Mañana podría ser demasiado tarde en Brasil

Que Brasil, asustado con razón por una epidemia que mata, no espere más y busque la fórmula constitucional que permita colocar al país en manos de alguien normal, sin patologías y delirios de poder

Por Juan Arias

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en una conferencia de prensa este miércoles. Andressa Anholete (Getty)

Nada podría ser peor que minimizar el peligro que corre Brasil por estas horas en manos de un personaje como el capitán retirado y ultrancista, Jair Bolsonaro, que no solo se burla de una epidemia que está poniendo de rodillas al mundo, sino que intenta aprovecharla para minar las instituciones democráticas y afianzar su ansia de poder.

Aprovechar este momento de angustia nacional para politizar un drama en que se juega a vida o muerte pensando en su reelección, es un crimen sin perdón.

Con su estilo sibilino de decir y desdecirse, de jugar al escondite, el presidente acaba confundiendo e imponiendo su estilo de aprendiz a dictador mientras hay quien le mira aún como inofensivo por considerársele poco preparado y un incapaz. Al contrario, el que soñó con ser general del Ejército y se quedó en simple capitán es más peligroso para la democracia de lo que muchos piensan. Va royendo sin que nos demos cuenta nuestras libertades y capacidades de decisión. Y espera el momento propicio para dar el zarpazo del golpe.

Quien pensaba que los militares, empezando por los generales que él colocó en el Gobierno, serían garantía contra sus embates autoritarios ven hoy cómo aquellos han quedado aislados o han sido echados del Gobierno por no ponerse a sus órdenes. Se le van perdonando todos sus pecados hasta aquellos contra el sentido común. Se le permite que presente al exterior una imagen del país que va a contramano de los mayores líderes mundiales en la lucha contra la epidemia del coronavirus porque se piensa que nadie le va a creer.

El presidente es más peligroso de lo que parece porque sus ambiciones de poder son mucho mayores de lo que imaginan hasta los que están a su lado. Su capacidad de totalitarismo y de deseo de poner a sus pies a las instituciones democráticas son insaciables y le viene ya desde joven, cuando siendo un simple soldado soñaba con presidir al país sirviéndose hasta de métodos de terror, como cuando en el cuartel jugaba a ser terrorista y subversivo. También entonces se lo perdonaron las jerarquías del Ejército porque lo consideraban inofensivo o ingenuo. Hoy vemos que no lo era.

Fue considerado como inofensivo también cuando ya en la política, como diputado, se burlaba de los valores democráticos, exaltaba las dictaduras y la tortura, y humillaba a las mujeres y a quienes no entraban en la categoría heterosexual. Se le permitía todo porque se le consideraba inocuo, del bajo clero. Se le dejaba vomitar las mayores barbaridades porque se pensaba que era un personaje folclórico, hasta gracioso, un don nadie. No lo era. Y llegó a la máxima jefatura del Estado y por voto popular.

En medio del drama de la epidemia del coronavirus que asusta al mundo y que no sabemos aún cuantas víctimas tendrá, el presidente sigue irresponsablemente en sus trece de negar la evidencia e ir contra la opinión pública, altamente mayoritaria, como ha revelado el último sondeo de Datafolha. Y se aprovecha de la tragedia para soñar hasta con imponer el estado de sitio y colocar el Ejército al mando del país. Ejército al que, para vengar su antiguo sueño de poder, ahora como presidente lo tendría a sus pies.

Mientras quienes de verdad cuentan en el país y son responsables de su destino sigan infravalorando los sueños secretos de omnipotencia del capitán en reserva deberían mirar hacia atrás en la historia para recordar que fueron personajes que en su época parecían inocuos y farsantes quienes acabaron creando holocaustos y guerras para vengarse de quienes los consideraban figuras menores e inocuas. ¿Será necesario recordar nombres de los grandes tiranos de la Historia que surgieron de la mediocridad de la política? No es difícil recordar la tragedia del mundo cada vez que para gobernarlo fueron colocadas a su frente personajes menores, considerados inofensivos y fácilmente dominables mientras resultaron insaciables en su locura por el poder absoluto.

Si los cuerdos, los normales, los que son capaces de ejercer el poder como un servicio a la comunidad, acabaran devorados por las ansias de poder de los mediocres y falsos locos capaces de todo con tal de seguir en el pedestal del poder, mañana podría ser demasiado tarde.

No dejemos que el Brasil verdadero, hoy amedrentado, el que trabaja y se sacrifica para presentarse al mundo como el gran país que es por tradición e historia, por su capacidad de soportar las peores crisis, por sus riquezas naturales y espirituales acabe sofocado por la ignorancia y la locura de quienes desean convertirlo en un país bananero y periférico en el mundo.

Ese amor por las actitudes violentas y de enfrentamiento contra todos, por los conflictos violentos, por la política del odio fue siempre el sueño de todos los aprendices a dictadores que intentaron camuflar sus complejos de inferioridad con el retumbar de los cañones y el sacrificio de millones de personas perpetrado en el altar de la locura política de la sed de dominio.

Que Brasil, asustado con razón por una epidemia que mata y nos convierte a todos en prisioneros de guerra, no espere más y busque la fórmula constitucional que permita colocar al país en manos de alguien normal, sin patologías y delirios de poder capaz de hacer frente con sensatez a estas horas críticas que podrían marcar el futuro de un país que se está revelando solidario y con ganas de vencer esta batalla y seguir adelante con su vocación de paz y sus deseos de felicidad.

Que Brasil no tenga que arrepentirse de no haber reaccionado a tiempo dejando que alguien que ya ha dado pruebas suficientes de que es incapaz de gobernar a un país de esta envergadura y menos en momentos decisivos como este, siga peligrosamente arrastrándolo a una aventura cuyo final no es difícil de imaginar.

Y es para hoy. Mañana sería demasiado tarde.

El País

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