Manual para vendedores

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Vicente Leñero

Al llegar a casa encontré sobre la mesita del teléfono un paquete tamaño carta envuelto con papel manila y atado por un cordel en forma de cruz. Traía mi nombre escrito con letras mayúsculas a tinta.

Cuando lo desaté vi una carpeta engargolada; parecía un guion de cine, no lo era. En la portada, tras el papel transparente, se leía con letras grandes manuscritas: MANUAL PARA VENDEDORES. Abajo: Heriberto Morales y un número telefónico: 5122 3948.

No recordaba a ningún Heriberto Morales; mucho menos que fuera el autor de un manual para vendedores, como confirmé cuando le eché un vistazo a las ciento cuarenta páginas de las que constaba aquel trabajo. Estaba escrito a máquina y en las páginas abundaban cuadros estadísticos con temas de mercadotecnia, frases publicitarias, enumeraciones de lemas de persuasión. Los textos eran largos, divididos en capítulos y con el característico lenguaje de un libro de autoayuda.

Pensé que el remitente, el tal Heriberto Morales, se había equivocado de destinatario enviándomelo a mí que nada sabía de esa materia. Hice a un lado el libraco en mi mesa de trabajo aunque no por mucho tiempo; esa misma noche recibí una llamada telefónica.

—Soy Beto Morales, ¿te acuerdas de mí? Fuimos compañeros en la prepa del Cristóbal Colón, ¿te acuerdas?, cuando el Perro Álvarez era el director. Tú estabas con el señor Bordes en Ingenieros y yo en Abogados, pero nos veíamos a cada rato en las clases de gimnasia con el maestro Franco, ¿te acuerdas?, y en los recreos o a la salida.

—Perdóname pero no me acuerdo.

—Cómo no, flaco, jugábamos frontón cachado en la canchita aquella. Tu pareja era Adolfo Lugo Verduzco, seguro que te acuerdas de él, ¿no?, que luego llegó hasta presidente del PRI en tiempos de Miguel de la Madrid. Y de los Rojo Lugo, y del general Anaya y del periodiquito ese que sacaba Chanfón donde tú escribías tus Ladrillazos.

—De eso sí me acuerdo.

—El caso es que luego me dediqué a la cuestión de las ventas y me fue muy bien. Venta de autos usados, venta de artículos de refrigeración, venta de inmuebles, en fin. Llegué a ser director de la Asociación Mexicana de Vendedores Profesionales y ahora manejo un grupo de colegas y tengo, a Dios gracias, compromisos enormes de asesorías y participaciones en congresos internacionales y dirección de medios; ya te platicaré. Con toda mi experiencia acumulada por años se me ocurrió escribir un manual yo diría que científico de mi profesión, que es el que te envié, ¿lo recibiste?

—Aquí lo tengo.

—Sergio López Mendoza me dio tu dirección y tu teléfono y qué bueno haberte encontrado porque nadie mejor me puede ayudar con la corrección del librito. Sé mucho de ventas, muchísimo, pero muy poco de redacción como te darás cuenta y por eso pensé en ti, para que me lo pases en limpio y me pongas en buen español los textos. Te va ser muy fácil, me imagino. Y te voy a agradecer infinito tu ayuda abusando de nuestra vieja amistad. Supongo que antes podríamos vernos a tomar un café, si quieres, para explicarte mejor mis necesidades en eso de la redacción y de la división de capítulos y lo que haga falta agregar para darle más coherencia a los postulados porque es muy importante que todos los involucrados en las ventas, los novatos y los experimentados, entiendan y aprendan y les sea de mucha utilidad, como yo supongo. Qué te parece si nos vemos mañana mismo en la mañana, ¿te parece bien?, en el café que tú me digas; yo puedo a las once y media a más tardar. Así nos volvemos a ver y platicamos de aquellos tiempos tan padrísimos, así lo siento yo. Sigo siendo el gordito y cachetón al que tanto choteaban; te vas a acordar apenas me veas, porque yo sí me acuerdo muy bien de ti, flaco. ¿Te parece bien mañana a las once en un Sanborns o en un Vips o donde tú me digas? Podría ser en el Sanborns de San Antonio e Insurgentes; tú vivías por ahí cerca, si mal no recuerdo, y yo tengo mi oficina precisamente en Insurgentes cerca de donde están Los Guajolotes. Te voy a agradecer muchísimo, flaco, el libro se va a vender como pan caliente, es muy práctico, buenísimo aunque me esté mal decirlo, sólo le falta la pluma de un escritor como tú para las cuestiones de redacción.

Aunque ni por asomo recordaba a Heriberto Morales y me daba una pereza inmensa auxiliarlo con un trabajo así, acudí a la cafetería del Sanborns de Insurgentes y San Antonio luego de revisar con más detenimiento algunas páginas de su Manual para vendedores. Ciertamente, la redacción era pésima; la ortografía fatal, de niño de primaria.

Lo primero que vi al entrar en la cafetería fue a un hombre gordo, muy gordo, vestido de traje gris y corbata. Se hallaba de pie en una de las mesas del fondo agitando su brazo izquierdo para llamar mi atención. Sostenía en la derecha un celular soldado a su oreja.

Me aproximé. Sonrió sin soltar su celular y me indicó una silla frente a él. Por supuesto, no lo recordaba.

Una mesera me sirvió un americano descafeinado. Él ya tenía a medias el suyo, pero una vez sentado —apenas cabía en la silla— continuaba hablando por el celular. Tardó un largo rato en apagarlo y al fin se dirigió a mí:

—Estás igualito, flaco.

Yo traía su original engargolado y lo había depositado en la mesa.

Empezó hablando otra vez de la preparatoria en el Cristóbal Colón. De nuevo el Perro Álvarez, el maestro de gimnasia, nuestra relación común con Lugo Verduzco y los Rojo Lugo.

—Háblame de tu manual —lo interrumpí.

Insistía ya en la venta de autos usados cuando sonó la melodía de «La cucaracha» en su celular. Volvió a pegárselo en la oreja mientras con la otra mano hacía la señal de «un momentito» juntando el índice con el pulgar.

Ocupó un buen rato en regañar al que parecía un subalterno mientras yo apuraba hasta el fin mi taza de café.

Apagó el celular.

—¿Qué te parece la redacción?

—Le eché un vistazo. Está realmente mal.

—Es lo que te dije. Necesita una corrección a fondo.

—Debo anticiparte que ando muy apurado con otras cosas —le advertí, aunque no era cierto—. Estoy escribiendo un guion de cine para Jorge Fons y apenas.

Sonó «La cucaracha» en el celular.

El esperado «un momentito» con los dedos. Tan parecía de urgencia la llamada que se desatornilló de su silla y sin despegar el aparato de la oreja caminó entre las mesas por la cafetería, salió de ella hasta perderse en los departamentos del Sanborns mientras yo apuraba una segunda taza de descafeinado. Regresó pidiendo disculpas:

—Así me llaman todo el tiempo, no tienes idea, por eso es muy importante para mí publicar este libro.

«La cucaracha».

La escena se volvió recurrente una cuarta, una quinta, quizá una sexta vez sin que el gordo decidiera apagar el celular, sin que hubiéramos entrado en materia o iniciado siquiera una conversación. Me harté. Fruncí lo más que pude el gesto de enojo para hacerle entender la imposibilidad de continuar así. Él insistió con el «un momentito» meneando la cabeza para explicar que no podía, no podía, no podía interrumpir la larguísima llamada.

No soporté más. Tomé el engargolado del manual, le copié con los dedos su «momentito» diciéndole «voy al baño» —frase que de seguro no escuchó— y salí trinando contra ese maldito Heriberto Morales a quien seguía sin recordar.

Jamás volveré a verlo, pensé. Cuando me llame por teléfono —si es que en algún momento deja en paz su celular— le pediré que se olvide para siempre de mí. Me pides un favor y me tratas como a un criado, cabrón, le reclamaré a gritos. No hay derecho, gordo, no hay derecho. Soy tu monigote o qué.

Pero no me llamó. Ni esa noche ni al día siguiente.

Se enojó. Seguro se enojó. Necesitaba con urgencia mi ayuda y no logró explicármela con tranquilidad, no por culpa de él sino de esas llamadas apremiantes e imposibles de rechazar porque en su ambiente de vendedores y empleados era necesario atenderlas pues de ellas dependía un negocio importantísimo. Y eso no lo entendí en aquel momento, egoísta que soy. No supe tenerle paciencia, pobre tipo: requería de mi ayuda y eso: no le tuve paciencia como se la merecía él o cualquier otro. Si yo, de pronto, hubiera necesitado comprar un carro usado o un refrigerador o una aspiradora y le llamara a un viejo amigo como Heriberto Morales, ese viejo amigo de la preparatoria, compañero de Lugo Verduzco y de los Rojo Lugo, no hubiera tardado un minuto en conseguirme un precio especial para el mejor auto, el mejor refrigerador, la mejor aspiradora, tomando en cuenta los años mozos en las que se fraguan las amistades entrañables.

Una semana después —sin haber recibido una llamada telefónica de su parte, él que tiene un celular— el maldito sentimiento de culpa me atacó en forma de un insomnio de horas.

Decidí tomar la iniciativa llamándolo al número anotado en la primera página del manual: 5122 3948.

Empezaría pidiéndole perdón por haber huido del Sanborns; que sí, que sí me acordé de él apenas lo vi. El gordito del frontón cachado en la preparatoria del Cristóbal Colón, el amigo de mis amigos de entonces, perdón, perdón, perdón. Estoy dispuesto a corregir tu libro lo mejor que pueda.

Eran como las ocho treinta p.m. Marqué. Se escucharon tres sonidos como dardos. Al fin oí una voz de mujer:

—Hola.

—¿Me podría comunicar con don Heriberto Morales?

—¿Quién habla?

—Un viejo amigo suyo —dije mi nombre.

—¿No está enterado?

—De qué.

—Mi papá murió hace dos semanas… de un infarto al miocardio… Lo incineramos.
Me quedé mudo. Colgué el teléfono.

(De: Mucho más gente así)

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