Luz mala

ZONA LITERARIA | EL TEXTO SEMANAL

Por Rodolfo Fogwill

No quedan vírgenes; mujeres vírgenes. Tengo sesenta y cuatro años y puedo atestiguarlo. Hace cuarenta años, y hasta hace apenas tres décadas, abundaban las vírgenes; ahora no. Antes no podía terminar un mes sin que una virgen se le cruzara a alguno de nosotros por la vida. Vida distinta la de entonces en Buenos Aires: hace cuarenta años, en esta ciudad, casi no había hoteles de esos que ahora florecen como hongos y que las chicas llaman «telos». A los pocos de entonces los llamaban «amuebladas» o «muebles» y casi no se conocían. Para meterse en ellos había que ir con el auto, y quien no tuviera auto debía contratar un remise y dejar al chofer transpirando en verano, tiritando en las noches de invierno y envenenándose de soledad por las cuatro estaciones para hacer guardia durante las cuatro horas que duraban los larguísimos turnos de aquellos tiempos. No sé por qué. Sí sé que eran tiempos distintos, y que no era tan fácil encontrar sitios donde una mujer y un hombre pudiesen encerrarse solos. Eso sí: los autos de antes eran enormes y también teníamos los paseos del campo, los botes que se alquilaban en el Tigre y los departamentos que iban heredando los amigos. Pero lo que más abundaba por entonces eran las vírgenes, infinidad de ellas había, y tantas, que buena parte de las personas —jóvenes y mayores— creía tenazmente en la existencia del virgo. ¿Qué sería el virgo? Para mí, el virgo era algo que existía como un animalito de lengua bífida y cuerpo de molusco surcado por gruesas arterias cuya rotura producía un ruido idéntico al de una petaca al cerrarse y desencadenaba una hemorragia más que difícil de parar. Para mí, y para cualquier muchacho de mi clase, o de mis condiciones, habría bastado con detenerse a reflexionar por un instante para concluir que en un ser humano, por más mujer que fuese, no podían habitar impunemente animalitos de lengua bífida y que si ninguna jamás moría en la noche de bodas ni al perder su «honestidad», las famosas arterias no debían ser tan gruesas. Pero esos tiempos eran así y nadie, por mejores condiciones sociales o culturales que tuviese, iba a poner en tela de juicio la consistencia lógica de un saber que, por necesario o por justificable, había que «dar por descontado», como solía decirse entonces. Siempre lo supe, y siempre supe que el virgo tarde o temprano debía romperse, y aprendí que romperlo era una de las misiones del varón.
Los virgos, al quebrarse, producían un ruido idéntico al de una petaca de metal cuando se cierra. Esto lo conocíamos todos. Rodney Plunkett, que era de familia agnóstica y que por tener una educación liberal nos merecía mucha confianza en estas cuestiones, después de una reunión de mi grupo de oficios de la FORA, nos explicó que a las mujeres vírgenes se las podía reconocer por el olfato, porque mientras las que habían perdido la virginidad soltaban un olor a pescado podrido que se volvía olor a carne de chancho podrida durante la menstruación —algo doloroso—, entre las piernas de las vírgenes predominaba un olor parecido al del queso roquefort y no cambiaba mayormente con la menstruación, que en ellas se manifestaba con apenas una gotita de sangre que les manchaba las bombachas y se llamaba «choni». Años después me presentaron a una tal Choni, y aunque la vida me probó que Rodney nos había engatusado a todos, igual pensé que las ropas de esa señora tendrían, en algún pliegue, una mancha de sangre del tamaño de una monedita roja. Imagino a un lector de estos tiempos:
—¡No me venga ahora con historias de chiquilines…! —podrá decir.
Pero ésta no es una historia de chiquilines: la FORA (Federación Obrera Regional Argentina) era una organización que hacia 1952 operaba en la clandestinidad; los que íbamos allí, Plunkett, yo y no sé cuántos más, teníamos la edad de la política —diecisiete, diecinueve, veinte y hasta veintiún años— y la FORA nos atraía por el prestigio de haber generado, por así decir, la Semana Trágica y el de albergar a los sobrevivientes de los grupos Antorcha y de las gloriosas bandas de Di Giovanni y Scarfó, y hasta a sobrevivientes de la guerra de España, entre ellos, a comandos destacados de la brigada Durruti, que se batió en Guadarrama. Éramos grandes; cualquiera de esas noches, a la salida de las reuniones, algunos armados con revólveres .32, los más fuertes con Star 9 mm españolas, o con pistolas Mauser .765 que tiraban aquellas balas «botella», inconseguibles, todos salíamos convencidos de que éramos hombres.
Y éramos hombres: ninguno de nosotros era virgen. Para estudiar, para trabajar y estudiar y además militar y conspirar contra el gobierno, la libertad sexual era algo tan necesario como el aire que respirábamos. Y aunque vivíamos rodeados de mujeres vírgenes, ninguno de nosotros era virgen, porque cada mes, generalmente los primeros viernes de cada mes, íbamos al departamento de Raúl, que conseguía las mujeres.
Hacíamos dos o tres turnos. Raúl citaba a las dos mujeres a las ocho, y los cuatro, o los seis de ese viernes, recién volvíamos a reunirnos en la confitería de la esquina a las doce de la noche. Esas noches, después de haber tenido nuestro desahogo sexual, íbamos a comer a Chiquín. Era una norma: comer una ensalada, un bife ancho, huevos fritos, papas, un gran helado de postre, y tomar medio litro de vino, y al día siguiente dormir hasta las dos de la tarde para recuperar la energía. Al departamento de Raúl estuve yendo desde los dieciséis hasta los veinte años. En esa etapa, algunas veces, conseguí citas, pero me las llevé a la amueblada de Viamonte.
Como me parecía peligroso ir en el auto de la familia, iba en remise y todo el trámite salía costando el equivalente de diez horas de vuelo en el club universitario, más o menos el precio de una guitarra de buena calidad. De vuelta del hotel, llegaba al bar, y viéndome bajar de un auto con chofer todos sabían que venía de un desahogo. Pero en esos años habré ido al hotel no más de cuatro veces. Lo más común era que las reuniones con los socialistas de Agronomía se hicieran en un café de Chacarita, y cuando llegaba al bar todos imaginaban que venía de una cita y algunos, los más viejos, me decían que me iba a volver tísico.
De mi tío Pablo se decía que había muerto tísico, pero murió loco por negarse a comer. Vivía doblado de dolor, y tenía el color de la tiza, así que vengan ahora, pasados los sesenta y siete años de edad, a librarme de la asociación entre la tisis, la tiza y los guardapolvos médicos y escolares. Todavía hoy, queda gente que cree que algunas prácticas sexuales —la masturbación, por ejemplo— predisponen a las enfermedades infecciosas. Yo estaría muerto, en ese caso. Hacia 1952 no éramos tan ingenuos como para creer que la masturbación produjese tisis, pero estábamos convencidos de que afectaba el pulso, y de que por masturbarse se perdía la puntería.
Colombo decía que los católicos se masturbaban, porque eran masoquistas, para sentir pecado a solas con Dios. Después se hizo psicoanalista y dejó la política. Por entonces era anarquista, y sostenía que masturbarse era aceptar el juego de la burguesía, que privaba a los pueblos del placer sexual. Los anarquistas viejos no conocían nuestras idas al departamento de Raúl, pero como algo debían sospechar siempre repetían que pagarse una mujer era falsificar el amor y ser como cualquier capitalista, cómplice de los explotadores. Colombo decía que el fin del acto sexual justificaba cualquier medio, y que había que practicarlo porque los revolucionarios necesitaban tener todo el tiempo la cabeza fresca. Papá una vez me reprochó que no sabía en qué cosas andaba yo y pidió que me cuidase. Yo di vuelta la cara, sentí que me atragantaba, creyendo que el viejo se refería a la revolución de Rawson y Menéndez, que después no se hizo, pero más tarde me di cuenta de que pedía que me cuidara de las enfermedades. Porque en aquellos tiempos los que tenían actividad sexual podían enfermarse.
Enfermos, tísicos, con el pulso alterado y las ideas confusas, y días y noches enteros rodeados por un ejército de mujeres que había que desvirgar: así vivíamos. La revolución necesitaba mentes claras y pulsos serenos y los hombres debían desvirgar. Y yo quería hacer la revolución y soñaba con un confuso olor y con el ruido de la petaca que se cerraba hermética sobre mí.
Fue durante el verano de 1953, poco después de Navidad, cuando encontré la petaca.
Era una cajita de bronce, bañada en oro. Estaba en un baúl del altillo de la casa Tudor del campo. Tenía un espejito de cristal, un cisne de tela algodonosa casi impalpable, y todavía guardaba restos de un talco de color lila y con perfume de magnolias. Recuerdo que me llevé la polvera al cuarto y que unas cuantas veces usé su espejo para mirarme entre las piernas mientras olía el polvillo lila y usaba el tacto suavísimo del cisne para invocar la sensación de algo muy suave, de algo muy tenue y delicado como capullo o nube rozándome la pija y las pelotas.
Escondí la petaca en el cajón donde guardaba mis espejos de aumento, los condones y una caja de balas Mauser que habíamos rellenado con mercurio y corcho molido para volverlas explosivas y venenosas. Mi hermana las había visto un día y las llamábamos «las balas de Perón».
Por esos días, cerca del bebedero de los potreros del fondo, encontré una culebra. Cuando la vi en el pasto creí que era una pulserita de Victoria. Tenía una serie de cuentas verdes, como bolitas unidas por bandas color magenta, amarillo y blanco. Desmonté y, cuando iba a agacharme, la pulserita se movió. Me dio miedo. Quise pisarla, pero se protegía bajo los tallos secos de pasto, duros como cañas. Se erguía toda haciendo equilibrio sobre la cola y sacaba su lengüita doble, de un color que parecía una llamarada de fuego.
Uno podría preguntarse qué otra clase de llamarada hay, pero en aquel momento, con el corazón encabritado, medio ciego por una mezcla de rabia y miedo que ni sentí en las peores manifestaciones de la FUBA, pensé así —que la lengua tenía el color de una llamarada de fuego— y me convencí de que yo no sería un hombre si no era capaz de cazar viva una culebra. «Si la cazo, desvirgo; si la cazo, volteamos a Perón; si la cazo, hacemos la revolución social», me comprometí con el corazón galopándome en la garganta, agachado, cerca del bebedero del que una manada de chivitos, que habrían olfateado el miedo, empezaban a alejarse despacio. Traté de taparla con el pañuelo del cuello; se me escapaba. La perseguí, todo agachado. Los chivos apuraron el paso. Yo sudaba y me ahogaba, agachado, hasta que ella llegó a una parte de tierra —barro seco— apisonada por las vacas y allí me jugué entero y la aplasté con el taco de mi bota contra aquel piso polvoriento de bosta.
No murió. Para que dejase de retorcerse y para matarla definitivamente, la ahogué en un frasco de remedio contra las garrapatas, pero aun sumergida en ese líquido aceitoso tardó un buen rato en dejar de sacudirse y recién cuando me aseguré de que estaba muerta, la saqué y la enjuagué bajo el chorro de la bomba del jardín. No fue fácil quitarle todo ese olor a DDT.
Medía doce centímetros de largo. Tenía el calibre de una balita .22 y cuando estuvo seca se acortó y se afinó más o menos a la mitad, pero seguía pareciendo una pulsera. Los ojitos se le habían hinchado por causa del veneno, y la lengua, que le había quedado afuera, pronto perdió su color de llama y fue poniéndose marrón. En los labios, mirándola con atención, podían descubrírsele dos puntitos blancos, que serían los colmillos. Revisándola con lupa y hurgando con la aguja, no se podía hallar nada parecido a una glándula de veneno. Desde la primera noche la guardé en la petaca.
Al día siguiente la culebra se había impregnado del olor a flores podridas del cisne lila. Apreté con rabia la petaca, porque empecé a sentir que pronto esa culebra que tanto susto me había dado se reduciría a la forma de un gusano podrido y quedaría pudriéndose como testimonio de la irracionalidad de los miedos y de las rabias (Perón, Desfloración, Revolución) y el ruido de los resortes de la trabita de la petaca al cerrarse me pareció la burla de las cosas contra algo que nunca podría llegar a ser un hombre.
Yo acababa de cumplir dieciocho, estaba en segundo de Derecho, quinto de violín, séptimo curso de la Alliance. Esa mañana, me la pasé tirando tiros con la carabina Halcón de Funes, el administrador de papá. Apuntando a monedas de cincuenta centavos, a veinticinco metros, con un pulso pésimo, dilapidé más de cien balas inútiles que después hubo que reponerle a Funes.
A la siesta se me ocurrió que el virgo podía ser una culebra así, no un molusco. Busqué la polvera. La olí: magnolia triste. Guardé el cisne lila entre los libros, lavé la polvera muchas veces con cognac hasta que se le fue el olor a magnolia y le quedó tan sólo tufo a borracho y bajé a buscar roquefort en la heladera. No había. En casa siempre teníamos roquefort en alguna heladera, pero en la Tudor del campo sólo había queso mantecoso y queso de rallar. A la tarde vi que no había nadie en la casita del capataz, y busqué en su heladera a querosén. No tenían roquefort, pero había quesillo de cabra. Robé un pedazo. El queso de cabra no olía a roquefort, pero era lo más parecido a roquefort a mi alcance. Yo sabía algo de quesos: mezclé miga de pan con quesillo de cabra, le agregué una pizca de levadura y un chorrito de cuajo para hacer yogur de nuestra cocina, amasé el queso y lo guardé envuelto con papel dentro de la petaca.
Durante varios días estuve guardando la petaca con el quesillo fermentando bajo la tierra. Mientras, la culebra seguía secándose en mi cajón escondida en un sobre de fotografías: se había afinado; estaba dura y quebradiza. El magenta y el amarillo de las bandas se habían opacado; en cambio, el verde estaba más brilloso y viéndolo con la lupa se le notaban las vetas de un tono más claro, que señalaban el nacimiento de las escamitas. La lengua ya se había convertido en una tirita marrón que iba deshilachándose por donde antes aparecían las dos vertientes de la llamarada de fuego.
Ayer, sábado 2 de julio, en el nuevo diario de los Bulgheroni, el escritor argentino de más éxito se jactaba de que su personaje Samantha era «muy creíble», como si la verdad tuviera alguna importancia en los libros, ahora que la ha perdido en las cosas del mundo. Imagino al crítico que lea esto, pensando que es imposible que alguien que escribe como yo a los sesenta y nueve años, a los dieciocho anduviera todavía haciendo conjuros con petacas, fermentos y culebras. Y sin embargo fue posible. Yo, a los dieciocho, escribía bien, redactaba arengas y manifiestos que siguen siendo piezas de valor en su género, componía los poemas de amor que publiqué en 1957 y ya había escrito partes que después salieron en mis novelas de los años sesenta, y sin embargo, fermentaba queso en mi petaca y estudiaba mi culebra como el salvaje que tranquilo interroga las vísceras de un enemigo muerto. La vida es un raro aprendizaje que se produce a saltos desiguales y combinados, como repetía Hermes Radio cuando trataba de influir sobre Colombo y sobre mí con sus ideas marxistas.
Se fueron unos parientes, llegaron otros. Osorio cazó un puma justo la noche que no quisimos acompañarlo y a la madrugada lo ayudé a cuerearlo y a salar la cabeza para mandarla al embalsamador del pueblo. Al día siguiente desenterré por última vez la petaca. Se había impregnado del olor del quesillo. En algo se estaba pareciendo al roquefort, pero, como no había roquefort en el campo, y las pocas veces que fui al pueblo lo hice de noche y el almacén estaba cerrado, ya no tenía más que la memoria para comparar.
Tiré el papel con el queso antes de que acabara de pudrirse, guardé la culebra en la petaca y volví a esconderla en el cajón. La llevaba en un bolsillo cuando salíamos al campo de noche, y de tanto menear y sacudir la caja, a la culebra se le soltó la lengua, que ya suelta parecía un alambrecito de cobre retorcido contra el espejo.
Durante alguna de mis inspecciones debió caerse al abrir o al cerrar la petaca, porque no sé bien cuándo desapareció. A la culebra, en lugar de ojos, le quedaron dos agujeritos oscuros. Los labios ni se le notaban. El olor era fuerte y podía impregnar el pañuelo y el forro del bolsillo en un ratito.
Tendría que volver a dedicarme a la música: «ratito» me parece una palabra pésima.
Mi violín en el campo sonaba mejor. Por el aire seco, llegaba al campo y las cuerdas se estiraban y se desafinaba rápido. Pero después, cada día sonaba mejor y empezaba a exhalar el olor de esa resina que los ópticos llaman «bálsamo de Canadá». Cada vez que me encuentro con ese olor recuerdo el violín y el estuche del violín, pero sólo me los represento sobre mi cómoda en el cuarto del piso alto de la Tudor del campo. No en otra parte: aquel olor emanaba solamente en Córdoba.
De vuelta a Buenos Aires, no se sentía más el olor, solía desafinarse menos pero sonaba muy mal. Dice Kröpflque mi violín no sólo se modificaba con el cambio del tenor de humedad, sino que los mensajes químicos de la zona —sería el polen de los quebrachos y jacarandaes, la resina volátil del bosquecito de cedros o las sales que el viento traía desde las cuestas— alteraban los solventes naturales que hacía más de noventa años habían impregnado mi viejo Schmidt & Hapte en Stuttgart. Le digo: ¿Te imaginás si el campo le hace esto a un violín de noventa años, lo que puede llegar a producirle a una persona de dieciocho? Y la mujer de él dice que no, que nada, que a las personas sólo les hacen efecto las cosas que ellas quieren, y que los efectos que hacen las cosas son sólo cosas que inventan los otros, y alguien opina lo contrario y todos se ponen a opinar sobre el poder y terminan hablando de Alfonsín y de Pony Rodríguez Larreta y me recuerdan a la FUBA de 1952. Por eso subí al cuarto a escribir, aunque ahora interrumpo porque alguien se ha puesto a improvisar en el piano eléctrico de Andrés y desde el living me llega el olor de los cigarrillitos de porro que estuvo armando Paula, y aunque rían con estrépito y estén gritando como imbéciles, me vienen ganas de bajar.
En los tiempos de mi petaca y de los fermentos de la libertad, una tarde que no pude usar mi canasto, porque Funes había entrado a ducharse en mi baño, fui a dejar mi camisa en el canasto del baño de mamá. Había una blusa de Magdalena —la amiga de Victoria—, varios pares de medias de mujer y una bombacha. ¿A qué olerla? Sentí curiosidad, la toqué y ya estaba a punto de olerla cuando se me ocurrió que podía ser de mamá y la hice desaparecer envolviéndola entre los pliegues de una sábana arrugada. Era negra, de una de esas telas elásticas gruesas como las que se usan para confeccionar trajes de baño. Podía ser de Vicky, de Magdalena o de mamá, pero pensar en esta última posibilidad me impidió avanzar con la prueba. Me prometí esperar otra oportunidad y revisar aquel canasto todos los días hasta que apareciesen los pantalones de brin que usaban las chicas.
Mamá sólo usaba breeches al atardecer, después del baño, volvía a sus polleras y a sus zapatos de taco alto y por eso jamás bajaba al campo de noche.
Nosotros sí: después de la comida, tomábamos el café en la galería, tocábamos música y más tarde bajábamos al campo. Yo iba con Vicky y con su amiga Magdalena a los potreros de alfalfa y nos sentábamos a mirar las estrellas y a buscar luz mala.
Era toda una historia: como la gente de la zona temía a la luz mala, papá nos había llevado una noche con unos chicos del pueblo, amigos de los hijos de Leoni —el capataz—, y con un tal León, compadre de Leoni, que al viejo le caía simpático porque era conservador. Nos había hecho buscar luz mala, para convencernos de que eran fosforescencias naturales que salían de los huesos de animales en ciertas condiciones, y aunque eso había ocurrido mucho antes —por el cuarenta y seis—, la costumbre de ir a buscar luz mala nos duró muchos años, durante los cuales los peones, Leoni y hasta los hijos de Leoni, que ya eran grandes, seguían recelándole a la luz mala y siempre estaban encontrando excusas para evitar andar solos de noche por el campo.
La mayoría de las noches encontrábamos luz mala: eran huesos desparramados de vacas muertas en la sequía del cincuenta, o esqueletos todavía enteros de vizcachas que mataron los perros, o que los cazadores habrían herido en la cuesta y que se vinieron a morir al llano. A la vizcacha recién muerta la devoran los perros hasta dejar sólo huesos pelados, pegados entre sí por los cartílagos y sostenidos como en un envase por el cuero duro y áspero del lomo. Cuando hubo mucho sol, y al anochecer refrescó de golpe, los restos de vizcacha fosforecen y son la fuente más común de luz mala que se puede descubrir por esas zonas. La hija de Leoni, que era feísima, cuando nos veía pasar por su casita yendo al alfalfar se escondía en la cocina, y la vez que la invitamos no se atrevió a venir. Como toda la gente de la región, temía no sólo a la luz mala, sino a La Viuda, que se aparece a medianoche, al hombre tigre, que dicen que baja desde Catamarca a robar chicos y mata a todo el que se le cruza por el camino, y especialmente tenía terror a la niña Juana.
—¿Pero no es milagrosa? ¡Si se le reza!
—Sí —decía ella—, le rezan pero igual se puede aparecer y matarte del susto.
Nos reíamos. Yo llevaba la linterna y una pistola del .12 que me había regalado papá. Cargada con cartuchos comunes, podía arrancarle la cabeza a un cordero a veinte metros de distancia; tenía dos caños.
Raro, papá: nos quería tanto y sin embargo, si yo tuviera un hijo —y a veces imagino que un hijo idéntico a mí cuando tenía doce años me acompaña mientras duermo solo— jamás le dejaría usar un arma tan tentadora. No entiendo cómo yo mismo no me…
Pero en aquella época a mí no se me hubiera ocurrido. Además, era muy prudente, llevaba los cartuchos en el bolsillo de la campera y, en la oscuridad, siempre volvía a hurgar con un dedo en las recámaras para confirmar cada tanto que la Webley seguía descargada.
Tomábamos: algunas noches traíamos vino blanco cordobés, otras guindado. Tomábamos guindado, que les gustaba más a ellas que a mí, o vino —que ellas aceptaban sólo las noches de calor—, y nos sentábamos a fumar.
Primero prendía yo. Fumábamos American Club, la mejor marca de la época. Cada nuevo cigarrillo lo iba prendiendo con la brasa del otro. Un fósforo, o la llamita corta del Monopol, bastaba para encandilar a cualquiera dejándolo fuera de combate por varios minutos hasta que los ojos se volvían a acostumbrar a la negrura.
Jugábamos a quién descubría antes una luz mala y acertaba a marcar justo su posición. Después jugábamos a encontrar la osamenta o el cuero con huesos pegados que la había producido.
Cada uno elegía un sector. Yo prefería el de la cuesta, que aunque tenía menos luz mala permitía ver la región norte del cielo, la más poblada de estrellas. Vicky prefería mirar hacia la casa, para ver cómo iban apagando las luces a medida que la gente se iba a dormir, hasta que sólo quedaba prendido el farolito de querosén amarillo de la galería. A Magdalena le dejábamos la parte más fácil, donde era más común ver la luz mala, la del llano.
Cuando nos sentábamos, yo sacaba los American Club y los ponía cerca de Magdalena; dejaba la pistola delante de mis pies, y volvía a abrirla para volver a revisar si estaba descargada. Después ponía la linterna entre Vicky y yo. No nos veíamos: cada uno miraba su sector. Nos pasábamos los puchos para prender. Nos pasábamos la botellita de guindado o el termo de vino blanco para tomar, y hablábamos de cualquier cosa. A veces discutíamos. Me gustaba sentir la espalda flaca de Vicky, en contraste con los músculos de Magdalena. Magdalena practicaba atletismo en el colegio; las paletillas —esas placas de huesos subcutáneos que se llaman omóplatos y que jamás alguien nombraría en un relato literario sin una justificación— eran fuertes y redondas. Las mías y las de Vicky tenían ese corte típico de huesos de la familia Wolf. Los hombros de Magdalena eran redondeados y fuertes. Practicaba disco y jabalina; para arrojar piedras tenía más fuerza y más puntería que yo.
En esa época hablábamos en voz baja, aunque discutiéramos por cosas importantes. No como ahora. Me sube desde el living un diálogo entre Diana y Carlos: hablan de un general Merlo, de un almirante Massera y de otras cosas que ni a ella ni a él tendrían que importarles, y gritan. Interviene por momentos Marcelo y también él alza la voz. Nosotros hablábamos en voz bastante baja… A menudo veíamos caer estrellas y, cuando descubría una, yo pedía tres gracias. Generalmente, pedía primero la muerte de Perón, después desvirgar y por último dirigir la revolución. Si caía otra estrella les avisaba a las chicas:
—¡Miren! —decía, tocando a Magdalena para orientarle la cabeza hacia el lugar del cielo donde había aparecido la estrella.
—¡No tenés que avisar…! ¡Pedí tres gracias! —me reprochaba ella, o Vicky, y yo les contestaba que era una estupidez, que no creía en esas supersticiones y que si estuviera dispuesto a creer en pavadas me habría hecho cura para dedicarme al violín en un monasterio alpino.
Otras veces, al caer la estrella me olvidaba de Perón y de la revolución y pedía amor, dinero y una pareja libre. Yo quería tener una pareja libre. Hablábamos de eso.
—¿Qué es una pareja libre? —me preguntaba Magdalena.
Les explicaba que mi amigo Gellon tenía una pareja libre: se amaban, vivían juntos, eran fieles, pero no se casaban ni se casarían nunca y siempre imaginaban que al día siguiente podrían separarse y ser felices con otro hombre o con otra mujer. Trataba de que Vicky comprendiera que el amor era algo demasiado noble para permitir que el Estado lo regulase. Magdalena compartía conmigo la opinión de que la Iglesia no debía intervenir: le bastaba saber que los curas eran peronistas y que su jefe —el cardenal Copello— estaba siempre cerca de Perón, para odiar a los curas, pero pensaba que había que casarse por civil, porque si no los hijos «pagaban el pato».
—¿Qué pato…? —preguntaba yo, y Vicky, mi hermana, decía que yo siempre seguiría siendo un idiota.
Pero una noche apareció un pato. Estaba nublado, no se veían estrellas, sentimos un aleteo sobre nuestras cabezas y yo busqué la pistola y estuve a punto de cargarla: pensé que sería un carancho o un buitre que se acercaba entusiasmado, creyendo que nosotros éramos tres animales muertos. El aleteo volvió a pasar dos veces cerca de nuestras cabezas y fue como si unas enormes alas blancas nos echaran encima un viento helado: el terror.
Vicky gritó. La espalda de Magdalena se endureció y su garganta soltó un chillido. Yo rastreé el cielo con la linterna y nos pareció ver una forma descomunal, huyendo hacia la cuesta. Pero pronto las alas bajaron a la alfalfa y vimos que era un pato, casi pichón.
Cuando nos acercamos, hinchó las alas y tiraba picotazos amenazantes, pero no se animó a volar. Tendría el tamaño de un pollo de tres meses. Era blanco. Temblaba.
Aquella tarde habíamos oído tiros cerca del dique. Tal vez los cazadores lo habían herido, pero resultaba muy raro que anduviese volando en la oscuridad, y fue una pena que no apareciese la noche de nuestra discusión sobre los hijos y las parejas libres.
Como le sucedía al violín, la oscuridad, el olor de la alfalfa temprana crecida a fuerza de riego y tozudez, el silencio de las noches sin viento, el humo de los rubios, el guindado o el vino, según las noches, todo eso actuaba sobre nosotros. Por ejemplo, Vicky, que en Buenos Aires siempre quería discutir y acababa llorando cuando mis opiniones se imponían, durante esas noches de campo abierto escuchaba callada y hasta a veces me daba la razón. Tal vez porque quería lucir a su hermano ante su amiga, que era hija única; tal vez por el «mensaje químico», como diría Kröpfl.
Fumábamos, tomábamos, a Magdalena se le erizaba la piel de los brazos y yo sentía su hombro contra mi espalda, y fingiendo mirar el cielo buscaba que sus huesos rozasen contra mi espalda y contra mi brazo, y a veces me volvía hacia su lado buscando que su pelo suelto me hiciera cosquillas y se enredase en las puntas de mi barba de dos días.
Dejaba la pistola a unos centímetros de los pies y la linterna bien cerca de mi mano derecha. Tomaba la linterna y la alejaba, la ponía junto a la pistola. Tocaba los cartuchos en mi bolsillo. Ponía la cantimplora entre mis piernas y me soltaba los botones del pantalón, y después de tomar un trago de vino o de guindado, me pasaba el pico de vidrio de la cantimplora por la cabeza inflamada de la pija. El vidrio frío me estimulaba más y cuando Magdalena me reclamaba la cantimplora, volvía a frotarle el pico contra la pija.
—¿Cómo está…? —preguntaba, imaginando que ella, como hacía con todas las cosas, olería primero el pico antes de llevárselo a la boca—. ¡Delicioso! —decía ella si era guindado. Cuando era vino tomaba apenas un sorbito y decía con repugnancia—: ¡Ej vino cordobé…!
Que imitara la tonada de la zona me excitaba más, porque oyéndola podía imaginar que era una chica de la región —una criada de la casa— dispuesta a obedecer mis órdenes, y yo siempre le hablaba en cordobés para que ella me respondiera como una cordobesa y me ayudara a pensar que si le exigía que me tocara o que me la besara, de puro sumisa, sería capaz de hacerlo. Así se me hacía más fácil acabar.
Porque en aquella posición, tocando apenas con la mano para que el movimiento no se reflejase más allá de la muñeca y no fuese percibido por ellas, sentado mirando el cielo negro y fingiendo buscar una luz mala en la cuesta invisible, se hacía difícil terminar. Algunas noches frescas se volvía imposible.
Necesitaba sacudir, hacer fuerza y estirar las piernas, porque pasaba el tiempo, venía llegando la hora de volver a casa y quería terminar.
A veces aullaba. Imitaba el bramido de un puma, haciéndoles creer que quería asustar a las vacas y a las ovejas, y aprovechaba el ruido y los sacudones de mi cuerpo imitando a un puma para acabar dentro de mi pañuelo.
Y otras veces me paraba, diciendo que necesitaba estirar las piernas, y cerca de ellas, mirando por encima del hombro la brasa del cigarrillo de Magdalena que por momentos alumbraba su cara, acababa sobre la alfalfa y recién después buscaba mi pañuelo para secarme los dedos antes de enjuagarlos con guindado, o con vino.
Una vez Magdalena me tocó la mano para alertarme de una luz mala y preguntó qué tenía:
—Guindado —dije yo, y le acerqué la mano a la boca, para que la oliese, y le dejé una gota de guindado en la punta de la nariz. Pensando en eso tuve que volver a empezar, pero como era la segunda vez me fui a terminar cerca del bosque de cedros. Ellas habrán pensado que había ido a mear.
Otra noche llevé la petaca. La abrí sobre la alfalfa y volví a abrirla y cerrarla varias veces. Ellas escucharon el ruido, pero no preguntaron nada. Después, antes de volver a casa —no habíamos visto estrellas ni luz mala esa vez—, volví a abrir la petaca y la alumbré con la linterna. El espejo reflejó un chorro de luz directamente hacia el cielo: los tres quedamos encandilados por un rato. Después las hice mirar.
Se arrodillaron sobre la alfalfa seca para mirar la culebra, Magdalena se acercó y dijo que despedía un olor horrible. A mí, que estaba arrodillado, pensando que el olor que salía del espejo era una nube que le entraba a ella por la nariz y por la boca, se me paró.
—¿Qué es? —preguntaba Victoria.
—No sé… me la dio Menditeguy… dicen que se llama Tirgo.
—¿Tirgo? ¡Es una viborita! —dijo Magdalena.
—Un lagarto —dijo Vicky y se puso a porfiar que la petaca era una vieja polvera suya.
Dije que no, que era mía, que hacía años que la venía guardando en un baúl y que ahora la usaba para guardar el Tirgo.
Seguíamos arrodillados, sentía el olor a petaca resaltando sobre el fondo de la alfalfa y sentía desde atrás un enorme toro invisible que me estaba montando, y entraba un tubo de carne caliente para inundarme con su sangre, que bajaba a la bolsa de mis bolas haciéndome crecer y crecer tanto la pija que se me hizo muy fácil acabar arrodillado, mientras ellas avanzaban por el camino de los alambrados hacia la casa.
—Me la arruinaste con ese bicho podrido… ¡Qué olor! —se quejaba Vicky cuando las alcancé. Se olía la mano—: Ahora devolvémela —pedía.
Yo le decía que no.
—¡Devolvésela! —reclamaba Magdalena.
—¡Es mía…! —insistí yo. Y Vicky, enojada, apuró el paso y se alejó adelante, seguida por el halo de mi linterna. Mag volvió a insistir y en un momento debió estirar una mano tratando de quitármela del bolsillo trasero del pantalón. Oí un grito: el brazo atlético se encogió, chupado por su hombro.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—¡Asco! ¡Te sentaste arriba de algo! Tenés pegado algo atrás…
Palpé. Eran los bordes de mi pañuelo empapados de semen. Alumbré mis dedos pegajosos.
—¿Qué algo? —pregunté.
—Algo pegajoso… Asqueroso… ¡Mierda de un pájaro…! —aseguró.
Me olí los dedos. Dije que no con la cabeza.
—Un huevito… ¡Ya sé…! ¡Aplastaste un huevo…!
Vicky, curiosa, se quedó esperándonos en la barranca del cerro, y cuando la alcanzamos, olió mis dedos, alumbró mi pantalón con la linterna y también opinó que al sentarme había reventado un huevo o un animalito.
Bromeando, me puse una gota en la punta de la nariz, y le puse otra en la punta de la nariz a Mag, que se limpió con la manga de su blusa, enojada. Siguieron caminando adelante y cuando entramos en la casa se fueron a dormir sin saludarme.
Yo estaba cansado. Subí a bañarme, me puse el pijama, tiré la ropa sucia en el canasto de la lavandera y me encerré en el cuarto, lleno de planes de leer algo y dormir. Prendí mi lámpara de querosén, porque a las once y media dejaba de llegar la luz de la Cooperativa, y me acosté a leer. Había escondido la polvera en mi cajón, previendo que en algún momento Vicky trataría de recuperarla. No se la pensaba dar: en Buenos Aires le compraría una nueva.
Estaba leyendo un libro inglés y acababan de cortar la luz eléctrica cuando me golpearon la puerta. Adiviné que vendría Vicky a buscar su polvera. Las dejé entrar. Ya estaban vestidas para dormir, con esos camisones largos que por entonces usaban las chicas.
—¡La polvera! —reclamó Vicky al entrar. Había acertado. Mag me miraba.
—¡Es mía! Está guardada. ¡No molesten! —les ordené.
Magdalena se acercó y levantó la lámpara sobre mi cabeza. Su brazo había formado una línea, como un solo músculo, que arrancando de su largo pulgar se sumergía en la bocamanga alta del camisón y bajaba hasta el pecho.
Pensé que no tendría corpiño. Ella, desde arriba, me miraba con rabia:
—No seas turro y devolvésela, o te chorreo el querosén encima —amenazó destornillando la tapa del tanquecito de bronce.
Justo en ese momento la llama titiló y creció de golpe. Me cubrí con la manta y aproveché para tocarme. Fue instantáneo: mi pija, limpia, recibió por tercera vez en la noche —sería tal vez la cuarta del día— un envión de sangre y se hinchó. Asomé la cara cuando ella inclinaba más la lámpara. Exigía que le dijera a Vicky dónde estaba su petaca, o me quemaría vivo. Gritó a Vicky pidiéndole los fósforos. Vicky revisaba como loca los cajones de la cómoda y sacudía la cabeza.
—¡Traé fósforos —gritaba Mag— y lo quemamos con querosén…!
Cayó una gota de querosén sobre mi almohada. Vicky, que había tomado la pistola, nos dio la espalda y sentí el ruido del cerrojo al trabarse y los dos ruidos de los martillos al levantarse. Era una Webley, no tenía seguro de gatillo. Mucha gente debe de haber muerto destrozada al cabo de una escena así.
Magdalena corrió hacia la ventana y dejó la lámpara sobre el piso. La luz de querosén transparentó el camisón y las tetas se le movieron al saltar, pero ya mi erección había desaparecido: sólo sentía miedo y la certidumbre de que muchos, antes de mí, debieron de haber muerto en el desenlace de alguna escena parecida.
—¡No apuntes, esa pistola no tiene seguro! —grité.
—¡Callate o tiro! —me gritaba sosteniendo la Webley con las dos manos. Se había sentado sobre la cómoda y apuntaba directo hacia mi cara. Nada puede quedar de lo que fue una cara al cabo del impacto de una andanada de perdigones de un cartucho de 12.
Mag, desde la ventana, se mordía un dedo mientras la boca se le estiraba en una mezcla de sonrisa y de miedo. Aquella noche habían tomado mucho. Detrás del vaho de querosén y de mecha quemada creí percibir el aliento a guindado de las dos, y ahí sentí como nunca que me iban a matar. Vicky insistía:
—Ya mismo: la polvera o tiro…
No me iba a ser posible llegar hasta la cómoda sin peligro. Salí de la cama lentamente, para no provocarla. Las piernas me temblaban; quise hablar pero no me salió la voz. El aire frío entró por la bragueta floja de mi pijama, pero encontró sólo vacío. Mag miró hacia el campo.
—Y no se te ocurra hacernos trampa… —dijo Vicky. Nunca le había oído esa voz tan gruesa de borracha o de loca. Me acuerdo de que a la luz del farol me pareció verle la comisura de los labios empapada de espuma blanca, como la de un perro rabioso. No podía hablar, pero dentro de mí sonó mi voz gritando «perra rabiosa» mientras mis piernas se disolvían abajo y me sentía derrumbar. Cuando pude llegar al ropero, busqué la llave y abrí el cajón, evitando que mirasen; pedí despacio que no apuntara más y le pasé la polvera a Mag.
Vicky me seguía apuntando. Pensé que recibir el tiro desde atrás sería lo menos peligroso, y que verme con la cabeza cubierta por la almohada, la cara contra la sábana y el cuerpo extendido la impulsaría a dejar la pistola. Me acosté. Mordí la almohada.
Seguía mordiéndola y temblando cuando se acercó Mag. Reía. Traía los dos cartuchos bailoteando entre sus dedos. Desde la cómoda, Vicky se reía y me miraba, y sacudiendo la cabeza y sin dejar de apuntarme, disparó los dos gatillos y entre sus carcajadas pude entender que me decía maricón:
—Maricón… Cagón… —volvió a decir después, cuando depositó la Webley sobre la cómoda, mostrando las dos recámaras vacías.
Entonces empecé a gritar —no me importó que mamá oyera los gritos— que eran unas hijas de puta, que les iba a cortar las tetas y que las iba a matar. Vicky se acercó y me tapó la boca con la mano tratando de callarme, de tranquilizarme. El corazón, ahora, me latía, loco. La mano de ella también temblaba, pero olía a petaca, a culebra y a queso podrido, y seguía riéndose. Magdalena salió y cuando cerraba la puerta me gritó «boludo», de modo que toda la casa debió de haberla oído.
Nunca antes una mujer me había dicho boludo: se me volvió a parar. La rabia continuaba: pensé que si apretaba más el bracito de Vicky podría llegar a arrancarle uno de sus delgados músculos. Debía dolerle, pero no se quejaba. Se me pasaba el miedo. Le clavé las uñas cuando sentí que se me estaba volviendo a parar. Ella me miraba el pijama con los ojos enormes y seguía riéndose cuando a los gritos llamó a la otra:
—Vení… ¡Vení pronto… Magda…!
Yo pensé que desde la otra ala del piso mamá estaría oyéndolas, que la despertaría el ruido que hizo Mag con la puerta cuando entró atropellando todo, porque venía a defender a mi hermana. Pero la expresión le cambió cuando Vicky le dijo, señalándome casi hasta tocarme con la uña:
—¡Mirá, Maggy! ¡Es enorme…!
Y la otra miró, después subió el farol para mirar de nuevo, se le transparentó el camisón, y me calentó más cuando dijo, sin dejar de alumbrarme:
—¡Es horrible…!
Quería decirles que si me tocaban era capaz de seguir creciendo, pero no tenía voz, no pude hablar. Maggy apoyó el farol en el piso y salió al balcón. Yo seguía apretando el brazo de Victoria, en una mezcla de odio, rabia y confusión. Al fin pude hablar:
—No hay que apuntar… ¡Nunca hay que apuntar, puta…! —le dije, y ella dejó de reír, seguía mirándome, pero por la sombra que proyectaban la mesa de noche y el borde de la cama, mucho no podría ver.
Con la llamita del farol temblequeando en el piso, había oscurecido en ese momento, yo podía mirarle el pelo y el brazo que le seguía torciendo y apretando, y pensar que era Magdalena, no Victoria, la que estaba sobre mi cama. Tomé su mano libre y la acerqué a mi pija.
—¡Tocá! —pedí, guiándole la mano y procurando aflojar sus dedos para que me acariciasen.
Tocó mal. Yo puse mi mano entre sus piernas, jugué a que mis dedos le subían caminando y empecé a tocar a través de la bombacha como me había enseñado Anita, una de las chicas de Raúl. Fue todo simultáneo: empezó a aparecer una materia untuosa, que en ella me pareció más limpia, su voz empezó a quejarse y a jadear y sus dedos se crisparon torpes, alrededor de la base de mi pija. La mano se había muerto: ella seguía jadeando y yo pensaba que sus dedos, que imaginaba que eran los dedos de Mag, se iban a endurecer, que después se iban a encoger y a retorcer como culebras muertas anudadas a mí. Le hablé contra la oreja:
—¡No hay que apuntar… puta! ¿Ves, puta, lo que pasa por apuntar…?
Y apretaba la boca contra su oreja, porque tenía miedo de besarle la boca, o porque no quería verle la cara. Empecé a moverme. Mi mano se había librado de la bombacha y seguía acariciándola. Mi dedo índice se había internado en un tubito de carne húmeda. Me ubiqué entre sus piernas. Tardé en liberarme de la torpe presión de sus dedos y con la mano izquierda libre empecé a frotar mi pija contra la sábana, justo debajo de sus nalgas. Ella jadeaba más. La posición no era muy cómoda, ya sólo podía acariciarla con el pulgar y sentía que en cualquier momento mi cuerpo perdería el equilibrio sobre esa cama demasiado elástica. Ella sacudía la cabeza a los lados de la almohada, el largo pelo se le volaba a los costados y yo, para detenerla, hacía fuerza con la boca contra su oreja, sintiendo cómo el tornillo de su arito se le clavaba en la piel del cuello.
—¡No apuntar! ¿Ves que no hay que apuntar? ¿Ves?
—repetía yo, frotando, ya sin tocarla, porque sus piernas se cruzaron tras mis piernas, obligándome a caer sobre ella cuando ya ni el pulgar cabía entre nosotros. Con mi mano inmovilizada levanté la pija y la froté en su zona húmeda. Ella se sacudía más, jadeaba más, y la cabeza de mi pija estaba entrándole —sin ruido— justo cuando yo ya empezaba a terminar y corría leche en su tubito de carne, y desde la zona de sus pelos de rulos apretados y ásperos desbordaba sobre la colcha. Debió de haber sido la cuarta vez que acabé aquel día.
Y ahora pueden pasar días y hasta semanas enteras sin que acabe ni una sola vez.
¿Habría oído algo mamá? Tuve miedo. Sentía ganas de mear. Vicky seguía sentada a los pies de mi cama, quejándose, jadeando. Estaba empapada del sudor suyo y el mío, mezclados. Mi pija se había vuelto un animalito muerto, infinitesimal, sin ojos. Toda su zona y el pantalón alrededor eran una sola humedad de los dos. En el cuadro de la ventana del balcón, se veía la cabeza de Mag, amarilla por el reflejo del farol: el pelo seco se hinchaba por el viento. Había muy poca luz. Ella, mucho no debió de habernos visto desde el balcón, si es que había mirado.
Al rato, una ráfaga de viento entró en la pieza. Atrás llegaba Mag. Levantó el farol, y mientras nos miraba, atornillaba con indiferencia la tapa del tanquecito de querosén. Sentí frío y vacío en la bragueta cuando ella inclinó la lámpara para mirarme. Debí justificar:
—¡Se murió! —le expliqué.
—¿A ver cómo es…? —miraba ella, pero como no podía ver, le saqué el cigarrillo de los dedos y puse su mano en mi pelambre. ¿Tendría asco?, temí, pero ella dejó su mano quieta mientras la sangre comenzó a hincharme, y le quité el farol, lo apoyé sobre la mesa de noche, y después le abracé la cintura para hacerla sentar entre Vicky y yo.
Ya la tenía bien dura cuando Vicky fue a la cómoda a buscar cigarrillos. Yo me abracé con Mag y apoyé la cara contra su pelo amarillito y sentí un pecho elástico apretándose contra mi cuello. No tenía corpiño y sus dedos acariciaban mejor que Vicky. Pero yo ya sentía unas ganas insoportables de mear.
Vicky nos dio cigarrillos y guindado, y cada sorbo parecía caer dentro de mi vejiga como la última gota que desborda un lago de dolor. Fumábamos. Los movimientos de la mano de Mag me repercutían dentro y las ganas de mear ya eran sólo un dolor terminal. Pero ¿podría salir? Si dejaba la pieza ya no podría volver a empezar con la mano de Mag. Recordé la llave, que estaba sobre la cómoda, y salté de la cama.
Las chicas debieron de asustarse al verme correr hacia la puerta y salir dejándolas encerradas con dos vueltas de llave. Cuento esto porque cuando como un fantasma loco y apurado volvía del baño trayendo la llave del cuarto en la mano, una parte del pantalón enchastrado por la humedad de Vicky, y la rodilla y las botamangas chorreadas por el pis a causa del apuro, en el instante en que cruzaba frente al cuarto de ellas, iluminado a pleno por uno de esos faroles a gas de querosén que se llamaban «sol de noche», vi que se abría una puerta del cuarto de mamá, y mi corazón, que venía agitado, tuvo un cambio de compás que me detuvo en el aire. Mamá estaba parada frente a su espejo. Tenía puesta una peluca rubia, un vestido muy corto de tela negra, los labios pintarrajeados sostenían un cigarrillo humeante mientras sus manos hacían el gesto teatral de llamar a alguien desesperadamente. Vi que emergía una sombra del cuarto y el capataz Leoni, arreglándose la ropa, pasó a mi lado sin notarme y se perdió en la oscuridad de la escalera. Bajaba teniéndose de los dos pasamanos, para pesar menos sobre las tablas y no hacer ruido. Estoy seguro de que no me vio. Tampoco mamá me había visto, pero yo seguí viendo por mucho tiempo aquella escena, el vestidito negro brillante, con una puntilla de color colgando de la pollera corta, la cara tan pintada y los pelos ajenos y largos. Puedo seguir viendo esta escena inolvidable porque fue la única vez que vi fumar a mamá.
La vieja odiaba el tabaco. Mandaba lavar los ceniceros cada vez que alguien apagaba un pucho y amargó los últimos años de papá obligándolo a abrir las ventanas del living en invierno para hacerlo cagar de frío mientras fumaba su cigarro de sobremesa.
En mi cuarto, las otras dos habían abierto mi caja de alfajores y los comían desparramando las miguitas sobre la sábana. Les quité la botella de guindado, después trabé la puerta, guardé mi caja de alfajores y volví a sentarme entre las dos. Cuando abracé a Mag, Vicky se puso a hacer sombras en la pared imitando con los brazos los movimientos de baile de Mag, una especie de ejercicio de atletismo desarrollado en tiempos asombrosamente lentos. Mag reía. La abracé más y volví a llevar su mano a mi entrepierna. La explosión de sangre fue más fuerte esta vez, porque cuando mis dedos descubrieron que se había quitado la bombacha, pensar que ella había estado esperándome todo ese tiempo me hizo sentir que se me hinchaban también el pecho y la garganta. Me tendí sobre ella, le dije «amor». No sé por qué, pero le dije «amor» y busqué su boca y encontré su lengüita ágil. Tenía gusto a guindado y estaba cubierta de cascaritas de azúcar de mis alfajores: a ella sí pude besarla en la boca.
Mag era virgen, pero resultaba más fácil entrar en ella que en Vicky. No jadeaba. Apenas le temblaba la mandíbula cuando los brazos fuertes me apretaban, clavando las uñas con una fuerza que solamente ella podía tener. También con Mag acabé en el momento en que estaba entrando, mientras sus ojitos despistados recorrían el cuarto buscando las sombras de mi hermana, que seguía moviéndose a la luz de la llamita amarilla. Y era la quinta o quizá la sexta vez que terminaba aquella noche: pensarlo ahora me parece un sueño, algo que nunca ha sucedido, pero que pronto puede o debe volver a producirse.
Después quedamos abrazados. Había más viento afuera, vibraba la ventana y entraban corrientes de aire helado al cuarto. Vicky llegó a cubrirse con mi manta. Los tres teníamos frío. Prendimos American Clubs y fumamos tirando las cenizas al suelo, alrededor del farol, entre papelitos y migas de alfajores. ¿Qué me importaba la limpieza del cuarto en una noche como aquélla?
Varias veces Vicky me dijo al oído:
—¡Qué bien me tocaste…! —parecía muy borracha y se abrazaba a mí.
Y cuando Mag quiso saber qué me decía, y ella le dijo que nunca lo sabría, porque eso era un secreto de familia y volvió a tocarme la pija, yo sentí que se me estaba volviendo a parar aunque tocaba con torpeza. Cuando noté que no iba a poder terminar le pedí a Mag que ella también tocase. Las dos tocaban, riéndose.
Pero tampoco ella servía. Las mismas manos, que en otra ocasión podían haber sido un estímulo, en ese momento no eran más que un obstáculo para mí. Entonces, copiando algo que había leído alguna vez, empecé a frotarme con el ruedo del camisón de Mag. Era suave, de tela livianísima. Ella se quejó:
—¡Asqueroso! —me dijo y trató de correrse, pero Vicky le exigió que me dejara en paz y dijo que ella me iba a defender porque yo era su hermanito, y las dos se rieron de mí, mientras jugaban a tocarme como si yo tuviese un botón comandando los mecanismos. Al acabar me salieron apenas unas gotitas transparentes, absurdas: era la quinta, o sexta vez que terminaba. En cambio ahora no puedo terminar ni una sola vez, aunque evoque todos los recuerdos de aquella noche.
Cuando emponchándonos los tres en mi manta de viaje salimos al balcón, el aire frío nos quitó toda la borrachera del guindado. Apretados, temblando, fuimos por el balcón a espiar el cuarto de mamá: nos arrodillamos en el piso de mosaicos. Yo les abrazaba las cinturas y las dos me hablaban al oído echándome el vapor caliente de sus bocas.
Adentro, en el calor de nuestra casa, con sus tetas chatas y desinfladas, mamá le estaba bailando al pobre Leoni, que vestido sólo con su camisita empinaba el porrón de ginebra y se chorreaba el cuello. Ella lo llamaba; él hacía que no con la cabeza —¿no se atrevería a acercarse a la señora del patrón?— y ella le bailaba y le gritaba algo que después coincidimos los tres en que era la frase «Dale, puto» y él seguía negándose —creo que no fingía— hasta que ella fue a la cama y se le montó encima y se le reía, mientras yo bajaba la mano derecha y acariciaba la conchita de Mag que volvía a empaparse, y los tres tratábamos de contener la risa que nos daba ver la cara seria de papá, que desde la sillita enana del rincón, vestido sólo con su saco pijama de rayas azules y coloradas, trataba de tener enfocada la linterna sobre la peluca rubia que mamá le sacudía encima al pobre Leoni.
Mag me abrazaba, me acariciaba la espalda, el cuello y las pelotas y a cada instante me buscaba la cara para meter su lengua entre mis labios y los dientes, pero como no pude convencerla de que me chupase la pija —tendría asco, o no querría dejar de espiar lo que ocurría en el cuarto— empecé yo mismo a pajearme de nuevo con la derecha, mientras metía un dedo de la izquierda en el tubito tibio de Vicky y seguía acariciando con el pulgar esa conchita cálida, que se empezaba a mover acompasadamente aunque el resto del cuerpo le temblaba de frío. Acabé pronto, contra la manta impregnada por el olor de la conchita de Vicky, donde mi piel sentía esa humedad nueva y tibiona que me pareció más limpia que cualquiera de las que hasta entonces, con mis otros hermanos, habíamos besado y acariciado tantas veces en el departamento de Raúl.

1981

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