«Me cambió la vida»

Mariana Enríquez despide a Juan Forn

La escritora recuerda a su colega y editor

Imagen: Leandro Teysseire

Desde el día que Enríquez entró por primera vez al despacho de Forn en Editorial Planeta, quedaron «unidos para siempre». «Juan estará en mi galería de fantasmas personales y cercanos», asegura la autora de Las cosas que perdimos en el fuego.

Por Mariana Enriquez

Nunca se lo dije porque siempre supe que él amaba las buenas historias. Entonces preferí callar. No pensaba sacarle el tema algún día ni nada por el estilo, en vivo o en mensaje. Juan decía, y escribió alguna vez, que yo entré a su despacho de Editorial Planeta vestida con uniforme de colegio y mi primera novela en brazos. Lo del manuscrito es cierto; lo del uniforme no, porque cuando llegué a Planeta ya había terminado el secundario. Tampoco desmiento la imagen: es mejor que la realidad.

Las circunstancias de cómo llegué a ese despacho son azarosas y no importan hoy mientras entran mensajes que preguntan “¿es cierto? ¿qué sabés?” y yo no sé nada más que los hechos brutales: Juan se murió de un infarto en el hospital de Villa Gessell, donde vivía. Eso repito a quienes me preguntan, pero lo que recuerdo en detalle cada vez que lo nombro, cada vez que repito “no lo puedo creer” es esa oficina horrenda de Planeta, llena de libros y papeles, con una ventana que siempre estaba cerrada y el humo de nuestros cigarrillos como una bruma marina. (A lo mejor no era tan horrible la oficina: quizás es un recuerdo distorsionado, como el de mi uniforme). Él peleó por mi novela. Iba a editarla Jorge Lanata en una coleccción que llevaba su nombre, orientada a jóvenes. Pero Juan se la arrebató. Vio algo en ese libro. Confió en él. Lo quiso. A veces ocurren esos cruces de generosidad con capricho y arrebato que definen futuros. Yo no lo sabía, él tampoco, pero en ese momento quedamos unidos para siempre, independientemente de nuestras vidas posteriores. En los agradecimientos de la novela lo nombro: “Gracias a Juan Forn por su ayuda, paciencia y rigor”.

Planeta está sobre la avenida Independencia, y yo me reunía con él varias veces por semana para corregir y leer y nos quedábamos hasta tarde hablando de libros y de la vida y de películas y de viajes. Eso sí: jamás le dije que a veces había alguien esperándome afuera en el auto -un amigo, mi madre- porque yo, durante esos meses, me recuperaba de una agorafobia insidiosa y necesitaba apoyo. A él no quería mostrarle vulnerabilidad. Era un editor estrella, famoso diría, pero yo no lo conocía porque era joven, mi mundo no era el de los círculos literarios y porque La Plata es una ciudad tan próxima como lejana de Buenos Aires. Sabía, sin embargo, que Juan era importante y comprendía que para que la relación funcionara era necesario mantener la guardia alta, era fundamental un poco de paridad ficticia para aprender y absorber lo que él tenía para decirme. Repasábamos página por página las correcciones y él me explicaba muy claro cuándo y por qué un diálogo era absurdo, si convenía usar la tercera persona, por qué mi inexperiencia, a veces, no era encantadora sino torpe, qué autores debía leer ¡ya mismo!. Él era tan joven ese año (¿1994? ¿1995?) pero para mi era un hombre, un profesional, un jefe, un profesor. Una máquina de escribir no era de los más adecuado para corregir el manuscrito, así que Juan pidió un adelanto a la editorial y ese dinero compró mi primera computadora. Recuerdo que poco después, una noche, bastante tarde, lo llamé casi llorando desde La Plata.

-¡Borré todo!

Eso, para colmo, era posible entonces. No había nube ni nada semejante.

Con mucha calma me preguntó qué botones había apretado. Me guió hasta que recuperé el manuscrito, no completo, porque en esa época, también, se solían perder con frecuencia los últimos cambios.

-Salvá el documento -me dijo. -Y no me asustes así, querés. Llamame cualquier cosa.

Me fui a corregir la novela a Mar del Plata, una amiga me prestó su departamento familiar en la calle Gascón. Cuando me quedaba sin ideas, iba caminando hasta la vieja casa de Bioy y Silvina Ocampo, que entonces era una hermosa ruina cubierta de hiedra medio en derrumbe. Volvía y después de mirar y fotografiar esa hermosa decadencia tenía ganas de seguir.

Pero: nunca podría haber escrito esa novela sin la ayuda de Juan. Sin su confianza. Sin sus charlas desordenadas. Sin su amor por la literatura que, de verdad, no sé si yo sentía entonces, no con tamaña ferocidad, eso seguro. Había escrito un libro, claro, y había muchos libros de los que estaba enamorada. Pero esa intensidad, ese desmenuzar las palabras hasta que se vuelven otra cosa, misterio, vida, secreto, esa compañía en los peores y los mejores días, ese para siempre, eso lo sabía Juan y supo enseñármelo y nunca se lo voy a a agradecer lo suficiente. Muchas veces hablamos sobre qué había visto él en aquella novela tortuosa pero, al final -y hoy, de verdad en el final- nadie sabe por qué se cruza en la vida de alguien y se vuelve tan importante. Gigantesco en su importancia. Y deja una marca como una cicatriz. Juan Forn me cambió la vida. Puedo decir eso de dos o tres personas más y ya.

Cuando dejó de fumar cigarrillos empezó a fumar porro y se volvió una especie de tenista retirado, especialmente después de la pancreatitis que lo sacó de las pistas. Nunca lo sentí frágil, sin embargo. Nunca fui a sus míticos talleres: todo lo que tenía para aprender de él ocurrió en la calle Independencia en los años ’90. Fue un curso acelerado e inolvidable en el que volaban las recomendaciones, se anotaba en rojo y azul y lápiz, él me presentaba escritores, me prestaba libros y nos reíamos mucho, de cualquier cosa, de pavadas, de chistes malos, ¿de qué se ríe la gente? De tonterías, porque hay futuro y es posible hacer malabares con lo pesado y lo liviano hasta que todo se vuelve burbujas, una voz que saluda desde la esquina, la puerta del taxi, la noche de Buenos Aires.

Esto que escribo -escribir así, mejor dicho- es lo peor del periodismo. Sentarse y tratar de poner en palabras la confusión, el impacto, los mensajes de los amigos, las contradicciones, los años, lo que otra persona significó, lo inolvidable. Es lo más parecido a acercarse al cuerpo y tener que mirarlo en detalle, en su palidez, en su lejanía, cuando lo que uno quiere es darse tiempo, pensar, entender lo que siente. No entiendo lo que siento. Más allá de la tristeza y el impacto: no entiendo.

Entonces busco sus mails, sus mensajes, gesto automático después de la noticia de una partida bestial. A él le gustaba la palabra bestial. La usaba mucho. Todos sus mensajes son escuetos y nobles y sinceros. Uno de los últimos es escalofriante pero voy a citarlo rompiendo el silencio decente que impone el luto porque parece un último gesto de esos que él buscaba, de esos que los escritores dejaban como huellas y que él sabía encontrar y soplar y hacerlos andar.

Perdón Juan por citarte. Estoy segura de que me lo vas a disculpar. El subject dice “scary”. Y después escribió: “Mirando historias de fantasmas niponas encontré esta imagen tremenda, Marianita, y pensé mandártela por si te sirve alguna vez para alguno de tus libros”. Se trata de una mujer fantasma japonesa, yurei es el nombre de este estilo de espíritus voladores, con gesto de dolor, el pelo negro y largo y oscuro en el aire, como un presagio. Le contesté: “Sabías que en la tradición japonesa una mujer con el pelo suelto siempre es fantasma porque en vida -hablo hace más de 200 años- no se les permitía la melena en público. Muerta o loca”.

La conversación sigue y se desvía.

Pienso en las muertes de este año interminable, en que ahora Juan estará en mi galería de fantasmas personales y cercanos, siempre con el humo alrededor, siempre con la ironía y la complicidad y los mechones rebeldes, siempre con ese brillo en los ojos que decía “nosotros tenemos algo indestructible en común”.

Qué frío horrible debe hacer en Villa Gessell. Y todo está tan quieto, paralizado, solitario.

21/06/21 P/12