Masacre de Trelew: El recuerdo de una generación diezmada

Entrevista a las hijas de Mario Roberto Santucho y Ana María Villarreal

En diálogo con Página/12, Gabriela y Ana María relatan cómo vivieron a su corta edad la matanza de 1972 y por qué decidieron regresar a Chubut cinco década después.

Abrazados y sonriendo ante la cámara, Ana María Villarreal y Mario Roberto Santucho.

Desde Trelew, Chubut

“Yo estaba jugando en el patio y no recuerdo quién vino y me dijo: ‘vengan, entren a ver las noticias que la mamá murió… y entré, me paré frente al televisor y los estaban nombrando a todos y la nombraron a ella. Yo no sabía lo que significaba la muerte, tenía 8 años”, Gabriela Santucho es la menor de las tres hijas de Ana María “Sayo” Villarreal, asesinada en la Masacre de Trelew en 1972, y Mario Santucho, el líder del ERP, uno de los seis que logró completar la fuga del penal de Rawson tomando un avión que aterrizó en Chile, donde el gobierno de Salvador Allende finalmente les dio el salvoconducto para llegar a Cuba. Esta es la primera vez que pisa Trelew, igual que Ana María, su hermana mayor, desde que en julio de 1972 visitaron a su mamá en la cárcel.

¿Y por qué ahora, 50 años después, tomaron la decisión de volver? Para Gabriela es una manera de “soltar”, de depositar en la memoria colectiva un dolor que no es sólo suyo. Para Ana, que el ’72 tenía diez años, esta visita es una constatación de “las derrotas como las victorias no duran para siempre. Y estando acá como estamos, hablando, escribiendo, preguntándonos es una manera de aplazar esa idea de derrota”. Una palabra que volverá en la charla aunque no les corresponda a ellas evaluarla, no en primera persona, porque aunque estuvieron detenidas desaparecidas en Puente 12 al final de 1975 -junto a su hermano Mario, de un año, hijo de Santucho y Liliana Delfino- y de sus cuatro primas, hijas de Asdrúbal Santucho -desaparecido en el monte tucumano en octubre de ese año-, todas menores de 15; eran niñas.

Ana María y Gabriela están sentadas en el bar del Hotel Touring, lugar tradicional de Trelew, el mismo donde un año después de la masacre los tres sobrevivientes, María Antonia Berger, Alberto Camps y Raúl Haidar dieron una conferencia de prensa para poner en común con el pueblo de esta ciudad que se había dolido por ellxs el testimonio que le habían dado a Francisco Urondo en la larga noche del 25 de mayo de 1973, cuando los presos políticos fueron liberados y que está transcripto en La patria fusilada, el libro que ayer presentaron María Raquel Camps y Ángela Urondo, prologuistas de la última edición de ese documento que no pierde su urgencia por ser leído para entender cómo Trelew fue ensayo del ensañamiento que vendría después.

Ana María: La pérdida de Sayito fue muy dolorosa, me acuerdo de abrazarme con mi primo partidos de dolor frente a la tele, pero hacía unos años que no vivíamos con ella y teníamos conciencia de que no podíamos vivir con ellos dos. Nos veíamos sólo en vacaciones, entonces su presencia no era cotidiana. En el momento de la pérdida fue dolorosísimo, pero todavía teníamos a Robi y además pasaban tantas cosas…

–¿Por qué te referís a ella por su apodo?

AM: Sí, me sale decir su nombre, pero también es la mamá. Desde que empecé la primaria siempre estábamos esperando el momento de poder verla, de verlos a los dos, nosotras sabíamos que vivir con los abuelos eran transitorio… Pero a ella ya la habían detenido dos veces y ya se había escapado del Buen Pastor una vez, con ayuda de mi papá disfrazado de cura. Eso fue en el final del año ’70.

–¿Y no tenían miedo de que algo peor que estar presos pudiera pasarles?

Gabriela: Yo no lo veía así, para mí era algo que iba a pasar y que después íbamos a estar bien. Yo era muy niña, mi hermana Ana era más grande o estaba más enterada. Pero el papá siempre nos transmitió que estaban en algo que iba más allá de la vida cotidiana, y no estaban solos en eso. La última vez que la vimos a la mamá en Rawson fue una visita muy bonita, habían muchas compañeras que conocíamos de afuera, era como una fiesta. Y un día íbamos a estar todas juntas.

–Cuando pensaban que iban a estar bien ¿en qué pensaban?

AM: A ella la habían detenido la primera vez de manera violenta, con un tiro en la pierna, porque habían robado un camión de La Serenísima para llevar la leche a una villa. Yo lo veía como algo a lo Robin Hood, aunque no sé si tenía presente ese personaje. Pero claramente entendía Y bueno un montón de compañeras y compañeros con los que jugábamos, era un clima que te hacía sentir que la vida es bella, que eso era transitorio, que iba a terminar y después vendría una etapa mejor, la cárcel era un paso.

Gabriela: Era lo normal que ellos hicieran cosas que podían ser arriesgadas pero que considerábamos correctas.

Ana María: Siempre nos estábamos adaptando, pero también nos cansamos. Después de lo de Trelew nos mandaron a Cuba en una beca -un internado- y ¡estábamos todavía en la primaria! Pero a los seis meses, cuando fueron unos compañeros para el 26 de julio, el aniversario de la toma del Moncada, les pedimos que le dijeran a Robi que queríamos volver y vivir con él.

Gabriela: Y lo logramos, estuvimos con él hasta que ya no fue posible. El papi era muy cariñoso.

–¿Cómo se ven, 50 años después, en perspectiva con esa generación?

Ana María: hay tremendas diferencias

Gabriela: Y sí, porque se han tirado una generación completa bien centrada en lo que era pelear por el buen vivir para todas las personas, han cortado esa generación y eso se paga por muchos años. Eso ha hecho que las generaciones después no vean las cosas igual. Pero yo no quiero usar la palabra derrota porque es una palabra militar. Y sólo se puede pensar en esos términos. Pero desde el punto de vista humano es un precedente fuerte que no ha terminado porque estamos hoy acá reivindicando esa historia, entonces esa derrota no hay. No vamos a hacer igual el levantamiento… pero acá estamos.

21/08/22 P/12