comité político, de cualquier color, aunque preferentemente gubernista, porque en éstos había siempre más abundancia de recursos y probabilidad de cobrar puntualmente los emolumentos. ¡Lástima que esas boladas se ofrecieran a largos intervalos!

Doña Óptima, su cónyuge, cooperaba al bienestar de la familia, conchabándose, cuando aquél persistía mucho en la molicie, de cocinera suplenta en algunas casas conocidas. Vanagloriábase ella de que sus patronas la consideraran y hasta, sentadas en los patios, le dieran el palique que a una visita. Mirábasele allí como un sacaapuros para cuando la cocinera titular las dejaba plantadas y todo el gremio ensordecía al llamado que lanzaban desde el «servicio doméstico» de los diarios locales.

Esa situación especial se la conquistaba asegurando a las señoras que, para ayudarlas, debía descuidar a su prole y a su compañero de cadena. Y de noche salía de la casa con gordos envoltijos de condumios y golosinas para festín del rancho de la Boca del Tigre, amén de algún traje viejo del patrón para don Dolorcito y algunas ropitas de desecho para los vástagos.

El ejemplar matrimonio laboraba en perfecto ritmo con sus necesidades. Si estas necesidades estaban cubiertas, se entregaban ambos a su ocupación favorita: ella espulgaba prolijamente, en el umbral del rancho, las crenchas de alguno de sus hijos, mientras él, tumbado a la intemperie en la lona del catre, miraba los cambios de formación en el vuelo de los patos o la nube gris que le sugería la idea de un trapo para encerar aquel inmenso piso invertido.

Debemos insistir en que, aun amando la vida muelle, sólo cedían a los halagos de la ociosidad si tenían las ollas abastecidas y los descendientes algunas telas con que cubrir lo indispensable de su desnudez.

En cierta ocasión los pibes contribuyeron con su grano de arena a la bienandanza común. Fue el año anterior, en que pasaron el puente para cazar chingolos en Santo Tomé con trampas de alambre. El padre teñía luego de amarillo a los cautivos y los enajenaba a precios altamente satisfactorios a los tripulantes de los transatlánticos. Y surcando después el océano, los compradores advertían que no era precisamente un canario el pajarillo encerrado en la jaula. A industria tan lucrativa, debió don Dolorcito renunciar definitivamente.

Ello aconteció al volver un día de los diques con dos dientes menos y la vestimenta más desordenada que de ordinario.

Doña Óptima y don Dolorcito formaban una pareja acorde y en cierta manera feliz; y para suprimir esa restricción a su felicidad, habría sido menester que las demandas del hogar no les impusieran en ningún caso la obligación de hombrear bolsas al uno y de trajinar a la otra en cocinas ajenas.

2

Las aguas del Salado comenzaron a hincharse y arrastrar consigo enormes camalotes con ponzoñosas alimañas del Norte. El impetuoso caudal fue rebalsando su cauce hasta invadir las viviendas asentadas en los terrenos adyacentes. Y las alturas se poblaron de volátiles que huían al encontrar sumergidas las islas y anegados sus habituales dormideros.

En los moradores de los menguados rancheríos de la Boca del Tigre fue cundiendo la alarma. Es verdad que para alcanzar el río a ese paraje, debía subir de modo extraordinario. Pero esa contingencia correspondía a lo probable. Y, como es natural, no se hablaba allí sino de la creciente y de la resistencia de los puentes ferroviarios a la acción de las aguas. Los pesimistas pronosticaban horrendas catástrofes.

Una madrugada don Dolorcito observó, al abrir los ojos, que las patas del catre estaban en el agua. Chapaleando el barro de la habitación salió a la puerta y pudo comprobar que la Boca del Tigre caía también bajo el azote de la inundación.

—Bueno; hay que mudarse —pensó apresuradamente, mientras despertaba a su mujer y a sus herederos.

Doña Óptima aprobó:

—Sí; debés salir a buscarnos otra guarida, en lugar seguro, mejor si es cerquita de San Francisco, que hasta allí no ha de alcanzar nunca el río, según no alcanzó ni en la inundación grande.

Don Dolorcito rumbeó para la ciudad.

A su regreso, la inundación sólo dejaba a la vista, en las zonas más bajas de la Boca del Tigre, los techos de los ranchos y las copas de los árboles. El albergue de los Gaitán, construido en una jorobita del terreno, contenía en su interior una capa líquida de diez centímetros. Ya andaban canoas y carros transportando los miserables enseres de quienes procuraban escapar. Esta vez don Dolorcito hizo el trayecto en canoa, más curioso de los cacharros domésticos de todo uso flotantes en las aguas turbias, que impresionado por el cuadro de devastación ofrecido a sus ojos.

Doña Óptima lo recibió, movediza y rodeada de sus pergenios.

—¿Dónde nos encontraste rancho? —inquirió la mujer.

—¿Dónde?… En ninguna parte. También recorrí los conventillos, y no hay lugar para nosotros.

—¿Y entonces?… ¿Pensarás dejarnos morir aquí, a todos, ahogados, como vizcachas en su cueva?

Al parecer, eso pensaba don Dolorcito, en un trágico renunciamiento a toda idea de salvación, pues sentóse y, con el agua a los tobillos, abarcó serenamente con la mirada el desolado paisaje circundante.

A las reclamaciones y prisas de doña Óptima, respondía él con breves frases saturadas de un fatalismo dichoso. No había que afligirse; lo más conveniente para todos era estarse quietos. Tenía la experiencia de la inundación del año cinco. Y doña Óptima, confesándose que su marido siempre supo resolver las dificultades de la familia, algo beneficioso esperaba en medio de la zozobra.

Y cuando ya el agua les pasaba las rodillas vieron venir, bogando afanosamente, varias canoas ocupadas por soldados del Cuerpo de Bomberos, cuyos cascos de hule reflejaban la lumbrarada solar.

La faz de don Dolorcito se animó con una sonrisa.

—¿No decía yo?… No hay que ser zonzos ni precipitarse… Otros se encargarían de sacarnos de la apretura.

Provistos de adecuados materiales de salvataje, los bomberos embarcaron rápidamente a don Dolorcito y los suyos y luego el mobiliario que adornaba su casa. Y minutos más tarde un fastuoso camión oficial conducía a la familia de inundados a un furgón del Central Norte, En el trayecto saludó don Dolorcito con amplios ademanes a algunos conocidos. Los transeúntes de las calles asfaltadas sentían en su corazón un brote de sentimientos piadosos al paso de esos desventurados sin hogar.

3

Y los desventurados sin hogar se advirtieron muy a sus anchas en el furgón, bastante más confortable, sin duda, que el rancho de la Boca del Tigre. Enriquecieron además el círculo de sus amistades con los alojados en los vagones vecinos, sobre una vía muerta, frente a la avenida Alem.

Doña Óptima previno:

—Che, todo esto está muy lindo; pero recordá que no disponemos de un centavo para parar las ollas. Debés irte por ahí, en seguida, a trabajar y hacerte de unos pesos.

—¡Somos inundados! —replicó don Dolorcito, engallando la cabeza.

Doña Óptima no entendió la salida de su esposo hasta que llegaron unos caballeros de la Comisión Popular Pro Inundados, precedidos de unas camionetas con ropas de abrigo y municiones de boca. En el vagón de los Gaitán descargaron abundantes alimentos, mientras don Dolorcito escogía para él y los suyos calcetines, camisetas, tricotas que los defenderían del frío de varios inviernos.

Y comenzó para la familia uno de los períodos de holgura más completos que hubieran conocido. No faltaban en el furgón subsistencias ni géneros para asegurar la bienandanza de los moradores. Los poderes públicos y el alto comercio, sensibles a tanto infortunio, procuraban mostrarse generosos con los pobres inundados. Los periodistas cooperaban a la formación de ese general estado de ánimo, disertando sobre los estragos del flagelo y las obligaciones propias de la solidaridad humana. Don Dolorcito, en rueda con los vecinos, leía, tomando mate y mordiendo galletas, esas elucubraciones que a todos, al lector y a los oyentes, enternecían y convencían de su desgracia y de la necesidad de ser socorridos.

Pero lo que a los cuitados principalmente interesaba eran las noticias y pronósticos relativos a la creciente. Y no costaba sorprender un aire de contrariedad en esas tertulias, si se anunciaba el descenso de las aguas del Alto Paraná y, de consiguiente, la inminencia del mismo fenómeno en Santa Fe.

En esas ocasiones don Dolorcito llevaba un poco de optimismo y calma a los espíritus atribulados, opinando, aunque con un gesto melancólico, que el azote continuaría, pues tras esa creciente excepcional vendría, para agravar la situación, la creciente periódica llamada del pejerrey.

4

Al abrir la puerta corrediza del furgón y liberarse con un desperezo de la última modorra de la siesta, don Dolorcito afrontó a una comisión de señores que acudían a ofrecer ocupación a los pobres inundados. Los guinches estaban aparejados para llevar a las bodegas de los barcos un cargamento de rollizos, y de la campaña requerían brazos para las faenas de la agricultura.

Don Dolorcito rechazó la invitación con un continente altivo y desdeñoso:

—¡Yo soy inundado!

—Una razón de más para que trabaje, ¡qué diablos! —replicó un caballero de facciones semíticas.

Don Dolorcito se encogió de hombros, sin dignarse contestar.

La comisión se marchó después, siendo fácil colegir por las actitudes el fracaso de la gestión. Todos los inundados aducían motivos para no agitarse.

El caballero de las facciones semíticas, disgustado, exclamaba, levantando los brazos:

—Son una manga de holgazanes.

También doña Óptima juzgó oportuno invocar los afanes hogareños para desoír las solicitaciones de señoras copetudas, puestas en el terrible trance de hacerse la comida y las camas, pues la inundación provocaba una aguda crisis de domésticas.

Un día se les notificó que las raciones debían buscarlas en el domicilio del presidente de la Comisión Popular.

—Es un abuso —protestó don Dolorcito, obligado ahora a acudir con su mujer y unas canastas en procura de los socorros que antes les llevaban al furgón.

Pero mayor abuso fue el del Central Norte, al disponer que los inundados desocuparan los vagones, necesarios para la movilización de la cosecha.

Todos, con la sola excepción de la familia Gaitán, se trasladaron a los alojamientos habilitados por la Comisión Popular.

—No sea terco, don Dolorcito —le aconsejó un vecino—. Hay también otros lugares aceptables. Mi mujer y yo estamos ahora muy a gusto y muy independientes.

—¿Dónde?

—En un calabozo de la comisaría 2.ª.

—Si se contentan con eso, mejor para ustedes. Yo conozco mi derecho y no me han de sacar así no más del furgón, donde me siento cómodo.

Ese derecho lo conoció don Dolorcito por intermedio del procurador Canudas. El profesional consultó una cochambrosa «colección de leyes usuales» y, señalando con la uña de luto ciertos artículos, le demostró cómo la justicia lo amparaba y cómo el Central Norte debía recurrir a fatigosos trámites y esperar el vencimiento de largos plazos antes de llegar al lanzamiento de los inquilinos del furgón.

Pero la empresa pareció olvidarse de sus huéspedes. El tiempo transcurría, y bajo el cinc del furgón continuaban don Dolorcito y los suyos. El espíritu previsor del hombre había acumulado allí, merced a sus infatigables demandas a la Comisión Popular, copiosos bastimentos para la familia.

5

Al despertar una mañana, don Dolorcito observó que su vivienda trepidaba con extraño fragor. Y, entreabriendo la puerta, columbró un paisaje nuevo y mudable. Marchaban por pleno campo y pasaban velozmente los postes indicadores del kilometraje.

El hombre se notó perplejo y agobiado por su responsabilidad. Ni él ni el procurador Canudas barruntaron jamás esa contingencia. ¿Adónde pretendía desterrar la empresa a la desventurada familia de inundados? ¡Innoble represalia contra quienes no hacían más que acogerse a la protección de la ley!

Doña Óptima, despegando los párpados, se sentó en el filo del catre. Y, al enterarse de lo que acontecía, censuró en medio de un bostezo:

~—Ya te dije que todo eso nos acarrearía algún trastorno.

Los hijos no participaron de las inquietudes de sus mayores. La novedad de la casa rodante les brindaba una perspectiva fecunda en promesas. Y don Dolorcito debió repartir certeros coscorrones entre su descendencia, para separarla del peligro de caer fuera del vehículo.

Y tras ese día vino otro día, y el furgón enganchado a un tren de mercancías, cambió de panorama. Ahora las llanuras cedían espacio a las sierras. Cruzaban la provincia de Córdoba, y ese espectáculo de pedregales ásperos, cielos límpidos y ríos someros, interesaron al pronto y cautivaron después a los Gaitán, que jamás se habían alejado más de una legua de su municipio. Finalmente, el coche paró en Cosquín.

El jefe de la estación descorrió la puerta y, sorprendido, interrogó a sus inesperados ocupantes.

—¿Quiénes son ustedes?

—Inundados —informó don Dolorcito.

—¿De dónde vienen?

—De Santa Fe.

El funcionario ferroviario se desconcertaba. ¿Qué hacer? Debía ser uno de esos vagones que, sustraídos al contralor de las oficinas de tráfico, suelen andar de un lado a otro por las líneas, para quedar a veces olvidados en alguna vía muerta. Y dio aviso a la Superintendencia.

Ocho días demoraron en llegar las instrucciones: que uniera el furgón perdido al primer tren.

Y un mediodía, don Dolorcito, paseando por las inmediaciones, notó con susto que su furgón se marchaba. Debió correr a la máxima velocidad de sus piernas para ser al fin acogido por los brazos redondos y cariñosos de doña Óptima y el júbilo de los vástagos.

Don Dolorcito formuló un cargo contra la deplorable organización de los servicios de transporte del país; y seguidamente se entregó a la contemplación de los jocundos cuadros que la naturaleza ha extendido a los costados de los rieles, en el trayecto a Capilla del Monte, para recreo de turistas y viajantes de comercio.

En Cruz del Eje otra locomotora se llevó para San Juan al furgón de los inundados, y de allí hacia el lado de Bolivia. De la estación terminal pidieron órdenes y, previa la tramitación del respectivo expediente, el furgón volvió al punto de partida.

6

Al cabo de dos meses don Dolorcito y los suyos entraban en la estación de Santa Fe, llenos sus espíritus de las magníficas visiones de la excursión.

Entretanto, las aguas, volviendo a sus cauces, se habían retirado de la Boca del Tigre y cesado los auxilios a las pobres familias castigadas por la catástrofe. Se apoderó de don Dolorcito un desabrimiento que el procurador Canudas supo suavizar con estas consoladoras palabras:

—Ustedes saldrán del furgón, pero el ferrocarril deberá indemnizarles los perjuicios que les irroga la exigencia. Es lo justo.

Y, en efecto, los asesores de la empresa determinaron, para eludir un juicio, allanarse a la demanda, asignando a los inundados una cantidad, de la cual el procurador Canudas adjudicóse, naturalmente, la parte del león.

Y los Gaitán, más lucios y pelechados, retornaron a su rancho de la Boca del Tigre, luego de correr, en un espacio de cuatro meses, los tremendos azares propios de la calamidad pública, que tan hondamente había conmovido a los lectores de diarios.

Don Dolorcito y doña Óptima, reintegrados a su existencia ordinaria, añoran aquellos días fantásticos y consideran las probabilidades de alguna otra creciente de los ríos.

(De: Santa Fe, mi país, Talleres Gráficos El Litoral, 1934)

2 comentarios

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