Mariposa angelical

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Primo Levi

Iban sentados en el jeep tiesos y silenciosos. Ya llevaban dos meses conviviendo, pero no se tenían mucha confianza. Aquel día le había tocado al francés llevar el volante. Recorrieron el Kurfürstendamm dando tumbos sobre el adoquinado desigual, torcieron por la Glockenstrasse sorteando con cuidado una capa de escombros, y la recorrieron hasta la altura de la Magdalene. Al llegar aquí la calle estaba obstruida por el cráter de una bomba, rebosante de agua cenagosa; por una tubería sumergida salía gas y borboteaba en burbujas gordas y viscosas.

—Es más allá, en el número 26 —dijo el inglés—. Tenemos que seguir a pie.

La casa que llevaba el número 26 parecía intacta, pero estaba casi aislada. Estaba rodeada por terrenos sin cultivar, de los cuales habían sido retirados los escombros; la hierba crecía ya en ellos, y algunos trozos se habían aprovechado para poner huertos raquíticos.

El timbre no funcionaba. Estuvieron llamando bastante rato en vano, hasta que se decidieron a forzar la puerta, que cedió al primer empujón. Dentro había mucho polvo, telarañas y un olor penetrante a moho.

—Es en el primer piso —dijo el inglés.

En el primer piso encontraron la placa donde ponía «Leeb». Había dos cerraduras y la puerta era sólida, así que opuso una prolongada resistencia a sus esfuerzos.

Cuando entraron estaba todo oscuro. El ruso encendió una linterna y luego abrió de par en par una de las ventanas. Se oyó un rápido huir de ratones, pero verse no se vio ninguno. La habitación estaba vacía; no había ni un mueble. Había solamente un tosco andamiaje y dos palos robustos y paralelos, que iban en sentido horizontal de una pared a otra como a dos metros del suelo. El americano tomó tres fotografías desde distintos ángulos y también hizo un rápido esbozo.

Por el suelo había un estrato de inmundicias andrajosas, papeles viejos, huesos, plumas, mondaduras de fruta; gruesas manchas de un marrón rojizo que el americano raspó concienzudamente con una navaja, recogiendo el polvo resultante en un tubito de cristal. En una esquina se veía un montículo de una sustancia indefinible, blanca y gris, seca; olía a amoníaco y a huevos podridos y por ella pululaban los gusanos.

—¡Herrenvolk! —dijo el ruso, con desprecio (porque entre ellos hablaban alemán).

También de esta sustancia el americano sacó una muestra.

El inglés recogió un hueso, lo llevó cerca de la ventana y lo examinó atentamente.

—¿De qué animal será? —preguntó el francés.

—No sé —dijo el inglés—; no he visto en mi vida un hueso como este. Parece como de un pájaro prehistórico; pero esta excrecencia solamente se da en… En fin, habrá que hacer una disección sutil.

En su voz había repugnancia, odio y curiosidad.

Reunieron todos los huesos y los llevaron al jeep. Alrededor del jeep había una pequeña multitud de curiosos. Un niño se había subido y hurgaba debajo de los asientos. Cuando vieron a los cuatro soldados escaparon a toda prisa. Solamente lograron retener a tres: dos viejos y una muchacha. Los interrogaron, pero no sabían nada. ¿El profesor Leeb? No lo habían conocido nunca. ¿La señora Spengler, la del piso bajo? Habían muerto en los bombardeos.

Subieron al jeep y pusieron en marcha el motor. Pero la muchacha, que ya había hecho ademán de irse, volvió y preguntó:

—¿Tienen ustedes cigarrillos?

Los tenían. La muchacha dijo:

—Cuando sacrificaron a las alimañas del profesor Leeb estaba yo allí.

La subieron con ellos en el jeep y la llevaron al Comando Cuatripartito.

—¿Entonces, era realmente verídica la historia? —preguntó el francés.

—Eso parece —respondió el inglés.

—Buen trabajo para los expertos —dijo el francés, palpando el saquito con los huesos—. Pero también para nosotros.
Ahora nos toca redactar el informe, eso no nos lo quita nadie. ¡Qué asco de oficio!

Hilbert estaba enfurecido.

—Es guano —dijo—. ¿Qué más quieren ustedes saber? ¿Que de qué pájaro? Vayan ustedes a un quiromante, no a un químico. Llevo cuatro días rompiéndome la cabeza con sus asquerosos hallazgos. Que me cuelguen si el mismo diablo es capaz de sacar algo más en limpio. Tráiganme otras muestras: guano de albatros, de pingüino, de gaviota; entonces podré hacer comparaciones, y tal vez, con un poco de suerte, podremos volver a hablar del asunto. No soy ningún especialista en guano. En cuanto a las manchas que había en el suelo he encontrado hemoglobina en ellas. Y si alguien me pregunta por su procedencia acabo en la cárcel.

—¿Por qué en la cárcel? —preguntó el comisario.

—Pues sí, en la cárcel. Porque si alguno me lo pregunta, le respondo que es un imbécil, aunque sea un jefe mío. Hay de todo ahí dentro: sangre, cemento, pis de gato y de ratón, resto de bollería, cerveza, en una palabra, la quintaesencia de Alemania.

El coronel se levantó cansadamente.

—Por hoy basta —dijo—. Mañana por la noche están ustedes invitados. He encontrado un sitio que no está nada mal, en Grünewald, a la orilla del lago. Entonces volveremos a hablar, cuando todos tengamos los nervios un poco más relajados.

Era una cervecería requisada, y allí se podía encontrar de todo. Hilbert y Smirnov, el biólogo, se sentaron junto al coronel. Los cuatro del jeep se colocaron en los dos laterales, y en la cabecera de la mesa, un periodista y Leduc, del tribunal militar.

—Ese Leeb —dijo el coronel— era una persona muy rara. Era la suya una época propicia a las teorías, conviene que lo sepan, y si la teoría estaba en armonía con el ambiente, no hacía falta mucha documentación para ser puesta en boga y encontrar eco, incluso por todo lo alto. Pero Leeb, a su modo, era un científico serio. Buscaba los hechos, no el éxito.

—Ahora bien, no esperen de mí que les exponga las teorías de Leeb con pelos y señales. En primer lugar, porque las he entendido solo en la medida en que un coronel puede entender esas cosas, y en segundo, porque siendo, como soy, miembro de la Iglesia presbiteriana…, en fin, quiero decir que creo en la inmortalidad del alma, y me importa la salvación de la mía.

—Oiga, jefe —interrumpió Hilbert con cabezonería—, oiga. Díganos lo que sabe, por favor. No por nada, pero es que ayer hizo tres meses que todos nosotros no nos ocupamos de otra cosa…, en fin, me parece que ha llegado el momento de saber a qué estamos jugando. Aunque solo sea para poder trabajar con un poco más de acierto, no sé si me entiende.

—Me parece más que justo, y además esta noche estamos aquí para eso, pero no se extrañen ustedes si tengo que coger las cosas remontándome un poco a sus orígenes. Y usted, Smirnov, corríjame si me voy por las ramas.

«Pues bueno. En ciertos lagos de México vive un animalejo de nombre imposible un poco parecido a la salamandra. Desde hace no sé cuántos millones de años vive allí tan tranquilo y como si nada, pero sin embargo es el titular y el responsable de una especie de escándalo biológico: porque se reproduce en estado de larva. Ahora bien, por lo que he oído decir este es un asunto gravísimo, una herejía intolerable, un golpe bajo de la naturaleza en perjuicio de sus investigadores y legisladores. Total, que es como si un gusano, o mejor dicho, una oruga, una hembra quiero decir, se aparease con otro gusano, fuese fecundada y pusiese los huevos antes de convertirse en mariposa. Y de los huevos, como es natural, nacieran otras orugas. Y entonces, ¿para qué sirve llegar a mariposa? ¿Para qué sirve convertirse en «insecto redomado»?
Se podría incluso prescindir de ello.

De hecho, el axolotl (así se llama el monstruito, se me había olvidado decirlo) prescinde de ello. Prescinde de ello casi siempre. Solamente un individuo entre cientos o miles, tal vez particularmente longevo, bastante tiempo después de haberse reproducido, se transforma en un animal diferente. No ponga esa cara, Smirnov, o si no diga algo usted. Cada uno se expresa como puede y como sabe. —Hizo una pausa—. Neotenia, eso es, así es como se llama este lío, el de un animal cuando se reproduce en estado de larva.

Habían acabado de cenar y era hora de fumar unas pipas. Los nueve hombres se trasladaron a la terraza.

—Está bien, es todo muy interesante, pero no veo la relación que puede guardar… —dijo el francés.

—Estamos llegando. Queda todavía por decir que desde hace algunos decenios parece que ustedes —(y señaló con la mano hacia el sitio donde estaba Smirnov)— han conseguido meter la mano en estos fenómenos, dirigirlos en cierta manera. Parece que, si les suministran a los axolotl extractos hormonales…

—Extracto tiroideo —precisó Smirnov, de mala gana.

—Gracias. Extracto tiroideo; pues parece que entonces la mutación se produce siempre. Quiero decir antes de la muerte del animal. Ahora bien, esto es lo que a Leeb se le había metido en la cabeza. Que esta condición no es tan excepcional como parece; que otros animales, tal vez muchos, tal vez todos, tal vez incluso el hombre, guardan algo de reserva, una potencialidad, una ulterior capacidad de desarrollo. Que se encuentran, mucho más de lo que se puede imaginar, en estado de esbozos, de copias malas, que pueden convertirse en «otros», y que si no llegan a serlo es simplemente porque la muerte interviene antes. En una palabra, que también nosotros somos neoténicos.

—¿Sobre qué bases experimentales? —preguntó alguien en la oscuridad.

—Ninguna, o muy pocas. Entre los documentos hay un largo manuscrito suyo; una mezcla bien curiosa de observaciones agudas, generalizaciones temerarias, teorías extravagantes y brumosas, divagaciones literarias y mitológicas, apuntes polémicos llenos de rencor, rastreras adulaciones a Personas Muy Importantes de la época. No me extraña que haya permanecido inédito. Hay un capítulo sobre la tercera dentición de los centenarios, que contiene también una curiosa casuística sobre calvos a quienes les ha vuelto a salir el pelo en edad muy tardía. Otro capítulo trata de la iconografía de los ángeles y los diablos, desde los sumerios a Melozzo da Forlí, pasando por Cimabue y Rouault; contiene un pasaje que me ha parecido fundamental, en el cual Leeb, a su modo al mismo tiempo apodíptico y confuso, pero con una insistencia maniática, formula la hipótesis de que…, bueno, de que los ángeles no son una invención fantástica, ni seres sobrenaturales, ni un sueño poético, sino que son nuestro futuro, aquello en que nos convertiremos o en que nos podríamos convertir, caso de que viviéramos lo bastante o nos sometiéramos a sus manipulaciones. De hecho, el capítulo siguiente, que es el más largo del tratado y del que he entendido bastante poco, se titula «Los fundamentos fisiológicos de la metempsicosis». Otro contiene un programa de experiencias sobre la alimentación humana; un programa tan ambicioso que cien vidas no serían bastante para llevarlo a cabo. Se propone en él someter a pueblos enteros, durante generaciones, a unos regímenes alimenticios disparatados, a base de leche fermentada, huevos de pescado, cebada germinada o cieno de algas. Excluida rigurosamente la exogenia, se propone el sacrificio (en el texto dice literalmente: «Opferung») de todos los sujetos de sesenta años, así como su autopsia; que Dios le perdone si puede. Hay también, como epígrafe, una cita de la Divina Comedia, en la que se habla de gusanos, de insectos lejanos de la perfección y de «mariposas angelicales». Ah, se me olvidaba, el manuscrito va precedido por una epístola dedicatoria, dirigida ¿saben ustedes a quién?: a Alfred Rosenberg, el del Mito del siglo xx, y va seguido de un apéndice en el cual Leeb alude a un trabajo experimental «de carácter más modesto» pergeñado por él en marzo de 1943: un ciclo de experimentos de tipo pionero y preliminar, hasta el punto de poder ser desarrollado (con las debidas cautelas para guardar el secreto) en un vulgar albergue civil. El albergue civil que le fue concedido para tales fines estaba situado en el número 26 de la Glockenstrasse.

—Me llamo Gertrud Enk —dijo la muchacha—. Tengo diecinueve años, y tenía dieciséis cuando el profesor Leeb instaló su laboratorio en la Glockenstrasse. Nosotros vivimos enfrente, y desde la ventana se podían ver varias cosas. En septiembre de 1943 llegó una camioneta militar, de la cual bajaron cuatro hombres de uniforme y cuatro de paisano. Estaban muy delgados y no levantaban la cabeza: eran dos hombres y dos mujeres.

Luego llegaron varias cajas, con una etiqueta en la que ponía «Material de guerra». Nosotros éramos muy prudentes, y no mirábamos más que cuando estábamos seguros de que nadie se daba cuenta, porque habíamos comprendido que debajo de aquello había algo que no estaba claro. Durante varios meses no ocurrió nada más. El profesor no venía más que una o dos veces al mes, él solo o con militares y miembros del partido. Yo tenía mucha curiosidad, pero mi padre siempre me decía: «Déjalos, no te ocupes de lo que pasa allí dentro. Nosotros, los alemanes, cuantas menos cosas sepamos, mejor». Luego vinieron los bombardeos. La casa número 26 quedó en pie, pero por dos veces las ventanas se desfondaron a causa de golpes de aire.

La primera vez, en el cuarto del primer piso se veía a las cuatro personas echadas en jergones por el suelo. Estaban muy tapadas, como si fuera invierno, aunque por aquellos días hacía un calor fuera de lo corriente. Parecía como si estuvieran muertos o dormidos. Pero muertos no podían estar, porque el enfermero que estaba con ellos leía el periódico y fumaba su pipa tan tranquilo. Y si hubieran estado dormidos, ¿cómo no iban a haberse despertado cuando sonaban las sirenas avisando de que había cesado la alarma?

Pero la segunda vez ya no había ni jergones ni personas. Había cuatro palos atravesados a media altura y cuatro bestezuelas posadas encima.

—¿Qué clase de bestezuelas? —preguntó el coronel.

—Cuatro pájaros. Parecían buitres, aunque yo los buitres solo los he visto en el cine. Estaban espantados y hacían muecas terroríficas. Parecía como si estuvieran intentando saltar de los palos al suelo, pero debían de estar encadenados, porque nunca despegaban los pies del lugar donde los apoyaban. También parecía que estaban haciendo esfuerzos por levantar el vuelo, pero, claro, con aquellas alas…

—¿Cómo tenían las alas?

—Bueno, alas por decir algo, con unas pocas plumas ralas. No sé… parecían, sí, eso es…, parecían las alas de un pollo asado. La cabeza no se les veía bien, porque nuestras ventanas quedaban demasiado altas; pero de bonitas aquellas cabezas no tenían nada, y causaban mucha impresión. Recordaban a las cabezas de las momias que se ven en el museo. Pero luego, de pronto, llegó el enfermero y corrió las cortinas, para que no se pudiera mirar adentro. Al día siguiente ya habían arreglado las ventanas.

—¿Y luego?

—Luego nada más. Los bombardeos eran cada vez más frecuentes, dos o tres al día. Nuestra casa se hundió, y todos, menos mi padre y yo, se murieron. Pero en cambio, como ya he dicho, la casa número 26 quedó en pie. Murió solamente la viuda Spengler, pero fue en la calle, víctima de un bombardeo a baja altura.

«Llegaron los rusos, llegó el fin de la guerra y todo el mundo pasaba hambre. Nosotros nos habíamos hecho una chabola por allí cerca, y yo me las iba arreglando como podía. Una noche vimos a mucha gente hablando en la calle, delante del portal del 26. Hasta que uno lo abrió y entraron todos, empujándose unos a otros. Yo le dije entonces a mi padre: «Voy a ver qué pasa», y él me soltó el sermón de siempre, pero yo tenía hambre y fui. Cuando llegué ya casi se había acabado todo.

—¿Se había acabado qué?

—Se los habían cargado con bastones y cuchillos, y los habían descuartizado. El que mandaba en todos debía de ser el enfermero, me pareció reconocerlo; además, era él el que tenía las llaves. Es más, me acuerdo que, una vez acabado todo, se apresuró a volver a cerrar bien todas las puertas, vaya usted a saber por qué. Al fin y al cabo allí dentro ya no quedaba nada.

—¿Y qué ha sido del profesor? —preguntó Hilbert.

—No se sabe con precisión —contestó el coronel—. Según la versión oficial murió, se ahorcó cuando entraron los rusos.

Pero yo, a pesar de todo, estoy convencido de que no es verdad. Porque los hombres como él solamente se rinden ante el fracaso. Y él, por el contrario, se juzgue como se juzgue este sucio asunto, el éxito lo alcanzó. Creo que, si se buscara bien, se le acabaría por encontrar, y puede que no tan lejos. Creo que del profesor Leeb volveremos a oír hablar.

(De: Historias naturales, El Aleph, 2006. Traducción de Carmen Martín Gaite)