Los socios del desarrollo

El golpismo desenfrenado en el contexto de la nueva guerra fría, ahora contra China

Por Ricardo Aronskind

La foto de los invitados al acto oficial por el 9 de Julio desató una serie de debates relevantes en el campo nacional y popular. La preponderancia de representantes conocidos de las principales corporaciones empresarias, motivó un intercambio profundo sobre qué características debería asumir un proyecto económico de desarrollo, y quiénes deberían ser los protagonistas de ese tan esperado y postergado proceso de transformación.

La discusión se da también en el contexto de una muy agresiva campaña de ataques desde la derecha contra el gobierno nacional y absolutamente todo lo que haga y diga. En ese sentido, algunos analistas entendieron al acto como una demostración de que actores económicos de peso estarían en diálogo y mantendrían relaciones fluidas con el gobierno nacional.

Es interesante señalar que las dimensiones políticas y económicas del acto oficial parecieran estar en contraposición. Si políticamente puede ser visto como un exitoso ejercicio de defensa frente al hostigamiento derechista con claros fines destituyentes, desde la economía política se puede entender como una convocatoria a viejos actores de sucesivos fracasos argentinos. Sin ir más lejos, haber sido los sostenes desde el ámbito económico del inviable proyecto macrista.

La tensión entre ambas dimensiones de la foto del 9 de julio, nos conduce a pensar la estrechísima relación entre economía y política en la Argentina actual.

Golpismo desenfrenado en acción

Todavía no tiene las dimensiones suficientes para sembrar la alarma, pero es evidente su lógica destituyente. Se trata de una campaña sistemática de acción contra el gobierno del Frente de Todos, en la cual se utilizan todos los recursos para denigrar al gobierno, a sus autoridades, a sus políticas, y a su base social. Por ahora esto se desarrolla desde los principales medios de comunicación, en las redes sociales, y desde la Cúpula de Juntos por el Cambio, logrando ocasionalmente convocatorias de fanáticos al espacio público con los más diversos argumentos.

Toda la argumentación es denegatoria de la legitimidad del actual gobierno, de sus valores y de los intereses que representa. No hay espacio para la conciliación, para el diálogo o para el respeto. La violencia discursiva es constante, y tiene una función de amedrentamiento y de arrinconamiento del gobierno y de los sectores populares. Es un discurso pleno de desmesura política, de exceso y de exageración, caracterizado por la mala interpretación sistemática de cualquier hecho que ataña al oficialismo.

El gobierno es tratado como “el mal”, tal cual como fue tratada Cristina Fernández de Kirchner, que lleva sobre sus espaldas más de 12 años de demonización sistemática.

Razones para desear la caída rápida del gobierno popular no le faltan a ciertas franjas de la derecha: si prosperaran algunas de las numerosas causas judiciales en marcha, o si avanzara la propia reforma del poder judicial, o se afianzara la verdad en el espacio público, parte de su andamiaje delincuencial y de la impostura de su léxico republicano podría quedar expuesto, y varios de sus principales líderes quedarían fuera de la competencia política.

Si la voluntad destituyente desde los sectores mencionados es clara, los protagonistas de la escena política han decidido actuar como si viviéramos en una democracia consolidada. El propio Presidente de la Nación minimiza estos hechos y prefiere remitirlos a exabruptos o malos comportamientos que no tendrían cabida en nuestra sociedad.

Pero lo cierto es que la permanente agresividad discursiva de la derecha no es neutra políticamente. Tiene un impacto significativo sobre la forma de pensar y de comportarse del campo popular, tanto en el gobierno como en el llano. El acto del 9 de Julio y sus consecuencias constituyen un muestrario del efecto muy negativo que logra la permanente hostilidad de un sector radicalizado de derecha, sobre los grados de libertad que está dispuesto a usar el propio gobierno nacional.

Empresarios buenos y políticos malos

La democracia renacida en 1983 se construyó sobre un principio falso: la separación completa entre actores políticos y actores económicos.

Así se pudo separar, en la interpretación histórica, a los militares –que serían los malos- del entramado civil que promovió, apoyó y usufructuó de la dictadura. Ese libreto fundacional, tan exitoso en ocultar a los ojos de la sociedad el comportamiento político del alto empresariado local –con la clara colaboración de los propios partidos políticos-, se fue repitiendo en sucesivos episodios: en la hiperinflación de 1989 se ocultó la participación de los actores económicos en la desestabilización del gobierno radical; durante los ´90 se ocultó que la corrupción menemista era un componente menor de la corrupción empresarial para hacerse con porciones del patrimonio nacional; De la Rúa prefirió inmolarse, ocultando la estafa de la convertibilidad, antes que perjudicar a los señores banqueros; y el kirchnerismo pasó sus peores momentos en relación a lo que quiso hacer, o que dejó de hacer, en relación a fracciones del poder económico. El macrismo fue la copia fiel de las demandas –incongruentes e inconducentes- de muchos de quienes estaban sentados el 9 de Julio cerca del Presidente de la Nación en nuestra fiesta patria.

¿No hay otro empresariado en la Argentina que éste, cuyas obsesiones pasan interminablemente por la flexibilización laboral, la precarización del trabajo, la reducción de impuestos y el achicamiento del sector público? Lo hay, pero el gobierno, así como dejó afuera de la foto a lo mejor del sindicalismo, también olvidó a actores económicos con importante potencial productivo e innovador. Podemos hipotetizar que, para restarle proyección al violento movimiento destituyente, optó por aferrarse a símbolos tradicionales del poder empresario.

Puede ser una convicción sensata del gobierno la necesidad de dialogar con estos sectores, y buscar en la medida de lo posible puntos de acuerdo productivo. Pero sería un error dejar de formular sus propias prioridades en materia de desarrollo nacional, dada la pobreza del horizonte estratégico de las cámaras representadas en esa ocasión.

Pero además surge la incómoda pero necesaria pregunta sobre si existe un compromiso genuino del alto empresariado con la democracia, o sólo cuando el sistema político está subordinado a sus propias exigencias.

Se sabe que una campaña destituyente permanente y masiva como la actual requiere de fondos. ¿De dónde surgen? ¿Quién sostiene, financia y coordina la masa de agitadores mediáticos que predican los comportamientos antipandemia, la sospecha sobre toda acción pública, y la difusión de rumores incesantes de caos económico e hiperinflación? Toda esa actividad no podría desarrollarse sin el aporte de cuantiosos fondos. ¿De dónde salen?

La estrategia política del gobierno debe evitar entrar en una deriva política ya conocida, y fracasada: se trata de una suerte de intercambio a la Alfonsín entre duración institucional y vaciamiento del proyecto democrático. Mientras el golpismo muestra todos los días su furia incandescente, las corporaciones reclaman, moderadamente, que se adopten sus demandas.

Fuego enemigo

Las características del diseño del acto dispararon valiosas polémicas y cruces de puntos de vista en el marco del Frente de Todos. La prensa opositora mostró inmediatamente una de sus mayores habilidades: poder encontrar una expresión completamente distorsionante de la realidad, que sintetice su punto de vista, y repetirla hasta que los propios adversarios la adopten.

Esa expresión fue la de “fuego amigo”. Hace ya tiempo que una suerte de lenguaje militar se ha introducido en el análisis político con muy malos resultados para la comprensión de la realidad. “Cuarteles, bunkers, bombardeos, ultimatums, etc” forman parte de los condimentos del amarillismo periodístico convencional.

Más exacta, en cambio, es la expresión “periodismo de guerra”, en el sentido de una acción comunicacional sistemática apuntada a la destrucción de un objetivo político “enemigo”. Además, la conceptualizó uno de sus protagonistas.

La maniobra política de la comunicación de derecha fue transformar un debate legítimo, y bienvenido en democracia, en una encarnizada batalla de actores políticos enzarzados en miserables peleas de poder, con el único objetivo de tener poder por sí mismo.

“Fuego amigo” condensa, extraordinariamente, la hipótesis del rejunte –no habría coherencia alguna dentro del Frente de Todos- con la idea de la confrontación latente y terminal entre Alberto y Cristina. Todo se reduciría a egos, ambiciones, perfidia y maldad. Toda opinión, comentario o argumento se contabilizaría en algún bando que está buscando “posicionarse” para ganar alguna mezquina batalla interna. Todo muy miserable, y porque sí.

Que es una buena forma de decir que cuanto antes esta gentuza salga del gobierno, mejor.

Versión de la realidad esperable, desde el punto de vista de la derecha destituyente, pero lamentable cuando eso hace eco en las propias filas del espacio oficial. Nadie debería tener miedo a discutir, ni a disentir, ni a aportar. El Presidente mismo muestra permeabilidad a diversas opiniones.

Por otra parte nadie del espacio popular se ha manifestado en el tono irrespetuoso, hostil y dañino que los medios opositores muestran constantemente. Por lo tanto, hay que archivar esa expresión comunicacional de la derecha destituyente. No hay fuego amigo, sino debate válido. Sólo hay fuego enemigo.

La nueva guerra fría ya está aquí

Bajo el llamativo título de “No queremos transformarnos en una factoría de cerdos para China, ni en una fábrica de nuevas pandemias”, circuló un documento emanado de un conjunto de agrupaciones ecologistas, académicos e intelectuales, para rechazar la posibilidad de un acuerdo entre la Argentina y China para producir masivamente cerdos con destino al gran mercado asiático. No cabe duda de que el tema ecológico debe empezar a ser abordado seriamente, e incorporado como una dimensión necesaria en todas las decisiones de políticas públicas argentinas. No es anecdótico, ni una veleidad de intelectuales, es una cuestión de supervivencia de la tierra y será, además, un gran ítem económico internacional en los próximos tiempos.

Pero llama la atención la forma en que el tema fue presentado a la opinión pública argentina, y la oportunidad en que se hace. El título sostiene que seríamos una factoría “para China”, a su vez asociada a “fábrica de nuevas pandemias”. El Departamento de Estado de los Estados Unidos no lo podría haber redactado mejor.

El país tiene que saber que estamos en presencia del lanzamiento, a nivel global, de una nueva guerra fría, con todas las de la ley, entre Estados Unidos y China. La confrontación se está desarrollando, al igual que la vieja guerra fría entre USA y la URSS, en todos los terrenos y niveles –el comercial, el tecnológico, el diplomático, el financiero, el comunicacional, el de política interna del enemigo, el de las “zonas de influencia” geopolíticas, etc-.

Y al menos los norteamericanos –mucho mejor dotados y experimentados para esta nueva guerra fría que los chinos- están utilizando todos los recursos que tienen a su disposición a lo largo y ancho del planeta, que son múltiples y diversos, para doblegar a su rival.

Como es la regla en este tipo de mega-campañas, todo argumento será válido para azuzar contra la potencia asiática. El nombre China debe ser demonizado, asociado a “lo peor”, siendo “lo peor” lo que para cada consumidor de propaganda norteamericana sea lo peor. Mientras funcionarios norteamericanos recorren la región agitando el anti-imperialismo… chino, la prensa local satelital a Estados Unidos ya produce sistemáticamente noticias e interpretaciones sobre la malicia china. Lo mismo ocurre en las redes: el antisovietismo ha trocado en antichinismo.

El Presidente norteamericano encabeza la campaña mundial, con la consigna del “virus chino”, refiriéndose a COVID19, proponiendo sancionar a ese país, al Partido Comunista Chino y al Ejército Popular de Liberación por la expansión mundial de la pandemia. Si ese argumento prosperara, los pasos siguientes serían juicios monumentales –seguramente en tribunales norteamericanos- contra el gigante asiático, y sanciones comerciales severas contra ese país tendientes a provocarle una crisis interna, que serían aplicadas por la famosa “comunidad internacional”, rebaño de países conducidos por un pastor conocido.

No es la primera vez que la Argentina es sometida a este tipo de dilemas. En el siglo veinte se vio enfrentada a opciones dramáticas frente a conflictos que se desarrollaban en otros escenarios. Si nuestro país es capaz de aprender algo, es que debería leer sin ingenuidades los intereses de los actores en juego, y hacer lo que a esta altura de la degradación del debate público parece una hazaña: reconocer cuáles son sus propios intereses en este rompecabezas.

El drama de la relación norteamericana con su patio trasero lo conoce cualquier persona sin anteojeras ideológicas: hace décadas –desde la Alianza para el Progreso- que esa potencia no es capaz de formular una propuesta atractiva, hegemónica, hacia nuestra región.

El famoso ALCA era un tratado completamente favorable a los estadounidenses, que no contenía ningún tipo de incentivo relevante para que las naciones sudamericanas pudieran poner alguna esperanza en su concreción. En los últimos años esta relación “de suma sub cero” se ha deteriorado aún más, y Estados Unidos ha favorecido ostensiblemente en nuestra región la implantación de gobiernos de derecha totalmente subordinados a sus mandatos, sin ninguna contrapartida en términos de inversiones –sean privadas o públicas-, acceso sin restricciones al mercado norteamericano, asociación a empresas dinámicas globales o alguna forma visible de progreso. Subordinación y dependencia a cambio de nada.

En el escenario de la nueva guerra fría, la política norteamericana se volverá crecientemente asertiva, presionando para que la región se deshaga nada menos que de su principal socio comercial global –precisamente el enemigo central norteamericano-, pero sin ofrecer ningún reemplazo a todos los aspectos ventajosos de la relación latinoamericana con China. La misión para la primera potencia parece complejísima, porque si bien las élites regionales están completamente entregadas a los norteamericanos desde el punto de vista ideológico, cultural y diplomático, tienen sus negocios –importantes- con China. El escenario es más que complicado, y hay que pensar criterios inteligentes frente a dilemas que encuentran por enésima vez a América Latina en una situación de fragilidad.

En nuestro caso particular, la endeblez económica generada por la reiteración de los experimentos neoliberales nos pone en el papel de ser mendicantes de inversiones internacionales. Los grandes capitales locales que perfectamente podrían efectuar parte de esas inversiones, han hecho en las últimas décadas una opción por la fuga sistemática de capitales. Ni el macrismo, que fue su gobierno, los convenció de lo contrario.

Todo el episodio de la eventual producción de carne de cerdo para exportar a China no hace más que poner de relieve la necesidad de un proyecto productivo nacional consensuado de largo plazo, que nos permita generar empleo, democratizar el tejido productivo, cuidar el medio ambiente, complejizar nuestro perfil exportador y remover la restricción externa al desarrollo.

Gran debate a futuro que debe ser entre todos. Pero todos, son todos.

El Cohete a la Luna

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