Los votos del hambre

Por Sebastián Plut*

Amplios sectores del electorado macrista, en forma oral o en la catarsis que habilitan las redes sociales, vociferan que prefieren votar a Macri y “cagarse de hambre” antes que CFK vuelva al gobierno. La discursividad individualista instalada en la subjetividad por el neoliberalismo implica que votar a un candidato bajo la consigna “prefiero cagarme de hambre” no es ni más ni menos que elegir que me (nos) maten.

No es nueva la frase, aunque en la turbulencia pre-eleccionaria parece haber tomado un nuevo envión. Numerosos votantes macristas, en forma oral o en la catarsis que habilitan las redes sociales, dicen (o hacen que dicen, que asumen) que volverán a votar a Mauricio Macri aunque se “caguen de hambre”. Sí, vociferan que prefieren cagarse de hambre con tal de que CFK no vuelva al gobierno.

Dije previamente que hacen que dicen pues es indudable que sólo repiten o reproducen una expresión que fue instalada desde otro lado, desde alguna usina discursiva, y que pese a su sentido desquiciado y mortífero intrusa la mente de quienes adhieren al actual gobierno.

Insisto, no parece tratarse sencillamente de una febril ocurrencia singular de algún ciudadano, pues la repetición uniforme del desquicio revela su origen, o digámoslo así, evidencia que es parte de una campaña.

Prima facie, o en estado de inermidad intelectual, asombra tamaña entrega o, más bien, espanta la presunta apelación sacrificial. ¿Hay, realmente, entre nuestros conciudadanos un número significativo de ellos dispuestos a morirse de hambre con el fin de que Mauricio Macri vuelva a ser Presidente de la Nación? ¿Pueden tales ciudadanos, luego de semejante proferencia, seguir adjudicando el mote de fanatismo a quienes se dicen populistas?

Si tal cosa fuera efectivamente cierta se impone retornar a Emmanuel Levinas, no sin cierta desazón, cuando tempranamente vislumbra la filosofía del hitlerismo y advierte que “las potencias primitivas que se consuman en ella hacen que la fraseología miserable se manifieste bajo el empuje de una fuerza elemental… Pone en cuestión los principios mismos de toda una civilización” (1).

Entonces, ¿qué se esconde –o qué sentidos podemos desentrañar- tras esa fraseología miserable? Sea en su inverosímil espontaneidad o en su ocultada factura performativa, la expresión “prefiero cagarme de hambre” hace palidecer hasta al voto monástico de pobreza. Cual remedo de Los juegos del hambre, aquella frase hace ostentación de la injuriosa devastación a la que nos condujo el gobierno de Cambiemos. Acto de burla triunfalista que con su rostro más cruel no oculta que tras la mentada meritocracia se revela lo que hemos dado en llamar la moritecracia, neologismo que procura revelar los meandros del gobierno de lo mortífero (2).

Hay en esa instrucción, que induce a preferir la inanición, una primera e inmediata revelación: quien la pronuncia reconoce, sin más, de qué se trata la política del actual gobierno. Quizá una confesión, o una declaración de principio, que afirma ominosamente aceptar y votar a quien lo hambrea.

No se trata de la denuncia u objeción de los sectores opositores, de quienes exhiben las palmarias consecuencias del neoliberalismo, sino de la asunción gozosa de quienes, aun cuando se incluyen entre los arrasados, aplauden la destrucción. No alcanza, para comprender este caos, la figura que conocemos como victoria pírrica. Festejan, por caso, cómo unos pocos tramos de asfalto justifican el hambre de cada vez más sujetos.

No excluyamos de la escena una posible e importante cuota de cinismo. En efecto, intuimos que una cantidad no desdeñable de quienes, cual mantra, corean “prefiero cagarme de hambre”, comprende a muchos argentinos que lejos están de padecer la urgencia de la autoconservación insatisfecha. Es probable, sí, que para muchos de ellos no sea más que el cántico procaz de quienes se sienten ajenos al abismo alimentario.

Muy cerca de esto último, pues, se identifica la eficacia del rasgo más específico de la retórica gubernamental: la banalización. Cual si se tratara de un juego cruel, la fraseología miserable se apropia –solo discursivamente- del hambre y lo trata bajo la misma relevancia que podría tener la adquisición de un teléfono celular de última generación. Y no sienten el más mínimo pudor.

Como no podía ser de otro modo, no está ausente aquí el gen neoliberal, esto es, el individualismo. ¿Cómo explicarles a estos votantes en qué consisten las elecciones y las políticas públicas? ¿Cómo transmitirles que no es admisible privatizar la tarea estatal de decidir el hambre de la población? Optar por un candidato presidencial nunca es una decisión mía, individual, y cuyos efectos son solo para mí. Lo planteo de otro modo: yo no aprobaría que alguien decida, para sí, cagarse de hambre, pero hasta allí es una mera decisión singular, tal vez cercana al “cada quien hace de su c… un pito”. Elegir un gobierno es muy diferente, es una decisión cuyas consecuencias alcanzan a toda la población. ¿No es más que irresponsable, entonces, que si yo estoy dispuesto a pasar hambre suponga que puedo arrastrar a tantos otros hacia el mismo desenlace?

Reitero, se manifiesta allí el espíritu de la privatización y del individualismo, la sombra de un solipsismo feroz y desalmado capaz de arrogarse el derecho de empujar a millones según lo que indica la brújula de mi particular masoquismo.

La banalización antes mencionada incluye eufemismos desvergonzados y metonimias de cartón. Hasta los mismos funcionarios del oficialismo refieren, por ejemplo, su preocupación por quienes “no llegan a fin de mes”. Pero, ¿qué es no llegar a fin de mes? ¿Lo imaginan, acaso, como una competencia en la cual algunos no alcanzan la meta y que el primer día del mes siguiente se renueva? No llegar a fin de mes es dejar a los chicos sin su escuela, es no comer, es perder la cobertura médica, dejar de aportar a la jubilación, y tantas otras escenas dramáticas que se pretenden desdibujar bajo el pseudorealismo de lo que se afirma.

Y similar cuestión se configura en el cagarse de hambre. Para arribar a este lema de campaña deben operarse dos deslizamientos que no cuesta mucho detectar. Quien se conduce por esa vía quizá ignora, o quiere hacerlo, que de hambre no se cagará sino que se morirá; y a su vez, quien eso decide entroniza al interlocutor destacado para su masoquismo, pues no es que se morirá sino que lo estarán matando. Votar a un candidato bajo la consigna “prefiero cagarme de hambre” no es ni más ni menos que elegir que me (nos) maten.

Para finalizar, recordemos aquello que sostuvo Freud (3) en su afán de comprender el enigma del masoquismo, y sobre el cual afirmé que constituye un punto ciego de las ciencias sociales. Pero ahora importa lo que señaló Freud, a saber, que para muchos sujetos el goce en el sufrimiento psíquico solo disminuye por una enfermedad orgánica, un matrimonio infeliz o un quebranto económico.

Referencias:

(1) Levinas, E.; (1934) Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo, Ed. FCE, pág. 7.
(2) Plut, S.; (2019) “La moritecracia”, La Tecla Eñe. https://lateclaenerevista.com/la-moritecracia-por-sebastian-plut/
(3) Freud, S.; (1924) El problema económico del masoquismo, Vol. XIX, Amorrortu Editores.

Buenos Aires, 25 de junio de 2019

*Doctor en Psicología. Psicoanalista. Autor de “El malestar en la cultura neoliberal” (Ed. Letra Viva)

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política, ideas, cultura y otras historias
Editor/Director: Conrado Yasenza
http://lateclaenerevista.com

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