Madrid bajo sitio

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por John Dos Passos

Cuarto y baño en el Hotel Florida

Me despierto de repente con la garganta pastosa. No ha terminado de amanecer. Estoy acostado en una cama confortable, en una habitación de hotel limpia y bien arreglada, mirando el rectángulo añil claro de la ventana de enfrente. Me incorporo sobre la cama. Se repite el chillido rápido y cada vez más fuerte, el endemoniado estruendo, el traqueteo de tejas y un destrozo de vidrio y fragmentos de granito. Debe de haber caído cerca, porque el hotel se ha sacudido. Mi habitación está en el piso octavo o noveno. El hotel queda en una colina. Desde la ventana puedo ver toda la parte vieja de Madrid, los tejados apiñados, cubiertos de hollín y salpicados de rojo y amarillo pálido bajo el azul metálico del resplandor anterior al alba. La ciudad atestada se extiende, nítida y quieta, hasta donde alcanzo a ver: techos angostos, chimeneas sin humo, torres de color habano con cúpulas, chapiteles de pizarra de la Castilla del siglo XVII. En la luz cada vez más clara del aire acerado todo parece cortado en metal. De nuevo el chillido, el estruendo y traqueteo y tintineo de un proyectil que estalla en alguna parte. Entonces, de nuevo el silencio, tan sólo cortado por los aullidos delgados de un perro herido, y lentamente, desde uno de los techos, una mancha de humo sucio y amarillo se forma, se eleva, se hace más gruesa y se esparce en el aire quieto, bajo el añil del cielo. Los aullidos persisten débilmente, y luego cesan.
Es demasiado temprano para levantarse. Trato de volver a la cama, me duermo y me despierto casi de inmediato con la misma cerrazón en la garganta, la misma sensación pesada en el pecho. Los proyectiles siguen cayendo. Son pequeños, pero están muy cerca. Mejor vestirse. El agua corre en el cuarto de baño, aunque la caliente no llega a salir. Uno se siente a salvo afeitándose en el baño limpio, olisqueando el olorcillo tradicional del acostumbrado jabón de afeitar. Después de un baño y un buen afeitado me pongo el albornoz, pensando que, después de todo, esto es lo que los madrileños han tenido en lugar de relojes de alarma durante los últimos cinco meses. Bajo las escaleras para ver en qué andan los muchachos.

Los proyectiles siguen cayendo. El hotel, que habitualmente está tan calmado a estas horas, hoy está lleno de ajetreos y confusión. Por todas partes se abren las puertas que dan a los balcones, alrededor del pozo vidriado. Hombres y mujeres en varios estados de desnudez salen escabulléndose de las habitaciones frontales, arrastrando maletas y colchones hacia las habitaciones traseras. Hay un camarero del restaurante, un hombre de pelo rizado que sale sucesivamente de distintas puertas con el brazo alrededor de distintas jóvenes que lloriquean o sueltan risitas nerviosas. Magníficas exhibiciones ropa interior y gente despeinada.
Abajo, los corresponsales empiezan a moverse, adormilados. Un inglés hace café en una cafetera eléctrica a la cual rápidamente se le quema un fusible al mismo tiempo que se le derrite el enchufe. Un francés en pijama distribuye fruta para todo el mundo desde la puerta de su habitación.

Los proyectiles siguen cayendo. Nadie parece saber cómo disponer del café, hasta que una novelista de Iowa, completamente vestida, se hace cargo, y lo distribuye servido en vasos de vidrio con un poco de tostada quemada y tajadas de la fruta del francés. De repente, todos se vuelven alegres y conversadores, hasta que ya no queda más café. Para entonces, el bombardeo se ha apagado un poco, y yo vuelvo a la cama y duermo durante una hora.

Cuando desperté de nuevo, todo estaba en calma. Había agua caliente en el baño. De alguna parte de los apiñados techos que se veían desde la ventana surgía un leve sabor de aceite de oliva. En los balcones del hotel, todo estaba normal y en calma. Las camareras, esas mujeres de cara amable y edad madura, estaban allí, con sus pulcros delantales, limpiando en silencio. En la planta baja los camareros servían el café matutino. Fuera, en el pavimento de la plaza de Callao, había abolladuras que la noche anterior no existían. Alguien dijo que un viejo vendedor de diarios había muerto. Ayer, el portero del hotel fue herido en el muslo por la bala perdida de una metralleta.

PASEO METROPOLITANO

El sol de media mañana calentaba la Gran Vía a pesar del frígido viento seco de la primavera castellana. Al salir al ruidoso ajetreo de la ciudad, no pude evitar pensar en los otros Madrides que había conocido, veinte años atrás, o dieciocho, o cuatro. Los tranvías son los mismos, las caras cetrinas de narices largas de los madrileños son las mismas y tienen el mismo toque de campesino moreno de cabeza redonda, las mujeres en sus chales oscuros no parecen muy distintas. Por supuesto que ya no se ve a la Mejor Gente. La Mejor Gente está en Portugal y en Sevilla o en la tumba. Nunca vi a la Mejor Gente a esta hora de la mañana. Los hoyos de bala y las cicatrices que han dejado la metralla y los fragmentos voladores no han modificado el aspecto general de la calle, ni tampoco lo han hecho los carteles políticos pegados en cada pedazo de pared libre, o el hecho de que la gente vaya vestida de forma deshilvanada y haya una predominancia de uniformes caqui y de mezclilla. Es la costumbre de todo ello lo que le da a la ciudad esta sensación de pesadilla. Me encuentro de repente con el hotel en que mi esposa y yo nos quedamos la última vez que estuvimos aquí. La entrada parece normal, y lo mismo los almacenes de al lado, pero la planta superior con los balcones donde estaba nuestra habitación ha sido ametrallada y tiene tantos hoyos como un queso suizo.

Nadie camina con tanta prisa—y en estos días, casi nadie pasa por la Gran Vía sin acelerar el paso, porque es en esta calle donde cae la mayoría de bombas—como para no detenerse y levantar la mirada hacia el edificio de la central de teléfonos, alto y neoyorquino, para buscar nuevas perforaciones. Es gracioso que el edificio menos español de Madrid, la orgullosa torre barroca y neoyorquina de la International Tel and Tel de Wall Street, símbolo del poder colonizador del dólar, se haya vuelto para los madrileños el símbolo de la defensa de la ciudad. Cinco meses de bombardeo intermitente le han hecho sorprendentemente poco daño. Hay perforaciones y abolladuras, pero nada que no pueda ser reparado en dos semanas de trabajo. Ya han enladrillado las ventanas de varias plantas del lado que sufre los bombardeos. La ornamentación, históricamente exacta, apenas si ha sido desportillada.

En su interior, uno se siente extraordinariamente a salvo. El sistema entero de servicios telefónicos sigue funcionando a oscuras en aquellos despachos. Los ascensores funcionan. El ambiente es el de un edificio céntrico de Nueva York en un día domingo. En el silencioso despacho principal están los censores de prensa, un español cadavérico y una mujercita austriaca rolliza y de voz agradable. Dicen que van a trasladar el despacho a otro edificio. Es demasiado pedirles a los periodistas de los servicios regulares que atraviesen un bombardeo cada vez que quieran entregar un artículo, y los censores comienzan a sentir que los artilleros de Franco los persiguen a ellos en particular. Justo ayer la austriaca se encontró al llegar con que un fragmento de proyectil había incendiado su habitación y quemado todos sus zapatos, y, al salir a buscar algo de comer, el censor había visto cómo una mujer que estaba parada a su lado quedaba hecha picadillo. No es para sorprenderse que el censor sea un hombre nervioso; parece que le falta sueño y también comida. Habla como si entendiera su posición (pero no le diera demasiada importancia) como guardián de esos teléfonos, único vínculo con países técnicamente en paz, donde la guerra todavía se hace con créditos oro en los libros de contabilidad de los bancos y con contratos de municiones y conversaciones sobre sofás de terciopelo rojo en antecámaras diplomáticas, en lugar de hacerse con misiles de quince centímetros y escuadrones de artillería. No da la impresión de enfrentarse a su trabajo con complacencia. Pero para quienes somos más o menos agentes libres, provenientes de países en paz, es difícil hablar de muchas cosas con hombres que están encadenados a las galeras de la guerra.

Es un alivio alejarse de las centralitas del poder y caminar de nuevo por las calles soleadas. Si uno sigue por Gran vía, pasando la plaza de Callao, bajando por la colina hacia la Estación del Norte, deteniéndose un instante en una excelente librería que todavía abre a los clientes, acaba por toparse con la primera barricada de defensa. Ha sido sólidamente construida con losas de cemento dispuestas en hiladas regulares tan altas como una persona. Es allí donde los hombres darán la última batalla y morirán si los fascistas la atraviesan.

Sigo caminando calle abajo. Ésta solía ser la forma más rápida y más agradable de salir al campo: caminar por la avenida sombreada que bordea el Manzanares, donde está la pequeña iglesia panzuda con los frescos de Goya, y salir por la puerta de hierro que da a los viejos dominios reales de El Pardo. Ahora, ésta es la forma más rápida de llegar al frente.

En la barricada siguiente hay un pequeño centinela de ojos lustrosos que me pide, con una sonrisa, que le enseñe mi pase. Es cubano; hablamos como dos americanos. De alguna manera hay un vínculo entre nosotros; somos dos personas que vienen del mundo occidental.

Hay trincheras hechas con sacos de arena en la recientemente terminada Plaza de España. Las estatuas descuidadas e inmensas de Don Quijote y Sancho Panza miran, curiosamente, hacia la posición enemiga, en Carabanchel. En un barracón de la esquina, un grupo de brigadistas internacionales espera comida. Caras francesas, caras belgas, caras del norte de Italia; exiliados alemanes, hombres barbados quemados por el sol, chicos pequeños; de todos emana una sensación de desesperación y energía. Los dictadores les han robado su mundo; han perdido sus hogares, sus familias, sus esperanzas de vida o de una carrera; y ahora están devolviendo el golpe.

Encima de otra colina está el casco quemado del Cuartel de la Montaña, donde la gente de Madrid aplastó la revuelta militar de julio pasado. Entonces quedamos frente a una calle ancha y de bordes altos: el paseo de Rosales. Solía ser uno de los lugares de Madrid más agradables para vivir, pues las fincas de cuatro y cinco plantas daban al valle del Manzanares y a los árboles verdes de los viejos parques y dominios reales. Ahora, es tierra de nadie. Abajo, a lo lejos, el frente cruza el valle; pero salir al paseo es quedar a la vista del enemigo, y los moros son excelentes tiradores.

Los turistas se escabullen con considerable rapidez a una casa de la esquina. Allí están el estrecho vestíbulo y la hilera de campanas y las escaleras más bien lúgubres, habituales en los edificios de apartamentos de Madrid, pero en lugar del piso del señor Fulano de Tal en la tercera planta, uno abre una puerta de cristal esmerilado y se encuentra con… la fachada. El resto de la casa ha sido borrado del mapa. La puerta de cristal da al aire, y a los pies se abre un pozo lleno de mampostería destrozada y muebles rotos, luego la avenida desierta, y más allá, cruzando el Manzanares, una vista magnífica del enemigo. En la planta superior, de ese lado, hay una habitación todavía intacta; mirando con cuidado a través de los postigos medio despedazados podemos distinguir trincheras y avanzadas en la cima de la colina, una nueva trinchera de mando a media pendiente, y, cerrando la imagen, como siempre, la barrera nevada y tapada con nubes de los Guadarramas. Las líneas están en calma; ni un sonido. A través de los cristales podemos ver un grupo de milicianos que se pasea por detrás de un macizo de árboles. Después de todo, ya es hora de comer. No se les puede pedir que comiencen una batalla para beneficio de un par de turistas.

Al volver al hotel por las calles vacías del barrio en ruinas, a espaldas del Paseo, tenemos la oportunidad de ver todas las pintorescas posibilidades que resultan del fuego de artillería y los bombardeos sobre las casas de vivienda. El efecto casa de muñecas es el más común: la fachada o el costado de una casa son arrancados de cuajo y, de manera muy conmovedora, quedan al aire salones, recámaras, cuartos de baño, comedores, camas de hierro forjado y elaborados candelabros que cuelgan en el vacío, un piano suspendido en el aire, un aparador todavía con platos, un espejo con marco de estuco dorado que relumbra en lo alto, entre una masa de ruinas donde todo lo demás ha sido sepultado.

LLAMADA VESPERTINA

Después de comer voy caminando a la parte norte de la ciudad para visitar a la madre de un viejo amigo. Es el mismo piso al que he ido a visitarlos en varios viajes pasados. La misma sirvienta de negro y con delantal almidonado abre la puerta de las mismas habitaciones blancas y tenuemente iluminadas, con sus viejos muebles de roble y nogal que me hacen recordar las habitaciones de Felipe II en el Escorial. La madre de mi amigo ha envejecido mucho desde que la vi por última vez, pero sus ojos, bajo el arco elegante de las cejas todavía oscuras, siguen tan bellos como siempre, conservan el mismo resplandor negro al hablar. Con ella está una hermana mayor, originaria de Andalucía, una mujer de pelo blanco y demasiado vieja incluso para conversar. Han vivido en Madrid desde que comenzó el Movimiento, como lo llaman. Mi amigo ha tratado de llevarla a Valencia, donde tiene obligaciones que cumplir, pero ella prefiere no dejar su piso, y no le gustaría que los fascistas pensaran que la han hecho huir de miedo. Por supuesto que conseguir comida es un problema, pero ellas ya están viejas, dice, y no necesitan demasiado. Hasta podría invitarme a comer si llegara de improviso un día de éstos, siempre que no viniera con la idea de comer mucho. Me cuenta qué diarios le gustan, entonces comenzamos a hablar de los viejos tiempos, cuando vivían en El Pardo y su marido el doctor aún estaba vivo. Yo solía ir a verlos cruzando el hermoso parque de robles, que siempre me hacía sentir como si caminara por el paisaje de fondo de un cuadro de Velázquez, lleno todavía de Borbones de cepos y guardabosques reales en trajes goyescos. Acompañados de grandes tazas blancas de té caliente y tortas de pasta de almendra, solíamos hablar de paseos por la Sierra y de salidas a esquiar y de visitas a olvidados pueblos castellanos y del placer de observar la arquitectura de los edificios viejos y de las poesías de Antonio Machado.

VIDA DE CALLE

Al volver a la calle desierta escuché de nuevo el sonido distante de los bombardeos. Como precaución, fui caminando a la estación de metro y tomé el abarrotado tren que iba a Gran Vía. Cuando salí del ascensor de la estación me di cuenta de que no había tanta gente como de costumbre caminando hacia la calle de Alcalá. Había una ligera tendencia de la gente a pararse en los umbrales de las puertas. Yo iba pensando en lo intacta que estaba esta parte de la ciudad cuando enfrente de Molinero, la pastelería a la cual solíamos ir en los viejos tiempos para llenarnos el estómago de pasteles de almendras y clara de huevo y nata batida durante el intermedio de los conciertos sinfónicos del circo de Price, me vi al bajarme de la acera metido de repente en un charco de sangre. Lo habían rociado con agua, pero los charcos rojos permanecían entre los adoquines. Tanta sangre tenía que haber salido de una mula, o de mucha gente herida al tiempo. Lo eludí dando un rodeo.

Pero lo que todo el mundo estaba mirando era la división de El Campesino, que desfilaba con sus nuevos uniformes caquis con banderas y fusiles italianos y camiones capturados en Brihuega. Las trompetas sonaban y los tambores traqueteaban y las banderas ondeaban en el sol de la tarde y los jóvenes y niños que pasaban por ahí vestidos de caqui se veían saludables y confiados, bronceados por la vida en el frente y con los rostros inyectados de rubor por el viento azotador de las sierras. Los seguí hasta la Puerta del Sol, la cual, a pesar de las dos manzanas destripadas por bombas incendiarias, se veía sorprendentemente normal en el bullicio del final de la tarde, lleno de lustradores y voceadores y gente que vendía cordones y encendedores y libros cubiertos de papel.

En la isla de en medio, donde está la estación del metro, un anciano me lustró los zapatos.

Un par de proyectiles golpearon calle arriba, a mis espaldas. A los golpes secos y colosales siguió un humo amarillo y el olor del polvo de granito que pasó flotando lentamente en el viento. No hubo más impactos. Acaso unas cuantas personas más decidieron tomar el metro en lugar del tranvía. Pasó una ambulancia. El viejo siguió lustrando meticulosamente mis zapatos.

Comencé a sentir que el artillero del General Franco, que se fumaba un cigarrillo mientras observaba la silueta de la ciudad desde la colina de Carabanchel, me estaba apuntando a mí específicamente. Por fin el viejo se sintió satisfecho con su trabajo, y volvió a sentarse en su caja a la espera de otro cliente mientras yo cruzaba la media luna de la plaza, entre la multitud reducida, hacia el viejo Café de Lisboa. Entrar a través de las puertas giratorias de vidrio grabado y sentarme sobre la gastada felpa color de cartuja y acomodarme para leer los diarios con un vaso de vermut fue como retroceder veintiún años, al invierno en el que solía salir de mi habitación, el ático de una casa en la otra esquina de la Puerta del Sol, y venir aquí por las mañanas a calentarme con un café. Para cuando salgo, a la hora de cerrar, y me encamino hacia el Hotel Florida, ya está casi completamente oscuro. Por alguna razón la ciudad parece más segura de noche.

LAS NOCHES SON LARGAS

Los corresponsales hacen sus comidas en el sótano del Hotel Gran Vía, casi en frente del Edificio de Teléfonos. Se entra a través de un vestíbulo sin luces y una especie de despensa, bajando por unas escaleras traseras, pasando la cocina, hasta llegar a un lugar con aires de caverna que todavía conserva cierto ambiente de luces rosadas y nerviosismo de club nocturno. Allí, sentados frente a una larga mesa, están los corresponsales profesionales y los jóvenes salvadores del mundo y los miembros de las delegaciones radicales extranjeras. En las mesas pequeñas de los nichos suelen estar los milicianos y los internacionales de juerga y varias jóvenes de la brigada entre-las-sábanas. Precisamente esta noche hay un grupo de parlamentarios británicos en una mesa especial, verdaderos pesos pesados, incluyendo a una duquesa. Ha sido un gran día para ellos, porque los artilleros del General Franco se han cargado más civiles de lo normal. Frente a la puerta del hotel —para ser exactos, bajo las narices de la duquesa—dos pacíficos madrileños fueron reducidos a un revoltijo sangriento. Hubo que limpiar una salpicadura de sesos de las puertas giratorias y ya sin cristales del hotel. Pero atiborrados de horrores como estaban, los pesos pesados británicos habían cenado. De hecho, se habían comido todo lo que había, de manera que cuando los corresponsales americanos comenzaron a llegar sin nada más que whisky en el estómago, y fueron recibidos con una tajada de jamón rancio por cabeza, hubo un repentino estallido del espíritu del setenta y seis. Por qué iba a comer tres platos una maldita y asquerosa y etcétera duquesa mientras que un periodista americano y trabajador tiene que pasar hambre. Un boxeador—ex peso gallo y borracho de tanto ponche—que frecuentaba el antro vestido con uniforme de miliciano y que en el pasado había tenido tendencia a ponerse amigable con el contingente gringo, tan generoso con el licor, asumió nuestra defensa, y murmuraba oscuras amenazas acerca de cerrar el sitio y hacer que cocineros y camareros fueran enviados al frente, asquerosos especuladores escondidos bajo las faldas de la CNT y todos hijos de mujeres perdidas y saboteadores de guerra y peores que los fascistas, mierda. Al final la administración presentó un par de pescadillas que llevaban un buen tiempo muertas y un plato de espinacas que probablemente planeaban comerse ellos mismos, y los fuegos de la revuelta se apagaron.

De todas formas, lo más nutritivo y fácil de conseguir en Madrid, a pesar de su alto precio, es el whisky; de manera que es con esa gran bebida-comida nacional que los muchachos del otro lado de los cables suelen subsistir. Uno de los que llevaba más tiempo aquí se inclinó sobre la mesa y dijo, en tono quejumbroso:

—Ahora no irás a volver a casa y escribir acerca de los corresponsales borrachos, ¿no?

Fuera, la luz de la luna inundaba melancólicamente la ciudad de piedra oscura y cortaba cada calle en dos secciones oblicuas. Al fondo de la Gran Vía yo alcanzaba a ver la linterna de una patrulla, y les escuchaba pedir en voz baja la contraseña de la noche a cualquiera que se encontraran en la acera. Del oeste de la ciudad llegaba un estallido hueco y disperso que perforaba aquel horizonte de silencio. En alguna parte, no lejos de allí, había hombres de nervios tensos que se arrastraban a lo largo de los flancos de paredes oscuras, que mantenían gachas las cabezas en las trincheras, que echaban atrás el brazo derecho para lanzar una granada de mano contra alguna sombra que avanzaba frente a ellos. Y en cada una de las casas negras, los niños que antes habíamos visto jugando ahora dormían, y los adultos en sus camas pensaban en amigos y familiares perdidos y en ruinas y en gente que habían querido y en odiar al enemigo y en el hambre y en cómo conseguir algo más de comida mañana, y sentían el aterimiento de su sangre, a pesar de todo el desdén frente a la muerte, el débil pero incesante ardor de aprensión de una ciudad bajo sitio. Y no pude evitar sentir un cierto asombro al desvestirme en mi habitación cálida y calmada y provista de luz eléctrica y agua corriente y una bañera, al recostarme en la cama con la intención de leer un libro y en cambio terminar mirando al techo, pensando en la camarera de cara agradable y edad madura que la había limpiado por la mañana y había tendido la cama y puesto todo en orden y que vendría cada día regularmente, porque desde el comienzo del sitio había hecho su trabajo igual que lo había hecho en los días de don Alfonso, y me pregunté dónde dormía, qué era de su familia y sus hijos y su marido, y se me ocurrió que tal vez mañana, cuando viniera a trabajar, la sorprendiera ese chillido rápido y cada vez más fuerte en la calle cubierta de polvo y trozos de piedra, y en lugar de venir a trabajar la mujer quedaría hecha un revoltijo molido de sangre y entrañas listo para ser recogido con una pala y echado dentro de un ataúd de pino y retirado de prisa. Y lavarían con agua los adoquines y la muerte de Madrid seguiría adelante.

Madrid, abril de 1937

(De: Viajes de entreguerra, Ediciones Península, 2005. Traducción: Juan Gabriel Vásquez)