Los ojos del tigre

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Germán Rozenmacher

—Falta poco —oigo a esa voz detrás de los lapachos que me va a cazar y esta vez me matan en se-rio, así que trepo y salto no sé cómo de rama en rama y esos monos de mierda chillan como locos y todos los loros del monte salen volando con estruendo de alas delante mío y es como si una bocina alcahueta me fuera anunciando y denunciando, pero si paro es peor porque el que para muere y to-dos esos ojos me espían escondidos tras esas hojas y las voces cada vez más cerca y pueden aparecer de golpe por adelante o ya pueden estar apuntándome hace rato qué sé yo desde dónde y quiero gritar que vamos que salgan de una vez pero apenas me quedan fuerzas para agarrarme de la próxima rama y saltar a otra y las manos en carne viva raspan la corteza pero se aferran y no dejan de sangrar y algo en mí quiere que termine, que me eche a morir y me agarren por fin como a un conejo, pero sigo escapando y sé que detrás de estas enredaderas y esta rama y este árbol sólo hay otra rama y otro árbol y otro salto y jadear y otro salto y otro más y después caminar, a lo sumo caminar.

—Falta poco —dijo Mariano Moreno y de pronto se paró.

—¿Qué pasa? —gritó Chaves—. ¿Qué pasa, viejo? —y quiso zamarrearlo pero se contuvo, porque lo que falta es que se ofenda y después me haga alguna maldad éste, así que escupió una espesa baba verde, se metió otro montón de coca para dormir esa muela que le daba tirones cada vez más fuerte y gimió—: ¡Pero debe estar ahí nomás, Moreno! —casi podía olerlo al tipo ese que se le escapaba de las manos por culpa de este boludo. A lo mejor estaba ahí, escondido, esperando que pasáramos de largo, aunque sólo el indio podía saberlo en este laberinto.

—Estando cerca —el indio se fue al monte porque otra vez había llegado la oscuridad y Moreno no iba a seguir porque “De” noche no conociendo, de noche no conociendo, había gritado la primera vez, como cuatro noches y atrás y ahora se iba solo, lejos, todo lo hacía solo, mear, comer, y ahora Chaves escuchó su grito que le erizó la piel. Ahí, entre las hojas, invisible, apretaba las dos manos contra la boca, un solo aullido, como un llanto, un desgarrón, y decía que oraba a cristo pero no sé y ahora volvía.

—Tenemos que seguir, Moreno —pidió el sargento desesperado.

Pero el indio se quedó con la vista baja, asustado, como cada vez que caía la oscuridad. De noche era hombre perdido, era como niño. El sargento casi se arrepentía de haberlo ido a buscar a la casilla de cañas con marco pero sin puerta de la toldería. Lo había encontrado a la orilla del río y quién sabe la edad que tiene, 80 o más, y todavía se tira al Bermejo entre los remolinos, a pescar palometas con un palo, y si alguna no le muerde el tendón para atraer con la sangre a las otras, el viejo pescaba unas cuantas, se las comía crudas y se quedaba debajo de un árbol así como dormido con los ojos abiertos tal cual lo habían encontrado esa vez cuando la nena se me cayó sobre el brasero y se quemó el bajo vientre y los muslos, Chaves se la trajo ahí, debajo del árbol, y el indio la tuvo con él dos días y dijo cosas y le puso grasa de pescado, dientes de palometa y bosta de cabra en la llaga y la nena se curó.

—¿Pero si suenan los tres balazos? ¿Si la patrulla del ejército llega antes? —protestó el sargento, pero Moreno seguía con los ojos bajos y hasta mis hombres sabían que no era yo, Chaves, que era el indio quien mandaba ahí adentro, el único que podía encontrar a ese tipo y después sacarlos de la selva, así que el sargento se mordió el bigote y dijo—: Coman.

Los gendarmes se sentaron entre los árboles. Chaves repartió las raciones, esas cajas de cartón “usaf” que habían regalado esos que iban y venían en helicópteros pero él ni tocó el pollo asado, la bolsa de polietileno con ensalada de espárrago, el postre. Sólo sacó el último LM del último paquete de cua-tro cigarrillos que le quedaban y pensó qué carajo va a pasar si vuelvo con las manos vacías, y si fue-ra cualquiera todavía pero era ese tipo, justo ése y cuando el mayor le había dicho: “Se escapó uno y vos lo vas a agarrar”, había tragado esa cerveza tibia, como orín, y dijo: “Sí, señor”, y puso la botella vacía al lado de las otras doce que había sobre la mesa del mayor y entre los jejenes que no dejaban de joder y ese calor de 38 grados en el cuartel aunque fueran las cuatro de la mañana y el ventilador zumbaba inútil, sintió la amargura del mayor. —Ahora vienen. Cuando está todo hecho. Y se quie-ren llevar los laureles —dice y toma. Hace mucho que Chaves quiere pedir eso porque me faltan cua-tro años, señor, para la jubilación, y no importa adónde sea el traslado, pero ojalá pudiera ser aunque sea a uno de esos pueblitos ferroviarios de la cordillera porque no me importa palear nieve de las vías o apuntalar paredes, pero podría mandar a los pibes a Mendoza a estudiar algo: claro que no es mo-mento y después habría tiempo para pedir.

—¡Los hice pedazos en veinte días! ¿Y para qué? ¿Para que ahora los pescados gordos se queden con la tapa de los diarios con los ascensos y los camarógrafos de la televisión? —y el mayor que aho-ra lo miraba con esa fijeza rara, alucinada, sombría, antes de salir de su casa le dejaba a su mujer to-dos los días una contra seña como ser fósforos rancherita y a la noche cuando volvía la mujer tenía orden de no abrirle (salvo que quisiera rector lonjazos) si él no decía la contraseña justa y todos los días cambiaba de contraseña, y mucho antes que estos barbudos de ahora pensaran aparecer el mayor veía tipos así en sueños y se despertaba gritando y daba batidas contra todo campamento o tipo raro que andaba por ahí por las dudas y mejor prevenir y traía a señores de la capital que daban conferen-cias sobre los disfraces infinitos y sutiles que se ponían los masones y los herejes para engañar, para corromper, para destruir y somos cruzados Chaves, y días enteros se metía en su casa y rezaba y se castigaba con alambre de púa hasta sangrarse, pero ahora ésos se habían aparecido en serio y el ma-yor se había tomado esa guerra como propia.

—¿No tiene bastante el ejército con los de Embarcadero? ¿Qué se meten aquí?

Chaves pensó que eso sí era jodido. Seis meses y todavía no habían acabado. Después de lo de Salta y otros asuntos parecidos de repente, por la frontera norte, eso de Embarcadero. Y aparte esa ten-sión, esos líos en las ciudades. La cosa estaba fea. Alguna vez iban a terminar con ellos pero iba para largo. Y apenas un mes atrás, de repente, estos otros aquí. Y parece que no tenían nada que ver con Embarcadero. Habían reclutado un hombre nuestro que contó que eran unos treinta divididos en tres campamentos, y teníamos listas, con nombre y apellido y todo. Pero de pronto le perdimos el rastro y como lo le habíamos contado nada a ejército y policía nos la tuvimos que tragar, pero parece que ellos tenían sus informantes, cada uno por su lado, y no nos decían nada hasta que una tarde de re-pente se apareció un hachero en el escuadrón con un papel que le quemaba las manos y que ni sabía leer, y decía esas cosas de siempre, esas que me envenenan porque si hasta el indio éste que se llama como se llama porque un día llegaron dos empleados del registro civil en un camión a la tribu antes de un comicio y les dijeron que tenían que elegir para el padrón un nombre y les mostraron una lista: Manuel Belgrano, Cornelio Saavedra, Juan Larrea y todo así, y al viejo parece que le gustó cómo sonaba ése y se llamó Mariano Moreno, y si hasta a este roñoso no le falta de comer y no se queja, ¿estos tipos quiénes se creen que son para sacar las cosas de lugar? Y no me pagan por opinar, pero la proclama decía las cosas de siempre: “Tus hijos hachero que a los 7 años van a los obrajes y por cada quebracho que volteás te pagan 100 pesos que nunca cobrás porque antes te los sacó el boliche-ro a cambio de un kilo de pan y pensá que cada día que sigas volteando árboles será para hacer más lujosa la casa del patrón y pensá en el hambre”. Y como si por eso pudiera ese tipo darse el lujo que se dio conmigo y uno hace su trabajo pero cada uno en su casa y Dios en la de todos y yo también soy hijo de obrajero y no tengo por qué aguantarme esas cosas así que cómo le voy a dar cuando lo encuentre porque mirá justo escaparse ése. Cómo le voy a cobrar lo que hizo y ojalá para él sea fiam-bre antes que le ponga la mano encima.

Pero hacía cuatro días ya y nada.

—Vamos —dijo Chaves, temblando de fiebre, sudando frío. Moreno había dormido arriba de un árbol, allá a escondidas. Estos indios siempre haciendo las cosas así y te miran y parece que te car-gan; a veces dan ganas de patearlos.

—¡Apúrense! —gritó Chaves, aunque Moreno ya se iba en la niebla, entre los árboles, como un ciego por el monte que no se desviaba un milímetro del conjeturado camino que había hecho el fugitivo horas antes. Moreno tenía una certeza de sonámbulo, como si en ningún instante dejara de ver al que perseguía y allí donde los yuyos ni estaban tocados y nadie podía descubrir rastros de él, con la furia impersonal de los sabuesos que tienen que cazar no importa qué, hombres, conejos, corzuelas, pero atraparlos, seguía invisibles huellas, arrastrado por todos los ojos y las narices y los oídos de su cuer-po, siempre más allá.

Sonó un disparo.

—¿Qué fue? —dijo, pero Moreno ni se dio vuelta. Sentí bronca, ese mal parido se me iba de las ma-nos.

—¡Apúrense! —y ahora corrían por un barro resbaloso y esas espinas de los vinales les rajuñaban las caras y no sólo la muela sino esas puntadas en el estómago ahora y la fiebre fría y ese cucho de pronto.

—Estando —dijo el indio que a veces hablaba así y al fin terminé entendiéndolo.

Ahí estaba.

—Tiren a lo que se mueva —dijo Chaves—, y sin asco, porque anda armado —se acercaron sin rui-do.
Estaba, de espaldas, contra un árbol. Tiré primero. Pero el cuerpo no cayó. Seguía así, como escu-chando algo.

—No es —dijo el indio—. No es éste.

—¿Cómo? —de dos saltos me acerqué. Tenía un agujero en la cabeza.

—¿Y éste quién es? —lo agarró al indio—. ¿De dónde salió? —pero debajo de su mano el brazo musculoso del viejo se ponía duro y había bajado la cara, desafiante y era una piedra que miraba sin expresión.

La cabeza de ese tipo. O lo que quedaba de esa cabeza. Le habían arrancado los ojos y los labios y estaban los dientes al aire, en una sonrisa en carne viva. Faltaba un pedazo de nariz. Moreno fue el único que pudo irse de ahí, dejar de mirar.

Ahora se paró como si escuchara dentro suyo, mientras esas enredaderas gordas y húmedas abraza-ban, copulaban, apretaban como pulpos, a esas hojas de palmera, a esas ramas de quebracho, cerrán-dose como si nunca nadie hubiera andado por ahí antes.

—Nuestro va herido —y olfateó agachado y encontró sangre, muy poca, y después los rastros se perdían pero Moreno ordenó seguir y los gendarmes hachaban ramas abriéndose paso tras su saña impersonal, desapasionada, implacable.

Después escuchó de nuevo y miró las hojas de una rama. Miró mucho tiempo esa rama.

—Ahora lo sigue el malo —dijo.

El sargento sintió un escalofrío.

— ¿Qué malo?

Moreno indicaba de nuevo el camino a las hachas.

Chaves masticó un segundo su bola de coca. —Tenemos que llegar antes.

—¿Que el ejército? —preguntó alguien.

—Antes que el tigre.

—¡Quedate ahí! —gritó la voz y las sienes me laten y corro entro los árboles pero la voz detrás mío: — Te dije que te pares —y me doy vuelta pero no hay nadie y—: Voy a disparar —y espero, pero ahora juegan conmigo y no van conseguir que me vuelva loco aunque la voz dice: —¡Aquí estoy! —y ahora gritan como seis a la vez y ese zumbido en los oídos crece y como si uno de estas moscas que me rondan y lamen se hubiera quedado adentro de mi oído tan enjaulado como yo dentro de esta jaula verde que me acosa y me sofoca y me asombro de no sentir asco por agarrar esta garrapata que cerca de la tetilla me chupa la sangre y el zumbido es tan fuerte ahora que me alegra porque no escucho más las voces que llegan como de muy lejos y yo grito: —¡Tiren de una vez! —y preparo mi fusil, aunque inútilmente, porque detrás, bien reparados, juegan apuestas a quien me pega en los ojos o en la nuca o en la sien.

—¿Para qué seguir? —y ahora es la voz de ese tipo que hablaba un correcto español para extranjeros y me interrogó al final y no me pegó.

—¿Usted también está en ésto? —y gritó triunfante—: Así que también —pero no hay nadie, en este monte nunca hay nadie, salvo altoparlantes para torturarme y mi oído no pierde nada, una rama que se quiebra y el monte contiene la respiración y va a lanzarse encima mío y yo me doy vuelta y voy a apretar el gatillo—hacía cualquier —parte y esa voz grita—: ¡Apunten! —y de pronto descu-bro que la voz usa mi propia boca para salir pero ahora la freno y el que para muere y me balanceo y salto pero esa otra rama queda lejos y caigo y golpeo contra esa cosa durísima y la boca se llena de barro y hojas y debajo del barro está esa piedra y el barro hierve de hormigas coloradas y grandes y ahora también hay sangre entre los dientes y la trago porque hace dos días que no trago nada y algo quiere quedarse aquí, dormir, y cómo me duele todo el cuerpo y ya ningún miembro me hace caso, ninguno se levanta—. Vamos pie —pero nada y—: ¡Vamos ojo, abríte! —y las manos se rebelan y están laxas y ajenas mientras ellos se acercan y es que saben que voy a caminar cada vez más despa-cio hasta que un día no voy a resistir más y no van a necesitar correr porque el que se va retrasando soy yo y así me encontrarán dormido o muerto y no sé cómo hacen pero siempre me encuentran el rastro—. ¡Arriba, pie! —golpeó con la puntera, ¿con qué puntera?, si mis botas de lona ya estaban destrozadas cuando me agarraron y son mis dedos, con esas ampollas que revientan pus los que gol-peo contra el barro tocando las rocas que hay debajo pero acá hay una mano, la conquisto, luego otra, me empiezo a parar y ya camino no sé cómo de nuevo, en zig-zag, aunque ya ni sé si son zig-zag o círculos o si vuelvo adonde estuve ayer, entre los árboles enemigos de los que ni siquiera sé cómo se llaman y digo lapachos o jacarandá o palo borracho pero nunca sé cuál es cuál y siento los restos de mi camisa militar pegada, mojada como cada partícula de mi cuerpo por esta ahogante ga-rúa gris que no deja de caer día y noche, y recién deja de ser gris allá arriba, lejos, cuando las ramas se entrelazan y hacen el techo de esta cueva y allá debe estar el sol pero acá solo jejenes que muer-den y víboras o miras telescópicas que me siguen entre las hojas.

—¿Cuánto hace que no comés? —me hago que no escucho.

—Dos días —se contesta ella misma.

Hay otro dentro mío que me abre los labios. Y lo voy a matar, si sigue lo mato.

—Ahí —dice la voz. Aprieto los dientes. —Batatas —dice igual. Y ya no sale de mí. Viene de atrás y me sigue.

Unas hojas filosas y húmedas en el barro, entre flores blancas y helechos y cuántas son y tengo los labios hinchados ya y si comiera mato a este sueño feroz, estos mareas, estas oleadas de debilidad y es cierto y las hojas son así, finas y largas y no veo por qué que en la cocina mamá tenía una olla con una batata no pueda haber entre tanto verdor algo que se pueda comer, así que arranco las hojas y sale esa planta que es lo más parecido a una batata que vi nunca y la voz dice: “Ves”, y estoy salvado y contengo la respiración y muerdo un gran pedazo y trago una, dos, tres veces. La arcada empieza en eructo y ahora vomito toda esa hiel amarguísima y negra y puntadas salvajes y una coz en el vien-tre me dobla y me cortan la respiración y me revuelco por el suelo y me quedo de rodillas.

— ¡No! —gritó el teniente Federico y escuchó esos aullidos, y entre los yuyos apenas se veía ese cajón con Rogelio encogido adentro con la cabeza deshecha y masa encefálica desparramada y esos seis agujeros de proyectil que agujereaban el vientre que le habían disparado por la espalda y le ha-bían expulsado las visceras.

—Ya te enterré —dijo el teniente—. ¡Por favor! —pero el cajón seguía ahí de modo que Federico empezó a escarbar la tierra con el cuchillo, con la culata, con las uñas y de pronto miró y ya no había nada y estaba haciendo una fosa para nadie y entonces corrió y los aullidos seguían, como de cerdo que van a degollar y esa madrugada abrieron los calabozos y dijeron “con todo” y nos sacaron de a uno al pasillo y alguien gritó “métale Chaves” y el hombre de enormes bigotes grises y voz demasia-do imperiosa para un cuerpo tan enjuto me ató con bronca las manos a la espalda con una soga y se quedó con el cabo de la cuerda entre sus dedos y me obligó a trotar pegándome con el nudo de la soga durísimo y grueso y con la culata de la ametralladora hacia ese campo iluminado por los faros de los camiones y de pronto hubo una doble fila y yo pasé por el medio y todos me pateaban y me trompeaban y me obligaron a arrodillarme mientras los faros de los camiones iluminaban ahora una rama de la que cuelga una cuerda con lazo que se balancea y será para mí pero los faroles se apaga-ron y de pronto iluminaron a tres de nosotros que estaban ahí, contra unos yuyos, con los ojos ven-dados y a diez pasos cinco gendarmes apuntándolos armas al hombro y suenan los balazos y como ellos grito porque me siento morir aunque las balas son de fogueo y de pronto eso se apagó también y me llevaron a las patadas hasta una mesa con una lámpara de kerosén y habíamos matado a tres de ellos y ahí me muestran a Rogelio en ese cajón todo encogido y alguien me pega puñetazos en el hígado y pregunta, “¿quién es éste, cómo se llama?”, y Rogelio estaba vivo cuando nos agarraron.

—Si canta el gallo no me pegan —dice tras ese tronco Eusebio, pero dale, viejo tractorista no me jodas porque después de la paliza me tiraron con vos en el calabozo y siguieron con los otros y yo tenía los labios amoratados, me sangraba la nariz y tenía un ojo negro y las rodillas con la piel pelada y todo el cuerpo lleno de moretones y oigo cómo les toca a los otros y no sé cuándo pero cantó el gallo y al coya no le pegaron y antes de la luz nos sacaron de nuevo a todos y uno de ellos le desga-rró la camisa a Rogelio porque dijo que había que degradarlo posmortem y a mí, justo a mí me hicie-ron recoger unas gasas ensangrentadas que había al lado del cajón y nos hicieron cavar un pozo y en los otros cajones estaba nuestros otros muertos y después nos hicieron clavarle las tapas a los cajones y los tiramos a esa zanja que cavamos y después de taparlos con papeles ellos los rociaron con nafta y de pronto todo ardió y las llamas nos alumbraban los rostros, con su calor sofocante al borde del monte, y ninguno de nosotros se miró y uno de ellos dijo: “así termina ésto”, mientras el humo des-pacio nos envolvió a todos y unos oscura bronca me hirvió en las tripas, en la garganta, en el gusto amargo de la boca y ese Chaves me veía llorar, así que junté lo que pude y le estampé ese gran garga-jo verde en la cara.

—¿Y para qué gritar? —dijo la diabólica voz y me doy cuenta que estoy gritando todo esto aquí, solo, y se lo cuento a nadie en medio de la selva y quiero callar y no puedo y corro entre los árboles porque el que para muere.

—¿Y ahora? —la voz es un látigo que tengo adentro y me va a dejar en paz o te mato pero la al-cahueta se ríe y de pronto es la paz y me sorprende cómo puedo entender esta hoja, esta simple hoji-ta. Entiendo sus nervaduras que como las rayas de mi mano en las que ya puedo leer mi futuro, pero no quiero, bajan hacia ese tallo que cruza justo por el medio de la hoja y siento una flojedad en todo el cuerpo y antes que nada aquí en la frente pero entiendo esas huellas en la hoja con una intensidad increíble, veo con una agudeza casi dolorosa que en la superficie de la hoja hay multitud de rayas, de ríos escondidos que bajan hacia ese tallo, ese centro de la hoja que de pronto es centro del mundo que ojo alguno que no sea éste mío iluminado por la Gracia, o qué sé yo por qué, podrán ver jamás y ahora entiendo a ese loro que cruza y esa víbora enroscada que me mira y a esos escarabajos y hay un íntimo contacto entre yo y todas las cosas y una purificación que me hace sentirlas como si yo fuera esa hoja.

— ¿Por qué no me comés esa hoja? —dice la voz.

—No —digo yo—, no voy a comerme a mí mismo y además ya no tengo hambre.

—¿Por qué te reís? —y me duelen los golpes que en mi carne, en mi pecho lleno de ronchas le estoy dando a ella. Pero cierta felicidad me invade. Ahora veo todo. Detrás de esos troncos sé que hay una barranca y abajo corre el río y la felicidad ya es una congoja incontrolable y sé que no puedo hacen nada porque el peruano va a sallar de una orilla a la otra del cañadón que es muy angosto pero abajo el río está seco y erizado de rocas en punta y esperá, Puntero, esperá que hachemos este árbol y pongamos, el tronco como puente y crucemos agarrándonos con las manos en esta huida atroz, mien-tras ellos nos persiguen por el monte como a corzuelas, como a vizcachas, como a cachorros sin ma-dre, y cada vez que suenan tres tiros y nada más es porque cazaron a uno de nosotros y se avisan entre ellos y en esta retirada atroz hacia el norte, en esta huida sembrada de nuestros muertos vos quedaste atrás, Puntero, y, ¿por qué tengo que ver de nuevo cómo te despeñás, cómo perdés pie, cómo caés y tu columna vertebral golpea contra el filo de una roca y se parte y hace crac y nosotros bajamos y vos estás boca arriba y gritás mátenme y queremos levantarte pero aullás todavía más fuerte y lloramos de rabia y ellos están detrás de nosotros y entonces yo te muevo pero siento que es una tortura para vos y entonces Rogelio trata de curarte pero cómo y ahí estamos, metidos en ese cañadón y entonces Pedro llora y dice perdoná her manito y te pega un balazo en la cabeza y allá en el cañadón está enterrado tu cuerpo todavía caliente y tu sangre llama debajo de las piedras donde está la cruz que la próxima crecida se llevará, Puntero, que robabas cerámicas de las tumbas indias allá en tu pueblo para poder comer y a tu padre se lo llevó una inundación como la que con el deshie-lo se llevará también tu cuerpo y como a él nunca hallarán tu cadáver y a los catorce años aprendiste las mañas y te fuiste con tu madre a vagar por los pueblitos y a jugar a las cartas y hacías trampa y cuando perdías entregabas uno de esos relojes berreta y escapabas y quién sabe cómo llegaste acá y en alguna villa entraste al partido y después querías acción verdadera y así te conocí, aquí, en el monte y nunca hablabas y ahora tengo que decirte que lo único tuyo que no me gustaba era que ibas solito a comer barras de chocolate que te robabas de la despensa y una vez Rogelio te castigó ha-ciéndote cumplir dos turnos seguidos de guardia y te habló del hombre nuevo que estábamos ayu-dando a alumbrar y de la moral socialista y que lo que hacíamos no tenía sentido si no cambiábamos al hombre por dentro, y vos escuchabas en silencio y nunca supe si entendías, Puntero, hasta esa ma-ñana en que Aníbal, el perforador de Comodoro, tomó agua sucia, al principio de esa huida, y nos habíamos quedado sin agua ya y entonces un parásito se le subió a la cabeza, y Aníbal, que había estado preso por poner bombas y que a sus compañeros del sindicato les dijo seriamente que tomaran la comisaría por asalto para liberarlo y que no se reía nunca, de pronto empezó a reírse porque ese parásito, ese virus o qué sé yo, se le metió en los sesos y entonces se sentaba arriba de las ramas y se reía y no daba un paso más y nos atrasaba a todos y entonces lo agarraste vos que no eras más alto que un pibe y te lo subiste a babuchas y él riéndose siempre en medio de nuestro silencio caminaste con él mucho tiempo hasta que de pronto sentimos que no se reía más y estaba muerto como Pedro, que al día siguiente que te despeñaste nos acostamos dos horas para poder seguir y cuando Rogelio nos sacudió Pedro no se despertó más porque se había muerto de hambre y esas dos cruces perdidas en el monte y enterrar a nuestros muertos y seguir sin saber quién de nosotros ahora cavaría la fosa del otro y: —
¿Esa música? —dijo la voz.

—No siento ninguna música —miento porque esos aullidos sofocados, esos ayes crecen y es como si los tuviera al lado en esta frágil intensidad con que todos los ruidos del silencio del monte me acari-cian o me arañan o me golpean y hago un rodeo extra no sólo porque sigo caminando en zig-zag sino porque detrás de esos yuyos está el barranco y al fondo Puntero esperando el tiro de gracia.

—Pero no son sus quejidos —dice la voz.

—Sí que son —digo—, ¿Qué puedo hacer ya por él? Dejame en paz, voz.

—Son vagidos —dice la voz que me raspa la garganta al salir ronca y gruñente sonando como jamás sonó mi voz, ésta que ahora habla y a la que la otra, la mala, la que igual sale de mi boca para aco-sarme todavía más, no puede acallar. Pero ya no la enmudezco. No sé cómo sale. Es otro adentro de mí que la empuja afuera, sin esfuerzo de mi laringe, salvo esa raspadura en la garganta, sin participa-ción de mi voluntad y mi conciencia, y por culpa tuya, voz, van a encontrarnos, por culpa de tus ru-gidos que quieren volverme loco, pero no me tendrás aunque cuentes todo, aunque ahora suenes así afuera de mí, lejos, adelante, arriba.

—Vagido de niño —dice la voz. A esta hora Celia prepara el baño caliente para el hijo que ni cono-cés. ¿Tanto apuro tenías? ¿El mismo día en que él nació tenías que subir? ¿No podías esperar?

—Eran órdenes —y qué lejos está mi casa, qué lejos ese quinto piso frente al parque Lezica y el tele-visor prendido en la otra pieza y Celia cosiendo ositos amarillos para el varón o la nena que vendrá y yo corrigiendo deberes, parciales, trabajosas traducciones de De Amicitia, dístico de Catulo, odi et amo y tengo los zapatos sacados y la estufa calienta toda la casa y nada me gusta más que estar al lado tuyo y escuchar eso que te late y patea suavemente adentro y fumar este cigarro y la comida está en el horno, la cocacola en la heladera y nunca vas a perdonarme.

—Un profesor de latín —ríe la voz.

—¿Y qué tiene?

— ¡Un tipo flaco que enseña latín! —precisa la voz— Y se echó al monte —ríe. Y los vagidos de mi hijo no quiero oírlos ni quiero que aparezca aquí y que vea en qué se ha convertido su padre.

—Sáquenme —grita eso que viene de arriba y no me vas a engañar más, de modo que sigo de largo pero —por mi culpa señor, por mi grandísima culpa— y levanto los ojos y veo esa mano, ese puño cerrado entre las hojas que aparece y desaparece y el retumbar contra un pecho y me acerco más al tronco. Y allí me veo, en Sosa que está colgado de esas ramas y grita y aúlla y jadea y reza y me veo en el sudor que sale en gotitas de sus ojeras, que le baja de la nuca y su piel amarilla sin nada de gra-sas ni carnes ya, y esos ojos como perdidos, agobiados por el hambre, deben ser los míos y no puede ser Sosa porque murió no sé cómo, se perdió en el monte después que nos atacaron y empezó la des-bandada, y no lo vimos más y una de las tandas de tres disparos que oímos en el monte estábamos seguros que era él. Sosa el cajero.

—No —dijo—. No quiero verte, Sosa.

Pero él baja los ojos y no me ve porque dice:

—Me entrego —y se desliza del árbol y no abre los ojos y veo que en la mano tiene esa hitachi, in-creíble en medio del monte esas voces, un locutor paraguayo o chaqueño o boliviano, quién sabe qué, dice: Paul Newman y Julie Christie juntos y en Cinemascope, véalos en… pero la estática corta su aviso y Sosa sigue con los ojos cerrados y me agacho sobre este sueño y a este fantasma todavía le late algo adentro y entonces le levanto la cabeza y abre los ojos y saca todos sus dólares y los ofrece y dice sin ver:

—Agua.

—Pibe —sacudo—, ché Sosa. Abre de nuevo los ojos.

—Soy yo —le digo, y entonces, aunque me miraba, recién me ve, cierra los ojos y dice: “Vos”, y después de un rato: “¿Estás vivo todavía?”

Y cuántos días se habrá pasado arriba de ese árbol. Le acaricio la frente, húmeda. Un yingle. Ahora recojo esos dólares del pasto y se incorpora sobre sus codos.

—¿Para qué? —dice—. ¿Para qué Federico? —y ese viento, esas alas sobre nosotros, y no quiero mirar pero veo las cabezas de víboras y los dientes y los locos asesinos y los cuerpos enormes, de arañas o ratones y sus patas se tienden hacia mí, pero es mejor quedarse quieto y sus alas membrano-sas me provocan, me abanican y sé que si no les miro los ojos a esos pájaros víbora araña murciélago no van a hacer nada más que acecharme.

—Vamos —le digo.

—¿Adónde?

—A Embarcadero.

—¿Y cómo? ¿Por dónde?

—Vení.

—¿Y para qué? ¿Cuántos quedamos? ¿Cuántos vivos?

Sacude la radio. El golpe, la humedad, qué sé yo. La cosa es que ahora no habla más.

Me mira con rencor.

—Llegaste vos y no funciona.

—Vamos —digo.

—No.

Los tenemos encima.

—Ojalá —dice Sosa. Hace días que escucho los 3 disparos y estoy gritando como loco para que ellos me encuentren. Pero nunca vienen por mí.

—Ya vienen —digo—. Me escapé. Los tengo atrás como jauría.

—¿Sí? —dice—. ¿Cierto?

—Vení —y digo y trato de levantarlo.

—¿Así que los tenés atrás? —y me ve el fusil de reglamento que robé.

Hay una luz que no me gusta en sus ojos,

—Esperás. No tengo fuerzas.

—Apoyate en mí.

Sosa bostezó y después habló con los ojos cerrados,

—Me abro pibe. No sé cómo me metí en este lío. Yo no sirvo para esto.. Voy a entregarme.

Sosa abrió los ojos y vio que el muchacho flaco, de rala barba rubia y ojos incendiados por la fiebre ahora lo apuntaba,

—Epa —.susurró—, qué pasa.

Vi la perpleja sorpresa de sus ojos haciéndose miedo. Se incorporó. Me palmeaba la espalda. Le ne-gué el cuerpo.

—Yo no soy un soplón, viejo. ¿Por qué me mirás así?

Lo seguí apuntando,

—Me conocés del centro de estudiantes, sabés que siempre fui derecho.

Buscaba complicidad, resentido, tembloroso.

—Cuadrate — dijo de pronto Federico. Yo nunca había hecho eso antes.

—¿Cómo?

—Todavía soy tu teniente. Y me vas a obedecer.

Una risa como un sollozo lo sacudió silenciosamente.

—¡Pero si somos los únicos dos que quedamos vivos!

—No sé. Pero aunque así sea.

— ¡Dios! —dijo Sosa—. Los dos últimos tipos del frente Simón Bolívar —pero reparó en que Fede-rico lo miraba feo. Hizo sonar los talones desnudos.

—Aquí se entra parado y hay una sola manera de salir. Con los pies para adelante.

Y no sabía si Sosa era un sueño o si esas voces y las campanas que empezaban a crecer eran ciertas o no pero:

—Aquí no se rinde nadie.

Y Sosa se apoyó contra un tronco y dijo: —Permiso para hablar.

Y yo:

—No hay tiempo —pero le di un minuto. Tenía esa llaga enorme, en carne viva, como las mías en las manos, pero ni las sentía, y la suya estaba justo en el talón, así que imaginé cómo subiría el dolor hasta los dientes cada vez que rozaba la rugosidad de una rama, y le dije—: Te alzo.

Y él ni me oyó:

—Ni nos dieron tiempo para hacer práctica, ni nos dejaron aprender a caminar y teníamos, las mochi-las llenas de cosas inútiles.

Y los hacheros nos negaron y más de tres veces y los obrajeros no sabían que moríamos por ellos y nos delataron y fusilamos al soplón ese que quería desertar pero quién sabe cuántos más había.

—¿Y entonces? —dijo Federico.

—¿Y ese contacto que bajó al pueblo y compró en el supermercado 40.000 pesos en latitas y llevaba borceguíes y cargó todo en un jeep y llamó la atención hasta de los ciegos?

—Y qué.

—Ni sabemos el nombre de los árboles, ni las víboras que se pueden comer y las raíces que sirven para hacer una sopa.

—Siempre habrá fracasos y los fracasos cuestan la cabeza. ¿Y para qué te crees que vamos a Embar-cadero? Para empezar de nuevo. Esto puede tardar años, Sosa. Y si nos matan vendrán otros y des-pués otros porque nosotros podemos fallar pero la revolución no muere por eso, Sosa, son los brazos y los pechos los que cambian, los que se turnan, los que se reemplazan y sé que aquí había tipos que subieron porque la novia los abandonó o cosas así y que nunca debieron estar, y sé que estábamos solos contra 80.000 soldados, y aquellos por los que damos la vida todavía no nos oyen lo suficiente y estábamos solos, y esto era una gran desmesura, ¿pero había otra salida, viejo? ¿Acaso hay otra manera de cambiar las cosas? Porque lo más fácil es creer que esto fue solo una aventura absurda que no solo no podía terminar de otra manera sino que siempre será así para que todos se queden tranqui-los y digan pobres muchachos, pobres desesperados, pobres neuróticos, pobres resentidos y todo siga igual, y todos con el collar puesto y una lápida piadosa nos aplaste y seguí regando el jardincito papá y ustedes sigan nomás en el café hablando de Lenin y pagando de paso la cuota del departa-mento.

—No hagas discursos —dijo Sosa—; discursos para las víboras, los monos y los murciélagos.

—La revolución viene, Sosa, como el sol que sale por la mañana, y vos lo sabés.

Sosa aplaudió despacio, mirándome con ojos torvos,

—Eso se llama decir el mensaje —sonrió con vago odio y cerró los ojos.

—Mi papá necesita a alguien que lo ayude en la sastrería —dijo—, y estoy cagado de hambre y ése es mi mensaje. Hago cualquier cosa ahora por una frazada, un mate cocido y un catre. Y para que no me peguen. ¿Por dónde se sale? Nunca debí venir aquí.

Y todavía no supe si esa voz no me salía de adentro porque eran mis exactos miedos y mis palabras y claro que soy débil y que esto es más grande que yo.

—Vamos —dije— no me hagas perder tiempo.

—Justamente es lo que quiero —gimió Sosa, pero yo me levanté y entonces Sosa cayó sobre mí con su cuchillo y me lo hundió en el muslo.

—Ahora te vas a quedar acá a esperarlos conmigo.

Y fue lo último que dijo porque levanté mi fusil y lo ajusticié. Y cuando vi su cuerpo y lo toqué supe que no era mi voz.

Ese resplandor me hizo sollozar y caí de rodillas y las campanas eran más fuertes y entrevi ese llano.

—Sosa —lo sacudí—. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Cómo no te diste cuenta? Acá terminaba el monte —la sangre me corría por la pierna, así que me saqué lo que quedaba de mi camisa y me até, bien fuerte, y ahora corro hacia ese llano como un oasis y una brisa de mar, un aire frío, me sacudió.

—Papá —dije porque ahí, en medio de ese desierto al que no le veía fin estaba esa carabela que vos me habías comprado una vez cuando era chico adentro de una botella y ahora era enorme, una cara-bela real anclada en tierra con las jarcias rotas y el viento soplaba entre los jirones deshechos de las cruces rojas de las velas y las enredaderas subían por el palo mayor y las rosas estallaban por las es-cotillas y las telarañas tejían entre los palos sutiles aparejos y la carabela navegaba hacia ninguna par-te y las piedras redondas me refrescan los pies mientras entro en estas calles angostas con rejas de madera del techo de tejas a la vereda de losas y los claveles asoman sobre los paredones rosas o ce-lestes y los enormes portales claveteados donde voy a dar un aldabonazo recién entiendo para qué están aquí y entonces me escondo en un zaguán, porque los soldados pueden pasar en cualquier momento, la ronda y sus caballos que correrán hacia mí por el empedrado de las calles tan angostas que se pueden tocar las dos paredes frente a frente con solo estirar las manos y digo, despacio —¿Dónde está tu cocina mamá?— porque quiero jalea de naranjas, y ese Ramos que se llamaba como nosotros y será por el 1780 y se levantará contra el virrey y le cortarán la cabeza por rebelde y alzado y se la pondrán sobre una pica que busco pero no la veo y es que todavía tengo puesta su cabeza porque será esta la que van a cortar y entonces los soldados españoles saldrán por una de esas esqui-nas cuadradas y nunca encontraré la paz de tu cocina y de tus potes de dulce y dónde me voy a es-conder en una ciudad donde pronto me buscarán y me cortarán la cabeza porque así esta escrito y entonces es inútil que me esconda y salgo al medio de la calle de nuevo y ahí están esos cañones tirados en el medio de la vereda y me agacho en esta tarde del siglo XVIII en esta ciudad que ni siquiera conozco y en el cañón está el escudo Carolus Quintus Rex Orbis y los piratas atacan desde donde sopla el mar, y ahora las cruces, mamá, las grandes cruces negras clavadas en las paredes de esta callecita que sube hacia una de las iglesias que son una de las etapas del vía crucis de Semana Santa que esos encapuchados que no veo cruzaran furtivos en medio del humo de los velones ago-biados por la Imagen que llevarán a pulso y de rodillas y al fondo está la plaza de donde Hernán Cortés saldrá a conquistar Méjico y golpeo los portales de los palacios y mis llamadas resuenan hasta el fondo de los últimos patios, de los últimos aljibes y no hay nadie pero pronto esto se llenara de gente y serán ellos, la jauría que jadea detrás, cada vez más cerca y habrá para mí mastines y garrote vil en nombre del rey y golpeo pero solo las monedas de los tesoros acumulados y avaramente ocul-tos a los piratas dentro de las huecas paredes se derraman y tintinean y responden mientras las cam-panas suenan cada vez más cerca. Empujo este portal que chirria y entro a un enorme salón y al ce-rrarlo el portal se queja sobre sus goznes, sobre sus herrumbres y las persianas están clausuradas y sé que los murciélagos se ocultan en las altísimas vigas del techo hasta el anochecer pero ya no moles-tan y que umbría paz hay acá adentro, que enorme frescura frente a la siesta que afuera ahora agobia al pueblo.

—¿Dónde están? —digo. Los veo venir hacia mí, muy lejos, en este salón grande y encerado donde alguna vez entraron los caballeros sobre sus monturas a hincar la rodilla frente al virrey pero no hay trono ahora y este salón es un gran parque pero un salón al mismo tiempo y ellos resplandecen entre los últimos árboles. Y una sola campanita, apenas un cencerro, toca a muerto, allá en la iglesia mayor.

—Bien —dijo papá y su voz resonó en el recinto tan vacío—. En vez de matarlos a ellos se matan entre ustedes, Qué lejos andaban. Qué lentos se venían hacia mí. Y no era papá solo. Eran todos los que me conocían los que hablaban así y estaban irritados, culpables, con el culo sucio.

—Te escapaste al monte el día que nació un hijo que ni siquiera conocés —dijo mamá.

—Te escapaste porque tenías que pagar las cuotas del departamento y no tenías plata ni ganas de conseguiría y el hogar burgués se te cayó encima de la cabeza —dijeron muchos.

—¿Se sienten mejor por eso? —dije—. Y cuando lleguen los que me están cazando se van a sentir tranquilos del todo y por fin tendrán paz y este feo asunto habrá pasado y todo será como antes.

—Cuando quise pelear por España fui a España —dijo papá—. Tengo derecho a decirte…

—¿Derecho a qué papá? ¿Y qué queda ahora de todo eso, papá? Despacio las cosas te fueron tritu-rando y te recibiste de abogado y ahora tenés una casa en Mar del Plata y te acosan los pagarés y cuando te emborrachás, cantás el quinto regimiento y a veces te ilesa la. prensa clandestina y pagás tu cuota para las campañas financieras y eso es todo. Y no tendría nada de malo, claro, si además no te llenaras la boca hablando de la revolución.

Y esas voces me torturaban y yo me acosaba y me perseguía pero ellos estaban ahí lejos y yo tenía que saber, ahora más que nunca. —Esa no es la solución —dijo papá. —¿Y cuál entonces, papá? ¿Qué querías que hiciera? ¿Que me sentara a esperar que las cosas las hagan los otros? Si vos me diste el ejemplo, papá.

—Tenías una familia —dijo mamá— y lo destruíste todo.

—¡Tramposos! —grité—. ¡Hay algo más que una mensualidad en juego y ustedes lo saben!

—Vos no sos el Ché precisamente —sonrió papá—. Ni siquiera sos el Ramos ése. Vos no sos nadie. Vos sos un pobre pibe de 23 años que fracasó y cree que los héroes van al cielo y que la revolución es una aventura. —Vivís en el mal y en el pecado —dijo mamá y le vi esa mantilla de farisea que usa para ir a misa los dominaras y todos usaban mantilla la buena gente como mamá y ustedes los rebel-des de tres por cinco y yo sudaba y ellos venían hacia mí pero no llegaban nunca y yo caminaba ha-cia ellos pero tampoco me acercaba y entonces lo vi.

Era hermosísimo. Sus ojos llameaban en el bosque de la noche. Y venía despacio hacia mí, por de-trás, entre las sombras del salón, entre los árboles y le di la espalda a todos ellos y era el tigre de Wi-lliam Blake deslizándose por esa gruesa rama. Cómo ardían sus ojos dorados de tigre de sueño. —Tiger, tiger, burning bright, in the forest of the night —lo convoqué porque no sabía si era real o si era un sueño— ¿Qué ojo inmortal, qué mano, se atrevió a trazar tu simetría? y de pronto, detrás, lejos, Rogelio dijo:—A la cabeza, Federico —pero eso no está bien, porque íbamos a cazar papá cuando yo era chico al campo ese de Chascomús y siempre me dijiste que no es dé cazador disparar a la cabeza, y sus músculos enormes se estiraron debajo de sus estrías negras y amarillas y sus ojos asustados se abrieron todavía más, como su boca que rugió y entonces supe que ese tigre venía a pedirme cuentas, por el escándalo que contra todos ustedes levanté y roe pedía cuentas por la cache-tada que les di yéndome, haciendo bien o mal todo lo que hice pero poniéndolos en falta, mostrán-doles que ya nunca más podrán vivir tranquilos aunque ellos me cacen y yo muera, aquí, solo y uste-des nunca sepan más nada de mí o el tigre me devore y venga a restablecer el orden de las cosas que para ustedes ya nunca será el mismo y entonces flexionó las grandes patas y cuando se arrojaba so-bre mí disparé a la cabeza y disparé otra vez y el tigre me hincó los dientes y todo después fue rojo.

Chaves llegó cuando el indio estaba junto al tigre muerto, —Era grande —dijo.

El indio mostró la sangre que salpicaba los troncos y había teñido el barro en el que ahora se hundían los pies hasta el tobillo.

—Bueno —dijo Chaves—. Seguro que pierde mucha sangre. Debe estar cerca. Vamos.

—No —dijo el indio.

—¿Qué? —dijo Chaves—. ¿Y por qué no?

—Se fue —dijo el indio— monte adentro.

—¿Cómo?

—Está buscando un lugar para morir.

Chaves miró los ojos del indio que ahora miraba al tigre.

Chaves había oído que cuando los indios sienten que van a morir suben al monte y se pierden. Para esperar su hora. Para morir solos. Ahora escupió esas hojas de coca. Bajó la cabeza. El indio había dicho no. Tantos días por el monte para después encontrar ese tigre y el indio que decía no.

Miró la selva que otra vez se cerraba delante suyo. La muela le latía más que nunca.

Entonces dijo: —Vamos —y esperó en el mediodía que se colaba como por una persiana entre las hojas que el indio les enseñara el camino de regreso.

(De Obra Completa, Biblioteca Nacional, 2013)

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