Más conozco las respuestas, más quiero a las preguntas

Por Diego Sztulwark*

Foto: Erich Salomon

  1. ¿Cómo piensan la política sus actores más visibles? ¿Lo hacen con las mismas categorías de los politólogos, que nos hablan hoy de un centro devorado por una tendencia a los extremos, hacia derecha e izquierda, o lo hacen de otro modo, que conocemos menos? ¿Cómo piensan, pregunto, cuando «hacen» política (y no lo hacen traduciendo automáticamente la racionalidad del mercado): usan realmente nociones del tipo «izquierda y derecha», «contradicción principal y secundaria», «dominación y hegemonía», «radicalización de la democracia» y «lucha de clases», o son estas categorías meramente analíticas, propias de teóricos y periodistas, pero carentes de todo valor operativo en el campo práctico, en el que se consagran las divisiones y las articulaciones de las fuerzas? ¿Existe al menos una mínima conexión en la subjetividad del protagonista de la política convencional entre percepción inmediata e histórica, o mas bien, se ha consagrado una escisión dura entre discurso público estudiado e íntima impotencia en torno a la tarea de redistribuir el poder político? ¿Y dado que hacer política es afectar -en el sentido de modificar- los modos de comunicación a través de los cuales se constituye el campo político y sus sujetos: no es del todo verdadero que la propia subjetividad política se constituye en esos modos de comunicación y que las actuales políticas en curso se ha resignado desde el comienzo a las actuales estructuras de la comunicación?
  2. ¿La política es conflicto? ¿Si pensamos que sí, y suponemos, además, que la política actúa ineludiblemente en relación a un conflicto que -sea para moderarlo hacia la estabilidad y el orden, sea para plantear antagonismos y rupturas- implica necesariamente una determinada jerarquización de prioridades y un cierto modo de enfatizar unos conflictos en detrimento de otros, no sentimos que los antagonismos postergados sobreviven como síntomas de aquello que sólo soporta ser dicho al borde mismo de la crisis? ¿Y no le falta por tanto a la política, una mayor conciencia de la crisis (digo: no la crisis como amenaza inminente, sino como productividad actual)?
  3. ¿Es la deuda el principal problema de la coyuntura argentina? ¿Y no es cierto que lo es en la medida en que la deuda se ha convertido en el modelo dominante de producción de obediencia entre países, pero también entre empresas, clases e individuos? ¿Y si es así, no debiera medirse el valor de toda política por su aptitud para construir un contrapoder capaz de investigar, denunciar y discutir los mecanismos específicos de este tipo generalizado de dominación? ¿No es la derecha la posición que asume con naturalidad la deuda y la izquierda la que cuestiona este modo de «hacer sociedad»? ¿Y si la deuda es una categoría que permite comprender a fondo la coyuntura (porque se vincula con el valor de la moneda, del salario, de los servicios públicos y de la soberanía política), la situación social (porque como lo han mostrado lxs feminismxs, la deuda es un dispositivo de explotación social que produce) y también la historia reciente (la política de la última dictadura, el papel de los bancos, el endeudamiento de clases populares, y hasta la entera geopolítica occidental y algunas cosas mas), no deberíamos discutirla en todas sus dimensiones cada vez que confrontamos las consignas del pago y del no pago, de modo tal que si la consigna del «no pago de la deuda» no fuera practicable en lo inmediato, no por ellos nos volveríamos defensores de la consigna irreflexiva de «Pagar la deuda», sin considerar que dicho pago, además de inviable, es en sí mismo la condición absoluta del sometimiento que el capital global impone a todxs, incluso a la Argentina cuando desea proponer acuerdos con China o Rusia? ¿Y sí el pago de la deuda fuera la única opción, incluso para que China y Rusa nos acepten, no deberíamos evaluar desde ahora, y con todo rigor, las consecuencias que en términos de modelo de desarrollo tiene asistir pasivamente al papel que el mercado mundial nos asigna (y China y Rusia son parte relevante de ese mercado mundial) en términos de exportación de litio, soja y energía?
  4. ¿Es la pandemia un argumento en contra del pensamiento político? ¿No es pertinente preguntar por la pandemia en la medida en que el problema de toda política pasa por determinar -como punto de partida de su acción- la interacción específica entre conocimientos y pasiones, entre ideas y afectos que determinan lo social en cada coyuntura? ¿Pesa la pandemia como una objeción a la voluntad de movilización, retrae afectos y congregaciones, infecta de escepticismo todo horizonte de acción colectiva? ¿Se traduce esta percepción (sobre el repliegue social como apriete y falta de paciencia, desgano y disgusto capaz de nutrir la llamada «antipolítica») en una exasperación de la excepción como forma de gobierno, mezcla de decisiones de corto plazo -el «ganar tiempo» como única brújula- y de deseo de «vuelta a la normalidad? ¿Y no son este tipo de situaciones, también, grandes oportunidades para organizar lo político-excepcional en función de nuevos rumbos?
  5. ¿Y qué son, realmente, las alianzas y las coaliciones? ¿Son realmente expresiones legítimas a la hora de dar cuenta de las contradicciones políticas actuales? ¿Si fuera así, habría que concluir que la contradicción principal se plantea entre un modelo de «crecimiento industrial» (expresada hoy en el Frente de Todos) versus uno de «valorización financiera» (expresada por Juntos para el Cambio), sin reparar en que una política así practicada redunda en un sentimiento creciente de impotencia y frustración con este tipo de formato que en nombre de la democracia, restringe las posibilidades de procesar de modo realmente democrático las satisfacciones materiales de casi la mitad de su población? ¿Y si aun así se aceptara a trazo grueso este esquema de coaliciones como lo real de lo político democrático en este momento, cómo pensaríamos el hecho de que el crecimiento actual de la economía -tras dos años de pandemia y la gestión previa del gobierno de Macri, nos dejan en un escenario horroroso, en donde se llega al 40% de pobreza- no provoque indignación moral, emocional e intelectual y por tanto fuertes convocatorias orientadas a cortar los mecanismos de empobrecimiento de las mayorías populares? ¿Por qué se acepta tanto? ¿Será que las coaliciones, en lugar de expresar antagonismos sociales, tienden a internalizar restricciones y a asumir el gobierno del conflicto al interior de una inercia paralizante, que neutraliza lo político, forzando a la aceptación antes que al cuestionamiento del estado de cosas? ¿Y entonces, las coaliciones, de cuyas virtudes nos hablan las ciencias sociales, no serían sino la gestión de una miseria de la política real destinada a esterilizar la democracia? ¿Será que estas coaliciones tienden a conformarse como instrumentos efectivos sólo en el plano electoral (y con serios límites incluso en este plano), siendo luego, a la hora de gobernar, funcionales al aplanamiento del conflicto social, reduciendo toda razón histórica a la satisfacción de los requerimientos de la acumulación de la propiedad y la riqueza?
  6. ¿Puede la renuncia de Máximo Kirchner ser leída «políticamente»? ¿O su valor de síntoma ha de ser irremediablemente reducido a (in)comprensible gesto «personal», bloqueando toda posibilidad de intensificar efectos en la coyuntura? ¿Pero, cómo podría ser que lo político y lo personal no se mezclaran, permaneciendo dividida la acción en planos inconexos: una dimensión intelectual y otra emocional? ¿No sería más útil procurar comprender de qué forma se conecta en la acción política lo histórico y lo personal, de modo tal de poder leer cómo es que surgen ciertas decisiones y no otras? ¿Y en la medida en que este tipo de decisiones encierran un potencial de convocatoria (al menos dentro de su propia fuerza), no es preciso suponer que la lectura que de ese gesto se haga sea también política, ingresando con él en el campo de una convocatoria que lo acompañe y expanda (o bien para torcerlo o confrontarlo, si se lo considera errado), de modo de no permanecer en silencio en una coyuntura presentada como tan decisiva? ¿Y no es obvio, a su vez, que si el de Kirchner es un gesto presentado como individual, no es tanto porque su organización lo siga en silencio, o porque la política profesional se agote en códigos demasiado estudiados, sino también porque de principio a fin se trata aquí de una política que verticaliza y resta vitalidad autónoma al movimiento popular, sólo concebido (también por él) como militancia subordinada a la conducción? ¿No explicita sin embargo el gesto de Kirchner un síntoma y una necesidad de reflexión sobre la esterilidad de una política sin movilización y por tanto sobre los modos en que se procesa hoy la política en la subjetividad de dirigentes y militantes como imposibilidad de investigar y denunciar los mecanismos de la deuda (que todxs sabemos que es la obra central del gobierno de Macri) y sus consecuencias cuando, por el contrario, resulta imperiosa necesidad de hacerlo en condiciones adversas (puesto que como sabemos, los acuerdos con el Fondo -se presenten como se presenten- apuntan a expropiar ingresos populares)?
  7. ¿Sigue siendo cierto que «a la izquierda» no hay nada, o más bien se ha activado una competencia por izquierda? ¿El kirchnerismo está a la izquierda del peronismo, y la unidad del Frente de izquierda está a su izquierda? ¿Y la palabra «izquierda», sirve para pensar articulaciones virtuosas, o sólo será empleada para describir divisiones catastróficas? ¿En otras palabras, lo que se sitúa «a la izquierda» puede formularse y ser concebido como otro modo de pensar, o bien otra política, o será necesariamente utilizada para denostar diversas formas de la irresponsabilidad? ¿Y la idea de Frente, tal y como lo emplea hoy la izquierda, alcanza para reunir las fuerzas necesarias -que deben incrementarse notoriamente- en esta coyuntura? ¿Es el Frente de Izquierda, fuerza creciente -y tercera en el orden nacional- capaz de ampliar convocatorias, superar los sectarismos, recombinar alianzas y contener de un modo no paranoico tensiones en su interior, mas allá del momento electoral?
  8. ¿Qué valor posee una unidad que no hace a la fuerza? ¿O, lo que es lo mismo: qué hubiera sucedido si el Frente de Todos hubiera ganado las ultimas elecciones (lo que, como sabemos bien, hubiera presupuesto desde ya la implementación de otra política, quizás de difícil implementación en medio de la pandemia): habría entonces negociado la deuda en otras condiciones? ¿Habría habido entonces chances de otro tipo de acuerdos, en otras condiciones que las actuales -sin fuerza, sin movilización real, sin mayoría parlamentaria, sin reservas en el Banco Central, sin alianzas regionales-, o bien desde el comienzo el programa era pagar la deuda, y la crisis actual sólo obedece a cómo procesar la seria hipoteca que sentimos caer sobre nuestro futuro, y que los sectores mas sensibles de la política intuyen como un serio riesgo a toda chance de articulación entre demandas sociales y representación política? ¿Y por otra parte, y escuchando al gobierno, que plantea como premisa una recuperación actual de la economía en base a un pacto de re-inserción en el mercado mundial a partir de la exportación de energía, y que supone que apostando fuerte a la obra pública y al espacio de industrialización que tal modelo permitiría, podría eludirse el impacto que un modelo de este tipo -del que se habla como «crecimiento»- supone sobre una vida popular concebida desde abajo, en donde la preocupación por los derechos económicos y políticos efectivos resultan absolutamente impostergables? ¿No habría que revisar, en todo caso, si se quiere pensar políticamente, las relaciones internas entre modo de acumulación y régimen político -en el que deuda y coaliciones, dependencia y pasividad se articulan bajo la forma de una condena que conduce inevitablemente a empobrecer al país y a perder elecciones-, atendiendo a la evidente postergación de todos los saberes que hemos ido acumulando durante estas largas décadas, sobre lo que significa lo neoliberal en términos de relaciones de explotación, neutralizando las posibilidades de un bloque político popular consistente capaz de ingresar de lleno en lo que se llama «la política»?
  9. ¿Y qué sucede si recordamos aquel discurso de Cristina Fernández de noviembre del 2019, en el micro estadio de Ferro, medular en cuanto al programa del frente antimacrista? ¿Era acertado o no aquel diagnóstico de la coyuntura según el cual el neoliberalismo era considerado como una construcción política del capitalismo para sustituir el Estado de Bienestar Social, a partir de una estrategia de división del pueblo y de la promoción de las pasiones de la desigualdad en base a los medios de comunicación, el poder judicial y la deuda? ¿Si era válido, lo era también la propuesta que sugería: 1. Crear una alternativa progresista que no sea meramente «contra» y que no se planteara según las coordenadas de izquierda ni derecha o verdes y celestes (porque dividen al campo popular), sino en términos de un «pueblo» formado por los pobres, trabajadores y empresarios chicos y grandes; 2. Articular una «nueva arquitectura institucional» que refleje una «nueva distribución de poder» en favor del pueblo? ¿Se puede seguir pensando que el neoliberalismo es sólo una política del capitalismo y no una imposición estructural del capital, que impide una y otra vez la formación de ese pueblo y la constitución de esa nueva arquitectura expresiva de una nueva distribución de poder?
  10. ¿Precisa la acción política de creencias nobles? ¿Y es posible acaso separar creencias de preguntas? ¿No es, al contrario, evidente, que donde hay creencias hay preguntas (sugeridas o prohibidas) y que las preguntas buscan nuevas formas de creencias (o al menos examinan severamente las existentes)? ¿Y no resulta convincente -para seguir creyendo en la política- aquello que decía el sabio spinozista, para quien el comunismo no era posible como realización, pero sí como tendencia, razón por la que caía como ideal pero no como motivo profundo de luchas concretas? ¿Y será cierto, como quisiera creer, que incluso este modo de preguntar que nada afirma -aunque un modo de preguntar es ya siempre una confesión de parte- tiene más valor cuando se lo considera como insatisfacción respecto de las respuestas que hemos dado, antes que como impostura o simulación de una inocencia que a esta altura no podemos permitirnos?

Buenos Aires, 16 de febrero de 2022.

*Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.

La Tecl@ Eñe. Revista Digital de Cultura y Política
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