Manuel nunca dijo adiós

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Tomás Eloy Martínez

Un atardecer de junio, en 1991, volví a ver a la madre de Manuel Puig en el mismo living modesto de la calle Charcas donde la había conocido veinte años antes. Había un invencible anhelo de orden en los objetos que la rodeaban. Cierta ley de la gravedad dictada por el tiempo o por la voluntad del hijo muerto dejaba caer los objetos en un lugar preciso, y ese lugar era para siempre.

“Vení a saludar a Coco”, me dijo, resucitando el apodo familiar que Manuel detestaba. “Tenés que verlo. Está precioso”.

María Elena delle Donne —ése era su nombre, aunque le gustaba que los amigos de Manuel la llamáramos Male— me llevó a la salita que su hijo había usado como estudio en los años de Boquitas pintadas y The Buenos Aires Affair. En el rincón menos hospitalario languidecía, inútil, la Olivetti Lettera en la que Puig había escrito sus tres primeras novelas. En los estantes metálicos de la biblioteca vi algunas traducciones de Pubis angelical, una biografía de Greta Garbo y los libretos radioteatrales, encuadernados, de Yaya Suárez Corvo, que conocieron una efímera fama en los años cuarenta y por los que Manuel había profesado siempre una veneración secreta. Las paredes estaban adornadas con abanicos japoneses y una espada de samurai. El editor de Tokio se los había regalado a Male en marzo de 1990, y ahora ella no quería desprenderse de los recuerdos. “No podés imaginar lo feliz que Coco estuvo en Japón”, me dijo. “A todas las personas les gusta que las quieran, pero él era más sensible que nadie a esas cosas”.

A la izquierda de la biblioteca, entre dos budas de porcelana dudosa, vi el cáliz de metal bruñido en el que Male había llevado desde México las cenizas de Manuel. Contra lo que yo esperaba, no había ninguna inscripción que indicara el principio y el fin de la historia. Nada que dijera, en el estilo paródico del difunto: Hijo, descansa en paz o Manuel Puig (General Villegas, 1932 Cuernavaca, 1990). Sobre el cáliz desentonaba un crucifijo de bazar.

“Decile a Coco lo que estás pensando”, me alentó Male. “No tengas vergüenza. Decile que lo encontrás más lindo que nunca”.

Yo no sentía vergüenza ni sorpresa. Manuel Puig había muerto de una dolencia incomprensible un año antes, en México y, después del desconcierto de la noticia, también la tristeza se había disipado. En verdad, yo no sabía qué hacer ante aquellas cenizas.

Puig no estaba en ellas y tampoco quedaba nada de él en ese cuarto: nada, ni lo que había deseado o imaginado, y menos aún lo que había sido.

“Ahora me lo tengo que llevar”, dijo Male. Tomó el cáliz con naturalidad y lo dejó sobre el piano, en el cuarto de al lado. Luego encendió el televisor y movió el cáliz hasta que el rectángulo de la pantalla se reflejó, nítido, sobre el metal bruñido. Me quedé un rato, de pie, hasta que empezaron a fluir las imágenes. La perversa Rita Hayworth pulsó la guitarra y cantó “Verde luna” en la mansión andaluza de Sangre y arena, Linda Darnell imploró a un Cristo sangriento que el toro fuera piadoso con Tyrone Power en la corrida del domingo, y al filo de la tarde se sintió caer sobre los personajes el peso de una maldición invencible.

“¿No te parece un milagro que Manuel y yo sigamos juntos, después de tantas desgracias?”, dijo Male. “¿No te parece un milagro que la muerte no haya cambiado nada?”

La primera vez que oí hablar de Manuel Puig fue en el otoño porteño de 1967, cuando el editor catalán Carlos Barral me llamó por teléfono al semanario Primera Plana —del que yo era entonces jefe de redacción— para contarme que un “prodigioso escritor argentino” había perdido por un margen de dos votos el premio de novela Biblioteca Breve. “Tu corresponsal en Nueva York debería entrevistarlo”, me dijo. “Lo encontrarán en las oficinas de Air France del aeropuerto Kennedy. Se llama Juan Manuel Puig y está allí, en la recepción, a la espera de que aparezca una estrella de cine”.

Primera Plana no tenía corresponsales en Nueva York, pero uno de los redactores del semanario debía de todos modos pasar por las oficinas de Air France en Kennedy durante una escala a Europa. Una semana después envió lo que el semanario titularía “Retrato del novelista desconocido”.

Puig era —escribió— un joven de estatura mediana, que se desplazaba por los pasillos del aeropuerto en cámara lenta. Había nacido a mediados de 1932 en General Villegas, una ciudad desértica de la provincia de Buenos Aires, casi en el límite con La Pampa, y se había mudado a Buenos Aires en 1949 para estudiar arquitectura. La arquitectura, sin embargo, era sólo un desvío para llegar a su pasión verdadera, el cine. En 1952, una beca le permitió instalarse en Roma e inscribirse en el Centro Sperimentale di Cinematografia pero a los seis meses, asfixiado por el imperio abrumador de los neorrealistas que plagiaban a Cesare Zavattini, huyó a Francia. “Estaba decidido a meterme en cualquier filmación aunque no me pagaran por el trabajo”, había dicho Puig. “Participé a destajo en una película de René Clement, y fui asistente de Kay Kendall en Once More with Feeling, de Stanley Donen”.

A fines de 1960 regresó a Buenos Aires para trabajar en algunas coproducciones más bien atroces. La mejor, que se llamó Una americana en Buenos Aires, avergonzó tanto a la protagonista Mamie Van Doren que ella jamás quiso incluirla en su filmografía. Puig, en cambio, logró sacar ventaja de esas desdichas. Durante todas las noches de 1961 y 1962 escribió, casi en secreto, un guión sobre la inagotable voracidad de una familia por el cine. General Villegas se le fue transfigurando en una ciudad imaginaria, Coronel Vallejos, y él mismo, Juan Manuel, asumió la identidad de Toto, un niño que nunca crece y por el cual pasan, desbordadas, las habladurías del pueblo. Casi por inercia, el guión fue derivando en una novela, La traición de Rita Hayworth. A fines de marzo de 1965, cuando sintió que ya estaba terminada, se la dio a leer al novelista Juan Goytisolo. Fue él quien alentó la idea de enviar el manuscrito al concurso de Seix Barral.

En aquel otoño argentino de 1967, Juan Manuel Puig soñaba con dejar para siempre su departamento de Kew Gardens, en Nueva York, y volver a Buenos Aires para escribir. “No quiero trabajar en nada más que en eso”, dijo ese día de abril en el mostrador de Air France. “Para mí, la idea de la felicidad es no hacer otra cosa que escribir”.

Seis meses después de aquella entrevista, Puig pudo instalarse por fin en Buenos Aires. Llegó desprendiéndose de su primer nombre, Juan. Todos los sábados, en mi casa de la calle Rodríguez Peña, nos reuníamos para leer los borradores del folletín que estaba escribiendo (y que debía llamarse Eras para mí la vida entera, según he descubierto en una de sus dedicatorias). Después, salíamos a caminar por Santa Fe o por Corrientes, sintiéndonos extraños en una ciudad a la que ninguno de los dos pertenecía. Aunque Manuel era receloso, reservado y algo distante, apenas advirtió que yo no iba a condenar su homosexualidad sino más bien a protegerlo de otras condenas, me confió su desesperado amor por un obrero que colocaba tuberías de gas.

“Soy una mujer que sufre mucho”, me dijo. “Si pudiera, cambiaría todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar a mi hombre en el zaguán de la casa, con los rulos hechos, bien maquillada y con la comida lista. Mi sueño es un amor puro, pero ya ves, estoy condenada a los amores impuros”.

Aunque era evidente que sufría, habló sin el menor asomo de autocompasión, como si el dolor fuera de otro. “Yo tendría que haber nacido mujer, ¿no te parece?”, dijo, suspirando. Dejaba caer los suspiros como si los hubiera ensayado delante de un espejo. Eran su afectación pero también un último recurso de su pudor. Reflejaban en su vida lo mismo que las líneas suspensivas expresan en los diálogos de sus novelas: melancolías, signos de interrogación, tiempos perdidos. “Tal vez”, repitió, “yo debería nacer de nuevo, en otra parte”.

Un mediodía de noviembre, mientras caminábamos por la avenida Santa Fe hacia la esquina de Salguero, vi que su cuerpo se crispaba sin razón aparente. Manuel era todavía joven, y su belleza provinciana, algo tosca, llamaba la atención. Se dejaba caer un mechón de pelo oscuro sobre la frente y caminaba con pasos largos y atléticos. Al sonreír, sin embargo, se le desdibujaba el encanto. Unos colmillos largos afeaban su expresión y, lo que era aún más raro, acentuaban su amaneramiento.

Cerca de la esquina de Salguero se alzaban dos carpas de lona oscura. Sobre unos flejes, en la vereda, vi achuras y costillares asándose. Manuel me tomó una mano, como si yo pudiera ampararlo. “Ahí está él. Ahí está su cuadrilla”, señaló con voz sigilosa. “Es la hora de comer pero él no sale. Se queda siempre en la fosa, trabajando”. Temblaba como un adolescente. “Acá nos separamos”, me dijo. “A él no le gusta que lo molesten pero yo no me aguanto. Voy a bajar a buscarlo”.

Lo vi apartar las lonas de la carpa y desaparecer. No dio señales de vida hasta tres días más tarde. Estaba de un humor sombrío y, cuando cometí la torpeza de preguntarle por su aventura con el obrero de gas, me contestó con sequedad: “Historia pasada”.

Escribía con una disciplina de hierro, a veces un par de horas por la mañana y cuatro a cinco por la tarde. Cuando estaba trabajando en los últimos capítulos de su folletín, se quedaba hasta las 8 o 9 de la noche y luego se iba a nadar. Un profesor de natación lo consoló de su fracaso con el último amante, pero cada vez que pasábamos ante una de esas carpas oscuras donde se guarecían las cuadrillas de la electricidad, del gas o de los teléfonos, no podía reprimir la tristeza.

Fue en esas vísperas del fin de su novela —a la que por fin decidió llamar Boquitas pintadas— cuando me presentó a Male, su madre, y empezó a contarme algunas historias de su infancia. Sentirse incomprendido era el estigma que más le pesaba. Su padre, Baldomero Puig, un fraccionador de vinos que a mediados de la década de los veinte se estableció en General Villegas, no entendía los ensueños del hijo e intentaba cambiarlo a fuerza de castigos. Male era entonces empleada de una farmacia y su pasión era ir los miércoles al cine, a la doble función vermouth donde pasaban las películas románticas de Bette Davis, Norma Shearer, Greer Garson, Ann Sothern e Irene Dunne. Manuel la acompañaba siempre, pero cada vez que los compañeros lo golpeaban en la escuela o se burlaban de él, el padre para endurecerlo le prohibía esos placeres por una semana o un mes.

Cuando se convirtió en un novelista de éxito y pudo disponer de la vida como quiso, Puig se dedicó a ver, con voracidad, las películas que el padre le había vedado. Por lo menos una de ellas, La mujer pantera — Cat People, 1942, con Simone Simon—, es evocada en El beso de la mujer araña a través de la voz de Molina, alter ego del autor. Molina las relata con voluptuoso placer a su compañero de celda Valentín Arregui, un ideólogo de la guerrilla. Tanto en el caso de La mujer pantera como en el de todas las otras películas, el relato es deliberadamente infiel. Puig les añade afluentes melodramáticos y soluciones románticas, tal como hacía en la vida cotidiana cuando contaba sus propias historias.

Era un lector voraz y disciplinado, pero pocos libros le interesaban de veras: lo único que él juzgaba digno de interés eran el cine, las telenovelas y las canciones populares. Aunque la escritura era su oficio, ningún escritor lo conmovía. Sólo se emocionaba ante las cosas que podían ser oídas o vistas y en los últimos años de la vida imaginó una novela en la que actores reales (a los cuales él debía instruir sobre el argumento y las peripecias de la trama) improvisaban delante de un grabador los parlamentos de sus personajes.

En 1973, cuando publicó The Buenos Aires Affair y le llovían las ofertas para traducirlo, empezó a sentir que la Argentina no le hacía justicia. Había llegado más lejos que cualquier otro escritor de su generación, pero se lo trataba como a uno cualquiera. No quería aceptar que el país siempre había sido así, y que seguiría siéndolo. Cuando recuerdo los encuentros de aquellos años me parece volver a oír su inagotable amargura. Suponía que los críticos argentinos tanto en los medios de prensa como en la universidad consideraban su obra como un artificio menor, destinado no a perdurar sino a ser consumido y olvidado por el mercado. “Creen que soy un bestseller pasajero, no un escritor”, me dijo. “Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace treinta años, y los que le cavaron la tumba son los mismos que ahora lo ensalzan”.

Volví a verlo fugazmente en los pasillos del diario La Opinión cuando la reseña sobre The Buenos Aires Affair tardaba demasiado en salir, lo que a él le parecía otro signo de la mala voluntad hacia su obra, y años después con más frecuencia, en Venezuela y en Nueva York.

Fuera de Buenos Aires volvió a ser el de antes. Una noche, en un hotel de Cumaná lo habían invitado a dictar un taller literario de dos meses en la Universidad de Oriente, le referí con exagerada simplicidad las ideas sobre la creación del mundo que el cabalista Isaac Luria había imaginado en Safed, una aldea mística de Galilea entre 1565 y 1572, cuando tenía poco más de treinta años. Luria se había preguntado cómo era posible que Dios pudiera existir en todas partes. Si Dios era Todo en todo, ¿cómo se explicaba la presencia de seres y objetos que no eran Dios? La respuesta de Luria era que Dios, hospitalario, se había contraído a sí mismo para abrirle un sitio al mundo. Luria pensaba —le dije— que el En-sof, el Ser Infinito, se había replegado hacia lo más recóndito de sí para que la creación fuera posible. Se había retraído en un movimiento semejante al de aspirar el aire y al final de los tiempos volvería a exhalarlo, recuperaría su ser original.

Nunca sentí a Manuel tan hipnotizado por una idea como esa noche. Me pidió que le diera más detalles. Yo los había olvidado. Lo único que mi memoria lograba recuperar era la palabra hebrea tsimtsum, que en el lenguaje de la Cábala significa retirada o, más bien, retraimiento. Contra la más remota ortodoxia, le dije, el tsimtsum de Luria no era el punto infinitamente sagrado donde Dios se había concentrado sino el lugar del que se había ido. El tsimtsum éramos nosotros.

“¿Cómo se puede ver la creación de esa manera?”, me dijo. “Es maravilloso. Ahora entiendo el sentido de todo. Dios es homosexual y, en la eternidad, se deja penetrar por el universo. Ése es su placer”. Lo miré con sorpresa. “¿Y si Dios fuera una mujer homosexual, cómo sería entonces la historia?”, le repliqué. No me contestó. Sólo reflexionó en voz alta: “El fin del mundo va a ser, entonces, la fusión de todos en el Todo. Todos seremos Dios”.

Fue la única vez que le oí una inquietud metafísica. Creía que había otras inteligencias en las galaxias remotas, y a veces creía (o quería creer) en la reencarnación, pero las teologías y el más allá lo dejaban indiferente. Resplandecía, en cambio, cuando contaba sus victorias de amor. Conocí a dos o tres de sus pasiones en el Village de Nueva York donde volvió a vivir en 1976 y a un ex albañil que lo acompañaba en el hotel Hilton de Caracas. Todos eran, como él decía con falsa modestia de conquistador, “casados y muy varoniles”.

Aunque yo siempre lo llamé Manuel, él se llamaba a sí mismo Rita o Julie, por Julie, Christie, y hablaba de los demás en femenino, dándoles nombres de actrices: Carlos Fuentes era Elizabeth Taylor, Mario Vargas Llosa era Esther Williams, Julio Cortázar era Heddy Lamarr; a mí me tocaba ser Faye Dunaway o Jane Russell, actrices que no le gustaban.

A sus amores ocasionales los llamaba sin embargo como a los maridos de Rita Hayworth: Orson (por Welles), Alí (por Alí Khan), Dick (por el cantante Dick Haymes) o Jim (por el productor James Hill, que fue el último). Una noche de diciembre, en el vestíbulo del Caracas Hilton, vimos a una mujer muy hermosa que pocos años antes había sido Miss Universo. La belleza trabajada y un tanto boba de la mujer me dejaba frío, pero Manuel quedó seducido en el acto. “¡No sabés cuánto daría por ser ella!”, me dijo. Sentí una invencible curiosidad y me atreví a preguntarle: “¿Alguna vez hiciste el amor con una mujer, Manuel? ¿Alguna vez lo harías?”. Me miró y, con toda seriedad, me dijo: “Cuando era chico soñaba con eso. Ahora pienso que, si lo hiciera, sería sólo una vez, por curiosidad, para saber cómo es. Dos veces sería una perversión”.

Sus frases me volvieron a la memoria el aciago 23 de julio de 1990, cuando leí en The New York Times la noticia de su muerte en Cuernavaca. Definían su obra como una muestra de “realismo experimental, oscuro y elusivo como el de William Faulkner”. Creo que esa definición le hubiera gustado.

El segundo párrafo de la necrología me llamó la atención: “Su hijo, Javier Labrada, dijo que el escritor murió de un ataque al corazón después de una operación de vesícula”. Las últimas líneas adjudicaban a Puig un segundo hijo, Agustín García Gil, que como Labrada vivía en Cuernavaca. Esas referencias me sorprendieron. ¿Era posible que Manuel hubiera tomado a dos niños en adopción? Llamé por teléfono al autor del artículo y le pregunté si sabía algo más sobre el tema. “Nada”, me dijo. “La noticia vino en un cable de agencia. Cuando llamé a la empresa fúnebre, me hablaron de dos hijas, Rebecca y Yasmin, pero me pareció que era una broma, una traición final de Rita Hayworth. Rebecca y Yasmin se llaman, como sabes, las hijas que Rita tuvo con Orson Welles y Ali Khan”.

Años después fui a México para reconstruir los últimos días de Manuel. Supe que Labrada dirigía la filmoteca del canal 13 y que García Gil era una figura notoria del teatro mexicano. Ambos se referían a Puig como “mi mami” y él, a su vez, hablaba de los jóvenes que revoloteaban por su casa como de “mis hijas”. También oí el rumor de que el sida había causado su muerte, pero los amigos más serios negaban que fuera cierto. Conocí mi versión de la historia a través de Male, de Tununa Mercado y de los raros escritores mexicanos a los que Manuel había frecuentado.

Me dijeron que la muerte rondó a Manuel durante varios meses sin poder alcanzarlo. El miércoles 18 de julio de 1990, cuando por fin se le clavó en el vientre, estaba sentado en su estudio de Cuernavaca, escribiendo la segunda escena de Madrid 37, el guión que la directora española Marina Cañonero le había pedido “para ayer si puedes, Manolito, que tengo la producción armada y sólo faltas tú para que comencemos”. Eran las 10 de la mañana.

Había pasado una noche horrible y no se le ocurría nada. Era extraño sentir cómo de pronto la imaginación le rodaba por los suelos sin que pudiera retenerla. Todo lo abandonaba: el entusiasmo de la juventud, las voces que siempre acudían a él en el silencio de las mañanas y que se desplegaban solas por el papel. “Estoy empezando a dudar de mí, mamá”, le dijo a Male. “Ya no recuerdo cuál fue la última vez que sentí fuerzas para crear y amar, ni siquiera recuerdo la mala sangre de los últimos meses en Buenos Aires”.

Eso era lo terrible de aquella enfermedad desconocida: que le quitaba todo, hasta el pasado.

Dos o tres días antes, las primeras imágenes de Madrid 37 se le habían presentado con facilidad. Vio a todos sus personajes reunidos en una tasca del Rastro mientras la radio difundía la noticia del bombardeo a Guernica. Echó a andar la indignación de la gente: copió el habla de las costureras y de los tenderos, representó sus miedos y sus presentimientos. Pero ahora, cuando debía ver la historia desde el frente nacionalista, las frases le nacían torcidas. “¿Cómo querés que los diálogos de Francisco Franco con sus generales me salgan bien?”, le dijo a Male. “Para mí es un misterio cómo piensa esta gente. Ay, quién me mandó a meterme. A mí que no me saquen de las intrigas íntimas, mamá. A mí que no me saquen de los pequeños sentimientos”.

A las diez y dos minutos de la mañana escribió: El general más bien bajo con el birrete puesto de costado (se le nota que es calvo) estudia la situación ante la mesa de arena. Banderitas azules para sus tropas y rojas para los enemigos… Cuando llegó a los puntos suspensivos le regresó el dolor, con más intensidad que durante la noche. Palideció y dejó caer la cabeza sobre la máquina. Al rato, Male volvió de la piscina y lo encontró así, apretándose el vientre con las manos, hundidas las ojeras, apagado como una raya en el horizonte. “¿Te ha pasado algo, Coco? ¿Querés un té? Descansá un poco, hijo. Andá al espejo y mirá lo demacrado que te has puesto. Él me miró con unos ojos tan desamparados que sentí frío en el alma, ¿sabés?, me di cuenta en el fondo del corazón de que algo malo estaba pasando. Con un hilo de voz me pidió que lo llevase al médico. A ver, le dije, ¿qué te duele? Aquí al costado, me contestó: es como si me cayeran gotas de plomo derretido”.

Llevaban poco más de siete meses en aquella casa de Cuernavaca donde Manuel pensaba quedarse para siempre. La habían elegido juntos a mediados de 1989, cuando decidieron que Río de Janeiro no era ya el de antes, y que en México, donde tenían tantos amigos, podrían volver a ser felices. Compraron tres hectáreas en lo alto de una colina, con un bosquecito que Manuel sembró de gardenias y azaleas, y una pileta de agua tibia donde Male y él nadaban juntos desde las ocho y media hasta las 9 de la mañana. A esa hora, Manuel se encerraba en el estudio, a la vera de la modesta Lettera que de un momento a otro iba a cambiar por una computadora IBM, entre los pocos libros que amaba y la videoteca con cuatro mil películas. Solía escribir hasta las 3 o 4 de la tarde y luego, tomando a Male del brazo, caminaba por las callecitas transparentes de Cuernavaca, bajo un cielo que estaba siempre azul.

“¿Y la gente? Ay, no te imaginás cómo lo llamaban por teléfono”, se entristecía Male cuando me lo contaba. “De Londres, de Finlandia, de Los Ángeles, todos pidiéndole comedias musicales y conferencias. Querían oírlo, tenerlo. ¡Si vieras cómo lo querían!”

El trabajo de los albañiles en la nueva casa les incomodó la vida, pero les sirvió de pretexto para respirar por un tiempo el aire de otros mundos. En marzo del 90 pasaron por Madrid y Roma, y desde allí tomaron un avión rumbo a Tokio, para celebrar las ediciones japonesas de Boquitas pintadas, Pubis angelical y El beso de la mujer araña. Volvieron a fines de abril colmados de regalos: abanicos, kimonos, espadas y escudos de samurais, libros de arte, jarroncitos labrados. Manuel entraba a los teatros de kabuki, caminaba por el barrio de Ginza, llegaba a la universidad, y todos lo saludaban como si fuera un príncipe.

La enorme casa de la calle Orquídea en Cuernavaca, construida en cuatro niveles, incluía una residencia para huéspedes, al otro lado del parque, que los viernes por la noche solía llenarse con los amigos de Manuel. Venían en bandadas desde México, tras descender mil metros por la sinuosa carretera del sur, y allí se quedaban hasta el amanecer del lunes, inventando comedias musicales, indigestándose de videos e imitando a las sopranos de ópera.

Entre junio y julio, Puig y el director de teatro Miguel Sabido se encerraron a trabajar en una nueva comedia, El misterio de un ramo de rosas, pero cuando tardaban más de dos horas en el estudio, los otros amigos se impacientaban y los arrastraban a bañarse en la pileta, imitando las coreografías de Busby Berkeley en Ziegfeld Girl o repitiendo una y otra vez, hasta la extenuación, el número de Rita Hayworth con el guante en Gilda mientras los parlantes repetían, a todo volumen, la desesperada invitación sexual de Rita, Put the Blame on Mame.

Labrada, que era infaltable, llegaba siempre con versiones restauradas de algún clásico del cine: Siete pecadores (Tay Garnett, 1940, con Marlene Dietrich y John Wayne) o Esa noche en Río (1941, con Don Ameche y Carmen Miranda). “Todos los amigos de Coco eran unos divinos”, suspira Male: “Javier, Sabido, y otro de los fieles, Agustín Rodríguez. No se apartaron de mí cuando él murió y todavía siguen llamándome los domingos desde México para preguntar cómo estoy. A veces ni siquiera puedo atenderlos. Les oigo la voz y lloro”.

Qué poco había durado, qué desleal con él era su cuerpo. Llevaba sólo mes y medio disfrutando a pleno de la casa, y de golpe le caía este dolor encima, estas crueles tenazas que le retorcían el vientre. Fue entonces cuando pidió lo que jamás había pedido antes: “Mamá, llevame al médico”.

Le diagnosticaron un cuadro gastrointestinal agudo: la vesícula estaba hinchada, no daba más, y debían operarlo de inmediato. Miguel Sabido, que viajó desde la Ciudad de México al mediodía, no bien Male lo llamó por teléfono, quiso llevárselo a la capital cuanto antes. Conocía clínicas de primera, cirujanos en los que tenía plena confianza.

Pero Manuel se opuso: “Ay, Dios mío, ¿por qué se afanan tanto? Una operación de vesícula es lo más simple que hay. Aquí estoy a unos pasos de mi casa, mamá puede venir a cada rato, y además México… no me gusta. Cada vez que voy a México me falta la respiración”. Ni los amigos más incondicionales niegan que Manuel era un tacaño incurable. Más de una vez había llamado a los hospitales de Cuernavaca y de la capital averiguando si se podía o no llevar la comida ya hecha, y cuáles eran las tarifas de internación o los costos de los anestesistas. Cerca de su casa calculó gastaría la mitad, quizá menos. Eso lo decidió.

A las 3 de la tarde lo llevaron al quirófano. Salió a las siete y media: se le habían afilado los rasgos, la piel estaba tensa en los pómulos y la frente, como si las ráfagas de la muerte lo hubiesen marcado ya y no le permitieran despertarse.

Tardó más de dos días en salir del coma, pero el Manuel que balbuceó unas pocas palabras al oído de Male no se parecía al de antes. Eran sílabas más bien, torpezas sin sentido. El eterno brillo de los ojos se le había evaporado, los labios estaban tiesos y resecos, su voz brotaba como en otra parte, sin las cadencias y la ternura que habían seducido a tanta gente.

Nadie supo jamás qué había ocurrido en el quirófano de Cuernavaca: los médicos no dieron explicaciones. Insinuaron que algo pasaba con el corazón; que al extirparle la vesícula hubo un momento en que Manuel se les iba, y tanto Male como Carlos —el único hermano, doce años menor— creen que les dijeron la verdad. Ninguno de los dos quiso culpar a nadie. “¿Para qué hacerlo —dijo Carlos— cuando ya han sucedido las fatalidades?”

Manuel murió el domingo 22 al amanecer. Se fue apagando en silencio, sin molestar a nadie. No lo vieron marcharse las enfermeras ni el médico. El timbre junto a la cama estuvo mudo toda la noche y hasta la fiebre de los días últimos se le había evaporado. Acababa de cumplir 58 años pero nadie se los hubiera dado: cuanto mucho cincuenta, exagerando.

Llevaron el cuerpo a la funeraria Galloso, que también quedaba como la clínica a pocas cuadras. Male caminaba en trance por la casa de la calle Orquídea, buscando al hijo en las habitaciones vacías. Le oía decir: “Ponete un vestido negro pero liviano. Es julio y no hay viento afuera. Esta noche hará calor. Y un toquecito de rouge. Nada de rimmel, para que nadie se dé cuenta de que has llorado. Yo ya estoy bien aquí, mamá. Ahora vos sos lo único que me pone nervioso”.

A los pies del ataúd, Javier Labrada había distribuido las primeras ediciones de todas sus novelas. Allí yacían otra vez Juan Carlos Etchepare, el de Boquitas pintadas, y Nené, que lo amaba tanto; Gladys asistía de nuevo a las clases de historia del arte que daban en The Buenos Aires Affair; Josemar bailaba la última canción de Roberto Carlos en Sangre de amor correspondido, y Pozzi volvía al Colón de Pubis angelical para oír otra ópera de Bellini. Los libros asomaban la cabeza entre las azaleas y gardenias que Manuel había regado la misma mañana en que lo internaron, y su cara lucía como las flores, fresca y viva, despreocupada de la muerte.

Las radios y las televisoras de México rendían homenajes incesantes al escritor perdido: reproducían fragmentos de entrevistas, ráfagas de las películas que había escrito para Héctor Babenco y Arturo Ripstein, melodías de Johnnie Ray y hasta de Xavier Cugat; pero allí, en la funeraria, Male afrontaba sola el peso de aquella muerte, o al menos así sola fue como la vieron Noé Jitrik y Tununa Mercado cuando llegaron a Cuernavaca aquel mismo domingo por la tarde. “Los únicos que la acompañaban en ese desamparo eran Labrada y Javier, hasta que llegamos nosotros”, dijo Jitrik. “Fue la peor ironía de esa muerte”, ha observado Tununa. “Mientras en la Ciudad de México todos hablaban de Manuel, a setenta kilómetros su cuerpo estaba solo”.

Tres días más tarde hubo, sí, funerales solemnes en la capital: largos rosarios de flores y de discursos. Cuando los estrépitos se apagaron, Carlos Puig tuvo que decidir qué haría con el cuerpo de su hermano. ¿Enterrarlo allí, en el bosquecito de Cuernavaca? Para Male, las cosas estaban claras: ningún poder humano la separaría de Manuel. En algún momento pensaron llevarlo a la bóveda familiar, en La Plata, pero ¿qué sería de él entre aquellos muertos con los que no tenía conversación posible? “Supe entonces —diría Carlos— que la única patria de Manuel era mamá y que sólo sería feliz en el otro mundo mientras no lo alejáramos de ella”.

El último día de julio llevó el cuerpo al crematorio desde donde se domina México, en las altas colinas de la ciudad altísima, y convirtió a su hermano en la fina y dulce ceniza gris con la que Male conversa cada día.

Ahora, mientras las imágenes de Siete pecadores y Escuela de sirenas desfilan sobre la superficie del cáliz, Male va contándole al hijo lo que ha hecho durante el día. Le habla de los precios de la fruta en el mercado y de lo que publican en los diarios sobre sus libros. “No sabés el respeto que te tienen ahora, Manuel”, le dice. “No sabés cómo te quiere la gente”. A veces, el hijo la interrumpe: acaba de tener una idea y debe correr a escribirla en su cuaderno de tapas azules. El tiempo ya no se mueve dentro de la casa, el tiempo se ha quedado allí para siempre, tal como era en la infancia, cuando los dos veían, tomados de la mano, las películas románticas de la función vermuth.

(1992)

(De: Lugar común la muerte, Alfaguara, 2008)

 

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