Marguerite Yourcenar: escribir la belleza incomparable

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Decir que el tema de fondo de la ficción de Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903-Maine, EE.UU. 1987) es la homosexualidad es como decir que el tema de fondo de la novela “Madame Bovary” (1856) es la heterosexualidad. Me parece un razonamiento tan absurdo como tramposo. Es cierto que la homosexualidad es una identidad sexual que está socialmente marcada por transgredir el paradigma heteronormativo de naturaleza dominante en Occidente. Aún así los libros de Yourcenar despliegan un caudal de problemáticas y propuestas de una variedad, de una profundidad y de una riqueza tales que sería simplista sucumbir a esa conclusión.

El corpus de Yourcenar indaga, por ejemplo, en el incesto entre hermanos, en la relación que se establece entre occidentales y orientales (además de nutrirse para su ficción de fuentes de ambas geografías), las pulseadas entre mujeres por un buen partido, los mitos de la Antigüedad Clásica y algunos capítulos de la cristiandad, la atención prestada al medioambiente, los viajes, el patrimonio artístico de la Humanidad, entre muchos otros. En tal caso, lo que sí considero es un tema de fondo en Yourcenar, si fuera obligación encontrarlo, consistiría a mi juicio en el modo como las ideologías y prácticas oscurantistas o, si así se prefiere, represivas, atentan contra la realización de las personas y su entorno, por un lado. Por el otro, de qué manera la temporalidad afecta tanto a los humanos como a sus producciones y medioambiente.

“Memorias de Adriano” (1951) me parece, sí, una novela sobre el amor, a secas. Porque como dice Yourcenar en una entrevista: “¿Por qué separar el amor homosexual del amor?”. El amor entonces, es un tema de la novela, entre muchas otros dignos de ser analizados y disfrutados en el marco de un argumento con muchas peripecias. Se trata de una novela histórica en la que Yourcenar evoca la figura de existencia constatable de un gran emperador. En este monólogo retrospectivo el protagonista recupera como podría hacerlo en una autobiografía (de hecho la novela adopta la forma de un género incidental al que le imprime un sesgo ficcional como es el de una carta) una multitud de experiencias, desde las formativas, las madurativas hasta alcanzar la vejez, punto culminante que lo encuentra en un estado de precariedad tal en lo relativo a su salud que tal vez precisamente sea ese motivo que fundamente la decisión de dar cuenta de su vida bajo la forma de un relato. Ese proceder también es una forma de encontrar sentidos a episodios atomizados que hace falta ordenar. Hay en esta novela, sin embargo, un trabajo de documentación en archivos y bibliografías, desde libros sobre numismática hasta de Historia, desde biografías hasta libros sobre Historia del arte monumental.

Suceden muchas cosas en esta novela. Tantas como ha vivido el emperador Adriano. Y pienso este relato bajo la forma del mencionado soliloquio como una construcción ficcional retrospectiva que sin embargo diera toda la impresión de ocurrir en un presente histórico en la que se remonta hasta épocas tempranas. Ese efecto potente lo produce una pluma de pulso firme y sabio que refiere sucesos palpitantes sin embargo desde el de los que da cuenta desde el temple de la serenidad.

“Cuento azul” (1993), integrado por tres relatos, refiere distintos asuntos que ponen, como adelanté, en vinculación a personajes occidentales con otros, en este caso femeninos, por lo general orientales. También estará una vez más la presencia del hechizo, el conjuro o la magia como otra variante recurrente en Yourcenar, probablemente ligada al poder que confiere a la palabra (como veremos al final). Y, por último, la crueldad del varón hacia la mujer, en una situación completamente desventajosa esta vez calculada en número de agresores hacia una víctima inerme. Estos tres relatos alcanzan zonas de un nivel de altísima calidad poética pese a tratarse de un discurso narrativo y también de materia trágica. El vuelo lírico como prosista de Yourcenar, tan elogiado por quienes la leen en calidad de expertos o bien de profanos, (digamos) ponen en evidencia que estamos frente a una escritora virtuosa.

Por otra parte, es frecuente advertir en los libros de Yourcenar cierto exotismo (del que tomó conocimiento sin lugar a dudas a partir de sus viajes por Oriente) propio de otras zonas del globo con diferentes costumbres, constelaciones culturales y también en el seno de las historias lo que tiene lugar son acontecimientos de orden selectivamente eficaces porque Yourcenar mide cada punto y cada coma. He leído solo dos libros de esta autora en su lengua original, pero transmiten tal sensación de armonía perceptible en la arquitectura de los relatos y la fluidez de la lectura que me resultó difícil sustraerme al encanto propio de una cierta música. No se trata de una narradora ingenua o de comportamiento espontáneo. Más bien diría que está en las antípodas de modelo de escritor: es alguien que tiene tal dominio de la lengua y del uso de la retórica que resulta asombroso el modo como la moldea y elabora con ella una poética tan refinada como inteligente. Porque además de sucesos concibe hondas reflexiones que quedan formuladas en frases difícilmente olvidables. Y, regreso a este punto: me parece que el devenir de la condición humana atravesado por la dimensión del tiempo (por momentos arrasador) constituye uno de los puntos culminantes que organizan su poética.

Hay otros asuntos abordados por Yourcenar de no menor relevancia. Los factores de orden represivo que afectan a la condición de la mujer ubicándola en un lugar subordinado o servil. El destrato hacia la naturaleza, a la que tan atenta como cuidadosa se manifiesta siendo partidaria permanente de prácticas y causas ligadas a la ecología. No menos atención dispensa al patrimonio artístico de antaño que merece ser preservado respetuosamente como lo que es: parte primordial de nuestra identidad y la posibilidad de supervivencia de un sustrato antiquísimo para nuestra reconstrucción en tanto que sujetos de cultura. A lo que sumaría otro punto crucial: la narración de su propia vida. No debemos olvidar que Yourcenar no sólo escribió su saga autobiográfica en tres volúmenes, que tituló abarcativamente “El laberinto del mundo”, que comprende “Recordatorios” (1974), “Archivos del Norte” (1977) y “¿Qué? La eternidad” (1988), en orden cronológico, sino que también en sus libros hay dispersos pasajes, tránsitos, episodios, paisajes en muchas ocasiones vinculados al arte o bien a encuentros más o menos fugaces con quienes ha mantenido intercambios significativos para su historia.

Estos distintos “momentos” o “escenas”, como propongo llamarlos, condensan la esencia misma de ideas o bien son de naturaleza ejemplar para ilustrar alguna doctrina que Yourcenar está interesada de modo inclusivo y decisivo en incorporar a su ficción o, acaso, a sus ensayos en los que, precisamente, uno de sus puntos cruciales consiste en abordar corrientes especulativas. Asimismo, el escribirlas entiendo le debe de haber servido para esclarecerlas y vislumbrarlas de modo más nítido, como suele suceder en casos como este. Escribir constituye la herramienta más útil para establecer mediante palabras claras puntos de vista razonados o acaso deslindar intuiciones que requieren ser ordenadas.

Naturalmente otro punto esencial en la poética de Yourcenar lo constituye el diálogo que establecen los libros los unos con los otros. Las filosofías encarnadas o no en personajes o historias, argumentaciones que fundamentan tesis o lo que yo llamaría una cierta “biblioteca” de mujer de letras de Yourcenar que es la herramienta para una fecunda conversación entre lenguas y culturas. En efecto, desde muy pequeña la autora estudió primero latín, luego griego y estas circunstancias no resultan casuales. Se trata de la posibilidad de poner en contigüidad costumbres, universos semióticos, organizaciones significantes que se catalizan mediante operaciones de traducción en el acceso a obras de la tradición universal prácticamente sin acudir a mediaciones. Y también sería reduccionista pensar que las lenguas clásicas integran su única formación en esa materia. Hay un notable conocimiento filológico que abreva en distintas vertientes también de diferentes etapas de la Historia del mundo. Yourcenar fue, por sobre todo, una gran lectora de clásicos universales. Leer en su lengua nativa diversos estadios de cada lengua permiten realizar un análisis comparatístico (regreso al tiempo).

La autobiografía remite a un género literario que plantea intensos desafíos autorreflexivos al sujeto de la enunciación, por un lado. Por el otro invita a pensar la identidad en términos diácronicos, de su desenvolvimiento en el marco de la Historia, a formularse preguntas acerca de su lugar en el cosmos, a la clase social de la cual se nació, de su grado de lustración, la lengua en la que se habla y escribe, entre otras inquisiciones, porque precisamente en el caso de Yourcenar hubo una genealogía de antepasados de una cierta nobleza que luego se empobrecieron. Yourcenar, por supuesto, optó por el camino más difícil, más sabio y más completo, que fue el de la instrucción y la creación. Su madre murió muy prematuramente y ella supo reconocer en su padre al gran educador en el camino de su formación y el despertar a la aventura de la inteligencia. No atribuyó esa deuda a las sucesivas gobernantas e institutrices con quienes se aburría soberanamente porque lo más probable (estoy seguro de ello en verdad) es que se tratase de una niña precoz. En principio hay una sensibilidad en Yourcenar trabajada naturalmente a través de lecturas y el acceso a distintas manifestaciones del arte. No obstante, consiste en una cualidad de la que, si no se goza previamente, difícil resulta pensar en que por más museos, libros y viajes que se realicen pueda ser adquirida y el valor de esos objetos apreciados en todo su alcance. Esto es: hubo dotes que le permitieron, mediante inquietudes, el despertar a búsquedas que la condujeron directamente a la escritura literaria. Se manejó siempre dentro de un mismo plasma: el de la estética en sus más diversas manifestaciones.

De modo que nos encontramos con las mencionadas cualidades excepcionales, un fermento familiar que colaboró para que Yourcenar se convirtiera luego en quien sería porque hubo un padre que no la censuró en su vocación sino, por el contrario, la alentó aún más para que prosiguiera su camino. Yourcenar ha insistido ese magisterio. En que se trató de una figura que entusiasmó su libertad subjetiva y avivó su curiosidad. Solían leer juntos y hasta practicar teatro leído.

Sin todo lo que acabo de mencionar, sumado a un notable poder de determinación una vez definida su inclinación por la escritura, no hubieran sido posibles esos procesos que terminaron por convertirla en una escritora profesional. Y Yourcenar perseveró. Yourcenar no hubiera llegado a ser la autora que fue sin todas las condiciones innatas y producto del afán estimulante de la figura que la crió y la orientó, a las que se sumarían a lo largo de toda su vida muchas otras. Además, no fue afecta a vincularse a grupos literarios, cenáculos ni capillas. Se mantuvo por completo al margen de todo sectarismo, viviendo en su isla de Mount Desert, EE.UU. Comenzó a ser visitada por celebridades una vez que la fama la hubo alcanzado con la publicación de “Memorias de Adriano”. Pero ya había recorrido una larga e impecable trayectoria en la literatura y publicado numerosos libros de índole absolutamente coherente con su producción más celebrada. Más tarde, la novela “Opus nigrum” (1968) vendría a confirmar que su talento no había sido un golpe de suerte o producto del oportunismo.

Conviene recordar que fue la primera mujer en ingresar a la Academia Francesa en marzo de 1980 y que obtuvo el Premio Femina, entre varias otras distinciones, rompiendo con tradiciones muy arraigadas en una cultura como la francesa, que suele ser conservadora en lo relativo a su patrimonio y evidentemente también en quienes deposita esa custodia. El diario “Le Figaro” del 6 de marzo de 1980, fecha de su ingreso, hablaba de una cierta “tradición misógina” de la Academia. Más allá o más acá de las versiones que hace circular la prensa acerca (en este caso) de las instituciones ligadas al saber, lo cierto es que su ingreso no había tenido precedentes.

Fue una gran frecuentadora de museos, en algunos de los cuales, asistiendo a piezas de la Antigüedad Clásica concibió incluso la génesis de argumentos para algunos de los libros que luego escribió. En otros casos se refirió no tanto al cine o a la música pero sí siempre a las artes plásticas. Diera toda la impresión de que era más sensible a la dimensión visual, a lo que tenía volumen, tacto, densidad, era silencioso, inmóvil, se prestaba a la contemplación y a la posibilidad de ser apreciado y analizado de modo sereno desde varias perspectivas y ángulos más que a las artes que transcurren en el tiempo. Hay un conocido libro que escribió titulado “El tiempo, gran escultor” (1983), que postula que la temporalidad es la verdadera responsable de moldear estatuas y monumentos antiquísimos y de ese modo conferirles una apariencia que proseguirá indefinidamente. El tiempo es el verdadero y definitivo hacedor, al fin y al cabo, de las obras de arte no menos que su autor material. Probablemente sea el modo perfecto en que Yourcenar metaforizó con palabras claras esa misma condición que afecta a la especie humana e incluso a la naturaleza en general, ámbito al que otorgaba similar dignidad.

Su libro “Peregrina y viajera” (1989), de carácter póstumo, recoge artículos y conferencias escritos desde épocas tempranas hasta otras más recientes, muchos corregidos. Leer ese libro es internarse en un mundo frondoso en el que su don de observación, el conocimiento para prestar atención a los detalles y su detenimiento para discernir costumbres o prácticas asociadas a ciertos objetos lo vuelven un conjunto espléndido.

Sus “Cuentos orientales” (1938) son relatos en los que recrea zonas del globo y de la Historia en las que su pluma plasma en algunos casos historias del orden de lo fantástico, en otros de una meditación en torno del arte como representación o bien la mirada de quien asiste al espectáculo del universo con ánimo no tanto del registro de culturas inmemoriales de modo arqueológico o bien se documenta sobre espacios remotos sino más bien de quien se permite a partir de dicha distancia licencias imaginativas en el orden de la invención. Yourcenar toma ese escenario historias Oriente porque de ese modo no debe obedecer a un verosímil estricto. Con esa audacia (y esa astucia) se lo puede permitir.

¿Y qué decir de su poesía? “Los treinta y tres nombres de Dios” (1987), mediante frases tersas, fugaces, concisas, registra imágenes significativas que dan la impresión de esfumarse en la sutil mención de una letra o una palabra sagradas. Todo ello le confiere al libro un carácter tan revelador como esquivo. Se pueden apreciar allí objetos, animales o paisajes de la naturaleza en los que repara de modo perplejo (sobre todo) pero también en ciertas reflexiones que parecen esfumarse de tan leves y etéreas con solo ser recorridas o pronunciadas adoptando también una fisonomía pictórica. Se trata de un libro en el que lo poemas entablan un diálogo intenso con el silencio y, por lo tanto, con el blanco de la página: su equivalente material. Así, su sabiduría para la condensación, la síntesis y la sugestión se ponen de manifiesto de modo magistral.

En definitiva, este recorrido general que acabo de trazar por la poética y algunos compases de la biografía de Marguerite Yourcenar, ha procurado dar la imagen de un friso representativo, para que ingresen a su obra sin prejuicios y a sabiendas de que no solo es la gran autora de “Memorias de Adriano”, de que su literatura presenta múltiples e inesperadas aristas y que por donde se la mire es una escritora interesante. Los invito a entonces a internarse en el universo poético de Marguerite Yourcenar, pieza insoslayable de la literatura de todos los tiempos.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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