Más ratas que gatos

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Samanta Schweblin

Marga estira, desde el suelo, sus brazos finos y blancos que apenas rozan la madera tibia del altillo, y cuando mamá Alejandra suelta la púa, suavemente, sobre el disco, Marga siente la música llegar hasta ella, escapar por las ventanas, esfumarse entre la ropa, entre los pelos de seda y lana de Arístides, que ladra ahora mientras salta a su alrededor. Papá Ovidio llega a casa y toca la puerta tres veces, tres golpes dulces en el tímpano de Arístides. Arístides no corras, espérame Arístides. Oh, querido, no sabes cuánto te he extrañado, y entonces mamá Alejandra besa a papá Ovidio y el vestido blanco y largo hace de Marga, al bajar las escaleras, un ángel celestial. Todos somos ángeles, dicen en la radio, la tarde de hoy será hermosa. He preparado tu pastel predilecto, mi querido Ovidio. Miren, Arístides ha traído el diario vespertino y espera ahora una caricia a los pies del amo Ovidio. Es que todos somos tan felices en los días soleados, dice la radio, por eso es que no deben perderse el atardecer de hoy, sean todos felices hermanos y concurran juntos al gran teatro de la ciudad, el sol caerá sobre el lago a las seis. Son las cinco y media, padre, ¿podremos ir a ver el atardecer? Sabes que haremos todo lo que te haga feliz, Marga mía, angelito de mi corazón. Y entonces ella atándose los zapatitos blancos mientras un aroma fresco, a rosas, llega desde el jardín y mamá Alejandra saca del horno el pastel de manzana y lo coloca en la mesa. Qué delicada, qué mujer tan hermosa, piensa papá Ovidio y atiende al llamado de la puerta. El vecino Juan Carlos dice que hoy es su día libre y que cortará el césped de toda la cuadra para que las familias, al volver del teatro, sientan el perfume verde de la hierba fresca. Eres muy amable. Amo a mis vecinos, dice Juan Carlos y Ovidio lo abraza con cariño. Sobre la mesa los pasteles están repartidos y el té servido en tasas blancas de porcelana china. Coman cuanto quieran, dice mamá, y papá besa en la frente a sus dos mujercitas.

Papá Ovidio cierra la puerta de la casa y juntos, de la mano, caminan por la calle soleada hasta llegar al teatro. ¿Veremos a la abuela, mamá? Seguro, querida Marga. ¿Puedo besarte, cariño? ¡Mira los globos, Arístides!, ¡hay niños jugando con globos! Sí, Marga, camino al teatro te compraremos el que elijas. Mira, querida Alejandra, la familia Faber también asistirá al atardecer. Todos asisten por lo general al atardecer. Un globo nuevo en las manos de Marga y ahora las calles son un cuadro color pastel. Las familias caminan hacia el teatro tomadas de la mano, se saludan imas a otras con la sonrisa de quien ama a sus vecinos con sinceridad. Los niños llevan dulces, mascotas, globos de colores y en forma de elefantes o conejos. Las señoras, hermosas y perfumadas, caminan a la par de sus maridos cariñosos, que se reconocen unos a otros saludándose con la mano. ¡Hemos llegado, padre! ¡El teatro! Mira, madre, allí hay una anciana. ¿Podremos ofrecerle el lugar? Claro, querida, pero apresúrate Marga querida, dice mamá Alejandra, o alguien se lo dará antes que tú. Y entonces Marga, el vestido sedoso ajustando su talle, baja las escaleras del teatro. Oh, mi querida Alejandra, estoy tan orgulloso de nuestra hija, dice papá Ovidio mientras Marga toma la mano de la anciana. Yo la ayudaré a sentarse, abuela. Gracias, querida, pero ya tengo un asiento, ¿ves?, este niño me lo ha ofrecido. Alejandra, ¿qué pasa amor? ¿Por qué nuestra niña no sonríe? ¿Qué pasa abuela? ¿Por qué mi niña ha dejado de sonreír? Caballero, su niña es adorable, pero este niño ya me ha ofrecido su asiento y entonces… Señora, ¿cómo puede usted ser tan…? ¿Qué es lo que pretende? Un hombre se acerca. ¿Qué ocurre señor?, dice, ¿por qué molesta usted a mi madre? Yo no molesto a su madre, caballero, lo que ocurre es que su madre ha rechazado el cariño de mi hija… El hombre mira a su madre. ¡Madre!, ¿cómo pudiste hacer eso? Yo… Yo sólo quise… Señor, no deseo lastimar a nadie, pero este niño me ha ofrecido antes su asiento y yo… Lágrimas oscuras en los ojos de Marga hieren profundamente a Papá Ovidio. ¡Es su madre muy mala persona! Mi madre no es mala persona. No discutan, Dios Santo, dice otro hombre. ¡Su madre ha creado el primer disgusto en la vida de mi hija! ¡No ha sido culpa de mi madre! ¡Es usted un inadaptado, cómo puede decir eso! Algunos niños escuchan palabras que no entienden. Ten paciencia amor, no te exaltes, dice mamá Alejandra. Golpearé a este hombre, amor, discúlpame, pero debo hacerlo, tengo que hacerlo. No, amor, no lo hagas. Un suave golpe llega a la sien del adversario. La anciana, indignada, escupe a Marga. Marga grita. Los hombres comienzan a golpearse. Otro hombre se suma a la riña. Marga corre hasta el niño adversario y pisa con su pie pequeño el pie pequeño del niño. La madre del primer niño dice cosas feas a Mamá Alejandra y la anciana cae al suelo haciendo que más gente se sume al conflicto. Los asientos demasiado juntos dificultan la pelea que agrega adeptos rápidamente y así dos jóvenes comienzan también un conflicto y otros dos más y una niña le ha robado un moño a otra y el locutor de la radio no entiende qué ocurre y entonces dice todos sean hermanos y en realidad quiere decir otra cosa pero qué otra cosa va a decir si no sabe otras palabras y no entiende lo que pasa porque lo golpean y ya no puede hablar ni escuchar y eso es una lástima porque hubiese aprendido un montón de palabras nuevas y hubiese visto a la vieja escupiendo a la niña y las manos de un hombre en una cartera ajena o en piernas ajenas más todos esos hombres uniformados haciendo marchar en fila a otros hombres más pequeños más oscuros más tímidos más resignados con sombreros negros distintos a los sombreros de los uniformados y para colmo el muro inmenso que montaron al instante para dividir cosas que creyeron debían ser separadas y personas que creyeron no debían relacionarse o verse y entonces una vieja dijo qué diferencias podía haber si igual de los dos lados se escribían los mismos graffitis estúpidos del mismo color y con la misma tinta y entonces qué tenía la tinta para que guste tanto de los dos lados y alguien empezó a asesinar a las que eran lindas y a las que eran rubias y a las que no le gustaban y entonces alguien de la primera fila que ya había perdido su asiento inventó un juguete con botón rojo que cuando uno lo apretaba hacía explotar todo y no se sabe por qué al botón lo apretaron otros hombres que no eran él y entonces él se enojó porque para qué tanto trabajo nuclear si después no le dejan apretar el botón y otro dijo que era presidente y se puso una flor en el ojal y al pedo dijo un chico porque mucha flor mucha flor pero nadie lo escucha al tipo ese y entonces imo se tiró desde el muro y otro y otro y no había lugar para enterrar a tantos y uno dijo que aunque no hubiese lugar había que matarlos a todos total los fotógrafos en vez de ayudar sacan fotos y por eso siempre hay uno que grita insensible o anarquista o ata a los demás a un palo y no les da de comer y sin embargo llora porque el perro muerto de hambre y soledad en el charco de otro perro le parece peor injusticia que la ballena encallada o el pingüino empetrolado con sus manifestaciones de poca o mucha asistencia y lo que pasó al final fue que hubo más ratas que gatos y todo eran gritos y gente mordida y para peor todo por nada porque el tipo del botón rojo se murió sin haber podido apretar ningún botón y al muro lo tiraron para los dos lados y todos los gatos que faltaban en realidad estaban pero afuera y los hombres pequeños y oscuros nunca perdonaron a los uniformados y el perro ya estaba muerto y nadie recuperó su dinero aunque el locutor trató de orientar y persuadir sobre las nuevas corrientes de la amistad y el silencio sólo llegó pasada la tarde cuando todos ya estaban muy cansados o muy viejos y con los asientos destruidos no valía la pena sentarse en ningún lugar, así que más vale regresar a casa, dijo papá Ovidio, y mamá Alejandra, ya entrada en años, no opinó pero siguió sus pasos mientras desde el portal de la entrada al teatro Marga estudiaba los escombros con desolación, como si entre la basura y la ceniza aún pudiese encontrar a Arístides. Y nadie vio a la anciana, que se incorporó entre los cascotes y los asientos rotos y, agotada pero ajena al dolor, observó las últimas sombras rojizas de un atardecer que pudo haber sido hermoso.

(De: El núcleo del disturbio, 2002)

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