Maldonado con Lorca, y el sol

Por Rodolfo Braceli

Imagen: Germán Maldonado

Cómo, cómo no soñar con ciertos seres cuando lo que llamamos “la realidad” se nos torna pesadilla. Eso me pasó en una noche reciente del agosto del año 2017 después de Cristo: soñé con aquel Federico y con este Santiago. De pronto uno era el otro, y los dos eran el mismo; ambos, tejidos por la niebla del mismo espanto.

Aquel Federico era García y era Lorca. Este Santiago es Maldonado y es 1, 2, 3, 25, 73, 115, 399, 743, 1358, 3278, 4512, 7920, 13298, 23956… Pero, ¡me cago en la hedionda leche de los malparidos! Me estoy distrayendo con la obscena discusión cuantitativa del Pérfido y la banda de prolijos que lo apaña. Basta de eso. ¿Hasta cuándo partenaires? Dejemos de ser comentaristas tardíos del sucesivo horror consumado por los negacionistas que siguen careteando, convalidando la asesinación. Es decir: de los prolijos que, puertas adentro, simpatizan sin asco con aquellos violadores que torturaron, desuñaron, quemaron encías, testículos y vaginas. Entonces violaron la vida. Y no les fue suficiente: entonces violaron a la mismísima muerte y arrojaron cuerpos al mar y negaron sepultaras y eternizaron el duelo incesante. Y no les fue suficiente: entonces afanaron seres recién paridos, desde la placenta, de cuajo. Y no les fue suficiente, y van por más: siguen haciendo muerte, deshaciendo vida. Confunden impunidad con heroísmo. Argumentan que no se puede vivir en el pasado. Vomitan la memoria. Prosiguen su tarea los prolijos desnucadores de la condición humana.


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Así fue: soñé con Federico y con Santiago.

Voces indignadas me dicen: “Pero ¿qué tienen que ver aquél y éste?” Mucho que ver: los dos, más que personas, eran humanos y criaturas. ¿Que no? Busquemos los retratos de Federico y de Santiago. Veremos que los dos tenían la inconfundible luz de la niñez en la mirada.

Voces engoladas me dicen: “Pero por favor; nos estamos en guerra civil, no estamos en dictadura”. De acuerdo. Pero el caso es que la asesinación sigue aquí, latente, agazapada, infatigable. ¿Dónde es aquí? Aquí, en esta patria idolatrada, rifatizada, benetteada, ofrecida a la buitredad de afuera por la buitredad de adentro. Esta patria, tan loteada. Tan entregada a la recontraconquista del desierto.

Ahora advierto: he cometido tremendo sacrilegio. Dije “eran”. Dije “tenían”. ¿Cómo es posible que claudique a la desesperanza y que dé por muertos a aquel Federico y a este Santiago? ¡No, muertos nunca! En todo caso, los dos ahora respiran de otra manera. Porque la muerte no siempre se sale con la suya. Y la resurrección es un derecho y es un deber.

Pero debo contar el sueño. Es la insoportable madrugada de Federico, en un día mal parido… “Vamos, arriba, depravado, que te ha llegado la hora de soltar los calzones, vamos ¡y a correr!”

Huyendo de la voz, atravesado de pavura, descalzo, con una camisa todavía blanca, el corazón criatura ahí va corriendo en busca de una guarida: la luna de esa noche que viene interminable. Sabe –su madre se lo dijo– que en la luna él cabría, acostadito, y que allí, en su regazo, podría estarse a salvo de cualquier odio.

Huyendo, alcanza a decir “madre, ¿por qué las balas siempre han de alcanzar la espalda del que huye?”

En mi sueño, a Santiago después de apalearlo también le proponen: “Dale, barbudo con aritos, andá a cantarle a los mapuches y a la pachamama…” Recuerda Santiago: de niño le dijeron que en el vientre de la luna podría guarecerse.

Federico y Santiago eran de carne de hueso de sangre de música, y de sol. Eran, y son. Fue el 19 de agosto de 1936, Federico. Fue el 1º de agosto de 2017, Santiago. Ay, luces acribilladas. Ay, luces tan derramadas. Ay, agosto siembra de ausencia la corteza asombrada de la Tierra.

Sigue el sueño: uno es el otro, el otro es uno. Y el abismo se desfonda. Un viento demasiado frío empieza a entrarles por las ventanas de sus espaldas, a Federico y a Santiago. Ellos están corriendo, las balas le voltean las camisas, y van las balas por sus nucas. Pobrecitas, aterradas criaturas.

Hay testigos: entre la niebla del sueño ven la asesinación las campanas, y se les desgaja la lengua, y enmudecen.

Y el aire cae de bruces con menos gesto que un gorrión vulnerado.

Y el Verbo, sin más, pierde el habla.

Y todas las alas aprenden que son de cristal al estrellarse contra el suelo.

Y los ángeles –si es que hay ángeles– dejan de zurcir su almíbar.

Y los demonios, con gruesos lagrimones, caen de rodillas.

Y el Cruxificado se remueve en sus clavos y avergonzado reconoce: -Padre, Padre, pensar que yo alguna vez creí que sólo a mí me habías abandonado.

Y el absurdo se desnuca.

Y el sol, qué puede hacer el sol… se tapa los ojos.

Y a Dios se le vuela el sombrero y se le cae al piso la mayúscula.

¡Y el alarido se queda sin paladar! Y Federico y Santiago ahora saben que ellos eran aquella mariposa “ahogada en el tintero”. Y sienten que se ha “roto el mundo”. Les está doliendo “la carne del corazón. Y la carne del alma”.

Intentan pronunciar palabras, pero ay, se le quedan las palabras en el aire, “como corchos sobre el agua”.

Arde la sangre en sus venas. Tres veces dicen “Ay de mí”.

Aquel 19 de agosto y este 1º de agosto, nos siguen sucediendo en una noche sin aurora. La pesadilla es la realidad.

En mi sueño ellos seguirán corriendo, pero las hambrientas balas los alcanzarán antes de treparse a la luna. Y los rematarán por la espalda. Por la nuca, a esos corazones. Las criaturas son imperdonables. La absurdidad una vez más se fue de palos, se le fue la mano.

Posdata. Me desperté con la pregunta: “¿Dónde está Santiago? Y la pregunta se me agravó: “¿Por qué no está Santiago?”

Pero algo hay que no me animé a compartir: en el sueño vi a Federico y a Santiago que se abrazaban largamente. Las manos de los dos se mojaron en la espalda del otro. En el sitio donde estaban parados y abrazados se fue formando un charco del tamaño de sus cuerpos.

Debe saberse: era, es, un charco de sol.

zbraceli@gmail.com

01/09/17 P/12

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