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La mano del amo

NOTA RELACIONADA
Tomás Eloy Martínez - La novela de Perón

EDITORIAL ALFAGUARA, S.A.
Octubre 2003
Portada por Hans Grel

Obras de Tomas Eloy Martinez - La novela de Perón, Santa Evita, La mano del amo y otros
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A mi padre, para que no vuelva
A quemar lo que escribo


I never felt at Home –Below–
And in the Handsome Skies
I shall not feel at Home – know–
don 't like Paradise

Siempre me sentí mal –Aquí–
Y en el cielo radiante
Sucederá lo mismo –Yo lo sé–
El Paraíso no me gusta

EMILY DICKINSON



Primero, sueño

Poco después de la muerte de Madre, la Brepe tomó la costumbre de saltar dentro del sueño de Carmona. Observaba al hombre con fijeza mientras se desvestía y, cuando él apagaba la luz, la Brepe arqueaba el lomo y se iba irguiendo sobre las patas, lista para cazar el sueño de Carmona y desplumarlo apenas levantara vuelo. Pero los sueños de Carmona no eran pájaros sino gatos: ásperas tinieblas de gatos, lenguas de gatos que se movían entre astillas de negra luz.
El hombre dormía con la boca abierta, y cuando entraba en el cono de oscuridad donde flotan los sueños, una manada de gatos salía de la boca, desgarrada por los lloros del celo, y se sumergía en el río de los ingenios azucareros. Madre aguardaba en la orilla, como siempre, protegiéndose del verano con el parasol, abotonado el cuello de la blusa pese a los ardores de la tarde, y a su vera, Padre, escarbando los bolsillos del chaleco en busca de los quevedos, ¿recordás aquellos dedos macizos, potentes como alerces, que acariciaban el cuello de Madre mientras ella decía: "¿Por qué no matas a Carmona de una vez, Padre, qué estás esperando?". Y vos uncido a sus faldas suplicabas: "No me peguen, Madre, no me maten". Así era, ¿te acordás?
A la zaga del sueño venía el río, perdiéndose en el confín de las montañas amarillas. Cada noche Carmona quería entrar en las montañas, pero Madre no lo dejaba acercarse.
Una vez que templaban la garganta y los lloros emprendían su vuelo de contratenor, los gatos se abandonaban a la voluntad del río. La Brepe los guiaba a través de los camalotes y de las enredaderas de las profundidades hacia la caverna que sólo ellos podían alcanzar. Iban envueltos en ráfagas de espuma, ingrávidos; las orejas aleteando a ras del agua, atentas a los sermones de los monjes y a los kyrieleison de la noche, y el hocico en ristre, oyendo la felicidad que estaba al otro lado de las rocas. ¿Aquello era el paraíso? Sí, aquello era: sólo podía ser el paraíso porque, al amansarse la caverna, al desprenderse la caverna de su pelambre de estalactitas y musgos azufrosos, el agua que discurría por ella encontraba el socavón de las montañas amarillas, donde el aire flotaba hinchado, empalagoso. Carmona sabía que el cielo estaba allí porque aun en lo más tenebroso del sueño las montañas lucían siempre iluminadas, y no había insecto, árbol o persona que tuviera padre o madre. La dicha del paraíso consistía en ser huérfano.
Mientras tanto, al otro lado del río, bajo los sauces de la orilla, las damas de los ingenios tomaban el té. Algunas levantaban a los gatos que iban por el río para acariciarlos. Los arropaban con sus grandes faldas de organdí, les lamían el lomo y luego volvían a soltarlos a la ventura de la corriente.
La Brepe corría de un lado al otro del sueño, recogiendo los maullidos que se enredaban en el agua. Cada vez más rápido, los gatos se acercaban a la boca de la caverna, mientras el agua del río iba perdiendo sus reflejos: el agua o los reflejos se eclipsaban.
Cuanto más cerca sentía Carmona el olor de la felicidad, más sufría por no estar allí. Sus músculos se ponían de pie y se lanzaban también a la corriente, siempre demasiado tarde, cuando ya la manada había desaparecido. En ese punto del sueño solía despertarse con los talones mojados de sudor, y lo primero que veía era a la Brepe erguida en un extremo de la cama, observándolo con fijeza.


En las montañas amarillas

Madre había vivido intrigada por saber cuál era la forma del paraíso y con frecuencia discutía sobre el tema con sus amistades. Ahora por fin debía tener la respuesta precisa, pues todas las formas del paraíso caben en la muerte, y ella murió hace dos noches. Tuvo un velatorio sencillo, en el que no abundaron las visitas. Carmona y sus hermanas, las gemelas, habían pensado enterrarla cuando cayera la tarde, pero la poca gente que pasaba por la casa daba un rápido pésame y esquivaba la capilla ardiente donde yacía el cuerpo, que fuera tan amenazante en vida: largos dedos pálidos y anillados que nacían a los costados del tronco, sin brazos casi –¿acaso Madre abrazaba?–, y una figura longilínea, que apuntaba siempre hacia adelante. Era más temible ahora, sobresaliendo del ataúd, con los filos del cuerpo desguarnecidos. Casi nadie tenía intención de asistir al entierro, así que Carmona decidió dejar a Madre cuanto antes en el cementerio.
Llevaron el cuerpo a las diez de la mañana. Una de las gemelas pidió a Carmona que después del responso cantara What Shall I do to Show How Much I Love her?, de Purcell, y él lo hubiera hecho si se tratara de otra madre, pero no con ésta. Además, tenía la garganta seca: de las montañas azufradas bajaba un aire candente, que ponía quebradizas las cuerdas vocales. Cómo ibas a cantarle a Madre.
Ella debía saberlo todo ya: sabía si el paraíso era la soledad del alma y allí no había lugar más que para Dios como solía decir Padre, o si era un dominio de gatos. ¿Acaso no bajaban a toda hora las manadas de gatos hablando del paraíso? ¿y Madre las oía? Madre las oía. Carmona, en cambio, no.
Al día siguiente del entierro, mientras la familia rezaba el rosario, llegaron siete gatos. Fueron saliendo de atrás del crucifijo que la funeraria había llevado para el velatorio y probaron con las patas la dureza del piso. Luego orinaron de a uno, enderezando el chorro cada cual hacia su propia penumbra. Parecían desembarcar de una fotografía muy antigua. Estaban cenicientos y magullados. Carmona pensó que eran sólo un recuerdo de Madre y que pronto se irían. Pero estos siete no eran recuerdos y al parecer tampoco tenían intención de irse. Cuando las gemelas los sacaron al patio, las manos se les erizaron de pulgas: fue una repentina ebullición de la realidad.
Padre nunca quiso gatos en la casa. Le parecían obscenos. ¿Qué se creían? No eran capaces de gratitud ni de culpa: sólo de placer. Le daban asco. Los oía correr por los techos y perdía el juicio. Pero apenas Padre murió, Madre adoptó a la Brepe y le permitió dormir con ella. Rápidamente, los demás gatos entraron en confianza: por las noches llegaban famélicos a la cocina y revolvían todo. A veces Carmona los oía penetrarse con tal avidez que se tapaba los oídos. Aun así sentía el zigzagueo de los penes escamados en la oquedad de los culos y vaginas de gatas, ¿cómo esos hijos de puta pueden, cómo pueden? aquellos amores lo cubrían de sufrimiento y envidia.

Carmona compartía el resentimiento de Padre por los gatos. Acosaban a Madre con insaciables maullidos egoístas y, cuando ella por fin les daba lo que pedían, la dejaban sola sin misericordia. Pero Madre los amaba igual. Fue preciso que cayera enferma para que Carmona pudiera desquitarse. No bien el médico dijo: "Madre ha entrado en agonía", él pensó: "Entonces, los gatos también". Se levantó en la madrugada y los sorprendió en la cocina, escarbando la basura. "Míos, míos, míos", los llamó, imitando la voz de Madre. Los gatos se le acercaron, confiados. Atrapó a uno y lo revoleó por la cola, quebrándosela. Sintió alivio cuando los huesos crujieron entre sus dedos y una florcita de sangre atónita se abrió allí mismo. El gato herido se le escurrió, soltando un alarido de niño. En un instante todos los otros gatos se desvanecieron. También la Brepe se marchó y debiste salir a buscarla porque Madre la reclamaba cuando estaba lúcida: "¿Qué has hecho con la gata, hijo de mierda, vas a dejar que me muera sin ella?". No volvió, no volvió. Hasta que la familia comenzó a rezar el responso ninguno de los gatos se dignó volver. Ahora siete de ellos estaban allí.
Madre solía decir que los gatos son como la felicidad: nunca están donde deben estar. Si la felicidad se repite es porque no has llegado todavía, si no se repite es porque llevas tiempo esperándola. Padre a su vez pensaba que la felicidad es un cuerpo, un lugar, un accidente. "Cuando vayamos a las montañas amarillas verás la felicidad", le dijo a Madre el día en que la conoció.
Ella tenía dieciocho años e iba a pasearse todas las tardes a la estación de trenes. Si se casó con Padre fue porque nadie antes la había cortejado, no porque Padre la conmoviera: las muchachas iban a la estación en aquel tiempo para mostrar que ya estaban disponibles, y Padre llevaba meses buscando novia. Madre se paseaba con seductora dignidad, y tenía el mismo cuerpo esquivo del final de la vida. Padre era un joven osado y se le puso a la par. La nodriza que iba con Madre se situó entre los dos: si querían conversar, debían hacerlo por encima de su cabeza. No se dijeron mucho. Padre preguntó si conocían la meseta donde iban a parar todas las felicidades que se perdían en la ciudad. La nodriza rió:
–¿Cómo se puede, en estos tiempos, prestar atención a historias tan idiotas? Ninguna felicidad existe afuera de las personas.
Pero Madre lo tomó muy en serio:
–Si en el cielo hay plazas y avenidas –dijo–, y si los ángeles tienen cuerpo, no hay razón para que la felicidad sea lo único invisible. A mí me da curiosidad saber qué aspecto tiene.
Padre estaba encantado:
–El sábado iremos a la meseta con mis primos –dijo–. ¿Les gustaría venir?
Madre no se comprometió hasta que Padre dibujó en un papel el camino que tomarían.
Desde la ciudad se divisaban las montañas amarillas, pero no estaban cerca. Se tardaba medio día en llegar a la falda oriental y tres horas en ascender por los socavones que había dejado el río durante la era mesozoica. El sol caía con tanto ardor sobre las paredes de azufre que las iba puliendo, y las nubes se reflejaban en ellas. Al otro lado de los socavones, sin embargo, el azufre se extinguía y en las montañas se abrían vetas rojas y negras.
Madre vaciló antes de aceptar.
–¿Es peligroso? –preguntó.
Padre había estado una sola vez.
–El camino es inseguro –dijo–. Al terminar los socavones se avanza por unas veredas de piedra muy estrechas. Hay que andar de costado, con los morrales a la espalda. Vos no te inquietes, yo llevaré tu morral. Alguna gente ha caído, pero nadie ha muerto. Nadie puede morir en el paraíso.
Y Madre, seducida por la pasión que había en su voz, le sonrió por primera vez.

Salieron antes del amanecer. A Madre la acompañaba la nodriza, y a Padre algunos de sus primos. Llevaban carpas y lámparas de querosén para la noche, y frazadas de doble lana, porque solía nevar en lo alto. "¿Nieve tan cerca, con estos calores?", se extrañó Madre. "Sería raro si fuera en este mundo", dijo Padre. "Pero no es aquí."
Las veredas de piedra estaban resbaladizas de musgo, y avanzaron tan despacio que cuando llegaron a una planicie moteada por cráteres de agua era ya plena noche. Cruzaba el cielo una luna amarilla. El silencio se pegaba a los cuerpos y todos sentían su peso. Padre no quiso hablar. Los primos y la nodriza estaban tiesos, endurecidos por el pasmo. De pronto, un maullido rayó la noche. Era un solo gato, pero sonaba como un órgano. Madre tembló de excitación. "Quiero verlo", dijo. "Quiero acariciar ese gato."
Tomó a Padre del brazo. Ella tenía el cuerpo helado: sin embargo, exhalaba calor. "No es un gato", dijo Padre. "Lo que oís es un espejismo del sonido. Los gatos no pertenecen a este lugar."
Por un momento, Madre se había sentido tan cerca de Padre que hubiera podido arder por él a la más leve chispa. Pero lo que Padre dijo bastó para que Madre lo excluyera de su mundo y lo sintiera como un desconocido. Madre hubiera querido decirle: "Así ha de sonar la felicidad: como ese maullido". Pero no lo dijo. Acababa de descubrir que él no podría entenderla.
Al desarmar las carpas por la mañana descubrieron una zanja profunda en la tierra, cubierta por escombros de abedules y conos de piedra. Por el fondo corría un hilo de agua purpúrea. Era una especie de muralla china pero hacia abajo, cavada cien años antes para detener las invasiones de los indios. Un batallón de zapadores había horadado a ciegas el desierto, sin saber cuándo debía terminar. La falta de mapas y la mortandad habían detenido la excavación a las puertas del valle: ésa era la leyenda. Aún quedaban las cicatrices de aquella larga trinchera atravesando el país de extremo a extremo, y cada vez que la gente veía las ruinas desde el tren no podía menos que decir: "¡Cuánto habrán sufrido los hombres en este infierno, y al fin de cuentas para llegar a nada!".
Madre quiso bajar a las honduras: en las paredes se distinguían matas de ortiga y colonias de insectos funerarios. La nodriza no se lo permitió: "Abajo hay cavernas donde no entra el aire", dijo. En verdad, el valle estaba sembrado de cavernas sin aire. Si uno se desplazaba un solo paso dentro de ellas, ya no podía respirar. Pero afuera el aire estaba limpio y con olor a menta.
En el centro del valle había una colina baja, tan amarilla y lustrosa que parecía de ámbar. Madre se sorprendió al ver una cabaña en la cúspide y tres caras asomadas a la ventana. Siempre había vivido allí una familia japonesa: Madre no lo sabía.
"¡Señor Ikeda!", llamó Padre. Al unísono, las tres caras saludaron, como en el escenario de un teatro. Cuando los viajeros llegaron a la cabaña les sirvieron algas, pescado crudo y cuencos de arroz. Madre odiaba las algas y pidió té. La señora Ikeda tomó asiento frente a ella y, extrayendo un enorme seno plano, dio de mamar al bebé que llevaba en el regazo. "Cuando lo vi por la ventana no pensé que fuera un niño tan niño", dijo Madre. "¿No fue él quien nos saludó?" "Sí, saluda, saluda", sonrió la señora Ikeda, inclinándose.
En verdad Madre no había pensado en el niño sino en sus propios sentimientos. ¿Le gustaba Padre? Quién sabe. No importa si te gusta o no, le habían dicho en su casa: el amor es tan sólo voluntad, cuestión de acostumbrarse. Una mujer necesita descansar sobre algo seguro: pertenecer. ¿Un amo? Madre no quería eso. De Padre no le gustaba la fuerza sino más bien lo que otros veían como su debilidad: que hablara poco y siempre de cosas que sucedían en otra parte. A un hombre así querría entregarse. Pero las opiniones de Padre sobre los gatos eran irritantes. "Los gatos sólo se quieren a sí mismos", decía él. "¿Y eso qué tiene de malo?", respondía Madre. "No molestan a nadie con ese amor." "¿Sabes a quién molestan?", porfiaba Padre. "A la armonía del mundo. Los que piensan sólo en su placer no tienen derecho a existir."
La discusión iba entonces subiendo de tono, y Padre terminaba por disculparse. Madre era aficionada a los escritos de Swedenborg, y había leído en el Diario espiritual que a veces los ángeles toman forma de gatos. "Es una estupidez", le decía Padre. "No hay animales de cuatro patas en el cielo." "Hay gatos", insistía Madre. Y otra vez dejaban de dirigirse la palabra. Madre se rasgaba el ruedo de los vestidos para mostrar su enojo, y Padre se limpiaba los botines con saliva. Los hombres son envidiosos, se dijo Madre. Sienten celos de las pequeñas felicidades de las mujeres. ¿Qué mal podía hacerle a Padre que ella amara a los gatos? Los gatos daban algo que ningún hombre podía dar: ni poseían ni se dejaban poseer. Cuando ella se casara, tendría dos o tres gatos al pie de la cama. No estaba dispuesta por nada del mundo a renunciar a ese deseo.
Padre era también un hombre terco. Pensaba que si una mujer no era capaz de compartir las opiniones de su esposo, más valía que no se casara. Se había educado en el campo y gozaba de cierta fama como castrador de cerdos y caballos. A los caballos les hundía las gónadas en las masas intestinales, y no se declaraba satisfecho sino cuando rompían el bozal y estallaban en un relincho de sangre. ¿Era eso cruel? Padre se hubiera sorprendido si se lo decían: los actos humanos eran para él útiles o inútiles, y nada que fuera útil podía ser cruel.

Cuando la señora Ikeda dejó de amamantar al niño, ofreció a Madre que conociera el resto de la casa. Los primos habían salido a explorar las cuevas, y la nodriza dormía junto al brasero del té. Pasaron por una galería que daba a los cráteres de agua y, como hacía calor, Madre pensó que podía bajar a bañarse. "No lo haga", dijo la señora Ikeda. "Los únicos que pueden bañarse en los cráteres son los gatos." Madre se estremeció. "Me habían dicho que a este lugar no llegaban gatos", dijo. "Cómo si aquí está lleno", se extrañó la mujer. "En ninguna otra parte podrían sentirse mejor."
Al entrar en el dormitorio, la señora Ikeda se quitó la blusa y descubrió sus grandes pechos planos. Los pezones eran mínimos y verdosos, como semillas de uva. "¿No quiere refrescarse?", le preguntó a Madre. "Yo tengo que frotarme los pezones con aceite. Si no lo hago, el niño no puede mamar." Con delicadeza, humedeció un algodón y empezó a sobarse los pechos. Por los poros le brotaban gotitas de leche: ella las recogía con los dedos y las iba lamiendo. El niño lloró. Los pezones se excitaron con el llanto y crecieron un poco. "Ya verá usted cuando tenga hijos", dijo la señora Ikeda. "No hay tiempo para ocuparse de otra cosa."
Casi en seguida se hizo de noche. La luz del día duraba poco en invierno, porque las montañas cubrían el sol. Pero en el verano no había noche: el verano era una larga siesta que tardaba en apagarse. Decidieron bajar al campo. Debían caminar con cuidado, porque estaba lleno de luciérnagas dormidas y si pisaban mal las aplastarían. Cada uno de los primos llevaba un par de sillas, y Madre pensaba que cuando avanzara la noche podrían ver los planetas rozando unos con otros sus largas colas y sus anillos, como señoras que van a una fiesta. Padre y el señor Ikeda iban delante, hablando con animación. Llevaban al hombro un proyector de películas y cinco latas de celuloide.
"¿Cine? ¿Por qué tan pronto?", quiso saber Madre. "Van a arruinar la noche."
"Quédese tranquila", dijo la señora Ikeda. "Si no trajeran la película no habría noche. Y además, es hermoso."
Un penacho de luz iluminó la cabaña. Era la luna. Se movía a mucha velocidad, casi como una estrella fugaz, y no era la misma luna distraída de la noche anterior: se le habían borrado los destellos amarillos y estaba manchada por lunares de luz azul: lunas de la luna. De pronto, la luna se frenó en su travesía, y lo único iluminado en el valle fue la falda lustrosa de la colina. En la claridad, la colina olvidaba su forma cónica de la mañana y se volvía un rectángulo, por algún secreto rencor de la geometría. Madre comprendió que las imágenes aparecerían allí, y quiso que fuera una película ya vista para apreciar los detalles que antes hubiera perdido: al ampliarse, las caras serían inabarcables como desiertos y los personajes no correrían con los pies sino con las uñas de los pies. Si en la película figuraban los pechos de la señora Ikeda, Madre podría tal vez descubrir por qué sus pezones eran tan pequeños. Y los de Madre, ¿cómo eran? Una pequeña balsa de pecas que naufragaba en un breve océano. Los pechos de Madre tenían forma de pera, como el mundo de Cristóbal Colón, y en los pezones de la pera brillaba el paraíso.
Había un orden celestial en las sucesivas cadencias de la escena. Los espectadores dispusieron las sillas en semicírculo y callaron. La hierba se puso tibia y la luz del proyector dio de lleno en la colina. Todas las luciérnagas levantaron vuelo a la vez, como si hubieran estado esperando esa señal, y tejieron en el aire un ideograma con una especie de hollín fosforescente. La señora Ikeda habló en voz baja: "Allí está el título de la película: ¿alcanza a leer?". "Sí", confirmó Madre con naturalidad. "La mano del amo. Son los mismos signos que aparecían en mi libro de primer grado."
A la intemperie, la noche conservaba su oscuridad y su vacío, mientras sobre el paisaje fijo de la pantalla las cosas empezaban a suceder. Madre sintió que las imágenes la arrastraban en vilo a las profundidades de la tierra. Vio los cuerpos desnudos de Adán y Eva acosados por un geiser en cuya cresta brillaba una manzana. Vio el cielo musulmán de Gibón, donde setenta y dos huríes de ojos negros ofrendaban a los creyentes un orgasmo de mil años. Vio una comedia de equivocaciones en el paraíso de Voltaire. Y vio también el país donde las almas de los indios yanomami conviven con las termitas aladas, entre los volcanes del centro de la tierra. Los yanomami atrapaban a las termitas en la boca de los nidos y se las comían, para que les dieran noticias de los parientes muertos. Las termitas eran comprensivas, y al pasar por la garganta de los hombres les decían frases de consuelo: No lloren, quédense en paz. Todas las almas viven todavía. Están en silencio y tienen los ojos abiertos.
Por los altavoces, las palabras fluían en orden, en la lengua que correspondía a cada historia. Tal vez porque no se apartaban de ese orden todos las entendían. Pasaba lo mismo con el paisaje: mientras por la pantalla desfilaban los fantasmas celestiales de John Milton y la serpiente del Génesis, las montañas amarillas y los cráteres de agua seguían en su sitio. En el cielo de las armonías todas las fijezas eran movimientos y todas las felicidades nacían de la perdición. Sólo el que se perdía se encontraba.

A veces, los personajes se esfumaban y el señor Ikeda debía llamarlos a través de los bucles del celuloide. En un momento dado aparecieron hogueras en la colina. La tierra tembló al paso de caballeros que alzaban estandartes rojos y verdes. "Cuidado que está por arder la casa", se sobresaltó la nodriza. "No se preocupe", dijo el señor Ikeda. "Son partes de una película que se han metido donde no debían." Echó a andar los ventiladores del proyector, y el fuego se apagó.
Padre y los primos cabeceaban de sueño. En cambio Madre no daba descanso a su deslumbramiento. De los tres cielos del Atharva Veda pasaron a la historia del rey Gilgamesh. Lo vieron descender por las paredes grises de la gran zanja y abrirse paso entre las colonias de insectos funerarios para buscar la planta de la inmortalidad. Cuando el rey descubrió por fin la planta entre los escombros de abedules, el niño de la señora Ikeda rompió a llorar. La película se cortó y el rectángulo de la colina se puso blanco. Todo el valle fue inundado por una súbita luz lechosa, que empolvaba las caras. Madre vio que el niño, como Gilgamesh, tenía la frente manchada por un lunar negro y alargado, en forma de semilla de sandía, y se dio cuenta de que el lunar aparecía también en los demás personajes de la película.
Ya estaba Madre por lamentar que el llanto del niño la hubiese dejado sin saber si Gilgamesh se convertía o no en un dios inmortal cuando los espasmos del llanto se alisaron y fueron resolviéndose poco a poco en una melodía apacible, que enternecía el corazón aunque nadie entendiera las palabras. El canto del niño se encaramó sobre una sola nota, subió y bajó por ella con la agilidad de un presentimiento, hasta que se decidió a volar hacia un fa muy agudo, y allí se perdió de vista. Aunque Madre había seguido todas las acrobacias de la pequeña garganta y había visto cómo los vientos de la música se paseaban con inexplicable comodidad por unos pulmones que estaban aún a medio formar, no se resignó a la evidencia de que era un niño de pecho el que cantaba.
"Estos altavoces son una maravilla", dijo. "Hasta cuando están apagados siguen sonando."
La señora Ikeda se incomodó: "No son los altavoces. Es el niño. Tiene esa voz desde que nació. Mi marido está pensando en castrarlo para que no la pierda".
"¿Cómo van a hacer eso?", se horrorizó Madre.
"Es por su bien", explicó el señor Ikeda. "Habría que castrarlo ahora, cuando todavía no se da cuenta. Si crece y cambia la voz, ya no tendrá remedio."
Padre estaba encantado: "¿Quieren que lo haga yo?", preguntó. "En los niños de meses no duele nada. Lo sé por experiencia. He castrado a muchos potrillos."
Madre le clavó los ojos con indignación: "Si querés volver a verme no castres a nadie más".
"No lo haré", prometió Padre. "Te juro que nunca más lo haré."
A Madre la desencantó que cediera tan rápido. Aunque estaba segura de que tarde o temprano llegaría a dominarlo, deseaba que él se resistiera un poco más.
Como ya todos habían perdido las ganas de seguir viendo la película, recogieron el proyector y caminaron hacia la casa. Habían acordado que Madre y la nodriza dormirían en el granero, y que los hombres se tenderían a la intemperie. Pero no hizo falta, porque cuando estaban a mitad de camino, el sol les evitó las lentitudes del amanecer y se situó de una vez en lo alto del cielo. ¿Era domingo aún, o había llegado el lunes? Mientras atravesaban el súbito filo de la claridad, la señora Ikeda necesitó acomodarse los pechos y confió su hijito a Madre. Ella preparó los brazos para recibir un peso tan prodigioso como la voz, y se sorprendió al sentir que el niño era puro aire o sonido: pesaba menos que una costumbre. "Quisiera tener un hijo mío igual a éste", pensó Madre en voz alta. Y de inmediato se arrepintió: "Para qué lo habré dicho. Basta que uno cuente un deseo para que la realidad haga las cosas al revés". La señora Ikeda le acarició la cabeza: "Eso no depende de la realidad sino del deseo".
Regresaron por las mismas veredas de piedra, pero los lugares ya no se parecían al recuerdo que conservaban de ellos. En el antiguo curso del río se alzaba ahora un columnario de hormigueros. Lo que volvieron a oír fue el lamento de un gato.
Sucedió así: Madre y la nodriza marchaban a los saltitos por el piso candente, esquivando el borbollón de las hormigas. Padre, adelante, llevaba un parasol. En ese punto del camino sonó un maullido larguísimo, que no bien se agotaba en un eco ya estaba empezando en otro. Madre se estremeció y sintió la tentación de volver atrás.
"Ahora sí lo han oído, ¿verdad? Ya me había dicho la señora Ikeda: es natural que aquí haya gatos."
Sobrevino un silencio interminable. A Padre se le apagó la sonrisa. "No pudo ser un gato", dijo. "Es el niño, que canta."
Madre perdió la paciencia y no quiso tomarlo del brazo. Creo que nunca volvió a tomarlo del brazo, salvo cuando se casó.


Los gatos

Al volver del entierro, las gemelas rezaron un rosario y se marcharon con sus maridos, dejando a Carmona por primera vez solo en la casa. ¿Qué hacer? Todo estaba tan vacío. Los gatos se habían esfumado. Carmona estuvo esperándolos un largo rato en la penumbra mojada de orina y, cuando se dio cuenta de que no volverían, intentó atraerlos cantando una escala detrás de otra. Si cualquiera de ellos se presentaba, Carmona le quebraría la cola. Pero los gatos ya lo sabían.
Padre le había enseñado a temer a los gatos; tenían una inteligencia sobrehumana, vivían en perpetuo estado de goce sin preocuparse por el goce de los demás, y cuando los hombres dormían les devoraban los testículos. "Gánales de mano. Cástralos o no te los sacarás de encima", le decía. Más de una vez, Carmona los había tenido a su merced, navaja en mano, y no se había animado. En cambio Padre solía atraerlos con facilidad hasta el piletón del fondo de la casa y allí los segaba con una hoja de afeitar, apretándoles el buche para que no maullasen. "Castrados mean con menos olor", explicaba Padre. "Si no hubiera gente compasiva que los castra, el mundo entero estaría oliendo a orina de gato."

Después del rosario, el olor avanzó con fuerza por la casa. Carmona preparó una solución de acaroína y lavó las penumbras mojadas de la sala, pero el olor era tenaz y no se dejaba vencer fácilmente. Donde más fuerte castigaba era junto al cuadro favorito de Madre. Carmona empezó a descolgarlo, y el olor aumentó. En la pintura, Jesús salía de una crisálida de luz, cenicienta la piel, apenas cubierto por un sudario, y abría los brazos a un tropel de niños con el pelo en tirabuzón. Sobre los hombros de Jesús trepaban algunos gatos malévolos: amarillos, rayados y grises, como los que solían andar detrás de la Brepe. Era un cuadro profano, qué duda había. Y aunque Madre era una mujer muy devota, pasaba horas frente a él, hablándole en voz baja.
De un modo u otro, los gatos habían figurado siempre en las historias piadosas con las que Madre entretenía a los niños. Uno de los libros que solía leer contaba que Gato era el nombre elegido por Dios para designar a Cristo y resistir los avances del Demonio. Tokio había consagrado a Gato un templo de tablones dispuestos en forma de cruces y de campanas. En Marruecos, algunos islámicos devotos cenaban una vez al año lonjas fritas de gato fingiendo que eran briznas desprendidas del cuerpo de Dios. Cerca de PortSaid, donde el culto a Bastet –la diosa con cabeza de gato– se extinguió cien años antes de la crucifixión, los ingleses encontraron a mediados del siglo XIX un templo minúsculo y portátil, movido por los azares de las dunas, en el que unos pocos eunucos adolescentes se turnaban para adorar, día y noche, los sarcófagos de cien gatos momificados. La Iglesia puso fin a las profanaciones e invirtió la divinidad del gato: en vez de príncipes del paraíso los volvió sirvientes del infierno. Un gato quemó a San Agustín con su aliento de sulfuro; otro se deslizó por la noche en la celda de la universidad de Nápoles donde dormía Tomás de Aquino y borró con la cola el capítulo de la Summa Teológica donde el maestro esclarecía por fin el largo enigma sobre el tamaño del miembro de los ángeles. Algunos siglos después, los inquisidores vengaron a los padres de la Iglesia quemando miles de gatos en hogueras sacramentales que los consumían lentamente.
A mediados del siglo XIV, en Metz, una pareja luciferina, encarnada en dos enormes gatos negros, desató la peste bubónica. Los exorcistas consiguieron atraparlos cuando huían de la ciudad y los sometieron a tormento durante noches incansables para que admitieran su culpa. Los gatos maullaron oscuras súplicas pero se negaron a confesar. Arrebatado por la ira, el obispo de Metz terminó estrangulándolos con sus propias manos, pero a los pocos días él mismo se infectó de bubas y murió. Desde entonces se lo venera como mártir.
Madre contaba las historias con voz monótona, tratando de que los gatos aparecieran siempre como inocentes criaturas de Dios que sufrían el fuego cruzado de los idólatras orientales y de los cristianos supersticiosos. "Pobrecitos", decía. "La ignorancia ha convertido a los gatos en los judíos del reino animal. Cada vez que hay una desgracia, les echan la culpa."
Debajo del cuadro favorito de Madre el olor se volvía insoportable. En alguna parte Carmona había leído que, cuando era inmune a la acaroína, se lo podía disipar con vinagre incoloro. No había vinagre en casa, y el tufo lo asfixiaba. ¿Cómo dejar la limpieza para el día siguiente? Ni pensarlo. Las oleadas de olor levantaban espuma y entraban en los dormitorios. Abrumado, se inclinó sobre el cuadro y rozó con los labios la frente del cadavérico Jesús. De inmediato, sintió punzadas en la lengua y el olor se retiró. Volvió a besar el cuadro, con más resolución, y en cada poro del sentido del gusto entró algo que parecía una membrana o una espina: nada que diera dolor sino, apenas, la sensación de haber pasado por un momento a otra parte, lejos de este mundo.
La serenidad lo invadió. Como todas las noches, fue a darse un baño de agua tibia antes de meterse en la cama. Ya estaba desvestido cuando los gatos aparecieron otra vez, espiándolo por las rendijas de la puerta. Carmona abrió el chorro de agua caliente para intimidarlos con el vapor. Sin sacarle los ojos de encima, los gatos retrocedieron hasta el dormitorio y allí empezaron a lamerse unos a otros. Carmona sintió pudor. Nadie lo había mirado antes con tal descaro, lamiendo una piel ajena. Llevado por la fascinación los imitó: se lamió los brazos. Su lengua estaba áspera, como papel de lija. Los brazos no tenían gusto a nada, ni siquiera a jabón. Todos los sabores se le habían evaporado. Así como los ciegos ven sólo la luz amarilla, Carmona no distinguía sino lo agrio. Un filtro iba colando los otros sabores de las cosas y, sin embargo, lamerse los brazos le producía una forma nueva de gozo: como si muchos gozos que a nadie pertenecían desearan quedarse con él.
Los gatos se desperezaron con sensualidad y desaparecieron. Carmona salió de la bañadera envuelto en un toallón y los llamó por toda la casa.
Siguió rastros imaginarios de orina, siseos que parecían brotar a sus espaldas pero que se acallaban al encender la luz, respiraciones que eran macetas de begonias o velas apagadas o un sombrero de Madre con los tules desflecados. Cuando se acostumbró al fracaso dejó de buscarlos. Volvió a la cama y estuvo largo rato despierto, acechando los ruidos. Padre ya era cenizas.


Imágenes de la felicidad

Conocí bien a Madre. De niño la amé con desesperación. No aceptaba que hubiera otras mujeres cerca de ella. Madre era la infinitud del cielo y yo lo deseaba vacío. Como para Swedenborg, el cielo era para mí un punto fijo del universo, en el que cabían todos los coros de ángeles, pero sólo Madre ocupaba ese punto; y no existían los deseos, porque apenas despuntaba uno, ella lo hacía desaparecer. Por las noches, Padre solía sentarse junto a mí, en la cama, y acariciarme la cabeza. Madre no lo hizo nunca, y yo no esperaba que lo hiciera. Sabía que Madre empleaba todas sus fuerzas en quererse a sí misma, y mi amor consistía en eso: en ayudarla a quererse.
No bien sentía yo las enormes manos de Padre, mi piel se convertía en esponja y absorbía la pesada ternura que Madre no quería recibir: lo que sobraba de las caricias destinadas a Madre. Las manos eran ásperas, como si las hubieran construido con guijarros. ¿Cómo toleraba Madre que unas manos así se pasearan por su cuerpo? Si yo aceptaba en cambio con fruición las caricias de Padre era para que las caricias se agotaran en mí y a ella dejaran de martirizarla. Algo de lo que sufrían los gatos cuando los castraba Padre quedaba pegado a los dedos que me hacían caricias: Madre no lo sabía pero yo sí. Lo que me acariciaba eran sufrimientos.

Madre creyó que Carmona cantaría antes de aprender a hablar, como el hijo de la señora Ikeda. Muchas veces, en medio de la noche, se acercaba a la cuna y acechaba su respiración, con la esperanza de que estuviera dibujando alguna melodía. Y cuando oía maullar (porque siempre, aunque no hubiera gatos, Madre oía maullar), despertaba a Padre y le decía: "Por fin el niño ha empezado con su canto". Padre se levantaba en puntillas y no encontraba nada. A veces, sí, brotaba del niño un gorjeo tonto, como un desperezo de las cuerdas vocales, y entonces Madre se arrebataba, corría de un lado a otro del dormitorio con su camisón de reina: "¿Has oído, has oído?", preguntaba. "¿Ahora te convences?" Padre se apresuraba a darle la razón: "Claro que sí. Algo he oído". Pero la mayor parte de las noches Madre se dormía desalentada, con el presentimiento de que Carmona nunca tendría voz.
Al poco tiempo Madre parió gemelas con sendos lunares en la espalda, sombreados por cerdas negras, como parches de una piel animal. Madre supo desde el principio que las gemelas no querían aprender a nadar, para no mostrar sus espaldas escotadas, y decidió que si Carmona nadaba por los tres desarrollaría prodigiosamente los pulmones y músculos de la voz. Había leído en una revista que los niños nadan por instinto, como los otros mamíferos, y que el instinto se les adormece con las primeras luces de la inteligencia. Carmona estaba por cumplir dos años: ya casi no quedaba tiempo. Lo llevaron a una pileta de agua fría, al pie de las montañas amarillas, y lo arrojaron sin miramientos. El agua estaba podrida, con manchas de insectos y rayas de bronceadores rancios. No había nadie alrededor. Ni Madre ni Padre sabían nadar, de modo que Carmona se hubiera ahogado si no hubiera sido por los instintos, que seguían despiertos. Tocó el fondo del agua espesa y no sintió frío: su atención estaba demasiado ocupada en los movimientos de las tinieblas, que eran más frenéticos cuanto más abajo llegaba. Antes de hundirse en el limo, se izó hacia la superficie. Había aprendido a respirar ya no sólo con el aire sino con el recuerdo del aire. Los alvéolos de los pulmones estaban henchidos de abejas de aire que continuaban con su ajetreo sin inquietarse por lo que pasaba afuera: el frío, la humedad, el agua, el vacío, los tóxicos, nada les hacía mella. ¿Sabía Padre cuánto tiempo había estado sumergido? Unos nueve segundos, le dijo a Madre, orgulloso. Fueron más: por lo menos el doble.
Padre se entusiasmó tanto con los progresos de Carmona en el agua que decidió cortar de raíz el pudor de las gemelas por sus lunares y obligarlas a nadar. No se arriesgó a lanzarlas a la pileta confiando en sus instintos, porque nunca supo si los tenían. Las dejaba horas llorando en la cuna, para que ejercitaran los pulmones, y cuando las bañaba les sostenía la cabeza bajo el agua tres o cuatro segundos. Las gemelas aprendieron a contener la respiración pero nunca nadaron. Odiaban el agua.
A Padre le desesperaba la indiferencia de las gemelas por todo lo que no fuera sus lunares, y cada vez que llegaban visitas a la casa, las presentaba diciendo: "Aquí las tienen, pobrecitas. Las dos nacieron con un lunar monstruoso en la espalda. A ver, hijas, muestren el lunar a los señores".
Aunque hay una sola manera de ser bondadoso, la manera de Padre no se parecía a la de nadie más. Solía levantarse en medio de la noche para arropar a los niños –algo que Madre jamás hizo–, y cuando bebía un tazón de leche fresca por la mañana mojaba trozos de pan y se los daba en la boca a las gemelas, como si ellas fueran pajaritos. Pero las visitas lo perturbaban: no sabía de qué hablar. Cuando el silencio entraba en las conversaciones sentía que era su culpa, y en la desesperación por ahuyentarlo echaba mano a los lunares. Las gemelas lloraban con una angustia que partía el corazón y corrían a esconderse en los roperos, atontadas por la humillación y la vergüenza. Esos raptos de rebeldía indignaban a Padre. Las buscaba por todas partes y no cejaba hasta que conseguía llevarlas ante las visitas. Cuando las tenía allí, bien sujetas de las muñecas –con aquellas manos poderosas–, obligaba a las gemelas a desvestirse y a mostrar la espalda. Ellas se arrastraban por el piso, estirando sus vestiditos con desesperación, y aunque las visitas intervinieran cortésmente, "Déjelas en paz. Un lunar es un lunar. Podemos imaginar cómo son éstos", Padre se mantenía inflexible. "No", decía, "ustedes jamás verán nada igual. Son lunares dignos de un circo".
Para atenuar la impresión que los arrebatos de Padre causaban en las visitas, Madre explicaba que los lunares eran consecuencia de un susto casi pueril durante el embarazo. Cierta mañana, cuando caminaba por la vereda del asilo de locos, uno de los internos le agarró un tobillo. Faltaban tres o cuatro meses para que nacieran las gemelas y el abdomen se veía llegar desde lejos. Madre iba demasiado próxima al foso donde los locos, trepados sobre cajoncitos de frutas, se distraían tomando el fresco. El súbito manotazo en el tobillo casi la hizo caer. Por fortuna, Padre alcanzó a sujetarla por detrás. Pero al trastabillar, la mirada de Madre barrió el horizonte ralo de la vereda y se detuvo en la frente del loco, ornada por un lunar en forma de semilla, como el del niño de la señora Ikeda.
La impresión fue imborrable. Durante el resto del embarazo no cesó de soñar con el lunar. Soñó con él de tantas maneras que cuando lo vio en las espaldas de las gemelas advirtió que el sueño, con su insistencia, había terminado por abrir las puertas de la realidad.
Cada vez que Padre exhibía los lunares de las gemelas, Carmona tenía miedo de que le pasara lo mismo. Tarde o temprano me tocará el turno a mí, decía. Parado frente al vestidor de Madre, examinaba su cuerpo en busca de alguna imperfección escondida. ¿Un dedo atrofiado en el ombligo: a ver? ¿Pelos en la planta de los pies? ¿El tatuaje de una letra en la espalda? Las criadas confirmaban sus temores: Ya te llegará el día a vos también. Y él se dormía pensando que era verdad: cuando despertara habría llegado el día.

Llegaron otras cosas. En lo peor del verano –que era siempre atroz en la provincia: una larga llaga– se mudaron a la casa de al lado unos árabes estrepitosos llamados Al Amein o Alamino. Como la pared que separaba los dos patios era muy baja, las voces circulaban libremente. Madre se sentía tan humillada por la vecindad de los árabes que cuando llegaban visitas pasaba la mayor parte del tiempo disculpándose por vivir donde vivía. A Padre, en cambio, la jerga incomprensible que se filtraba desde el otro lado le servía de pretexto para no hablar. "Oigan eso, qué descaro", comentaba, y se quedaba largo rato meneando la cabeza. Así los lunares de las gemelas fueron pasando a segundo plano y cuando reaparecían los silencios, Padre callaba en paz.
Hacía ya tiempo que Madre buscaba la felicidad, pero cada vez que la sentía en la punta de los dedos, a la felicidad se le presentaban otros compromisos. Los Alamino, en cambio, no buscaban nada. Vivir felices era para ellos una manera de ser como cualquier otra.
Al poco tiempo de la mudanza, y sin razón alguna, se convirtieron en una fatalidad insoportable para Madre. Aunque ella nunca lo dijo, yo sé que les deseaba la muerte. Tenían la costumbre de lavarse dos veces por día, antes del almuerzo y a la caída de la tarde. Hundían la cara y los brazos en jofainas de porcelana y se frotaban las piernas con arena, obedeciendo al Profeta. De rodillas, con las manos tendidas hacia los páramos del oriente y la frente clavada en los humores del piso, cantaban a Dios una letanía que Padre remedaba cuando había visitas: la ilajá ilá laj. Para colmo, los hombres andaban desnudos por el patio y besaban a sus mujeres delante de todo el mundo, estallando cada dos por tres en carcajadas que a Madre le sonaban obscenas. El dinero no parecía importarles, como si les lloviera del cielo. "Han de ser contrabandistas", suponía Padre. "De otra manera, tanta alegría no tiene explicación." Por si fuera poco, alimentaban a montones de gatos. Durante los rezos, los gatos se les trepaban a las espaldas y maullaban, ellos también con los hocicos vueltos hacia los páramos.
La hija mayor de los Alamino, con un lunar redondo y abultado en mitad de la garganta, estaba a punto de casarse. Lo primero que hacía el novio por las noches, cuando la visitaba, era quitarle el echarpe y lamer el lunar apasionadamente. "¿Vieron que es bueno tener lunares?", explicaba la señora Alamino a las gemelas cuando empezaron a contarle sus desconsuelos. "Si no fuera por la tentación de besar el lunar de Leticia, el novio no la querría tanto."

Hay unas cuantas historias que he olvidado contar, y aunque no formen parte de mí, sin ellas yo no sería quien soy. Un hombre, al fin de cuentas, sólo es lo que olvida. Olvidé contar que las gemelas aprovechaban las distracciones de Madre para escapar a la casa de los Alamino y, sentándose a los pies de Leticia, la ayudaban a doblar el interminable ruedo de su vestido de novia. En unas pocas semanas aprendieron a distinguir una tela de otra (sólo las de verano, porque el invierno duraba menos de un mes en la provincia, y con frecuencia ni siquiera eso: simplemente pasaba de largo; nadie, por lo tanto, usaba lanillas, tartanes ni casimires) y se aficionaron a probar vestidos ajenos: los preferían con volados y lazos.
Cuando cumplieron seis años, en febrero, la señora Alamino les envió un espléndido ajuar de bailarinas andaluzas. El empleado de la tienda lo entregó a última hora de un sábado, mientras Madre recibía a las visitas y Padre, en el fondo, disfrutaba toqueteando a las sirvientas. Les pasaba las manos por las piernas y luego se olía la punta de los dedos: sólo eso. El fuerte perfume hacía que los sentidos se le pusieran de pie.
Aunque las cajas de los regalos no traían sino una simple nota sin firma, Madre adivinó la letra de la señora Alamino a la primera ojeada. Esperó que las visitas se fueran y entró en el cuarto de las gemelas, temblando de cólera. Las niñas se probaban los vestidos ante el espejo. Padre las ayudaba a que se ciñeran los corpiños y a que los amplios volados, sujetos aún con alfileres, se desplegaran hasta el piso. Les había pintado los labios y las mejillas con un toque de bermellón. Que Padre hubiese abierto la caja sin tomar en cuenta lo que Madre sentía era más de lo que ella podía soportar. Las aletas de la nariz le latían de furia. Unos lamparones verdosos le brotaban bajo los lagrimales y se propagaban hacia las aletas, dilatándolas.
Esa tarde Madre llevaba un largo vestido abotonado, con refuerzos de presillas y lazos, lo que acentuaba su aspecto de abadesa. Ordenó a las gemelas que se desvistieran y, sumida en un silencio temible, empezó a meter los vestidos en las cajas. Tomó la nota de la señora Alamino y escribió en el reverso: "No queremos nada de usted". Leyó las palabras en voz alta, subrayando las sílabas.
–Vayan a devolver este regalo –dijo sin mirar a Padre–. Vayan ahora mismo.
Las niñas se echaron a llorar. Los vestidos eran de esas gasas aéreas que nunca terminan de posarse sobre la piel. Durante la tarde, mientras el sol aún caía sobre las ventanas, los habían admirado a trasluz, gozando con las manchas rojas que la falda les dibujaba sobre la cara. Da gusto verlas tan felices, había pensado Padre. No creo que Madre tome a mal el regalo. El paquete ha venido directamente de la tienda y los Alamino ni siquiera lo han tocado. Pero Madre se mostró inflexible:
–Obedézcanme y devuelvan esos trapos ya mismo –dijo.
Padre insistió:
–El regalo es anónimo. Podemos fingir que lo hemos comprado nosotros. No estamos obligados a mostrarnos corteses.
Razonar no entraba, sin embargo, en la lógica de Madre. Para ella no había otra lógica que la de su deseo. Volvió su enojo contra Padre y le reprochó que la contradijera delante de las niñas. Un reproche la llevaba a otro, que nada tenía que ver con el anterior. Le echó en cara sus modales campesinos, sus errores de ortografía, las manchas de grasa en la ropa. Le recriminó el aislamiento en que vivían: lejos de las familias distinguidas, de los paseos en bote por el río, de las procesiones de Corpus Christi y de las bendiciones del arzobispo. Padre la dejó desahogarse, y cuando ella se interrumpió para suspirar le dijo:
–Ahora te callas. Cuando una mujer le habla a su marido de esa manera es porque le ha perdido el respeto.
–¡Vaya la novedad! –respondió Madre como un latigazo–. Hace ya mucho que te lo he perdido.
Padre la tomó por el brazo, tratando de llevársela al cuarto matrimonial. Pero ella se zafó con agilidad y saltó sobre las camas. Todo sucedió muy rápido. Las gemelas contemplaban la escena con sus grandes ojos inmóviles, como si no estuvieran allí. Parecían esas terribles fotografías de Diane Arbus. Madre arrancó el primer botón de su vestido y tiró hacia abajo con tanta fuerza que los demás botones saltaron, descuajados de las costuras. Volaron las presillas y se trizaron los lazos. Y a medida que los jirones de tela se desprendían, no cesaba de balbucear: "¿Con quién me he casado, por Dios? ¿Con quién he tenido la desgracia de casarme?". Se le veía la piel tensa y blanca de las caderas, como dibujada en mármol. Otra mujer hubiera llorado y suplicado, pero ella jamás: no era de las que se dejan vencer. Ya se había roto los vestidos otras veces, y así obligaba a Padre a que le comprara unos nuevos.

Nada era entonces tan incomprensible para mí como los sentimientos de los adultos. Para Madre, la felicidad eran los gatos, pero Padre no le permitía tener ninguno y ella aceptaba que fuera así. Tarde o temprano la felicidad le llegaría de arriba, sin que debiese dar nada a cambio, como si fuera un don del cielo antes que un don del ser. Lo único que hacía feliz a Padre, en cambio, era la felicidad de Madre. Hubiera sido capaz de concederle cualquier cosa, menos que tuviera gatos. A mí me costaba entender que siguieran viviendo juntos cuando no eran capaces de darse el uno al otro la poca felicidad que necesitaban. Madre solía decir: "Yo no soy esclava del placer de nadie. No tengo amo".
¿Qué creería ella que era tener un amo? En principio, un amo es algo femenino. La fuente original de la palabra es ama: la que alimenta. Madre suena igual que Ama en hebreo, en sueco, en gaélico, en griego, en vasco, en castellano. Es como si gargantas muy diferentes se dejaran caer, en ese punto, por un plano inclinado. La densidad de esas dos palabras, Amo y Madre, arrastraba con una terrible y simultánea fuerza de gravedad a las gargantas que las pronunciaban.

Poco después del cumpleaños de las gemelas, Padre se plegó a la campaña de Madre contra los vecinos árabes, pero no estoy seguro de que también los odiara. Cuando él odiaba de veras a las personas lo hacía con disimulo. No tenía carácter para arriesgar una pasión que los demás le podían devolver. Si odiaba a los gatos, era porque no esperaba de ellos ninguna respuesta.
Cierta noche de abril, cuando los vecinos estaban rezando sus plegarias islámicas, las gatas sucumbieron a un repentino acceso de celo y comenzaron a plañir. El lamento se volvió tan penetrante que no sabíamos si venía de fuera o de adentro de nuestras cabezas. Padre se paró en medio del patio y a través de la tapia gritó, a pleno pulmón: "¡Hagan callar a esos demonios, turcos de mierda!". Los maullidos se apagaron en el acto y las oraciones cesaron, pero Padre ya no pudo sosegarse. Preparó unas albóndigas de vidrio molido, las arrojó por encima de la tapia, y se dispuso a pasar la noche velando la agonía de los gatos. Fue un fracaso. Los animales no tocaron las albóndigas, y a la mañana siguiente los Alamino las recogieron con una palita y las tiraron por el inodoro.
Lo que Padre quería era duplicar la altura de la pared medianera, pero no podía violar los planos municipales, ni siquiera sobornando a los inspectores, porque arriesgaba su licencia como calculista de materiales. Tuvo que conformarse con sembrar de vidrios rotos la cresta de la tapia y rellenar las esquinas con alambre de púa. Aun esas defensas resultaron insuficientes. Los gatos se ingeniaban para saltar de un patio a otro en medio de la noche, y rondaban codiciosamente las jaulas donde Padre criaba unos zorzales muy raros, de pico azul y pecho moteado, que silbaban un solo trino largo al amanecer y luego callaban durante todo el día.

Cada vez que Madre se disgustaba, pasaba largas temporadas en silencio, sin conceder a Padre más que las escasas palabras de la convivencia. Si se reconciliaban era porque Padre admitía su culpa aunque no la tuviera, y prometía no ofender a Madre nunca más. Los enojos de Padre, en cambio, eran fugaces como el hervor de la leche. Después del cumpleaños de las gemelas estuvieron más de un mes sin hablarse. Hasta que un domingo amanecieron abrazados.
La familia estaba alegre y esa tarde salió a tomar el fresco en el patio. A lo lejos los relámpagos tejían un fantástico encaje, y se veían las cortinas de agua arrastrando su manto violeta sobre los campos. De la ciudad, sin embargo, no se retiraba el calor. Dos primas viejas de Madre que estaban de visita contaron la historia de unas verrugas que se habían curado como por arte de magia con cataplasmas de belladona. A Padre se le ocurrió que la receta podría servir también para disolver los lunares de las gemelas. Buscó a las niñas por toda la casa para contarles la idea pero no las pudo encontrar. Las buscó en las ramas de los naranjos donde solían esconderse, entre los fogones de la cocina y debajo de las camas. Empezaba a revisar los armarios cuando le saltó a la nariz el olor penetrante de los gatos. Brotaba de los vestidos que solían ponerse las gemelas cuando visitaban a los Alamino. Pero como Padre no lo sabía, imaginó lo peor: que los gatos estaban invadiéndole la casa y que tarde o temprano lo obligarían a marcharse.
Se puso a caminar de un lado a otro, arrastrando los vestidos y profiriendo amenazas a los gritos: "¡Voy a matarles todos los gatos, turcos de mierda! ¿Me han oído?". En vez de calmarse, iba excitándose más. En uno de sus recorridos encontró a las gemelas, sentadas junto a Madre y las primas. Estaban de lo más plácidas contando que habían salido a la calle para ver cómo reventaban los azahares en la copa de los naranjos.
Padre ni se acordaba ya de las cataplasmas de belladona. El olor de los gatos había borrado de su atención todas las demás cosas. De tanto en tanto acercaba la nariz al hato de ropa y se apartaba indignado. Por fin pareció decidirse y fue a golpear a la puerta de los Alamino.
Los demás vecinos se asomaron a curiosear. Padre los despreciaba porque eran comerciantes y abogaditos de los rincones tórridos de la provincia, gente sin linaje. Pero al verse tan desarreglado en plena calle, tan expuesto a la malevolencia, se creyó obligado a dar alguna explicación. "Los turcos me han llenado la casa de gatos", dijo, sin dirigirse a nadie en particular. "Me orinan la ropa, quieren comerme los pájaros. ¿Cómo se puede vivir cerca de gente tan desconsiderada?" Los vecinos cabeceaban en señal de aprobación, no porque les molestaran los gatos sino porque también a ellos los ponía nerviosos una familia tan diferente.
Al tercer aldabonazo de Padre apareció la señora Alamino, que debía de estar ocupada en la oración: aún tenía la frente sucia de polvo y con una aureola roja. No bien empezó Padre a exponer sus quejas, la señora se asustó y no quiso oír nada más. Cerró la puerta cancel con fuerza y corrió a esconderse en el dormitorio.
Cuando ya la noche había avanzado mucho, llegaron los parientes de los árabes a consolar a la pobre mujer, que no cesaba de llorar. Se los oía cuchichear en su oscura jerga, pero era imposible adivinar los humores que se movían detrás de las palabras.
Padre se acostó vestido en la cama, y cuanto más pasaban las horas más inquietud sentía. Imaginaba que los vecinos le asaltarían la casa con alfanjes y recuas de gatos, y destruirían la jaula de los zorzales que amaba tanto. Madre dormía a su lado, desentendida, desplumando la almohada con un aguijoneo mecánico de los dedos. La Cruz del Sur se movió algunos pasos en el cielo y alcanzó las orillas de Venus. En eso cayó el silencio y, al instante, el timbre de la puerta alarmó a Padre. Eran los turcos. Vaciló antes de abrir. Pensó en pedir ayuda pero supo que no debía hacerlo: parecería un cobarde. Se calzó las botas, escondió en ellas un cuchillo de cocina y salió al zaguán.
A la puerta estaban tres tipos con grandes mostachos abrillantados, que hacían girar sus sombreros entre los dedos. Sonreían y trataban de mostrarse corteses. Llevaban tatuada en el cuello una media luna azul.
–Queremos avisarle que los Alamino se irán pronto, apenas se case Leticia –dijo el más alto–. Y le rogamos que nos disculpe por las molestias que han causado nuestros gatos. Les pondremos un bozal, y sus pájaros tendrán paz.
Padre no supo qué responder. Lo descolocaban aquellos viejos tan bobos, tan sin malicia, que por todo pedían perdón. Tuvo ganas de golpearlos, de hacerlos llorar. Pero se quedó en el zaguán tomando frío, mientras los veía alejarse.


El recuerdo

Estaba ya amaneciendo y me disponía a contar el casamiento de Leticia Alamino cuando Carmona me contuvo: ¿Podrías narrar la historia en primera persona? No podría hacerlo, dije, porque Madre quiso siempre que yo fuera otro; la imagen que ella tenía de mí. Lo que ahora soy no soy yo sino mi batalla contra Madre. Soy sólo una batalla.
El tiempo pasa y yo podría morir sin conocerme. Si ni siquiera Madre llegó a saber quién era ella, ¿cómo podría saberlo yo? ¡Conocerse es tan fácil!, solía decirme ella: se trata apenas de una decisión. Y sin embargo, Madre murió en el cuerpo de una extraña, respirando con otro aliento, diciendo frases que no le pertenecían.
Casi todos los hombres se engañan sobre lo que son, dice Carmona. (Por las ventanas vemos nubes borrosas, el amanecer deja caer sobre nosotros las luces que no le caben.) Se engañan sobre lo que son y así es inevitable que engañen a los demás. Si no saben quiénes son, digo, tampoco saben que se mienten. No es así –Carmona se impacienta–: No están de acuerdo consigo mismos. ¿Cómo es posible ser alguien con el que no estás de acuerdo? Voy a darte un ejemplo: cuando releo lo que llevo escrito, no querría que lo leyera nadie más. El que está en estas páginas no soy yo, me digo. Yo podría hacerlo mucho mejor. Lo mismo piensan todos, observa Carmona. Se ponen más allá de sus límites y nunca pueden alcanzarse.
Lo que está escrito es, mal que me pese, lo que soy. El día que me quiera no habrá más que armonía.

Con Padre no podría haber confusión porque Padre ha sido siempre quien fue: de una pieza. Jamás le aparecían fisuras. Y, sin embargo, es en el recuerdo donde Padre ha cambiado. Su voz era de bajo profundo, tosía mucho, y unos párpados gruesos, de anfibio, le tapiaban los ojos azules. ¿Qué hizo decir a Madre, entonces, cuando ya él había muerto: "Padre tenía la voz de un barítono ligero"? Carmona no recuerda que Padre haya tenido nunca ese registro. ¿De quién hablaba Madre: de Padre o de lo que prefería recordar? Puede que los hombres nunca sean uno: que con el tiempo sean dos, o tres.
Lo que me sorprende es que Madre, si bien jamás amó a Padre, solía despertar creyendo que lo había amado. Desplegaba sobre la cama un fajo de postales amarillas en las que se veía a Padre de pie junto a obras en construcción, con un sombrero de paja en la mano. Llevaba el pelo reluciente, peinado a la gomina, y los quevedos con montura dorada. A veces, Padre aparecía más joven aún y el fotógrafo lo sorprendía saltando cercos, a caballo. Aquéllos eran recuerdos de Madre con los que Carmona nada tenía que ver. El Padre de esas fotografías no había pasado nunca por su vida. Otras postales, en cambio, mostraban a Padre llevando a Carmona sobre los hombros, altanero aun bajo su impermeable gastado. (Carmona recordaba la tela raída, que la foto no registraba.)
Solía ocurrir también que Madre estuviese acariciando a la Brepe y se dejara ganar, de pronto, por un odio retrospectivo a Padre. Entonces sacaba de los armarios las fotos de cuando él estaba en decadencia, con los quevedos de pasta negra rasgándole la cara y bolsas de carne floja en la mandíbula. Aunque las fotos eran en colores, el semblante parecía siempre gris, como recién salido de un baño de ceniza. "¡Pobre hombre!", se compadecía Madre: no de Padre sino de sí misma. "¡Siempre fue tan poquita cosa!"
En el recuerdo nada era como había sido sino como ella quería que fuese. ¿A quién no le pasa lo mismo? De las imágenes que uno deja, los demás van haciendo lo que quieren. Por eso cuando Madre dijo: "Padre tenía una voz de barítono ligero", negando su incontestable registro de bajo, Madre no mentía, y quizá tampoco mentía su recuerdo. Lo que mentía era la voz de Padre, porque ya no era de él: las brumas de lo que había sido Padre daban golpecitos cada vez más tenues a la memoria de las personas. Llegaría el momento en que hasta el sonido de su nombre no significaría nada para nadie.

Carmona mira el horizonte por la ventana. La ciudad ha comenzado a moverse: pasan escolares y mujeres que van a misa, pero los colores de las cosas no han madurado aún; no encajan por completo en los contornos. Mientras vivía, Padre siempre fue quien fue. Sólo el recuerdo lo ha cambiado. Carmona, en cambio, tardará mucho en verse de una sola manera. Pero de todos modos uno sabe quién es. ¿Sabe?, pregunto yo. Sabe, me dice. Si me voy lejos, si estoy en un exilio donde nadie me conoce, puedo mentir mi nombre o improvisar gestos que no me pertenecen. Por un momento, viviré entre los que no me conocen con la ilusión de que soy otro. Pero ¿qué haré conmigo, sabiendo quién de veras soy? ¿Podré seguir entonces siendo yo, aunque un poquito menos? Es que no te has mirado, Carmona, digo. Tus actos son una antología de actos ajenos: cada uno de tus actos es una respuesta a los deseos de Madre, el eco de actos que no son tuyos.
¡Si supieras cuánto esfuerzo he gastado en alcanzar cosas que no me incumben!, dice Carmona: en ser lo que Madre quería que fuese. Equivoqué el camino. Debí esforzarme en ser nadie. A ella le hubiera gustado más.
No te preocupes, digo. Yo también me equivoco. Se me mueve tan rápido el ser que, cuando quiero decir algo, ya estoy diciéndolo de otra manera. Ayer te hubiera dicho las mismas cosas pero no con estas palabras ni en este orden. Te hubiera dicho, entonces, otra cosa. Ayer, mi historia no habría sido igual. ¿Lo sabías? Lo sabré, dice Carmona: lo sabré si me dejas que sea lo que soy.

Ha llegado el otoño y se suceden las tormentas. En el lodo de los caminos se atascan las carretas de las familias golondrina, que vienen del norte a desbrozar la caña de azúcar en las fincas y, cuando pasa la estación, se van. Viajan siguiendo el rumbo del calor, como las golondrinas: de allí les viene el nombre. Alcanzadas por las centellas, algunas carretas resbalan por la grava de las laderas y el querosén de sus faroles incendia los bosques. El fuego se refleja en las cúpulas de la ciudad. Es como si la ciudad se hubiera echado el sol a las espaldas y caminara.


Tener una familia

Como siempre, las imágenes de las historias se me adelantan. Los primeros resentimientos de Madre tendrían que haber pasado por aquí hace rato, y los he dejado ir. Son tantos que, cuando los recuerdo, no sé dónde ponerlos. A Madre le costó mucho perdonar que Padre, mientras estaban de novios, fuera a revolcarse con las sirvientas en los bailes en vez de quedarse conversando con los futuros suegros y dándose a conocer un poco más.
Padre hubiera preferido acostarse con ella antes del casamiento. Hacía ya tiempo que deseaba hacer el amor con una mujer de su clase. Aún no le había sucedido: sólo con putas y con sirvientas. Sentía curiosidad por saber cómo era el deseo de las mujeres que consideraba normales. Pero Madre nunca lo deseó: ni siquiera cuando aceptó casarse. Pasaba el día bordando sábanas y cosiendo camisones de organdí con moños de seda en el pecho y vestidos surcados de pliegues, con las mangas abullonadas: su ajuar de novia. Llegaba Padre a verla, y sentado a sus espaldas, en el confidente, le narraba los azares de las cosechas y las lidias con los peones. Madre fingía deslumbrarse, para que Padre se decidiera de una vez a besarla, lo que equivalía a fijar la fecha del matrimonio. Cuando por fin lo hizo resultó un fiasco. Le pidió permiso y apenas le acercó los labios a la frente. Padre estaba lleno de pasión, pero temía que Madre reaccionara mal si descubría que su ímpetu era tan grande. No mostró su pasión entonces y, como suele suceder, no se atrevió a mostrarla nunca más.
Pasamos la luna de miel en blanco, solía contar Madre a las visitas: Padre tuvo dolor de muelas desde que llegamos al hotel. Tardó días en calmarse. Ah no, fue apenas un momento, decía Padre: sentí unas puntadas feroces en la muela pero al rato me alivié. Lo de Madre fue peor. Me dio unas aspirinas y se encerró en el baño. No pude sacarla en toda la noche ni a la mañana siguiente. Debí usar el baño del pasillo para mis menesteres. Cada tanto, ella me preguntaba desde adentro: ¿Y? ¿Te duele la muela todavía? Yo le contestaba: Ya no, ahora me siento bien, podes salir. Pero Madre insistía: No te creo. La muela sigue doliéndote, seguro. Cuando te crea voy a salir.
Padre debía dejarle la comida en la puerta del baño para que ella no se consumiera de hambre. Pero en cuanto llegaron a casa Madre fue otra persona.
En su encierro del baño había tenido tiempo para pensar. Sólo estaré casada cuando tenga un hijo. Habré cumplido entonces con mi obligación y Padre me dejará tranquila.
Como no quería asustarla, Padre ocultaba sus frenéticos deseos y se mostraba parco. Ella, en cambio, que sentía más bien repugnancia por el sexo, trataba de que él le hiciera el amor continuamente, para preñarse de una buena vez. Vaya a saber cuánto duró aquel malentendido. Madre lo acosaba con tal entusiasmo que Padre pensaba: Me ama. Me haré desear hasta que el deseo la canse.
Y ella, por su parte, ansiaba que cada encuentro, fuera el último.
Cada vez que se disponían al amor, Padre pasaba largo rato mirándola. Dejaba a un lado los quevedos, en la mesa de luz, y a tientas recorría el vientre rígido de Madre, los músculos tensos y los senos estrechos. No aventuraba Padre más que la mirada: los ojitos azules y miopes. El olor de Madre subía hacia él y se quedaba prendido a los estambres de su memoria. A veces, arriesgándose, trataba de besarla. Inexorablemente Madre lo disuadía: ¿Para qué me besas? No perdamos el tiempo. Vos sólo hace lo que tenes que hacer. Pero apenas Padre se saciaba, sin conseguir saciarla (Madre nunca le dijo: Ya estoy saciada. Decía: No me toques. O bien: Quiero de nuevo, vamos. Quiero hacerlo de nuevo), apenas el amor se desprendía de sus cuerpos, ella quedaba con un sentimiento de vacío. Es como si nada hubiéramos hecho, pensaba. Por mucho que él se esfuerce, su semilla no prende. ¿Será que tiene el agua demasiado floja: leche aguada?
Y sin embargo, decía Madre, ahora que hemos empezado ya no podemos volver atrás. La impaciencia por quedar preñada le consumía los nervios. Padre se ahogaba, extenuado, confundía la impaciencia con deseo. Amaba a Madre y sin embargo, en esas primeras semanas de matrimonio, no sabía de qué hablar con ella. Despertá, vamos, le decía Madre: hagámoslo de nuevo. Padre trataba de calmarla: Mañana. ¿Por qué no esperamos a mañana? No puedo ahora. Me has secado. Sos insaciable, sos maravillosa, pero no puedo más. Madre no entendía: estaba demasiado pendiente de su apremio. Sentía que el cuerpo, tanto tiempo frío, se le desperezaba, como si hubiera entrado en una estación termal. Mi cuerpo, ahora –se decía Madre–, tiene la temperatura justa de la fertilidad. Si dejo pasar el momento, puede que nunca vuelva. Y atrayendo hacia sí la cabeza de Padre, reclamaba: Acércate, hay que hacerlo otra vez.
Una mañana sintió por fin las náuseas del embarazo: el hijo ya estaba adentro. Desde que la partera le quitó las últimas dudas, no permitió que Padre volviese a tocarla.
Tiempo después, Padre la tomó por descuido (entró furtivamente en ella cuando la vio dormida, tal como ella había entrado en él para concebir a Carmona), y así nacieron las gemelas. Madre lo hizo otras pocas veces, por deber: se abría mecánicamente a la sed de Padre, pero no le daba nada de sí, más que un sucinto goce: lo que él tardaba en llenarla. La vez de las gemelas, Madre estaba postrada por una piedra atroz que le bajaba de los riñones. Sentía el áspero descenso de la piedra por los capilares, y el roce la desgarraba. Hubo un momento en que el dolor se apagó, y ella, rendida, pudo dormir al fin. Al verla descansando, inofensiva, Padre sintió deseos de penetrarla. La tomó por los hombros, la dio vuelta, y sin ningún escrúpulo se la metió. Madre trató de resistirse, pero la piedra que bajaba le había quitado fuerza. Atinó apenas a mover sus pensamientos lejos de allí, mientras el cuerpo sudaba. Las gemelas brotaron de aquella lava. Eran el mal recuerdo de Madre, y a ella nunca le interesaron las gemelas ni aun como eso: como una desolladura del recuerdo.
Cuando nació Carmona hizo esfuerzos por amamantarlo. Pensaba: Si lo amamanto tendrá una hermosa voz, como el hijo de la señora Ikeda. Pero los pezones se le agrietaron en seguida y una leche traslúcida le brotó por los poros equivocados. Madre trató de que Carmona aprendiese a lamerla: acercaba la boca desdentada y ansiosa del niño hacia los pechos heridos, y cuanto más lo apretaba contra sí, tanto más fuerte Carmona echaba la cabeza hacia atrás y la atormentaba con sus gritos.
Como el niño se consumía, Padre salió a buscar una nodriza por los ingenios azucareros. Le recomendaron mujeres fornidas y de leche áspera como la de las yeguas, pero las rechazó porque la leche de yegua servía para los mongoles y los guerreros, no para criar a un niño cantor. La que eligió se llamaba Petrona. Era escuálida y de cara alargada como un ratón, pero la naturaleza la había beneficiado con unos pezones ínfimos como semillas de uva. Madre estaba tan encantada con Petrona que mandó traer del campo a su propia nodriza para que le examinara los pechos y dijese a qué le recordaban. La nodriza estuvo toda una tarde mirándolos, y al final habló al oído de Madre, como si le confiara un secreto: "La única vez que vi pezones como éstos fue en las montañas amarillas".

Madre quedó tan aliviada por los servicios de Petrona que pasaba el día leyendo novelas. Durante la mañana tomaba un baño, se humedecía la piel con aceites y cremas, y luego de almorzar se sumergía en historias donde imperaba el azar y los personajes entraban y salían cuando les daba la gana. De un tirón leyó las desventuras de Alvar Núñez Cabeza de Vaca en los manglares de la Florida y los páramos de Texas, se desveló con los enredos de alcoba del Decamerón y envejeció con Bernal Díaz del Castillo en las hogueras ensangrentadas de Tenochtitlán. Padre adulaba su afición por la lectura comprándole las novelas de amor de Stendhal y de Flaubert, pero Madre las abandonaba en las primeras páginas porque se aburría con las historias sin cabos sueltos, en las que nada se parecía a las imprevisiones de la vida.
Tener una familia hizo que Madre se sintiera hermosa. Organizaba saraos sin música en los que cada invitado debía mostrar una habilidad inalcanzable para los demás. Las mujeres llevaban la conversación mientras los maridos permanecían de pie, como adornos desconcertados, ocupándose cada tanto de servir un jarabe de vino suave con hojas de canela. Aunque se hablaba siempre de lo mismo, los temas cambiaban con las estaciones y nadie quería permanecer fuera de lo que iba decidiendo el tiempo. Primavera y otoño eran las enfermedades. Las señoras solían cifrar su felicidad en dolorosos cálculos de vesícula o en matrices vaciadas con saña. Contaban entusiasmadas los detalles quirúrgicos más atroces hasta que alguien las interrumpía: "¿Y usted por qué se atormentó así? Ahora se han descubierto remedios milagrosos para esos males". Verano era el mar, las ciudades inalcanzables del mundo, las montañas amarillas. Invierno era Karakorum en Mongolia y Ormuz en el golfo Pérsico, eran las ruinas de Nínive y los templos enterrados de Murzuk: las visiones que aparecían en los sueños.
Madre era una de las pocas que conocía las montañas amarillas, y solía describirlas con tanta admiración que terminaba por gastar la intensidad del paisaje. Nadie había entrado en las montañas desde que los aludes destrozaron las veredas de piedra, y la gente pensaba en ellas como si pertenecieran al pasado y fueran algo a lo que ya no se podía volver. Cada tanto, los gobernadores prometían construir un nuevo camino, pero las obras avanzaban siempre hasta un mismo punto, en el antiguo curso del río, y allí quedaban abandonadas.
Tuviese o no dinero, Madre se desentendía de los niños. Sólo se dedicaba a leer novelas y a escribir listas de invitados para los saraos, en las que de continuo ponía y sacaba nombres. Temía que tal o cual amiga se ofendiera si la excluía –y a veces tenía que hacerlo, no por mala voluntad sino porque no había cómo sentar a más de veinte personas en la casa–, y se afligía imaginando que a sus espaldas se hablaba mal de ella por no retribuir a tiempo las invitaciones. El afán por quedar bien ocupaba la mayor parte de sus pensamientos. Se deprimía tanto cuando no la tomaban en cuenta para alguna fiesta de importancia que pasaba el día entero en cama, con paños fríos en la cabeza. Nadie podía entonces hacer el más leve ruido: bastaba que alguien levantara la voz para que a Madre se le astillaran los nervios.
Al casarse, Padre cobraba una renta holgada por el arriendo de sus fincas a los ingenios de azúcar. La bonanza terminó cuando los ingenios reclamaron el pago de unas deudas ilusorias y se apoderaron de las tierras. Padre acudió a unos abogados que lo encenagaron del todo, y cuando nacieron las gemelas estaba tan quebrado que ni aun trabajando los domingos quedaba en paz con la adversidad.
En el afán por disimular la pobreza, Madre se entregó a una desenfrenada vida social. Como ya no la invitaban tan seguido a los saraos, se presentaba en todos los velorios de buen tono, donde no se notaban tanto las diferencias de fortuna y era posible mantenerse al día con las últimas historias de noviazgos y enfermedades.
Fue en aquella época tan desdichada cuando la señora Doncella perdió a su esposo en un accidente de caza. La señora había sido el modelo inalcanzable de las amigas de Madre, un compendio absoluto de belleza y finura, a tal punto que cuando les preguntaban: "¿Como quién les gustaría ser: como Greta Garbo, como Rita Hayworth o como Doncella?", todas elegían a Doncella sin vacilar. Con los años, la admiración se había ido convirtiendo en envidia. Madre quería parecerse en todo a la señora Doncella, hasta en lo prematuro de la viudez.

La visita de pésame fue uno de los primeros recuerdos de Carmona. Tendría cuatro años a lo sumo y Madre lo había vestido para la ocasión con una camisa blanca, de cuello grande y almidonado. La casa de la señora Doncella estaba llena de sombras que se afanaban entre bandejas de café y coronas de flores. La llama oscilante de los velones hacía que los objetos se estremecieran, como si también ellos fueran a morir. Al acercarse a la capilla ardiente, Carmona distinguió un enorme cuerpo violáceo que yacía sobre una tarima. La bala había entrado por la garganta del difunto, destrozando tantas arterias y músculos que, si bien el orificio quedaba disimulado por una venda de seda, la cara, llena de hematomas, era una imagen de pesadilla. Sin dar la menor muestra de repugnancia, Madre besó al cadáver en la frente y luego, alzando en brazos a Carmona, le ordenó que lo besara él también. El niño se resistió. "¡No quiero, Madre! ¡No quiero!" Los forcejeos y el llanto hicieron cesar las conversaciones. Todas las tazas de café se detuvieron a la vez. Madre adivinó la mirada reprobadora de la señora Doncella, que venía a clavársele en algún lugar ya lastimado de su orgullo.
–¡Tenes que ser más educado! –ordenó Madre, hablándole al oído.
Inmovilizó los brazos de Carmona y lo empujó con fuerza hacia la cara del difunto. Años después, al evocar la escena, Carmona diría que había tenido miedo de mancharse la camisa con los hilitos de sangre que festoneaban la venda de seda, pero no era verdad. Lo que seguía aferrado a su recuerdo era el aura de frío que exhalaba el cadáver: la crisálida de otro mundo que sus labios habían alcanzado a rozar. Llevaba impresa con tanta intensidad esa primera imagen que aun después de que Madre muriera, cuando los gatos lo privaron del sentido del tacto y perdió toda noción de lo frío y de lo áspero, aun entonces, la vehemencia con que Madre lo había obligado a besar la frente del difunto seguía lastimándole la memoria y haciéndolo sollozar por dentro.

Todos los saraos de Madre comenzaban temprano. Llegaban las visitas a eso de las siete, en coches de plaza y en voiturettes descapotadas, y no se marchaban sino a las diez, luego de arrasar con las empanadas de hojaldre y los buñuelos de miel que Madre preparaba en el sigilo de la siesta, de espaldas a los borborigmos ávidos de Carmona y al lloriqueo de las gemelas. ¿Les parece que vendrán todos hoy: no nos harán a menos?, se inquietaba Madre cuando la hora se acercaba y no se oía motor alguno en los alrededores. Si era verano y el sol tardaba en ocultarse, Madre se quedaba mirándolo desde la reja que daba al jardín del fondo con ojos tan amenazadores que el sol se precipitaba de una vez en la raya del horizonte. Nadie llegaba antes de oscurecer: un vapor malsano brotaba del asfalto y los pájaros caían de los árboles ralos, desmayados por la insolación. En primavera, en cambio, las visitas aparecían con la luz aún alta, luciendo los primeros vestidos blancos con volados y las capelinas de paja de las que colgaban cintas de colores.
Cuando los invitados eran los de siempre, Madre se distendía y hasta se daba el lujo de enriquecer con versos de la peor calaña los lugares comunes de la conversación. Su memoria era un asombroso depósito de ripios y cacofonías. Pero si entre los visitantes figuraba la señora Doncella, Madre se trastornaba: ninguna delicadeza de su cocina le parecía atinada y no sabía cómo hacer para hablar con ella de novelas y no de óperas. La versación de la señora Doncella en óperas italianas no admitía rival en la ciudad, y desde que había decidido tomar en sus manos las riendas de la Sociedad Filarmónica convocaba a los grandes tenores y sopranos jubilados para que exhalaran sus cantos de cisne. Como era jactanciosa, solía interrumpir hasta los diálogos más apasionantes sobre enfermedades o adulterios con algún comentario fuera de lugar sobre barítonos de moda o recitativos que ya no se cantaban.
Cierta vez provocó a Madre preguntándole cuál de las versiones de María Callas en el aria O patria mía le gustaba más: si la de 1949, cuando la Divina era una gorda de noventa kilos, o la de 1955 en La Scala de Milán, después de perder la voz. Madre no conocía ninguna, pero logró salir del paso con soltura: "Soy un poco arbitraria con las sopranos", dijo. "La única que me gusta es Renata Tebaldi." Desde entonces, la señora Doncella le cobró respeto.

Cierta mañana, en vísperas de un sarao, Madre abrió el horno para cocinar unos pasteles de hojaldre: los goznes de la puerta chirriaron y el agudo sonido metálico siguió vibrando largo tiempo, aun después de cerrar el horno. No era el gozne, advirtió Madre, sino una extraña voz humana que se elevaba hasta el do de las sopranos y lo sostenía en las alturas, sin desafinar: la misma que había oído en las montañas amarillas. Aguardó a que la voz regresara, y como nada ocurría, abrió de nuevo la puerta del horno por si el azar establecía una caprichosa relación entre los dos sonidos. No se equivocó. A la vibración del gozne sucedió otra vez un do prolongado. Madre siguió por todo el patio la estela tenue que iba dejando la voz, hasta que llegó a los dormitorios. Vio a Carmona jugando con unos pájaros de madera; a su lado, las gemelas desvestían a las muñecas. La voz estaba allí, pero no parecía brotar de ninguna garganta: se deslizaba sola en el aliento de Carmona y luego, tomando impulso, invadía todo el cuarto. Fluía de un puntito entre los labios del niño y aun cuando no se la oyera en otra parte seguía vibrando allí durante mucho tiempo: todos los ángeles del paraíso se ponían a volar en ese mínimo cielo oscuro.
En lo primero que pensó Madre fue en la maravillosa oportunidad que se le presentaba de impresionar a la señora Doncella. Ni corta ni perezosa la invitó para el siguiente sarao. La señora llevaba sólo seis meses de luto y, aunque no se perdía concierto de la Filarmónica, se movía poco en sociedad. A Madre le costó convencerla, pero lo consiguió al fin con una descripción insuperable de la voz. "Es como en el Dante", le dijo (el Dante era el poeta favorito de la señora): "L'amor che move il solé e l'altre stelle".
Nunca Madre esperó un sarao con tanta impaciencia. Durante la semana se mantuvo a distancia de la voz, pero la oía fluir: cada vez más dueña de sí, arisca, como una llaga de la luz. Bastaría que Doncella la sintiera cuando la voz estaba en retirada, plegándose sobre sí misma, para que no pudiera ya pensar en otra cosa. Acaso hasta dudara de lo que oía. Madre misma, en las montañas amarillas, había tardado en resignarse a la evidencia de una voz como ésa. Y ahora, ¡cuánta excitación sentía! A Padre, en cambio, todo le daba lo mismo. Desde que era un hombre casado ya nada lo impresionaba.
Llegó por fin el día. Aún con el sol arriba, cuando faltaban horas para que aparecieran los invitados, Madre vistió a Carmona con la blusa blanca de cuello almidonado que era el uniforme de las grandes ocasiones, y lo puso a jugar con los pájaros de madera en el cuarto de las gemelas. Quería que todo estuviera igual a cuando oyó la voz por primera vez. Y en verdad la voz brotó en una o dos ocasiones por sí sola, sin que fuera necesario abrir el horno y alentar el canto con el chirrido de los goznes.
El calor se iba tornando más brioso cuanto más avanzaba la tarde. Un relente de tormenta agrietó el cielo. Carmona se cobijó de la sofocación en el fresco de los mosaicos, entre las camas de las gemelas, y allí se fue adormeciendo, lejos de los pájaros de madera. Al cabo de un rato, sintió el perfume a rosas de la señora Doncella y el trajín de las conversaciones. Madre se paseaba inquieta, con un vestido blanco de broderie y una rosa roja de tela junto al escote. Se la oía hablar sin ton ni son. Decía frases inútiles como: "Al calor tórrido del verano sucede la temperatura dulce del otoño". Nadie le hacía caso. Las gemelas dormían sobre un hato de muñecas desvestidas. Carmona oyó piar a los zorzales afuera; después, lo desconcertó un trueno. En un momento dado sintió un amago de brisa y también él se durmió.
Lo despertó la voz alterada de Madre. Vio el tumulto de los invitados al otro lado del cuarto, congeladas las facciones en una sonrisa boba, y por primera vez oyó a la imperiosa señora Doncella: "A ver, niño: ¿dónde está esa vocecita prodigiosa?". Obediente, Carmona puso el sueño a un lado y sopló, para que le saliera la voz. Pero la voz no se dejaba manejar. Le molestaba que la estuviesen mirando. "Anda a lavarte la cara", le ordenó Madre. Las gemelas se asustaron y rompieron a llorar. Padre se las llevó del cuarto mientras Carmona se mojaba los ojos con el agua indecisa de la canilla, que salía fresca o hirviendo, sin razón. Cuando volvió, Madre puso a su alcance los pájaros de madera. "No me hagas quedar mal con las visitas", le dijo. "Canta una sola vez y te dejaremos tranquilo." Carmona entreabrió los labios y dibujó el minúsculo foso negro donde la voz anidaba, pero por más que sopló y sopló, la voz no vino. "Sos un caprichoso", le dijo Madre, "te gusta verme sufrir". Algo brotó por fin, pero no la voz sino un chillido innoble, penetrante, como el de los goznes del horno.
La señora Doncella se retiró casi en seguida, y Madre pasó el resto de la velada en tal estado de humillación que no abrió la boca. Para no cargar con sus reproches, Padre llevó al patio una hamaca de mimbre y, con el pretexto de cuidar a las gemelas, las meció durante horas, en silencio.
Carmona se refugió en su cama, sin poder dormir. Esperaba que Madre apareciera en cualquier momento y lo aplastara con el peso de su odio. No bien Madre viniera, se pondría de rodillas y le pediría perdón. Tal vez Madre dijese: "¿De qué te voy a perdonar, Carmona? ¿Acaso tenes la culpa de que la voz no te haya obedecido?". Pero Madre no vino. Carmona sintió que la ofensa de Madre lo seguiría esperando a lo largo de todo el futuro y que se le pondría por delante de cualquier cosa que hiciera.


La voz

La señora Doncella no era todavía un personaje tan decisivo en la vida de Carmona como lo sería muchos años después, cuando Madre ya estaba muerta. Siempre fue de una belleza extraña, sin edad. Al enviudar tendría veinticinco años, tal vez un poco menos: ya imponía, sin embargo, el respeto de una matrona. Cuarenta años después se la veía más joven. Las desventuras pasaban a su lado sin tocarla, como si no la reconocieran. Aun ahora, cuando ya todo ha terminado, sigue pareciéndose a la madona rubia que Paul Delvaux pintaba con tanta insistencia en la vejez: la que aparece desnuda en uno de sus mejores óleos, El sillón azul, y que sin duda es la misma de El jardín, donde se la ve sentada en un sofá de terciopelo, con los pechos al aire y el pubis desafiante, tocada con una capelina como las de Madre; es fácil ver que Delvaux la amaba mucho. La señora tenía el pelo lacio y largo, más dorado cuanto más cerca estaba de las raíces; los grandes ojos negros de párpados pesados, el mentón corto, infantil, que disimulaba su fuerza de carácter, y unos senos de adolescente, abiertos en ángulo obtuso, que ella disimulaba con espléndidas gargantillas de oro precolombino. En nada se asemejaban los pies, sin embargo: los de la modelo de Paul Delvaux se ven rústicos y palmeados; la señora Doncella, en cambio, lucía unos botines largos y finos como lenguas de gato. Olía siempre a rosas frescas y, aunque por su apariencia hiciera en todo justicia al nombre de Doncella, cuando hablaba era siempre tajante, imperativa, irresistible. No conozco a nadie que se hubiera negado a cualquiera de sus deseos. Salvo, tal vez, Carmona, aquella tarde en que no le brotó la voz. Pero ¿quería la señora oírlo en esa ocasión, o prefería más bien esperar hasta tener la voz para ella sola, como en verdad sucedió, tiempo después?

Carmona aprendió a reconocer las letras en las vidrieras de las jugueterías y en los envoltorios de los caramelos, y se entretenía barajando los sonidos en alta voz: don, la, mo. No pasaba de ahí. Sabía leer cuatro consonantes y tres vocales, pero sus manos carecían de destreza y era incapaz hasta de dibujar un redondel. Un día se acercó a Madre con un lápiz y un cuaderno y le rogó que lo mandase a la escuela. Madre se opuso: "Ni lo soñés. Primero tenes que aprender a dominar la voz".
Había en la casa un viejo fonógrafo de bocina salvado de los montepíos. Madre lo desempolvó y le cambió la púa. Cada tanto hacía escuchar a Carmona los prodigios de Elvira de Hidalgo interpretando a la Reina de la Noche y los trinos de Lily Pons en la escena de la locura de Lucía de Lammermoor. Ponía las arias dos o tres veces y se retiraba, con la esperanza de que Carmona, a solas con la voz, repitiera los sonidos sin equivocarse. Madre sentía que su cuerpo volvía entonces a la juventud, en las montañas amarillas, y se hacía la ilusión, por un momento, de que no había malgastado la vida. Pero vaya si la habías malgastado, Madre. La vida que llevabas era de lástima. Me tenías sólo a mí, y para lo único que yo te servía era para cantar.
Cada vez que terminaba una lección, Carmona insistía: "¿Y ahora por qué no aprendemos a leer?". Madre invariablemente le contestaba: "Porque cuando aprendas a leer ya no te interesará cantar". Una tarde, como premio por haber sostenido largamente uno de los do agudos de la Reina de la Noche, Madre le preguntó cuáles eran las letras que sabía. Escribieron siete en un pizarrón y jugaron a inventar palabras con ellas. Al principio, Madre componía frases sin sentido, acompañándolas con melodías improvisadas: "Mo no de la / da la ñamo". Carmona seguía: "No del ama / le da mona". Luego introducían nuevas cadencias e invertían las sílabas para convertirlas en fugas y contrapuntos. Tantas vueltas dieron que Madre tropezó, por azar, con las palabras que las luciérnagas habían dibujado la noche de su visita a las montañas amarillas.
–A ver, Carmona: ¿qué dicen estas letras?
Carmona reconocía los signos pero no sabía cómo agruparlos en sonidos.
–A mo a mo la ma no del a mo –silabeó Madre.
–Sí –agradeció Carmona–: Mano del amo. ¡Qué bonito!
–¿Ves? –dijo Madre–. Ahora cambia las letras de lugar.
Carmona dibujó una ele.
–Lamo la mano del amo –leyó Madre–. No está nada mal.
El niño se sintió tan orgulloso que le echó los brazos al cuello y le dijo, sin pensar:
–¡Te quiero tanto, Madrecita! –nunca la había llamado así: sólo al soñar con ella usaba esa palabra.
Molesta, Madre se desprendió:
–¡Qué ordinario sos, Carmona! No parece que fueras hijo mío.

En el reverso de las planillas de cálculos que Padre desechaba, Carmona escribía los sonidos recién aprendidos, desplazándolos de un lado a otro maliciosamente. Cuando una sílaba se movía, el conjunto entero cambiaba de significado:

"La dama me lame el ano
El ano anda en la mala
El amo mama la nada".

Y escondía los papeles, para que Madre no los viera.

Cuando arreció la pobreza, Madre tuvo que ir a enseñar el abecedario en las escuelas. Las mujeres jamás habían trabajado en su familia, y a ella se le clavó tan hondo el estigma de la humillación que si alguna visita le preguntaba aviesamente por qué pasaba tanto tiempo fuera de la casa, Madre respondía: "Salgo a enseñar pero lo hago por penitencia y por caridad".
Si no fuera porque trabajar le parecía una deshonra, habría enseñado toda la vida. Ser maestra le permitía explicar su amor por la bandera, el himno nacional, el sable corvo que lucían los generales: lo que representara la ley y el orden. Cuando se trataba de la patria, no admitía sino afirmaciones. Todos los hombres eran heroicos, todos los paisajes eran maravillosos, todos los gobiernos eran puros. Disfrutaba enseñando a deletrear el alfabeto con las últimas palabras de los próceres y a recitar poesías que glorificaban las derrotas como ejemplos de la santidad nacional. Madre lucía su patriotismo como un signo de casta. Ser patriota significaba que si aquí he nacido es porque no quise nacer en otra parte, los huesos de mis antepasados yacen en torno de mí, ya no tengo memoria del día en que mi sangre y este lugar empezaron a pertenecerse mutuamente.
Un lunes de noviembre, cuando las clases estaban ya por terminar, vistió a Carmona de punta en blanco y lo llevó consigo a la escuela. "Ya sabes suficientes letras como para ser mi alumno", le dijo. Insistió en que debía tratarla de usted delante, de las otras maestras y llamarla señorita, como si fuera una extraña. Tampoco Carmona la podía ver como a su madre en aquellos cuartos tan diferentes a los de su casa, entre niños que recelaban de él y no se le acercaban. Él mismo, a veces, no se reconocía: era como si su cuerpo anduviese por un lado y él por otro. Madre le pedía que cantara y no le salía la voz. "Todo esto pasa porque has aprendido a leer." Pero Carmona sabía que no era por eso. Algunas noches soñaba con campos de luciérnagas y lunas que se movían a toda velocidad de un extremo a otro del cielo, y entonces le brotaba en el sueño una sola nota muy aguda, que se quedaba pegada a los berros, en socavones que no se veían. La voz seguía dentro del cuerpo, pero el cuerpo siempre estaba en otras partes, a las que él nunca llegaba.

Las desventuras de la familia no duraron mucho. Cambió el gobierno de la provincia y Padre se valió de las nuevas influencias para que los ingenios le devolvieran algunas fincas. La casa volvió a ser la de antes. Madre tomó una sirvienta para el planchado y otra para la limpieza. Los domingos iban varias mujeronas a cocinar fuentes de puchero y a preparar guisos para toda la semana, que atesoraban en cacerolas de hierro.
Debieron improvisar una pieza de chapas junto a los piletones del lavadero para acomodar a las sirvientas. A veces, aprovechando el ajetreo de la cocina, Carmona se ocultaba allí y les hurgaba los enseres íntimos: aspiraba el perfume fuerte de los calzones y palpaba con delicadeza la huella negra de los pies en las chancletas que ellas usaban en las horas de desaliño: las inasibles señales de cuerpos que allí se erguían, sin dejarse ver, más verdaderos aún que en la cocina.
Una siesta, cuando las sirvientas oían entretenidas los novelones radiales en el comedor de diario, Carmona vio a uno de los gatos de los Alamino reptando hacia unas minúsculas zapatillas azules, que apestaban con la fuerza de mil pies. El gato se entretuvo reconociéndolas con las pezuñas durante algunos minutos y luego las lamió con voracidad. Era un gato negro, con una raya rubia en las ancas: al verlo hundir el hocico, Carmona tuvo la sensación de que una de las sirvientas brotaba de la zapatilla y agitaba la cola. Sintió el súbito deseo de lamer él también. Se agachó y apartó al gato. Al hundir la lengua, lo inundó un calor desconocido, y el cuerpo al que pertenecían las zapatillas le ocupó los sentidos. Una y otra vez lamió los recuerdos que daban vueltas por allí, lamió los pasos que la sirvienta no había dado aún. Lamió, lamió, con la fruición del gato.

Madre llevaba ya varios meses postrada en la cama cuando le dijo: "En cuanto te descuides, Carmona, los gatos te matarán". Un presentimiento era una manada de gatos surcando la noche; la noche era una pezuña enloquecida que seguía escarbando en los ardores del cuerpo. Un presentimiento era el ojillo alerta de los gatos, que no lo dejaba dormir.
Padre había muerto. Lo encontraron una mañana sobre las losas de una galería en construcción, azules los labios, el corazón destruido. El hematoma del infarto le amorataba el pecho. Quién sabe desde cuándo yacía allí, al sereno. Las moscas habían comenzado a cubrirlo, pero los gatos, al pasar, las espantaban con la cola. A veces, se acercaban al cuerpo y le clavaban las uñas. Tarde o temprano, los gatos se lo llevarían. "A vos también, Carmona", le recordaba Madre. "Cuando vengan a buscarte ya no tendrás escapatoria."
A la semana siguiente, una tribu de gatos ocupó la casa. Madre dormía con dos o tres por temporada, cubriéndolos con sus sábanas y permitiéndoles que se le arrebujaran bajo el camisón. La primera de sus protegidas fue la Brepe. A los otros solía vérselos por la cocina, penetrándose junto a la lumbre. Llevaban la desvergüenza por todas partes y Madre, tan pudorosa con las personas, les consentía cualquier cosa.
Para sus alardes nupciales las gatas hembras preferían el amanecer: aunque las atormentara el deseo fingían desdén, ocultaban y ofrendaban a la vez las tetitas candentes y, cuando por fin cedían, las vergas lanceoladas de los machos les desgarraban la vagina. Del sufrimiento les venía el goce. Avanzaban más allá del dolor, sin tenerse lástima. ¿Qué habría del otro lado, cuando se cruzaba el límite? Qué: Carmona no lo sabía. Cada vez que algún deseo despuntaba en él, Madre se lo apagaba.

Aun en aquellos meses de postración, la salud de Madre parecía invencible. Ciertos días se levantaba temprano, regaba las plantas y, meciéndose en una hamaca de mimbre, al reparo del sol, leía las visiones de Swedenborg en el paraíso. El horizonte estaba siempre amarillo, por el resplandor de las montañas. Madre hablaba con nostalgia de los cráteres de agua que había visitado cuando estaba de novia, pero no quería volver a verlos. "¿Y si ya no se parecen a los de antes?", decía. "Nada es tan triste como decepcionarse de un recuerdo." Lo que más temía, sin embargo, era que todo siguiera igual.
–Vayamos aunque sólo sea hasta el pie de la falda –proponía Carmona–. Tomar aire te hará bien.
–El aire es el mismo en todas partes –contestaba Madre–. ¿Querés que salga para que me muera más rápido? No te voy a dar el gusto.
Y si Carmona, sofocado, se alejaba de ella por un instante, Madre lo llenaba de reproches:
–Siempre me dejas sola –le decía–. No te importa nada de mí –se quedaba mirándolo con ira, dilatadas las aletas de la nariz.
–Yo te quiero, Madre –repetía Carmona desde lejos, tratando de aplacarla. Pero ella lo rechazaba:
–¿Y eso de qué me sirve?
Pasaban juntos la mayor parte del tiempo y, sin embargo, no bien se quedaba solo, a Carmona le costaba recordar cómo era ella. Sólo el perfil cada vez más delgado y el delta de estrías sobre los labios copiaban en la memoria el lejano dibujo de la realidad. Una noche, al retirarle la bandeja de comida, la descubrió besándose con uno de los gatos en la boca: ella le lamía el hocico y el gato, ávido, metía la lengua entre sus labios.
Carmona hizo como que no veía y preguntó:
–¿Necesitas otra cosa?
–Sí –dijo ella–. Que te vayas y no aparezcas más.
Las gemelas, atareadas con los maridos, sólo la visitaban de vez en cuando. "¿Por qué no tomas una sirvienta?", aconsejaban al hermano. "Madre no las tolera", respondía él. "Se queja de que le roban los centavos, las amenaza con cuchillos y las encierra en el baño con llave. Hasta las más curtidas se van al día siguiente. No le gusta que nadie la atienda sino yo." Madre quería que Carmona estuviera siempre a su alcance, pendiente de sus órdenes, pero a la vez tenía miedo de que él la matara. Se lo decía una y otra vez: "¿Para qué seguís esperando? Ya que vas a matarme, mátame ahora". Él no sabía cómo hacer para apartarle la idea de la cabeza. "Lo que pasa es que no te animas", insistía Madre. "Sabes que cuando te descuides, los gatos te lo harán pagar caro."

Una tarde la dejó dormida y fue a ver Hiroshima mon amour. La película describía una ciudad blanca, o quizás sólo la desolación de la blancura. Se veían los pasillos infinitos de un hospital, los enfermos, las escaleras, y un río de muertos a través de las ventanas. Llovían cenizas y ramas carbonizadas. En medio de las ruinas una pareja solitaria se amaba. Hasta ese momento, Carmona no había pensado en Madre. Pero vio las imágenes del mundo huérfano y la extrañó. ¿Quién era él, sin Madre?
(Madre era un reproche que le oprimía la garganta y lo volvía niño: con movimientos diestros lo empujaba hacia dentro de los ataúdes para que besara la frente de los difuntos, y así era el fin. Madre era un vacío que lo llamaba, el vientre ceñido de seda negra, el plasma tibio, la ternura: el principio. Hiroshima era Madre.)
En la película, los cuerpos desnudos de la pareja se entrelazaban: zumos, papilas, grutas. Del roce de los cuerpos subían vapores: la mirada caminaba a veces sobre los cuerpos como por un desierto y, a lo lejos, de pronto, brotaba un geiser. Se oía la voz velada del hombre, un japonés: "Eres como mil mujeres para mí". "Porque no me conoces", respondía la mujer, "sólo por eso". Una mano rayó la blancura de la pantalla y se posó sobre la nada: era una lumbre en el agua. "A lo mejor no es tan sólo por eso", decía el hombre: "No por completo". La mujer le sonreía: "Me gusta ser mil mujeres para ti". Y otra vez llovían las cenizas.
Carmona sintió necesidad de Madre, deseo, el aguijón de un amor que nunca había podido saciarse. ¿Madre era mil mujeres para él? Tal vez lo era, y aún no se lo había dicho. Quién sabe cuánto tiempo llevaba esperando Madre que alguien la abrazara y le dijera: Sos todas las mujeres para mí. Mientras no le hablaran así, ella tampoco podía pertenecer a nadie. Una mujer que no es todas las mujeres ni siquiera puede pertenecerse a sí misma.
Entró en la casa casi corriendo, el corazón ansioso, como cuando era niño. Madre leía el mismo libro de Swedenborg, meciéndose en la hamaca del patio. Hacía calor. Los pájaros volaban alto y del plumaje se les desprendían hebras irisadas. Carmona tomó las manos de Madre, que no tocaba desde hacía mucho, y las besó:
–Fuiste la única mujer para mí –le dijo–. Sos como mil mujeres –y tuvo la certeza de que Madre iba a repetir: "Me gusta que digas eso. Es lo que siempre he querido". Pero ella lo apartó con un desprecio que debía de llevar años esperando.
–Yo no soy mil mujeres. Yo soy yo –dijo–. A mí no tenes por qué meterme en tus porquerías.
Desde entonces, Carmona se había esforzado por ver a Madre tal cual era, pero la muerte no le había dado tiempo para poner la realidad en su lugar.

La noche antes de entrar en coma, Madre tenía el cuarto lleno de gatos. La Brepe estaba en sus brazos, y de tanto en tanto hundía el hocico entre los pechos fláccidos. Los otros gatos iban y venían por la cama llevando entre las fauces restos de la gran foto que Padre se había tomado junto a su última construcción: el alto pedestal para la estatua de un prócer, aún sin terminar. Madre ordenó a Carmona que arrojase a la basura los pedazos de la foto: estaban manchados por líneas de saliva, y el capitel románico en el que Padre se había esmerado tanto ya empezaba a descascararse.
Cada vez que Carmona vislumbraba en Madre algún gesto de amor se desconcertaba. Madre no podía amar a nadie, salvo a ella misma, y eso quién sabe. El amor y ella no parecían llevarse bien. Era tan inesperado para Carmona ver a Madre transportada de amor cuando jugaba con los gatos que, en vez de sobresaltarse, bostezaba.
–Me voy a la cama –dijo. Madre lo retuvo:
–Hace mucho que no cantas para mí, Carmona. Cántame ahora, mientras me duermo. En algún momento los hijos tienen que ser los padres de sus padres.
–Para cantar tengo que darte la espalda, Madre. A la voz le da miedo salir cuando te ve.
Fue hacia la puerta del cuarto y se quedó mirando el patio. La noche estaba llena de fugaces llamitas, libando de la negrura. Cantaré para ella un madrigal, Care Charming Sleep, pensó Carmona. La voz subió por los racimos alveolados de los pulmones y se dejó caer en las galerías de la tráquea. Estaba a punto de brotar cuando los gatos la inmovilizaron, clavándole los ojos.
–¿Ves que no puedo, Madre? –dijo Carmona–. Quiero cantar, pero la voz se niega.
–No mientas –gritó Madre desde la cama–. Te pasas la vida echándole la culpa a tu voz. Cantas para cualquiera pero no para mí. Es lo único que te pido y te negás a dármelo.
Carmona trató de que su imaginación se alejara de allí, a un lugar que Madre no pudiese ver. Eso le daría confianza a la voz. Hizo un esfuerzo y pensó en los lirios de bronce que había visto brillar sobre una salina, pensó en las fotografías de unos palafitos a orillas del lago de Maracaibo, en una muchacha solitaria que lloraba en un baile, pensó en los lunares de las gemelas y en las montañas amarillas. Por un momento tuvo la voz en la punta de la lengua, pero la mirada fija de los gatos la ahuyentó nuevamente.
Corrió a su cuarto y se tendió en la cama. Madre le había llenado el dormitorio con los trastos inútiles de Padre. A los costados se amontonaban ahora columnas de facturas e impuestos de las fincas, planos, maquetas y cartapacios con interminables escuadrones de cifras que designaban quintales de hormigón y kilómetros de varillas para encofrados. Los papeles atraían un polen ceniciento y tenaz, que le irritaba la garganta.
Madre había dejado allí también los frascos de alcohol en los que Padre sumergía, de tanto en tanto, minúsculos animales rosados: larvas de la gran zanja, creía Madre. Pero Carmona sabía que no. Eran los huevos de los gatos que Padre solía castrar a escondidas. Yacían en un agua calma, azulada por la descomposición: algunos se habían desgajado en mínimas aletas, otros, carbonizados por el encierro, aún despedían calor. Cada vez que Padre los acercaba a la luz, los huevos se agitaban con pánico y trataban de ocultarse. Carmona quería vaciarlos en la pileta del fondo, que ya no se usaba, pero Madre no estaba de acuerdo.
"A Padre le costó mucho su colección de larvas", solía decir. "Lo menos que podemos hacer es respetar las cosas que le gustaban."

Había en los frascos cierta fosforescencia que no dejaba dormir a Carmona: los destellos se convertían a veces en pequeñas burbujas impacientes, como flores de esperma. Todas las noches, al acostarse, se tomaba el trabajo de guardar los frascos en un armario, pero a la mañana siguiente aparecían otra vez al descubierto. Ahora, al salir del cuarto de Madre, aquellas mudas simientes soltaban en el alcohol estelas púrpuras de súplica. Carmona oyó caer la humedad de la noche. La luna llena resbaló en las paredes del patio y dibujó vetas de azufre y níquel, como las que había visto Madre en las montañas amarillas. En ese momento regresó la voz. Asomó su huidiza cabeza y poco a poco dejó salir el fino cuerpo, la pulpa, las membranas vibrátiles. Tanteó primero el aire con un par de escalas y luego, al ver que nadie estaba acechándola, cantó Care Charming Sleep como una adolescente intimidada. "Un poco más alto", le pidió Carmona, deseoso de que Madre la oyera. La voz avanzó con cautela por los corredores silenciosos del cuarto, y estaba a punto de levantar vuelo cuando Madre gritó:
–¡La leche para los gatos, Carmona! ¡Te has olvidado de traer la leche!

A la mañana siguiente, Carmona despertó como a las diez. Por el patio rodaban corrientes de viento frío y en el cielo azul se veían relámpagos de tormenta. Envuelto en una sábana corrió al cuarto de Madre. Los gatos bloqueaban la puerta y andaban de aquí para allá sin sosiego, con la determinación de que nadie pasara. Entrevió el cuerpo de Madre en la penumbra, pálido y afilado, y la oyó balbucear algunas broncas palabras sin sentido. Quiso llamar su atención agitando una punta de la sábana sobre la espesa arboleda de gatos, pero ella no respondió. "Madre, no sufras", le dijo. "Voy a pedir a las gemelas que vengan. Voy a hablar con el médico. Te lo ruego: no sufras." Qué iba a sufrir la desgraciada. Estaba desde hacía rato sumida en un coma de bienestar, del que salía cuando le daba la gana.
Se quedó un rato mirándola. Parecía que fuera a morirse de un momento a otro. Estaba indefensa, más indefensa aún de lo que estaba cuando muriese. Tengo que ganarle de mano, pensó Carmona, porque cuando muera ya no seré capaz de hacerlo.
Fue al cesto de la ropa sucia y se puso una de las mañanitas de Madre, con la esperanza de que el olor confundiera a los gatos. En cuclillas, fingiendo que deseaba acariciarlos, les tendió los brazos y los llamó con voz seductora: "Míos, míos, queriditos". Los animales retrocedieron, erizando el pelo de las ancas. "Míos, míos", repitió. A medida que se les acercaba, Carmona sentía más miedo. El filo de sus miradas se le clavaba en las vísceras. Tenía la sensación de que en cualquier momento le saltarían a los ojos. Eran capaces de lastimarlo a traición, de matarlo mientras dormía. Por fin, uno de los gatos se apartó del grupo y lamió, curioso, las manos tendidas de Carmona.
A pesar de que la lengua del animal era rugosa como un papel de lija, transmitía indefensión y ternura. "Son criaturas muy especiales, criaturas del cielo", solía decir Madre. Y era eso lo que la lengua del gato dejaba en su mano: una saliva mansa, que sólo podía bajar del cielo. Carmona no se dejó seducir. Mientras el gato lo lamía, le acarició la cabeza con suavidad y tanteó el orden perfecto de sus músculos, la elasticidad de los huesos, la porfiada vida que latía en cada centímetro de aquel cuerpo incomprensible. De pronto, con un movimiento rápido lo aferró por la cola y lo puso boca abajo. El gato lanzó unos vagidos humanos, lastimeros. Todo sucedió tan de improviso que los demás gatos sólo atinaron a montarse unos sobre otros en el rincón. De espaldas a la cama de Madre, Carmona dobló la pequeña vértebra donde terminaba la columna y quebró el hueso como si fuera una maderita. El dolor estalló con tanta nitidez que también lo hirió a él y estuvo persiguiéndolo largo rato, como un dolor lleno de ecos. Quizás un día el gato podría curarse de aquel dolor. Pero no él. El dolor que había echado a rodar era de los que marcan para siempre.


Los eclipses

Carmona tenía la costumbre de levantarse siempre tarde, y desde la muerte de Madre más tarde aún: nadie esperaba nada de él en la casa. Remoloneaba hasta las once, tomaba un poco de café y partía hacia el periódico donde trabajaba como corrector en el turno del mediodía. Cada vez le parecía más enojoso quedarse allí ocho arduas horas, leyendo en alta voz las síncopas de los avisos clasificados para que algún colega fuera marcando las erratas, o malgastando los raros momentos de tregua en comentar las enfermedades y los amoríos de los redactores. Cuánto mejor sería permanecer a la sombra de la casa, ver el terrible cielo azul, oyendo el zumbido de las moscas y el cotorreo lejano de los verduleros. Pero Madre misma había insistido en que aceptara el trabajo: confería cierta dignidad y alguna vez le permitiría, si ahorraba, tomar lecciones de canto con un buen profesor.
Los colegas le desagradaban: eran sucios, viejos, y habían fracasado en sus anteriores ocupaciones. Carmona pensaba que los correctores de pruebas eran un catálogo de las frustraciones humanas. Él mismo, aunque vivía cuidándose del contagio, sentía que la mezquindad de la oficina se le estaba filtrando en la sangre.
En otros tiempos, cuando cantaba como solista en la Filarmónica, los colegas destilaban sin disimulo su resentimiento: "¿Y, che?", lo codeaban. "¿Para cuándo los gorgoritos?" Ahora que la voz se le estaba desbarrancando fingían compasión. Ninguno había asistido a sus recitales excepto Vélez, el jefe, que era un hombre cortés y pertenecía, como él, a una familia de abolengo empobrecida. Ninguno, tampoco, fue a dar el pésame: Vélez sí, la mañana del entierro. Pasó temprano y se retiró casi al instante, al ver que la familia estaba sola.
Sentado ahora en su pupitre de la sala de corrección, descifrando el atroz jeroglífico de los clasificados, Carmona fue dejando que la tarde se evaporara. A ratos sentía punzadas en la lengua, como si alguna mano secreta le bordara las papilas. Tosió un par de veces para expulsar la incomodidad, pero lo único que logró fue acelerar el ritmo de las punzadas. Cuando le ofrecieron té, lo pidió muy azucarado. Sintió la tibieza del azúcar pero no el sabor. Era verdad, entonces: el sentido del gusto se le estaba desvaneciendo.
Hacia las siete, en una de las treguas, Vélez se le acercó para invitarlo a comer. La esposa y él estaban solos en la casa: "Somos una pareja que ya no sabe acompañarse", le dijo. "Se nos han acabado los temas de conversación."
Años atrás, Vélez y él solían hacerse confidencias. El jefe lo había estimulado a ponerse de novio con una prima lejana cuando Madre, en los primeros meses de viudez, mantenía cautivo a Carmona junto a su cama, simulando dolencias del corazón y crisis de asma. Unos terribles anónimos sobre el pasado de la muchacha desanimaron a Carmona poco antes del compromiso. Había preferido no dar explicaciones, desahogándose sólo con Madre. Durante un tiempo, las relaciones con Vélez quedaron tensas, pero luego la señora Doncella los reunió en una fiesta íntima y todo volvió a ser como antes.

La esposa de Vélez había cocinado lentejas. Carmona probó un bocado y lo devolvió al plato con disimulo. No lo perturbaba ya que la comida fuera insulsa: lo peor era el peso de la comida sobre la lengua. Al menor roce, las papilas se hundían como en un pantano.
–Doncella está preparando una nueva quermés –anunció la esposa–. ¿No lo ha llamado todavía, Carmona? Le va a pedir que cante.
–Ya lo llamará –intervino Vélez–. Ha de estar esperando que se cumpla el duelo.
Cuando los recuerdos de los últimos días aparecieron en la conversación de la esposa, Carmona sintió alivio. Cada vez tenía más pereza de recordar. Deseaba que otros se hicieran cargo de sus recuerdos, pero no se atrevía a ofrecerlos, para no sufrir la vergüenza de que los rechazaran.
La esposa contó que las damas de los ingenios se habían reunido en la glorieta de la señora Doncella para probarse los vestidos que llevarían en la quermés. Esa tarde, dijo, soplaba un viento candente. Las modistas tenían que perseguir a las damas por el parque para retocar los ruedos e hilvanar los encajes alborotados por el calor. El agua del río estaba tan templada que ni siquiera se movía: en la superficie flotaban las grandes hojas de los camalotes.
–Si en junio es así, cuánto peor será en julio –observó Vélez–. Aquí las cosas suceden siempre al revés: cuarenta y cinco grados en invierno y nadie sabe cuántos en el verano.
–Toda la vida ha sido igual –dijo la esposa–. Eso es lo que mas divertía a Madre: que las estaciones cambiaran pero el clima no.
–Vamos a extrañar a Madre –dijo Vélez–. Era de las que nunca se perdía una quermés.
El comentario fastidió a Carmona: Madre no solía ir a las quermeses. Para cumplir, mandaba telegramas de adhesión, que se leían por el micrófono. Pero la muerte la había dejado inerme, como a Padre: las personas depositaban en ella recuerdos al azar, cualquier recuerdo, aun de cosas que no habían sucedido.
El silencio pasó un momento por allí y se quedó. Todos se pusieron incómodos: también el silencio. La esposa fingió concentrarse en las lentejas. Vélez, que era de reflejos más rápidos, propuso oír algunos madrigales cantados por Alfred Deller, el contratenor favorito de Carmona.
"Ahora no", quiso decir Carmona. "Me molesta la lengua."
La música, de todos modos, se les adelantó. Un par de sopranos gorjeó a paso vivo Mother, I Will Have a Husband: las voces patinaban sobre una espesura de vidrio. Deller las azuzaba en segundo plano, enarbolando el látigo de sus agudos. Cuando el madrigal terminó, Vélez tomó el brazo de Carmona.
–¿Por qué no vende la casa y busca quien lo cuide? –le dijo–. Ya no necesita tantos cuartos para vivir.
–No puedo –respondió Carmona secamente–. Madre jamás me lo perdonaría.
–Ella se ha ido ya –intervino la esposa–. Ella quería morirse.
–No se ha ido del todo. Me ha dejado siete gatos. Tal vez más. No sé qué hacer con ellos. Anoche se metieron en el baño. Los tuve que espantar con una toalla.
–Ahora mismo le preparo unos bifes con vidrio molido –ofreció la esposa–. No hay razón para preocuparse. Esos bifes acabarán con los gatos en pocas horas.
–Los gatos son de Madre –dijo Carmona–. No puedo hacerles daño.
La esposa se aprestó a retirar los platos y advirtió que el de Carmona estaba intacto.
–¿Quiere alguna otra cosa? ¿Una sopa? Tendría que alimentarse.
–Lo lamento –dijo Carmona–. Siento punzadas en la lengua.
–Es el estómago –diagnosticó la esposa–. Cuando los nervios se sublevan, el estómago paga las consecuencias.
–Tal vez un helado –ofreció Vélez–. El frío alivia.
–Quiero una taza de leche –dijo Carmona–. O más bien en un plato. La lameré y me sentiré mejor.

Durante toda la semana siguiente no se movió de la cama. A la luz del día se le equivocaban los recuerdos. Algunos, que nada tenían que ver con él, le producían dolor. Pero en la noche no era así: no le incomodaba sentirse otro y llenarse de recuerdos ajenos. Hablaba en sueños con personajes muertos, en un lenguaje que trastornaba el género y los sexos, y las palabras se relacionaban a través de puentes que no iban a ninguna parte.
Dejó de bañarse y su cuerpo adquirió un color tan ceniciento que las gemelas, inquietas, se turnaron para cocinarle caldos de pollo y compotas de manzana. Pero el estómago de Carmona no toleraba sino leche. La quería tibia, espesada con azúcar, en platos hondos: cuando las gemelas se la servían en bandejas de enfermo él apartaba la cuchara e inclinándose sobre el plato hundía la lengua con fruición y la dejaba remojándose en el líquido, hasta que la lengua se ahuecaba y remontaba la leche hasta la garganta.
–Madre te convirtió en un salvaje –le dijo una tarde la gemela que había nacido primero–. Ya no pareces persona.
–Soy el mismo de siempre –se defendió Carmona–. Es el cuerpo lo que me está cambiando de costumbre.
La respuesta les pareció tan extravagante que al día siguiente las gemelas se hicieron acompañar por el médico. Era un viejo gordo y minucioso, de religiosidad exagerada: asistía a las procesiones con hábito de hermano terciario y predicaba sobre la eucaristía en los retiros espirituales.
El médico aplicó la oreja a la espalda de Carmona y se quedó escuchando con una sonrisa de beatitud.
–¡Qué maravilla! –dijo–. Parecen los fuelles de un niño.
–Será por el canto –supuso la otra gemela–. Habla con la voz de un hombre pero cuando canta tiene la misma voz que a los diez
anos.
–Ya no –dijo Carmona–. Ahora lo que me duele es el lengua.
–Ah sí, la lengua –corrigieran las gemelas.
El médico encendió una linterna minúscula e investigó en la boca.
–Tenes dos caries –dijo.
–No son las muelas –se molestó Carmona–. Lo que me duele son las papilas de adentro.
–Están sucias, eso es todo –dijo el médico–. No se ven las papilas. Se ven unos puntitos negros. Alguna corriente de sangre se te ha movido de lugar.
–Yo no las he movido. Fueron los gatas.
–Deberías ser más juicioso entonces –lo reconvino el médico–. Un hombre grande como vos no tiene por qué dejarse lamer por las gatas.
Las gemelas se sonrojaron y volvieron la cabeza hacia las plantas del patio. Carmona sintió un vaho de vergüenza.
–No sé si son gatas o gatos –aclaró.
–Peor, entonces –dijo el médico–. Esas enfermedades no se curan sino con baños de asiento.

Las gemelas llenaron la bañadera con agua tibia y la purificaron con el hisopo de óleos benditos que el médico siempre llevaba en el maletín. Carmona les pidió que montaran guardia ante la puerta del baño, por si los gatos insistían en el asedio. Por las dudas, exorcizaron con el hisopo los zócalos y el umbral que daba al patio, del que brotaba un relente áspero: las estelas de orina de los gatos.
–¿Te vas sintiendo mejor? –preguntaron las gemelas al oír que el hermano se hundía en el agua.
–Sí, sí –dijo Carmona–. Ya estoy bien. Váyanse. Mañana vuelvo al trabajo.
Se enjabonó, se dejó mecer por el agua: había celdillas en la molicie del agua, campos donde pastar, labios vítreos del agua que le aquietaban las imaginaciones. Los gatos ya no podían alcanzarlo. ¿Y sus crías? ¿A quién las entregaba Madre? ¿Dónde estaban incubándose? El olvido: ahora las imágenes del olvido entraban en su cuerpo y se quedaban, anidando. Un maullido ronco las dispersó. Parecían muchos gatos arrastrándose a lo lejos. Carmona se puso tenso: "¿Quién está ahí?", dijo. Ningún murmullo ni roce le contestó: sólo el balbuceo del agua. Pero después el maullido se fue acercando, se articuló en palabras que habían vadeado cauces ya muy de atrás, cauces borrados por las censuras de la memoria. El maullido se dejó discernir poco a poco y se tifió con la voz de Madre: "Amo la mano del amo", oyó Carmona. "¿Madre?", llamó. La voz cesó un instante y luego, pasándolo por alto, persistió. Carmona se irguió en la bañadera. "¿Madre?", repitió. A medida que iba cobrando fuerza, el maullido se volvía más grumoso y obsceno. Venía vestido con la bronca voz que Madre tuvo en la agonía, pero las órdenes que destilaba no eran de ella: "Lame el ano del amo", dijo el maullido. "Ama la mano del amo."

La voz de Carmona se iba desvaneciendo tanto de un día para el otro que temí su repentino eclipse y decidí oírlo ensayar en la Filarmónica. Eran las últimas fogatas de la voz: todos lo decían. A la semana siguiente debía dar un recital con arias de Purcell y el clavecinista que le servía de acompañante no estaba seguro de que la voz pudiera sobrevivir tanto tiempo. A veces, después de varios trinos oxidados, estallaba un agudo milagroso, una grieta súbita de sol entre manchas de tormenta, pero en seguida daba lástima oír cómo la tensa garganta de Carmona se desvivía persiguiendo a la voz vaya a saber en cuáles humillantes abismos.
Apenas nos vimos, Carmona puso la voz en mis manos para que la afinara. Tenía tantas opacidades y corrosiones que me costó reconocerla. El estaba muy ansioso. Si no se suelta en un par de días tendré que suspender el recital, me dijo. Para colmo, me duelen las papilas. ¿Las papilas?, me extrañé. Nunca había oído eso. Le pedí que sacara la lengua. Quedé impresionado. Atrás, sobre el lomo de la lengua, había unos minúsculos cráteres negros, blanduras, hundimientos, que se irradiaban hacia el paladar y las amígdalas. También estoy perdiendo el tacto, dijo. Ya nada me da ni frío ni calor. ¿Ves? Me mostró las palmas de las manos: segregaban unos tenues hilillos de humedad. Son imaginaciones, me pareció. No hay razón para que te preocupes tanto. Si estuviera por apagarse tu tacto no sentirías dolor en las papilas. Eso es lo raro, me contestó: cuanto menos tacto tengo, más me duelen.
Salimos a caminar. La Filarmónica estaba rodeada por laberintos de hortensias y magnolias, y aunque llovían cenizas de maloja el aire se conservaba puro.
Estaba por contarle lo que había sucedido después del casamiento de Leticia Alamino cuando Carmona me contuvo: ¿Podrías dejar de sonreír?, dijo. Yo siempre andaba con la sonrisa prendida en la cara y así como era incómoda para mí debía de resultar incómoda para los demás. Si sonreís tanto, solía decirme Madre, será porque algún mal estás deseándome. ¿Querés que muera más rápido? No te voy a dar el gusto. Y a lo mejor Madre tenía razón. Ya no sabía cómo hacer para matarla más.

Si quisieras mi voz

Poco después del casamiento de Leticia, Madre inscribió a Carmona en la escuela de niños cantores. Los Alamino se marcharon en silencio una madrugada y la casa de al lado quedó vacía. Carmona se levantó al oír los camiones de mudanza y, a través de las celosías, vio las colecciones de narguiles, las canastas rebosantes de puntillas y chalecos y los enjambres de gatos asomando las cabecitas entre los muebles.
Pasó muchos meses de melancolía, cantando. La temperatura se mantuvo fija en los cuarenta grados sin que los meteorólogos se arriesgaran a explicar el fenómeno. Hablaban de turbulencias volcánicas y fusión de los casquetes polares, pero Carmona sufría esos trastornos como si fueran de otra especie humana, de ot