Los rastros del horror

A cuarenta años de la aparición en la costa de cadáveres de los vuelos de la muerte

Por Juan Ignacio Provéndola

La pretendida sobriedad de los documentos mecanografiados puede sonar ansiosa y estridente: en un párrafo de 16 líneas de corrido, sin puntos ni apartes, el subcomisario de Chascomús Luis Calcagno describió atolondradamente seis cadáveres que habían aparecido en distintas playas argentinas entre el 16 y el 17 de diciembre de 1978. El radiograma frenético y confidencial fue enviado a la central de inteligencia de la Policía Bonaerense. Pocas horas después, la agencia de espionaje respondió desde La Plata con un memorando secreto en el que exigía mucha más información en 72 horas. Chascomús mandó un extenso escrito que intentaba explicar cómo fue que aparecieron desparramados en las orillas tantos cuerpos y en tan pocos días.

El documento comenzaba argumentando por qué los sumarios de todas esas muertes habían sido catarulados como “Presunto homicidio”, algo que el comando central de inteligencia preguntó casi a modo de cuestionamiento. “Es la consecuencia de haberse descartado un accidente, por cuanto en los últimos tiempos no se han producido naufragios ni otro tipo de hecho similar al cual pudiera atribuírsele la aparición de los cadáveres”, fue la respuesta. “Las causales de los fallecimientos fueron como consecuencia de fractura de cráneo, piernas, brazos, con aplastamiento de tórax”, decía el escrito. “En síntesis, politraumatismos y fracturas de cráneo, producidas por caída de altura”. Entre tanta certeza, se imponía una duda clave: “Todos los cadáveres se encontraban en completo estado de descomposición, impidiendo lograr su identificación”.

Por último, el memo actualizaba la lista de cadáveres encontrados en las playas durante esos dos días, ampliada de seis a nueve: cuatro en Mar de Ajó (todos el mismo día, el 16, pero en distintos horarios entre la mañana y la noche), dos en Mar del Tuyú, uno en San Bernardo, otro en San Clemente y hasta uno en Punta Rasa, el cabo donde se unen el Río de la Plata con el Mar Argentino.

Todo este material secreto sale a la luz cuarenta años después de aquellos días de aguas turbulentas y mareas negras en la costa argentina. Los publica PáginaI12 gracias a la cesión de la Comisión Provincial por la Memoria, organismo de derechos humanos que custodia el archivo de la extinta Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. La Dippba funcionó entre 1946 y 1998, y en medio siglo de espionaje logró convertirse en una de las agencias más importantes de la historia argentina.

El último de los documentos lleva la firma de la jefatura de la Unidad Regional de Chascomús, una de las tantas en las que se dividía el organismo de inteligencia bonaerense, y la que específicamente operaba en la zona de esas localidades balnearias. Después de detallar las circunstancias en las que aparecieron los cuerpos y los rasgos que éstos presentaban, la seccional aclaró en el último párrafo que el día anterior al envío del documento había recibido “precisas directivas” acerca “del ‘procedimiento’ a adoptar para el caso de que se produjeran nuevos hallazgos”. El entrecomillado del texto original en el vocablo ‘procedimiento’ resulta por demás sugestivo: denota un código compartido, acaso encriptado. Una palabra que refiere a algo que no es lo que la propia palabra significa; recurso muy común para dejar afuera al ajeno.

No resulta difícil imaginar qué era el ‘procedimiento’: los cadáveres fueron rápidamente enterrados como NN en cementerios de la zona y el asunto fue silenciado, como se pudo comprobar décadas más tarde gracias a las reaperturas de causas por delitos de lesa humanidad y el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forente. Por muchos años, las causas por “Presunto homicidio” derivaron en manos del juez penal de Dolores Carlos Facio igual que los cuerpos arrojados al mar: hacia el ocultamiento.

La apertura de estos archivos da cuenta de la tensión que generó en el gobierno militar las olas de cadáveres sobre las playas argentinas en diciembre de 1978. Si bien ya se habían registrados otros casos, fue en esa época cuando el tema causó mayor preocupación. Significaba para la dictadura algo que no quería, la aparición de los que se desaparecía y se negaba. Lo que la Dippba registró es un pequeño universo de un número difícil de cuantificar: ¿cuántos cuerpos aparecieron en playas recónditas, lejos de la presencia humana? ¿Cuántos fueron enterrados en lugares que aún no se pudieron hallar? Es dable pensar que, ante la conmoción que generó en la dictadura la aparición de tantos cuerpos en tan pocos días, el procedimiento entre comillas incluía también dejar de comentar esta situación en documentos escritos. No por casualidad a partir de entonces las agencias de espionaje dejan de referirse a los cadávares que el mar siguió devolviendo.

Un año después, Jorge Videla dejaría más clara la operatoria en una conferencia reproducida por todo el mundo: “El desaparecido es una incógnita. Si el hombre apareciera, tendría un tratamiento equis. Y si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento zeta. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial. Es una incógnita. No tiene entidad, no está. Ni muerto, ni vivo. Está desaparecido”.

El mensaje alarmado de la delegación Chascomús avisando de la aparición de los primeros cadáveres.

El informe sobre el estado de descomposición de los cuerpos encontrados.

 

Los vuelos de la muerte

El mecanismo de los asesinos

Con la promesa de ser trasladados a una cárcel común, los detenidos-desaparecidos eran vacunados y luego subidos a una avioneta o helicóptero de la Fuerza Aérea. Pero en realidad estaban siendo dopados para ser arrojados en pleno vuelo con más facilidad. El mecanismo fue depurándose sobre la marcha: con el tiempo los asesinos comprendieron que era mejor amputarle las extremidades y quitarles la ropa para dificultar aún más la posibilidad de que sean reconocidos. Por las dudas, también los ataban con sogas o alambres.

El primer militar que reconoció la existencia de los vuelos de la muerte fue Adolfo Scillingo, quién se entregó en España y allí fue condenado a mil años de prisión. Otros pilotos cometieron el descuido de comentarlo ante personas que los acusaron en la justicia, como les sucedió Emir Sisul Hess, Julio Poch o el Colorado Ormello. Fueron los primeros indicios fehacientes “desde adentro” sobre la existencia de un plan sistemático de desaparición de personas a través de esa siniestra operatoria.

Según reconstruyó el fiscal Federico Delgado tras escuchar a más de 600 testigos, los vuelos de la muerte eran realizados con aviones de la Fuerza Aérea, desde los cuales se arrojaban a “hombres y mujeres, siempre encapuchados o tabicados, esposados entre sí, con ropas sucias, en estado conciente; caminaban en fila ayudándose mutuamente y tenían aspecto muy deteriorado”.

De ese modo los cuerpos desnudos y mutilados fueron cayendo en distintas partes, desde el Delta del Paraná hasta aguas uruguayas, aunque las corrientes de los ríos y del océano devolvieron a muchos de ellos a la superficie. Así aparecieron uno tras otro en distintas localidades balnearias no sólo de Argentina, sino también de Uruguay. Todos fueron enterrados como NN en tumbas sin mojonear, o incluso en fosas comunes. Algunos fueron identificados. La pregunta es cuántos falta encontrar.

16/12/18 – P/12

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