Los verdugos

Por Graciana Peñafort

Escribo esta nota en la cueva hermosa que tengo asignada en el Senado de la Nación desde hace unos días. Es amplia, luminosa, da a una plaza y si no fuese porque el baño está a 50 metros, seria perfecta.

Tengo una oficina más señorial en el palacio. Algo así como mi público despacho. Cuestiones de cercanía operativa y papeles me sujetan a la oficina del palacio. Pero gustar, me gusta esta oficina en el anexo. Acá esta la gente que trabaja conmigo. Acá mis papeles y mi coca light. Y acá, a cierta hora ya casi no quedan personas, y me puedo sacar los tacos y subir los pies a una silla. Como ahora. Y tal vez prender un cigarrillo. Solo tal vez.

Escucho la primera sesión del Senado conducido por CFK por circuito cerrado. Discuten la ley de emergencia. Anoche escuché horas el debate en Diputados. Podría hacer una diatriba sobre el cinismo infinito de algunos opositores. Que discutían y discuten hoy en el Senado la emergencia en la que quedamos después del calamitoso gobierno de Mauricio Macri. Me gustaría que vinieran de este lado de calle Yrigoyen a esta hora nocturna y verían las caras humanas de la emergencia que existe y es tan real que duele. Verían el hambre buscando en tachos de basura algo de comida. Verían la noche sin techo a la que se aprontan muchas familias, acá mismo, en las puertas solemnes de la Biblioteca del Congreso. Verían a los viejos y a los pibes sin amparo alguno. Verían todo cuanto no ven cuando se embanderan contra un impuesto a las compras en dólares. Verían lo que no ven cuando dicen que no hay emergencia. Y verían lo que no ven cuando se niegan a votar una ley que con toda razón y justicia se llama de solidaridad.

Hace un rato vino por un café Martín, productor de un documental sobre el fiscal Nisman que estrenara Netflix el 1° de enero de 2020. Lo espero con ansiedad. Para ese documental un ya muy enfermo Héctor Timerman dio una entrevista. Fue una de las últimas veces que lo vi sonreír. Espero que el documental le haga justicia a mi querido amigo. El poder judicial argentino a la fecha ha omitido hacer eso con Timerman, hacer justicia.

El Congreso sesiona en extraordinarias, yo aprendo los códigos de todo esto tan nuevo. Código para la computadora. Código para la puerta de la oficina. Y donde quedan las oficinas en ese bellísimo y bastante laberintico edificio. Hoy pasé cerca de 20 minutos buscando el bloque radical para llevarles unos papeles. Pero mientras todo eso pasa, el resto del mundo sigue girando.

 

 

Cuentagotas

Y gira extraño y enloquecido en lo que es mi otro mundo. El de los tribunales argentinos. Que todavía recorro. Y los hechos se suceden en cascada, hechos que con muy poco esfuerzo se unen con líneas claras en causa y consecuencia. Hace un tiempo el consejo de fiscales que debía expedirse sobre la situación de Carlos Stornelli. Y luego de estirar los plazos para expedirse hasta el término de lo francamente ridículo, finalmente se expidió aconsejando remover al fiscal en atención a su rebeldía contumaz. Rebeldía que cesó súbitamente cuando impulsado por la inminencia de su remoción, finalmente Carlos Stornelli concurrió a Dolores y brindó su declaración indagatoria.

Desde hacía varios meses los siempre atentos jueces preveían este final. Por eso con pausa y prudencia decidieron evitar el impacto de los hechos de Stornelli sobre los propios jueces. Ya en 2018, camaristas de Py decían que el destino de la causa Cuadernos era incierto. Por eso y con cuentagotas empezaron a liberar a los detenidos. Nadie quería hacerse cargo de detenciones que se preveían prolongadas en el tiempo casi hasta la eternidad. Luego que saliera a la luz el caso D’Alessio el ritmo de liberaciones se aceleró. El macrismo pataleaba desde los medios de comunicación y presionaba a los tribunales. Pero de pronto era como intentar sostener un puñado de agua. Algo que era cada vez más inútil. Recuerdo aun lo que pretendió ser la máxima demostración de fuerza del macrismo, que fue aquel acto en el que sentaron a Stornelli a una silla de Macri en un acto militar. Esa fue su máxima demostración de fuerza e impunidad. Pero solo mostró su extrema debilidad. Tanto del macrismo como del propio Stornelli. Hoy ya no quedan detenidos por la causa Cuadernos.

Y de pronto algunas vacas sagradas dejaron de ser tan sagradas. Pienso en que hace unas horas una Sala de Casación apartó a Claudio Bonadio de una causa que involucraba a Cristina Fernández de Kirchner. Y hace dos días procesaron a Stornelli en la causa de Dolores.

También procesaron a Aranguren y a Laura Alonso. E imputaron formalmente a Dante Sica, al ex secretario de Empleo, Fernando Premoli, y el diputado Ricardo Buryaile, junto con otros cinco funcionarios por el famoso subsidio que pretendían distribuir en forma previa a las elecciones. Y el ex procurador Carlos Balbín declaró en la causa de las autopistas de Macri señalando que él, como procurador, se opuso a la fraudulenta demanda de la empresa de Mauricio interpuso en el CIADI. Y cuyo desistimiento fue la excusa para pagarle una suma sideral de dinero a la empresa presidencial. Su dictamen que estaba perdido aprecio mágicamente. Y hoy en Py, hacen equilibrios con la causa Correo Argentino. Y podría seguir con la lista, pero es inoficioso.

Hasta acá nadie se sorprendería. Es el ritmo biológico de Py. Siempre duro con los perdedores. Y voy a decir esto por vez número mil: eso está mal. Perder las elecciones NO anula las garantías constitucionales de los perdedores. Ni destruye el estado de inocencia que consagra la Constitución para todos, sin distinguir entre vencedores y vencidos.

No festejo la reiteración de este ritmo biológico tan acomodaticio como detestable. El poder judicial debe investigar, pero nunca perseguir. Como solo soy una oscura abogada no puedo asegurar la inocencia o la culpabilidad de quienes han sido y seguirán siendo opositores políticos. Porque no soy juez. Ni pretendo serlo. Pero sigo siendo abogada. Gobierne quien gobierne.

Y aunque muchos de los que he citado no son parte de mis afectos, sino más bien están en las antípodas, si tengo una obligación. Que es no mirar mis simpatías para opinar.

He pasado los últimos años defendiendo a los que fueron derrotados en 2015. Reclamando para ellos y ante este mismo poder judicial, la plena vigencia de las garantías constitucionales. Y el estado de inocencia, que no quedó derogado en 2015 (aunque este poder judicial actuó como si en efecto lo hubiese sido) y tampoco quedó derogado en las elecciones de 2019. Aunque me cueste.

Porque como muchos en este país, estoy enojada con el gobierno de espanto e impiedad que tuvimos estos cuatro años. Pero más enojada estoy con el poder judicial. Y más enojada estoy con todo lo que pasó casi desde siempre con el poder judicial. Y creo firmemente que tenemos que cambiarlo. Y que como pasa cada tanto en nuestra historia, tenemos una gran oportunidad. Y no quiero desaprovecharla.

La orgía que no debe ser

Esta oportunidad nacida del cambio político requiere sin embargo algunos esfuerzos. De los colectivos hablaré en otra nota. Pero voy a hablar de los individuales. Que consiste en no dejarnos caer en la orgía de odio y revancha que algunos proponen y que a veces parece tan fácil. Tan tentador. Hasta hay quienes opinan que sería justo. En términos de justicia poética. En términos de tomar un trago de su propia medicina. O evitar que los nietos de la Revolución Libertadora vuelvan a usar las herramientas democráticas para llevar adelante gobiernos pocos democráticos.

Pero la respuesta a esta oferta tan tentadora como ponzoñosa debe ser NO. Necesariamente debe ser NO. La reiteración del esquema de justicias diferentes para vencedores y vencidos es de todo menos Justicia. Eso solo deja víctimas. Eso solo genera más odio. Y eso solo genera más injusticia.

Además, ese modo circular de ejercer justicia enmascara al real verdugo, que no son ni los vencedores ni los vencidos. Son los jueces. Y cuando digo jueces, pretendo decir todo el poder judicial. Los jueces no podrían actuar como actuaron sin la necesaria complicidad de fiscales y defensores. Señalo entonces que al permitir el ciclo de injusticias sucesivas todos nosotros alternativamente vencedores y vencidos solo entronizamos a nuestros verdugos, siempre victoriosos.

Quiero ser justa en esto. No son todos los jueces, ni todos los fiscales ni todos los defensores. Todas las épocas tienen funcionarios judiciales justos. Todas las épocas tienen personas decentes. Todas las épocas tienen, inclusive estas que son hoy, el colega que vive del otro lado del mostrador que, como puede, intenta ser justo, te permite ver un expediente o simplemente te escucha cuando ya no tenés mas palabras, muda de bronca e injusticia. Yo recuerdo con especial gratitud a esos colegas del otro lado del mostrador. Los que abrieron las puertas de sus despachos cuando nadie más las abría. Hasta para invitarte un café en jornadas agotadoras. O pasarte un precedente perdido en los anales de los verdugos.

Pero estas excepciones – honrosas, dignas y también humanas- no alcanzan para redimir a la Sodoma y Gomorra del poder judicial. Como tampoco alcanza la súbita simpatía de los que no tenían piedad. Y no es que no celebre el cambio de época, pero siento que no alcanza. No alcanza para restablecer el equilibrio roto desde mucho antes que yo comenzara a caminar esos tribunales. Y mucho menos alcanza la suma de nuevas injusticias, ahora contra los vencidos para reparar el equilibro.

¿Pretendo defender a sujetos por los que siento nula simpatía, sujetos como Carlos Stornelli o Laura Alonso? No, no pretendo defenderlos. De ellos me separan y nos separan diferencias insalvables. Pretendo defendernos a todos. De los verdugos de siempre.

Por eso mismo voy a reclamar hasta el cansancio para ellos las garantías que reclamé y sigo reclamando hasta el cansancio y más allá, por cada persona que defendí y defiendo. Porque pretendo haber aprendido de estos años terribles.

Recordar cosas tan básicas como que un procesamiento no equivale a una declaración de culpabilidad. Que los acusados pueden producir toda la prueba que consideren necesaria. O no producir ninguna. Porque son los fiscales los que deben probar la culpabilidad. Que existe el debido proceso y el principio de juez natural. Que la libertad es la regla y que debe ser respetada. Que los procesos no pueden ser en sí mismos partes del castigo.

 

 

No es política sino moral

Yo no soy de los detractores de la grieta. Porque creo que existe y es real. Y creo que existe, pero no es política sino moral. No voy a construir un puente alfombrado de votos para situarme por una temporada del lado de los verdugos. Porque lo que no voy a aceptar de modo alguno es estar de ese lado. Del de los verdugos. Estudie abogacía no artes de verdugos. No pacto de complicidades. Abogacía.

Tengo la sensación inscripta en casi en el cuerpo que son tan peligrosos los cantos de sirenas como los cantos de verdugos. Y sus ofertas igual de peligrosas. Igual de crueles.

Y voy a seguir señalando a los verdugos. Porque quiero que dejen de orbitar en lugares donde deberíamos encontrar Justicia. No verdugos.

Quiero poder reclamar justicia a un poder judicial que sea justo. He recordado a lo largo de estos años que fue el peronismo, espacio político al que yo pertenezco el que salvó de la destitución a jueces como Claudio Bonadio. Acusado de desviar y demorar la investigación de la AMIA. Los verdugos no aprenden, señores. Los verdugos son siempre verdugos. Siempre.

Quiero que cada acusado en este país reciba un trato justo. No me importa quién sea ni que hizo. Que, si es sometido a juicio, sea un juicio justo. Que, si es condenado, sea tratado con el respeto que merecen los condenados. Que no por culpables dejan de ser personas.

Y no es que no esté enojada. Y no es que no me cueste. Y no es que no me atraviese la historia y lo que vi de modo doloroso. Y no es que una parte de mí no odie lo que estoy diciendo. Porque soy humana y también tengo mis pasiones. Mis odios y mis amores. Pero no se trata de mí. Se trata de todos.

Precisamente porque estoy enojada. Precisamente porque me cuesta. Precisamente porque me atraviesa la historia y lo que vi de modo doloroso. Y también precisamente porque soy humana, es que quiero que el círculo infernal se rompa de una buena vez.

Porque lo que más deseo es que todo lo que pasó hasta ahora, no pase nunca más. Porque lo que más deseo es aquello que aprendí apenas entre en la Facultad de Derecho. Eso de no dañar al otro, vivir honestamente y dar a cada uno su derecho. Aquello que lo mismo en Roma que en Atenas y que espero que lo sea en la Argentina, en 2019 y en adelante.

Del otro lado ya se lo que hay. Ya lo sabemos todos. Y aprendí que es horrible. Y sus consecuencias irreparables.

Cuando digo esto, muchos me dicen que soy blanda. Yo creo que no. Porque para decir esto doy una de las perores peleas que alguien puede dar. La pelea contra uno mismo. Contra mis pasiones y mis vanidades. Contra mis furias y mis dolores.

Pero sino damos esa pelea, que es tan necesaria…y además la ganamos, yo me pregunto ¿Cómo carajo le vamos a ganar a la Injusticia?

El Cohete a la Luna

Un comentario

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