Luz de mi vida, fuego de mis entrañas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Liliana Blum

Foto: Lisbeth Salas, El País

La última vez que Ana vio a su padre fue cuando lo sacaron esposado de la casa. Diciendo muchas malas palabras, de las que le prohibían decir a ella, un policía gordo le dio un empujón que casi lo hace caer sobre la banqueta. Después lo subieron a una patrulla que comenzó a moverse casi en el mismo instante en que se cerró la puerta. Desde la ventana de la sala, ella se asomaba a través de una mínima abertura entre la cortina y el marco. Los ojos de su padre hicieron contacto con los suyos y una sonrisa intrépida, brevísima, transitó de él a ella, como un pájaro que levanta el vuelo y se pierde. El vehículo se alejó y Ana se quedó con sus cinco años, su nueva orfandad, los ojos húmedos y la mano fría de su madre que apretaba la suya.

Es la hora de la salida y hace mucho calor: Ana levanta los brazos para sacarse el suéter del uniforme, dejando al descubierto su vientre adolescente. Se reacomoda el cuello de la blusa y se da cuenta de que alguien la observa más allá de la reja del colegio. Afuera todo es caos de niñas que corren y gritan, señoras con grandes camionetas que se estacionan en doble fila sin hacer caso del sistema establecido por las monjas para recoger a las estudiantes, cláxones impacientes, vendedores de frituras y golosinas. Ese hombre, recargado contra una pared y con un cigarro en los labios, se enfrenta al mundo con intransigencia, con la dureza de quien nunca se ha quebrado, de quien ni siquiera posee ranuras. Está vestido conjeans, playera negra, y botas; le sonríe a su hija y le hace una seña para que se acerque. Es él. ¿Cómo no reconocerlo? Los adultos permanecen casi iguales con el paso del tiempo, salvo un poco más desgastados. Es él.

Ella no se pregunta mucho más. Es como si llevara toda su vida esperando por esto. En realidad muchas veces imaginó que se lo encontraría en el parque, en el supermercado, a la salida de la escuela. Papá sabría dónde y cómo encontrarla. Unas cuantas veces llegó a soñar que lo veía, pero él no podía reconocerla a ella. Sí, lo había estado esperando aunque no tuviera esa certeza hasta ahora. Ana sonríe. A pesar de que el reglamento indica que las estudiantes no deben salir de los territorios del colegio a menos que sus padres o personas autorizadas hayan llegado por ellas, en la práctica es distinto. Es imposible para las monjas comprobar que las casi mil alumnas abandonen el lugar con quien deben, y el esfuerzo principal se concentra en las niñas de primaria, no en las de secundaria.

Ana se amarra el suéter a la cintura, toma su mochila y se la echa a la espalda: una de sus amigas, que hasta unos segundos antes se examinaba las uñas con intensidad, le pregunta a dónde va, pues no ve el coche de su madre. Hoy vino mi papá por mí, dice, y sale con determinación por la puerta antes de que su amiga pregunte algo más. Llega hasta él y sin titubear se cuelga de su cuello y lo besa, igual que hace ocho años. Se aleja un poco y lo observa con detenimiento: es guapo, como lo recuerda, pero con bolsas de aburrimiento bajo los ojos y un gesto de desaprobación que se esconde en las cornisas de su boca. Tiene algunas canas en el cabello oscuro y en la barba, pero sigue pareciéndose a ese papá que ha extrañado cada día desde entonces y que ahora tiene un casco negro y brillante en la mano.

—Vámonos —dice él y la toma de la mano, como si le urgiera alejarse de la escuela. Caminan por la banqueta, dan vuelta en la esquina y llegan hasta donde está estacionada una motocicleta que a ella le parece enorme.

—¿Es tuya?

Por toda respuesta, su padre toma el casco y lo pone sobre la cabeza de su hija, se sienta y le indica a Ana que suba tras él. Ella obedece y trepa al asiento, no pregunta a dónde van y se abraza al cuerpo de ese hombre que había estado como muerto durante tantos años.

Ahora Ana está sentada frente a su padre, en un gabinete de un restaurante de cadena, junto a la ventana. Tiene el menú en las manos, pero no puede concentrarse en leer. Sonríe nerviosa, feliz y desconcertada. No quiere ser la primera en hablar, porque en realidad no sabe qué decir. Pero ese lunar que parece una cucaracha en el cuello de su padre la obliga a preguntar.

—¿Y eso? —señala hacia la yugular tras su cuello grueso se cubre de púas a medida que sube hasta la cabeza.

—Un tatuaje —dos de los dedos de papá se posan en el lugar de la cucaracha, tal vez con nostalgia, tal vez buscando un pulso—. Una banda que me ayudó a sobrevivir allí.

Ana sabe que allí significa la cárcel, pero no se atreve a preguntar más. Durante todo el tiempo en que ella no tuvo padre, muchas personas le ofrecieron versiones terroríficas de lo que les pasa a los «criminales como él tras las rejas». Ella nunca supo por qué le contaban eso: ¿para consolarla o para sumirla aún más en el dolor? ¿Que no sabían lo mucho que ella lo amaba? Quizá para complacer a su madre, que no se cansaba de recordarle las razones vergonzantes por las que su exmarido había sido arrestado. ¿Las creyó alguna vez? Ana observa los brazos velludos de su padre y una ola de ternura la recorre por dentro. No se trataba de creer o no creer. El hombre que ella conocía no era ese de quien hablaban los demás.

Una mesera regordeta se acerca para tomar la orden. Ninguno de los dos habla. El bolígrafo en la mano de la mujer hace clic una y otra vez con impaciencia, pero sus ojos se escudan detrás de esa amabilidad profesional que adquieren las meseras a lo largo de los años.

—Una hamburguesa doble con queso y papas fritas —dice él al fin y Ana pide lo mismo, solo que en lugar de cerveza, una Coca-Cola. Su comentario le arranca una carcajada a su padre: de pronto, esa hambre que por años la condujo por la vida buscando complacer a los tíos, a los padres de sus amigas, a los maestros, llevándola como un perro callejero a cualquier par de brazos abiertos y palabras de aprobación, se sacia por completo con aquella risa masculina.

Los dos comen sus hamburguesas entre risas y anécdotas escolares de ella, que intenta ponerlo al corriente de su vida: habla de sus compañeras de clase, de sus amigas, de las que detesta, de la directora aborrecible, de las maestras incomprensivas, de la carga de trabajo. Por una razón que no podría explicar prefiere no hablar del chico que le gusta y que le preguntó a través de un amigo si quería ser su novia. Tampoco habla del grupo juvenil cuyos integrantes hacen que ella y sus amigas fantaseen despiertas durante el día. Papá asiente, sonriendo, haciendo preguntas pertinentes a las que ella contesta con entusiasmo. Nadie le había puesto jamás la atención que su padre le pone ahora.

—Ana Banana, ¿y qué cuenta tu mamá?

Él empuja su plato vacío hacia adelante y muestra la botella de cerveza vacía a la mesera para que le traiga otra igual. Ana se sorprende por esa pregunta tan fuera de lugar, pero también por escuchar el nombre con el que él solía llamarla hace años; permanece en silencio. Sabe que si contesta la pregunta y menciona a mamá van a dirigirse hacia una conversación que no quisiera tener. La mesera se acerca con la cerveza y ella pide un banana-split de postre.

—Todas mis compañeras están obsesionadas con bajar de peso, pero yo no —dice orgullosa.

—¿Y tu mamá? ¿Está saliendo con alguien más?

Ella se muerde el labio inferior. Detesta a su madre más que a nadie. No va a decirle a él que hay noches en las que no duerme porque solo puede pensar en todos los accidentes que desearía le sucedieran, pero tampoco va a protegerla ni a hacerla quedar bien frente a su padre. Siente que odia todo lo relacionado con esa mujer: desde el tono de su voz, la forma temeraria y apurada en la que se mueve siempre, hasta la vivacidad de sus gestos, que para Ana resultan siempre absurdos y falsos.

—A veces.

—¿Cómo que a veces? —la frente de papá se frunce dando la impresión de que tiene un par de antenas entre las cejas.

—A veces sale con hombres, pero nunca me ha dicho: Fulanito es el hombre de mi vida.

Su padre lanza un gruñido antes de darle un sorbo profundo a su botella; la cara de Ana se contrae en una sonrisita fugaz.

—Siempre que se enoja con uno y lo bota dice: será un árbol distinto, pero es la misma mierda de pájaro de siempre. Algo así. No sé qué quiera decir.

La cara de su padre se ha vuelto sombría ante aquella inocencia tan mal fingida. La mesera trae el postre y él pide la cuenta. Ana comienza a comer con parsimonia, despacio. Los ojos de él parecen decir «apúrate», pero guarda silencio y se limita a tamborilear los dedos sobre la mesa. Sus ojos se posan más allá de su hija, en algún lugar más allá de la ventana.

Salen del restaurante y la luz de la tarde los ciega. En silencio suben otra vez a la motocicleta, que ruge y se dirige a algún lugar que Ana desconoce, pero que no importa. Se aprieta al cuerpo de su padre y aspira el aroma a humo de cigarro, a la loción que recuerda aún, y a su piel, su olor personal que la tranquiliza. Desde allí, la ciudad se ve distinta: a pesar de que es el mismo tráfico, el espíritu que la rodea es otro. No siente ni soledad ni ganas de suplicar por algo que no atina a enunciar; ahora experimenta solo felicidad y la sensación de haber terminado algo importante. Sumida en sus pensamientos, Ana tarda en darse cuenta que ya están en las afueras de la ciudad y que han tomado una pequeña carretera que los aleja cada vez más de todo. De pronto entran a lo que parece un fraccionamiento bardeado, con una pequeña caseta a la entrada, y el letrero de Motel Tampico en letras mayúsculas. Se estacionan dentro de una cochera que se cierra al apretar un botón. Ella se quita el casco, lo coloca sobre el asiento, y sigue a su papá por una pequeña escalera que asciende hasta un cuarto en el segundo piso.

El cuarto huele a una mezcla de cloro con limpiador de pino. Tiene una alfombra raída, una colcha con hoyos de cigarro, un cenicero pegado al buró, y un control remoto adherido a una base metálica. Ana se queda en la entrada, de pie, mientras su padre se sienta en medio de la cama, recargado contra la cabecera, y palmea el colchón junto a él varias veces, invitándola.

—Ven, Ana Banana, ven aquí.

Ana se queda inmóvil antes de obedecer. Se sienta en la orilla de la cama, junto a él.

—¿Vives aquí?

Él suelta una carcajada siniestra y poderosa, como villano de caricatura. Tras unos segundos vuelve a tener control de su cara y habla con un tono serio:

—Claro que no —se acaricia la barba y su mano es una pantalla sobre su manzana de Adán que sube y baja inquieta—. Perdóname, Ana.

Cuando alguien le otorga el perdón a otra persona, por lo que sea, se produce una cierta vergüenza quien lo ha pedido primero.
Porque se asume la falta. Ella no quiere que papá se avergüence de nada.

—No hay nada que perdonar, papito.

—Sí, hay demasiadas cosas de hecho —dice poniendo su brazo en la espalda de su hija, atrayéndola hacia él—. Te dejé sola por mucho tiempo.

Ella sabe que su madre cambió toda la historia a su propia conveniencia, como quien se manda a hacer un vestido a la medida. Que las acusaciones contra su padre no eran más que inventos malintencionados. No, nada de lo que le contó podía ser cierto.

—Yo sé que mi mamá mentía. —El hombre la contempla con curiosidad: quiere saber qué más dirá su hija—. Me decía cosas para hacerte quedar mal ante mí, ante todos. —La mano de su padre se posa en su pierna desnuda, pues la falda del uniforme se le ha subido—. Pero yo nunca le creí: no le creí nada.

Ahora la mano ha comenzado a moverse ligera sobre su piel, en un movimiento de atrás hacia adelante, como quien intenta sanar un golpe.

Ana siente que todo su cuerpo está encendido, como si algo la apretujara de los pies a la cabeza, llenándola de calor. Apenas puede respirar: es como si en lugar de estar rodeada por aire estuviera metida dentro algún material sólido, tal vez Play-Doh o algodón de azúcar.

—Has crecido tanto en este tiempo. Casi no te reconocí a la salida de la escuela.

Ana piensa en el nuevo vello que ha comenzado a cubrir sus axilas y su vulva, en sus pechos nuevos que a veces le duelen y la avergüenzan al insinuarse por debajo de la ropa. Su madre evita siempre la palabra sexo: le cubre los ojos si en algún programa de televisión o en una película se ve alguna escena, usa eufemismos, indirectas y circunvalaciones siempre que no tiene opción de eludir el tema por completo. Por eso sabe que el millón de preguntas sobre su propio cuerpo no encontrarán respuesta jamás con su madre y tendrán que conformarse con la información distorsionada y de tercera mano de las amigas. La campaña para no nombrar al sexo es tan persistente, y por lo mismo tan endeble, que a veces parece que las conversaciones de sobremesa, o sobre cualquier tema inocuo, no tratan más que de sexo. O de su padre. Porque al parecer esas dos palabras, sexo y el nombre de su padre, se han convertido en sinónimos.

—Tú no has crecido, estás igual —dice Ana sonriendo e hincándose sobre el colchón, para quedar de frente a su padre. Lleva su mano hasta aquella cara que no creía volver a ver más y se permite tocar la barba tricolor: negra, pelirroja y con algunas canas—. ¿Por qué te fuiste? Yo no quería quedarme con ella —dice de pronto, sin haberlo planeado, y se arrepiente casi de inmediato. Su boca es como una olla sobre la estufa que comienza a rebosar sin control.

—No me fui. —Él toca con suavidad la cara de su hija con un dedo que comienza a bajar en espirales por el contorno de su cuello, como una ciempiés—. Yo no me quise ir. —El dedo va hacia su clavícula y baja en línea recta hasta donde está el ombligo de Ana, que sume el vientre. Se detiene allí y ella traga saliva: toda su piel está erizada y siente un ligero mareo. Se recuesta sobre el colchón, de lado, dándole la espalda a él.

—Entonces todo fue culpa de ella —dice Ana encorvándose como camarón: su voz está a punto de quebrarse. No ha dejado de ser una niñita que llora con cualquier excusa.

—Te podría explicar, Ana Banana —dice su padre acostándose también y abrazando a su hija por la espalda—, pero por tu extrema juventud y por mi edad tan avanzada, no lo vas a entender —termina en un tono muy serio antes de hacerle cosquillas en todo el cuerpo. Ella grita de felicidad desesperada y se retuerce y contraataca y suplica que ya no más y se carcajea y patalea y termina a horcajadas arriba de su padre, con sus manos tomando las muñecas de él, subyugándolo. Su rostro está rojísimo, como si hubiera corrido en el recreo; su respiración agitada intenta recuperar el ritmo. Desde su lugar de amazona tiene una vista total de su padre. Él se ha rendido, se ha dejado ganar, lo sabe, y su pecho sube y baja por el esfuerzo. Desde la almohada, sus ojos la recorren, y ella entiende que eso es la felicidad.

Ana siente esa cilindro turgente y tibio debajo de sus propias nalgas, algo que se extiende a lo largo de ella misma; sin pensar reacomoda sus piernas y se frota contra los pantalones de él, esperando que no lo note. Pero el silencio de los dos se ha vuelto demasiado: es como si el mundo entero, con sus ruidos, con sus olores, con sus problemas, hubiera desaparecido y solo existiera la sensación entre las piernas de Ana que la obliga a moverse en un ligero vaivén. Aunque no quiera, durante todo este tiempo, ella se ha propuesto concentrarse en la negrura de la playera de su padre, pero cuando al fin se atreve a mirarlo a los ojos, se da cuenta que los suyos están cerrados y sus labios tensos en una sonrisa.

Ella deja de moverse porque tiene miedo de seguir en ese vaivén por siempre. Su padre abre los ojos y pretende no darse cuenta de nada: gira su cuerpo hacia el buró, toma su teléfono y ve la hora:

—Ya es muy tarde, tu madre debe estar preocupada.

Lo que sigue sucede muy rápido. Su padre se pone sus zapatos y le pide a Ana que se ajuste bien la falda: el cierre está en uno de los lados, en lugar de estar atrás. Salen, él cierra la puerta del cuarto y ella se cruza de brazos, temblando. Suben a la motocicleta. Más allá solo se ven las luces de la ciudad que se embarran fugaces sobre el paisaje que se cuela por el rabillo de su ojo; el aire frío de la noche arañando su cara; el vértigo de la velocidad sobre, abrazada al cuerpo de su padre, pero sin poder acercarse a él: hay algo invisible entre ellos. Más allá están sus rumbos, los negocios que le resultan familiares, la panadería, la papelería, la miscelánea, la calle donde vive, su casa, que resalta de las demás por tener encendidas la luces de la sala, la cocina, el cubo de la escalera. La motocicleta se detiene: Ana se baja y el cemento de la banqueta se siente ajeno bajos sus pies. No hablaron en todo el camino de regreso y ahora ella no se atreve a preguntarle cuándo lo verá otra vez. Permanecen en silencio. El motor ruge como un monstruo y la certeza de que no lo volverá a ver más se apodera de Ana. Con el estruendo, su madre ha aparecido en la puerta y ya corre hasta ella, gritando algo que se pierde en el aire porque papá acelera y se aleja sin decir adiós.

(De: Tristeza de los cítricos, Ed. Páginas de espuma, 2019)