María Violín

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Daniel Moyano

Estos hombres venidos de lejos no sólo habitaban en chozas miserables sino que, a la par, se hallaban obligados a sobrevivir, de repente, bajo otras costumbres extrañas, separados de sus mujeres y de sus hijos, pasando meses y meses sin hacer el amor con nadie. Esta exclusión equivale a un empujón definitivo hacia la muerte del deseo y, cuando el deseo muere, también el cuerpo se siente ya dispuesto para dejarse morir.
Tahar Ben Jelloun

Pitágoras descubrió las leyes matemáticas de los intervalos musicales valiéndose de un aparato de su invención que llamó monocordio. Éste consistía en una caja de resonancia sobre la que puso una cuerda tensa apoyada por sus extremos en dos caballetes. Dividiéndola, mediante otro caballete, en dos partes exactamente iguales, comprobó que el sonido producido por cada uno de los segmentos era la octava del sonido que daba la cuerda dejándola vibrar en libertad.
De las clases del conservatorio

Manuel el suramericano pasó el último invierno tocando la quena en una bohardilla de la plaza de Santa Bárbara rodeado de un Madrid lluvioso que no podía ver desde su cuarto que daba al patio oscuro con ropa colgada y goterones. Nunca un cielo limpio ese invierno con algunas nieves, y justo frente a su ventana aquella otra con hollín y cerrada desde siempre, unida a la suya por las cuerdas del tendedero, con gotas resbalando y la quena suena que te suena todas las tardes al final del trabajo, notas y gotas para ir llenando el tiempo en Madrid con veinte años por delante hasta que aclare allá en el Cono Sur, Madrid bohardilla y lluvia, tuberías herrumbradas y tejas de dos siglos, goterones por todas partes y arriba a veces, cuando escampa, un cuadrado de cielo del Greco, ceniciento.

El resto de tu vida, cabezón. Te lo dije cuando subiste al barco. Y nada de me moriré en Madrid con aguacero, Vallejo es de otro tiempo y otra sensibilidad. Al fin y al cabo te lo estás pasando bien en tu bohardilla de hombre solo, con tu quena, tu mate, los discos de la negra Sosa y tu trabajo de fotógrafo, le gustaba decirse a sí mismo ahora que era otro.

Ese primer invierno, tocando la quena que le enviaron por correo con aires de quena india hecha con hueso de mujer amada, así es la verdadera, dicen, mirando aquella ventana cerrada y la cuerda de la ropa por donde ruedan las gotas para caer sin ruido justo al borde de la ventana de Manuel toca que te toca, o dando vueltas por la bohardilla con las manos a la espalda y sin mujer, como Pavese sin amor ni aguacero cuando la muerte muy blanca fue a buscarlo en aquel sombrío hotel de Roma.

Cuidado con lo de Pavese, es demasiado drástico y muy poco latinoamericano, le decía a Manuel, como quien canturrea, el otro que era cuando se paseaba como exiliado de sí mismo por un Madrid fantasma o humo, Cibeles humo y Puerta de Alcalá humo solamente, o por los tres menos infinitos de la bohardilla en Santa Bárbara, noches sin cuerpo y solamente goterones en la cuerda deslizándose en la pendiente como diminutos animales transparentes, que al rozar cristales de su ventana caían sin forma ya, dejando de ser lluvia, para sepultarse entre las cáscaras de naranja del patiecito con ropa y zapatos y juguetes muertos cuatro pisos abajo, entre el esqueleto en que se convierte la lluvia cuando cae en los patios estrechos y se arrastra hasta los sumideros, en la tarde gris de tango, senza mamma e senza amore, y pensando en qué hará a esta hora mi andina y dulce Rita de junco y Capulí, sueños mezclados al alcohol.

En función de monocordio una prenda íntima de tela transparente apareció una mañana tendida a secar en el centro de la cuerda. El hollín de la ventana de enfrente había desaparecido, dejando ver unos visillos que difuminaban entre veladuras la figura alta y móvil de la mujer a la que pertenecía. Hembra como caída del cielo, imaginó Manuel, durante toda una noche descendiendo y ahora estaba allí, recién amanecida, junto al fuego cuyas llamas se proyectaban, con la imagen de ella, contra el frío límpido del vidrio.

El portal plateresco del edificio histórico en vías de derrumbe que estaba copiando para el ABC aparecía poco a poco en el líquido revelador aunque los ojos fascinados de Manuel viesen surgir la desnudez de la mujer sugerida por la prenda tendida en el centro de la cuerda pitagórica, dividiéndola en dos octavas justas, señales femeninas que temblaban en el líquido, sus largos cabellos flotando en drogas químicas, la paciente armonía zoológica de aquella arquitectura del amor sobrepuesta a la imagen del portal.

Y la fascinación erótica en la noche fría fría, dando vueltas en la cama solo solo. Manuel camina por sus sueños llevando un tablón cortazariano que unirá su ventana con la otra, en perfecto equilibrio se desliza, tiritando de frío encuentra el cuerpo de la mujer que durante toda una noche estuvo cayendo del cielo del Greco, penetra en él como quien atraviesa una nube, y más allá del cuerpo llueve sobre las secas mesetas del Altiplano andino, croan los sapos agradecidos y él mismo croa introduciendo un sonido en el sueño silencioso.

Manuel aguanta el frío mañanero asomado a la ventana a la espera de la aparición corpórea de la mujer de sombra que durante la noche compartió la soledad de su cuerpo, con ánimos de incorporar su realidad a lo soñado; el tablón intangible está presente en la doble cuerda del tendedero, en su centro la prenda ya escarchada parece de papel.

Ella abre su ventana y aparece blanca, entera, limpia, como un inmenso signo del deseo. Mira al hombre y al monocordio, tira de la cuerda para recogerlo pero están trabadas las roldanas. Manuel las destraba con un tirón y ella hace un gesto que enseguida es un principio de sonrisa, él empuja la cuerda y ella la recoge, el monocordio abandona con temblores rígidos el centro del tendero, a los dos tercios de la distancia hay un acorde perfecto de ella y de Manuel, la prenda va rompiendo gotas frías, el deseo del hombre la ve como una mariposa en vuelo, y cuando ya está al alcance de las manos de la hembra que durante toda una noche estuvo cayendo del cielo él da sin querer un tirón en sentido contrario y la mariposa desanda su camino, está viajando hacia la ventana de Manuel cuando él dice que todo eso es por culpa de la helada y ella responde algo en una lengua extranjera que el suramericano no comprende, ahora sí dice Manuel dando un golpe a la roldana y ella recoge la mariposa de tela transparente tratando de explicar algo o dar las gracias, pero lo que dice suena a distancias que él no alcanza a percibir, ella está por cerrar la ventana mientras el corazón de él hace glo glo como los sapos bajo la lluvia generosa del Altiplano seco.

—¿Love, love? —dice Manuel.

—No, no —dice, moviéndose, la cabellera larga y lacia de la mujer.

—¿Amore amore? ¿Lieben lieben? ¿Amour?

—Nada, nada —responden sus manos cerrando la ventana.

¿A qué pasillo dará su bohardilla? Hay por lo menos cuatro en cada uno y además distintas escaleras. ¿Escalera derecha, pasillo dos, puerta uno?, preguntan los dedos y la boca de Manuel. Ella sonríe y dice la única palabra española que conoce, un gracias transpirenaico salpicado de nieves y paisajes ignorados, cada vez que le ayuda a recoger la ropa. Y es tan difícil el acceso que él piensa seriamente en pasar a la realidad el tablón del sueño y colocarlo entre las dos ventanas, son menos de tres metros (y cuatro pisos hacia abajo), apenas un salto, un par de apoyos y estaría junto a ella.

Una noche recordó que las luciérnagas, para buscar un amor, se hacen señas de luces. Prendió y apagó la suya varias veces, a la espera de que la ventana iluminada de la mujer, contra la que ella estaba apoyada, le respondiese. Pero el rectángulo de vidrios era una pura quietud reiterativa. Seguramente ella no comprendía ese lenguaje, acaso ni siquiera conociese a las luciérnagas, viniendo como venía de un país de nieves permanentes. Apagó definitivamente su luz, y el tiempo, mezclándose con la oscuridad, penetró en su memoria llevando palabras de Pavese, verrà la morte e avrà tuoi occhi, porque si no había amor podía venir lo otro, la señora muy blanca, muy más que la nieve fría.

Para espantarla recurrió a la quena. Un largo sonido del Altiplano retumbó de cumbre en cumbre andina en su memoria, y aquí en Madrid de ventana en ventana por el edificio frente a la plaza de Santa Bárbara, el sonido del ay de los collas, un mi larguísimo que era también una pregunta, un ¿y? que vuela sin necesidad de ser luciérnaga, un ¿y? tan solitario que en el silencio que le siguió podrían haberse oído los pasos de la muerte me anda buscando, junto a ti vida sería.

Pero en eso desde la otra ventana, que se encendió, venía en timbre de flauta dulce la chispa de la luciérnaga, sonido compañero, un sol diciendo te echaré cordón de seda, luego la quena do y enseguida la flauta dulce mi, primera inversión de acorde perfecto equiparable a decir amor mío, para que subas arriba, la dama fría muy más que la muerte se va, y si el hilo no alcanzare mis trenzas añadiría, y el corazón de Manuel que se desata en un solo de percusión recuperativa.

En el largo silencio que sigue alzan sus instrumentos para mostrárselos, pero en realidad están mirando sus cuerpos, con una concentración animal, hasta hacerlos temblar. Cuando esta comunicación se vuelve casi intolerable, la mujer sopla otra vez su flauta, echa a rodar un re alto y blanco como ella, que penetra hasta el corazón del hombre con el propósito de normalizar su percusión, objetivo que alcanza inmediatamente porque los cuerpos han sido pensados para la música, son instrumentos vivos.

Acabada su emisión, ella se echa hacia atrás para ofrecer más superficie acústica a la repuesta sonora de Manuel, y cuando la consonancia de la quena llega se estremece, apaga la luz y se pierde entre muebles pulidos por el tiempo. El hombre también apaga su luciérnaga y se echa en la cama para pensar en el encuentro, que ya existe en alguna parte; luego vuelca en el sueño, como si fuera de la misma sustancia, la realidad que acaba de alumbrarse.

Manuel salta de la cama cuando oye chirriar las roldanas del tendedero. Ella cuelga un pañuelo y hace correr la cuerda, él mira el sol y pestañea, hermoso día dice y la extranjera responde algo en otra lengua. Me gustó tu flauta, mucho, y ella cuelga una servilleta, sonríe arrugando su nariz helada cuando sujeta con pinzas su mínimo monocordio transparente, que con el resto de la ropa avanza hacia la ventana del suramericano, que dice ahora tenemos un lenguaje, ¿no?, lo dice estúpidamente con palabras, ahora podemos entendernos, ¿ves?, mientras ella cuelga una sábana pequeña con mucho cric de las roldanas gemelas, farfulla algo en su lengua traída de las nieves, a lo que él responde con el glo glo de los sapos de su tierra cuando están en trance de lluvia; ella cuelga medias blancas, corre la cuerda y ahora el monocordio está casi contra la ventana de Manuel, que estira las manos para acariciarlo, ella ríe y se esconde y enseguida aparece flauta en mano, podríamos charlar un poco parece que le dice, y él que toma su quena sin dejar de mirarla, pensando el nombre exótico que tenga la extranjera, no encuentra ninguno que se le parezca.

Mirando al hombre con astucia animal, toca y se menea como queriendo que su cuerpo también sea sonido, le dice a Manuel de dónde es, le cuenta cosas sonoras de su país remoto, pero él con su despiste geográfico no puede comprender, apenas advertir que en aquel país hay mucha nieve. Entonces deja de tocar y viendo que el suramericano no ha comprendido nada hace un gesto como diciendo mira qué tonto eres y lo invita a hablar. Manuel toca un aire del Altiplano y ella entiende, se pone un sombrero y baila como las cholas, sí, de por ahí cerca ha dicho él. La mujer vuelve a tocar melodías de su tierra, Manuel se despista entre algo nórdico y eslavo sin darle importancia a la imprecisión, total ya sabe que cayó del cielo. Con la quena señala hacia abajo y en dirección a la calle, nos vemos ya mismo en el portal quiere decir. La flauta señala también hacia abajo pero en otra dirección, allá te espero vida mía. Deja la flauta y se peina ante Manuel como si él fuese su espejo, él deja la quena y termina de vestirse con cuidados de primera cita. La extranjera ha salido ya y él baja la escalera de madera como cayendo por una cascada, pero realmente lo hace por los cabellos de ella, según van por ahí sus pensamientos.

En el portal la mujer se desdobla para ser más cuando él aparezca. Mientras su deseo mira hacia una de las escaleras posibles, ella observa la otra procurando oír los pasos de Manuel que no llegan todavía. El deseo, viendo que el hombre no aparece, sale a la calle y mira junto al viento hacia una remota cordillera ultramarina. Al tiempo que ella es una estatua apoyada contra el marco de la puerta esperando la caída de la fruta, el deseo está oyendo quenas en la cordillera pero ahí tampoco está Manuel. La mujer trata de oír sus pasos por las escaleras, mientras Manuel entra y sale de un portal buscándola por dentro y fuera, pero no hay nada de allá, sólo portal vacío y calle con olor a castañas asadas, justo cuando el deseo de la mujer nórdica tiembla en la cordillera cerca de la nieve que le recuerda a su país, ni quena ni Manuel, que por ahí ve pasar a Pavese junto al portal, camino de la muerte que tendrá sus ojos, yendo para la calle en donde su amor vivía, seguido por la señora blanca muy más que la nieve, que al ver a Manuel solo se detiene y lo mira, y al mirarlo empieza a caer una llovizna, únicamente en ese portal, el resto de la calle brilla bajo el sol, mientras la niña del monocordio no puede explicarse por qué el suramericano no ha llegado todavía.

Se trata de un error, no fue una cita, el lenguaje musical suele ser limitado en estos casos, piensa ella; pero entonces por qué, dice Manuel en el portal, si estaba claro que nos encontraríamos aquí abajo, mientras ella mira su reloj, casi media hora, desencantada llama a su deseo, que baja del Altiplano y se junta otra vez con el cuerpo de la niña, van subiendo tristísimos la escalera crujiente, cuando Manuel ve en su reloj que la hora ya es cumplida, no sé por qué esperé hasta ahora, dice justo cuando ve que la señora muy blanca cruza la calle hacia su portal precedida por una lluvia que solamente pertenece a allá, que alza una mano diciéndole que se detenga, él alcanza a cerrar la puerta en el momento en que la señora empieza a salpicarlo con su lluvia. Llega a su cuarto sintiendo que nadie está entrando allí, que él ya no existe. La muerte me anda buscando, junto a ti vida sería, pero la ventana de la niña parece muy lejana.

Hacia las celosías cerradas apunta con su quena, suelta un mi que se humilla para reconciliarse y perdonar, esperando el sol para el acorde. La nota de la quena atraviesa limpiamente los cristales y se pone a girar alrededor de la mujer, recorriéndola como un objeto acústico. Ella toma la flauta y cuando su deseo está por responder con el sonido que formará el acorde perfecto, le arrebata el impulso y emite un fa que ya se sabe, va a unirse al mi en un encuentro áspero que quiere decir no a todo. Manuel comprende la agresión y guarda la quena resignado.

La guarda justo en el momento en que advierte que entre las paredes del edificio al que pertenece la bohardilla de él y las que rodean la ventana de ella hay una diferencia de texturas muy notoria a pesar de la intemperie de dos siglos. Pero entonces, dice, su bohardilla pertenece a otro edificio, casas pegadas con un patio común, cómo no me di cuenta, significa que su portal no es el mío, que está en cualquier otra calle de la manzana. Campoamor, Santa Teresa, Fernando VI y Hortaleza, los nombres de las calles zumban en Manuel, bajando con él las escaleras.

Ultramarinos, nada que ver. Verdulería. Librería. Academia. Pescados. La trasnochada carbonería y junto a ella una entrada que podría ser la suya. Aquella puerta es igualmente sospechosa. Por esta calle casi nada. Esta otra parece más propicia. Anotar ese número. Otra librería, nuevamente la calle Hortaleza y enseguida su portal, primer reconocimiento concluido, piensa Manuel ante su chato en El figón de Juanita.

Ella ha comprado un canario enjaulado que cuelga al lado de su ventana, que deja de cantar cuando Manuel toca la quena. No puede ver al hombre, que está siempre a contraluz, por eso cuando calla para oír su música mueve la cabeza en búsqueda visual del origen del sonido. Parece que no conoce el timbre del instrumento y cree que se trata de otro pájaro, de rarísimo cantar.

Manuel razona que las notas con que llama a la mujer pidiéndole que se asome van más allá de la bohardilla de allá, después de llenarla bajan por la escalera, con su melancolía indígena por ese hueco que es un tubo acústico van rodando, hasta llegar al portal desconocido, sabe Dios en qué calle.

Llama al pintor chileno que vive en la calle de Lequerica y le pide que dé una vuelta a la manzana procurando oír una quena saliendo por un portal. Tú estás loco o eres tonto, dice el pintor y luego recorre las cuatro calles, una quena en Madrid qué disparate, piensa tendiendo el oído, todo lo que alcanza a percibir es un disco de Frank Zappa y se lo dice, es una lástima comenta Manuel mientras ve que ella se asoma a la ventana para recoger a su canario, mira a Manuel pero no sonríe como siempre, enseguida apaga la luz y se acabó.

Sombras chinescas en la pared cuando ella se asoma por las noches para entrar el pájaro, ridículo Manuel proyectando sombras con las manos, un ciervo un perro un conejito una golondrina que vuela y ella nada: cierra su ventana.

El juego de hoy es llenar los vidrios con postales antiguas, láminas japonesas y claveles colgados en la cuerda que se marchitan junto a la ventana indiferente sin que ella alcance a verlos. El canario mira todo sin comprender, a veces se acuerda del pájaro extranjero que hace mucho que no canta.

Otro argumento: copiar las desmesuras que trajo de su tierra en negativos. Grandes bandejas nuevas para revelar copias enormes, colgarlas en la cuerda, y allá van bamboleantes, prendidos con pinzas, los ríos tumultuosos que bajan de la cordillera, selvas escandalosas que ella nunca hubiera imaginado, vicuñas y guanacos ondulando por la cuerda, y ella nada.

El paso siguiente es comprar sombreros antiguos en el Rastro. Cada vez que ella guarda o saca la jaula, Manuel aparece con un sombrero distinto, complementado con bigotes y pelucas que no siempre corresponden. Los hay verdes y amarillos, altos y con plumas; capotas y chambergos, capirotes y chichoneras, gorros catalanes y un sombrero de tres picos, mientras los primeros soles claros van dando a la mujer el aspecto de uvas que maduran. Hasta que uno de su invención, muy disparatado, con plumas de avestruz y mariposas de papel colgantes, deshiela a la mujer que vino de las nieves, que sonríe como si lo hiciera por primera vez y dice algo en su idioma mostrando la punta de su lengua como un pez asomándose, se esconde y enseguida el canario y Manuel la ven reaparecer con un sombrero del Tirol o algo así y la flauta en la mano.

Pero el verdadero instrumento musical es ella, piensa Manuel. Para producir un sonido es necesario que el cuerpo elástico entre en vibración, que el equilibrio molecular se rompa, y para eso están los variados golpes de arco, las fricciones debidamente dosificadas en su justo ritmo. Cuando las moléculas perturbadas traten de volver al reposo que tenían, los sabios movimientos del arco se lo impedirán y entonces la cuerda vibrará libremente. Para que el sonido se produzca, recuerda Manuel de las clases del conservatorio, hace falta un canal, algo por donde pueda caminar; puede ser sólido, gaseoso o líquido, y él tiene a mano la cuerda de la ropa, velocidad del sonido 341 metros por segundo a 15 grados centígrados dicen los tratados, qué bien vibra ella con esa temperatura por ser de tierras frías.
Unidos por la cuerda del tendedero, con la mariposa-monocordia a medio escarchar en el centro, la mujer nórdica y Manuel son el instrumento y el ejecutante, lo único que falta es producir la música. Con mi quena, dice Manuel, te hago vibrar toda en libertad. Tu mariposa íntima divide la cuerda en dos segmentos exactamente iguales, y el sonido que produce es la octava del sonido de tu cuerpo. Si corremos la mariposa hacia los dos tercios de la cuerda y hacia tu ventana, tenemos un intervalo de quinta, y avanzando un poco más el de la cuarta, consonancias perfectas, gracias Pitágoras, estoy casi en sus brazos.

Cuando el curioso concierto se termina, la nórdica y Manuel estiran sus brazos para acortar distancias, los dedos en la punta del aire hecho cuerda, que no llegan a la nota justa, es terrible para un músico no alcanzar un sonido. El deseo de ella se apoya en una quena ausente, y Manuel siente que la quena duele, junto a ti vida sería. Hay palabras que ninguno de lo dos comprende, gritos de la selva entrevista en las fotografías, ferocidad de jaguares y dulzuras de arrullos de palomas. ¿Portal, cita? Nada nada, dice Manuel; nada nada, dice ella: peligro de que aparezca esa señora de blanco muy más que la nieve andina. Si estás cerca de ella y llega esa señora, la niña nórdica podrá agregar sus trenzas a la cuerda para que subas arriba, y entonces la señora blanca de Pavese nada, y la dueña del monocordio toda.

Si le damos un nombre, piensa Manuel, para poder tenerla, la extranjera dejará de caer del cielo y será de carne y hueso; nombre cualquiera claro y cotidiano, el primero que aparezca en la mente, María por ejemplo.

Con el cual ya está posada. María, dice él, y ella suelta su pelo en la otra ventana sintiéndose nombrada. Alguien llama a la puerta de Manuel: la señora muy blanca. María, que la ha visto, abre los brazos y le dice a Manuel ven, en su lengua. La señora que pasea con Pavese sigue llamando, golpea a la puerta bajo el agua, ha inventado una lluvia para llevarse al suramericano, sólo llueve junto a la puerta de la bohardilla y Madrid es París con Vallejo y aguacero golpeando en la puerta de Manuel. Déjame vivir un día, dice el del Altiplano, y la señora nada nada. No es la lluvia deseada por los sapos de su aldea, es la que se llevó a Vallejo y ahora quiere hacer lo mismo con Manuel porque está solo. Entonces él comprende ahora muchas cosas, sabe quién ha confundido los portales, esta señora blanca tiene predilección por los suramericanos.

¿Viste anoche en la tele la peregrinación de las anguilas para copular? Hasta el mar de los Zargazos. Tremendo, ¿no? Bueno, ahí está la cuerda de la ropa. Las anguilas son equilibristas. Los ríos del norte por donde ascienden para hacer el amor están llenos de peligros, algunas mueren en el intento, por supuesto. Sí, descalzo es mejor, hay que aligerar el peso; nunca se sabe hasta dónde puede aguantar la cuerda.

La quena, horizontalmente sostenida, es a la vez una ofrenda y la vara que el equilibrista necesita para no caer. Cuatro pisos abajo hay cáscaras de naranjas y zapatos rotos que Manuel no mire, tiene los ojos clavados en el aire que termina en María la nórdica, la mira con ojos de guanaco asustado arrastrando pies circenses sobre el trapecio, dos tercios consonancia perfecta, mientras ella apoya sus manos en la cuerda y siente latir el peso de Manuel, y allá la señora blanca resuelve romper la cerradura. María oye el tremendismo del aguacero en la bohardilla de Manuel y no respira, ve que su mariposa de tela transparente obstaculiza el paso y no respira, imposible que el equilibrista pueda levantar un pie para esquivarla, eso significaría cáscaras de naranja y sangre en los zapatos allá abajo. Manuel ve el obstáculo del monocordio y no respira, sus pies solitarios y desnudos se detienen ahí mismo mientras él oye el aguacero de la señora aquella.

La mujer que ha dejado de caer del cielo tira de la cuerda, para traer al hombre detenido junto al monocordio, pero no puede, no tiene fuerzas, y todo está muy quieto mientras la lluvia se desparrama por Madrid. Ante esta evidente situación mortal, la mariposa escarchada se pliega en dos y mueve sus partes como alas. Manuel, desde su posición, la ve volar sobre tejas de dos siglos, dejando la cuerda libre. Los ojos de María no pueden ver el vuelo inesperado de su prenda, están muy fijos en los de Manuel que llega con su quena, que cae como una fruta dentro de su cuarto, mientras la lluvia de la señora blanca cesa y en su lejana tumba monocordio Pitágoras sonríe.

Con palabras improvisadas, tienen una comunicación perfecta. Ip ip, dice Manuel. Rup rup, responde ella, y se miran hasta adentro, donde hay ríos que remontan las anguilas.

Los postigos de la ventana han sido cuidadosamente cerrados, aislando al canario. Solamente los está mirando el fuego desde la chimenea. Cuando se acaban las palabras, llegan los sonidos. Una cuerda y un arco. María Violín y Manuel Arco junto al fuego rompiendo el equilibrio molecular, que para eso están los impulsos, las fricciones de tiempo justo. Manuel Quena perturba el silencio de María Violín con ritmos limpios, y cuando las moléculas, por aquello de la inercia, quieren volver al reposo, se lo impide la vibración libre de la cuerda, que busca otro, el de los cuerpos, para que de él brote la música.

Justo cuando la mariposa de tela reaparece. Sólo el canario la ve volver, el pájaro está viendo a contraluz que la mariposa aparece volando sobre el tejado y luego, cuidadosa de su estructura, se posa otra vez, apenas escarchada, sobre la cuerda pitagórica.

(De El rescate y otros cuentos, Interzona, 2004)

 

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