Marie Langer, heroína de la psiquiatría rebelde

En un nuevo aniversario de su fallecimiento, la licenciada Susana Kesselman evoca su último encuentro con la reconocida médica y psicoanalista nacida en Viena.

Por Susana Kesselman

¿Sabés quien fue Marie Langer? Tal vez la conozcas como una de las primeras mujeres psicoanalistas. Tal vez sepas que estuvo en los campos de batalla que la unieron a los españoles que lucharon contra el régimen franquista. Sin embargo, quizás te resulte extraño conocer que fue una de nuestras primeras feministas, la que abrió con su libro “Maternidad y Sexo” las puertas y ventanas de mi generación, esa generación que leía los libros de la Beauvoir para entenderse.

A Marie Langer la vi por última vez en su casa de la calle Juncal, la mañana del 3 de diciembre de 1987. El país vivía todavía en la efervescencia de los comienzos de la democracia después de esa noche espesa que fue la dictadura militar y Mimi, como la llamábamos, había regresado de México con la intención de morir en la Argentina. La expresión no es una metáfora, eligió ese final.

Si no fuera por su enfermedad estoy segura de que Mimi se habría quedado en México rodeada por el amor de sus dos hijas y nietos y de sus muchos amigos, pacientes y compañeros de militancia, aunque sus dos hijos varones vivieran en Argentina. Allí Mimi había reconstruido su piel resquebrajada por la pérdida del país, por la pérdida de lo que ella era en ese país, del que huyó perseguida por la Triple A, los escuadrones de la muerte conducidos por López Rega.

Seguramente estuvo en la misma disyuntiva que otros: con el advenimiento de la democracia, los exiliados dejaron de serlo y tuvieron que elegir en qué país seguir viviendo. Algunos retornaron y otros se quedaron, a veces sin razones muy razonables. Creo que Mimi se hubiera quedado en México porque allí se mantuvo hasta que supo lo de su enfermedad y todavía más, hasta que la misma se agravó y se hizo carne en el cuerpo.

Recuerdo que dudé ese día. Me daba miedo ir a verla, enfrentarla en su agonía. A ella que había peleado en tantos frentes, porque era mujer de dar batalla. Dieron testimonio de ello tanto los partisanos de la Guerra Civil española como sus colegas en el campo de la salud mental. Tanto los combatientes de la Nicaragua sandinista como las mujeres de las muchas agrupaciones feministas que ayudó a crear.

La autora junto a Mimi Langer en 1982, en Madrid (derecha). Foto archivo personal.

La llamé por teléfono alrededor de las 10. Le reconocí la voz de vienesa porteña arrastrando las erres hasta hacerlas guturales, pero de su acento mexicano no oí ni el rastro. Es increíble la resistencia de la lengua en el exilio, en cuántos rincones se oculta para no perder su forma. Quería verme, me dijo que fuera a las 12. Había pasado un año desde el último encuentro. ¿No fue en El Hangar? ¿En el homenaje que se hizo a nuestra llegada?

El barrio me era familiar, allí viví desde mi casamiento hasta cerca de mi exilio. Recuerdo haber pensado en que ella conservó su casa. Una de sus hijas me abrió la puerta.

-¿Vos aquí?- le pregunté.
-Todos aquí- me dijo.

Mimi estaba sentada en el sillón del living. Un turbante de colores cubría su cabeza con coquetería. Los mismos ojos de siempre, tan ojos de gata siamesa, como decía Rodrigué. La vi notoriamente más delgada, con esa delgadez que muerde los ojos de quien mira.

Estaba sentada en el mismo lugar donde hacía casi 20 años se había fundado Plataforma, movimiento que expresó el sentir de un grupo de psicoanalistas. Plataforma cuestionó el elitismo, el dogmatismo, la falta de compromiso político y social de la Asociación Psicoanalítica Argentina y también de la Internacional de Psicoanálisis. Mimi se había comido muchos años los ideales revolucionarios para poder permanecer en la Institución y ahora volvía al llano, a su Tina Modotti, como la apodaba Hernán. Eran los tiempos del mayo francés, de la contracultura, de la antipsiquiatría, del avance de los socialismos nacionales.

En el living, Mimi conversaba con dos mujeres, creo que psicoanalistas porque hablaban en la jerga de la profesión. Esbocé el gesto de quien no sabe si molesta, pero Mimí me hizo sentar a su lado y me presentó con su envidiable naturalidad de siempre, que permitía a cualquier persona sentirse bienvenida.

Mientras las mujeres conversaban Mimi se me acercó y con su mano blanca, huesuda, tibia, tomó la mía, que había quedado helada. Con su mano segura tomó mi mano temblorosa de niña asustada. En voz baja me preguntó por mis hijos, por mi marido, cómo me sentía en el país y cómo nos íbamos adaptando. Tuve la impresión de que ella me estaba confortando a mí, a quien se supone debía confortarla.

Mimi en su casa de la calle Juncal era otra vez una combatiente, una partisana recogiendo el cuerpo herido de un compañero, una heroína de la psiquiatría rebelde, una mujer que seguía cantando sus himnos en la batalla de la vida.

Télam