Los muertos de frío: restituir la condición de semejante

Por Adrián Ferrero*

Hablando hoy con una allegada a propósito de las personas sin techo que están muriendo de frío en las calles, me dijo que sentía culpa.

Yo cambiaría los términos según los que esa situación escandalosa se me presenta a mí desde lo emocional. A mí me provoca indignación. Considero que la emoción y la capacidad de indignación no podemos perderla en una país como Argentina y menos aún en circunstancias como ésta en que está viviendo buena parte de nuestra población. Y muy especialmente en el caso de edades más tempranas. Porque se trata de personas que están en formación tanto psíquica como física. Igualmente los ancianos, que han quedado ya por fuera del sistema productivo, motivo por el cual, como bien ha sido señalado por la escritora y pensadora francesa Simone de Beauvoir, el desinterés por su figura improductiva es aún mayor.

El Estado se desentiende de sus responsabilidades más elementales y no alcanza con abrir las puertas de hospitales y, eventualmente, centros de salud o asistencia social. Hacen falta políticas sociales de inclusión para que las causas de esta sinrazón (en la cual el poder parece actuar de modo desaprensivo) indica más pérdida de noción del semejante, como afirma Silvia Bleichmar en una conferencia a la que tuve acceso, sea neutralizada. Que cientos de miles de personas pierdan la vida por frío y hambre resulta, como decía ella, no solo una circunstancias infame, sino de naturaleza inmoral. Y, como dije, la capacidad de indignación es lo único que puede mantener intacta la posibilidad del reclamo a las autoridades pertinentes que deben hacerse cargo y responsables de la situación de indigencia de estas personas que no solo han perdido la condición de dignidad.

En efecto, como decía la Dra. Silvia Bleichmar, estas personas quedan reducidas a la noción de biosupervivencia (por cierto siempre precaria porque permanentemente se agrava o agudiza). Los centros de atención no dan abasto para paliar estas circunstancias o bien trabajan en tal situación de imposibilidad de responder a las demandas que su trabajo se realiza en las condiciones más vergonzosas. Sé que hay trabajadores de la salud y asistentes sociales, entre otros miembros de esos grupos que suelen aportar dinero de su bolsillo para compensar el déficit del Estado. Es decir: la asistencia social se debe autofinanciar. Circunstancia por cierto vergonzosa.

Me gustaría profundizar un poco más en esta noción de semejanza a la que se refiere la Dra. Silvia Bleichar. ¿Qué es un semejante?, ¿a quién consideramos en carácter de tal?, ¿a un par?, ¿a nuestros amigos y parientes?, ¿a nuestro entorno profesional más inmediato? ¿No debería, en cambio, ser concebido como semejante cualquier persona de cualquier edad sea cual sea su condición de vínculo con nosotros y esté en condiciones de necesidad, como las víctimas afectadas por catástrofes medioambientales (cada vez más frecuentes), las personas que padecen cualquier tipo de aflicción con persecución ideológica en un contexto que debería ser libertad de expresión?, ¿no deberían ser considerados semejantes las personas que son así llamadas minorías sexuales, raciales, religiosas que son disciminadas por ser supuestamente “diferentes” y, por un razonamiento tramposo, automáticamente inferiores?, ¿no deberían ser consideradas semejantes las personas que están en circunstancias de mayor vulnerabilidad, como los los que padecen alguna clase de enfermedad o limitación o están aquejados por tragedias personales?, ¿los que menos tienen? Diría que en términos éticos todo me conduce a pensar que quienes están en condiciones de mayor desventaja y precariedad en el marco del capitalismo o en su versión contemporánea, el neoliberalismo, son quienes deberían ser los prioritarios a la hora de la asistencia que, en verdad, constituye un mero paliativo. El neoliberalismo consiste en un sistema político y económico por excelencia de exclusión de la esfera productiva así como de instituciones públicas y de destrucción social de la población menos beneficiada por capital material y simbólico. En el marco del cual las instituciones que precisamente deberían velar por suplir o eliminar las contradicciones sociales que engendra permanecen indiferentes a ellas o incluso la agravan.

Un sistema que pone en peligro la salud, la educación públicas así como la preservación de vidas porque precisamente ha desmantelado de modo diría yo que planificado, en su gran mayoría, y en parte por su propia naturaleza, las respuestas a las imperiosas necesidades sociales de los más carenciados. En estos contextos políticos y sociales la noción de semejante es pulverizada en desmedro de la noción de privilegiados que son los que no solo sobreviven en él sino que triunfan, acceden a las mejores posiciones y, naturalmente, desplazan a otros que no tienen, para el sistema, el status o de supuestas ventajas o aptitudes sociales de capacitación que se espera de ellos.

La clave, me parece, es el inmoral y el más elemental (como mínimo) borramiento de la intervención estatal en contextos de vulnerabilidad que en lugar de acentuar la inclusión la favorecen y hasta la promueven por las políticas económicas implementadas.

La culpa, todos los sabemos, constituye una emoción improductiva que suele ser paralizante, causante de malestar y perturbación en distintos grados por supuesto, pero evidentemente en todo caso debe ser el punto de partida para una intervención clara, nítida y efectiva para evitar y prevenir esta indigencia. Indigencia que resulta inaceptable e injustificable porque quien debería ser considerado un semejante automáticamente inspira no solo piedad sino lástima. Circunstancia que sí me resulta tan denigrante como el mismo sufrimiento que está padeciendo.

El olvido o la omisión de la emoción y la sensación física de la carencia y del dolor ajenos son profundamente inmorales. No nos podemos quedar cruzados de brazos en una indiferencia que, si bien puede ser causante de repudio, exigen en cambio una intervención urgente para revertir ese orden de lo real. Las emociones que favorecen el statu quo también lo ratifican de modo indirecto. Porque en lugar de instar a la iniciativa del cambio lo hace la inmovilidad. No por supuesto cómplice pero sí improductiva para casos como estos en los que hacen falta, curiosamente, miradas prácticas. Justamente las que el neoliberalismo ha entronizado como algunos de sus valores que engendradores de recortes por considerárselos gastos. La culpa no es sinónimo de complicidad en lo absoluto sino de sensibilidad. Pero a partir de allí corresponde dar un paso más allá.

Proyectándose desde la condición biológica y orgánica, psicológica y social el indigente padece la inmoralidad de los poderosos y no debemos permitir bajo ningún punto de vista naturalizarla o experimentar piedad hacia nuestros semejantes. Desde distintos foros, desde distintas prácticas sociales, desde distintas formas de intervención que constituyan una exigencia dirigida al Estado y una llamado de atención corresponde también éticamente actuar, pasar a la esfera de la acción. Cada uno, cada una desde su lugar y a partir de sus respectivas competencias.

Todos sabemos que pocos ocupan cargos de poder. Y pocos están dispuestos a cambiar la situación imperante, pese a ciertos discursos que no se traducen en políticas concretas. Pero sí somos personas que tenemos modos de organización que se pueden nuclear en torno de colectivos que colaboren de distintas manera para restituir la noción de semejante, como afirmaba la Dra. Silvia Bleichmar, cuyos libros “Dolor país” (2002) y “Dolor país y después…” (2007) de modo paradigmático nos exhortan a una situación activa frente a esta calamidad que amenaza con volverse endémica.

No podemos bajo ningún punto de vista admitir que un semejante (niño, niña, joven, adultos, ancianos, grupos en riesgo) pierdan su dignidad. Desde nuestro lugar, por modesto que sea en el marco de una sociedad cuyas contradicciones se están poniendo a la vista (como ya lo hicieron en los noventa) hay que detener esta ola patéticamente inmoral.

Es compromiso del Estado por mandato constitucional velar por su bienestar, su seguridad y el resto de sus derechos. El derecho a proseguir siendo personas es el más importante y, creo yo, el más exigente para quienes nos gobiernan y administran las finanzas de un país. Mantener por fuera de la consideración ética a un conjunto de semejantes constituye el acto de naturaleza más inmoral que se puede concebir. Dejar morir de hambre, sed y frío a masas de seres humanos constituye una catástrofe social que no puedo comparar prácticamente con ninguna otra, salvo otras de la Historia que también han atentado contra la noción de semejante desde otras circunstancias pero la han puesto en cuestión. Si permitimos que el semejante pierda su condición de tal, como señalaba la Dra. Silvia Bleichmar, definimos al semejante desde la alteridad y no desde los propios. Desde los propios y no desde los ajenos. A esto llamo yo inclusión. Exigirla es, por lo tanto, una obligación tanto cívica como ética.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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