Los secretos de la ESMA en el armario de mi ex padre

“‘¡Vos mataste personas!’, le dije. Y a partir de ese momento algo se rompió”

Yo soy Alejandra Eboli. Tengo un hijo de 17 años. Milito en La Cámpora. Y soy ex hija de un genocida que estuvo diez años con prisión preventiva por la causa ESMA y el 29 de noviembre recuperó su libertad porque le dieron una condena sólo de ocho años.

Ese día hubo una movilización y era un día muy activo, pero fui a escuchar la sentencia a Comodoro Py. Me quedé afuera con compañeras. Con un pedido de perpetua y con todo lo que me constaba de su vida, yo creía que tal vez podían no caerle con todo el peso de la ley como en otra época, pero nunca imaginé que sólo iban a darle ocho años y se iba a ir por la puerta. Me agarró mucha impotencia. Nunca lo hubiese soñado ni en la peor de mis pesadillas. No imaginé que en materia de derechos humanos íbamos a retroceder tanto. Me fui convencida de que esto ya está: le están poniendo un moño al proceso de Justicia. Todo lo que pasó me pareció parte de un plan. No salió solo. Salieron otros. A todos les dieron penas menores al tiempo que llevaban detenidos, como producto de una cuenta matemática: al que estaba detenido hacía diez años, le dieron ocho; al que llevaba doce años, le dieron diez; y al que llevaba quince, le dieron doce. Como una devolución de favores.

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A mi me consta que ellos siempre supieron que había un pacto: el pacto era que los iban a sacar. Que aguanten. Que esperen. Que ya llegaba. Cuando lo escuchaba hace años me parecía un delirio de mi mamá, pero ahora creo el Plan A era el 2×1 y como no pudieron por la movilización popular, avanzaron con estas sentencias. Algunos pueden festejar la perpetua de Acosta o Astiz, pero ellos ya tenían perpetuas y no les cambiaba nada. A los que sí les cambiaba la vida, los beneficiaron. Y van saliendo. Y con los que quedaron sin salir, avanzan ahora hacia la salida con las famosas listas de 95 personas entre las que está mi papá, en su casa hace tres meses. Una lista sobre la que me tocó redactar hace unas horas un repudio en mi trabajo en la Legislatura. Está mi papá, pero también otros que ya están en sus casas.

Mi ex padre es Miguel Angel Rodríguez, operativo de la ESMA. No puedo decir que era un padre violento. Tampoco afectuoso. Estaba ahí, mirando la tele. Una persona muy fría. Inconmovible. De grande me costó recibir afecto o incluso caricias porque no estaba acostumbrada. Nunca tuve un papá o una mamá que me dijeran feliz cumpleaños o me dieran un beso. En casa las cosas eran distantes. Yo siempre desconfiaba de mi padre. Y desconfiaba mucho, como si algo no cerrara. Le revisaba las cosas. Nunca lo hice con nadie, pero sí con él. Un día, por el año 1983, abrí el placard de la pieza. Y encontré una doble página del diario La Voz donde estaban las fotos que Víctor Basterra sacó de la ESMA. Empiezo a mirar. Yo tenía unos diez u once años. Voy pasando. Veo a los amigos de mi papá. Todos con el nombre y los alias. El corazón me latía fuerte. “¡Que no aparezca!”, me decía. “¡Que no aparezca mi papá!” Y entonces apareció su foto.

Rodríguez, capitán de corbeta. Nombre de guerra: Angel. Sosías: Castro Cisneros, Eduardo Néstor. (Foto 1982) Contador del GT durante 1981/82. En el segundo semestre asume por corto lapso la jefatura del GT y actúa como Jefe de Operaciones. Según versiones había actuado en la represión de Mar del Plata. Durante 1981 alquiló una casa quinta en la zona de Del Viso o Tortuguitas bajo el nombre de Castro Cisneros para utilizarla como alternativa para la remodelación de El Dorado (ESMA). En la foto aparece con uniforme de Policía Federal. (Informe Basterra.)

 

Yo era una enana, pero ese día lo esperé.

—¡Vos mataste personas!— le dije. Y creo que a partir de ese momento algo se rompió. En la escuela me daba mucha vergüenza: cuando me preguntaban qué hace tu papá, empecé a decir que era abogado.

Seguí revisando cosas. Un día encontré la cédula de identidad con el nombre del alias. Todo esto estaba muy arriba. Bastante expuesto. No es que revisaba una caja fuerte. Hoy, mirando para atrás, lo más fuerte o cruel fue el día que encontré un grabador con pasacasette de la época. Y muchos casettes. Yo iba todas las tardes. Los ponía y los escuchaba. Eran conversaciones telefónicas. Las escuchaba como si fuesen la novela de la tarde. Mi papá le hacía los controles de libertad vigilada a Basterra. Y los casettes tenían las conversaciones. Así crecí. No sabía bien qué era eso. Lo fui entendiendo con los años, pero sabía que era algo raro y turbio.

Pasó el tiempo. Bloqueé todo para poder subsistir. No tenía una relación cercana ni con él ni con mi mamá. Mi padre ya no aplicaba a la condición de ser humano.

—¿Como podes estar con una persona sabiendo todo lo que hizo?— le decía a ella. —¿Cómo podes querer a alguien que hizo esto? Vos sos de la misma condición.

Ella no era Pando pero siempre lo defendió, consideraba a mi papá como una víctima. Y de ahí en adelante, todo. Pasó el tiempo. Tuve a mi hijo. Viví en España, por acá y por allá. Y una vez, cerca de 2006, yo estaba en la casa de ellos. Se habían ido de vacaciones. Suena el teléfono. Atiendo. Y preguntan por el capitán.

—No está— digo—. Se fue de viaje.
—Se tiene que ir a entregar— me dijeron—, porque sino lo va a ir a buscar Interpol.

Yo no entendía nada. Me parecía raro. Llamé a mi mamá. Pero era tal mi negación que le dije: Me parece que es una joda, pero por las dudas te cuento esto. Pegaron la vuelta. Mi papá se presentó en el edificio Libertad. Y lo llevaron al penal de Marcos Paz.

La noticia causó una revolución familiar. Tengo dos hermanas. Mi mamá estaba destrozada. Vamos, me dijeron un día. Llegamos. Y yo que vivía en una nube, llegué con una musculosa y ojotas. Me preguntan a dónde voy. Y me dicen: Lesa humanidad es para allá. Se me vino el mundo abajo. Me fui, no entré. Empecé a llorar. Me quedé hablando con un chico al que le acababan de dar la libertad. Me acuerdo que yo le contaba y le contaba. Que él me consoló. Pero yo no pude entrar.

Desde entonces fueron pasando distintas cosas. Siempre me había quedado grabado el nombre de Basterra. Estaba la novela que escuché. El diario. Pero también alguna vez había escuchado que en Marcos Paz decían que si salían iban a ponerle un tiro en la cara. Basterra resultaba alguien importante para mí. Yo estaba viviendo en La Plata. Quería verlo, pero no sabía cómo encararlo. Tenía mucha vergüenza. Siempre me parecía deberle algo al mundo y a la humanidad por todo lo que hizo esta bestia. Por esos días, se me ocurrió armar un Facebook con un nombre cualquiera. Lo busco y le mando un mensaje:

Hola Víctor,
Me quiero encontrar a hablar con vos.

Lo quería ver por lo que había significado para mí pero también porque entre todas las cosas que había escuchado, algo me hacía ruido. Ya había leído todas las causas. Sabía todo. Pero ellos siempre decían: Vos pensá, ¿cómo alguien se va acordar con tanto lujo de detalles lo que pasó hace treinta años?

Víctor me contestó ese mismo día. Y casi me muero. No imaginé que iba a ser tan rápido. Lo llamé. Quedamos en encontrarnos al día siguiente en un bar. Llegó el día. Me llamó porque iba a llegar unos minutos más tarde.

—Pero te hago una consulta—me dijo al teléfono—: ¿vos me querés ver porque tenés dudas sobre tu identidad?

—No— le dije—. Soy la hija de Rodríguez.

—¿Cuál sos?

—Alejandra, la más grande.

—Voy para allá.

Éboli es el apellido de mi abuela paterna. Mi viejo nos agregó el Éboli a nosotras, pero él no se lo agregó. Ese día, Víctor se sentó en la mesa. Y, ¡lo juro por Dios!: me describió a mi papá mejor de lo que podía hacerlo yo. Todo. Gestos, las formas, sus modos de hablar. Sabía todo. ¡Y claro!, pensé. ¡Cómo no se van a acordar! Yo le pedía perdón. Perdón. Perdón. Él terminó llorando. Fue un encuentro hermoso. Pero ellos se enteraron. No sé cómo hicieron, pero siempre están. Mi mamá alguna vez me lo reprochó en la cara. ¡Vos que te encontraste con ese!

Con mis padres vivimos en Trelew hasta cerca del año 1975. La masacre estaba ahí. No sé si él estuvo, pero estuvo. Nos fuimos a Bahía Blanca, a Puerto Belgrano hasta 1977. Y de ahí al Batallón 3 de La Plata, una causa que a la Marina se la perdonaron porque estaban todos metidos. Y en verdad, el miedo de mi papá no era que lo juzguen por los últimos años en ESMA. Su miedo era La Plata, donde nunca avanzó nada. Después de La Plata se enfermó. Dijo que fueron cinco años, aunque ni siquiera fue uno, pero con eso quiso zafar de la justicia diciendo que no había estado en la ESMA. De aquellos años yo me acuerdo de sus amigos. De Donda. Pernías. Los veía los fines de semana. En las casas de ellos. Me quedó grabada una imagen en casa de Donda. Daniela, una de sus sobrinas apropiadas, sabía que eran sus tíos. Yo la escuchaba. Me acuerdo de quedarme dura porque parecía una novela. Ella repetía y repetía que estaba ahí porque sus papás eran malos y se habían muerto en la guerra. Hoy es siniestro, pero en ese momento ella decía que el tío era bueno porque la había acogido en ese contexto.

Otras veces los veíamos en una quinta. Traté de buscarla pero no encontré aún la ubicación exacta. En la causa, a mí papá se lo acusa de alquilar esa quinta. Para mí estaba en Don Torcuato pero la causa menciona otro lugar. El sabe que el dato está mal y que eso es bueno para él. Pero me acuerdo el lugar porque tenía un lago al que mi hermana se cayó y yo la saqué. Había dos casas. En mi recuerdo, a una se podía entrar y a la otra no. Me acuerdo exacto. Ibamos casi todos los fines de semana. A veces nos hacían levantar a las tres de la mañana para sacarnos de ahí. Raro. Tal vez porque pasaba algo. Pero todo era medio raro. Mi viejo se iba, nos dejaba y volvía. Sobre esto aún falta encontrar las pruebas. Pero en la causa la quinta está detallada. Alguna vez, lo hablé con él: ¿Cómo podés? ¿Ahí dice que se llevaban a una mamá secuestrada para que amamante a los chicos? ¡Que perverso! Pero el tipo, nada. No contesta.

Durante esos años tuve problemas de salud. Me enfermé muy mal. Estuve más de doscientos días internada por una enfermedad autoinmune, como si mi cuerpo rechazara mi propia sangre. Vivía en La Plata. Me separé. Me volví a Capital. Vivía internada en el Otamendi y no tenía con quién dejar a mi hijo. Todavía era chico. No me quedó otra que ir a la casa de mi mamá. Pero como mi papá estaba preso no me pareció una opción tan desastrosa.

Durante ese camino de búsquedas y preguntas solitarias, me sumé a La Cámpora. Ahí apareció algo liberador y reparador. A través de una organización, encontré un grupo y un colectivo para seguir adelante con mis preguntas sin que todo sea algo tan personal y doloroso. Un lugar donde podía avanzar con algo más de alegría y de amor porque lo otro era negro, oscuro. Todo sufrimiento.

Tiempo después, entre las elecciones generales de 2015 y el balotaje, empezaron a amenazarme. Me asusté bastante porque amenazaron a mi hijo. Su papá vive en España. Y el miedo me desbordó. Contacté a Horacio Pietragalla. Se lo conté. Nos fuimos al Congreso. Me ofrecieron el programa de testigo protegida pero para entonces yo era una de las que consideraba que íbamos a perder las elecciones. Y en ese contexto sabía que adscribirme al programa era como entregarme en bandeja.

Para entonces la relación con mi mamá se hacía cada vez más insostenible. Para ella La Cámpora era la encarnación del mal. Que todos estábamos con armas. Tiene mucho odio. No da la discusión, grita. ¡Kirchnerista!, dice. A veces estoy segura que me detesta. Que tiene mucha saña conmigo pero con mi hijo es distinta, cree que es una víctima mía. Él milita en La Cámpora, cree que lo coopté pero que puede reformarlo.

Rodriguez durante el Juicio ESMA Unificado, cuarenta años después.

El tema de las amenazas siguió. Una vez me mandaron fotos. Mi hijo tocaba el bombo encabezando la columna del 24 de marzo. Y la foto tenía la marca de una cruz y los ojos con una banda negra. Otra vez me llamaron por teléfono a la mañana. Me dijeron que mi hijo estaba entrando en la casa. Yo no entendía. Corté. Y a una hora totalmente inusual, efectivamente mi hijo estaba entrando por la casa. Estas cosas para mí son importantes. Cuando dicen que son viejitos, nosotros sabemos que no lo son. Pero es un discurso que muchos compran, que no te permite ver que en realidad están organizados y siguen teniendo contactos. Siguen teniendo poder. Ha habido políticos en campaña que les prometieron que iban a estar mejor. Ellos amenazan y asustan. Y esa es la forma en la saben moverse. Y a mí me da miedo. Cuando vi la conferencia de Abuelas de Plaza de Mayo durante los últimos días, dije: Y, sí. Porque una sabe que lo hacen. Y que no es que van a evaluar demasiado los costos. Esta es su manera de proceder.

En todo este camino siempre creí que era la única con todas estas sensaciones, como todas las demás hijas porque casualmente la mayoría somos mujeres. No es que ellos no hayan tenido hijos varones. Pero la mayoría somos mujeres. El año pasado me enteré que existía un colectivo. Una de las chicas puso un mensaje en Facebook. Le escribí. Me dijeron que se juntaban. Desde un primer momento hubo empatía con Érica Lederer y con Mariana Dopazo. Alguna vez estuve reunida con el resto. Con uno de los grupos estamos diseñando el espacio de los ex hijos y ex hijas de genocidas, que todavía está en construcción. ¿Vos no estarás con esos, no?, me preguntó por esa época mi mamá. Yo siento que mi vida la superó. Mi madre cuando supo de La Cámpora, no lo pudo digerir. Pero hubo un tema con los bienes. Cuando a ellos los detienen, los embargan pero siempre hay un poco de tiempo hasta que se inscribe el embargo. Ellos querían hacer algo para pasar el departamento a nombre de las hijas. Me convocaron a un lugar. Engañada. Me dijeron que era otra cosa. Y cuando vi que era lo que era, no firmé. Y hoy no me lo perdona. ¿Te importa más una casa que todo lo demás? Es una moral rara.

El día de la sentencia, mi hijo la estaba siguiendo por internet. Me llamaba. Y a él también le agarró un ataque. Tenía mucha impotencia. Yo no soy abogada, pero escuchábamos que lo condenaban por aplicación de tormentos, por secuestros. De todo. ¿Y ocho años? ¿Y te vas a descorchar? Mi hijo de 17 años criado en democracia, militante en secundarios, acá y allá, no lo podía entender. No le entraba en su cabeza. Me fui con una compañera para ver cómo calmarlo. Y además yo estaba viviendo aún en la casa. ¿Qué hacemos? Nuevamente hablé con Horacio que estaba en Bariloche por el tema Maldonado.

—¡Quedate tranquila!— me dijo—. Andá a la casa, porque siempre hay dos o tres días hasta que les hacen los papeles.

Habló con el abogado de Abuelas. Preguntó. Volvió a llamarme. Me dijo lo mismo. Pero al rato me llama. ¡Boluda! ¡Salí de ahi! Rajá porque está yendo. Y ese mismo día salieron. Nunca volvieron a la cárcel. Fue todo una locura. Me fui a la casa de una compañera. Mi mamá estaba de viaje. Se había ido a la casa de mi hermana a Estados Unidos pero curiosamente antes de irse me dijo: Ojo porque tu papá va a salir antes de que yo vuelva. Yo le dije, sí, sí, pero como me venía diciendo eso desde el primer día, estaba convencida de que no era así. Fueron horas desesperantes porque si no me ayudaban mis compañeros no se que hacía. Ahí no me podía quedar. No me tenía opción. Ahí es la casa del genocida. No hay un Estado que vele por una hija. El genocida que vuelve a su casa, y los demás arréglense como puedan.

Por eso todo este momento es raro porque yo estaba segura que mi viejo nunca iba a salir de ahí. O sea, siempre tuve esta posición. Cuando me preguntaban quién me cuidaba, yo sentía que estaban Néstor, Cristina, las Abuelas, los organismos, todos. La política. Lo que se fue construyendo. Que podía pasar lo que sea en Argentina pero que eso era inamovible. Todos pensábamos que era inamovible. Yo no tenía miedo. Me parecía clarísimo que yo podía cruzar todas las puertas porque ellos nunca más iban a poder hacerlo. Cuando le dieron la prisión domiciliaria a Etchecolatz fue un mensaje muy fuerte. Etchecolatz se fue a la casa. Y eso significaba que de ahí para abajo, se van a ir todos. Ya está.

No puede ser, decía el día de la sentencia, llorando desconsolado. Resolvé el tema de la casa, me decían. Y después nos ocupamos de la causa. Pero yo no podía. Sentía que se me acababa el mundo. Perdimos, decía. Apagá la luz y listo.

La sentencia va a ser apelada. Las cosas pueden cambiar. Pero no sé. En estos años volví a ver a mi viejo pocas veces. Lo vi cuando se casó mi hermana y salió con un megaoperativo de custodios. Y lo vi en el velorio de mi abuela.

Los 24 de marzo siempre me duelen. Un día me anoté para hacer la visita en la ex ESMA. Fue muy fuerte. Me descompuse. Fue tremendo. Volví varias veces pero siempre es triste, como que no puedo dejar de ver sangre por todos lados aunque estén todos cantando. Ahora hacemos la caminata desde la ex ESMA hasta la Plaza de Mayo. Fue una idea de Máximo. Caminamos porque ellos caminaron antes. Empezamos el año pasado y yo no era la de las que estaba más a favor pero me di cuenta de que la experiencia era muy buena. Yo sé que se me hace muy difícil, pero también sé que estando con mis compañeros es la única manera de llevarlo. Ver a mi hijo ahí me pone contenta.

El Cohete a la Luna

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