Los ricos piden permiso

Por Martín Rodríguez*

“Los empresarios son como las salchichas: mejor no saber de qué están hechos”, me dijo el editor de un viejo portal (se puede decir “viejo portal”), mientras chusmeábamos la vida de un contratista. ¿La vida de los ricos despierta morbo? Depende cuál y para quién. Me gustan los detalles donde se mezcla lo público y lo privado, o, dicho mejor: la política y la acumulación, ahí donde estos férreos defensores de la mano invisible del mercado necesitaron la mano embarrada del Estado. Los dueños del futuro. Vida y obra, secretos y mentiras de los empresarios del siglo XXI de Hernán Vanoli y Alejandro Galliano (Planeta, 2017) es una rareza editorial: ¿cuántas investigaciones o crónicas repasan la vida de la clase que “domina”? Se trata de la vida de siete empresarios (o seis empresarios y una empresa de cuatro: Globant) en seis capítulos.

Los secretos de Moyano, Scioli, Cristina o Massa se saldan cada año en libros que les revisan el placard, las cuentas y las cuitas según un cálculo instalado en los años ’90 que dice que políticos y sindicalistas son lo que la gente ama odiar. Pero la vida de un Eduardo Costantini (foto), Federico Braun o Marcos Galperín es esencial e invisible a los ojos. La serie de biografías de empresarios que publicó desde los años ’90 Luis Majul o la monumental historia de Clarín que escribió Martín Sivak (que incluye un mano a mano con Héctor Magnetto) son algunas referencias para componer un archipiélago helado de publicaciones más bien excepcionales. Tras 2001, una Argentina pobre y casi desecha conjuró un sistema de contraseñas que incluía que la riqueza debía estar más oculta o disimulada. La izquierda exageró que el 2001 fue el quiebre del neoliberalismo pero se instaló bastante un sistema de valores post crisis donde ser rico podía estar mal visto. La Argentina votó en las dos últimas elecciones ser conducida por un gobierno y un partido donde la palabra empresario es una buena palabra (introdujeron otra palabra que recapitula y deshistoriza todo: el emprendedor). Este libro reconstruye biografías empresarias que se podrían llamar: “¿Cómo me hice más rico en la década populista?”; pero también: “Tomamos el cielo por asalto”, según la renovación de credos públicos que significa el gobierno de Cambiemos. Sin embargo, piedra en el zapato de estos hombres que sus vidas estén ahí, publicadas por Planeta, y en la pluma de dos autores no condescendientes.

Escribir sobre estos empresarios, dos de los cuales resignan ganancias en el mundo cultural, como lo hacen Constantini y Sigman, y al hacerlo no resignar la visión crítica, es un ejercicio de arrojo. Galliano y Vanoli no son periodistas mendigos de pauta como Luis Majul, ni buscadores de fama como Luis Majul, ni pichones voraces de la investigación que buscan el “secreto” y ganar el premio Rodolfo Walsh, más bien buscan el corazón de aquello que hace a un empresario argentino tal como lo presentan: fríos estudiosos de la sociedad argentina y la clase política, santos del puñal que acumulan ganancias y se reservan para el país un diagnóstico miserable. Estos empresarios se presentan como sociólogos amateurs, donde el dinero y su metafísica de la pampa se conjugan y ya no es posible seguir el hilo de sus razonamientos acoplado a ningún diseño político estable (un proyecto de Nación), e incluso Federico Braun, un portador de apellido que trazó la expansión del supermercado hacia el sur, hacia el mar y hacia el frío, se presenta por completo ajeno al cálculo político acerca de qué gobierno contribuía a mejorar “la expansión de la demanda”. Es decir: apuestan al mercado interno sin apostar a los gobiernos que creen en el consumo. Los elogios de Braun a Moreno suenan al viejo adversario que despide a un amigo.

Pero este libro no evita hacer un reconocimiento de dicción difícil por izquierda: la “virtud” de haberse hecho ricos. Dicen Vanoli y Galliano: “Con la excepción de Braun y Tomasevich, ninguno de ellos heredó su empresa y aun los herederos debieron transformar su forma de hacer negocios a partir de las grandes crisis de los últimos cuarenta años”. En primer lugar una constante que el libro recupera y reproduce: la “clase empresaria” argentina es una historia que se autonarra de a uno. Es una historia de la excepción, del individuo, del yo contra el mundo (y el país). No se miran en el espejo de una clase. Galliano y Vanoli, dotados de una cualidad narrativa excepcional, simplemente conciben que el libro no sea guiado por su estilo e ideología de desmarca, sino por algo más que eso: la interrogación franca a un mundo en el que los juicios ideológicos evidentes no te lo hacen menos desconocido. Una excursión al mundo de los que mataron a los ranqueles, pero también: cómo verlos con extrañamiento y novedad. En definitiva, no es un libro que “habla mal” de los empresarios, sino que hace hablar a los empresarios… y los empresarios hablan mal. En el sentido de que van contra la corriente. Son empresarios en busca de un autor y encuentran dos que los ubican en el bosque de sangre de la Argentina de estos 40 años que son, a su modo, las casi cuatro décadas de la Señora Democracia. ¿Son cría del Proceso? ¿Son neoliberales? El libro los pone en el centro del problema y los presenta dueños de una visión del país y el mundo en el que se recortan, se ausentan de la escena del crimen capitalista, no se sienten “culpables de nada”: son empresarios para el desierto argentino. Aun como Galperín y su mercado libre nacido al amparo de una ley durante el kirchnerismo, amigo de la sobreexplotación y enemigo de la sindicalización.

En el más kirchnerista de los empresarios (Hugo Sigman) recuperan otro “episodio olvidado”: su pelea por el aumento del precio de los medicamentos en el fatídico 2014 (un año poco explorado para entender el 2015). El límite de la sintonía kirchnerista era su propia ganancia: un empresario que no cumplía la regla de la burguesía con la que Néstor soñó… la de una clase que inventaba él mismo. Ser empresario los hace sentir que todo eso que hay “afuera” (el Estado, la clase política, la sociedad civil) al final es un mundo ancho y ajeno. No hay sociedad ni mercado: hay intemperie y oportunidad. Describen un país sin ley porque describen también una Argentina donde no toda ley es su ley (unas sí, otras no, como la de genéricos). Y si como decía Foucault, “la ley es la sangre prometida de las clases dominantes”, estos retratos apuntan a un núcleo: el malestar espiritual de hombres que sienten ganada la guerra del dinero pero más perdida la guerra cultural. Un país demasiado plebeyo e igualitarista que los despoja, los vuelve dioses de la fortuna pero expulsados del Templo. Algunos parecieran no sólo pedirle más reglas y rentas al macrismo sino también mejorar su status, su condición ciudadana. ¿Se puede admirar a un rico? Escribir es negociar. Los autores se pintan en el café Rond Point escuchando las objeciones de uno de esos empresarios al borrador de su retrato. Esa inclusión, esa intromisión al fondo de cocina del libro, deja ver la imagen cruda donde el patrón quiere ser patrón y quiere que la historia la escriban (o al menos la corrijan) los que ganan.

El “sueño americano” es la celebración positiva de los Estados Unidos (país tierra de promesas). Te esforzás… recogés el fruto del esfuerzo. El “sueño argentino” que reconstruyen Alejandro Galliano y Hernán Vanoli en estas biografías es la mentalidad de empresarios y empresas que se hacen a pesar o contra la Argentina, y así sintonizan con esa pedagogía de Cambiemos en la que los argentinos parecemos siempre amigos del atajo, es decir, en el léxico del heredero del patriarca contratista: queremos el empleo público, el subsidio, el plan o el convenio colectivo. Un país de culpa y sin ética protestante donde estos hijos millonarios de la tierra pelada parecen decir: “Argentina, te cagué, me hice rico y vos me querías pobre”.

*Periodista

Tiempo Argentino

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