Mayo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Ali Smith

Les cuento. Me enamoré de un árbol. Era inevitable. Estaba en flor.

Un día como otro cualquiera yo iba al trabajo por el mismo camino de siempre que separa nuestra casa del centro. Ni siquiera me había alejado mucho, estaba a la vuelta de la esquina. Miraba la acera al andar y me planteé si el ayuntamiento pagaría a alguien para que se pasara todo el día mirando el suelo, en busca de los puntos donde la gente puede tropezar. ¿Anunciarían un trabajo así en los periódicos? ¿Con qué título? Inspector de aceras y caminos. Auditor de bordillos. Asesor de erosiones en caminos locales. Me pregunté qué titulación exigirían. El presentador de un concurso televisivo o un sonriente desconocido en una fiesta preguntarían: «¿Y a qué se dedica?», y quienquiera que respondiese diría: Soy director de observación del asfalto, un empleo muy bien pagado que exige un elevado nivel de conocimientos, un trabajo con excelentes perspectivas laborales.

O quizá el ayuntamiento ya no se hiciese cargo. Probablemente una empresa privada enviaba empleados para que comprobasen el estado de las aceras y luego comunicaba sus datos a una comisión del ayuntamiento. Eso era más probable. Recuerdo que llevaba un rato caminando así, anotando mentalmente los lugares que necesitaban repararse, cuando llegó un punto en que ya no vi el suelo. Había desaparecido. Bajo mis pies, la acera estaba cubierta de lo que parecía seda en movimiento. Eran pétalos. Pétalos de un blanco precioso. Levanté la mirada para ver de dónde procedían y lo vi.

Una mujer salió de una casa. Me dijo que me marchara de su jardín. Me preguntó si me había drogado. Le respondí que no. Me advirtió que llamaría a la policía si seguía allí cuando volviese a mirar por la ventana y entró de nuevo en su casa, dando un portazo. Ni me había dado cuenta de que estaba en un jardín, ni mucho menos de que llevaba allí el tiempo suficiente para alarmar a alguien. Salí del jardín, me detuve al otro lado de la cerca y contemplé el árbol desde la acera. La señora llamó a la policía igualmente y una mujer y un hombre aparecieron en un coche patrulla. Se mostraron educados pero firmes. Me hablaron de lo que suponía entrar en una propiedad privada y merodear, anotaron mi nombre, me hicieron una advertencia y me llevaron a casa. Esperaron para comprobar si tenía llaves y no me lo estaba inventando: aguardaron en el coche patrulla hasta que abrí la puerta, entré y volví a cerrarla. Se quedaron allí sentados delante de nuestra casa, sin moverse y con el motor en marcha, durante diez minutos. Finalmente oí que arrancaban y se iban.

No sabía que quedarse mirando un árbol durante más tiempo del que se había establecido como adecuado podía considerarse un delito. Cuando el coche patrulla se detuvo ante nuestra casa e intenté apearme, no pude; nunca había estado en un coche patrulla y resulta que no hay manijas interiores en las puertas traseras: es imposible salir, a menos que alguien te lo permita. Al principio creí que no encontraba la manija por lo que me pasaba en los ojos. Los tenía llenos de blanco. Solo veía blanco. Había experimentado el altercado con la mujer y los policías a través de un velo blanco en que todos y todo eran voces fantasmales, un drama que le sucedía a otra persona, a alguien que estaba detrás de mí. Incluso después, cuando esperaba en el vestíbulo a que se marcharan, lo único que veía era un blanco cambiante, ondulante, deslumbrante; y cuando ya se habían ido y yo me había sentado en la alfombra y llevaba un buen rato palpando la sorprendente inmensidad de los bultitos y las arruguitas del tejido, solo pude vislumbrar, entre el blanco, los contornos borrosos de los cuadros que colgaban de la pared, la montaña de correo en la mesa del vestíbulo y el rizo negro del cordón del teléfono en el suelo, a mi lado.

Pensé en llamarte. Luego pensé en el árbol. Era el árbol más hermoso que había visto en mi vida. Era lo más hermoso que había visto en mi vida. Tenía una floración de verano, no la de inicios de primavera de tantos árboles y arbustos que aparece en marzo y es el preludio de más nieve y frío. Estas flores eran de un blanco azul cielo, un blanco bruma cálida, el blanco de las sábanas que, de tan cálido el aire, entramos secas del jardín al poco de haberlas tendido. Era el blanco del sol, el blanco que conforma todos los colores existentes, un blanco boquiabierto sobre un blanco boquiabierto, cintas de blanco aromático que subían, bajaban y asentían sin cesar con la única palabra sí, un blanco que se derramaba sobre sí mismo. Era un blanco que ansiaba abejas, que te quería dentro, un blanco polvoreado, moteado de polen. Un blanco más hermoso si cabe por su fugacidad, por estar a punto de desaparecer, a punto de que se lo llevaran el viento y las hojas incipientes. Era el blanco que precede al verde, y yo sabía que el verde de este árbol sería aún más hermoso que el blanco; sabía que si lo contemplaba cuando brotaran sus hojas, solo olería y oiría verde. Toda mi cabeza —no solo mis ojos—, todos mis sentidos, todo mi ser de la cabeza a los pies se llenaría y se transformaría con su clorofila. Yo ya había cambiado. Miradme. Mientras parpadeaba estúpidamente en el suelo del recibidor e intentaba ver, mientras alzaba la mano ante mis ojos para contemplar su movimiento como si perteneciera a otra persona, supe que jamás volvería a contemplar, sentir ni saborear algo tan hermoso como el árbol que por fin había descubierto.

Me puse en pie apoyándome en la pared. Avancé a tientas hasta la escalera y me agarré a la barandilla. Subí, me arrastré por el rellano hasta nuestro dormitorio y me obligué a echarme en la cama y cerrar los ojos, pero el blanco siguió allí, detrás de los párpados. Palpitaba como un latido; oscuro y más claro; claro y más oscuro. ¿Cuántas veces habría pasado por delante de aquel árbol, cuántas veces habría andado por allí sin verlo? Había recorrido esa calle mil veces, más de mil veces. ¿Cómo podía no haberlo visto? ¿Cuántas otras cosas me había perdido? ¿Cuántos otros amores? No importaba. Ya nada importaba. Los brotes eran como las pezuñas puntiagudas de una manada de diminutos cervatillos. Las flores eran como…, no, no eran como nada; solo flores. Las hojas, cuando saliesen, serían hojas y nada más que hojas. Nunca había visto un árbol tan árbol. Era reconfortante. Pensé en las raíces y el tronco. Me emocioné al pensar que las raíces y el tronco enviaban el agua arriba, a través de las ramas, a los capullos o las flores o las hojas, y luego, cuando llovía, el agua regresaba a través de las hojas para distribuirse por todo el árbol. ¡Tan inteligente! Yo respiraba gracias a eso. Bendije la corteza que protegía el duramen y la savia del árbol. Imaginé sus esbeltas hendiduras. Imaginé que las tocaba. Pensé en el interior, en los anillos que lo rodean infinitamente, uno por cada año de vida y de sus diferentes estaciones, y rompí a llorar como en mi adolescencia. Me acosté boca arriba y lloré riendo como si volviera a tener diecisiete años. Yo no era yo. Tendría que estar trabajando, pero me había echado en la cama y abrazaba una almohada, con mi corazón, o con mi alma, o con mi mente o con mis pulmones o con lo que fuese que me hiciera sentir así, esa embriaguez y esa liviandad; eso que, fuera lo que fuese, se había liberado y había ascendido flotando, y ahora estaba encima de mí, fuera de mi alcance, atrapado en las ramas más altas de un árbol.

Me dormí. Soñé con árboles. En el sueño subía a una habitación que también era un huerto; se encontraba en lo más alto de una vieja mansión cuya planta baja estaba destartalada y en ruinas, y cuya planta superior la formaban íntegramente árboles. Había subido todos los pisos por una peligrosa escalera rota hasta llegar a aquella puerta; dentro me esperaban los árboles, pequeños y quietos bajo el techado. Cuando desperté, veía con más claridad. Me lavé la cara en el cuarto de baño y me alisé la ropa. Tenía buen aspecto. Bajé a la cocina y revolví el armario de debajo del fregadero hasta encontrar los viejos prismáticos de tu padre en su estuche de cuero. Era imposible ver el árbol desde la ventana del baño ni tampoco desde las ventanas de los dormitorios posteriores, pero desde la ventanita del desván, si me inclinaba en un ángulo en que los aleros no se interpusieran en mi campo de visión, vislumbraba el blanco de la copa que resplandecía entre las casas. Si me asomaba por la ventana, podía verlo casi entero. Pero sacar el cuerpo por la ventana mientras guardaba el equilibrio entre los puntales del techo era complicado, por lo que fui a buscar el viejo tablero de debajo del colchón de la primera cama de la parte posterior del cobertizo, lo serré en dos partes para poder introducirlas por la trampilla del desván, luego volví a bajar al cobertizo en busca del martillo y algunos clavos y uní de nuevo las dos partes del tablero arriba, en el desván.

Los pájaros visitaban el árbol. Se internaban en su follaje y se posaban unos instantes, a veces hasta un minuto entero, antes de levantar nuevamente el vuelo. Llegaban solos y en pareja, un aleteo oscuro en la blancura. O desaparecían entre las flores. Los insectos, un alimento excelente para las aves, suelen vivir en el tronco y en las ramas de los árboles, que también son un hábitat ideal para las granjas donde las hormigas crían, engordan y ordeñan insectos como los pulgones. (Descubrí todas estas cosas más tarde, en Internet). El tráfico pasaba, ajeno al árbol. La gente también pasaba, en ambas direcciones. Madres que iban a buscar a sus hijos al colegio y luego volvían del colegio a casa. Gente que volvía a casa del trabajo. El sol giraba alrededor del árbol en el cielo. Las ramas del árbol se mecían en la brisa. Sus pétalos se desprendían para posarse sobre un coche o en el césped, o caían exasperantemente fuera de mi alcance, donde no podía verlos. El tiempo voló. Literalmente. Debí de mirar durante horas, toda la tarde, hasta que de pronto habías vuelto del trabajo y me preguntabas a gritos qué hacía en el desván. Bajé, entré en Internet y tecleé la palabra árbol. Había mucha información. Lo dejé cuando me llamaste para cenar, volví al ordenador después de la cena y lo dejé de nuevo cuando me dijiste que si no me acostaba enseguida para que tú pudieras dormir un poco te plantearías muy seriamente abandonarme.

Me desperté en plena noche, sintiendo una furia inmensa hacia la mujer que se creía propietaria del árbol. Me incorporé en la cama. La furia que sentía era inconcebible. ¿Cómo puede creer alguien que posee algo tan imposeíble como un árbol? Que estuviera en su jardín no implicaba que fuese suyo. ¿Cómo podía ser su árbol? Era claramente mío.

Decidí que debía hacer algo. Me acercaría sigilosamente, al abrigo de la noche, y arrojaría piedras a su casa, rompería una ventana o dos y me largaría corriendo. Eso le enseñaría que no todo le pertenecía. Eso le serviría de escarmiento. El despertador marcaba las dos menos cuarto. Tú dormías; te volviste y murmuraste algo en sueños. Me levanté con cuidado para no despertarte y me llevé la ropa al cuarto de baño, donde me vestí sin hacer ruido.

Cuando salí, llovía a mares. Busqué unas cuantas piedras de buen tamaño en nuestro jardín trasero, debajo de nuestros árboles. (No es que nuestros árboles fuesen menos importantes que el árbol que había visto, eran bonitos, agradables y demás; simplemente no eran él). Encontré unas piedras lisas que habíamos traído de alguna playa, me las guardé en el bolsillo de la chaqueta y salí por la puerta de atrás para que no me oyeras. De camino a casa de la mujer, pasé por delante de un gran contenedor. El contenedor estaba lleno de ladrillos y losas rotas porque alguien construía un porche y un sendero en su jardín. Nadie me vio. No había nadie en la calle, en ninguna calle; solo luces dispersas en algunas ventanas.

La casa de la mujer estaba sumida en la oscuridad. La lluvia me había empapado y la acera estaba cubierta de pétalos mojados. Me puse la losa partida debajo del brazo y abrí la cancela sin hacer ruido. Podría haberme dedicado profesionalmente a robar casas. Crucé en silencio el jardín y me detuve debajo del árbol.

La lluvia iba arrancándole pétalos que caían empapados y frugales, formando un círculo blanco en la hierba oscura que rodeaba al árbol mojado. Las ramas caladas amplificaban el ruido; la lluvia era un murmullo constante entre el que distinguía las gotas individuales que se estrellaban en las flores individuales. Había recuperado el aliento. Me senté en la hierba mojada, junto a las raíces; los pétalos envolvieron mis botas y, cuando me pasé la mano por el pelo, también se pegaron a mis dedos. Dispuse en una pulcra hilera mis piedras, los trozos de ladrillo y la losa, todo a mano en caso de necesidad. Los pétalos también se les pegaron. Retiré un par. Parecían la estela de una boda. Ahora yo tiritaba, no de frío, sino por la humedad. Era precioso. Me apoyé en el tronco, noté sus rugosidades en la espalda, en mi chaqueta, y contemplé las flores que se desmenuzaban, desprendidas por la lluvia.

Te sientas frente a mí a la mesa de la cocina y me dices que te has enamorado. Cuando te pido que me digas de quién, me diriges una expresión de reproche.

No es alguien, dices.

Y entonces me cuentas que te has enamorado de un árbol.

No tienes buen aspecto. Tu cara está muy pálida. Puede que tengas fiebre, o que estés incubando un resfriado. Jugueteas con el mantel de debajo de la tostadora. Aparento serenidad. No quiero transmitir enfado ni malestar. Observo la hilera de migas que se acumulan bajo el mantel, restos de quien sabe cuántos de nuestros desayunos. Me digo que quizá estés mintiendo por una buena razón porque no sueles mentir, eso no es propio de ti. Pero es cierto que últimamente estás diferente. Has mostrado, sucesivamente, una expresión desafiante, una actitud preocupada y la pureza de la infancia; te marchas a hurtadillas de nuestra cama y de nuestra casa en cuanto crees que duermo y no paras de hablar de la dispersión de las semillas y la reforestación. Anoche me explicaste que un árbol necesita la energía de cincuenta hojas para crear una manzana, que un árbol puede producir millones de hojas, que en el tronco de un árbol hay dos clases de madera, el duramen y la albura, y que es en el duramen donde el árbol almacena sus productos de desecho, y que a los árboles del bosque que reciben menos sol porque crecen a la sombra de otros árboles se los llama sotobosque.

Me he enamorado de un árbol. Era inevitable. Tengo todo el derecho a enfadarme, pero mantengo la calma. Hay un modo de gestionar todo esto. Intento pensar en algo adecuado que decir.

¿Como en el mito?, pregunto.

No es un mito, dices tú. ¿Qué mito? Es auténtico, de verdad.

Vale, respondo en tono tranquilizador.

¿Me crees?

Te creo, digo. Suena como si lo dijera en serio.

Me lleva un tiempo creer de verdad que se trata de un árbol y, claro, cuando me lo permito siento alivio. Más que alivio: júbilo. Después de todos los años que llevamos en pareja, mi único rival ni siquiera tiene genitales. Me paso un buen rato sonriendo por mi buena suerte. ¡Un árbol, por Dios!, me digo, riendo, mientras pago la bolsa de manzanas en el supermercado o arranco una cereza de su tallo, la lanzo al aire y la atrapo alegremente con la boca, esperando que alguien me vea.

¡Qué inocente soy! No tengo ni idea.

Hasta que ocurre algo que hace que me lo tome en serio. Cuando un par de días después vuelvo a casa del trabajo, te encuentro arrancando el suelo de la sala con un martillo y un destornillador. La instalación de ese laminado nos costó una fortuna, y tú y yo lo sabemos. Me siento en el sofá. Me llevo las manos a la cabeza. Tú levantas la vista con expresión alegre. Luego me ves la cara.

Solo quiero ver qué hay debajo, dices.

Hormigón, respondo. ¿Recuerdas que, cuando nos mudamos, el suelo era de hormigón y nos pareció horrible y ese fue el motivo de que instalásemos el laminado?

Sí, pero quería saber qué había debajo del hormigón. Tenía que comprobarlo.

¿Y cómo vas a taladrar el hormigón? No lo conseguirás con un destornillador.

Compraré un taladro en Homebase, me dices. Necesitábamos uno, de todas formas.

Te sientas a mi lado en el sofá y anuncias que piensas trasladar el árbol a nuestra casa.

No puedes tener un árbol dentro de una casa.

Sí que se puede. Lo he investigado. Lo único que hay que hacer es asegurarse de que recibe suficiente agua y de que las abejas pueden polinizarlo. También tendremos algunas abejas. ¿Te parece bien?

¿Y qué me dices de la luz?, pregunto. Los árboles necesitan luz. ¿Y las raíces? Esa es la razón de que la gente los tale, porque las raíces crecen peligrosamente bajo los cimientos de las casas y las levantan. Es una locura que quieras arrancar los cimientos de la casa donde vives, ¿no te parece?

Frunces el ceño.

¿Y qué clase de árbol es?, pregunto.

No me vengas con esas, respondes. Ya te lo he dicho, eso es irrelevante.

En realidad, todavía no se me ha permitido ver el famoso árbol; lo guardas en secreto, como algo muy íntimo. Sé que se encuentra en algún lugar visible desde la parte posterior de nuestra casa, porque la ventana del desván está orientada en esa dirección y te pasas en el desván todas las horas del día que estás aquí. Sé que acaba de echar hojas y que antes, cuando lo viste por primera vez, estaba en flor, y todo ese rollo de que es blanco ya lo he oído varias veces, que ibas a llamarme por teléfono, pero te resultaba imposible dejar de mirarlo, etcétera. Todas las noches, cuando nos acostamos, antes de que yo haga ver que duermo, me hablas de los árboles sin parar, como si te desesperase la idea de convencerme. La primera noche te pregunté qué clase de árbol era y te ofendiste (probablemente, supuse, porque en tu impostura, en tu intento de ocultarme a tu amante, simplemente se te había olvidado inventarte un tipo de árbol y yo te había pillado) porque la clasificación de los árboles es una etiqueta aleatoria impuesta por personas que necesitan categorizar las cosas, personas demasiado dependientes de la categorización, dijiste agitando los brazos en una clara muestra de pánico; la cuestión es que ese árbol no puede categorizarse, es el árbol más hermoso que he visto en mi vida, eso es todo lo que sé y todo lo que necesito saber, no me hace falta ponerle un nombre, ese es el quid de la cuestión, ¿acaso no lo ves?

No, respondí con voz tranquila y razonable desde el sofá de nuestra destrozada sala. A ver, lo que quiero decir es que algunos árboles pueden vivir en interiores, y otros, no. Se atrofian y mueren. Y me parece a mí, por tu descripción y demás, aunque no lo he visto personalmente como bien sabes, me parece que tu árbol ya es demasiado grande para vivir en el interior de una casa.

Lo sé, dices. Dejas el destornillador a tus pies, en el trocito de suelo que no has destrozado, y te apoyas en mí con inmensa tristeza. Experimento una sensación de triunfo. Noto tu calidez bajo el brazo. Asiento con la cabeza y mantengo una expresión compungida, como si lo entendiera.

Y probablemente sus raíces están demasiado arraigadas para trasladarlo sin hacerle daño, añado.

Lo sé, dices con voz derrotada. Ya me lo imaginaba.

Y, además, continúo con suavidad porque sé el efecto que tendrá, la cuestión es que tu árbol pertenece a otra persona. No es tuyo para llevártelo sin más, ¿verdad?

Probablemente no debería haber dicho eso, aunque valió la pena porque esa noche te tuve muy cerca, fue una noche en que no me ignoraste, en que no mostraste una actitud fría y distante conmigo. Aunque sin duda es una de las razones de que al día siguiente tenga que sacarte de comisaría, donde te interrogan por haber causado destrozos intencionados en una propiedad ajena. No he hecho nada malo, me aseguras durante todo el camino a casa. Lo repites una y otra vez y me dices que es lo que le has dicho infinidad de veces al policía que te grababa en la sala de interrogatorios. Reparo en que quieres volver por el camino largo, que te empeñas en no tomar el atajo. En cuanto te dejo en casa, de nuevo en lo alto del peligroso desván con la taza de té que te he preparado, me escabullo y echo a andar por las calles que querías evitar. Al principio no veo nada fuera de lugar, pero entonces llego a una casa de una calle acomodada y sé que lo he encontrado cuando leo las palabras que alguien ha escrito en la acera, con letras grandes de un verde intenso: LA PROPIEDAD ES UN ROBO.

Hay un árbol en el jardín. Lo observo con detenimiento, pero es solo un árbol; nada más que un árbol, con la misma pinta que cualquier árbol viejo, con las típicas efímeras revoloteando a su alrededor en los rayos bajos del atardecer, con sus hojas prietas y nuevas, y la hierba de abajo rala y sombría. Noto que me estoy enfureciendo. Intento pensar en otras cosas. Me digo que el término correcto para denominar a las efímeras es efemeróptero; lo recuerdo de la universidad, aunque no recuerdo por qué ni cómo aprendí semejante dato, y sobre todo no comprendo por qué lo he retenido en la memoria todo este tiempo. Pero ahí están, independientemente de cómo se las llame, molestando en el aire. Por un instante, las odio. Fantaseo con fumigarlas con algo que me libre de ellas. Pienso en emprenderla a hachazos con el árbol. Pienso en los dientes de las sierras y en el serrín que haría con los diferentes tipos de madera que se ocultan bajo su corteza.

Me pregunto si una carta anónima al propietario de la casa sobre el peligro que supone el árbol para los cimientos (aunque no está cerca de los cimientos) le incitaría a retirarlo. Estimado señor, me imagino tecleando, antes de quitarme esa idea de la cabeza y dar media vuelta para irme, y al hacerlo veo de nuevo las palabras pintadas en la acera. La forma en que están garabateadas, las letras rápidas, inclinadas y verdes, me recuerdan a ti cuando nos conocimos, cuando, poco más que adolescentes, todavía creíamos que íbamos a cambiar el mundo.

Una mujer aparece en la puerta. Es evidente que quiere que deje de reírme delante de su casa. Me grita que me vaya. Dice que, si no me marcho, llamará a la policía.

Vuelvo a casa. Tú estás arriba, en el desván. Me preocupa que estés allí. No tiene suelo y te mantienes en apasionado equilibrio sobre una fina plancha de madera. Te imagino contemplando el árbol a través de los gruesos círculos de los prismáticos con los que yo jugaba en mi infancia; para ti el árbol está en primer plano, silencioso, cercano pero intocable, moviéndose como en una película de super-8. Te conozco: nunca das tu brazo a torcer; de nada sirve que te grite que bajes. Pero me has dejado ensalada griega en un plato tapado con otro plato en la cocina, con un tenedor pulcramente colocado al lado. Me siento en el sofá delante del suelo arrancado y, mientras como, recuerdo la historia de la anciana pareja que se transforma en dos árboles; acogen a los desconocidos que llaman a su puerta y luego descubren que los dioses los han visitado y les conceden su deseo. Rebusco entre los libros hasta que encuentro el tomo en cuestión, pero no localizo la historia de los ancianos. Encuentro la del joven afligido que se convierte en árbol y la de la chica celosa que provoca involuntariamente la muerte de su rival y se transforma en arbusto, y la del muchacho que toca una música tan hermosa en los campos que los árboles y arbustos levantan sus raíces y se le acercan para cobijarle bajo su sombra, y la del dios que se enamora de la joven que no lo quiere, que es feliz sin él y que, cuando el dios la persigue, resulta ser una corredora de rapidez excepcional porque es cazadora, y casi lo deja atrás. Pero como él es un dios y ella es mortal no lo logra, y en cuanto comprende que se le acaban las fuerzas y que el dios va a alcanzarla y a poseerla, pide ayuda a su padre, el río. Y su padre la ayuda transformándola en árbol. De pronto, los pies de la joven echan raíces. Su estómago se endurece en forma de corteza. Su boca se sella y su rostro se cubre de musgo; los líquenes cierran sus ojos. Surgen ramas de sus brazos alzados y cientos de hojas brotan de cada uno de sus dedos.

Doblo la página en esta historia. Preparo algunas cosas pendientes para el trabajo de mañana y te llamo, te digo como siempre que voy a acostarme y que si no bajas ahora mismo para que pueda apagar las luces y dormir un poco, te abandonaré.

Cuando estamos en la cama te doy el libro abierto por esa historia. La lees. Parece que te alegras. Vuelves a leerla, apoyándote en mí para alumbrarte. Leo por encima de tu hombro mi parte preferida, la parte sobre la deslumbrante belleza del árbol y cómo el dios, impotente, se adorna con sus ramas. Vuelves a doblar la página, cierras el libro y lo dejas en la mesita de noche. Apago la luz.

En cuanto crees que duermo, cuando respiro regularmente para hacértelo creer, te levantas de la cama. Después de oír que la puerta se cierra suavemente, me levanto, me visto, bajo la escalera y salgo también por la puerta trasera. Esta primera noche me digo que ojalá me hubiese puesto una chaqueta más gruesa; en el futuro, ya lo sabré.

Cuando llego a la casa donde está el árbol te veo allí debajo, en la oscuridad. Te has acostado boca arriba. Parece que duermes.

Me acuesto a tu lado, debajo del árbol.

(De La Historia Universal, 2003. Traducción: Magdalena Palmer)