Los largos

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Vicente Battista

La tozudez de mi padre no tenía límites. Había decidido que debía ser a los quince, y por nada del mundo modificaría esa decisión. No obstante, acudí a mi madre. «Si tu padre lo dice», dijo mi madre. Supe que estaba condenado a continuar de pantalones cortos hasta que cumpliera los quince años. Ese día se iba a celebrar con una gran fiesta. El tradicional chocolate con masitas iba a ser remplazado por sándwiches de miga y botellas de Coca Cola, de naranja Crush y de Bidú. Incluso podría haber algo de cerveza. La torta sería idéntica a la de los años anteriores: invariablemente, los cumpleaños exigen una torta con sus velitas. Frente a esa torta iba a estar yo, orgulloso en mi traje de pantalones largos recién estrenado. El traje sería obra de Ángel Bevilaqua, el sastre de mi padre.

En casa solían planear los acontecimientos con bastante anticipación. Por consiguiente, para mi fiestita con sándwiches de miga, Coca Cola, Crush, Bidú y, eventualmente, cerveza, aún faltaban nueve meses. Cumplir los quince era la frontera entre el niño y el joven; los pantalones largos significaban la prueba definitiva de que habías cruzado esa frontera. Mis catorce años me obligaban a estar del lado de acá, todavía junto a los niños, aunque estuviera cursando primer año en el Comercial 1. Al colegio había que ir de saco, camisa y corbata; hasta la cintura yo me confundía con el resto de los alumnos. Con mis pantalones nacía el conflicto: se detenían al comienzo de mis rodillas, unas medias tres cuartos cubrían el resto de mis piernas. Así era imposible que alguien te respetase.

Esa misma humillación la había sufrido Izaguirre, que se sentaba cuatro pupitres atrás. Hasta unos pocos meses antes Izaguirre también venía de pantalones cortos. Su padre, me había dicho, era tan intransigente como el mío. Sin embargo, una tarde de la que aún tengo memoria, apareció luciendo unos largos impecables. Eran de franela y cumplían con la exigencia de la moda: bombilla, gris oscuro y sin botamanga. Cuando le pregunté cómo lo había logrado, Izaguirre fue categórico.

–Me afeité –dijo.

Una medida adecuada. La barba era un sinónimo de hombría, y los hombres usan pantalones largos. Me toqué las mejillas. No tenía el menor esbozo de barba, ni siquiera la sombra de un bigote. Izaguirre era tan lampiño como yo.

–Vos no tenés barba –dije.

–Las piernas –dijo–, me afeité las piernas.

–¿Te depilaste? –pregunté aturdido ante la decisión de mi amigo.

–No, boludo. Me afeité –dijo–, después los pelos te crecen más fuertes y más largos.

Comprendí de inmediato. Imaginé mis piernas cubiertas de pelos negros y largos, no habría medias tres cuartos capaces de disimularlos. No bien Izaguirre me dio la solución, elaboré una estrategia: debía ser una maniobra ultrasecreta. Pensé en comprar los elementos, pero desistí de inmediato: bastaba con adquirir una Gillete. La crema de afeitar de mi padre, su maquinita y su brocha, bastarían para esa única maniobra. Elegí una noche y la soledad del cuarto de baño. Sufrí tres cortes en la pierna izquierda y cuatro en la pierna derecha; ninguno de ellos de importancia. Ahora solo debía esperar y, vaya paradoja, las medias tres cuartos cumplirían un papel importante: ocultar el crecimiento de los pelos de mis piernas. Cuando ya estuvieran lo suficientemente crecidos, yo bajaría mis medias. El resto iba a quedar por cuenta de mi madre. «¡Este chico no puede andar así!», diría mientras señalaba mis piernas, tan peludas como las de un mono chimpancé. Mi padre debía rendirse ante la evidencia y yo tendría mis largos.

Igual que un agricultor que día a día controla su siembra hasta el momento de la cosecha, así observaba mis piernas. A cada rato me bajaba las medias con la esperanza de encontrar aquellos pelos que había sembrado algunos días antes. Solo coseché una humilde pelusa similar a la que había afeitado. Años después me convertí en un hombre de pelo en pecho, pero aún hoy en mis piernas persiste aquella pelusa de mi juventud. Una pelusa que, por supuesto, no bastaba para mis largos. Se hacía preciso encontrar otra salida, o soportar un año de humillación hasta que coincidieran los deseos de mi padre con los míos. Estaba a punto de aceptar ese destino cuando apareció Héctor; no era precisamente el héroe de Troya, pero se le parecía bastante.

Los dos cursábamos el primer año, pero en distintas aulas. Nos encontrábamos en los recreos; vale decir, nuestras charlas estaban limitadas en espacio y tiempo. Eso no impidió que se gestar una buena amistad en menos de tres semanas. Pudo haber sido porque ambos éramos hinchas de Boca, o porque preferíamos a Gatica antes que a Prada, o porque Vito Nervio, Misterix y Mandrake fuesen nuestros héroes preferidos. Durante el recreo largo de un miércoles de junio, Héctor me invitó a la fiesta. Dijo que iba a ser en la casa de su prima Leonor. Habló del combinado que tenía su prima y de los discos que atesoraba: lo último de «Smith y sus Pelirrojos», junto a lo mejor de Benny Goodman y de Glenn Miller. Una fiesta a lo grande, de grandes; es decir, negada para mí.

–¿Por qué? –preguntó Héctor.

Con un gesto de resignación, señalé mis pantalones. Héctor dijo que no me preocupase. Le dije que era para preocuparse: ni su prima ni una sola de las amigas de su prima bailarían con un boludo de pantalones cortos. Insistió en que no me preocupase.

–Tenemos la misma altura y el mismo cuerpo –dijo–. Te presto el gris de franela, es bombilla y sin botamangas. Todas van a querer bailar con vos.

Héctor hacía honor a su nombre; con la humildad y a su vez la grandeza del héroe troyano me abría un mundo nuevo.

A mis padres les pareció bien que fuese a la fiesta de cumpleaños de un compañero de curso y les pareció aún mejor el vestuario que yo había elegido: una camisa celeste con una corbata a rayas rojas y azules, un saco azul, con botones dorados, pantalones grises hasta la rodilla, medias tres cuarto también grises y zapatos negros. Ellos ignoraban que en lo de Héctor remplazaría mis pantalones cortos por los largos de mi amigo. Un gesto digno del valeroso guerrero de la Ilíada. Lo mío no era tan digno, estaba más cerca de Cenicienta que de la guerra de Troya.

Bastó que me viera frente al espejo para borrar ese mal presagio. Los pantalones parecían hechos especialmente para mí, y podría usarlos más allá de la medianoche. Llegamos a la fiesta un poco antes de que dieran las diez. En ese momento se escuchaba «Patrulla americana», pero solo bailaban dos o tres parejas. Héctor me hizo una pregunta; la iba a contestar, cuando la vi. Estaba con un par de amigas y reía francamente. Decir que fue amor a primera vista tal vez sea una exageración, pero de inmediato supe que esa tenía que ser mi chica. No fue difícil acercarme, tampoco hablarle. Un rato después estábamos bailando. Dijo que se llamaba Martha, pero que la llamaban Mumi. Estudiaba en el Normal y vivía en ese mismo edificio. Era amiga y vecina de la prima de Héctor, por eso estaba allí. Le conté que Héctor y yo éramos amigos y condiscípulos.

«Comercial 1», dije con tono de orgullo, pero de inmediato descubrí que un perito mercantil está muy lejos de cualquier acto heroico; y yo esa noche debía dar perfil de héroe. Dije que había ingresado en el Comercial para satisfacer un deseo de mi padre, pero que no bien satisficiera ese deseo me iba a dedicar a lo que realmente me gustaba: la medicina. Aunque nunca había pensado en ser médico, di en el clavo: Mumi se interesó por mi futuro y continuamos hablando de eso hasta el momento de la despedida. Una hora antes, mientras bailábamos al ritmo de «Chattanooga Choo Choo», decidimos que tendríamos que volver a vernos.

Regresar a la casa de Héctor significaba volver a mis pantalones cortos, pero esas eran las leyes del juego. No podía quejarme: había estrenado los largos y había conocido a la mujer de mi vida. Muchas emociones para un solo día. Claro que lo de la mujer de mi vida estaba por verse; en cuanto a que había estrenado los largos, era una falsedad. La mejor prueba de eso era yo mismo, yendo por el mundo con unos pantalones que malamente llegaban hasta mis rodillas. En ese momento sentí angustia, no por andar de cortos (a eso estaba acostumbrado) sino porque se me ocurrió que Mumi podría verme, ver cómo realmente era ese tipo que un rato antes le había confiado su pasión por la medicina. Deseché esos malos pensamientos: Mumi a esa hora estaría durmiendo. Además, vivíamos en diferentes barrios. Del mismo modo que nadie sabía que Bruno Díaz y Batman eran una misma persona, Mumi tampoco sabría que Vicente de largos y Vicente de cortos eran la misma persona. Con ese consuelo llegué a casa. Poco antes de dormirme recordé que Batman se escondía detrás de una máscara; lo mío era a cara descubierta. Creo que no dormí en paz.

No bien sonó el timbre del primer recreo corrí a encontrarme con Héctor. Le volví a hablar de Mumi, le confesé que me gustaba mucho y finalmente pregunté lo que de verdad me preocupaba.

–¿No le habrás dicho a tu prima lo de los pantalones?

Héctor dijo que me quedara tranquilo, que él sabía guardar un secreto. Se lo agradecí. En ese momento, más que el héroe de Troya parecía el mayordomo de Batman.

–Quedé en llamarla, pero como comprenderás –dije y señalé mis rodillas desnudas.

–No te hagas problema –dijo Héctor–, tengo unos Levi’s que te van a quedar perfectos.

Mi amigo recuperaba su condición de guerrero heroico. Por aquellos días poseer un jean era un privilegio reservado a unos pocos.

Aún no se fabricaban en la Argentina, había que traerlos desde los Estados Unidos. Un Lee o un Levi’s junto a un atado de Camel o de Philips Morris (que solo se conseguían de contrabando) daban el perfil exacto de un triunfador. Así me sentí y seguro de mi éxito llamé a Mumi. El Olimpo estaba de mi parte: quedamos en vernos ese mismo jueves, a las siete de la tarde, en la esquina de Independencia y Pichincha. Héctor me dijo que contara con sus jeans. A mis padres les dije que el viernes tendríamos examen de Geografía, que junto con otros compañeros iríamos a estudiar a lo de Héctor.

–Es un examen bravo –dije con tono preocupado.

A mis padres les pareció maravilloso que nos reuniéramos para estudiar. Decidí que era un buen momento para insistir con mi petitorio.

–Soy el único que va de pantalones cortos –dije con tono rencoroso.

Mi padre no se dio por enterado. Mi madre me dedicó una sonrisa de madre comprensiva y dijo que faltaban pocos meses para mi cumpleaños. Había sido un acto inútil y aprobé las palabras de mi madre con una obediente inclinación de cabeza.

El jueves Héctor faltó al colegio. Fue una tarde de incertidumbre. En la última hora me tocó Historia, pero casi no presté atención a los problemas de Julio César por haber ungido reina de Egipto a Cleopatra; yo tenía mis propios problemas. Salí del colegio a las cinco y media y me dirigí a la casa de Héctor pensando lo peor. Sentí algún alivio cuando el propio Héctor abrió la puerta. Camino a su cuarto dijo que una prueba de matemática lo había obligado a faltar. «La matemática me enferma», dijo. Sobre la cama, como esperándome, estaban los jeans.

Media hora más tarde, me había instalado en la esquina de Independencia y Pichincha. Elegí una pared como punto de apoyo y construí un gesto frío e indiferente, idéntico al de Alan Ladd en «Shane, el solitario». Solo restaba esperar a Mumi. ¿Y si no venía? ¿Si se había enterado que yo era un idiota de pantalones cortos? ¿Si se hubiera sentido mujer engañada y me dejaba para siempre clavado en esa esquina? La vi llegar y todas esas ideas tontas quedaron borradas de inmediato. Usaba una pollera negra que le marcaba las formas, zapatos también negros, de taco mediano, un pulóver blanco y sobre los hombros un tapado bordó. Al verme, no disimuló su sonrisa. La invité a tomar algo, dijo que prefería caminar. Yo no conocía el barrio, me dejé guiar por ella. Cuando llegamos a la plaza Martín Fierro ya era de noche. La excusa fueron todas las cuadras que habíamos andado: encontramos un banco de madera en el rincón más oscuro de la plaza.

Era el momento de la verdad. Hasta ese día, yo había tenido muchas novias, casi todas imaginarias. Las pocas que fueron reales solo habían condescendido a un beso fugaz sobre labios rigurosamente cerrados; con ninguna de ellas había llegado a una plaza como esta en la que ahora estaba. Decididamente, Mumi era distinta. No recuerdo qué le dije, pero aún recuerdo el primer beso: los labios de ella semiabiertos y mi lengua buscando la lengua de ella. Puse mi mano derecha por debajo de su pollera e intenté recorrerle las piernas. Me lo negó. Permitió, en cambio, que acariciara sus pechos. Esa noche, en la plaza Martín Fierro, me sentí hombre en la real dimensión de la palabra. ¿Cómo explicarle a mi padre que lo había logrado simplemente por usar pantalones largos?

Los cortos me esperaban en la casa de Héctor. Mientras me cambiaba le confesé que me había enamorado de Mumi; después le dije que habíamos quedado en vernos el próximo martes, a la misma hora, en el mismo sitio; un banco de la plaza Martín Fierro sería nuestro destino final. Héctor abrió su placard y me mostró los pantalones que guardaba. No iba a tener problemas para los futuros encuentros. Ese día fui feliz.

El viernes, después de la cena, anuncié que el próximo martes nos volveríamos a reunir en lo de Héctor; en esta oportunidad se trataba de una prueba de matemática. Mi madre elogió el entusiasmo que yo ponía por el estudio. Ese martes no usé los jeans sino un pantalón de franela verde que me quedaba algo ajustado. Mumi no lo notó. Hicimos la misma caminata de la semana anterior, a lo largo de cuadras y cuadras le hablé de lo que pensaba hacer no bien terminase la secundaria.

Decididamente, la medicina era mi destino; y dentro de la medicina, la cirugía. Mumi se estremeció, dijo que no soportaba ver sangre. La apreté contra mí y le dije que no se preocupara, que hay profesiones que están destinadas a los hombres. Habíamos llegado a nuestro banco. Esa noche consintió que le acariciara las piernas, me permitió llegar hasta el comienzo de su portaligas. Usaba una blusa abotonada, por lo que tampoco me resultó difícil avanzar hasta su corpiño. «No te pases», dijo Mumi casi en un susurro, y allí me detuve. Solo un chiquilín ansioso hubiera insistido.

Regresé a mi casa con el recuerdo de Mumi sobre mi piel. Había llegado a pocos centímetros de su bombacha y casi había acariciado sus pezones. Esos momentos que tantas veces imaginara, ahora se hacían reales: yo había tocado, había sentido y había olido el cuerpo de una mujer. Saludé a mis padres y me encerré en el cuarto de baño. No fue necesario que recurriera a esa revista pornográfica que desde hacía tiempo escondía detrás del botiquín. Me bastó el recuerdo de las piernas de Mumi, el recuerdo de sus pechos y de sus besos para llegar al goce. Desde ese día prescindí de la revista: debía serle fiel a la mujer que amaba.

Yo amaba a Mumi, y porque la amaba le mentía. Me consolaba pensar que esa mentira en poco tiempo se iba a convertir en una verdad. Ángel Bevilaqua haría mi traje de pantalones largos y así me iba a presentar ante ella, ya sin culpas, ya sin nada que ocultarle. Pero hasta que llegase ese bendito día no me quedaba sino sufrir la angustia de encontrarla en cualquier esquina de Buenos Aires. Ella con una pollera que le llegaba hasta las rodillas; yo con unos pantalones que también me llegaban hasta las rodillas. Entonces Mumi descubriría que le había dado besos de lengua a un chiquilín de pantalones cortos y comprendería, consternada, que había permitido que ese mismo chiquilín le acariciara los pechos. Pensar eso, imaginar ese encuentro, me ponía al borde de la desesperación. Se me ocurrió decirle que por unos meses debía acompañar a mi padre en un viaje a diferentes provincias. Pero el solo hecho de no verla y de tal vez perderla me hizo desistir. Decidí seguir usando los pantalones de Héctor. A mis padres les inventé exámenes de geografía, de historia, de contabilidad y de castellano que invariablemente me llevaban a ese banco de madera de la plaza Martín Fierro y a la desatada pasión que sentía por Mumi.

Sucedió un miércoles 21 de octubre. Era un día nublado, algo que realmente no nos importó ni a Héctor ni a mí. En el último recreo hicimos los planes para el próximo sábado. Nos habían invitado a una fiesta. Héctor iría con Mabel (así se llamaba su novia) y yo iría con Mumi. Era la primera fiesta a la que asistiríamos juntos: significaba presentar a mi novia en sociedad. Héctor estrenaría un traje marrón, por lo que yo podría usar sus pantalones de franela gris con mi blazer azul; una combinación perfecta.

Con esa misma perfección se combinaron las diferentes circunstancias que precipitaron el final. Mabel debía visitar a una tía que vivía en Barracas; le pidió a Mumi que la acompañase. Fue una visita corta. Otra vez en la calle, Mumi o Mabel descubrieron que estaban a unas pocas cuadras del Comercial 1, miraron la hora y decidieron darnos una sorpresa: solo bastaba situarse en la puerta de salida del colegio y esperarnos.

En cuanto la vi se me agolparon un par de posibles excusas: no era yo sino mi hermano mellizo que aún usaba pantalones cortos; era yo y estaba pagando el precio de una apuesta perdida: asisti de cortos al colegio. Supe que Mumi no iba a aceptar mis pretextos. Vi su cara y comprobé que la indignación superaba a la sorpresa. Vi el gesto sarcástico en esos labios que yo tanto había besado e imaginé lo que en ese momento le estaría diciendo a Mabel. Esas muecas y esas palabras bastaron para que me escabullese por un costado y huyera de ahí. Pensé en Héctor, él también había huido de la furia de Aquiles, y pensé en Lord Jim saltando al bote salvavidas cuando creyó que el barco se hundiría sin remedio. Príamo consiguió que a Héctor lo sepultasen con honores de héroe; en cambio, Lord Jim cargaría para siempre con el estigma de haber abandonado a los peregrinos a bordo del Patna. Aquella tarde comprendí que yo estaba más cerca de Lord Jim que de Héctor. La tozudez de mi padre y la intransigencia de Mumi habían vedado mi destino de héroe y me marcaban el de la humillación y la culpa. Tal vez aquella tarde supe que no me quedaba otra cosa que dedicarme a la literatura.

(De: Revista Casa de las Américas Nº 291, abril-junio 2018)