María Negroni: «Creo que no existe nada más allá de las palabras»

La autora es una de las voces más originales de la literatura argentina. Cuaderno alemán es el último libro de ella que puede leerse en Argentina, aunque la experiencia de la que nació tuvo su origen en 2010. Un pequeño diario de viaje con su sello personal.

(Foto: Mariano Martino)

Por Mónica López Ocón

María Negroni es una escritora inclasificable. Se autodefine como poeta y lo es tanto cuando relata como cuando escribe ensayo o poesía en su sentido más literal. De ese modo hace saltar por el aire la comodidad de las etiquetas y la perezosa tranquilidad literaria que produce establecer que un texto pertenece a tal o cual género. “La poesía –dijo en Pequeño mundo ilustrado- es la continuación de la infancia por otros medios.” Es también anacrónica, dicho esto en el mejor de los sentidos, sin el tinte peyorativo que ha adquirido este adjetivo en los últimos tiempos. Hay quien sostiene que la literatura misma lo es, como si escribir en su sentido más genuino no fuera siempre nadar contra la corriente, como si no fuera resistir, en este caso, a la imposición del lenguaje chato e impersonal del posteo con su devaluada épica de lo cotidiano. Además, es exquisita, no en el sentido elitista que suele dársele al término. Simplemente, ella revela ese costado poético de ciertas realidades que casi nadie más ve. Le gustan los dioramas, las melancólicas cajas de Joseph Cornell, el mundo y la música de Eric Satie, la escritura de Emily Dickinson y de Bruno Schultz, los teatritos italianos de cartón, las cajitas, los juguetes, la capacidad de asombro de la niñez, las miniaturas… Cuaderno alemán es su libro más reciente que se puede leer en la Argentina. Fue publicado por la editorial Alquimia de Chile y es un diario de viaje que tiene su sello personal y que incluye, además, dibujos hechos por ella misma y también fotos. Los textos que lo componen fueron escritos para un blog que crearon las sedes del Instituto Goethe de Argentina y Alemania en colaboración con las cancillerías de ambos países con motivo del proyecto Rayuela. La autora se resistió en principio a escribir para un blog. “Siempre desconfié –explica en el prólogo-de ese tipo de escritura cuya supuesta espontaneidad y alegre inmediatez ocultan mal su tendencia al chisme y su proselitismo a favor de las banalidades del ego.” Pero, vencida la resistencia, los textos comenzaron a fluir. Fueron escritos entre agosto y septiembre de 2010. Cuaderno alemán es una verdadera fiesta en tamaño pequeño. –

-¿Rehuías las forma del diario?

-No, en realidad rehuía la forma del blog. Es cierto que nunca antes había llevado un diario de viaje, pero sí he tenido un diario. Fui una adolescente normal (risas). El viaje que hice a Alemania tuvo que ver con un proyecto de intercambio entre escritores alemanes y argentinos. Vinieron cinco escritores alemanes a la Argentina y de aquí fueron cinco para allá. Las indicaciones que nos dieron eran que íbamos a estar dos meses, cada uno en una ciudad distinta. A cambio debíamos mandar textos para un blog. Yo nunca tuve un blog ni soy lectora de blogs y me pregunté qué iba a hacer. Me compré un cuadernito apaisado en Palermo y me lo llevé. Empecé a escribir naturalmente en el cuaderno, con lapicera, hice algunos dibujos y al final la propuesta terminó divirtiéndome. Cuando estás atenta, aparecen muchas cosas curiosas. Lo mismo podría pasarnos en Buenos Aires, lo que pasa es que no le prestamos atención. Si lo hacemos, aparecen escenas curiosas y raras en todo sentido.

 

-Pero estar en una ciudad que no conocés desautomatiza la percepción.
-Sí, totalmente. Pero hay un antecedente de esto: un libro que hice con el artista visual Jorge Macchi, Buenos Aires Tour. Él me invitó a integrar un proyecto que consistía en romper un vidrio sobre un gran mapa de Buenos Aires. Los trozos que tocaban una esquina reconocible él los tomaba como nuestros lugares de intervención. Nos pasamos dos meses yendo a esos lugares él con la cámara de fotos y yo con mi libreta a observar. También allí se produjo la desautomatización de la percepción. Intervino, además, el artista Edgardo Rudnitzky, músico y compositor que vive en Alemania, que participó grabando los sonidos: chicos jugando en una escuela, la banda de la policía, en fin, diferentes cosas. Luego se hizo una obra multimedia que se exhibió incluso en una feria de arte en Estambul. Pero también es cierto que yo en ese momento no vivía acá.

-Viviste 25 años en Nueva York.

-Sí, de modo que lo que estoy diciendo es un poco tramposo porque Buenos Aires también es una ciudad un poquito extranjera para mí.

-¿Y cuándo volviste a instalarte aquí?

-Hace cinco años. Me pareció que había terminado una etapa, mis padres estaban grandes y sentí que tenía que acompañarlos. Hice bien, porque se fueron los dos.

-Siempre te asocio con el siglo XIX o con siglos anteriores.

-Gracias, para mí es un gran elogio.

-¿De dónde proviene esa pasión por siglos pasados?

-Es una pregunta difícil. Creo que esa pasión surge en mí con lo que los alemanes llaman el Romanticismo Frenético, que se da un poco antes del siglo XIX y que no tiene que ver con el Romanticismo francés, es un romanticismo más negro que se une con la literatura gótica. En el gótico hay algunos elementos que me atrapan, pero no sabría decir por qué. Son mundos nocturnos, aislados. En esa literatura siempre hay artistas que son huérfanos, personajes que sufren, que están abandonados y que proyectan cierta crueldad hacia el mundo y que traman una suerte de venganza por lo que sienten. Hay una fuerte impronta sexual en esos relatos, aunque siempre secreta, oculta. En esa literatura todo ocurre en el subsuelo, lo que luego Freud llamaría inconsciente, aunque en ese momento no estaba formulado como algo psicológico. Estos personajes abandonados son niños. Basta pensar en Nosferatu, que es el gótico por excelencia. Tienen un anhelo incontenible de ser contenidos pero, por supuesto, no lo logran, fracasan. No tienen un desarrollo pleno y, además, no los dejan pertenecer al mundo de los adultos. Pero, a cambio, se quedan en el mundo maravilloso de la infancia. Eso se fue reciclando a través del tiempo. Los surrealistas, por ejemplo, eran fanáticos de la literatura gótica. André Breton tenía un castillo al que llevaba a sus amigos. Es una concepción del arte como juego. Los artistas vuelven a ser niños, a asombrarse, a mirar con una mirada nueva. Crean mundos en miniatura pero que generan ondas concéntricas. Esa idea me encanta.

-¿Qué sentís por el presente?

-Un desinterés que no sé explicar. Creo que todo lo que ocurre ya ocurrió antes, que sólo hay nuevas versiones de lo mismo. Los seres humanos, como decía Borges, tenemos cuatro o cinco metáforas a través de las cuales nos hacemos las preguntas de siempre: qué hacemos acá, qué somos, por qué nos tenemos que morir, en fin, las preguntas por la existencia, por el sentido, por la precariedad de todo, por la divinidad, por la vida como cambio constante.. .Siento que esos mundos que están muertos porque pertenecen al pasado pero que, a la vez, siguen vivos. Me gusta el anacronismo. El objeto que me da qué hablar no es el celular, sino, por ejemplo, el trencito de un nene que vivió a principios del siglo XX. Correr el eje temporal me permite ver más.

-Creo que tus libros tienen una gramática secreta, una gramática del asombro. Lo que parece diferente entre sí tiene una relación. Una cajita, Eric Satie o la escritura de Bruno Schultz tienen algo en común.

-Me gusta lo que decís. Yo antes pensaba que mis libros no tenían nada que ver uno con otro. Te voy a confesar que cuando hice mi tesis doctoral en Estados Unidos sobre Alejandra Pizarnik, la elegí porque me gustaba su poesía breve, concisa, lírica, finísima. Pero luego de su muerte salieron a la luz otros textos, que Olga Orozco llamó “los textos de sombra” que aparentemente no tienen nada que ver, porque dice cosas vulgares. Casi parecen vómitos. Luego de un largo proceso me di cuenta de que entre unos y otros había una coherencia absoluta. Si se pudiera hacer una radiografía en blanco y negro, lo blanco serían los poemas. Es extraordinario, no hay nada suelto en ellos. Cuando descubrí eso me dije que no tenía que preocuparme porque me parecía que mis libros no tenían nada que ver entre sí. Quizá en el futuro, si escribo algo que valga la pena, puede venir alguien que haga lo mismo que yo hice con Pizarnik. Luego de 30 años, me doy cuenta de que mis libros tienen algo en común. No sé si es la gramática del asombro que mencionás o una mirada. Pero creo que hay consistencia incluso entre los diversos géneros. En el momento de la escritura, sin embargo, estoy a ciegas, no tengo un plan, voy tirando del hilo.

-¿Te dejás llevar por las palabras?

-Es que creo que no hay nada más allá de las palabras. Como lectora, para mí el protagonista principal de un libro siempre es el lenguaje. No iría nunca a un libro a buscar entretenimiento. Es que para ser lector, hay que formarse. Como decía Macedonio Fernández, la carrera de lector es la carrera literaria más difícil.

-¿Qué estás escribiendo ?

-Un libro de poemas que se llama Oratorio que va a salir en España por Vaso Roto, y estoy con otro libro que tiene que ver con el duelo por la muerte de mi madre, un duelo complejo porque la relación con ella fue difícil. Eso está mezclado con ideas sobre la escritura. Adopté mi apellido materno porque en mi casa todo lo que tenía que ver con el arte y con los libros provenía de ella. Para mí, mi madre es la dueña del lenguaje.

 

La escritura de María Negroni

Pensé un texto que dijera algo así: “Busqué un teléfono, un cine, una clase de yoga y nada”, pero enseguida lo descarté. Al corazón lo había dejado suelto en el estante de las obsesiones, entre el afán de volver y la moral de partir. ¿Con qué cara iba a enfrentar los desafíos, incluso los que me aburren intensamente? Me puse a contar los hechos y los hechos y me quedé a merced de un viento protestante. Alguna vez fui feliz de estar viajando. (Uno de los catorce poemas de El cuaderno alemán)

Tiempo Argentino

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