Matar a un pibe

Por Ramiro Ross

Hay veces que la vida nos sorprende, si bien no era la primera vez que por casualidad me reencontraba con alguien que hacía mucho no veía, esa mañana la sorpresa fue mayúscula, había pasado demasiado tiempo, demasiadas cosas en mi vida como para que lo recordase, el tipo había envejecido demasiado para que yo lo reconociese de una sola mirada, al mirarlo pensé que lo conocía, pero no recordaba de dónde, pero hay actitudes características de un oficio, la mirada que se hace con precaución, como si no quisiese que lo reconocieran, esa mirada huidiza que tienen los que tienen cosas que esconder. Me senté a metros de él, quería pensar tranquilo la actitud que debía tomar. Si bien no había sido de los guardias cabrones, también era cierto que era un GUARDIA, y con eso a mi me bastaba para tener ganas de romperle la cabeza.

Al rato de mirarnos, le hice una seña como diciendo “yo te conozco”, él me respondió con otra como diciendo “si querés acercate”, fue suficiente, me levanté sin saber si me sacaría de mis cabales y terminaríamos a las trompadas o si podríamos tener una conversación medianamente tranquila.

Luego de un rato de hablarnos secamente, como si no quisiéramos estar ahí, el viejo me dio un poco de lástima, lo ví tan avejentado, solo, de esa soledad que nos va destruyendo interiormente y finalmente nos pusimos a hablar de la cárcel de Caseros, donde él había pasado toda su vida por decisión propia y yo había pasado un tiempo sin haberlo decidido.

Mire, me dijo el viejo esa mañana en el bar de la Boca, es muy fácil matar un pibe sin correr riesgos de que nos enjuicien acusándonos de “gatillo fácil”, o alguna otra pavada por el estilo, yo nunca entendí porqué, algunos ‘gorras’ giles se dejan enganchar por algunos abogados que defienden a esos pibes, siendo que las leyes están preparadas y hechas para que zafemos cómodamente de esas trampas, al fin y al cabo, no nos olvidemos que las leyes están pensadas por diputados y senadores, todos gente de guita que se sienten amenazados por los mismos pibes, y al votar las leyes, lo hacen de tal manera que nos dejan una ventanita para poder escaparnos y no pagar por esas muertes. Mire, me dijo usando esa palabra como un latiguillo, el secreto es que hay que tener paciencia y esperar a que llegue el momento. Yo lo miré sorprendido, nunca había escuchado esa teoría de cómo se puede matar a un adolescente y que no sea considerado un crimen para la justicia.

El bar estaba casi vacío a esa hora, y yo sentía la sensación de que se veía más triste, con sus azulejos de hace un siglo, con sus manchas de humedad en las paredes, con sus afiches de jugadores de Boca por todas partes. A mi no me gusta el futbol, pero nunca me molestó el bar dedicado a un equipo que tenía su cancha a 100 metros del bar, pero ese día era distinto, todo lo veía de otro modo, solo una pocas mesas estaban ocupadas por algún solitario que dejaba pasar el tiempo mirando la pantalla del televisor que, sin sonido, estaba transmitiendo un partido de fútbol entre dos equipos europeos.

Cuando me di cuenta que el viejo estaba por levantarse de la mesa – luego supe que siempre me hacía lo mismo-, hablaba para luego amagar con levantarse y hacerme pedirle que se quede a explicar lo que me decía, me apresuré a decirle ¡¡¡A no, ahora no puede irse sin decirme cual es el método!!!. El viejo miró el reloj que estaba en la pared arriba del mostrador para calcular cuento tiempo tenía para explicarme a mí, que soy un jubilado con todo el tiempo del mundo, él lo sabía, pero siempre hacía el mismo juego, y se puso a hablar.

Udsted sabe –me dijo- que yo me jubilé en la Policía, y allí aprendí el método que casi nunca falla, la cosa es fácil, hay que contar, eso sí, con un sistema como el que tenemos, que tenga la cosa clara y nos proteja a nosotros que somos los encargados de hacer el trabajo sucio, a cambio de ese favor que les hacemos, ellos dejan el campo libre para que negociemos con el juego clandestino, los cabarets con pibas menores y otros ‘yeites’ que siempre tuvimos.

Yo sabía que el viejo, tenía la manía de agrandar las cosas, de acomodar las situaciones para poder quedar siempre bien parado en sus cuentos. El asunto –empezó a decir- es robarle todo a un pibe desde la cuna, sacarle todos sus derechos, robarle todas sus posibilidades y hasta sus sueños.

Enero 2019



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tu comentario debe ser aprobado y será publicado a la brevedad.